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¿Por
dónde comenzar? Acaso la primera señal, o la última,
de que algo iba a cambiar mi vida fue el teléfono, que sonó
repetidas veces a finales de abril. Alguien insistía con desesperación
o vanidad, y pensé que se trataba, sin duda, de alguien confundido.
Se sabe que los números equivocados nunca están ocupados,
así que el mío podía ser un número perfecto.
Cuando contesté, presionado por la molestia del timbre, nada
de lo que creía, por supuesto, resultó cierto. Era Giovanny
Márquez, un viejo amigo mío, abogado experto en bienes
culturales, y su voz se oía lejana, distorsionada, descortés.
Había retornado de España con la noticia de la destrucción
de un millón de libros en la Biblioteca Nacional de Bagdad (Dar
al-Kutub wa al-Watha’iq). Desesperado y deprimido, me explicó
que una comisión internacional iría a Irak a confirmar
esta mala noticia, con apoyo de la Unesco, el Centro de Estudios Árabes
y otras organizaciones. Dos universidades latinoamericanas, además,
me postularon como experto en el tema. Márquez insistió
en que debía ir porque, en efecto, había pasado mi vida
entera dedicado a estudiar el problema de la biblioclastia, el nombre
griego que se da a la destrucción de libros, y era una oportunidad
única de comprobar lo aprendido. Y así fue como todo,
súbitamente, cobró un sentido que me era ajeno.
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El
saqueo de la Biblioteca, según me comentaron, estuvo precedido
por algunos hechos desconcertantes. Primero fue el ataque a Bagdad con
bombas Moab y misiles, que destruyeron más de 200 edificios públicos,
decenas de mercados y negocios. La operación fue llamada «Impacto
y pavor» y se mantuvo durante los últimos días de
marzo. El 3 de abril se iniciaron los combates en el aeropuerto Saddam
Hussein, a diez kilómetros del centro. El 7 ya había tanques
en las calles. Hacia el 8 de abril, las tropas estadounidenses ya tenían
control de ciertas zonas de Bagdad, una ciudad bastante extensa si se
considera que ocupa casi 24 kilómetros y cuenta con más
de 730 barrios. Los ataques, no obstante, además de la información de que el régimen de Hussein había caído y el presidente había huido con sus hijos a un refugio, provocaron una confusión general. No había policía y los soldados estadounidenses tenían órdenes expresas de no disparar contra civiles ni atender peticiones ajenas a los objetivos militares. El miércoles 9 de abril cayó la gran estatua de Hussein en la plaza central. Un soldado llegó incluso a poner una bandera de Estados Unidos en la cara, y poco después corrigió su gesto y la remplazó con una bandera iraquí. Una vez que estas imágenes circularon y el rumor se confirmó, una oleada humana, reprimida por diez años de bloqueo económico y una dictadura implacable, se lanzó a las calles sin control. El pillaje inicial se dirigió contra los palacios y las casas de los jefes iraquíes. De los hospitales se llevaron hasta las camas. En las tiendas, los comerciantes, armados con pistolas, fusiles y barras de hierro, montaban guardia y ahuyentaban a los ladrones, muchos de ellos jóvenes, niños y mujeres. No pocos fueron los lugares, considerados símbolos del régimen, que sucumbieron entre el 9 y 10 ante la violencia de los saqueos. Fue el día 10 cuando, procedente de los suburbios, se reunió una multitud en la Biblioteca, que no estaba defendida por ninguna unidad militar. Al inicio predominaron la cautela y la prisa, luego el descaro, y una anarquía impuso las reglas de saqueo. Niños, mujeres, jóvenes y ancianos se hicieron con todo lo que pudieron, de un modo selectivo, como si hubieran ido de compras. El primer grupo de saqueadores, que contaba con un apoyo externo, sabía dónde estaban los manuscritos más importantes y se apresuró a tomarlos. Otros saqueadores, hambrientos y resentidos con el régimen depuesto, llegaron después, en busca de objetos valiosos, y provocaron el desastre posterior. La muchedumbre corría por todos lados con los libros más valiosos. También cargaban consigo las fotocopiadoras, resmas de papel, los equipos de computación, las impresoras, los muebles y las máquinas donadas por la Unesco. En las paredes, quedaron escritos mensajes como «Muerte a Saddam», «Muere Saddam», «Saddam apóstata». Inexplicablemente, un camarógrafo filmó sin prisa estos actos y luego se desvaneció sin dejar rastro. Es posible que cualquier día podamos ver esa triste cinta, que va a revelar un misterio tan curioso como el de la quema de la Biblioteca de Alejandría: ese misterio es cómo sabían los saqueadores que las tropas estadounidenses no les dispararían y por qué algunos de ellos tenían listas con órdenes. Los saqueos se repitieron una semana más tarde y, sin mediar palabra, un grupo llegó en autobuses de color azul, sin sellos oficiales, el día 13, y alentado por la pasividad de los militares que circulaban unas calles más allá, roció con algún combustible los anaqueles y les prendió fuego. Es obvio que se hicieron también piras con libros para encenderlos. Según otra versión, se usaron fósforos blancos, de procedencia militar, para el incendio, y hay evidencias que lo confirman. Pasadas unas horas, una columna de humo podía verse a más de cuatro kilómetros y en ese incendio voraz desaparecieron las obras. Entre otros daños, ardieron las viejas máquinas y algunos periódicos. En el tercer piso, donde estaban los archivos microfilmados, no quedó nada. El calor, según pude constatar, fue tan intenso que dañó el piso de mármol y causó severos deterioros en las escaleras de concreto y el techo. Todo se convirtió en oscuridad y, por supuesto, en ruina. En el mismo ataque fue destruido el Archivo Nacional de Irak, en la segunda planta de la Biblioteca, que contaba, por cierto, con un equipo de trabajo de 85 personas. Desaparecieron millones de documentos (algunos hablan de doce, otros de dos o tres), incluso algunos del período otomano, como los registros y decretos. Concluido el desastroso pillaje, no había literalmente nada que hacer. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, a manera de excusa ante estos hechos, comentó que «la gente libre es libre de cometer fechorías y eso no puede impedirse». El anterior director de la Biblioteca se lamentó con nostalgia: «No recuerdo semejante barbaridad desde los tiempos de los mongoles». Aludía a que en 1258 las tropas de Hulagu, descendiente de Gengis Kan, invadieron Bagdad y destruyeron todos sus libros arrojándolos al río Tigris. |
Es tal el daño en el edificio de la Biblioteca que los coordinadores culturales de la CPA decidieron demolerlo y utilizar otra sede, bien un palacio o alguna instalación como el Club Militar de Irak. Me comentaron que llevarían los libros a la Universidad Bakr. Los archivos, por su parte, podrían ponerse en un lugar diferente, y lo que se salvó subsiste en bolsas, sin que se haya tomado ninguna medida oficial de preservación. Una gran duda se refiere a la situación lamentable que atraviesan los empleados. Antes había 119 personas, dirigidas por Khamel Djoad Hachour. Sus salarios, pagados con mezquindad, no han garantizado su estabilidad laboral. En cuanto a las pérdidas, debo asegurar que más de un millón de libros se quemó, a lo que debe añadirse la gran cantidad de textos perdidos. La Biblioteca, además de ocuparse del depósito legal, constaba de tres partes: impresos, periódicos y archivos. El depósito legal consistía en la entrega de cinco ejemplares, aunque la situación económica redujo considerablemente esta práctica. Miles de donaciones enriquecieron el centro durante años. La entrada del Archivo Nacional, hoy cerrada con candados, muestra los signos de una quema terrible (parece la puerta de un ascensor en ruinas) y el destrozo de todo lo que existía en su interior. En el dintel, alguien colocó un letrero con un aviso: «Silencio». Papeles y papeles yacen por el piso, en cenizas. Es difícil decir, a estas alturas, qué libros se destruyeron y cuáles no. En las calles, en las ventas de libros, pueden conseguirse volúmenes de la Biblioteca Nacional a precios irrisorios. Los viernes, en la feria de la calle Al-Mutanabbi, estas obras salen a la venta. Personalmente pude ver un tomo de una enciclopedia árabe con el sello oficial estampado en su portadilla. Hubo un intento de borrarlo, sin éxito. También encontré un volumen titulado Miskhaf Resh (Libro negro), sobre la cultura de los yezidíes, un grupo religioso que habita el norte de Irak. Se trata de una etnia extraña, a la que se le conoce como «adoradores del diablo» debido a su fe en Melek Taus, o «Pavo Real». Los yezidíes manifiestan que Dios ya perdonó al demonio y que éste vive a su lado. Por razones simbólicas, detestan el color azul, fabrican templos en los lugares de peregrinación y no van a La Meca, sino a la tumba de Cheij Adi, cerca de Mosul. Entre otros textos, desaparecieron ediciones antiguas de Las mil y una noches, de los tratados matemáticos de Omar Khayyam, los tratados filosóficos de Avicena (en particular su Canon), Averroes, Al Kindi y Al Farabi, las cartas del Sharif Husayn de La Meca, textos literarios de escritores universales como Tolstoi, Borges, Sábato, manuales de historia sobre la civilización sumeria... Es sorprendente, y lo digo con la mayor malicia del caso, que la primera destrucción de libros del siglo XXI haya ocurrido en la nación donde tuvo lugar la invención del libro en el año 3200 a.C. Afortunadamente, se salvaron numerosos libros al trasladarlos a lugares secretos o apartarlos a zonas más alejadas de la Biblioteca. La historia de este esfuerzo por salvar los volúmenes confirma el inmenso amor que sienten los Irakíes por su cultura. Hoy perduran, por ejemplo, 500.000 volúmenes almacenados en el primero y segundo pisos, en pilas sin clasificación. No cuentan con protección, porque los soldados ya no resguardan el edificio. Esta tarea se ha asignado a algunos empleados chiíes. Además de estos libros, al-Sajid Abdul-Muncim al-Mussawi, líder religioso, ordenó a sus fieles rescatar de la Biblioteca casi 300.000 libros que se transportaron en camiones hasta la mezquita de Haqq, donde se amontonaron en hileras interminables que llegan en algunos casos al techo. No vacilaría en advertir que las condiciones son pésimas y es probable que diversos insectos comiencen a atacar los textos, aunque Mahmud al-Sheikh Hajim, su protector, estima que peor habría sido su destrucción. Lo curioso es que el grupo que salvó estos libros alega que pertenece a un Colegio de Clérigos chiitas, mejor conocido como al-Hawza al-Ilmija. Para estos religiosos, los libros son sagrados. |
Así
mismo, hay unos 100.000 libros más en una instalación que
perteneció al Departamento de Turismo. Y varios intelectuales me
mostraron libros ocultos en sus casas hasta que retorne el orden o se
vayan los «extranjeros». Un pintor que no quiso identificarse
compró en las ferias de libros decenas de textos sólo para
cuidarlos. La mayor parte está depositada en lo que antes se conocía
como Ciudad Saddam, un barrio pobre que alberga a más de dos millones
de seres humanos hacinados en laberintos poco vistosos. Además de esta Biblioteca, hubo otras pérdidas en Bagdad. En el Museo Arqueológico se saquearon tablillas con las primeras muestras de escritura. Ardieron más de 700 manuscritos antiguos y 1.500 se dispersaron en la Biblioteca Awqaf, en el Ministerio de Asuntos Religiosos, cuyo edificio quedó en ruinas. En la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikma), cientos de volúmenes fueron exterminados por el fuego. En la Academia de Ciencias de Irak (al-Majma’ al-‘Ilmi al-Iraki), el 60% de los textos se extinguió. La universidad fue víctima de bombardeos, incendios y robos. La Madrasa Mustansiriyya fue saqueada, aunque el porcentaje de pérdidas no supera el 4%. Y eso sólo en Bagdad. ¿Quién provocó esta destrucción? La mayor parte de culpa la atribuyo a la administración actual de Estados Unidos, que desestimó todas las advertencias hechas y violó la Convención de La Haya de 1954 al no proteger los centros culturales y estimular los saqueos, lo que implica unas sanciones penales que no prescribirán. Tal vez por eso el presidente George W. Bush ha solicitado inmunidad para oficiales y soldados ante cualquier posible juicio en los tribunales penales internacionales. Tal vez por eso decidió reingresar a la Unesco, y envió a su esposa a negociar cargos ejecutivos dentro de esta organización, despedir a los asesores más incómodos, borrar sus expedientes y silenciar toda crítica. De igual modo, me atrevo a responsabilizar a miembros del régimen de Saddam Hussein por utilizar los centros culturales como bases militares y poner las bibliotecas al servicio de una ideología. Con anuencia de los directivos del partido Baaz, permitieron que se instalasen depósitos de municiones y francotiradores en puntos estratégicos, lo que puso en riesgo el patrimonio cultural. Debo señalar que mi estadía en Bagdad concluyó el 22 de mayo. Partí rumbo a Oxford y luego a Viena. Después de eso volví, redacté nuevos informes, divulgué mis reflexiones y desde entonces he sido objeto de amenazas por mis declaraciones y artículos, he recibido insultos y descalificaciones absurdas, y toda mi labor ha provocado molestias en la CPA. Mi escepticismo actual tiene su origen en un hecho cierto: el desorden y la violencia creciente en Bagdad no hacen propicia la reconstrucción porque supone poner en riesgo los volúmenes que se salvaron. Ninguna biblioteca, y eso hay que tenerlo presente, estará a salvo mientras Irak sea un campo de batalla. He observado con profundo malestar que la propaganda estadounidense, por lo demás, no permite difundir lo que realmente ocurre a diario. Se sabe que dos o tres soldados estadounidenses mueren cada día, pero no se presentan las elevadas cifras de heridos y mutilados, no se dice que cuarenta soldados se han suicidado por el horror que ven, no se informa que hay más de treinta ataques permanentes y que quienes colaboran con los ocupantes extranjeros son linchados por sus vecinos. En septiembre fue atacado Piero Cordone y su chofer murió. Hace unas semanas el nuevo coordinador de bibliotecas sufrió un atentado y quedó ciego porque un joven le arrojó ácido en el rostro. Hay decenas de bibliotecarios detenidos y los que trabajan temen contar la verdad completa. Sobre esto no se dice nada. ¿Por qué? ¿Qué se intenta ocultar? Acaso la única respuesta posible a estas preguntas, y lo señalo para terminar, deba ir encabezada por este epígrafe: «La primera víctima de la guerra es la verdad». La frase, conviene recordarlo, no fue acuñada por un filósofo o un periodista. La dijo un congresista estadounidense, Hiram Warren Johnson, en 1917. Y lo peor es que los sucesos de Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Etiopía, Líbano, Afganistán e Irak, no cesan de darle la razón. |
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