Para AST, que me dio la idea del cuento,
y para JMS, a quien tanto le gustan los buses.


Por Gerardo Ferro Rojas
Ilustraciones de Lina María Parra

Este es uno de los diez ganadores del
Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2003 (categoría jóvenes).
Próximamente saldrá publicado el libro
De 1 a diez, del Instituto Distrital de
Cultura y Turismo.

 


    Tengo una pistola de juguete escondida en mi morral. Ella está de pie en la siguiente esquina. Por primera vez en dos meses me atrevo a mirarla directo a los ojos, y por primera vez La Mujer del Rostro Indescifrable me responde la mirada. Ella sabe que pasa algo. Puedo notarlo. El bus se detiene a mis pies. Subo. Me siento en el mismo puesto de siempre, al lado del conductor. Levanto la cabeza y allí están todos: La Comunidad del Autobús. Mi nueva familia. Todos sentados en sus puestos de costumbre. Todos esperándome. Me miran y descubren que esta noche ocurrirá algo. Un cable de alta tensión nos mantiene alerta. El bus continúa y frena en la siguiente esquina. La Mujer del Rostro Indescifrable entra. Paga el pasaje y por primera vez en dos meses voltea la cara para mirarme. Yo no le quito los ojos de encima. No esta vez. La observo agarrarse de las barandas para no caerse cuando el bus arranque. Se tambalea un poco. Encuentra su puesto y se sienta. Roberto Carlos canta esa canción del gato triste y azul. La ciudad se desliza por calles incendiadas. Hoy los rostros están sucios, arrugados y asfaltados. Hoy los rostros huelen a mi sangre y mi sangre es ACPM en llamas. Tengo deseos de chatear con Marciana y decirle que tal vez debimos haber ido a cine un miércoles y vernos la última de Winona Ryder. Hace calor. Mis venas se inflaman por el fuego. Podría clavar mis dientes en el aire que se respira aquí dentro. Tengo quince días sin dormir y una pistola de juguete escondida en el morral. Siento que la noche es perfecta. Voy a hacer lo que tengo que hacer y todos esperan que haga. La canción del gato triste y azul se acaba.
    Me llamo Álvaro. Un nombre cualquiera. Pude haber sido Pedro, Juan, Jorge o Gerardo. Pero no, soy Álvaro. Tengo veintisiete. Sufro de uñeros y de ira contenida. Me gustan los buses y la gente que viaja en los buses. No tengo novia. No sé bailar y me aburren los bares. Me gusta hacer zapping: no ver televisión, sólo hacer zapping. Vivo con mi mamá en el apartamento 503. Mi papá murió de un paro cerebral cuando yo tenía once. Mi mamá no me cae bien, cree que soy un niño extraño. Yo creo que soy un tipo extraño: hay una pequeña diferencia. Odio los bancos pero trabajo en uno. Me gradué hace tres años de economía y desde entonces soy cajero de un banco en el centro. Odio mi trabajo. Una de mis compañeras escucha baladas románticas de Luis Miguel y Juan Gabriel a toda hora. Algún día tendré el valor de romperle la radio en la cara. Mi jefe se llama Luis: usa lentes, es calvo, suda de una manera exagerada y le gusta coquetear con su secretaria. A mí me gustan las supertetas de su secretaria. Algún día tendré el valor de sobárselas con morbo. Me gustan los sánduches de queso con Coca-Cola y chatear en la Internet hasta tarde. Pero más que nada en el mundo, me gustan los rostros de las personas. Y entre todos los rostros del mundo, prefiero los rostros tristes y cansados de los pasajeros que viajan conmigo en el bus todas las noches.
    Trabajo de ocho a doce y de dos a siete. Llego a mi apartamento a las ocho de la noche en punto. De la oficina al paradero de buses hay quince minutos. De allí a mi casa el bus se demora 45. En las mañanas el recorrido es exactamente igual. Demoro dos horas montado en un bus diariamente. Diez horas a la semana. Cuarenta horas al mes. Cuatrocientas ochenta horas al año. Y 1.440 horas en los tres años que llevo trabajando. Eso es mucho tiempo, pero no me molesta. He convertido esas dos horas diarias en una emocionante distracción.
Me distraigo mirando los rostros de los pasajeros. Por eso siempre me siento al lado del conductor, porque desde allí puedo observarlos mejor. Prefiero las noches porque los rostros son más sinceros. Siempre encuentro rostros cansados, distraídos, ingenuos, decepcionados. Rostros que quieren estar en otra parte, lamiendo otros pellejos. Los rostros que veo son prolongaciones del mío. Estoy seguro de eso. Soy un tipo raro.

    No sé desde cuándo empezó esa afición, pero me ha mantenido vivo durante tres años. Intenté ponerla en práctica en el trabajo, pero no funcionó. Creo que las baladas de mi compañera no me dejaban concentrar. Odio las baladas después del almuerzo. Para hacerles frente, me distraía con las supertetas de la secretaria de mi jefe. Ella tiene un novio que pasa a recogerla todas las noches en moto. Odio a su novio y su motocicleta. Frente a mi puesto en el banco pasaban todo tipo de personas, pero con ninguna lograba encontrar una conexión. Todas me parecían sacos de carne podrida colgando de un matadero clausurado. Sólo la terapia de los buses lograba reconfortarme después de un día de trabajo. Ni siquiera ver a mamá me ayudaba. Creo que eso empeoraba las cosas. Mamá empezaba a hablar de las novelas que veía durante el día mientras me observaba comer. Yo me devoraba la comida para que todo terminara rápido y así poder irme a mi cuarto. Allí, en mi cuarto, totalmente solo, conocí a Marciana.
    No recuerdo el nombre del chat. Pudo haber sido cualquiera. Su nombre clave fue lo primero que me impresionó. Le escribí diciéndole que me gustaba su nombre. Ella me contestó que también le gustaba el mío. Yo me llamaba Mr. Tedio. Le dije que un día estuve en un bar de strip-tease llamado Las Marcianitas. A ella le pareció bien. Esa noche conocí tres cosas claves de Marciana: 1) Acababa de terminar filosofía y letras en la universidad. 2) Le gustaba ir a cine los miércoles a las 3:15 y leer novelas de Paul Auster. 3) Estaba pensando en comprar una gata. Yo le conté que trabajaba en un banco, que era economista, que nunca iba a cine pero que me gustaba Winona Ryder, y que lo que más me distraía en el mundo era observar los rostros de las personas en los buses. Ella dijo que parecía un tipo extraño. Yo le dije que, en efecto, era un tipo extraño. Ella dijo que siempre le habían gustado los tipos extraños. Eso fue lo segundo que me impresionó de Marciana.
    Puedo respirar el ansia como vidrio molido por el aire. Hace mucho he querido saber por qué está aquí todas las noches. Hoy se ha ganado la lotería, el premio mayor, la oportunidad de ingresar a este viaje sin retorno. La Mujer del Rostro Indescifrable tiene una linda cara, ausente, lejana, como si mirara del otro lado de una calle destruida. Pero puede ser útil, después de todo, aunque me estuvo volviendo loco durante dos largos meses. Otra vez me mira. Aquí estoy. La mujer que siempre mira el asfalto se ha dado cuenta de algo. Nos mira a ambos. El chofer tararea un vallenato de Diomedes Díaz. Prefiero la canción del gato triste y azul. La noche está caliente. Dios acaba de bajar el inodoro. Estoy atragantado con tanta mierda. No puedo respirar bien. La Mujer del Rostro Indescifrable no deja de mirarme. ¿Por qué nunca pude conocerla como a todos los demás? Pasamos debajo de un puente. ¿Cuántas personas morirán hoy en esta ciudad? ¿De qué color será la gata que comprará Marciana? Me lleno de fuerzas. Me agarro los huevos con las dos manos y trago un buen buche de saliva. La miro directo a sus ojos incoloros. Me pongo de pie. Puedo sentir la electricidad de todas las miradas cuando ven que me muevo. Algo ocurrirá, no hay duda. Por primera vez he cambiado de puesto. ¿De qué color será la gata que comprará Marciana? ¿Cuántas personas morirán hoy en esta ciudad? Me siento a su lado.
    Primero fue Opio en las nubes. Yo le advertí que no me gustaba leer novelas, que en el colegio siempre compraba esos resúmenes literarios y hacía trampa en los exámenes. Pero Marciana insistió. Me dijo que en esa novela estaba el origen de su nombre. Por eso la leí. Era una novela sobre un gato que hablaba y tomaba whisky. Después siguió un libro de cuentos de Carver, una novela aburridísima de Carlos Fuentes y dos poemarios de Perro Desquiciado, el poeta preferido de Marciana, El árbol donde los ángeles cuelgan sus pelotas y 23 gatos fluorescentes sobre mi tejado, además de su autobiografía titulada Memorias sucias de un misántropo en un rincón oscuro del mundo. También me aconsejó que escuchara las canciones de Jerry y Los Cabrones, por lo que compré la recopilación de éxitos Música para cabrones y chicos sin piel. Nunca nos habíamos visto la cara, pero de esa manera Marciana y yo nos fuimos haciendo cada vez más amigos.
    Una noche me habló de esa novela de Paul Auster. Se llamaba Leviatán. Me dijo que me sería muy útil leerla. Así que la compré y la leí en tres días. Marciana me aconsejó leer la novela pensando en María Turner, un personaje de la historia que tenía la extraña afición de seguir a las personas. Todas las mañanas, María Turner seleccionaba al azar a una persona en la calle, la seguía durante todo el día, le tomaba fotos e imaginaba su vida a través de ellas. Eso me pareció un pasatiempo maravilloso. Entonces me di cuenta de que María Turner y yo estábamos hechos del mismo material. Los dos invadíamos la privacidad de los otros para construir conexiones con la vida.
    Después de la lectura de Leviatán, todo cambió. Comprendí que estaba haciendo algo tan serio como cualquier otro trabajo. De esa manera, mi distracción en los buses empezó a adquirir un nuevo sentido. Me pareció que era demasiado ingenuo mirar simplemente los rostros. Debía ir más allá, aunque no tenía la menor idea de qué hacer. Pensé en consultarlo con Marciana pero me pareció inapropiado. Marciana diría simplemente que era un tipo extraño y que me había tomado muy en serio a María Turner. Con ella debía hablar sólo cuando supiera qué escalón deseaba subir.
    Fue así como pensé en La Comunidad del Autobús. Una noche la descubrí. Mientras iba sentado en el mismo puesto de siempre, se me ocurrió la parte esencial del juego: afuera llovía a cántaros y adentro se filtraba la lluvia por los rostros agujerados de cada uno. Adentro estábamos a salvo del mundo pero al mismo tiempo seguíamos siendo sus presas. El bus se convertía en una cueva, en un refugio para bombas, en un escondite para la basura. Pero era un escondite inútil, no teníamos más remedio que continuar pudriéndonos lentamente cuando bajáramos de él y seguir arrastrando nuestros pellejos sudorosos por los días, una y otra vez hasta que la muerte nos agarrara el culo. Tuve una visión. Un cortocircuito. Una alarma chilló en algún lado de mi cabeza: el mundo se vino abajo, la humanidad se extinguió y sólo los pasajeros que en ese momento viajábamos en el bus sobrevivimos a la catástrofe universal. Ahora, solos en el mundo, La Comunidad del Autobús debería poblar la tierra y crear una nueva sociedad. Me imaginé eso y me pareció una realidad fascinante y atroz. Ahora el juego no sólo consistiría en mirar rostros, sino en encontrar la manera de desarrollar el mundo a partir de ellos. Sentí miedo, y un cosquilleo en la punta del dedo gordo.
    ¿Qué pasaría si sólo las personas que viajan contigo en el bus, escogidas por un movimiento fortuito del destino, fueran las únicas que habitan el planeta? ¿Cómo crecería la raza humana en un mundo reconstruido después de una catástrofe universal? ¿Qué papel desempeñaría cada quien en esa nueva estructura social? Esas preguntas fueron agujerando mi masa cerebral como piojos. En esa forma el juego empezó a tornarse más interesante. Decidí incluir una libreta de apuntes, por ejemplo. En la libreta anotaba todas las ideas que se me ocurrían sobre ese nuevo mundo. Un mundo sin reglas, sin filas de banco, sin baladas después del almuerzo, sin jefes sudorosos, sin madres rezanderas, sin telenovelas, sin televisión, sin Internet, sin rostros agujerados por el tedio y la decepción. También perfeccioné mi técnica hacia los rostros. Descubrí que podía atravesar la gruesa capa de piel y huesos y clavarme directo en el centro de los pensamientos, igual que una hiena sabia de ojos fluorescentes. Así era yo. Me sentaba en el puesto de al lado del conductor y devoraba rostros y construía vidas. Fui elaborando un inventario detallado y extenso de cada uno de los rostros que se iban repitiendo todas las noches, aquellos que se fueron convirtiendo en acompañantes repetitivos de mis viajes. Eran ellos los miembros principales de La Comunidad del Autobús, que dejaban de ser simples rostros para adquirir vida propia:
    La mujer que siempre mira al asfalto tiene de 50 a 55 años. Está cansada de la vida, tiene un esposo holgazán que se emborracha los fines de semana y un hijo policía que se ha olvidado de ella. Seguramente se gana la vida trabajando como aseadora de oficinas de abogados mediocres y leguleyos en un edificio del centro de la ciudad. Le gustan el café negro, la telenovela de las ocho y jamás lee los periódicos.
    La chica de porcelana es frágil y tiene la cara blanca como una muñequita. No puede ser mayor de veinte años. Cree en el amor y por eso siempre está triste. Su novio nunca le dice cosas lindas al oído y la ha engañado por quinta vez, pero ella sigue creyendo en él de una manera absurda. Es taquillera en un cine rotativo de películas de acción, pero la chica de porcelana prefiere las comedias románticas con Meg Ryan. Ha leído la colección completa de Carlos Cuauhtémoc y Paulo Coelho. Odia los Simpson y prefiere Ally McBeal.
    En La Comunidad del Autobús viaja un hombre de veinticinco años. La vida le pasó por las narices mientras él se rascaba los sobacos. Es vendedor de jeans y blusas de mala calidad en un almacén de mala calidad. No tiene sueños y cree que todo está bien, pero hay algo que le disgusta. Juega billar los sábados en la noche y dominó los domingos en la mañana. Sólo ve El chavo del ocho y la sección de deportes de los noticieros. Su esposa tiene veinte años y sólo sabe hacer tajadas de plátano y carne frita. Se conocieron mientras validaban el bachillerato en una institución técnica. Él la llevó a tomar cerveza a una taberna y después a un motel. Ella creyó que hacían el amor; él estaba preocupado por el partido de fútbol del día siguiente. Ahora tienen una hija de ocho meses.

     Por último, está el viejito con cara de acidez estomacal. Tiene 65 años, aproximadamente; siempre se sienta en la mitad del bus y prefiere viajar sin nadie al lado. No le gusta ver televisión, prefiere escuchar la radio todo el día. Es jubilado y viudo. Le fascinan el huevo cocinado con la yema cruda en las mañanas y la sopa de fideos en el almuerzo. Se reúne todos los días con sus amigos jubilados a las afueras del Centro Cívico o en cualquier panadería de alguna esquina. Es conservador y le caen mal los liberales, pero hace mucho dejó de creer que este mundo podría ser un lugar mejor. Duerme con toldo para protegerse de los mosquitos y sus nietos dicen que huele a alcanfor.
    Los miembros de La Comunidad del Autobús se convirtieron en mis únicos acompañantes en el nuevo mundo que yo inventaba. Todas las noches me encerraba en mi cuarto a escribir en mi libreta de apuntes. Los primeros meses completé cuatro libretas de cien hojas cada una, escritas por ambas caras. Hojas llenas con todas mis percepciones sobre cómo debía ser ese nuevo mundo, sobre la labor que debía desempeñar La Comunidad del Autobús y los cambios que observaba en mis acompañantes. Nunca hubo un cambio de actitud significativo. Sus rostros siempre evidenciaban lo que eran: rostros que se escondían detrás de una ventana, rostros que no sabían de dónde provenía el descontento, rostros absurdamente conformes, rostros desesperadamente inconformes, rostros reprimidos, rostros envueltos en celofán para los días sin sentido.
    Empecé a dormir menos. Me acostaba tarde porque todas las noches, después de escribir, chateaba con Marciana hasta la madrugada. Marciana parecía ser mi única conexión con el otro mundo, el mundo real. Me preguntaba por mis cosas y yo siempre le contaba lo mismo. Que mis viajes en los buses cada vez eran mejores, que la chica de porcelana ha debido terminar por quinta vez con su novio de toda la vida. Pobrecita. Sí, pero ella lo quiere mucho, nunca le pondrá veneno para ratas en el jugo de tamarindo. ¿Veneno para ratas en el jugo de tamarindo? Eres un tipo raro, Mr. Tedio. ¿Ya compraste la gata? No. En el banco las cosas están peores. De verdad, cuéntame. OK.
    Don Luis, el jefe sudoroso amante de las supertetas de su secretaria me mandó a llamar una mañana. Me dijo que mi disposición al trabajo estaba cambiando. Por supuesto que estaba cambiando, viejo imbécil. No podía mantenerme concentrado en la fila de carne podrida que tenía enfrente porque pensaba demasiado en La Comunidad del Autobús. Si no mejoraba mi disposición y mi presentación personal, debería tomar medidas drásticas. Dijo drásticas con cierto énfasis para que le entendiera de inmediato. ¿Significa que puede despedirme? Pues hágalo, hágalo porque estoy cansado de su cabeza calva, sus sobacos sudados, su bigote con gotitas de sopa, su ombligo profundo y sus miradas de masturbador matutino. Obviamente, no le dije nada de eso. Salí de su oficina como un perrito sucio y regañado. No había manera de que las cosas cambiaran. Con la llegada de La Mujer del Rostro Indescifrable empeoraría todo.
    
¿Por qué he venido a sentarme al lado de La Mujer del Rostro Indescifrable? Sé que todos se preguntan lo mismo. Sé que ella también se lo pregunta. La chica de porcelana está más triste que de costumbre, ya estaba acostumbrada a que la mirara de vez en cuando. Pero ahora sólo miro a La Mujer del Rostro Indescifrable, aunque su actitud no ha variado un centímetro. Una gota de sudor me baja por la quijada. Los ojos me dan vueltas. El mundo se desmorona a pedazos y sólo La Comunidad del Autobús se salvará. La noche se incendia con la hoguera de nuestros huesos. Puedo ver el fuego a través de la ventana. La calle se derrite como mantequilla sobre la sartén. El conductor ha decidido apagar la radio de una buena vez. Me atrevo a hablarle.

    —¿Cómo te llamas?
    Marciana decía que debía hablarle, que debía sentarme a su lado y preguntarle su nombre, su dirección, su ocupación y hasta la talla de su sostén, así todo sería más fácil. Sí, sin duda así sería más fácil. Pero Marciana no entiende nada del juego. De hacer eso no habría gracia, todo sería muy sencillo. No, la idea era descubrir quién era sin que ella me lo contara. Le dije a Marciana que eso sería imposible. Invítala a cine a ver la última de Winona Ryder. Me han dicho que es mala. No importa, así la puedes conocer. Olvídalo. ¿Te gustan las gatas negras o de rayas cafés? No me gustan los gatos, Marciana, ya lo sabes.
    Subió al bus una noche, una cuadra después que yo. Primero pensé que era estudiante de un colegio técnico, y que quizá estaba estudiando secretariado bilingüe o computación. Después se me ocurrió que podía trabajar en una oficina cercana al banco, o que vivía cerca y todas las noches iba a visitar a su novio. Podía ser muchas cosas: la amante de alguien, la esposa de alguien, una prostituta, una bailarina exótica, una novicia que se escapaba todas las noches del convento, una asesina en serie o una loca que se sentaba en los buses a viajar toda la noche. Se me ocurrieron muchas cosas pero ninguna resultó ser la correcta. En todo caso, era una pieza clave en el juego, y como no podía descubrir quién era realmente decidí llamarla así, La Mujer del Rostro Indescifrable.
    El insomnio se agravó. Mamá decía que me estaba volviendo loco. Yo empecé a darme cuenta de que la loca era ella. Por mucho que lo intentara no lograba concentrarme en más nada, la imagen de La Mujer del Rostro Indescifrable era demasiado fuerte, demasiado real. Su cara fue apareciendo en mi libreta de apuntes, en la pantalla del televisor, en la fila del banco y hasta llegó a remplazar la cara de Policarpa Salavarrieta en los billetes de $10.000. Su rostro se fue adhiriendo a mí como las pulgas a un perro. Por ella descuidé a todos los demás miembros de La Comunidad del Autobús. Me concentré sólo en su rostro, pero todo esfuerzo resultaba inútil. Era como si su cuerpo fuera una especie de fantasma que recorría los buses donde yo viajaba, recogiendo miradas y trozos de conversaciones para sentirse viva.
    Por mi parte, fui sintiendo que el fin estaba cada vez más cerca. Me di cuenta de que La Comunidad del Autobús necesitaba mi presencia. Eso lo cambió todo. Al desviar mi atención hacia La Mujer del Rostro Indescifrable, descubrí que el resto de La Comunidad empezó a sentirse desplazada. Entonces se hizo claro: también ellos esperaban todas las noches a que me montara en el bus. También ellos me observaban detenidamente, evaluando e inventando mi rostro, mis movimientos, mis actitudes. Eran conscientes y cómplices del juego, conocían las reglas con exactitud, incluso conocían las ventajas de ser miembros de La Comunidad. Yo simplemente echaría el fósforo en la gasolina derramada.
    Entonces fue cuando acepté a La Mujer del Rostro Indescifrable como un miembro más de La Comunidad y seguí adelante con mi plan. Con los días, el bus se fue haciendo cada vez más hermético, más asfixiante y, al mismo tiempo, más atrayente. La vida dejó de significar algo, el mundo se redujo a los edificios y al concreto que se veía al otro lado de las ventanas del bus. Todo no era más que una farsa, un constante ir y venir de días envueltos en el absurdo. Algún dios imbécil lanzaba bombas desde las azoteas con muy mala puntería. Algún ángel moribundo tomaba instantáneas de los rostros desfigurados de la gente. No hay más remedio que incendiar los días y acostarse en la cama a mirar el cielo raso, mientras que en el televisor siguen hablando y hablando y hablando sobre cómo hacer torta de pan con helado de fresa.
    ¿Qué quieres decir con eso, Mr. Tedio? Nada, que las vainas no andan muy bien que digamos. ¿No has hablado con la chica, verdad? No me interesa hablar con la chica, Marciana. ¿Te gusta la torta de pan con helado de fresa? Me gusta incendiar los días y acostarme en la cama a mirar el cielo raso, nada más. Yo también conocí a un chico, Mr. Tedio. Qué bien, Marciana, ¿ya lo invitaste a salir? No. ¿Y cuándo lo harás? No me interesa invitarlo a salir. Qué bien... mañana no voy a ir a trabajar. ¿No?
    Me ausenté dos días del trabajo. Mamá llamó a don Luis para disculparse de mi parte. Mamá es una estúpida, me tiene cansado. Estuvo haciendo oraciones por mí todo el día en voz alta. No sé qué le habrá dicho a don Luis, tampoco me importa. No salí de mi cuarto durante los dos días. En la noche tomaba un bus hasta el paradero a unas cuadras del banco y esperaba el bus donde viajaba La Comunidad. Mi propósito en esos días fue darle los últimos toques al plan.
    Después de dos días de ausencia, regresé al banco. Obviamente, sabía lo que pasaría. Don Luis me llamó a su oficina. Yo fui directo, sin mirar a nadie, aunque todos no dejaban de mirarme. Entré a la oficina y me senté sin esperar a que mi jefe me lo pidiera. Don Luis sudaba a chorros. Sus lentes se empañaban con el sudor y la grasa de la cara. No dio muchos rodeos: se quitó los lentes, los limpió y mientras se los ponía me dijo que estaba despedido. Yo me puse de pie y salí de su oficina. Estaba sucio y feliz. Al pasar al lado de su secretaria le miré sus supertetas por última vez, después desconecté la radio de mi compañera y la estrellé contra el pavimento de la entrada. Salí del banco como una vaca moribunda que escapa del matadero para empezar a vivir. En la calle, entré a una juguetería y compré una pistola, un hermoso ejemplar que dispara inofensivas balitas de plástico.
    Mamá se puso a llorar cuando le conté que me habían despedido. Yo no pude soportar la risa al verla. Mamá dijo que llamaría a un psiquiatra amigo de ella para que me atendiera lo más pronto posible. Yo me serví un vaso de Coca-Cola y me preparé un sánduche de queso. Mamá apagó la televisión y empezó a rezar. Me gustan la Coca-Cola bien fría y los sánduches de queso. Mamá dijo que papá estaría decepcionado de mí. Papá murió cuando yo era un niño y a veces se me olvida su rostro. Mamá estaba preocupada por las cuentas del apartamento. Yo me senté en el sofá y encendí la televisión. Mamá quería saber qué me dijo don Luis exactamente. En el 43 caían bombas sobre Bagdad. Mamá empezó a desesperarme, me pedía a gritos que le dijera algo. Yo dejé la Coca-Cola y el sánduche sobre la mesa del comedor y entré a mi cuarto. Busqué en mi clóset y saqué una cuerda gruesa que había estado guardando para ese día. Llegué a la sala, apunté a mamá con la pistola en la cabeza y le grité que se callara. Mamá se ve hermosa cuando cierra la boca y los ojos se le llenan de susto. Le pedí que se sentara en una silla del comedor, la amarré fuerte y la amordacé para que me dejara pensar con calma. Después me encerré en mi cuarto. Reuní todas mis libretas de apuntes sobre La Comunidad, algo de ropa y las guardé en un morral. Puse la pistola de juguete sobre la mesa de noche. Me acosté en la cama, sin quitarme los zapatos, a esperar a que llegara la noche y el incendio arrasara las calles. No tuve tiempo de despedirme de Marciana.
    —¿Cómo te llamas? —le vuelvo a preguntar.
    —Eso no importa. ¿Por qué has decidido sentarte aquí?
    —No sé.
    —¿Qué haces aquí, entonces?
    —Tengo una pistola de juguete escondida en mi morral.
La Mujer del Rostro Indescifrable me mira fijo a los ojos:
    —Eso no me asombra de un tipo raro como tú, Mr. Tedio.
La última clave del juego se ha resuelto. La Mujer del Rostro Indescifrable siempre supo todo, cada paso del juego, cada nueva trama; chateaba conmigo todas las noches construyendo un juego mayor, un juego en el que yo era la parte esencial, sin saberlo. Entre los dos creamos La Comunidad del Autobús.
Una sonrisa extraña llega de un lugar extraño y se acomoda en nuestros rostros.
    —Debimos haber ido a cine y conocernos hace mucho —le digo cuando por fin puedo abrir la boca.
    —No importa, siempre es mejor así.
    —Eso creo... ¿No vas a preguntarme por qué tengo una pistola de juguete escondida en mi morral?
    —No.
Miro las calles desde la ventana. El mundo es un canal dañado de televisión en una noche caliente y aburrida.
    —No hay duda de que también eres una mujer extraña. ¿Puedes decirme ahora cómo te llamas?
    —Para qué, es mejor así.
    —Sí, tienes razón, es mejor así.
El bus pasa derecho por mi edificio. Miramos a la gente de La Comunidad. Todos esperan que dé el paso, que me levante y haga lo que tengo que hacer. El incendio continúa.
    —¿Vas a hacer algo?
    —Claro que sí.
    —Todos están esperándote.
    Me pongo de pie. Una corriente eléctrica me sacude. Saco la pistola de juguete del morral y camino sin tambalearme hasta el puesto del chofer. Le apunto en la cabeza. Le pido que se detenga. Los miembros de La Comunidad del Autobús se ponen de pie. Les explico a todos los ocupantes de qué se trata todo esto: La Comunidad del Autobús tomará posesión del vehículo y buscaremos un lugar seguro donde alejarnos del mundo y esperar el momento del fin; los que no estén interesados en ser parte de La Comunidad del Autobús pueden bajarse, incluyendo al chofer. Le pido al chofer que abra la puerta trasera. La gente se empieza a bajar pero los miembros de La Comunidad permanecen de pie en sus puestos. El chofer es el último en salir. Vuelvo a cerrar la puerta. Nadie dice nada. Nadie pregunta nada. Silencio y vidrios rotos. Todos nos miramos pensando en el próximo paso. El hombre al que la vida le pasó por las narices mientras se rascaba los sobacos levanta la mano. Dice que sabe conducir buses. Su papá fue chofer toda la vida. Le pido que conduzca. Guardo la pistola de juguete en mi morral y me siento al lado de ella. El bus arranca. El viaje apenas empieza. Ella me sonríe y me abraza, luego me da un beso. Después de todo, no hay juego de azar más grande que el amor.
    —¿Y ahora qué, Mr. Tedio?
    —No sé, Marciana.
    —Podemos comprar una gata.
    —¿Cómo se llamaría?
    —¿Qué tal María Turner? Ya sabes, por la novela…
Otra vez esa sonrisa extraña llega de ese lugar extraño y se acomoda en nuestros rostros.
    —OK.

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