FERNANDO VALLEJO
HA MUERTO
Su muerte
Murió en Barcelona, en verano, hace unos años,
pero apenas nos enteramos el año pasado. Enteramos es un eufemismo,
porque casi nadie se enteró: nadie leyó y nadie reseñó
el relato de su muerte. Vallejo, ese viejo escandaloso, murió
en silencio.
Pero, cosa rara, se murió y siguió viéndose en
el espejo. Como en el cuento de Borges, Vallejo siguió hablando
con otros, siguió caminando por las calles, ya irreales, y siguió
maldiciendo, aunque ya estaba muerto, para que su autor nos pudiera
mostrar lo que es estar muerto. Estar muerto es no importarle ya a nadie.
Dirán los escépticos, sin embargo, que Vallejo no está
muerto; qué va, ese ya se ha hecho el muerto antes y a los dos
años reaparece, siempre el mismo y siempre repitiendo los mismos
insultos, mejorados. Y tendrán razón. Vallejo, como la
Virgen, aparece cuando le da la gana. Pero esta vez está muerto
de verdad. ¿Cómo lo sé?
Lo sé porque en La rambla paralela, ese librito que nadie reseñó
y a nadie le importó, Vallejo por fin perdió la palabra.
Siempre había estado acostumbrado a hablar él solo, como
loca vieja, sin dejar meter la cucharada a nadie. Pero ya no. Resulta
que Vallejo por fin encontró quien lo callara, quien le dijera
que dejara la bobada —«hombre, dejá de repetir las
mismas pendejadas»— y, en fin, encontró quien lo
pusiera a descansar: el otro, Fernando Vallejo, el autor, otra vez como
en Borges.
¿Y cómo logró Fernando que Vallejo se callara?
Pues hablando. El que habla más duro, gana. Y entonces Fernando
dialoga con Vallejo en las páginas de La rambla, lo rebate, lo
alienta, lo chuza, lo provoca, lo ridiculiza un poquito, y el otro,
viendo que está atrapado, decide que es mejor callarse, o sea,
en términos literarios, morirse.
Porque Fernando Vallejo por fin le ha quitado la palabra a ese viejo
cascarrabias. Ya desde la segunda página, cuando Vallejo sale
del sueño con que abre la que iba a ser su narración y
se mira en el espejo, no se ve a sí mismo, ve a un «hombre
que creía que estaba vivo pero no: como le acababan de decir,
en efecto, estaba muerto». ¿Quién le acababa de
decir que estaba muerto? Fernando, que en el sueño lo había
despertado diciéndole: «Usté… ya está
muerto. Vaya mírese en el espejo y verá». De ahí
en adelante, y hasta la última frase, la narración gira
en torno a la tercera persona del singular, ya que los muertos no hablan:
«él», «el viejo» o Vallejo sólo
tiene la palabra cuando el otro se la da, casi siempre para insultar
a alguien, y es claro por qué el otro se la da: para demostrar
que el viejo ya no es capaz de cambiar de tema. Lo cual no quiere decir
que deje de ser inventivo. En éste, su canto de cisne, Vallejo
lleva a la sublime perfección el arte de la altanería.
Veamos.
El poeta Paz, la bestia negra de Vallejo (tal vez por haber menospreciado
a su amado Barba Jacob), es definido así:
«El cagatintas comemierda de Octavio Paz, ese hombrecito envidioso,
rencoroso, malo, que hablaba con voz de vieja y que al final se le ancharon
las caderas y le salieron tetas de vieja».
¿Qué es la mujer?
«La mujer es una bestia ambiciosa, paridora, lúbrica. ¡No
más coba! Hay que taponarle todos los orificios de entrada y
de salida para que no siga haciendo el mal. Que no hablen más,
que no sueñen, que no deliren, que se callen. Y que se vayan
olvidando de la presidencia de Colombia porque esa no la van a oler
nunca».
¿Por qué quiere Vallejo ser presidente?
«Para montar el paredón y fusilar hasta a misiá
hijueputa».
¿Y qué es el Señor Caído?
«Un Cristo ensangrentado por los latigazos, con la cara de un
masoquista recién salido de las manos de un sádico».
Muy bien, me dirán: Vallejo perdió la palabra, ya su autor
se cansó de él, pero esas son todas muertes metafóricas,
y Vallejo ya se ha muerto así otras veces, eso no tiene nada
de nuevo. ¿Qué pruebas físicas hay de que Vallejo
sí se murió de verdad, de que no va a salir en más
novelas? Físicas, físicas, no hay, porque no hay nada
físico en la literatura. Es todo sueños. Pero si lo que
me piden son pruebas concretas, hay una que basta: las rectas ramblas
de Barcelona son un círculo en La rambla. Toda la ciudad es un
círculo, la narración misma es un círculo.
Para empezar, Vallejo sufre a través de la narración un
insomnio sin tregua, y ya sabemos que la mejor imagen del insomnio es
el círculo. Está también el movimiento circular
de Vallejo a través de la ciudad. Como no puede dormir, no hace
más que caminar: de punta a punta de las ramblas, una y otra
vez y de regreso, del hotel al café, del café al hotel,
va y vuelve, del pasado al presente y de regreso, del yo a él.
El tercer y último círculo es la misma voz de Vallejo:
siempre insulta a los mismos, con más o menos los mismos adjetivos
y con la misma intención: alejar la atención de él
mismo. Una y otra vez cae sobre el Papa, sobre las mujeres, sobre Paz,
sobre Colombia, sobre el pueblo, en una obsesión que en mucho
se parece a la imagen de un hámster dando vueltas y vueltas en
su rueda sin saber que no va para ningún lado. Vallejo está
atrapado, y no se da cuenta: su vida es un ir y venir en el mismo espacio
físico, un ir y venir entre la nostalgia del pasado y la amargura
del presente, un ir y venir repitiéndose una y otra vez. Y no
se da cuenta. Él no se da cuenta, pero Fernando Vallejo sí,
y es Fernando el que se lo explica, le dice que ya está bien,
estás atrapado en la única trampa que no tiene salida,
hombre: la muerte.
Su legado
Vallejo nació en 1985, en uno de los libros más tiernos
y divertidos de la literatura en español, Los días azules,
en el cual nos cuenta de su niñez con la misma nostalgia y arte
que Tolstoi de la suya. Luego fue reapareciendo en siete libros más,
escribió una biografía de Silva, y plagió una biografía
de Barba Jacob que Fernando Vallejo había publicado en 1984 y
que el viejo republicó como cosa suya en 1991. De manera que
la herencia de este muerto es más bien extensa: ocho relatos
autohagiográficos, como él decía, un panfleto reaccionario
en contra del darwinismo, una biografía original y otra plagiada.
Ah, y numerosos ensayos y entrevistas que algún día uno
de sus discípulos recogerá en un libro con anotaciones.
El legado de Fernando Vallejo, que todavía no es tal porque él
no se ha muerto, es más extenso: dos cortometrajes, tres largometrajes,
una gramática del lenguaje literario, ocho novelas, una colección
de ensayos científicos, una biografía, y otras dos novelas
disfrazadas de biografías. La gente, sin embargo, el ingenuo
lector que lee como ve televisión (pasivamente), cree que Fernando
y Vallejo son la misma persona. ¡Qué va! Es que hay lectores
muy pendejos. Son dos personas distintas. Eran, porque una ya se murió.
El muerto era un hombrecito rabioso, frentón y escaso de pelos,
malacaroso, enfurruñado, de ojos rabiosos y edad estática
entre los 45 y los 60, que vivía solo en un apartamento de Ciudad
de México. Su única compañía era una perra
negra, Bruja, que se le murió, y a la cual recordaba y lloraba
constantemente, como quien reza un padrenuestro. Escribía para
desahogarse y lo que escribía lo repetía en entrevistas
y discursos sin cambiar una coma.
El vivo es un hombre elegante, de sien filosófica y un poco canosa,
tierno, amable, de ojos tristes y 63 años de edad, que vive en
un apartamento de Ciudad de México con su compañero de
varios años y un canino que no se llama Bruja. Tiene muchos amigos,
los cuales le reconocen innumerables virtudes, pero sobre todo la modestia
y la honestidad. Escribe para pasar el tiempo, y nunca da entrevistas.
Entonces, si la cosa es tan clara, ¿por qué la gente los
confunde? Primero, como ya dijimos, porque la gente es pendeja, y segundo,
porque Fernando Vallejo, el vivo, es un novelista de primera.
La paradoja es ésta: Fernando Vallejo, un novelista de primera
categoría, es tan convincente en sus novelas, que la gente no
lo toma «seriamente» (en el sentido intelectualoide) como
novelista. Es igual que con la Biblia: quedó tan bien hecha,
que la gente vive convencida de que todo lo que dice ahí que
pasó, pasó. Así, cuando Fernando pone a Vallejo,
digamos, a matar conserjes en París, le creemos a pie juntillas,
le creemos como creemos los bombazos y las muertes del noticiero diario.
En otras palabras: la gente no toma las novelas de Fernando Vallejo
como novelas, sino como confesiones. Creen que porque Fernando Vallejo
dice «yo», se refiere a «él mismo», cuando
en realidad se trata simplemente del «yo narrador», el mismo
«yo» de tantos otros autores a los que nadie comete el error
de identificar con su narrador. Éste tal vez sea el mayor logro
a que cualquier novelista pueda aspirar: que le crean todo. Pero ¿por
qué le creemos todo a Fernando Vallejo? ¿Por qué
sus lectores queremos o detestamos tanto a Fernando Vallejo, el autor,
sin conocerlo, sólo por sus libros? La respuesta reside, creo,
más en nosotros que en él.
Vivimos (y cuando digo vivimos me refiero a los que nos damos el lujo
de leer novelas en Europa y América) en el mundo del posmodernismo
literario, vale decir, el mundo de la vaguedad, el abuso del prefijo
y el sufijo, la delicadeza afectada, la ambigüedad deliberada,
la tolerancia de cajón y la precaución en la expresión.
Hay que decirlo: es un mundo, literariamente, bastante aburrido y limitado.
Es un mundo en el que el extremismo en la expresión y las emociones
demasiado claras no tienen cabida. Si hay dos cosas que definan la temática
de la obra literaria de Fernando Vallejo son éstas. Vallejo reconoce,
y el posmodernismo no, que todo ser humano tiene la necesidad intrínseca
de expresar ira y odio en determinados momentos, y también reconoce
que eso no se le permite impunemente a casi nadie hoy en día.
La ironía es que el posmodernismo, que nos ha liberado en la
expresión de lo sexual, al mismo tiempo nos ha amordazado en
la expresión de algo más bajo: el odio.
Son precisamente esa necesidad y esa represión las que explotan
y hacen exitosos a comediantes como Andrew Dice Clay y George Carlin,
a cantantes como Eminem y a escritores como Fernando Vallejo. Ellos
son los nuevos pornógrafos, los verdaderos transgresores. Me
dirán que una comparación entre un rapero estadounidense
homofóbico y un escritor colombiano homosexual es un oxímoron.
Yo respondo que tiene que ser un oxímoron porque la comparación
no depende de lo que son, sino de lo que atacan, de su enemigo común:
la complacencia del burgués cultural (y burgueses somos todos)
consigo mismo y con la sociedad que se le ofrece. Cuando llegan ellos,
los pornógrafos, y lanzan un bombazo verbal en medio del concierto
aletargante que es nuestro discurso cultural, inmediatamente hay quienes
piden su cabeza, por lo que sea: por impíos, por maricas o antimaricas,
por vulgares, por directos, porque nos hacen quedar mal. También
hay quienes corren a apoyarlos, a comprar su producto (porque siempre
hay un producto para comprar), a leonizarlos y a defenderlos, como yo,
que no soy ni marica ni antimarica pero que quiero que existan los dos
y que se expresen abiertamente.
Por eso Fernando Vallejo es la gran voz liberadora en la literatura
contemporánea, como antes lo fue Henry Miller (a quien también
le creían todo) y, antes de él, Gustave Flaubert (ídem).
En un mundo literario en que los viejos se dedican a escribir memorias
mediocres, a repetir las viejas tramas de incesto con la tía
o a desenterrar figuras pseudohistóricas y ponerlas a caminar
y hablar sospechosamente parecido a como habla el autor, y en el que
los jóvenes se derriten en los jugos de su propia «originalidad»
para llamar la atención fugaz del crítico del momento,
la voz de Fernando Vallejo, sola en el espacio, es a la vez una provocación
y un incentivo.
Una provocación a pensar, a no tragar entero, a pisotear las
vacas sagradas de la historia y la cultura, porque sólo así
se llega a la verdad; un incentivo a descubrir qué es lo que
realmente sentimos, no lo que nos han dicho que debemos sentir, y luego,
a expresarlo sin miedo.
Lo que se esconde detrás de todo esto es, a estas alturas, obvio:
el secreto de la credibilidad y el éxito de Vallejo, y de artistas
como él, es su personalidad. En un mundo que trata de escurrirnos
hasta la última gota de originalidad y diferenciación
para convertirnos en simples unidades de un grupo demográfico
de mercadeo claramente definido, de gustos y prejuicios afines, la expresión
repentina de una personalidad fuerte, sólida, confiada en sí
misma y aparentemente independiente, es muy atrayente. No hay nada más
seductor que la seguridad en sí mismo: en la cancha, en la política,
en los negocios y en el arte, esto es lo que separa al líder
de la manada. Y la mejor manera de demostrar seguridad en sí
mismo es demostrar que a uno no le importa lo que piensen los demás:
yo sé lo que soy, sé lo que pienso, y ustedes, jódanse
o síganme. Es esto también lo que hará que Vallejo,
el muerto, perdure después de la muerte de Fernando Vallejo,
su creador.
Hay dos maneras de alcanzar la inmortalidad literaria: la primera, dejando
ladrillos importantes para el estudio de los profesores (Milton, Joyce),
que se encargarán de la supervivencia del autor; la segunda,
dejando una imagen en la mente colectiva de la humanidad: un símbolo,
un personaje. Estrictamente, no son entonces los autores los que sobreviven
sino sus personajes, y el interés que éstos suscitan suscita
a su vez interés en sus creadores. Los hombres que el mundo recuerda
con más cariño son aquellos que crearon o fueron grandes
figuras: Cervantes y su hidalgo, Rabelais y su Gargantúa, Shakespeare
y su Hamlet, Voltaire y él mismo, Twain y su Huck.
Fernando Vallejo nos ha dejado un gran personaje, un personaje quijotesco
y gargantuico, que odia a su madre, compone epigramas y siempre nos
hace reír, un viejo llamado Vallejo. No sobrevivirán los
largometrajes ni la gramática, y tal vez ni siquiera las biografías,
pero sobrevivirá ese personaje, y a través de él,
las novelas, y a través de las novelas, Fernando Vallejo, el
hombre con los ojos más tristes de la literatura colombiana.
—Damián Rojas