En el último Festival de Cine de San Sebastián, llevado a cabo entre el 18 y el 27 de septiembre de este año, se presentó la película Te doy mis ojos. Es el tercer largometraje de la directora española Icíar Bollaín. Aunque el jurado pidió cambiar el reglamento para poder otorgarle tres galardones, en vez de los dos permitidos como máximo por película, no fue posible hacerle justicia. La Concha de Plata a las mejores actuaciones masculina y femenina la ganaron los protagonistas, Luis Tosar y Laia Marull.La película se presentará a comienzos del próximo año en Colombia.

 

   Lucía Moncada estudió medicina y se especializó en oftalmología en la Universidad del Rosario. Docente universitaria, ha escrito varios artículos científicos para libros y revistas especializados. Su pasión por los viajes la ha conducido a lugares remotos, de los cuales ha publicado crónicas en revistas y periódicos como Destinos, Buenvivir y El Tiempo. Este artículo es fruto de su asistencia al más reciente Festival de Cine de San Sebastián.

 

    Tiembla de terror, mueve la cabeza para todas partes, sin propósito. No está buscando nada, aunque uno diría que quiere encontrar la salida. Es un pajarito que ha dejado pasar diez años de su vida en una prisión no precisamente de oro. Dentro de poco, cualquier cosa puede suceder. Siente que se acerca, y con torpeza deja lo que tiene en la mano. Lo ve entrar y hace una mueca parecida a una sonrisa. El recién llegado no responde. Se acomoda en una silla, sin hablar, sin mirarla. Y ella, de nuevo con torpeza, lo saluda con una frase de cajón. No es eso lo que quiere decir, ni como lo quiere decir. Rompe el incómodo silencio con la frase menos pertinente. Es el desenlace de todos sus pensamientos. Para hacer presencia en esta escena en que ella es una trágica protagonista, y que se repite a diario desde hace años, Pilar suelta sin preámbulos: «Quiero trabajar».
    Estando juntos, han enterrado sus esperanzas, sus sueños y se han permitido aflorar lo peor de cada uno. La belleza de ella es sólo el remedo de las fotos donde aparecen abrazados, sonrientes. Él es un saco de ira a punto de explotar. Sordo a cualquier cosa distinta de sus miedos, atento a la única reacción que conoce: la mejor defensa es el ataque. Así jamás tiene que decir que la ama, que teme perderla por torpe, por imbécil. Su cotidianidad está plagada de silencios, de frases a destiempo y de golpes.
    Durante la hora y 46 minutos que dura la película, resumen del drama de años de Pilar y Antonio, se siente el horror de vivir con el temor acechando. Una sola escena de violencia física, sin golpes, arranca lágrimas en el público. Él la exhibe desnuda en el balcón, luego de destrozarle el vestido y las medias y el brasier y los calzones que la hacían ver bonita.
    Demasiado para él. Él, más fuerte que ella, más grande, más irascible. Ella es un bultico de sobras. Lo que queda de sus ideas, de sus intereses, de su amor: una entrega mal entendida. Así, sin ropa, no se notan las huellas del maltrato. Sin embargo se sabe que tiempo atrás le molió un riñón a puñetazos, le fracturó una rótula y algunas costillas, según consta en un par de los muchos registros del servicio de urgencias al que acuden cada vez que ella «se cae por las escaleras».
    Cuando Antonio le permite regresar del balcón, humillada, aterrorizada, no puede más: por las piernas le escurre un chorro tibio, tal vez lo único cálido que ha sentido en esta escena de terror: se orina.
     Ante eso, él, el que la ama, no se conmueve un instante. Da media vuelta y se va.
    A partir de la historia de una pareja promedio, con la maestría de la directora española de cine Icíar Bollaín, la actuación conmovedora de Laia Marull y Luis Tosar y un equipo de trabajo sensible al drama de la mujer maltratada y a la tragedia del esposo torturador, Te doy mis ojos logra meter en el corazón del público a los protagonistas verdaderos de la violencia doméstica: hacer notar que tienen nombre, voz, que se ríen, lloran… y hasta pueden parecerse a nosotros. Para que el mundo resienta las sesenta muertas por año (según los registros oficiales) a manos de sus maridos en España. Es una estadística local, pero es una realidad mundial. Los medios están tan saturados de crímenes de todos los talantes que para la mayoría, ellas, las muertas, son números nada más. Hasta hace muy poco esos cadáveres eran etiquetados como «crímenes pasionales». La policía, los jueces y el grueso de la población se tranquilizaban diciendo a los cuatro vientos: «Algo haría para que el marido llegara a matarla». Una sociedad machista hasta los tuétanos, «madre patria» de la nuestra, se hace la de la vista gorda si lo que acaba bajo tierra es un ama de casa. «Es que ha tenido que morir una cada día para que (las autoridades) se reúnan. Si muriera uno diario en manos de ETA, te juro que estaríamos en guerra», dice Bollaín.

    

«Vámonos a donde nadie nos juzgue»

La muerte es el límite. Pero podemos hacer parte nosotros del recorrido sin llegar al crimen. Relaciones plagadas de posesiones, de juegos de poder, de torturas lesivas. Unas veces estamos del lado de la fuerza; otras, bajando la cerviz. En esos amores que se salen del ideal de la salud mental, se juegan las historias personales. Los dolores de la infancia, las dependencias, las carencias. El temor primigenio al abandono, cimiento de los celos y del terror a perder a quien nos ama. De no ser merecedores de otro amor. La debilidad que lleva a pensar que podemos ser remplazados por cualquiera. Debilidad del fuerte para mostrarse débil, debilidad del débil para mostrarse fuerte.
    No es difícil hallar contendor para esas partidas. Llegan a vivirse situaciones al límite, con una intensidad que simula una vida de riesgo, una pasión de tango y de ranchera.
    La situación es humillante. Hay vergüenza por estar jugándose la integridad física y la dignidad. Te doy mis ojos está construida con símbolos, con imágenes, con situaciones, que demuestran la investigación a fondo y la sensibilidad de las guionistas para «intentar entender», como dice la directora Icíar, los laberintos en que se pierden los amantes enfermizos. Para éstos no sólo su situación es dura. Deben someterse a la censura por mantener el cepo y el látigo voluntariamente.
    Cuando al inicio de la película Pilar, por unos hechos que no vemos, es llevada al límite de la resistencia, toma la decisión de salir corriendo de su casa con su hijo a refugiarse donde su hermana. Antonio va a buscarla. Lo hace de noche, a escondidas. No puede dejarse ver de la cuñada, porque quien está por fuera del círculo de destrucción no va a aceptar las razones que tiene él para descargar su ira sin consideraciones de ningún tipo sobre la humanidad de su mujer. Pero, ¿qué cara va a poner frente a los que están al margen del juego perverso?
    Con Pilar es un roble. A ella puede amedrentarla, darle una limosna de cariño, bálsamo para sus heridas, razón suficiente para soportar el siguiente ataque. Hay que ganar terreno debilitando la pobre resistencia de la víctima. Acecha a Pilar en todas partes. Le hace llegar regalos: flores, tarjetas… y un par de aretes. Sabe que tarde o temprano, haciéndole sentir que la necesita, que no puede vivir sin ella, Pilar no tendrá fuerzas para rechazarlo. La conoce, y espera con paciencia. Los aretes son el símbolo de su triunfo: un día ella, Pilar, empieza a usarlos. Su inconsciente regresa con quien ama, antes de ser capaz de confesarse que, a pesar de todo, vuelve al potro de tortura... Con la esperanza de lograr, ahora sí, que Antonio cambie de verdad, que todo cambie, le pide irse lejos, lejos de quienes la consideran una idiota por creer que las cosas van a mejorar y por no tirar al triturador una cosa más parecida a un campo de concentración que a un matrimonio. Pienso en Chavela Vargas: «Vámonos, donde no haya justicia, ni leyes, ni nada; no más nuestro amor».

«Ay, mamá, me aprieta este señor… Échele cinco al piano y que siga el vacilón»
La supervivencia requiere la memoria. Pero no siempre. A veces es mejor cambiar el libreto de la familia. Las herencias de las formas como nos criaron nos juegan malas pasadas. Las madres machistas crían machos y sumisas. Por eso la única que, conociendo los hechos, le recomienda regresar a «su casa», a donde pertenece, al lado de su marido, es su madre: «Una mujer nunca está mejor sola». En un par de escenas, se hace el retrato de aquello que perpetúa la cadena de dolores: la historia familiar. Como dijo Bollaín durante nuestra entrevista, «los malos tratos son un caldo de cultivo, hay una atmósfera que lo permite y una cultura que lo abona». Unas pantuflas son el símbolo del problema social: Pilar, sin darse cuenta, llega al hospital en traje de calle, y en pantuflas. Hay otra mujer en una situación de maltrato similar, también vestida, y en pantuflas. La agresión no da tiempo de calzarse.
    No hace mucho, en Bogotá, violaron a una adolescente. Acudió a la enfermería del club El Nogal por su estado de embriaguez y de allí salió con el ano desgarrado. A sabiendas de que el camino por los vericuetos de la justicia no es fácil, tuvo el valor de denunciar el hecho. El exministro Fernando Londoño, socio del club y contraparte de la víctima, salió por todos los micrófonos acusándola de tener evidentes problemas de alcoholismo (se emborrachó), sin contar con un dictamen psiquiátrico previo. La reunión de amigos con quienes se pasó de tragos fue, según el señor Londoño, «una bacanal». ¿Estuvo él allí? ¿Alguien hizo una investigación que probara lo que dijo tan olímpicamente? Es una mujer violentada, que «algo debió hacer para que un hombre la atacara». Son muchas y muy feas las caras del maltrato.

    

«Estuve a punto de cambiar tu rumbo»
Antonio la ama. Ella lo ama. Hay un erotismo enorme entre ellos. Pilar se estremece de pasión cuando él se acerca a acariciarla. Y él, a pesar de mantenerse casi siempre en silencio, es capaz de decirle al terapeuta al que acude que «lo que más me gusta de ella es su ruido». Un sonido casi imperceptible que acompaña la suavidad con que ella se mueve. Tienen códigos de amor que suenan inofensivos y románticos por fuera de los ámbitos del maltrato, frases propias de enamorados posesivos (eres mía, soy tuyo), que llegan a consumir al posesor y al poseído, a desaprovechar la oportunidad de disfrutar del cuerpo del otro.
    «Pídeme lo que quieras y te lo doy», dice Pilar. Pero hay metáforas que destruyen si trascienden a los hechos. Ella quiere pertenecerle suavemente, «te doy mis ojos», y durante diez años permite que él le dé golpes. Y él acepta los ojos, porque necesita ver lo que ella ve. Quiere que sólo lo vea a él, quiere lo que ve, que lo interprete como él quiere. Y no hay acuerdo. La suavidad no entra en juego. El todo o nada: o mía o de nadie.
    Uno de los motores para meterse en la aventura de hacer la película fue indagar por qué en España una mujer dura en promedio diez años para decidirse a salir del escenario de los golpes. Y la mayoría confiesa que ha mantenido la esperanza de que el marido cambie. Que vuelva a ser el hombre que amó. Pero mutar las improntas de la historia personal requiere toda la valentía. Mirarse y reconocer los monstruos. Doblegar el orgullo y sobreponerse al miedo de responder distinto de como se ha reaccionado siempre.
    Antonio no quiere perder a Pilar. Acude a una terapia, y allí intentan enseñarle a pensar antes de estallar, a sentirse en las iras y en las dulzuras. Tiene una libreta en la que anota lo que le sucede instantes antes de golpear a su mujer: se le sube la sangre a la cabeza, tiembla, no es capaz de hablar… Pilar lee esto y le dice: «Esto es el miedo, Antonio, es el miedo». Lo mismo que ella siente frente a él. Las dos caras de una misma moneda. Y él, aterrorizado, arroja la libreta a donde jamás vuelva a encontrarla.

    

La directora
Es como una hormiga. Comenzó desde los quince años en el mundo del cine como protagonista de El sur, una película de Víctor Erice, para la cual no necesitó hacer casting. El director llegó un día a su colegio, la vio, le hizo una prueba y le dio el papel. Desde entonces no ha parado. Un día sintió que quería hacer algo más que seguir las órdenes de los directores, y de actriz pasó a ser productora, guionista y directora, aunque no ha abandonado la actuación.
    Después de haber estado en la rueda de prensa con Icíar Bollaín y los protagonistas, nos reunimos en el hotel María Cristina.
    A pesar de haberla visto antes, cuando entró a la suite donde haríamos la entrevista no dejó de sorprenderme que fuera bajita, algo que lleva con la misma naturalidad que sus ideas. Su embarazo de unos cinco o seis meses la hacía más entrañable. Parecía no haberse creído el cuento de la fama. Pelirroja, ojos verdes grandes y una dulzura especial en su sonrisa. Ya sentadas frente a frente, encontré fácil relacionarme con ella, porque responde rápidamente a lo que tiene claro, se rebela y cambia el tono de voz cuando no está de acuerdo, y busca en la cabeza si la pregunta le merece reflexión.
    Las cosas le surgen de la curiosidad, no pretende agotar los temas ni sentar premisas. Simplemente entender el mundo, lo diferente de ella, y sobre eso investiga, crea, produce, dirige y logra hacer un cine lleno de interrogantes, con puntos de vista muy sensatos, situaciones vistas desde muchos ángulos. Con personas que, como ella, están en la búsqueda de algo parecido a la felicidad.

¿La película tiene una intención de llamar la atención, hacer una denuncia, o es el primer paso de algo que pretende ir un poco más allá de plantear el problema?
No me gusta la palabra denuncia. Primero que todo quiero entenderlo yo. A veces cuando leo que un señor ha matado a sus cuatro hijos para vengarse de una mujer, es que…, es que…, me sobrepasa. Lo hice para entenderlo, para intentar entenderlo. Cuando te acercas a un tema de éstos existe mucha incomprensión. No lo entendemos, nos cuesta mucho, y que juzgamos mucho y muy mal. Denunciarlo… es evidenciarlo más que denunciarlo, es hablar de ello. Pero mi intención es ir un poco más lejos. Y a lo mejor hacer pensar que es parte de uno. Es muy cómodo pensar que eso le pasa a no sé quién, en un barrio, pobrecito. Pues no. Está bastante más cerca que eso. Creo que te puedes identificar a veces con él (Antonio), no te puedes identificar hasta el final porque lo que hace al final es maltratar.

No es una historia de buenos y malos...
El problema es mucho más complicado. Y luego es mucho menos interesante. Un tío que no es capaz de hacer más a mí no me interesa. Me interesa un tío con fisuras. Un tío que puede llegar a cambiar.
    Mimada del cine español, ha dedicado gran parte de su trabajo a explorar por qué otras mujeres viven situaciones tan diferentes de la suya. Es un punto de vista llamativo en un país cada vez más xenófobo, y que mantiene comportamientos tan violentos contra madres e hijos. Flores de otro mundo, su largometraje anterior a Te doy mis ojos, ganó en el Festival de Cannes de 1999 el Premio a la Mejor Película de la Semana Internacional de la Crítica y el Premio a la Mejor Película en el Festival de Cine de Bogotá en el mismo año. Surgió al enterarse de que llegaban cientos de latinoamericanas, dispuestas a casarse con campesinos españoles. Cuando vio a una mujer hondureña en la mitad del campo castellano narrando su historia, pensó: «Y esa mujer, ¿cómo nos verá? (…) Luego resulta que ese asunto da lugar a muchos otros: la emigración, el racismo, la soledad en el campo...».
    Anda en contravía con los detractores de la inmigración a España: «Apuesto por la mezcla, porque me parece riqueza que una mujer dominicana se case aquí con un hombre de campo y traiga a sus hijos. La inmigración no sólo aporta mano de obra necesaria, también aporta su cultura. Una sociedad multicultural es mucho más rica que otra cerrada. Además, menos mal que los países son fruto de continuas mezclas».
    Dice no saber muy bien lo que quiere, pero se mete de cabeza en sus proyectos. Según ella, es muy despistada, como que no puede asir la realidad, y eso mismo la hace divagar, buscar, trabajar y encontrar sus respuestas.

    

Antonio acude a un grupo de terapia para dejar la violencia física, pero al final se revienta y repite su comportamiento salvaje…
Existe un perfil de las víctimas, pero no hay un perfil de los hombres. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué hacen eso? Se presenta el lado del maltratador. Hablar con el terapeuta tiene un índice de éxito relativo pero esto no es la panacea, vale la pena proponer otros caminos. A ratos lo compadeces porque sufre, es un hombre atormentado, es un hombre infeliz; lo que pasa es que ahí está machacando a alguien y dejas de compadecerlo. Es muy difícil. Yo no digo que no haya solución. Lo que puedo decir es que es jodido. Que vas a cuatro terapias y ya. Y luego creo que la escena final es triste y es tremenda.
    Icíar se levanta, se acerca a la ventana. En esa tarde soleada, la luz le cambia los colores de su pelo suelto, dándole un toque de ángel preñado…
    Mientras se oye el obturador de la cámara que la capta repetidas veces, suelta una reflexión final: «Cuando tu autoestima está por los suelos, cuando tu percepción de la realidad es relativa, cuando tú no eres muy tú para ver de verdad dónde estás, y en medio de las agresiones recibes un cariño, ese cariño vale oro».

    
VIOLENCIA INTRAFAMILIAR EN COLOMBIA
A pesar de que el 72,6% de las mujeres agredidas por sus compañeros no acuden a las autoridades y las que lo hacen permanecen en silencio en promedio cinco años antes de decidirse a denunciar estos hechos, en el año 2000 se presentaron en comisarías y centros de salud 62.123 denuncias de agresiones físicas domésticas, el 81% a mujeres. Las agresiones psicológicas no están registradas.
En 2001 hubo 66 muertes de mujeres y 25 de hombres, cuyo móvil fue sin duda la violencia conyugal. En 2002 fallecieron 61 mujeres y 25 hombres por la misma causa. En cuanto a niños y niñas, por violencia doméstica se registraron 67 muertes de menores de 18 años. Muchos crímenes ocurridos en el hogar no pueden esclarecerse ya que, como es de suponer, la mayoría de los agresores esconden su delito.
Fuente: Centro de Referencia Nacional sobre Violencia (CRNV), dependencia de la Subdirección de Servicios Forenses del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses.
Agradecimientos al Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana.

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