Separata especial de revista Número
| Tico Braun —autor de Mataron a Gaitán, el texto más esclarecedor sobre el 9 de abril de 1948— tiene la virtud de mirar los hechos más allá de lo obvio y lo manido. En este ensayo sobre la guerra y la paz en Colombia habla sobre el honor, la traición, el respeto, la humillación, el orgullo, el aislamiento, la soledad, la honestidad, la exclusión y la ausencia de un espíritu, de una simbología que permita a cada colombiano sentirse parte de un proyecto nacional. |
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Colombia:
entre el recuerdo y el olvido
AVES DE CORRAL, TOALLAS, WHISKY... Y ALGO MÁS 1 |
Por Herbert Braun
Traducción de Ana Cristina Mejía
University of Virginia
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El presidente y el guerrillero «Hoy hemos
venido a cumplir una cita con la historia —declaró el presidente
Andrés Pastrana—. Nos hemos tardado medio siglo en hacerlo». |
Aunque
lo que lee Marulanda trata casi exclusivamente sobre estrategias militares,
aquí vemos una vez más cómo un líder importante
de las muchas veces silenciosas pero también persistentes, y en
ocasiones combativas guerrillas de Colombia, busca la respetabilidad a
través de los criterios culturales de las formalmente educadas
élites de la ciudad. Porque las guerrillas surgieron hace medio
siglo en busca de sus jefes urbanos. Al iniciarse las conversaciones entre Pastrana y Marulanda, se sentía como si el centro de gravedad de la nación se desplazara de la capital bogotana a las provincias alrededor de San Vicente del Caguán. Estas conversaciones fueron las primeras entre un presidente y el eterno jefe guerrillero, gracias a la inaudita visita que Pastrana hizo a Marulanda allá en las montañas cuando él aún era candidato a la presidencia. Catorce mandatarios han pasado por la mirada distante de Marulanda, doce de los cuales fueron elegidos popularmente. Tal vez ninguno de ellos contempló la posibilidad de reunirse en persona con el guerrillero. Fotografías a todo color en la prensa, y apariciones en vivo en la televisión de Marulanda y Pastrana envueltos en un tradicional abrazo, suscitaron la expectativa general de que este último era el candidato que tenía las mejores posibilidades de pactar la paz en el país. Marulanda dio a entender que con Pastrana él sí podría conversar. En una extraordinaria transmutación del poder, es bien posible que el candidato le deba la presidencia al guerrillero. Un cierto nivel de confianza parecía haberse desarrollado entre estos dos hombres, aun cuando el jefe guerrillero tenía más la edad de Misael Pastrana Borrero, padre del candidato, quien había sido presidente entre 1970 y 1974. Y el joven Pastrana, que consiguió su reputación pública como presentador de noticias en un canal de televisión, luego fue secuestrado y después resultó elegido alcalde de Bogotá, aceptó afanosamente muchas de las exigencias de los guerrilleros. Es el primer jefe de Estado en dialogar con los rebeldes sin antes estipular que se desmovilizaran e hicieran entrega de sus armas. Los guerrilleros sabían que al no ser una entidad combatiente, no tendrían poder con qué negociar con el gobierno. Ninguna de las conversaciones previas con las Farc y el ELN había llegado a mucho. |
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Al asumir la presidencia,
Pastrana les entregó a Marulanda y a sus hombres un enorme espacio
de tierra del tamaño de Suiza, aproximadamente 41.000 kilómetros
cuadrados, en el que vivían menos de 60.000 personas. San Vicente
del Caguán quedaba allí. Se dio la orden de remover todas
las fuerzas militares de la zona. Las Farc sacaron del área a
policías, maestros, médicos, jueces, alcaldes, funcionarios
estatales, notarios públicos y sacerdotes. La guerrilla por fin
pudo descansar: tenía un lugar que podía llamar propio,
desde el cual podía negociar con el gobierno con más calma
y seguridad. |
El
discurso guerrillero procedió a relatar los hechos de 1990, cuando
el cuartel de las Farc, que se hallaba en Casa Verde, un lugar al cual
los negociadores de la ciudad habían acudido varias veces, y
que estaba conectado por radio y teléfono con el palacio presidencial
en Bogotá, fue atacado por el ejército. «Con esta
nueva agresión —entonó Gómez—, el ejército
oficial se apoderó de trescientas mulas de carga, setenta caballos
de silla, mil quinientas cabezas de ganado, cuarenta cerdos, doscientas
cincuenta aves de corral, cincuenta toneladas de comida…».
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Ésta era una relación vívida, más personal que política. En la mente del presidente, las negociaciones no tenían mucho que ver con ideología, estrategias o poder político. En efecto, era como si el conflicto no tuviera historia. La llegada de la paz, para él, sólo consistía en lograr un nivel de confianza con Marulanda. Al final, Pastrana se sintió traicionado, incluso humillado por el jefe guerrillero. Para
entender lo que le había pasado a él, y por tanto a su
nación, el presidente acudió a ideas y a un lenguaje que
no había sido parte del discurso político en Colombia
desde por lo menos la primera mitad del siglo anterior. «Es muy
triste que Colombia haya perdido esa confianza que le tenía a
la palabra de un campesino, como todos creíamos que era la de
Marulanda. Yo confié en esa palabra. Y repito que era muy interesante
un proceso fundamentado en la palabra del presidente de la república
y la palabra de un campesino. Era algo sagrado». El presidente
piensa en voz alta cómo se estará sintiendo el guerrillero.
«Creo que una de las cosas que más le deben afectar emocionalmente
a él fue el haber incumplido la palabra, porque incumplir la
palabra para cualquier campesino colombiano es muy duro. También
hay que entender un poco la posición de Marulanda, un hombre
que vive en las montañas, confrontado o enfrentado al mundo entero.
Eso es muy complicado». |
«Aquí
el gobierno no manda —le dice Marulanda a Antonio Caballero—.
Ni siquiera a sus propios militares. Lo que vienen a hablar aquí
es carreta: ni la cumplen ni la pueden cumplir. La oligarquía
quiere que la paz le salga gratis, porque está acostumbrada a
eso». De nuevo, Marulanda recuerda rápidamente el pasado,
cuando diferentes gobiernos han hecho pequeñas, quizás
incluso irrisorias promesas insultantes para lograr que ellos depongan
las armas. «Por un azadón, como los que repartía
Duarte Blum cuando Rojas. O por un taxi, como los que prometía
Belisario, que ni los daba». |
Las conversaciones de paz que comenzaron el 7 de enero de 1999 fueron una salida ambiciosa para el presidente. Él llegó al Caguán con una gran sonrisa, lleno de confianza, sintiendo que una nueva página se abría para el país. Para Marulanda, estas conversaciones no eran exactamente como las muchas que ya había sostenido, pero sí tenían bastante en común con ellas: todas habían terminado en fracaso. En esta ocasión, el guerrillero no llegó. Su asiento permaneció desocupado, quizás como un signo de que este conflicto tenía una larga historia. Marulanda resolvió no hacerse presente por el simple hecho de que el presidente de turno había, al fin, decidido hablar con él12. Hace mucho, los rebeldes y los presidentes se reunían a menudo en el campo. Ahora, varios años después, el futuro que todos anhelaban no iba a llegar tan fácilmente, porque el presidente no se había equivocado. Una cita con la historia se había demorado más de cincuenta años. |
Ritos y
conversaciones |
A principios de los años sesenta, Marulanda se entregó al mayor Carlos Hernando Gil González, cuando estaba a punto de ser capturado, quizá por otra banda de hombres armados. El mayor lo llevó, rodeado de una pesada guardia, al general Ricardo Charry Solano, que a su vez se encargó de que a Marulanda le dieran un puesto en el Ministerio de Transportes, en la construcción de carreteras. Pero ahí no duró mucho, seguramente agobiado por la rutina del trabajo, y se fue una vez más al monte18. El 27 de mayo de 1964, cuando el ejército ya había empezado sus maniobras alrededor de Marquetalia, la más nombrada de esas «repúblicas independientes», Marulanda envió a dos de sus hombres para interceptar a un inspector de carreteras y a un farmacéutico del distrito de obras públicas del Huila, en un sitio llamado Rioclaro, en los límites del Huila con el Tolima, en la carretera en construcción entre El Carmen y Planadas, para que le entregaran al gobernador González Trujillo y al coronel Corredor Pardo, comandante del batallón Tenerife, una carta firmada por Marulanda, indicándoles que las autoridades deberían enterarse de ella. En la conversación que sostuvieron los dos guerrilleros y los dos funcionarios del Estado, éstos fueron informados de que en el documento Marulanda señalaba que no permitiría la entrada de tropas a la región por él dominada, pero que sí aceptaría que civiles hicieran la carretera. En la carta se enfatizaba en la construcción de escuelas, puestos de salud y almacenes de víveres. Luego del encuentro, los dos funcionarios cumplieron con la misión que los había llevado a la región. Al entregar la carta, los dos funcionarios, cuyos nombres no se dieron a conocer, dijeron que les parecía que a Marulanda lo tenía sin cuidado la presencia de soldados en la región19. Sin
embargo, el 1º de mayo de 1964 apareció un texto en El Tiempo,
dieciséis días antes de que empezara el ya anunciado «gran
plan de acción cívica militar» del ejército
contra Marquetalia. «Informaciones obtenidas anoche por uno de
nuestros redactores dan cuenta de que su eminencia el cardenal, arzobispo
de Bogotá, monseñor Luis Concha Córdoba, en nota
cuyo texto aún no se ha dado a conocer, negó el permiso
solicitado por los sacerdotes monseñor Germán Guzmán,
Camilo Torres y Gustavo Pérez, para formar parte de la comisión
socioeconómica que proyectaba viajar a las regiones del sur del
departamento del Tolima, muy especialmente a Marquetalia, con el fin
de buscar un entendimiento con los campesinos para las labores de pacificación
que actualmente adelanta el gobierno nacional… La nota en la cual
su eminencia el cardenal niega el permiso solicitado fue enviada ayer
al ministro de Guerra encargado, mayor general Gabriel Rebeiz Pizarro,
en respuesta a una carta que el general Rebeiz envió en días
pasados al señor cardenal, informándole de la labor que
la comisión se proponía adelantar con la cooperación
de las fuerzas armadas, y a la vez solicitándole el permiso respectivo
para el viaje de los sacerdotes»20. |
Orígenes:
inclusiones |
A
mediados de los años cuarenta, Yosa, también conocido como
Míster Líster y uno de los primeros guerrilleros liberales
que tiempo después se unió a los comunistas, o comunes,
como se les llamaba más informal y menos doctrinalmente, recuerda
el encuentro con los líderes civiles en la ciudad, en especial
la intervención personal de Alberto Lleras Camargo, el líder
del partido, que acababa de ser presidente de Colombia. «Nos devolvimos
muy contentos por haberle dado la mano a un doctor tan alto y encopetado».
No hay un trazo de ironía en estas palabras. Los rebeldes conocían
personalmente a muchos de los líderes nacionales. Los guerrilleros
hablaban de política nacional todo el tiempo. Los rumores corrían
por doquier. Esperaban constantemente las noticias de un golpe de Estado
exitoso en contra del gobierno conservador. El correo de la ciudad era
su vida. «No acabábamos de salir —recuerda Yosa—
cuando comenzaron a gritarnos: que vengan, que vengan. Había llegado
un correo de Bogotá»31. Por fin López Pumarejo apareció en los Llanos, pero sólo una vez que aseguró que unos soldados lo acompañaran. Su llegada creó «una gran expectativa y alboroto» entre los hombres levantados en armas y entre la población rural que los rodeaba. Después que se bajó del caballo, el expresidente de la república fue «rodeado de un pueblo atento a todos sus gestos y palabras», recuerda Franco Isaza. Los guerrilleros elaboraron planes formales para recibir a López, a quien llamaban «el doctor». Esta expresión de respeto y admiración para aquellos que pueden ofrecer una imagen de cultura y conocimiento, tengan o no títulos profesionales, se ha mantenido durante más tiempo en la Colombia tradicional que en otras partes de Latinoamérica. También lo llamaban «el viejo Alfonso», de una manera más íntima. Una vez que «el viejo» llegaba y de que se hacían los saludos iniciales, los protagonistas duraban hasta dos días en varias rondas de conversación. Muchos guerrilleros tenían la oportunidad de intervenir y todos bromeaban al sentir que había cierta confianza y cordialidad. Bebían. Franco Isaza le preguntó a un coronel que acompañaba al expresidente: «Señor, ¿se clava un whisky?». «Caballero, me clavo el whisky», respondió el coronel. «¡Por Colombia! ¡Salud, caballeros!». Sin embargo, López se mantuvo cauteloso, apartado. «El doctor López acaricia su vaso, sin haberlo probado». Sabía que en Bogotá su visita se prestaba a la burla. Bajo el título «A solas», El Siglo publicó una fotografía en primera plana con él y el «coronel» Franco parados «al pie de un arbolillo, que también sirve de cerca» entre los dos. Otra muestra a los «bandidos» tomando whisky, «del que fue enviado por la Dirección Nacional Liberal»32. Pero para los guerrilleros en los Llanos hay «alegría, los cuchillos cortan el asado, pasan las bandejas con otras viandas. Los tiples y las maracas echan al viento el joropo. Los fusiles pasan de guerrillero en guerrillero». Hablan y hablan. No se discute nada sustancial, pero no importa. «Se hacen grupos y se habla de muchas cosas al mismo tiempo, sin que falte la manía colombiana de hacer discursos. No hay vivas ni abajos. Es una fiesta fraternal». Los rebeldes estaban llenos de vida. Los guerrilleros entendieron que la sola presencia de López los legitimaba como los portadores de la amplia tradición del liberalismo y los conectaba con el partido, con la ciudad, con los otros grupos guerrilleros y con la nación. «Así corrieron las horas, sin nada concreto. Estábamos adquiriendo postín, sintiéndonos bien… Muchos pensarán que están discutiendo cosas importantes, pero las cosas importantes no se han abordado. Sondeamos asuntos y, sin que se haya hablado mucho, ya hay un hecho: los bandoleros no son bandoleros, somos revolucionarios. Eso lo está cantando la presencia del doctor López en los Llanos, justamente en un cuartel guerrillero. Mañana, y pasado mañana, la prensa lo publicará en documentos gráficos». Ellos necesitaban desesperadamente cobijarse bajo el manto que les ofrecía el estar conectados con los políticos urbanos. La visita de López constituía una victoria para los guerrilleros. Con el jefe a su lado, ya no eran unos simples bandoleros. Esto era una cuestión de un profundo orgullo personal. Ahora el país tenía que referirse a ellos como lo que eran, liberales y revolucionarios, y no con «esa otra palabra que tanto hiere el espíritu, que tanto se martilla en los diarios, que desmoraliza al pobre pueblo humillado y que hace más daño que una bayoneta clavada: bandoleros». Estas palabras pueden llevar un tono melodramático al ser leídas hoy en día, y por fuera del contexto íntimo de la vida de estos combatientes rurales. Pero son palabras profundamente reveladoras, dicientes. Para muchos de los guerrilleros, la diferencia entre ser considerados bandoleros o revolucionarios es una cosa de honor. Si eran bandoleros, eso significaba que eran unos hombres egoístas, que actuaban por cuenta propia y que eran unos ladrones. Como revolucionarios, sus acciones estaban al servicio del partido liberal, de la libertad misma, en favor de las más altas aspiraciones ideológicas, para la nación. Ellos se podían entender como partícipes de un gran proyecto histórico del liberalismo colombiano y mundial, sin importar qué tan vagamente puedan haber llegado a entender esa ideología. Como revolucionarios, actuaban de un modo desinteresado. Eran más que ellos mismos, más que un grupo de individuos. Aún más existencialmente, quizás, como bandidos tan sólo podían ser unos actores locales. Si eran bandoleros, los jefes liberales obviamente no los podían apoyar y defender. Como bandoleros quedarían desconectados del país. Como revolucionarios se convertían en patriotas, en colombianos. Como bandoleros se les podía olvidar, y se quedarían aislados, viviendo en el anonimato. Los guerrilleros no podían prescindir de sus jefes urbanos. Sin ellos, no tenían honor. Sin ellos, estaban solos. Una vida solitaria y sin honor es lo que más atemorizaba a la gente del campo, especialmente a los hombres 33. Los jefes conservadores se empeñaron en negarles a los guerrilleros precisamente la respetabilidad que tanto añoraban. «O se es colombiano o se es forajido», declaró El Siglo34. El presidente Urdaneta Arbeláez insistía que no tenía nada que discutir con los «forajidos» de los Llanos Orientales35. Con su típico humor negro, el columnista de El Siglo, Rafael Hugo Porras —quien escribía bajo el nombre de Julio Abril— declaró que «el doctor López se va casi todas las semanas a echarle un vistazo a sus reses y a sus “guerrilleros”, estando ya tan familiarizado con las unas como con las otras, al punto de no hacer distingos al mencionarlos, diciendo simplemente “mis animales” cuando se refiere a los guerrilleros y a las reses». En vez de una política de paz, el columnista sugería el uso del DDT. «A la clase de “guerrilleros” que allí actúan hay que tratarlos como lo que son, ¡como bichos!» 36. |
Honor y
humillación |
Orígenes:
exclusiones |
La soledad |
Continuidades:
exclusiones Unos treinta años después de la ruptura entre los políticos de la ciudad y las guerrillas, el presidente Belisario Betancur (1980-1984) empezó de nuevo «el proceso de paz» organizando reuniones, las cuales estaban llenas de esperanza y expectación. «¡Que haiga paz!», dijo Manuel Marulanda en un español incorrecto al empezar las negociaciones de la Uribe en 1984. Alfredo Molano recuerda que «Las puertas de Casa Verde (la base de las Farc, destruida en aquel ataque masivo del ejército en 1991) se abrieron, y el país supo quiénes eran los comandantes de las Farc. Oyeron hablar a Marulanda y a Jacobo, oyeron hablar a Cano y a Raúl Reyes. Más de uno se sorprendió de que hablaran castellano y muchos mostraron como evidencia del grado de atraso de las guerrillas la frase de Marulanda, “¡Que haiga paz!”»69. Algunos quizás se habrán acordado que esta visión del jefe guerrillero tenía una larga historia. Cuando el ejercito avanzaba sobre Marquetalia, El Tiempo afirmó que «Muchas son las versiones que se han hecho circular sobre la personalidad de “Marulanda” o “Tiro Fijo”, y se ha llegado hasta a decir que en alguna ocasión realizó una gira por Cuba con el propósito de adoctrinarse con los sistemas políticos de aquel país. Todo esto no es nada más que producto de la fantasía, pues en verdad este antisocial, según lo afirman personas que han logrado conocerlo muy de cerca, es un individuo de una cultura elemental. Sus cartas y documentos tienen que ser redactados por uno de sus ayudantes»70. En 1999 Marulanda llevaba luchando unos treinta y cinco años. Sin embargo, era poco lo que se sabía de él. Vivía en el campo. Durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta se rumoraba una y otra vez su captura y su muerte. Cuando el presidente Andrés Pastrana viajó al campo en su tercera visita histórica para encontrarse con Marulanda los días 8 y 9 de febrero de 2001, la columnista María Isabel Rueda dio la impresión de haber descubierto al líder guerrillero otra vez, y escribió un artículo en Semana. Vio en él la «astucia natural de este campesino malicioso y desconfiado». Y comprendió que muchos en Colombia lo despreciaban. «Ni el hecho de que sea un auténtico campesino —por lo cual unos simplemente lo daban por ignorante y otros por ingenuo—, ni el hecho de llevar varios años a las espaldas, han evitado que Manuel Marulanda sea lo que es: el que manda» en el movimiento guerrillero71. En febrero del año 2000, la revista Cambio —de propiedad, entre otros, de Gabriel García Márquez— reportó sobre un mitin entre las guerrillas y los políticos con ese característico ingenio urbano. «Se podría tener la sensación de que a los comandantes guerrilleros les pasa lo mismo que a los generales: que cuando se quitan el uniforme verde oliva, pierden mando. Pero cuando uno los ve rodeados por los altos cacaos de la paz, atentos todos al menor guiño de cualquiera de los miembros de las Farc, sabe que la diferencia específica, como decían los jesuitas, existe… Es entonces cuando se constata que son, ante todo, un movimiento de estirpe y modales campesinos o que han olvidado su origen urbano y sus sueños de bachiller… A ninguno —excepción hecha de Simón Trinidad, que es el único que se hace el nudo de la corbata al estilo inglés y no americano— le sienta el vestido de paño. Parecen disfrazados»72. El 14 de febrero de 2001, Elvira Cuervo, la directora del Museo Nacional, suscitó una controversia nacional cuando sugirió que la toalla de Marulanda —una de esas toallas rayadas que Alma Guillermoprieto en 1986 había señalado que colgaba del hombro del guerrillero— se debería exhibir junto con otras cosas pertenecientes a la cultura nacional, como el traje usado por el candidato presidencial Luis Carlos Galán cuando lo mataron y el gorro del líder del grupo guerrillero M-19, Carlos Pizarro Leongómez, quien fue asesinado mientras volaba en un avión cuando también se estaba postulando a la presidencia. Tratando de explicar la necesidad de incluir la toalla, la señora Cuervo declaró: «Éste es un país sin memoria… Las naciones que no conocen su historia están condenadas a repetirla»73. Algunos estaban a favor de incluir la toalla; la mayoría, en contra. Otros pensaron que el debate era frívolo. Para D’Artagnan, el famoso columnista de El Tiempo, el debate fue el momento propicio para desenvainar su pluma. En general estaba en contra de la idea porque la toalla era un objeto muy personal, privado. «Y si Elvira Cuervo insiste en tener la toalla de Tirofijo para exponerla en alguna vitrina bien ubicada de nuestro museo, que ésta esté debidamente usada y lavada. Que no planchada, porque donde mis abuelos hacían eso con las toallas, y luego quedaban como si se les hubiera echado almidón, según derrochaban antes los cachacos en los cuellos y puntas de sus camisas. Lo cual las deja tiesas y lijudas, lo que de paso resulta un riesgo cuando de ventear se trata eso que médicos y toreros científicamente denominan el escroto, que cubre los testículos, y que los demás mortales cariñosamente llamamos güevas»74. Pero otro columnista, Armando Benedetti Jimeno, hizo énfasis en las tensiones implícitas que habían limitado el desarrollo de las negociaciones para llegar a un arreglo de las guerras. «¿A qué huele Tirofijo? Y hablando de otros ascos, ¿sorbe la sopa Tirofijo? O ¿agarra con las manos la esquiva e incómoda presa de gallina? Y acaso algo más revelador: la sensibilidad heredada, adquirida y reproducida de las clases “superiores” que van al Caguán a negociar, o a lo que sea, ¿perturba, vía los hedores del camuflaje, las posibilidades de la paz?»75. Al abrazarse, ambos lados llevan consigo el bagaje de dos medios culturales muy diferentes. Desodorante y agua de colonia no son de por sí fuerzas históricas importantes, pero sí le dan un olor al cuerpo que a lo mejor no todos encuentran fragante. |
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