CINCUENTA
AÑOS DE PERIODISMO
Bogotá,
17 de mayo de 2004
Les envío un texto de Ignacio Ramonet, leído el 8 de mayo
en el encuentro «Voces de la resistencia», organizado por
Le Monde Diplomatique con motivo de sus cincuenta años de periodismo
independiente.
Constanza Vieira
Resistir
es decir que no. No al desprecio. No a la arrogancia. No al trituramiento
económico. No a los nuevos amos del mundo. No a los poderes financieros.
No al G-8. No al Consenso de Washington. No al mercado totalitario.
No al librecambio integral. No al dominio del «póquer del
mal» (Banco Mundial, FMI, Ocde, OMC). No a la hiperproductividad.
No a los organismos genéticamente modificados. No a las privatizaciones
permanentes. No a la extensión irresistible del sector privado.
No a la exclusión. No al sexismo. No a la regresión social.
No al desmantelamiento de la seguridad social. No a la pobreza. No a
las desigualdades. No al olvido del sur. No a la muerte diaria de 30.000
niños pobres. No a la destrucción del medio ambiente.
No a la hegemonía militar de una sola superpotencia. No a la
guerra preventiva. No a las guerras de invasión. No al terrorismo.
No a los atentados contra las poblaciones civiles. No a los racismos.
No al antisemitismo. No a la islamofobia. No a la ideología de
la seguridad. No a la vigilancia generalizada. No al espionaje del pensamiento.
No a la degradación cultural. No a las nuevas censuras. No a
los medios que mienten. No a los medios que nos manipulan.
Resistir también es poder decir que sí. Sí a la
solidaridad entre los seis mil millones de habitantes de nuestro planeta.
Sí a los derechos de las mujeres. Sí a la existencia de
una ONU renovada. Sí a un nuevo Plan Marshall para ayudar a África.
Sí a la erradicación definitiva del analfabetismo. Sí
a una ofensiva internacional contra la fractura digital. Sí a
una moratoria internacional para la preservación de las culturas
minoritarias. Sí a los derechos de los indígenas. Sí
a la justicia social y económica. Sí a una Europa más
social y menos mercantil. Sí al Consenso de Porto Alegre. Sí
a una tasa Tobin de ayuda a los ciudadanos. Sí a un impuesto
sobre la venta de armas. Sí a la eliminación de la deuda
de los países pobres. Sí a la prohibición de los
paraísos fiscales.
Resistir es soñar que otro mundo es posible. Y contribuir a construirlo.
PABLO
NERUDA PARA TODOS
Bogotá,
17 de marzo del 2004
En
el año en que se conmemora el centenario del nacimiento del «más
grande poeta de la lengua: Pablo Neruda» (como lo definió
el poeta Jorge Rojas) nos encontramos los lectores, por fin, con la
posibilidad de acceder a sus Obras completas en una edición rústica.
Después del esfuerzo monumental del crítico chileno Hernán
Loyola y la editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores de
revisar, ordenar y corregir las erratas que durante años acompañaron
los poemas y la prosa de Pablo Neruda, y ante la importancia que este
centenario tiene para todos los lectores y amantes de la poesía,
la editorial Debolsillo (Biblioteca Pablo Neruda, Barcelona, Editorial
Debolsillo, 2003) ha decidido reeditar 25 libros del poeta (desde Crepusculario
hasta Confieso que he vivido), acompañados de un prólogo
hecho por poetas y escritores, lectores de Neruda, que nos dan razones
para la necesidad de esa relectura. Abandonada y olvidada durante años,
censurada y mutilada por antagonismos políticos, reducida a uno
o dos libros, su poesía forma parte de la tradición poética
del siglo XX. Neruda «era el poeta que se asesinaba y renacía
con la misma naturalidad cíclica con que hombres y animales duermen,
sueñan, se despiertan y vuelven a dormirse y despertar».
Desde la melancolía amorosa de los Veinte poemas de amor y una
canción desesperada, el ahondamiento en lo más profundo
de lo humano de Residencia en la tierra, la indignación y el
grito ante la destrucción y el fascismo de España en el
corazón, la reconstrucción épica de América
del Canto general, la alabanza y conocimiento de los objetos y seres
de las Odas elementales, la gracia y el espíritu juguetón
y travieso de Estravagario, el esplendor de la pasión y el amor
de La espada encendida hasta la despedida final de El mar y las campanas,
la obra de Pablo Neruda ha cumplido una de las misiones más hermosas
y necesarias de la poesía: acompañar a los hombres. Noé
Jitrik, Homero Aridjis, Julio Ortega, Juan José Saer, Sergio
Ramírez, Mario Benedetti, Elena Poniatowska, Roberto Fernández
Retamar, Ida Vitale, Antonio Cisneros, José Emilio Pacheco, Manuel
Vázquez Montalbán, Carlos Monsiváis, Óscar
Hahn, Volodia Teitelboim y Jorge Edwards (entre otros) nos invitan a
compartir su experiencia y realizar una de las actividades que más
ennoblecen y engrandecen a los seres humanos: ser lectores.
Álvaro Castillo Granada
CACIPA
Asesinan
la cultura wayúu
Bogotá, viernes 21 de mayo del 2004. Vía Cronopios@cable.net.co.
A Chela Boscán,
en su dolor sin nombre;
a Gloria Boscán,
la princesa wayúu, madre de mis tres hijos;
a Ruby, a las viudas y huérfanas guajiras,
mujeres de arena y sal y penas infinitas
A
mi compadre Cacipa lo siguieron, lo persiguieron, lo invadieron, lo
emboscaron, lo amarraron, lo masacraron, lo martirizaron, lo asesinaron
los miserables paramilitares.
Cuando vi por los noticieros de televisión a las mujeres con
las manos en la cabeza —vestidas con sus mantas negras —
y escuché su llanto hondo y prolongado y tétrico, supe
que un escalofrío de pavor recorría la columna vertebral
del desierto, que los montículos de sal en las playas de Manaure
ennegrecían y que la más grande pertenencia de los wayúu,
su dignidad enhiesta, había sido vulnerada para siempre y que
el oprobio no tendrá perdón ni tendrá olvido, porque
cuando se mancilla la cultura de un pueblo y se somete y se infama a
los valientes por la fuerza, lo único que habita el alma de los
sobrevivientes es una sensación de abatimiento al comprobar de
qué manera desdichada el ser humano ha descendido y encarnado
la condición de bestia carnicera.
Y lo más triste, lo más absurdo, lo más pueril
e irresponsable: los dos o tres renglones de impiedad e ignorancia rampante
con los cuales los periodistas apoyan las imágenes del drama,
limitándose a salir del paso hablando de lo que no saben, lanzando
al viento conjeturas insensatas que su imaginación calenturienta
les dicta al ritmo impuesto por los dueños de los medios, el
ritmo de un país indiferente a la tragedia de su pueblo, al dolor
de su gente abandonada, desplazada, inconsolable y sola. Un país
donde el fútbol dopado y delincuente, los realities, las barbies,
los desfiles de moda, las reelecciones y la medianía son el pan
cotidiano, qué va a saber de humanidad, de respeto por la vida,
de vigilia fraterna por el enaltecimiento de los derechos humanos. País
de desalmados contra desarmados.
Cacipa era el sobreviviente hijo mayor y heredero cacique de Franco
Boscán, el patriarca guajiro acribillado hace apenas dos años
en las calles de Maicao por una cáfila de sepultureros a sueldo
que le querían arrebatar sus tierras en los límites con
Venezuela, ganadas con trabajo y con sudor honrado a través de
la vida y de las leyes estrictas del honor wayúu.
Cuando Franco cayó ametrallado por sus asesinos, La Guajira entera
se nubló de congoja, al tiempo que comenzaban épocas de
miedo y de emboscadas medrosas como la que hace una semana le tendieron
a Cacipa los asesinos de las impúdicas autodefensas, que ahora
siembran pavor en las fronteras mientras los gobernantes de uno y otro
lados montan y sustentan farsas para mantenerse a como dé lugar
en sus puestos de mando, donde el poder proviene de la fuerza, la represión,
la amenaza, la desaparición, la muerte.
Después de la masacre del 28 de diciembre de 2001, cuando los
criminales derribaron a Franco Boscán, Cacipa y sus hermanos
estuvieron en la sala de mi casa discutiendo si valía la pena
dar la guerra o aún, en medio del dolor, seguir buscando la concordia
para que las generaciones que ahora se levantan no queden con la herencia
nefasta del odio y la venganza. Para esta última había
dos caminos: abandonar la tierra, que para los guajiros es la madre,
la razón de la vida, o intentar lo imposible: el diálogo
por la paz.
Y se hizo el milagro: el 29 de junio de 2002, ante una multitud de wayúu
y de representantes de todos los rincones de La Guajira de Colombia
y Venezuela, se firmó la tregua, que no sirvió de nada,
porque si las partes cumplieron dentro de tensa calma, los bandidos
paracos ya asediaban los territorios de frontera que les sirven ahora
para intensificar el decálogo de sus fechorías: acechar,
emboscar, intimidar, robar, perseguir, secuestrar, torturar, incendiar,
bombardear, asesinar.
Bajo ningún argumento Cacipa quiso abandonar su tierra. Los wayúu
saben que así como los capitanes se hunden con su barco en el
naufragio, ellos se paran firmes sobre su arena, bajo su sol, entre
sus vientos y sus cactus, le hacen frente a la tormenta y luchan contra
ella como el delirante don Alonso Quijano contra los molinos agitados
por las corrientes de los sueños.
Las mujeres se van quedando solas. Sus mantas negras, sus guaireñas
de sombras, sus cementerios llenos de recuerdos. Sin esposos, sin hijos,
sin hermanos, sin parientes, sin amigos. Sólo la memoria que
se convierte en llanto que no cesa.
Procesiones perpetuas de viudas y de huérfanas. Mujeres solas
con su suma de muertos infinitos.
Aquí en la sala de mi casa aún retumba la voz fuerte y
valiente de mi compadre Cacipa: «Yo no me voy de mi guajira, un
wayúu no abandona a su tierra».
A mi compadre Cacipa lo siguieron, lo persiguieron, lo invadieron, lo
emboscaron, lo amarraron, lo masacraron, lo martirizaron, lo asesinaron
los miserables paramilitares.
Las mantas negras, el llanto, las plegarias, la soledad, los ojos resentidos,
los gestos agraviados, los niños que no saben lo que pasa, el
desfile perpetuo de la muerte que se desplaza sin rumbo por la noche
siniestra.
Ignacio Ramírez
POLÉMICA
SOBRE TE DOY MIS OJOS
Denigra
27 de abril del 2004
Señores revista Número:
Vivo en
España y tengo la fortuna de poder leer Número por amigos
que la reciben, o la busco cuando viajo a Colombia. Es una manera de
saber de mi país a través de los ojos de personas analíticas
y pertinentes.
Me dio mucho gusto leer el artículo de Lucía Moncada sobre
Te doy mis ojos. Vi la película y leí muchos comentarios
en la prensa española, pero ninguno con el estilo y la profundidad
del que ustedes publicaron. Me sentí feliz de que una compatriota
analizara tan sensible y acertadamente una película que ha dado
tanto palo. Y con cifras espantosas de aquí y allá.
Sin embargo, me sorprendí al encontrar una carta que se fue lanza
en ristre contra el artículo en mención. ¡Es increíble
la diferencia de criterios sobre un mismo texto! Está bien que
el señor opine, pero que diga que el artículo «denigra»
ya me huele a otra cosa. Bueno, y que Iciar, que tiene fama de ser de
una pieza, felicite a Lucía...
Y que Carlos Calle... pues que se calle, o que su trabajo hable por
él.
Marcela Ospina
Posar
de cinéfilo
Barcelona,
21 de abril de 2004
Estimados señores:
Vi la película Te doy mis ojos, leí el artículo
de Lucía Moncada que ustedes publicaron y el comentario de Carlos
Calle al artículo de Lucía, y sobre el comentario se me
antoja decir algunas cosas. Habría sido mejor que Carlos aprovechara
los tres largos párrafos en que sienta cátedra, para proponer
cualquier punto de debate concreto entre la película y el artículo
de Lucía.
No me parece suficiente, de parte de quien se toma el trabajo de definir
en qué consiste una crítica seria —por oposición
a la criticadera fácil del colombiano promedio—, limitarse
a posar de cinéfilo. Si Carlos es cinéfilo, pues que cada
vez que escriba de cine se le note. Me imagino que si le concedieron
un premio hace poco es porque su texto se defendía solo. Pero
justamente eso es lo que echo de menos en su comentario. Carlos enumera
tres fallas: la primera, la imposibilidad del novato de separarse de
lo evidente para meterse en lo que hace al cine, cine; la segunda, la
insustancialidad de un texto que no profundiza en la cinta por hablar
de maltrato, pero que tampoco da argumentos sobre el maltrato por ofrecer
datos del filme y sus logros en San Sebastián; la tercera, que
Lucía no sabe del fenómeno audiovisual y que de teoría
de la imagen mejor ni hablemos.
Me parece que las tres afirmaciones son vagas y generales, en el sentido
de que dicen lo mismo que varias veces he leído en los folletos
que entregan en la calle o que están a la entrada de algún
teatro, ofreciendo un curso de formación en cine. Bueno, la única
diferencia es que en esos folletos no le toca a uno aguantarse ningún
regaño; pero, en síntesis, son generalidades. La dificultad
de ese nivel de generalidad es que, en mi opinión, rompe una
de las reglas de la crítica seria que Carlos mismo definió:
ser serio y dar argumentos implica ser concreto. No vale la excusa de
lo reducido del espacio, porque el esfuerzo de quien se toma en serio
su actividad, y no sólo asume una pose, es conseguir mostrar
en el espacio que le dieron aunque sea un solo punto que construya su
tesis y evidencie las dificultades del texto que critica. Si no es así,
lo que uno diga no deja de ser más que eso: lo que uno dice.
No hay un solo comentario de Carlos, en concreto, sobre la estructura
audiovisual, la narrativa, el montaje, la dirección, la fotografía,
etc., de la película Te doy mis ojos, en el que rebata un punto
específico del artículo y proponga otra forma de ver y
profundizar en la cinta. Lástima, porque por debajo de esas generalidades,
y de cierto tono hostil que me parece injustificado en vista de que
no ofreció razones concretas, lo que más resalta en su
escrito es cierto afán de trazar una línea clara entre
los entendidos y los charlatanes, a los que más nos conviene
correr a comprar su libro para empezar a entender del asunto. Yo, la
verdad, creo que no compraré el libro de Carlos; prefiero seguir
leyendo artículos tan buenos como el de Lucía.
Claudia Aguirre Gómez
Contrarrespuesta
del crítico
(fragmento)
Manizales, 17 de mayo del 2004
Apreciados señores:
Luego
de leer su respuesta a mi carta enviada el 17 de febrero a su revista,
quiero agradecerles el tomarse un tiempo para responder a mis observaciones.
Estoy de acuerdo con ustedes en que la crónica y el reportaje
son formas alternas de aproximarse a una obra. Sin embargo, no puedo
decir lo mismo sobre Te doy mis ojos, publicado por Número en
la pasada edición. Entiendo en su respuesta que ustedes admiten
que la persona que escribió este artículo no es alguien
especializado en cine y en arte, y que el texto tampoco se ocupa de
la película por reflexionar sobre otros asuntos (la mujer, el
machismo, etc.) aprovechando la temática de la cinta. Ustedes
mencionan que ella «investigó tanto en España como
en Colombia y presenta cifras y datos concretos», situación
que realmente no se encuentra en el artículo: tres o cuatro datos
no pueden constituirse como todo un dossier de cifras y datos, más
cuando tampoco se presenta una plataforma sólida sobre un tema
tan extenso y controvertido. Quiero repetirles algo que les mencioné
en mi pasada carta: hubiese sido más interesante que la autora
dedicara sus líneas solamente al maltrato, y seguramente, podría
haber conseguido más (en forma y contenido) que lo que hizo con
Te doy mis ojos. Así pues, tengo la impresión que son
ustedes quienes no se han ocupado de acercarse con el debido cuidado
(y respeto) a las líneas que escribió la autora Lucía
Moncada.
Entiendo que exista cierta molestia por parte de ustedes al encontrarse
con una crítica como la que yo les hago. Pero es de aclarar también,
que la crítica estimados señores, no es un atentado contra
las personas o los autores de las obras, ni mucho menos lo que se busca
es ofenderlos o descalificarlos. La crítica es ante todo, una
discusión argumentativa, donde lo que se exponen son argumentos
en función de una obra, de un resultado, o de un producto. Si
ustedes leen con detenimiento mi anterior carta, no hallarán
adjetivo alguno que comprometa la integridad de la señora Lucía
Moncada ni la de la revista. Si se da en cambio, una interrogación
a lo que ustedes quizá consideren un artículo muy bien
realizado, al cual sólo le ofrezco mis argumentos para demostrarles
lo contrario. Si ustedes tienen argumentos que enseñen otra cosa
diferente, serán bienvenidos, pero éstos en ningún
momento aparecen en su respuesta.
Carlos Calle-Archila
R.-
Señor Calle:
Parece que no nos entendemos. No se puede mantener una discusión
si el interlocutor parte de tergiversar los argumentos del otro. Por
ejemplo, en ningún momento dijimos que el texto no se ocupa de
la película, como usted lo afirma. Tampoco dijimos que se trata
de un dossier con datos y cifras, como usted lo afirma. Recomendamos
tranquilidad, mesura. Además, podemos asegurarle que siempre
nos ocupamos con respeto de un texto (respeto es leerlo sin prevenciones
y espíritu positivo, cosa que siempre hemos tratado de hacer
y lo hemos recomendado a nuestros lectores). No nos molestan las críticas,
sí los calificativos sin sustento. Hubiéramos preferidos
argumentos de su parte. Ahora, dejemos a los lectores que tomen posición
a partir del artículo original y de su carta.