NÚMERO 41

Director: GUILLERMO GONZÁLEZ URIBE
Gerente - Editora: ANA CRISTINA MEJÍA
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Suscripciones: CONSUELO VALBUENA
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Distribución y ventas: Revista Número y Distribuidoras Unidas

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Número agradece a todas las personas y entidades que en una u otra forma apoyan este proyecto.

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Miembros de NÚMERO: William Ospina, poeta; Antonio Morales, periodista; Ana Cristina Mejía, traductora; Guillermo González Uribe, periodista; Luis Ángel Parra, editor; Liliana Tafur, periodista;
Lucas Caballero, periodista, Liliana Vélez, filósofa; Víctor Laignelet, pintor; y Carlos Duque, publicista.

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Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2002
ISSN 0121-7828
· Licencia del Ministerio de Gobierno Resolución: 1237 de 1993
Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

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© 2004 Número. Prohibida la reproducción parcial o total de los materiales de esta revista
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CINCUENTA AÑOS DE PERIODISMO

Bogotá, 17 de mayo de 2004
Les envío un texto de Ignacio Ramonet, leído el 8 de mayo en el encuentro «Voces de la resistencia», organizado por Le Monde Diplomatique con motivo de sus cincuenta años de periodismo independiente.
Constanza Vieira

Resistir es decir que no. No al desprecio. No a la arrogancia. No al trituramiento económico. No a los nuevos amos del mundo. No a los poderes financieros. No al G-8. No al Consenso de Washington. No al mercado totalitario. No al librecambio integral. No al dominio del «póquer del mal» (Banco Mundial, FMI, Ocde, OMC). No a la hiperproductividad. No a los organismos genéticamente modificados. No a las privatizaciones permanentes. No a la extensión irresistible del sector privado. No a la exclusión. No al sexismo. No a la regresión social. No al desmantelamiento de la seguridad social. No a la pobreza. No a las desigualdades. No al olvido del sur. No a la muerte diaria de 30.000 niños pobres. No a la destrucción del medio ambiente. No a la hegemonía militar de una sola superpotencia. No a la guerra preventiva. No a las guerras de invasión. No al terrorismo. No a los atentados contra las poblaciones civiles. No a los racismos. No al antisemitismo. No a la islamofobia. No a la ideología de la seguridad. No a la vigilancia generalizada. No al espionaje del pensamiento. No a la degradación cultural. No a las nuevas censuras. No a los medios que mienten. No a los medios que nos manipulan.
Resistir también es poder decir que sí. Sí a la solidaridad entre los seis mil millones de habitantes de nuestro planeta. Sí a los derechos de las mujeres. Sí a la existencia de una ONU renovada. Sí a un nuevo Plan Marshall para ayudar a África. Sí a la erradicación definitiva del analfabetismo. Sí a una ofensiva internacional contra la fractura digital. Sí a una moratoria internacional para la preservación de las culturas minoritarias. Sí a los derechos de los indígenas. Sí a la justicia social y económica. Sí a una Europa más social y menos mercantil. Sí al Consenso de Porto Alegre. Sí a una tasa Tobin de ayuda a los ciudadanos. Sí a un impuesto sobre la venta de armas. Sí a la eliminación de la deuda de los países pobres. Sí a la prohibición de los paraísos fiscales.
Resistir es soñar que otro mundo es posible. Y contribuir a construirlo.

PABLO NERUDA PARA TODOS

Bogotá, 17 de marzo del 2004

En el año en que se conmemora el centenario del nacimiento del «más grande poeta de la lengua: Pablo Neruda» (como lo definió el poeta Jorge Rojas) nos encontramos los lectores, por fin, con la posibilidad de acceder a sus Obras completas en una edición rústica. Después del esfuerzo monumental del crítico chileno Hernán Loyola y la editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores de revisar, ordenar y corregir las erratas que durante años acompañaron los poemas y la prosa de Pablo Neruda, y ante la importancia que este centenario tiene para todos los lectores y amantes de la poesía, la editorial Debolsillo (Biblioteca Pablo Neruda, Barcelona, Editorial Debolsillo, 2003) ha decidido reeditar 25 libros del poeta (desde Crepusculario hasta Confieso que he vivido), acompañados de un prólogo hecho por poetas y escritores, lectores de Neruda, que nos dan razones para la necesidad de esa relectura. Abandonada y olvidada durante años, censurada y mutilada por antagonismos políticos, reducida a uno o dos libros, su poesía forma parte de la tradición poética del siglo XX. Neruda «era el poeta que se asesinaba y renacía con la misma naturalidad cíclica con que hombres y animales duermen, sueñan, se despiertan y vuelven a dormirse y despertar». Desde la melancolía amorosa de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el ahondamiento en lo más profundo de lo humano de Residencia en la tierra, la indignación y el grito ante la destrucción y el fascismo de España en el corazón, la reconstrucción épica de América del Canto general, la alabanza y conocimiento de los objetos y seres de las Odas elementales, la gracia y el espíritu juguetón y travieso de Estravagario, el esplendor de la pasión y el amor de La espada encendida hasta la despedida final de El mar y las campanas, la obra de Pablo Neruda ha cumplido una de las misiones más hermosas y necesarias de la poesía: acompañar a los hombres. Noé Jitrik, Homero Aridjis, Julio Ortega, Juan José Saer, Sergio Ramírez, Mario Benedetti, Elena Poniatowska, Roberto Fernández Retamar, Ida Vitale, Antonio Cisneros, José Emilio Pacheco, Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Monsiváis, Óscar Hahn, Volodia Teitelboim y Jorge Edwards (entre otros) nos invitan a compartir su experiencia y realizar una de las actividades que más ennoblecen y engrandecen a los seres humanos: ser lectores.
Álvaro Castillo Granada

CACIPA

Asesinan la cultura wayúu
Bogotá, viernes 21 de mayo del 2004. Vía Cronopios@cable.net.co.
A Chela Boscán,
en su dolor sin nombre;
a Gloria Boscán,
la princesa wayúu, madre de mis tres hijos;
a Ruby, a las viudas y huérfanas guajiras,
mujeres de arena y sal y penas infinitas

A mi compadre Cacipa lo siguieron, lo persiguieron, lo invadieron, lo emboscaron, lo amarraron, lo masacraron, lo martirizaron, lo asesinaron los miserables paramilitares.
Cuando vi por los noticieros de televisión a las mujeres con las manos en la cabeza —vestidas con sus mantas negras — y escuché su llanto hondo y prolongado y tétrico, supe que un escalofrío de pavor recorría la columna vertebral del desierto, que los montículos de sal en las playas de Manaure ennegrecían y que la más grande pertenencia de los wayúu, su dignidad enhiesta, había sido vulnerada para siempre y que el oprobio no tendrá perdón ni tendrá olvido, porque cuando se mancilla la cultura de un pueblo y se somete y se infama a los valientes por la fuerza, lo único que habita el alma de los sobrevivientes es una sensación de abatimiento al comprobar de qué manera desdichada el ser humano ha descendido y encarnado la condición de bestia carnicera.
Y lo más triste, lo más absurdo, lo más pueril e irresponsable: los dos o tres renglones de impiedad e ignorancia rampante con los cuales los periodistas apoyan las imágenes del drama, limitándose a salir del paso hablando de lo que no saben, lanzando al viento conjeturas insensatas que su imaginación calenturienta les dicta al ritmo impuesto por los dueños de los medios, el ritmo de un país indiferente a la tragedia de su pueblo, al dolor de su gente abandonada, desplazada, inconsolable y sola. Un país donde el fútbol dopado y delincuente, los realities, las barbies, los desfiles de moda, las reelecciones y la medianía son el pan cotidiano, qué va a saber de humanidad, de respeto por la vida, de vigilia fraterna por el enaltecimiento de los derechos humanos. País de desalmados contra desarmados.
Cacipa era el sobreviviente hijo mayor y heredero cacique de Franco Boscán, el patriarca guajiro acribillado hace apenas dos años en las calles de Maicao por una cáfila de sepultureros a sueldo que le querían arrebatar sus tierras en los límites con Venezuela, ganadas con trabajo y con sudor honrado a través de la vida y de las leyes estrictas del honor wayúu.
Cuando Franco cayó ametrallado por sus asesinos, La Guajira entera se nubló de congoja, al tiempo que comenzaban épocas de miedo y de emboscadas medrosas como la que hace una semana le tendieron a Cacipa los asesinos de las impúdicas autodefensas, que ahora siembran pavor en las fronteras mientras los gobernantes de uno y otro lados montan y sustentan farsas para mantenerse a como dé lugar en sus puestos de mando, donde el poder proviene de la fuerza, la represión, la amenaza, la desaparición, la muerte.
Después de la masacre del 28 de diciembre de 2001, cuando los criminales derribaron a Franco Boscán, Cacipa y sus hermanos estuvieron en la sala de mi casa discutiendo si valía la pena dar la guerra o aún, en medio del dolor, seguir buscando la concordia para que las generaciones que ahora se levantan no queden con la herencia nefasta del odio y la venganza. Para esta última había dos caminos: abandonar la tierra, que para los guajiros es la madre, la razón de la vida, o intentar lo imposible: el diálogo por la paz.
Y se hizo el milagro: el 29 de junio de 2002, ante una multitud de wayúu y de representantes de todos los rincones de La Guajira de Colombia y Venezuela, se firmó la tregua, que no sirvió de nada, porque si las partes cumplieron dentro de tensa calma, los bandidos paracos ya asediaban los territorios de frontera que les sirven ahora para intensificar el decálogo de sus fechorías: acechar, emboscar, intimidar, robar, perseguir, secuestrar, torturar, incendiar, bombardear, asesinar.
Bajo ningún argumento Cacipa quiso abandonar su tierra. Los wayúu saben que así como los capitanes se hunden con su barco en el naufragio, ellos se paran firmes sobre su arena, bajo su sol, entre sus vientos y sus cactus, le hacen frente a la tormenta y luchan contra ella como el delirante don Alonso Quijano contra los molinos agitados por las corrientes de los sueños.
Las mujeres se van quedando solas. Sus mantas negras, sus guaireñas de sombras, sus cementerios llenos de recuerdos. Sin esposos, sin hijos, sin hermanos, sin parientes, sin amigos. Sólo la memoria que se convierte en llanto que no cesa.
Procesiones perpetuas de viudas y de huérfanas. Mujeres solas con su suma de muertos infinitos.
Aquí en la sala de mi casa aún retumba la voz fuerte y valiente de mi compadre Cacipa: «Yo no me voy de mi guajira, un wayúu no abandona a su tierra».
A mi compadre Cacipa lo siguieron, lo persiguieron, lo invadieron, lo emboscaron, lo amarraron, lo masacraron, lo martirizaron, lo asesinaron los miserables paramilitares.
Las mantas negras, el llanto, las plegarias, la soledad, los ojos resentidos, los gestos agraviados, los niños que no saben lo que pasa, el desfile perpetuo de la muerte que se desplaza sin rumbo por la noche siniestra.
Ignacio Ramírez

POLÉMICA SOBRE TE DOY MIS OJOS

Denigra
27 de abril del 2004
Señores revista Número:

Vivo en España y tengo la fortuna de poder leer Número por amigos que la reciben, o la busco cuando viajo a Colombia. Es una manera de saber de mi país a través de los ojos de personas analíticas y pertinentes.
Me dio mucho gusto leer el artículo de Lucía Moncada sobre Te doy mis ojos. Vi la película y leí muchos comentarios en la prensa española, pero ninguno con el estilo y la profundidad del que ustedes publicaron. Me sentí feliz de que una compatriota analizara tan sensible y acertadamente una película que ha dado tanto palo. Y con cifras espantosas de aquí y allá.
Sin embargo, me sorprendí al encontrar una carta que se fue lanza en ristre contra el artículo en mención. ¡Es increíble la diferencia de criterios sobre un mismo texto! Está bien que el señor opine, pero que diga que el artículo «denigra» ya me huele a otra cosa. Bueno, y que Iciar, que tiene fama de ser de una pieza, felicite a Lucía...
Y que Carlos Calle... pues que se calle, o que su trabajo hable por él.
Marcela Ospina


Posar de cinéfilo

Barcelona, 21 de abril de 2004
Estimados señores:
Vi la película Te doy mis ojos, leí el artículo de Lucía Moncada que ustedes publicaron y el comentario de Carlos Calle al artículo de Lucía, y sobre el comentario se me antoja decir algunas cosas. Habría sido mejor que Carlos aprovechara los tres largos párrafos en que sienta cátedra, para proponer cualquier punto de debate concreto entre la película y el artículo de Lucía.
No me parece suficiente, de parte de quien se toma el trabajo de definir en qué consiste una crítica seria —por oposición a la criticadera fácil del colombiano promedio—, limitarse a posar de cinéfilo. Si Carlos es cinéfilo, pues que cada vez que escriba de cine se le note. Me imagino que si le concedieron un premio hace poco es porque su texto se defendía solo. Pero justamente eso es lo que echo de menos en su comentario. Carlos enumera tres fallas: la primera, la imposibilidad del novato de separarse de lo evidente para meterse en lo que hace al cine, cine; la segunda, la insustancialidad de un texto que no profundiza en la cinta por hablar de maltrato, pero que tampoco da argumentos sobre el maltrato por ofrecer datos del filme y sus logros en San Sebastián; la tercera, que Lucía no sabe del fenómeno audiovisual y que de teoría de la imagen mejor ni hablemos.
Me parece que las tres afirmaciones son vagas y generales, en el sentido de que dicen lo mismo que varias veces he leído en los folletos que entregan en la calle o que están a la entrada de algún teatro, ofreciendo un curso de formación en cine. Bueno, la única diferencia es que en esos folletos no le toca a uno aguantarse ningún regaño; pero, en síntesis, son generalidades. La dificultad de ese nivel de generalidad es que, en mi opinión, rompe una de las reglas de la crítica seria que Carlos mismo definió: ser serio y dar argumentos implica ser concreto. No vale la excusa de lo reducido del espacio, porque el esfuerzo de quien se toma en serio su actividad, y no sólo asume una pose, es conseguir mostrar en el espacio que le dieron aunque sea un solo punto que construya su tesis y evidencie las dificultades del texto que critica. Si no es así, lo que uno diga no deja de ser más que eso: lo que uno dice. No hay un solo comentario de Carlos, en concreto, sobre la estructura audiovisual, la narrativa, el montaje, la dirección, la fotografía, etc., de la película Te doy mis ojos, en el que rebata un punto específico del artículo y proponga otra forma de ver y profundizar en la cinta. Lástima, porque por debajo de esas generalidades, y de cierto tono hostil que me parece injustificado en vista de que no ofreció razones concretas, lo que más resalta en su escrito es cierto afán de trazar una línea clara entre los entendidos y los charlatanes, a los que más nos conviene correr a comprar su libro para empezar a entender del asunto. Yo, la verdad, creo que no compraré el libro de Carlos; prefiero seguir leyendo artículos tan buenos como el de Lucía.
Claudia Aguirre Gómez

Contrarrespuesta del crítico

(fragmento)
Manizales, 17 de mayo del 2004
Apreciados señores:

Luego de leer su respuesta a mi carta enviada el 17 de febrero a su revista, quiero agradecerles el tomarse un tiempo para responder a mis observaciones. Estoy de acuerdo con ustedes en que la crónica y el reportaje son formas alternas de aproximarse a una obra. Sin embargo, no puedo decir lo mismo sobre Te doy mis ojos, publicado por Número en la pasada edición. Entiendo en su respuesta que ustedes admiten que la persona que escribió este artículo no es alguien especializado en cine y en arte, y que el texto tampoco se ocupa de la película por reflexionar sobre otros asuntos (la mujer, el machismo, etc.) aprovechando la temática de la cinta. Ustedes mencionan que ella «investigó tanto en España como en Colombia y presenta cifras y datos concretos», situación que realmente no se encuentra en el artículo: tres o cuatro datos no pueden constituirse como todo un dossier de cifras y datos, más cuando tampoco se presenta una plataforma sólida sobre un tema tan extenso y controvertido. Quiero repetirles algo que les mencioné en mi pasada carta: hubiese sido más interesante que la autora dedicara sus líneas solamente al maltrato, y seguramente, podría haber conseguido más (en forma y contenido) que lo que hizo con Te doy mis ojos. Así pues, tengo la impresión que son ustedes quienes no se han ocupado de acercarse con el debido cuidado (y respeto) a las líneas que escribió la autora Lucía Moncada.
Entiendo que exista cierta molestia por parte de ustedes al encontrarse con una crítica como la que yo les hago. Pero es de aclarar también, que la crítica estimados señores, no es un atentado contra las personas o los autores de las obras, ni mucho menos lo que se busca es ofenderlos o descalificarlos. La crítica es ante todo, una discusión argumentativa, donde lo que se exponen son argumentos en función de una obra, de un resultado, o de un producto. Si ustedes leen con detenimiento mi anterior carta, no hallarán adjetivo alguno que comprometa la integridad de la señora Lucía Moncada ni la de la revista. Si se da en cambio, una interrogación a lo que ustedes quizá consideren un artículo muy bien realizado, al cual sólo le ofrezco mis argumentos para demostrarles lo contrario. Si ustedes tienen argumentos que enseñen otra cosa diferente, serán bienvenidos, pero éstos en ningún momento aparecen en su respuesta.
Carlos Calle-Archila

R.- Señor Calle:
Parece que no nos entendemos. No se puede mantener una discusión si el interlocutor parte de tergiversar los argumentos del otro. Por ejemplo, en ningún momento dijimos que el texto no se ocupa de la película, como usted lo afirma. Tampoco dijimos que se trata de un dossier con datos y cifras, como usted lo afirma. Recomendamos tranquilidad, mesura. Además, podemos asegurarle que siempre nos ocupamos con respeto de un texto (respeto es leerlo sin prevenciones y espíritu positivo, cosa que siempre hemos tratado de hacer y lo hemos recomendado a nuestros lectores). No nos molestan las críticas, sí los calificativos sin sustento. Hubiéramos preferidos argumentos de su parte. Ahora, dejemos a los lectores que tomen posición a partir del artículo original y de su carta.

 

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