RESEÑAS

 

LA EVIDENCIA DE MAÑANA RETOMAR, PENSAR, PROPONER: SALIDAS AL CONFLICTO
VALORES ASOCIADOS A LA «ANTIOQUEÑIDAD» COTIDIANIDAD MARCADA POR LA VIOLENCIA PARTIDISTA
LA CASA DE AQUÉL RESCATAR DEL OLVIDO
PASAJERA EN TRANCE    

LA EVIDENCIA DE MAÑANA

Tu rostro mañana
1. Fiebre y lanza
Javier Marías
Madrid, Alfaguara, 2002 (475 pp.)

Quien nos habla desde estas páginas no omite ni la medida exacta de una gota de sangre. No obstante, él, cuyo nombre es muchos y ninguno, invita, sin asomo de duda en su voz a no contar nunca nada. Y sin embargo ésta parece ser la única manera de aferrarnos al tiempo, como esa gota de sangre que grita su existencia, negándose al olvido. Esta voz nos va hablando de sí a partir de lo que va narrando en un viaje cuyo comienzo puede ser cualquier cosa o bien algo directamente relacionado consigo mismo, es decir, nos da cuenta de su existencia, de su razón de ser. Esta novela es un incesante monólogo, diálogo, en el cual el narrador se nos va descubriendo a partir de sus juicios, los cuales lo acercan a la omnisciencia. Este narrador no deja nada al azar descriptivo, su mirada milimétrica parte desde el espacio de lo cotidiano, desde temáticas sustanciales que son fundamentales. Habla de las palabras —de las ligeras y las reales—, del decir y del callar, de amores en primavera o en la nostalgia del otoño, de la delación. Sus palabras provocan, no dejan al lector indiferente o en el aburrimiento. Territorio riesgoso cuando sólo se habla de uno mismo. No obstante, en estos momentos aparecen cual faros personajes como el compatriota español o el vecino bailarín, quienes iluminan a este narrador, protagonista, llevando al lector a encaminarse hacia una opinión con respecto a lo contado. El motor de esta novela, el impulso para sostener la linealidad, a pesar de los constantes rodeos transversales (divagaciones, excursiones, reflexiones) es en realidad un encuentro desde el que se articula toda la narración.
Desde este encuentro con Peter Wheeler (eminente profesor de Oxford) funciona la gravitación del relato y es el punto de partida del narrador en el tiempo que, aunque retrocede, siempre avanza. Esta combinación de impulsos horizontales con la verticalidad de las digresiones es la causante de la espiral narrativa sobre la cual el lector flota hacia confines insospechados, que se van concretando de manera sutil.
La sucesión de pequeñas secuencias, en las que nada es accesorio, va entretejiendo lo que será el eje de la historia. Esta revelación se comienza a generar a partir de ese río de palabras en el que los tiempos se igualan, se confunden hasta hacerse indivisibles, evidenciando de este modo esa condición laberíntica, tan propia de la memoria. Es este el espacio desde el cual el protagonista nos inducirá hacia regiones que antes él nos ha señalado desde la distancia de la primera página. «Interpretar historias, personas, vidas. Es decir, el trabajo consiste en escuchar, fijarse, interpretar y contar, en descifrar conductas y aptitudes, caracteres y escrúpulos, desapegos y convicciones, egoísmo, ambiciones, incondicionalidades, flaquezas, fuerzas, veracidad y repugnancia, indecisiones».
El encuentro con el profesor Wheeler, personaje venerable y paternal, es el conducto por medio del cual el personaje-narrador accederá a planos de conciencia nuevos o que amplían matices de esta existencia y nuestro ser en ella. Surgen temas como la muerte, el mal, la vejez, las certezas, la ñoñería del mundo, la descaracterización del individuo, la soberbia de estos tiempos voraces, opiniones sobre el compromiso, las posturas, las imposturas, los hábitos, las maneras, todo bajo la mirada del narrador, quien nos llena de su sentir sobre lo bueno, lo malo, sobre lo que debería ser, sobre lo que es. A mi juicio, éste es el carácter, la capacidad de formular una reflexión a partir de la experiencia o desde ésta hacia la reflexión. Esta característica nos lleva, por momentos, a los límites del ensayo, pero también de la anécdota, creando de esta manera un juego entre el narrador y el autor.
A medida que avanza este monólogo-diálogo, y que la figura del narrador se nos hace más presente, comenzamos a descifrar el paisaje escondido detrás de aquellos torrentes de palabras. Deza habla desde un futuro contemporáneo, el ahora 2003 o posiblemente el 2004. La novela está limitada claramente en dos partes, «Fiebre» y «Lanza», palabras pronunciadas a lo largo del viaje de manera repetida. «Fiebre» cuenta la captación de Jacques, Jack, Jaime, Jacobo, Iago Deza por parte del servicio secreto inglés, y «Lanza» el tipo de trabajo que allí desempeña, interpretar narrativa, más que psicológicamente a cualquier persona, sin importar profesión, estado civil, condición, raza, sexo, edad, lugar, trópico, estatura, peso, reconocimiento o anonimato. En esta novela se escucha, se calla, se piensa, el lector es un invitado al diálogo entre narrador y autor, entre el profesor y el alumno, entre el examinador y el examinado, quien desconoce su don secreto.
Estas palabras encadenadas, que suben y bajan mezclándose, cuyo tiempo se disgrega pero nunca deja de avanzar nos llevan más allá, hacia la región donde no es suficiente conocer a los demás sino aceptar la percepción de su traición y obrar en consecuencia. En ocasiones sospechamos, pero preferimos cerrar los ojos, o mirar hacia otro lado. La cuestión está en entender que aquel a quien conoces, en quien confías, ya, desde el principio del ayer está contagiado con el germen del mal con el que mañana te herirá. Conocerás entonces su rostro mañana, sin que por ello puedas actuar de modo consecuente.
Javier Marías encanta con esta novela que invita a ser leída en voz alta. La sutil construcción del andamiaje narrativo de esta narración contagia y envuelve al lector en un territorio donde el enigma y el misterio de la existencia, la complejidad de las relaciones humanas y la voracidad del mundo de hoy son expuestos desde la cotidianidad y la anécdota, hasta la reflexión existencial.
Quien nos habla cuenta para gritar que «… lo más arduo de las ficciones no es crearlas sino que duren porque tienden a caerse solas».
—Juan L. de Guevara Parra

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VALORES ASOCIADOS A LA «ANTIOQUEÑIDAD»

A sangre y fuego. La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953*
Mary Roldán
Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh)-Fundación
para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología, 2003 (435 pp.)

Con bastante frecuencia se ha argumentado en círculos sociales e intelectuales que el principal catalizador para desentrañar el pandemonio que se vivió en el país en el período 1940-1950, conocido en la historiografía como la Violencia, es sin duda el conflicto entre los líderes y seguidores de los partidos liberal y conservador.
Sin embargo, el desarrollo de numerosas investigaciones por parte de los violentólogos (colombianos y extranjeros), durante ya más de cuatro décadas, ha abierto nuevos enfoques analíticos y metodológicos, en los cuales otras y diferentes variables cobran relevancia a la hora de explicar la violencia política de aquellos años. Como lo afirma la autora, a pesar de que el conflicto bipartidista es un marco analítico aparentemente lógico para entender la intensidad del conflicto, éste se queda corto para explicar la poca homogeneidad de su desarrollo en varias zonas del país. Esto fue cada vez más claro a medida que se realizaron investigaciones sobre el recrudecimiento de la violencia en regiones específicas —Tolima, Santander, Norte de Santander— y que, consecuentemente, enunciaban la impactante complejidad del fenómeno y los significados que en sí guardaba.
Preguntas sobre la relación y el desenvolvimiento entre la política central emanada desde Bogotá, y las particularidades e intereses regionales y locales cobran entonces más sentido, constituyéndose en la vía para ilustrar de manera más concisa el cómo se definía la filiación política de personas pertenecientes a diferentes clases sociales, regiones, y conformaciones étnicas y raciales. Otras variables, como el cuestionamiento de una pretendida unidad del Estado, de su fortaleza o debilidad como aliciente para que cada partido buscara su control, la aparición de nuevos líderes políticos como el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948) y sus seguidores, el ya largo proceso de lucha por la tierra, la poca movilidad social y el descontento creciente con respecto a las condiciones laborales de la clase obrera de un país que se abría en términos económicos al mundo, han ganado también un espacio en el análisis del fenómeno de la Violencia.
A sangre y fuego es un valioso e inspirador ejercicio analítico de la historiadora por vislumbrar el desarrollo de la Violencia en el departamento de Antioquia, así como sus particularidades; un recorrido en el cual sobresale que los hechos violentos acaecidos en la región (con grados particulares de intensidad) estuvieron fuertemente influenciados por las tirantes relaciones entre un gobierno-Estado central y uno local —a la antioqueña—, y al mismo tiempo entre este gobierno local y sus regiones periféricas (campesinos, primordialmente) a la hora de instaurar un orden político, descrito por Mary Roldán como un régimen departamental hegemónico. Dicho proyecto es inaprensible si no se considera la fuerza de factores de diferenciación cultural, étnica y racial detrás de su fracasada puesta en marcha, variables trabajadas también en el libro y que permitieron encontrar un «otro» sobre el cual justificar la violencia.
La autora utiliza como marco de análisis del Estado una perspectiva en la cual éste se entiende como un proceso dinámico y cuestionado, sujeto a cambios y negociaciones, y no como un aparato terminado, operativo, inmutable, ahistórico, en el que se concentra el poder. En su opinión, esta perspectiva de la idea de Estado y clientelismo contribuye al análisis de la Violencia en Antioquia, en cuanto posibilita la existencia de estados en competencia y la consideración del papel que esa confrontación pudo desempeñar en su particular desarrollo. Lo que ocurrió en Antioquia a mediados del siglo XX, afirma Roldán, fue una lucha entre dos exigencias de Estado enfrentadas, o si se prefiere, entre dos proyectos hegemónicos. Por una parte, se encuentra el Estado departamental, representado por una élite pragmática, tecnocrática, interesada por el progreso económico y material que trascendía los intereses de filiación partidista (suprapartidista). En éste la participación popular era limitada, pero parte de ella se veía recompensada por la garantía de la educación, empleo, ascenso económico, inversión pública, etc., aspectos que el Estado central no estaba en condiciones de ofrecer. Por supuesto, tal proyecto se materializó sólo en las regiones donde el orden del Estado departamental tenía alcance, y al cual de manera recíproca los beneficiados ofrecían la conformidad con el conjunto de valores característicos de una clase privilegiada asentada primordialmente en Medellín: la observancia de la religión católica, la disciplina y la voluntad por el trabajo y la preponderación de estos valores sobre los intereses políticos bipartidistas. La instauración de la Hegemonía Liberal y el fortalecimiento de lo que había sido un Estado central hasta el momento débil pusieron en riesgo el modelo de Estado departamental suprapartidista o bipartidista. Este no fue el caso para aquellos individuos que tenían pleno beneficio e identificación con el Estado departamental, pero sí para aquellos que estaban ubicados en la periferia de Antioquia y no recibían los beneficios del acuerdo con sus líderes regionales.
Roldán explica, entonces, cómo inicialmente el proyecto de Estado central resultó interesante para los miembros liberales de la clase baja antioqueña y políticos de clase media emergente, atraídos por la expansión del empleo estatal y la aceptación de la existencia de sectores sindicales. A éstos se sumaron, como se dijo, aquellos excluidos por el Estado departamental, habitantes de la periferia de Antioquia entre los que se encontraban obreros sindicalizados de empresas dedicadas a la extracción de minerales, entre otras. Esto condujo paulatinamente a que dichos sectores periféricos no reprodujeran los valores asociados a la «antioqueñidad» y, a su vez, a que las redes clientelistas tomaran mucha fuerza, dando lugar a que no fuese posible encontrar una mediación pacífica al choque entre los dos proyectos de Estado. Lo anterior constituyó, en palabras de la autora, un notable elemento detonante de la violencia.
El libro está dividido en cuatro detallados capítulos, en los que se analizan todos los materiales de archivos gubernamentales del departamento y los municipios, testimonios judiciales, registros parroquiales de muertes y entrevistas a habitantes de diferentes partes de Antioquia. En el primer capítulo la autora examina el proceso por el cual una nueva clase media emergente conservadora aunó esfuerzos entre 1946 y 1949 para acercar aquellos municipios liberales antioqueños hacia el conservatismo y dejarles a sus miembros los principales cargos públicos. Esta «conquista» fue fundamental en la formación de grupos electorales en la década de los años cuarenta y por supuesto fue la que le dio los respectivos acentos a la manera como se desenvolvió la Violencia en el departamento antioqueño. En los tres capítulos siguientes, la autora toma individualmente el desarrollo y los efectos de la violencia en tres regiones «periféricas» con respecto a Medellín y sus municipios aledaños: Urabá y la parte occidental del departamento, Urrao y la parte suroccidental y, finalmente, la región oriental del departamento, correspondiente al Bajo Cauca y el valle del río Magdalena. En estas tres áreas fue donde surgieron, entre 1949 y 1953, guerrillas liberales para ofrecerle resistencia al gobierno nacional conservador y donde se trasladó la fuerza estatal a organizaciones paramilitares.
—Carlos Andrés Barragán
*Publicado en inglés como Blood and Fire: La Violencia in Antioquia, Colombia, 1946-1953, Durham, Duke University Press, 2002.

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LA CASA DE AQUÉL

Los caballitos del diablo
Tomás González
Bogotá, Editorial Norma, 2003 (178 pp.)

Una —trivial en apariencia— de las muchas virtudes de esta novela es que resulta imposible de adaptar al lenguaje de la televisión. Es una virtud comparativa, pues la diferencia entre Los caballitos del diablo y la gran mayoría de las novelas que se han publicado últimamente en Colombia radica en el lenguaje.
Muchas novelas de la última cosecha parecen venir con el libreto adentro, como si fuese su estructura ósea, y da la impresión de que esto no es un hecho fortuito sino calculado de antemano, buscando hacer moñona, pues si la literatura es mal negocio, excepto para el ego, la televisión ofrece rating y contratos jugosos. Por ello, los personajes que deambulan en ellas parecen prefabricados, y sus diálogos, tomados a conciencia de la realidad, son de cajón precisamente porque la mayoría de los diálogos que suceden en la realidad son de cajón. Leemos entonces novelas que parecen caricaturas, textos cuyo valor constante es la vertiginosidad del lenguaje y del ritmo con que se suceden los hechos, novelas fáciles de digerir porque hay acción, en el mal sentido del término, como si fueran un enlatado de televisión.
Los caballitos del diablo, de Tomás González, no publicita sus tesoros y, por el contrario, parece escamotearlos al lector. Hay que adentrarse en el relato de manera lenta, con cuidado, paladeando cada escueta frase, cada párrafo rotundo. Tomás González se comporta como un usurero decidido a cortar a machetazo limpio cualquier exceso, una escena de más, una palabra. El lenguaje que utiliza es conciso, sobrio, preciso, sin alardes, y de este concierto de parquedades surge nítida la poesía.
La anécdota de la novela es elemental: un hombre —siempre nombrado por los otros como «aquél», y por el narrador como «él», o «el que hoy desaparece entre las plantas»— pelea con sus hermanos, con la ciudad donde nació, y se va alejando del mundo construyendo primero un refugio, luego un jardín, más tarde una selva, un paraíso, una obra de arte vegetal, una sinfonía espesa, y, al final, un lugar donde perderse y dejar de ser: ya no es un hombre, es un ruido, algo que se oye «como un animal moviéndose entre las ramazones».
El personaje parece un pariente tropical de Des Esseintes, un hermano menor del protagonista de A Rebours (Contra natura, en su traducción al español), el libro escrito por Joris-Karl Huysmans y publicado en París en 1884. Ambos personajes comparten una misma actitud frente al mundo: aislarse a cualquier costo, crearse un universo de bolsillo para uso personal, perder el contacto con los otros, estar solos sumidos en el ensimismamiento, en el puro y razonado delirio, testigos de su solo ser, y poseídos los dos por un espíritu místico y pagano al mismo tiempo, asceta en su desmesura, y por una sensibilidad vegetal por lo vegetal, por la pintura, los libros y los objetos raros.
Hay una suerte de estructura musical en el relato, que se hace evidente gracias a la reiteración de un estribillo en forma de imagen, que funciona como una letanía, y que varía de manera sutil los elementos que la componen, como en un canto que al repetirse cambiara aquí y allá una palabra, una frase.
La primera vez que aparece, en la página doce, reza así: «Bajo el humero brillante se movían en la ciudad, abajo, las letras de cambio, las deudas, los cobros. En los cafés, la gente hablaba de cheques devueltos, utilidades, porcentajes. Se movían los buses. Los vendedores de mangos tasajeaban, frenéticos, los mangos».
En la página 135, y no es la segunda vez, ya va por: «Abajo, en los cafés, la gente hablaba de asesinatos, cheques devueltos, porcentajes. Ángeles inmutables entre una multitud despavorida, los vendedores de piñas tasajeaban las piñas con sus cuchillos resplandecientes. Los fabricantes de coronas funerarias entreveraban entre las pajas las azucenas con los anturios, los claveles con las margaritas, mientras en los atrios de catedrales e iglesias se arracimaban como palomas los loteros».
La última compendia todas las anteriores: «En el aeropuerto los mecánicos se perdían en el laberinto de las turbinas. Los muertos que aparecían cada mañana en zanjas y pastizales, en lotes, en las mismas pistas del aeropuerto o debajo de los puentes, disminuían a veces, como las mareas, y la gente se hacía la ilusión de que por fin los tiempos sombríos tocaban a su fin. Pero entonces algo pasaba, los asesinatos volvían a empezar y la gente debía otra vez luchar para no dejarse llevar por la falta de esperanza y ser capaz de disfrutar del pedazo de piña en un parque en un día de sol, por ejemplo, o de las bocanadas de olor que salían por las puertas de las carpinterías. En los atrios de las iglesias, mientras los curas hablaban con mendigos tiñosos o con mendigos de tobillos hinchados como troncos de plátano, se juntaban como palomas los loteros».
La ciudad que está abajo de la finca de «aquel que se pierde entre las matas» es Medellín, «una ciudad que se extiende en un valle donde un río podrido se mueve sobre un lecho de cemento y el humo a veces se encajona, encerrado por montañas altas y, lleno de sol, se queda flotando allí, confuso y brillante». Y los loteros, los que pelan las piñas y los mangos, los que cuentan los muertos, los que hablan de cheques devueltos, los que viven en los cafés, los curas y los mendigos son, por así decirlo, la antioqueñidad misma, la idiosincrasia paisa fijada en unos cuantos rasgos esenciales, el vasto escenario humano del que él quiere escapar.
Dicha estructura musical va incorporando voces, personajes (la mujer de él que pinta las paredes de la casa, los hermanos, la mamá, la tía, la prima, el abogado, la familia vecina, las esposas de los hermanos, los hijos, cada uno de ellos breve, fantasmal, esporádico), matas de café, platanales, cartuchos, guayabas, conejos, peces y un extenso etcétera, como una sinfonía que fuera creciendo y creciendo hasta llegar a su clímax con un estruendoso orgasmo vegetal.
De manera sabia, Tomás González ejecuta la obra y, a golpes de batuta, señala la entrada de una voz, de un monólogo, de un diálogo, del coro, de un objeto para la casa, de un animal, de un ámbito, de un intríngulis, de los pequeños dramas que se viven en el seno de una familia antioqueña de comerciantes, finqueros y aventureros que se acusan entre sí de alcohólicos, de haber tumbado al otro, de inútiles, de fantasiosos, de extravagantes, de desequilibrados.
Este libro tiene un encanto raro y, como lector, confieso que una vez lo hube terminado de leer volví a releerlo, y luego una tercera vez tratando de desentrañar sus variados temas, sin lograrlo del todo, pues hay un algo en él elusivo, difícil de atrapar, como si el autor hubiera cifrado una verdad, un secreto, de manera misteriosa, y uno se quedara hipnotizado, al soltar el libro, respirando una desbandada de perfumes.
—Alberto Quiroga

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PASAJERA EN TRANCE

Diablo Guardián
Xavier Velasco
México, Premio Alfaguara de Novela 2003, 2003 (587 pp.)

Un videojuego vertiginoso, suspendido en la realidad por los friolentos acordes de Iggy Pop «I need some loving, like a fastball needs control», es el marco para la historia de Violetta, una joven «encueratriz» que llega a Nueva York con tan sólo quince años de edad, muchos dólares robados y la firme convicción de sobrellevar su osado estilo de vida en medio de la ciudad más caótica del mundo.
Construida en dos tonos que se van desarrollando paralelamente, y con un tratamiento anacrónico que se resuelve en la convergencia de sus dos personajes centrales, el relato va revelando las peripecias de Violetta en la gran manzana a la par del denso mundo de Pig, un escritor enfrentado a las taras propias de su existencia y al que parece ser el mayor problema al mirar críticamente su ejercicio creativo, el Detector de Faulkner . Dos tonos que se presentan desde la segunda persona de Violetta, que pone su aventura «en las garras de su biógrafo» —como ella misma cuenta al referirse, desde luego, a Pig— a través de una intrépida y desembarazada confesión, y a partir de la historia de Pig, contada desde afuera, en una depurada y contenida primera persona.
Violetta —la femme fatale que, según Velasco, ninguna madre en sus cinco sentidos querría para su hijo— se niega a seguir siendo aquella Rosa del Alba Rosas Valdivia, la niña sensata y correcta que no infringe cosa alguna, emprendiendo por ello un viaje hacia el que ella considera su verdadero destino. Valiéndose de sus «técnicas avanzadas de aperrizaje forzoso» y ayudada por su instinto y por varias personas que encuentra en su camino —entre las que se cuenta una suerte de superman texano que conviene en viajar con ella—, logra llegar a Nueva York no sin antes despilfarrar alegremente buena parte del dinero que hurtó. Así, perdida en el corazón de una ciudad que se muestra ante sus ojos como una enorme máquina de consumo y excentricidad, su estancia cobra matices dispares en los que muchos iconos de la cultura norteamericana entran en controversia, siempre con el tono nada evasivo de una mujer dispuesta a todo con tal de lograr lo que se propone.
La ligereza con la que Violetta asume su nueva vida fuera de casa, viviendo en una lucha incesante contra la austeridad y las buenas costumbres, hace que Diablo Guardián no sea otra manida historia sobre el azar y la locura que significa cruzar la frontera en aras del sueño americano; más bien, y aprovechando el sincretismo cultural que ha resultado de la migración indiscriminada hacia Estados Unidos, lo que se denota en la lectura no es tanto el fin, sino los medios, pues incluso Nueva York —luego habrá de ir a Las Vegas para finalmente retornar a México— no resulta aquí más que un pretexto para mostrar un personaje femenino cuya mentalidad está lejos de ser parte del engranaje social del primer mundo; Violetta se plantea un rompimiento con el sentido común, de ahí que su trasegar devenga finalmente en el diablo guardián, biógrafo y confesor, junto al que logra precipitarse del todo y sin salvavidas, por un destino que Xavier Velasco lleva finalmente al absurdo, retomando elementos presentes en la literatura de Rubem Fonseca —Pig lo alude al final de la historia—, con los que construye una vertiente lo bastante locuaz y novedosa para el desenlace de su novela.
Tras cumplir su cometido —llegar al centro de Nueva York para sentirse tan cosmopolita o «newyorka» como cualquier habitante pudiente de Manhattan—, Violetta aprende a dar buen uso a su cuerpo al descubrir que «una mujer con el escote en su lugar tiene todas las armas para mover al mundo». En ello invierte buena parte de su tiempo, reuniendo lo necesario para prodigarse la vida de desorden y lujo que tanto disfruta, hasta que su correría es interrumpida por Nefastófeles, un supuesto rico que termina por convertirse en un verdadero problema para sus planes.
Diablo Guardián no sólo sugiere una crítica de los modelos culturales establecidos —aquellos por los cuales Estados Unidos resulta ser la tierra prometida para el latinoamericano promedio—, sino que también se propone discrepar sobre la ética y los procesos sociales que se producen desde la tal vez más beligerante institución que rige al ser humano: la familia. Por ello el rompimiento entre esa Rosalba mexicana «ñoña» y aquella Violetta «newyorka» gobernada por un insensato ánimo de romper todo a su paso termina por ser, en sí, el centro de la historia. «Hay gente que es capaz de inventar cosas sensatas con dinero en la bolsa. Invierten, compran, venden, rentan, hacen más y más lana. En cambio a mí sólo se me ilumina el panorama cuando el dinero se me está acabando. Así como hay un angelito que me avisa cada que estoy a punto de irme hasta el mero fondo del despeñadero, tengo un diablo integrado que empieza a pensar rápido cuando ve que se agotan los billetes. No es un diablo guardián, es diablo-diablo».
En su página de Internet, Velasco hace claridad sobre ciertas cosas que lo llevaron a escribir el presente libro, ganador del premio que Alfaguara promueve anualmente desde su primera versión en 1998 —ciento setenta y cinco mil dólares americanos, algo más de lo que su heroína hurtó de casa—, y lo hace discerniendo sobre el objeto mismo de la literatura como opción, y que al caso resulta muy diciente si de entender su personaje se trata: «Toda ficción comienza cuando, deseosos de extender los límites de la realidad, y eventualmente digerirla mejor, nos desviamos de la carretera, y así nos preguntamos ya no tanto por lo que pasa, como por todo lo que podría pasar: un cosmos infinito en el que acaso preferiríamos perdernos, antes que continuar rodando por aquel despropósito asfaltado…» .
Los cuestionamientos que Pig elabora frecuentemente sobre la literatura conducen la novela a varias lecturas. Primero, la que surge de dichos cuestionamientos, refrendados en el ánimo de un autor que siente la necesidad de disentir sobre lo que inevitablemente le atañe, y luego por el tratamiento que un hombre pueda hacer a la voz femenina, cuyo personaje está elaborado de manera minuciosa y acertada. Tal vez sea por ello que lo que más llamó la atención del jurado haya sido precisamente «la voz y la peripecia de un extraordinario personaje femenino». Tras el velo de un viaje que, según el lugar común, depararía toda una búsqueda de seguridades, se teje un discurso mucho más intrincado y vital en el cual lo importante no es lo obtenido —el dinero de la Cruz Roja robado por los padres de Violetta o el conseguido por vías más desenfadadas—, sino el modo de despilfarrarlo. «Cómo aprender a vivir al chilazo en cuatro prácticas lecciones», sugiere Violetta a su biógrafo: «Lección número uno: Róbese muchos dólares. Lección número dos: Pélese pa’ Nueva York. Lección número tres: Quémeselos. Lección número cuatro: Arrégleselas». O «Cómo convertir más de cien mil dólares en mierda, por Violetta la compulsiva. Capítulo uno: It’s up to you New York. Atención: Este es un libro no apto para jodidos. Texanos, absténganse. Mexicanos, ni lo sueñen».
Tal vez el título que va más a tono con el ímpetu disociador de Violetta sea uno al que constantemente alude y que explica el carácter etéreo de su aventura. The passenger, un tema musical de Iggy Pop, tal como uno de los versos que también trae a colación a lo largo de su relato y que se cita al inicio de esta nota. Como pasajera, Violetta busca finalmente ser amada, no tras el automatismo de la linealidad sino a través de la huida, de una complicidad que sustente su descenso y le haga pensar, como confiesa al encontrar al superman que le sirvió de apoyo en buena parte de su osada empresa, en un nosotros, y ese otro pasajero será aquel que, además de su biógrafo, se convertirá sin remedio en su diablo guardián.
—Carlos Andrés Almeyda Gómez
Director revista Artificios

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RETOMAR, PENSAR, PROPONER: SALIDAS AL CONFLICTO

El conflicto, callejón con salida
Informe Nacional de Desarrollo Humano. Colombia-PNUD, 2003.
Bogotá, Colombia, 2003 (514 pp.).

El trabajo de recopilación, investigación, participación de autores, de encuentros regionales y de comprensión conceptual, esquemática, lógica e incluso estratégica, a través del cual se ha elaborado El conflicto, callejón con salida, hace de él una fuente innovadora y trascendental de entendimiento y conocimiento de nuestro país, que por ser complejo y estar saturado de controversias, violencias y factores diversos, puede percibirse —como se cuenta en uno de los prólogos del informe— de un modo que va del simplismo a la vaguedad o de la resignación al extremo optimismo («vamos a matarlos a todos»). Precisamente en este texto se presenta de una manera clara la historia del conflicto, sus causas y los motivos por los cuales éste se ha postergado tanto en el tiempo. El manejo conceptual se acompaña de esquemas, cuadros, recuadros, gráficas e incluso testimonios que ilustran en una forma equilibrada y transparente las lógicas del conflicto en la historia de Colombia, las estadísticas —en algunos casos hasta mediados del 2002— de víctimas y ataques, los daños y la relación que se puede establecer entre los costos que genera el conflicto para el PIB y las cifras de los índices de desarrollo humano para cada departamento o región.
En la medida en que el libro se sustenta sobre la tesis de que tanto los grupos insurgentes como el Estado han fracasado en su empeño de ganar la guerra, propone una mirada panorámica a los términos y conceptos, a las intenciones y a las razones por las que el conflicto no cesa. En Colombia no ha habido un dictador a quien tumbar, razón por la cual —entre otras muchas— la insurgencia ha desplazado su intención y modelo político —que en cualquier caso existe— a lo privado; una de las características principales del conflicto colombiano en su evolución es el haberse transformado en algo especialmente regional —la toma del poder del gobierno parece ser un ideal nebuloso o imposible—. Históricamente, el Estado ha tratado el problema del conflicto armado como de orden público, cuyas «élites... no lo abordaron del modo prioritario, integral, concertado y sostenido que exigían la gravedad, complejidad, profundidad y persistencia del problema» . En este sentido, la guerra merece un análisis mucho más completo y profundo, distintas formas de abordarse, creativas, en comparación con otras experiencias a escala global y utilizando las herramientas de los teóricos y expertos para poder esquematizar y comprender mejor el enredo de nuestra historia. Es así como el texto se convierte en un tesoro invaluable para las generaciones que están en el poder, para quienes aman a Colombia y a sus gentes, y para quienes le apuestan al pensamiento como vía de solución y de desarrollo.
Partiendo de los cuarenta años de guerra (¿o 55?), se muestra la dinámica de la expansión por medio de las lógicas que utilizan los grupos armados al margen de la ley, las cuales tienen que ver con la relación que establecen tales grupos con las distintas regiones y su estructura socioeconómica. Se describe en este sentido la «permeabilidad» que las regiones pueden tener hacia estos grupos, de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda. Por ejemplo, la administración de justicia podría entenderse como un bien para regiones donde el Estado no ha podido garantizarla. En otros casos, esta administración puede verse simplemente como un sometimiento a través del temor a formas de organización legal y «éticas» extremas (pelo corto para los jóvenes, prohibición de la minifalda, etc.). Luego de la expansión del conflicto se habla de la degradación del mismo, comparándolo y viéndolo a la luz del derecho internacional humanitario. Dentro de esta misma línea se analiza el tráfico de drogas y su contribución a las crisis en el desarrollo económico, el sistema político y las relaciones internacionales. A partir de ahí (capítulo 6 hasta el 17), se plantean soluciones posibles, desde la óptica del desarrollo humano: por la sociedad, parar la guerra, gobernabilidad local, capitalizar las luchas sociales y políticas, y por la negociación de la paz.
El concepto fundamental que atraviesa la investigación, la sostiene y le da una dirección es el desarrollo humano. Se entiende aquí desarrollo no como el aumento de la riqueza, sino más bien está como un medio más que un fin. Se trata, sobre todo, de no negar las opciones del otro: asesinarlo o esclavizarlo. Así, para que se produzca el desarrollo humano es primordial la seguridad para la vida. De otra manera las demás etapas o características de este mismo desarrollo se truncan o disminuyen el índice (IDH) de la población de un país. Mientras más amplia es la gama de opciones de la gente más alta es su calidad de vida y por ende el índice de desarrollo humano. Estas opciones para la existencia humana, estas libertades, son esencialmente tres: la libertad o la opción de estar vivo y saludable, la libertad o la opción de acceder al conocimiento y la libertad o la opción de tener dinero para los gastos básicos. En Colombia, debido al conflicto y a otros factores de la historia política del país, se ha truncado o muchas veces estancado este desarrollo. A lo largo del texto se muestra que el conflicto tiene diversas facetas que a su turno se relacionan de múltiples formas, y a la vez se plantea la posibilidad de entender, poniéndose en los zapatos del otro, sin justificarlo ni clasificándolo de una manera simplista dentro de un grupo concreto. En el esquema presentado en el capítulo 6 —capítulo de quiebre dentro del libro—, se advierte que los grupos armados se mueven en una mezcla gradual y simultánea de ocho elementos: proyecto político, aparato militar, actor en los conflictos sociales de la región, cazador de rentas, modo de vida, poder territorial, autor de violencia degradada y freno al desarrollo humano. Se enfrentan también en un cuadro de este mismo capítulo las estrategias convencionales de ver el conflicto y las estrategias propuestas por el desarrollo humano. Entre éstas podemos nombrar la monofacética del primer grupo frente a la polifacética del segundo, el grupo como estrategia convencional de abordar el conflicto frente al grupo e individuos como estrategia del desarrollo humano, y otras más.
Parte de la posibilidad del entendimiento del conflicto radica en la existencia de una racionalidad en los actores al perseguir ciertos fines. Los individuos responden a ciertas señales y estímulos. La tarea de las políticas públicas es incidir y transformar en esta perspectiva, y a lo largo del texto se tejen posibilidades y se hacen claridades que muestran un derrotero que podría llevar al país hacia el desarrollo humano. Se trata de ir más allá del simplismo de «la paz o la guerra» y perseguir unos objetivos concretos, tales como impedir la degradación de las acciones, acortar la duración del conflicto, evitar que el conflicto se extienda a nuevas víctimas, etc. Las políticas públicas deben, pues, llevar a una incidencia directa sobre el conflicto armado con el objetivo del desarrollo humano, como lo entiende este grupo de investigadores del Informe Nacional de Desarrollo Humano para Colombia, 2003.
Éste debe ser el libro más consultado y estudiado por diversos grupos de jóvenes, tanto en colegios y universidades, como en las instituciones democráticas de Colombia. De hecho es un libro vivo, que no está terminado (en sentido histórico) y al que se puede aportar, preguntar, sugerir, participar y mantenerse informado a través de la página web del mismo (http://www.pnud.org.co/indh2003). Cada capítulo merece estudiarse a fondo y plantearse como una estrategia pedagógica: primero de conocimiento histórico, geográfico y político del país, y luego como una nueva forma de definir y darle sentido al quehacer político de los ciudadanos. A través del entendimiento, de la investigación, la conceptualización, la aclaración esquemática y la propuesta de soluciones viables y concretas, este texto puede implicar, si se difunde y discute en círculos cada vez más amplios, el inicio de una nueva era política colombiana, nacida del pensamiento y encaminada hacia el desarrollo de los habitantes del país.
—Alfredo Durán Mejía

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COTIDIANIDAD MARCADA POR LA VIOLENCIA PARTIDISTA

Tiempos de paz. Acuerdos en Colombia, 1902-1994
Medófilo Medina y Efraín Sánchez
Bogotá, Alcaldía Mayor de Bogotá, D.C., 2003 (505 pp.)

Las ocho partes que integran este libro reúnen un conjunto de trabajos sobre acuerdos y tratados de paz celebrados para poner término a los conflictos que marcan la historia de Colombia del siglo XX, los cuales se presentaron inicialmente en el coloquio «La paz en el siglo XX», realizado con el auspicio del Instituto Distrital de Cultura y Turismo.
Es una tarea imposible dar cuenta del contenido de este voluminoso libro en unas cuántas líneas, a menos de convertir la reseña en un ejercicio superficial y de simple formalidad. Por consiguiente, estas reflexiones se han concentrado en los textos de Javier Guerrero Rincón, Ricardo Arias y Juan Camilo Rodríguez sobre el conflicto de 1932 entre Colombia y Perú. En relación con el proceso de paz, la tesis de Guerrero refuta la idea sostenida por la historiografía convencional en el sentido de que ese conflicto fue funcional, ya que la violencia se habría generalizado sólo después de 1946. Guerrero afirma que fue tan efímera que «ni siquiera condujo a un acuerdo para la firma del Protocolo de Rio en el parlamento» (pp.74-75), postura que también asume Ricardo Arias, quien afirma que en lugar de una «verdadera reconciliación nacional... lo que se observa es un abismo entre el discurso que sostienen los líderes políticos exaltando el nacionalismo y la reconciliación, y una cotidianidad marcada por la violencia partidista» (p. 88).
Tal vez. Sólo que el conflicto, sobre todo cuando es de carácter internacional aunque de mínima intensidad como ocurrió en 1932, incluye dimensiones múltiples que requieren una lectura más cuidadosa y menos parcializada. En contraste con Marx, fue George Simmel quien subrayó el papel central del conflicto en el logro de cohesionar a un grupo, idea que Max Gluckman usó con provecho para explicar la estabilidad de las sociedades tribales del África. Y esta es una hipótesis igualmente pertinente para examinar la funcionalidad del conflicto en las relaciones internacionales del hemisferio. El nacionalismo de la América Latina, como se sabe muy bien, no se formó como resultado de una abierta confrontación contra su metrópoli, por la sencilla razón de que España tenía una agenda más urgente como consecuencia de la ocupación de su territorio por las tropas de Bonaparte. Ese peculiar nacionalismo latinoamericano se funda en el territorio, en las amenazas reales o en las sospechas del vecino, cuya mínima pulgada se trata de defender a sangre y fuego, aunque sus economías domésticas estén totalmente penetradas por el capital extranjero. Como lo demuestra la historia particular de cada uno de los países de la región, los conflictos reales o imaginarios con el vecino fueron mucho más decisivos en la construcción nacional que cualquier intento de construcción de la misma por parte de sus respectivos estados, favorecido además por la precariedad y la artificialidad de unas fronteras que nacen de la disolución del «pacto colonial». Como lo dijera el rústico Mariano Melgarejo, uno de los tantos presidentes que tuvo Bolivia, «después de todo las fronteras aquí son líneas imaginarias».
Colombia, como se sabe igualmente muy bien, es también muy peculiar dentro del conjunto de las experiencias nacionales de la región. En el siglo XIX logró el crecimiento del sector externo de su economía sin el concurso ni del capital ni de la mano de obra internacionales, mientras que en el siglo XX esquivó golpes de Estado y dictaduras abiertas, además de otras singularidades... Cómo lo hizo, es motivo de controversia. Entre esas otras singularidades figura el hecho prominente de que lo ocurrido en septiembre de 1932 fue la única guerra externa de Colombia en el conjunto del siglo XX, pese a que el calificativo de guerra sea incluso una hipérbole. Una sola acción militar, el 26 de marzo de 1933 en Güepí, en la margen derecha del Putumayo, con un total de 43 muertos de ambos lados, es un modelo de cordialidad frente a las carnicerías de las otras guerras que se produjeron en los siglos XIX y XX en América Latina.
Pese a que se trató de un conflicto menor, sus repercusiones internas a corto y largo plazos fueron sin embargo considerables. La prensa habla de un apoyo al gobierno de Olaya Herrera, traducido en la suscripción inmediata de un empréstito interno en 1932 y en la entrega de pertenencias por mucha gente, gestos que habrían hecho palidecer de envidia al peruano Nicolás de Piérola, a quien sus compatriotas le negaron un favor similar en 1881 con el pretexto de que eran preferibles los chilenos a Piérola. Igualmente, desde la célebre proclama de Laureano Gómez en la sesión del Senado del 17 de septiembre de 1932 hasta el mensaje de José María Vargas Vila, se tienen gestos que hablan de una nueva actitud por parte de voceros de posiciones irreconciliables desde la guerra de los Mil Días. Estas diferencias son tanto más notables cuando se contrastan con el impacto de ese conflicto en el Perú. Lo presidía Luis M. Sánchez Cerro, quien el 27 de agosto de 1930 puso término al «oncenio» de Augusto B. Leguía, cuyo gobierno contaba con la abierta oposición de apristas y comunistas, quienes fueron asesinados, perseguidos o exiliados. Porque el conflicto entre el gobierno y la oposición no tuvo el mismo anclaje histórico que entre liberales y conservadores en Colombia, y por la posición marginal que tuvo el trapecio de Leticia en la geografía económica y política del Perú de los años treinta, el conflicto con Colombia transcurrió, salvo el asalto a la legación de Colombia en Lima el 18 de febrero de 1933, en los adocenados y asépticos corredores de la diplomacia, sólo inflamada de cuando en cuando por la propaganda de Julio César Arana, el célebre asesino de los indios del Putumayo. En libros de historia del Perú, en efecto, se consignan los conflictos de Colombia y del Perú en notas marginales de pie de página, mientras que a la guerra de 1879 contra Chile se le dedican capítulos y libros inacabables, en una clara indicación, otra vez, del significado de la guerra y del conflicto en la construcción nacional de estos países.
Pero el conflicto también tuvo en Colombia otro impacto, esta vez en sus relaciones internacionales. Y es que 1932 y la política de Olaya Herrera constituyen un punto de inflexión en las relaciones con Estados Unidos de Norteamérica. En 1903 Panamá fue posible, en parte, por el veto estadounidense a la intervención de Colombia, mientras que en 1932 estuvo dispuesta a respaldar su intervención en Leticia. Una legislación petrolera favorable a empresas como la Gulf, la Texaco y la Mobil, el apaciguamiento con la United Fruit Company, los ocho largos años de Olaya Herrera como ministro en Washington, fueron determinantes para un compromiso más activo por parte del Departamento de Estado en el conflicto de Leticia y para el olvido relativo de los sentimientos del pasado reciente contra Estados Unidos.
Sería absurdo, por cierto, sostener que los conflictos externos constituyen los antídotos contra las guerras internas y diseñan la paz. No hay guerras ni armisticios perennes, sobre todo en el marco de sociedades que no quisieron o no pudieron diseñar las bases de una convivencia durable, por encima de las diferencias naturales y esperables de su gente. Y en ese sentido, el encandilamiento que suscita el nacionalismo puede embalsamar grietas y legitimar posiciones. La perdurabilidad y el sentido de una cohesión de este tipo dependen en gran medida de lo que se haga con él.
—Heraclio Bonilla
Universidad Nacional de Colombia

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RESCATAR DEL OLVIDO

Memoria de los silenciados. El baile rojo
Relatos
Yezid Campos Zornosa
Bogotá, Editorial Ceicos, 2003 (331 pp.)

«… él me llevó un documento en el que decía que a mi esposo y a mis cuñados los habían matado “por problemas ideológicos y políticos en el marco del conflicto armado interno”. Y entonces yo, que no tengo estudio, le dije: “Pero, señor personero, hágame un favor, ¿y qué quiere decir esto?”. Y él llegó y me dijo: “Ah… eso es la guerra que estamos viviendo”. No fue más la respuesta» (María Correa, viuda de José Ignacio Reyes Gordillo).
Este es uno de los testimonios recogidos en el libro Memoria de los silenciados, por el que desfilan voces reconocidas como la de la concejala Aída Abella o las de los padres de Bernardo Jaramillo, y otras no tan conocidas, como la de la señora Correa. Ellas y ellos son algunas de las víctimas del genocidio que se cometió contra la Unión Patriótica y que el antropólogo Yezid Campos Zornosa escogió entre quienes accedieron a narrar su drama o a contar esa historia oculta, cometida en contra de sus familiares. Entrevistas de las muchas que se podrían hacer con esas miles de víctimas que, con dolor y angustia, sobreviven a sus familiares, en ese episodio reciente de nuestra historia. Historia infame del crimen sin castigo en contra de más de un millar de colombianos y de colombianas por el solo hecho de haber pertenecido a una organización política, y algunas de ellas sin que ni siquiera hubieran formado parte de la Unión Patriótica, fueron «confundidas y castigadas» por haber tenido el infortunio de haber nacido en este país.
En la obra de Campos Zornosa, realizada de manera simultánea con un documental, se recogen las historias de vida de los asesinados y se esculca en el recuerdo de sus familiares; no sólo era justo y necesario, sino que cobra vigencia en estos días por dos pronunciamientos que meten el dedo en esa llaga de dolor, sin reparación hasta hoy.
El alcalde electo de Bogotá, Lucho Garzón, repitió en varias de las entrevistas que, con motivo de su triunfo, los medios publicaron que uno de los recuerdos imborrables de su vida tenía que ver con la muerte de su amigo entrañable, Leonardo Posada, el primero de los asesinados de la Unión Patriótica, quien murió en sus brazos en Barrancabermeja. El otro hecho fue una columna escrita por el sociólogo Alfredo Molano Bravo, con ocasión —también— de la elección de Garzón el domingo 2 de noviembre, al hablar de los retos de la derecha en el respeto hacia las nuevas fuerzas políticas. Escribió: «Quedan pendientes —como reto también— las miles de órdenes de captura que la Fiscalía no ha dictado por la masacre de la Unión Patriótica, que el país no puede olvidar».
Y, para recordárnoslo, se hicieron el libro y el documental, que vuelven a presentar al país ese genocidio que se cometió, sin que nadie se conmoviera. Y ese es, precisamente, uno de los mayores valores de este texto: la valentía de su autor, de las instituciones y las personas que auspiciaron su edición y, más que nadie, el valor a toda prueba de esas personas que en Colombia y fuera del país se atrevieron a narrar su tragedia y la de sus seres queridos.
Historias de vida que se leen con un nudo en la garganta por la crueldad de los hechos y que espantan, al mismo tiempo, por la indiferencia de una sociedad que le ha dado la espalda a un crimen de tamaño mayor, cuya demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA incluye un listado documentado de 1.163 personas ejecutadas extrajudicialmente, 123 desaparecidas por la fuerza, 43 sobrevivientes de atentados y 225 amenazadas entre 1985 y 1993.
El libro es, a pesar de todo, un documento lleno de vida y esperanza, en medio de las muertes ocurridas sin tregua ni descanso a diario, desde 1985 hasta 1986, durante veinticuatro meses, y luego de modo escalonado en los años siguientes hasta hoy. El asedio no ha parado. A las personas que de manera terca y temeraria continúan formando parte de la mermada Unión Patriótica, partido que perdió su personería jurídica porque no obtuvo cincuenta mil votos en las elecciones del año 2000, las siguen persiguiendo y asesinando.
Estos hechos se produjeron, como lo cuenta Campos Zornosa en el libro, en cumplimiento de acciones que formaban parte de la operación a la que se le dio primero un título repugnante: «El baile rojo», luego el no menos desagradable «Plan Golpe de Gracia» y, finalmente, asesinatos y desapariciones que continúan bajo la denominación de «Plan Cóndor».
Memoria de los silenciados, El baile rojo va mucho más allá de la denuncia y de la recolección de testimonios lastimeros. Es, precisamente, como dice el autor en la primera línea de su presentación, la posibilidad, mediante la palabra, de rescatar del olvido a esos hombres, a esas mujeres y a esos menores, asesinados en época reciente.
Gracias, entonces, a Yezid Campos por darnos esta oportunidad de leer y de contarles a otros, a muchos otros, este crimen que no se ha castigado y que a cada segundo, minuto, hora y día se intenta enterrar, y que merced al valor y a la dignidad reaparece.
—Myriam Bautista

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