***
Gracias a la lectura, cada persona se multiplica
a lo largo del día. El impulso del personaje de un relato, de
una atmósfera literaria, de un poema, renueva y vigoriza las
opiniones morales y políticas, vuelve por una hora un poeta o
un narrador al que complementa con imaginación lo leído,
ayuda a situarse ante el horizonte científico o social, vigoriza
el sentido idiomático. Así sea a contracorriente de algunos
textos, la lectura es el ingreso a la racionalidad, la fantasía,
la grandeza de los idiomas, el don de extraer universos de la combinación
de las palabras. Lo afirma Borges, que ya lo dijo todo con tal de volvernos
su sistema de ecos: «No vivo para leer, leo para vivir».
***
¿Ha disminuido el hábito de la
lectura? Tal vez sí, y uso el tal vez porque según mi
experiencia, antes tampoco se leía mucho. Y el analfabetismo
funcional se expande por razones diversas, que incluyen la falta de
hábito social y familiar de la lectura, el desinterés
de los gobiernos, la ausencia en la educación básica de
la recomendación de libros, la decisión (involuntaria)
de considerar bibliotecas y librerías espacios hostiles y extraños
(en México, en 2001, el director del Instituto Nacional de la
Juventud declaró que el aumento del 15% del IVA a los libros
serviría, ya reconvertido ese dinero en bibliotecas, «¡para
que ningún joven tenga que entrar a una librería!»).
Y la causa mayor es la competencia abrumadora de la iconosfera, del
universo de imágenes. Con todo, se sigue leyendo porque sin el
aprendizaje del lenguaje y sus recursos en distintos niveles, no existe
la articulación social.
***
Muy poco se consigue si se quiere obligar a
la lectura a las personas o a las comunidades. Sí hay tal cosa,
como la vocación lectora y los estímulos, y las incitaciones
al libro algo consiguen, pero no milagros, en el estilo de «Una
mañana Gregorio Samsa despertó y comprobó que había
leído de principio a fin la Encyclopedia Britannica». Se
pueden multiplicar las ofertas y el acceso a los libros, pero los grandes
lectores, los lectores profesionales, por así decirlo, seguirán
siendo minoría.
Por lo demás, se modifica el acercamiento
a la lectura. El libro ya no es un signo irrestricto de autoridad, no
en Latinoamérica, desde luego, donde si alguien quería
leer la Biblia requería hasta hace medio siglo los «intérpretes
calificados», que evitaban los «extravíos».
La cultura fílmica es hoy otra ruta formativa y lo visual se
propone como la vía mayoritaria. Sin embargo, nada remplaza ni
puede remplazar a la lectura en lo tocante a la comprensión de
la historia, la sociedad y los seres humanos, a la estructuración
lógica del conocimiento y al simple hecho de la comunicación
inteligible.
***
A la pregunta del aporte de los libros a los
niños y los jóvenes, la respuesta obligada debe ser: «Que
cada uno responda». No conozco otra mejor. La persona que se entusiasma
ante un libro está al tanto de uno de los aportes de la lectura
y no necesita más explicaciones. Por unas horas, esas páginas
le modificaron la vida y lo hicieron distinto. ¿Qué más
se quiere que la pérdida legítima de identidad durante
un tiempo de hechizamiento? Si uno al leer no es otro y no es otros,
no es nadie.
***
¿Humaniza la lectura? La pregunta es
una trampa heredada del tiempo de la superioridad indiscutible de los
letrados y, de manera más enfática, del clasismo de las
élites, que se burlan de los analfabetos porque éstos
no logran, como sí lo consiguen quienes los desprecian, renunciar
al placer de la lectura. Y si los que se abstienen no se deshumanizan,
los lectores tampoco se humanizan por el mero hecho de serlo, porque
la ventaja de frecuentar lo impreso no consiste en la superioridad sobre
los demás (imposible de obtener por un mero ejercicio óptico),
sino en el cambio interno; en la certeza de que uno ha sido mejor que
de costumbre mientras lee, y volverá a remontar algunas de sus
limitaciones cuando recuerde lo leído. Así por ejemplo,
en materia de clásicos —de El Quijote a Cien años
de soledad, de la Divina Comedia a Residencia en la tierra— sólo
sus frecuentadores están al tanto de lo que se habrían
perdido de no hacerlo. Y allí radica su gran ventaja: en la celebración
del tiempo ganado.
Ejemplifico de mala manera las maniobras de
la superioridad instantánea de quienes dicen leer sobre quienes
manifiestamente no lo hacen. En 2001 el presidente de México,
Vicente Fox, fue al Segundo Congreso de la Lengua en Valladolid, España.
Al leer su discurso habló del gran escritor José Luis
Borgues. El mundo ilustrado le cayó encima y aún persiste
la burla, originada en un 99% entre personas que jamás han leído
a Borges, ni tal desmesura se proponen. Algo parecido a ser moderno
a costa de la edad media. Y don Vicente Fox coronó el episodio
meses después. Al preguntársele por las críticas
recibidas, comentó: «Bueno, me atacaron muchísimo
porque no supe decir el nombre de un escritor. Pero cualquiera puede
cometer un lapsus bilingüe».
***
¿Cómo se impulsa la lectura? Desde
la fundación de las repúblicas, los gobernantes de Latinoamérica
ensalzan los libros en ceremonias escolares, se olvidan de los tímidos
privilegios fiscales, editan joyas o joyitas de la prosa y la poesía
nativas (que se eternizan en las bodegas, esos panteones de la identidad
nacional), y les rinden homenaje a los grandes escritores, en veladas
donde los asistentes, con celo policial, alivian su aburrimiento contabilizando
los signos del tedio del gobernante. ¡Qué tipazo es el
presidente! ¿Usté cómo domeñó sus
bostezos?
¡Ah! Y de vez en cuando se lanzan campañas
de animación, como la del PRI en la década de los años
setenta, que mandó imprimir miles de pósters: «Hidalgo,
un mexicano que aprendió a leer a tiempo / Juárez, un
mexicano que aprendió a leer a tiempo / Zapata, un mexicano que
aprendió a leer a tiempo»... A tiempo de entrar a la historia,
uno supone, para descifrar la escritura en la pared, y no mucho más.
¿Qué han leído los gobernantes?
En principio, casi nada, porque no disponen de tiempo. Si acaso, leyeron
o ya leerán, lo que comprueba la calidad de sus improvisaciones.
Antes, se recordaba lo leído durante la etapa estudiantil, y
eso con el fin de asombrarse a sí mismos. ¿A qué
hora se lee y para qué? Doy un ejemplo, para mí, relevante.
A un político del Partido Acción Nacional (de la derecha
mexicana), Carlos Medina Placencia, un periodista le pregunta: «¿Qué
lee ahora, senador?». Responde: «Nada, porque me cambié
de casa y tuve que meter mis libros en cajas». Nuevo interrogante:
«¿Y hace cuánto se cambió de casa?».
Contestación elocuente: «Hace como ocho años».
Además, es notoria en todos los dirigentes de la vida pública,
eclesiásticos y empresarios entre ellos, la ausencia del vocabulario
proveniente de la lectura; Ludwig Wittgenstein lo definió en
forma memorable: «Los límites de mi lenguaje son los límites
de mi mundo». Digo la frase y visualizo a la clase dirigente latinoamericana,
y no sólo a ella, encerrada, previo ángel exterminador,
en el aula de aquel distante y cercano sexto año de educación
privada.
A los políticos, los mercadólogos
(los nuevos poderes tras el trono) y los asesores de imagen (el nuevo
trono) les aconsejan: «No se alejen de su electorado,/ eviten
las palabras domingueras,/ no envíen a sus oyentes al lugar más
alejado del mundo, el diccionario». Y el consejo culminante: «Hablen
como la gente de la calle», como si pudiesen hablar de otra manera.
Sin embargo, el problema central de la capacidad tan menguante de la
comprensión se halla también, y muy primordialmente, en
varios temas.
***
Afirma George Steiner: «Leer bien es arriesgarse
a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión
de nosotros mismos (...) Quien haya leído La metamorfosis, de
Kafka, y pueda mirarse impávido al espejo será capaz,
técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto
en el único sentido que cuenta».
Escribió Alfonso Reyes: «Estamos
tejidos en la sustancia de los libros mucho más de lo que a simple
vista parece. Aun los rasgos más espontáneos de nuestra
conducta y aun nuestras más humildes palabras tienen detrás,
sepámoslo o no, una larga tradición literaria que viene
empujándonos y gobernándonos». Lo dicho por Reyes
es innegable hasta cierto momento; luego un círculo de fenómenos
(la desaparición gracias a la telenovela del antiguo lenguaje
del melodrama, tan armado en la retórica de las crispaciones;
la preeminencia de los cómics, el gran instrumento de la alfabetización
de masas; el desvanecimiento del sitio central de la poesía;
la erosión de la lógica en el sistema universitario y
en la formación del conocimiento y, sobre todo, el culto a los
fragmentos y el relegamiento de las visiones de conjunto) garantizan
lo que en un primer momento podía calificarse de «actitud
distraída», que es, en rigor, la incapacidad de concentrarse
culturalmente por el abandono o el desconocimiento del pensamiento abstracto
y de los referentes culturales.
***
El plurilingüismo no va a la par de la
democracia. Si las élites latinoamericanas reciben el siglo XX
hablando francés, lo despiden «en inglés»,
por lo común con el vocabulario mínimo, el que les hace
leer a saltos The New York Times, Time Magazine, Newsweek, los servicios
indispensables de internet, algún bestseller de Stephen King
o de Tom Clancy (o los relevos en la lista de The Top Ten) y los libros
de su especialidad, nunca demasiados. Y lo usual, en todas las clases
sociales, es detenerse en el inglés comercial, laboral y técnico.
Y, ni modo, en el spanglish de la clase dirigente, el único idioma
del que algo se percibe es el español.
***
En la parte cercana a los seminarios y a la
erudición, la derecha latinoamericana dispuso de un pasado bibliófilo;
ahora la modernidad les reduce el espacio de credibilidad y, además,
no les deja tiempo para leer, sólo para inmovilizarse ante la
televisión. En la izquierda partidaria el antiintelectualismo
se expresa por la devoción a la praxis, o, lo más común,
por la burocratización de la idea de la praxis. Lo que no es
acción es traición, y hay que enviar la invitación
a la toma de conciencia con copia para las autoridades. Y la derecha,
por otra parte, se especializa en su aversión a las audacias
artísticas, lo que los lleva a censurar exposiciones, obras de
teatro y películas. Por lo común, la secularización
de las sociedades los obliga a retroceder, pero jamás desisten.
Resultan un tanto desalentadoras las campañas gubernamentales
«en favor de la lectura» (frase usada hasta el cansancio
en México). Desde hace medio siglo en el mundo son excepciones
los dirigentes de toda índole formados en la lectura. Recuerdo
ahora la campaña del candidato Vicente Fox. En un encuentro en
el Polyforum con intelectuales y artistas, Fox se sinceró: «A
diferencia de ustedes, que se formaron leyendo libros, yo me formé
viendo las nubes». ¿Cuántos altos dirigentes podrían
decir lo mismo? El presidente Bush tal vez no. Él se formó
invadiendo las nubes.
El alejamiento orgánico de la lectura
de parte de la clase gobernante ha tenido, entre otros, un costo: la
ausencia de medidas de protección. A diferencia de los gobiernos
de España, al tanto de las ventajas de una política fiscal
que aliente a las editoriales, los gobiernos en América Latina
suelen presionar por más impuestos a libros y editoriales, sin
la mínima visión de conjunto del asunto. Mi chovinismo
me lleva al ejemplo del secretario de Hacienda de México, Francisco
Gil Díaz, que al defender sus cargas impositivas acusa a los
intelectuales de no haber conseguido que el pueblo lea, y concluye heroicamente:
«Lo único que se lee en México son cómics
semipornográficos». Y sus acciones no le acarrean costos
políticos porque en materia de lecturas cada quien se conforma
con reiterar sus promesas íntimas: «El año que viene
sí termino de leer este soneto».