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Por Santiago García
Fotografías de Carlos Mario Lema
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Vi y conocí
a Enrique por allá en 1956, cuando regresaba de un venturoso
viaje por el Caribe, Brasil y Argentina. Venía cargado de experiencias
de teatro, de aventuras marineras, de poemas, y debajo del brazo una
obra sacada de los cuentos de Carrasquilla, que después le iba
a dar casi la vuelta al mundo: A la diestra de Dios Padre. Pasó
por Bogotá rumbo a Cali, nos dejó su obra en la Escuela
de Teatro del Distrito que dirigía Fausto Cabrera y él
se llevó todos los apuntes y notas de primera mano del sistema
de Stanislavski que nos había dejado el famoso Seki Sano, recién
expulsado del país por oler a marxista. Aquí en Bogotá
se montó la obra y Enrique se fue a dirigir el Teatro Escuela
de Cali (TEC), que llegó a ser, pocos años más
tarde, una de las mejores compañías de teatro que ha tenido
este país. |
Podría
citar muchas más pero, como dije, eso se lo dejamos a los antologistas. Los hombres son como los ríos, tal como nos describiera Manrique: unos caudalosos, otros medianos y otros chicos. Enrique era uno tumultuoso, que arrastraba hacia su amplia meta a muchos otros. Los griegos llamaban hipócritos a los actores, es decir, el que está detrás de la máscara. La de Enrique era esa que nos queda, la que aparentemente le conocimos. Pero el que se hallaba detrás de ella, no la persona (pública o privada), sino el verdadero personaje con sus múltiples y variadísimas facetas, ese polifónico y carismático, sorprendente y a veces, para mí, que traté de conocerlo, inescrutable. Así deja otra huella, distinta de las dos de las que hemos hablado. El rastro evanescente. La impronta irrepetible. La de un tipo de una gracia y simpatía que brotaban de su condición de todero: sabía pintar, hacer literatura, escribir poemas, ensayos, obras de teatro. Sabía contar historias, anécdotas disparatadas, mentiras fabulosas heredadas de su padre. Conocía como el que más de tambores y de fiestas populares. Era esa persona que tanto necesitamos en este mundo de áridos especialistas. Un espíritu en la verdadera acepción renacentista: diletante y a la vez pleno, porque no tenía tiempo para ser superfluo. Con unos cuantos como Enrique estaríamos salvados, en este pueblo de gentes melindrosas y apagadas. Sólo con unos pocos, porque espíritus como el suyo saben expandirse y proliferar a una velocidad que desconocen los políticos. Ya me imagino a Buenaventura llegando al aeropuerto del otro toldo, donde no se avergüenza nadie de ser colombiano, recibido con abrazos descomunales por su amigo Rabelais; discutiendo con François Villon, que está emberracado porque Enrique le echó a perder el poema que le tenía preparado de su esqueje con el cuento de sus cenizas del palo de mango; cantando alabados con Delia Zapata; mamándole gallo al coronel Cortés Vargas, con Cepeda Samudio, sobre el minuto de regalo que le dieron los revoltosos de Ciénaga; de paseo por los prados del Elíseo con Carrasquilla y Peralta conversando sobre la importancia del habla paisa; tomándose sus buenos whiskicitos con Gaitán para escucharle mejor sus argumentos sobre la denuncia de las bananeras; muerto de la risa con Obregón, que ya le tenía preparado un retrato con sus pantalones de bucanero llenos de arrugas de los veinte mil y más kilómetros que hay desde allá hasta cualquier puerto del Caribe; con Althusser tratándole de explicar cómo estranguló a su mujer por un plato de espaguetis; con el otro socarrón del Bertolt Brecht, que lo sorprende con el cuento de que el efecto de distanciamiento era una broma alemana, y con su padre, sentados tranquilamente en cualquier nube, viendo águilas incendiadas por la velocidad meteórica que llevan cuando caen en picada hacia la tierra. Ya lo veo desde allá con su sonrisa burlona mirando cómo aquí, afanosos, seguimos peleando para hacer todo lo que él hizo como si nada. Ese Enrique fue el que perdimos para siempre aquí en la tierra, pero se lo ganó el Olimpo de poetas y de dioses, quienes sí viven para siempre en los plácidos jardines del nunca jamás. |
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