| Separata
especial de revista Número |
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| PERIODISMO
Y DEMOCRACIA EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN |
Por Ignacio Ramonet
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Ponencia presentada en el panel 5, dedicado al tema «Papel y |
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Pero
desde hace unos quince años, a medida que se aceleraba la globalización
liberal, ese «cuarto poder» ha ido perdiendo su función
de contrapoder en la mayor parte de las grandes democracias del mundo.
Lo que hemos descubierto al analizar el funcionamiento de la globalización
es la vigencia de un capitalismo de nuevo cuño que ya no es meramente
industrial sino financiero o especulativo bajo el poder de unos grupos
económicos planetarios, en esta fase en que definitivamente el
debate principal en nuestras sociedades reside en enfrentamientos frontales
entre el mercado y la sociedad, entre lo privado y lo público,
lo individual y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad, y en
ese proceso observamos que los medios de información y muchos periodistas
están dejando de construir ese contrapoder. En el marco de la filosofía de la globalización económica, las empresas globales tienen ahora un papel más importante, a veces, que el de muchos gobiernos o estados. Esas empresas y los empresarios que las dirigen cada año se reúnen por ejemplo en Davos, Suiza, en el marco del Foro Económico Mundial, en el que precisamente se juntan los nuevos amos del mundo y deciden, de alguna manera, por los demás. En ese marco, en ese contexto geoeconómico y geopolítico de lo que significa hoy la globalización neoliberal, se ha producido una importante transformación de los medios de comunicación de masas. En el corazón mismo de la estructura industrial y de la propiedad económica de los medios, se está transformando el periodismo. Globalmente, hoy día los medios de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, Internet) pertenecen cada vez más a grandes grupos mediáticos que tienen también una vocación global o mundial, tales como News Corp de Rupert Murdoch, American Online, Viacom, General Electric o Microsoft, los cuales tienen nuevas posibilidades de expansión gracias a la transformación tecnológica que se ha producido en los últimos quince años, en particular con lo que significa la «revolución digital» que rompió las fronteras que antes separaban las formas tradicionales de la comunicación, es decir, escritura, sonido e imagen. Esta revolución digital ha permitido el surgimiento de Internet, que aparece como un cuarto medio, una cuarta manera de expresarse, comunicarse y divertirse. Con esta «revolución digital» las empresas mediáticas agrupan ahora no sólo a los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión), sino también a todo lo que podríamos llamar el sector de la cultura de masas, de la comunicación y de la información, antes tres esferas aisladas entre sí: un periodista no hacía publicidad, y el que la hacía no producía tiras cómicas ni escribía telenovelas; eran actividades diferentes que hoy están integrándose. Pero además estas nuevas empresas mediáticas gigantescas, estos productores de símbolos también suman a sus actividades mensajes de otro tipo: los videojuegos, los DVD, los CD musicales, la música popular, las distracciones, las ciudades de ocio tipo Disneylandia, por ejemplo; y también pueden integrar el cine de diversión, la televisión, los dibujos animados, las tiras cómicas, el deporte espectáculo, la edición de libros, entre otros. Es decir, estamos ahora frente a unos grupos mediáticos que poseen dos características nuevas: a) Se ocupan de todo lo que puede escribirse, filmarse y difundirse mediante el sonido, y lo divulgan por todo tipo de canales, ya sea a través de la prensa tradicional de papel, las radios y las televisiones hertzianas o satelitales, como por Internet y por todas las técnicas digitales. b) Pero también son grupos mundiales, globales, planetarios y no solo nacionales o locales. Si pensamos, por ejemplo, en la crítica radical del superpoder mediático que había hecho Orson Welles en 1941 en su película Citizen Kane (El ciudadano Kane) y recordamos que la persona que lo inspiró fue un magnate de la prensa que se llamaba Randolph Hearst, hoy nos damos cuenta de que en definitiva el señor Kane sólo era el propietario de unos cuantos periódicos de prensa escrita en un país; es decir, disponía de un poder mínimo, aunque evidentemente pueda resultar eficaz a escala regional o a escala provincial, frente a los grandes poderes de los gigantescos grupos mediáticos de nuestro tiempo. Hoy, estas hiperempresas poseen todos los sectores mediáticos en muchos países, en casi todos los continentes, y por eso son ahora actores centrales de la globalización liberal; y su capacidad de adquirir aún más poder mediante una mayor concentración de capital y de medios sigue aumentando, como se registra en Estados Unidos en este momento cuando se debate sobre la decisión adoptada por la Federal Communications Commission (FCC), el 4 de junio pasado, según la cual los grupos mastodontes de los medios en Estados Unidos pueden aumentar aún más su tamaño; pero esta decisión, que tenía que entrar en vigor el 4 de septiembre, ha sido suspendida por la Corte Suprema. Sin embargo, se sabe que hay la voluntad de permitir que estos inmensos grupos sean todavía más grandes. La globalización es también de los medios de comunicación y de información, megagrupos que ya no se plantean como objetivo cívico el ser un «cuarto poder» y denunciar los abusos contra los derechos humanos ni corregir las distorsiones de la democracia, y perfeccionar así el sistema político. Hoy ni siquiera se proponen actuar como un contrapoder: basta ver cómo se ha comportado el superpoder del señor Murdoch en particular, la cadena Fox News en la reciente guerra contra Irak, apoyando de manera propagandística la posición de la administración de Estados Unidos, lo cual coincide con la posición de la mayor parte de los medios. Podríamos decir que si estos grupos constituyen eventualmente un «cuarto poder», sería en el sentido de que ese cuarto poder se une, se añade o se suma a los otros poderes existentes —legislativo, ejecutivo, judicial—, o al poder político y al poder económico, para aplastar a su vez a los ciudadanos como un poder suplementario y mediático. Por consiguiente, la cuestión cívica que se plantea hoy para éstos es: ¿Cómo resistir en un marco democrático, cómo reaccionar u oponerse frente a lo que fue durante mucho tiempo el único poder aliado con que contaban los ciudadanos frente a los poderes dominantes? ¿Cómo resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, en cierta medida, ha traicionado al ciudadano pasándose al lado del adversario? Sencillamente, lo que se debería hacer es crear un «quinto poder» que permita a los ciudadanos oponer una fuerza cívica pacífica ciudadana a esta nueva coalición, a esta nueva alianza de poderes. Un quinto poder cuya función sería denunciar el nuevo superpoder de los medios, de las grandes industrias mediáticas, vectores y cómplices de la globalización neoliberal. Esos medios que hoy, en algunas circunstancias, no sólo han dejado de defender a los ciudadanos sino que actúan a menudo contra la sociedad en su conjunto, como lo estamos viendo en este momento en el enfrentamiento que se desarrolla en Venezuela. Allí la oposición política fue barrida en 1998 en elecciones libres, plurales y democráticas; y apenas eso sucedió los grupos de prensa, radio y televisión más importantes del país se lanzaron, hace más de dos años, en una guerra mediática frontal contra la legitimidad democrática que representa al gobierno de Hugo Chávez. Se piense lo que se piense de él y de su gobierno, hay que reconocer que los medios de información, en manos de unos cuantos privilegiados, han utilizado contra ellos toda la artillería de las manipulaciones, las mentiras y las falsedades para intentar intoxicar las mentes de los ciudadanos, en una guerra ideológica abierta para defender sus privilegios y oponerse a toda reforma social y a todo reparto equitativo de la riqueza. El caso de Venezuela es un ejemplo de la nueva situación internacional en la que unos grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, así como su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Esos grupos no se asumen sólo como poder mediático, sino que se asumen y se afirman sobre todo como un poder ideológico que trata de contener las reivindicaciones populares, y que ambiciona apoderarse del poder político, tal como lo ha hecho en un país europeo y de manera democrática Silvio Berlusconi, utilizando su inmenso poder mediático. |
En
el caso particular de Venezuela, esa «guerra sucia mediática»
contra el presidente Chávez, varias veces elegido democráticamente,
le impide a éste realizar las reformas sociales votadas por la
mayoría de los ciudadanos. Esa manera de oponerse y de sabotear
el resultado de una elección totalmente democrática es lo
que precisamente en los años setenta hicieron los diarios chilenos,
El Mercurio y otros, contra el gobierno democrático del presidente
Salvador Allende, empujando al golpe de Estado; o lo que hizo en los años
ochenta el diario La Prensa, en Nicaragua, contra el gobierno democrático
sandinista; o la misma campaña que mañana los grandes medios,
los grandes grupos mediáticos puedan llevar a cabo en Ecuador,
en Paraguay, en Brasil, en Argentina contra cualquier reforma democrática
que modifique la jerarquía del poder y la desigualdad de la riqueza,
contando con los grupos locales o regionales, o viceversa. Es decir, lo que estamos observando es que ya no son únicamente los poderes de la oligarquía tradicional o de la reacción tradicional, sino los poderes mediáticos, los que pasan a dar la batalla política —en nombre de la libertad de expresión, esa es la ironía de la situación— contra los programas que defienden los intereses del conjunto de los ciudadanos. Esta fachada mediática de la globalización revela, del modo más claro, evidente y caricaturesco, la ideología de la globalización liberal. De ahí que medios de comunicación y globalización sean dos conceptos íntimamente ligados y que se requiera desarrollar una reflexión sobre la forma como nosotros, los ciudadanos apegados a la democracia, podemos exigir de los medios más ética, que simplemente digan la verdad, el respeto de un deber ser que obligue a los periodistas —la mayoría de ellos, como lo sabemos, serios y honestos—, a actuar en función de su conciencia y no en función de los intereses de los grupos, de las empresas o de los patronos que los emplean. Por una parte, el periodismo, los medios de información, se utilizan hoy como un arma de combate en la nueva guerra ideológica; pero también la información, por su explosión, por su multiplicación, por su sobreabundancia, se encuentra hoy literalmente contaminada, envenenada por toda clase de mentiras, emponzoñada por los rumores, las distorsiones y las manipulaciones. De ahí que los ciudadanos tengan una necesidad urgente de recurrir a un referente que les garantice o asegure que la información que se les da a consumir es válida, seria, segura, verificada, verídica y verdadera. Con la información está pasando lo mismo que ha sucedido con la alimentación: durante largo tiempo ésta fue muy escasa, y en muchos lugares del mundo, en los países pobres del sur, en particular, aún lo sigue siendo. Pero cuando, gracias a la revolución agrícola, la superproducción permitió, por ejemplo en los países europeos, o de América del Norte, producir abundantes alimentos, muchos de ellos están contaminados, envenenados por pesticidas, mal elaborados y causan enfermedades, producen cáncer, toda clase de problemas de salud e incluso pueden hasta causar la muerte, como ocurrió con la peste de las vacas locas. Antes nos podíamos morir de hambre, pero hoy podemos morir por comer alimentos contaminados. Con la información ocurre lo mismo. Históricamente, ésta ha sido muy escasa; en las dictaduras no hay una información fiable, ni completa ni de calidad, pero hoy en los países democráticos, cuando aquélla se ha multiplicado, ha estallado, se desborda por todas partes, nos asfixia. Empédocles decía que el mundo estaba hecho de la contaminación de cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Hoy podemos decir que la información es tan abundante en nuestras sociedades que casi constituye un quinto elemento. Pero al tiempo que comprobamos esto, también lo hacemos en el sentido de que está contaminada. Hoy, la información que consumimos muchas veces nos envenena el espíritu, nos emponzoña el cerebro, tratando de manipularnos, de intoxicarnos, de poner en nuestra mente ideas ajenas a las nuestras. Por consiguiente, es necesario elaborar lo que yo llamo una «ecología de la información». Hay que limpiarla de la «marea negra» de las mentiras y de los rumores; hay que descontaminarla. Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que los medios pertenecientes a esos grandes grupos globales tengan un respeto elemental de la verdad, esa verdad que la mayoría de los periodistas defienden porque sólo ella constituye en definitiva la legitimidad de la información, y porque sólo la verdad garantiza el buen funcionamiento de la democracia. |
| 1. | El autor inició su participación en el evento con las siguientes palabras: «Para empezar a reflexionar sobre los derechos humanos en un día como hoy, 11 de septiembre, es necesario mencionar que es el treinta aniversario de la muerte de Salvador Allende en Chile, de un golpe de Estado que interrumpió brutalmente una experiencia democrática importante para el mundo entero, y que causó cantidad de víctimas e introdujo una dictadura que se mantuvo durante más de diecisiete años, provocando decenas de miles de víctimas por atropellos a los derechos humanos. Un 11 de septiembre, hace dos años, también se produjeron los odiosos atentados en Estados Unidos que causaron igualmente miles de víctimas... Por eso el día de hoy debe asumirse como un día de luto, de reflexión sobre lo que significa en el mundo la violencia, en particular la violencia política, y mucho más si apenas ayer se realizó el también detestable, odioso y criminal atentado contra la ministra de Relaciones Exteriores sueca, en un país conocido por su profunda democracia, su profundo sentido del debate democrático».
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