LUGARES DE REPOSO


Los niños


Fotografías De Juan Fernando Ospina

La fotografía de Juan Fernando Ospina se mueve entre la transgresión y el humor, la ternura y el erotismo. Ospina tiene un particular sentido de la estética y una mirada especial sobre este país y sus conflictos que le han permitido crear un universo propio, que va de los desnudos ingenuos de una joven paseándose entre las gentes y las calles de Medellín, hasta el afiche de la película La virgen de los sicarios; o de la realización de la jornada «La Cámara Amante» —un día en que doscientas cámaras de seguridad de Medellín dejaron a un lado los hurtos y los atropellos y se dedicaron a mirar y a mostrar besos y pequeñas obras de arte montadas frente a ellas—, a ese espectáculo multimedia Belencito corazón, en el que música e imágenes hacen un recorrido poético por su ciudad a través de las palabras que encontró impresas en calles y vehículos.
Para Juan Fernando, Medellín es centro, ciudad, inspiración, cotidianidad, pasión, intensidad, y él logra abarcarla en imágenes. En su universo están las rutas de los buses que la recorren. Los avisos de las tiendas que la habitan. Las zonas duras y los seres que las pueblan. Los jóvenes de aquí y de allá. La rumba del parque del Periodista. Y, desde otro ángulo, la fotografía publicitaria, la moda y las modelos. Ospina es testigo y parte; está inmiscuido pero alcanza a mirar como si lo hiciera desde afuera. Él es uno de los fotógrafos más imaginativos que hay en Colombia. Y más allá de la fotografía, es una especie de productor de arte que gesta proyectos creativos utópicos y los saca adelante. Con su flacura infinita, sus mechas largas y desordenadas estilo rastafari y su gran amor por sus amigos y su ciudad, recorre Medellín a diario, y se recorre a sí mismo, tomando imágenes de aquí y de allá.
JEAN-GABRIEL MACHURET (BOGOTÁ, 1977). HA VIVIDO LOS ÚLTIMOS SEIS AÑOS EN ISRAEL, EGIPTO, FRANCIA, ESPAÑA, ITALIA E IRLANDA. EN LA ACTUALIDAD REALIZA ARTÍCULOS DE VIAJE SOBRE ORIENTE MEDIO Y SU PRIMERA NOVELA SE ENCUENTRA EN PROCESO DE PUBLICACIÓN.

Lugares de reposo
Ahora Juan Fernando llegó a los «Lugares de reposo». Como en otras ocasiones, no tuvo un propósito prefijado para encontrar estas imágenes. La serie nació de algo anodino —a veces resulta anodino hablar del proceso de creación, pero puede resultar útil, de alguna forma...
    A comienzos del 2004 Ospina abrió, contiguo a su estudio, un espacio donde jóvenes artistas y diseñadores participan en convocatorias abiertas a propuestas de ciudad; se llama «Treinta y nueve treinta», por la nomenclatura del sitio. Una especie de galería, con objetos de arte e ideas; una tienda creativa. Para hacer el catálogo pensó en lugares de reposo, como la cama, el sofá, la hamaca, la camilla, el ataúd, la casa, la bañera, en donde pudiera integrar objetos e ideas de la galería. En una funeraria contó su idea inicial y pidió prestado un ataúd. Le respondieron que no le prestaban uno sino todos los que quisiera. Su mente voló y llegó a otros conceptos.
    Un día comenzaron a llegar al estudio —en la zona de Laureles— los carros mortuorios a dejar su carga. El estudio se convirtió en funeraria. Unos ataúdes se los prestaron; otros viejos, de cremación, se los regalaron. Ospina se puso a pensar en las imágenes de los empleados de la funeraria descansando en los ataúdes y de ahí pasó a otras ideas. Como siempre, se acercó a las cosas para conocer, sin prevenciones ni miedos. Aprendió a convivir con los ataúdes, tanto así que aún tiene cuatro en el estudio, y en las rumbas la gente se mete en ellos. Juntó a treinta artistas que hacen objetos, ropas y accesorios creativos; un equipo de producción y logística de veinte personas, cincuenta modelos; él, sus cámaras y sus ideas.
    Se dio entonces a la tarea de desmontar el estudio de fotografía y, durante quince días, se dedicó a hacer las imágenes de «Lugares de reposo». Para el día de la inauguración el estudio se convirtió en sala de velación. Le prestaron un carro mortuorio que se parqueó al frente, presentó grandes ampliaciones en color de las puestas en escena y, en mitad de la sala, puso un ataúd en el que, al abrir la ventanita por la que se mira la cara de los muertos, se encontraba una pantalla de televisión en la que se veía un video que mostraba la forma en que se montó la exposición.
    De nuevo Juan Fernando busca desmitificar con su trabajo. En esta ocasión trata de jugar con la muerte, reírse con ella, verla como un elemento cotidiano; hablar a través de ella de lo que nos pasa, de lo que sentimos, de lo que tememos o deseamos, de lo que vemos, de lo que nos tocó en suerte vivir. La gente al principio no quería ir, se «tenaciaba», pero poco a poco se fue soltando. Incluso los vecinos de Laureles llegaban a preguntar si era cierto que allí había un cajón exhibido; pero poco a poco fueron entrando hasta hacer suyo el espacio. Aprendieron a convivir con esta estética que mira sarcásticamente la violencia. El día de la clausura de la exposición, Teresita Gómez, nuestra gran pianista, tocó el Réquiem de Chopin en la sala principal de «Treinta y nueve treinta».

Guillermo González Uribe
Director revista Número



Muñequita con muñequitas

 


En el espejo

 


Brassier de castidad
 
 

Cirugía

 


Pecera
 
 
N.N.

 

Chaza
Desplazados

 

Tatuaje
SPA.

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