RESEÑAS


MARGINALIDAD FILOSÓFICA DE CIORAN

Emilio Cioran: creencias y esperanzas de un escéptico
María Dolores Jaramillo
Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2002 (178 pp.)

Émile Michel Cioran, filósofo rumano que dejó su país y su familia para empeñar su existencia en la faena de escritor, llegó a París huyendo de totalitarismos e ignorancia. Fue un pensador marginal, siempre viviendo en la tangente, riendo y escribiendo. Fue un filósofo con una personalidad y una obra atractivas. A pesar de ello, en Colombia se lo ha estudiado poco, casi nada. Para tratar de llenar este vacío ha salido a la luz pública el libro Emilio Cioran: creencias y esperanzas de un escéptico, producto sublime de la profundidad investigativa de María Dolores Jaramillo. Ella caracteriza a Cioran como un promotor de la nueva filosofía, dueño de una sabiduría escéptica que compartía y, ante todo, un hombre libre en su labor intelectual. Sin embargo, Jaramillo dice que es «un autor desconocido en Colombia». Para los lectores de Cioran, este libro nos cae muy bien, porque nos aclara el panorama sobre aquel filósofo marginal: sin dogmas, sin escuela, sin moda, sin religión, pero abierto a lo múltiple y mudable.
El libro está conformado por nueve ensayos, escritos en una prosa clara y con un orden impecable, sin abusar de las citas y con un discurso propio. Además, contiene tres reseñas bibliográficas basadas en tres textos monográficos que tratan de la vida y obra de Cioran. Este conjunto de estudios y análisis representa la senda que ha recorrido Jaramillo: de simple lectora a investigadora rigurosa, de su perplejidad ante las letras a la búsqueda de lo ignoto detrás de los textos. Sus ensayos tratan diversos aspectos de la marginalidad filosófica de Cioran y su consecuente obra, su escritura asistemática. Sus reseñas tratan de destacar el interés que ha despertado la vida y obra del filósofo rumano, principalmente en el ámbito francés y en unos cuantos estudiosos colombianos.
En el primer ensayo, la autora centra su interés en el tema de la lucidez humana como sendero libertario. El Cioran lúcido se expresa en fragmentos filosófico-literarios, casi aforismos, en los que manifiesta su pensamiento al margen de las costumbres y la sociedad. Un Cioran lúcido por escéptico (aun cuando no tanto como los antiguos griegos), que cree en la duda, en la libertad de pensamiento, en la vida y en el error de la historia humana. Sus creencias son diferentes, son esperanzas de un marginal, pero el pensador rumano siempre parte de una actitud suspicaz. Y así trata otros temas como el suicidio, el destino, el fanatismo, el budismo y la pasión intelectual como consecuencia de la lucidez. En el segundo ensayo, la investigadora subraya las características del filósofo que propone Cioran: la honradez intelectual, la perplejidad ante la historia, el librepensamiento, la marginalidad, el análisis crítico de lo dominante y la revolución reflexiva. Es decir, que «Cioran asigna al filósofo el rol de desengañar y cuestionar» (p. 58). Ya en el tercer ensayo, la autora muestra su conocimiento literario para establecer una cierta relación entre Dostoievski y Cioran, en lo que respecta a la noción y práctica de la libertad.
En el cuarto ensayo, María Mercedes Jaramillo hace una labor metacrítica al examinar con su lupa analítica los estudios críticos aplicados a Cioran. Para la autora, hay muchos prejuicios y estigmas frente al pensamiento marginal del escritor rumano, «malcomprendido y falsificado» porque se le aplican los epítetos descalificadores de «agnóstico, pesimista y suicida». Toma el ejemplo de la crítica hispánica, que explaya sus presupuestos católicos sobre la obra marginal y atea de Cioran. Sin embargo, es necesario recordarle a Jaramillo que en toda interpretación siempre van a estar presentes los prejuicios del intérprete, tal como nos lo enseña la hermenéutica filosófica. En el quinto ensayo, la investigadora establece una polémica con Darío Botero Uribe, en lo que corresponde a la crítica demoledora de este último que ve en Cioran a un nihilista y pesimista, adjetivos que la autora no ve con buenos ojos. El choque es más palpable en cuanto al tema de la utopía, de la que Cioran hace una fuerte crítica que Darío Botero ve como nihilismo. A este concepto la maestra Jaramillo contrapone un humanismo cioraniano y un interés por la historia muy patente en el filósofo rumano. Ya en el sexto ensayo, la investigadora recalca la importancia del aforismo como forma de manifestar la sabiduría, el sentimiento y la filosofía. Es la brevedad que se contrapone al tratado sistemático tradicional; es el aforismo como lenguaje coloquial, directo y claro. Para ello toma como ejemplo los aforismos de un libro de Cioran, en el que el filósofo rumano piensa que «más que la muerte, el nacer es el inicio de todos los males» (p. 125).
En el séptimo ensayo, la autora explora el concepto cioraniano de historia: «La suma y secuencia de costumbres, modos de vida y utopías; conceptos que construye el hombre y trata de imponer a otros hombres» (p.134). La historia para Cioran es la oscilación entre sometimiento o liberación, y en esta visión dialéctica el escritor rumano nos exhorta a desencadenar nuestro espíritu para que fluctúe sin obstáculos por el universo cíclico. A pesar de esta actitud libertaria, el desencanto de Cioran se manifiesta en su profecía: «El único futuro de la humanidad es la catástrofe» (p. 132). En el penúltimo ensayo, la autora muestra similitudes y diferencias entre Borges y Cioran: ambos leyeron con interés crítico a Nietzsche, usaron la ironía en su obra, buscaron saber de otras culturas y por eso les llamó la atención el budismo. Pero Borges les abre espacio al mito y a la ficción literaria, mientras que Cioran duda de lo mágico e imaginario; Borges nos introduce en un laberinto colmado de símbolos, y Cioran nos cobija con aforismos y aperturas filosóficas. En el último ensayo se muestra el sentido que Cioran da al término «reaccionario»: lo contestatario que deconstruye lo tradicional y dominante. Así las cosas, el pensamiento y la escritura de Cioran son reaccionarios, porque él se margina de los cánones establecidos por la historia oficial del pensamiento occidental.
La última parte del libro está dedicada a reseñar de manera breve pero crítica tres obras dedicadas a Cioran. La primera recensión está basada en el libro Itinéraires d’une vie: E.M. Cioran, del editor rumano Gabriel Liiceanu, que aporta «abundante información biográfica» que, según la investigadora, nos ayuda a comprender la coherencia entre pensamiento y vida que se observa en Cioran. La segunda reseña tiene en cuenta un estudio filosófico sobre el pensamiento de Cioran que realizó Freddy Téllez y que él tituló En torno a Cioran. Este libro es visto por la autora como un valioso aporte colombiano al estudio de la obra cioraniana, pues se atreve a relacionar al rumano con los cínicos griegos, muestra el escepticismo como «coraje intelectual» frente al establecimiento y la risa cioranesca se reconoce como elemento importante de la nueva filosofía. La última reseña se basa en el libro Cioran, l’hérétique, de la escritora e investigadora francesa Patrice Bollon, quien centra su interés en «las declaraciones y adhesiones juveniles de Cioran al fascismo rumano». Como se ve, María Dolores Jaramillo manifiesta su perseverancia investigativa al estudiar con cuidado tanto la amplia bibliografía europea sobre Cioran, como los escasos libros dedicados a este filósofo en Hispanoamérica, sobre todo en Colombia.
A todos aquellos lectores que buscan alternativas de pensamiento les conviene mirar con cuidado el libro Emilio Cioran: creencias y esperanzas de un escéptico, de María Dolores Jaramillo. Esta investigadora nos propone un filósofo rumano abierto a la multiculturalidad que expresa su pensamiento en aforismos, fragmentos y párrafos breves, con lo cual «señala el camino a una nueva filosofía». Pero lo que más destaca la autora en Cioran es su pasión intelectual, su constante deseo de sabiduría, su incansable búsqueda de conocimiento en las diversas fuentes del mundo: los libros, los contertulios, las calles, los parques y los cafés. Siempre lejos de la seriedad académica que no permite la carcajada ni el sarcasmo, sino que limita el pensamiento. Cioran nunca renunció a su lucha independiente por la liberación intelectual, así ésta le trajera como consecuencia la marginalidad filosófica y todo lo que ella implica. Sea bienvenido a nuestro ámbito cultural este libro sobre un pensador ignoto, casi perdido en el tiempo.
—John Rozo Mila

 

VALORES ASOCIADOS A LA «ANTIOQUEÑIDAD»

A sangre y fuego. La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953*
Mary Roldán
Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh)-Fundación
para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología, 2003 (435 pp.)

Con bastante frecuencia se ha argumentado en círculos sociales e intelectuales que el principal catalizador para desentrañar el pandemonio que se vivió en el país en el período 1940-1950, conocido en la historiografía como la Violencia, es sin duda el conflicto entre los líderes y seguidores de los partidos liberal y conservador.
Sin embargo, el desarrollo de numerosas investigaciones por parte de los violentólogos (colombianos y extranjeros), durante ya más de cuatro décadas, ha abierto nuevos enfoques analíticos y metodológicos, en los cuales otras y diferentes variables cobran relevancia a la hora de explicar la violencia política de aquellos años. Como lo afirma la autora, a pesar de que el conflicto bipartidista es un marco analítico aparentemente lógico para entender la intensidad del conflicto, éste se queda corto para explicar la poca homogeneidad de su desarrollo en varias zonas del país. Esto fue cada vez más claro a medida que se realizaron investigaciones sobre el recrudecimiento de la violencia en regiones específicas —Tolima, Santander, Norte de Santander— y que, consecuentemente, enunciaban la impactante complejidad del fenómeno y los significados que en sí guardaba.
Preguntas sobre la relación y el desenvolvimiento entre la política central emanada desde Bogotá, y las particularidades e intereses regionales y locales cobran entonces más sentido, constituyéndose en la vía para ilustrar de manera más concisa el cómo se definía la filiación política de personas pertenecientes a diferentes clases sociales, regiones, y conformaciones étnicas y raciales. Otras variables, como el cuestionamiento de una pretendida unidad del Estado, de su fortaleza o debilidad como aliciente para que cada partido buscara su control, la aparición de nuevos líderes políticos como el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948) y sus seguidores, el ya largo proceso de lucha por la tierra, la poca movilidad social y el descontento creciente con respecto a las condiciones laborales de la clase obrera de un país que se abría en términos económicos al mundo, han ganado también un espacio en el análisis del fenómeno de la Violencia.
A sangre y fuego es un valioso e inspirador ejercicio analítico de la historiadora por vislumbrar el desarrollo de la Violencia en el departamento de Antioquia, así como sus particularidades; un recorrido en el cual sobresale que los hechos violentos acaecidos en la región (con grados particulares de intensidad) estuvieron fuertemente influenciados por las tirantes relaciones entre un gobierno-Estado central y uno local —a la antioqueña—, y al mismo tiempo entre este gobierno local y sus regiones periféricas (campesinos, primordialmente) a la hora de instaurar un orden político, descrito por Mary Roldán como un régimen departamental hegemónico. Dicho proyecto es inaprensible si no se considera la fuerza de factores de diferenciación cultural, étnica y racial detrás de su fracasada puesta en marcha, variables trabajadas también en el libro y que permitieron encontrar un «otro» sobre el cual justificar la violencia.
La autora utiliza como marco de análisis del Estado una perspectiva en la cual éste se entiende como un proceso dinámico y cuestionado, sujeto a cambios y negociaciones, y no como un aparato terminado, operativo, inmutable, ahistórico, en el que se concentra el poder. En su opinión, esta perspectiva de la idea de Estado y clientelismo contribuye al análisis de la Violencia en Antioquia, en cuanto posibilita la existencia de estados en competencia y la consideración del papel que esa confrontación pudo desempeñar en su particular desarrollo. Lo que ocurrió en Antioquia a mediados del siglo XX, afirma Roldán, fue una lucha entre dos exigencias de Estado enfrentadas, o si se prefiere, entre dos proyectos hegemónicos. Por una parte, se encuentra el Estado departamental, representado por una élite pragmática, tecnocrática, interesada por el progreso económico y material que trascendía los intereses de filiación partidista (suprapartidista). En éste la participación popular era limitada, pero parte de ella se veía recompensada por la garantía de la educación, empleo, ascenso económico, inversión pública, etc., aspectos que el Estado central no estaba en condiciones de ofrecer. Por supuesto, tal proyecto se materializó sólo en las regiones donde el orden del Estado departamental tenía alcance, y al cual de manera recíproca los beneficiados ofrecían la conformidad con el conjunto de valores característicos de una clase privilegiada asentada primordialmente en Medellín: la observancia de la religión católica, la disciplina y la voluntad por el trabajo y la preponderación de estos valores sobre los intereses políticos bipartidistas. La instauración de la Hegemonía Liberal y el fortalecimiento de lo que había sido un Estado central hasta el momento débil pusieron en riesgo el modelo de Estado departamental suprapartidista o bipartidista. Este no fue el caso para aquellos individuos que tenían pleno beneficio e identificación con el Estado departamental, pero sí para aquellos que estaban ubicados en la periferia de Antioquia y no recibían los beneficios del acuerdo con sus líderes regionales.
Roldán explica, entonces, cómo inicialmente el proyecto de Estado central resultó interesante para los miembros liberales de la clase baja antioqueña y políticos de clase media emergente, atraídos por la expansión del empleo estatal y la aceptación de la existencia de sectores sindicales. A éstos se sumaron, como se dijo, aquellos excluidos por el Estado departamental, habitantes de la periferia de Antioquia entre los que se encontraban obreros sindicalizados de empresas dedicadas a la extracción de minerales, entre otras. Esto condujo paulatinamente a que dichos sectores periféricos no reprodujeran los valores asociados a la «antioqueñidad» y, a su vez, a que las redes clientelistas tomaran mucha fuerza, dando lugar a que no fuese posible encontrar una mediación pacífica al choque entre los dos proyectos de Estado. Lo anterior constituyó, en palabras de la autora, un notable elemento detonante de la violencia.
El libro está dividido en cuatro detallados capítulos, en los que se analizan todos los materiales de archivos gubernamentales del departamento y los municipios, testimonios judiciales, registros parroquiales de muertes y entrevistas a habitantes de diferentes partes de Antioquia. En el primer capítulo la autora examina el proceso por el cual una nueva clase media emergente conservadora aunó esfuerzos entre 1946 y 1949 para acercar aquellos municipios liberales antioqueños hacia el conservatismo y dejarles a sus miembros los principales cargos públicos. Esta «conquista» fue fundamental en la formación de grupos electorales en la década de los años cuarenta y por supuesto fue la que le dio los respectivos acentos a la manera como se desenvolvió la Violencia en el departamento antioqueño. En los tres capítulos siguientes, la autora toma individualmente el desarrollo y los efectos de la violencia en tres regiones «periféricas» con respecto a Medellín y sus municipios aledaños: Urabá y la parte occidental del departamento, Urrao y la parte suroccidental y, finalmente, la región oriental del departamento, correspondiente al Bajo Cauca y el valle del río Magdalena. En estas tres áreas fue donde surgieron, entre 1949 y 1953, guerrillas liberales para ofrecerle resistencia al gobierno nacional conservador y donde se trasladó la fuerza estatal a organizaciones paramilitares.
—Carlos Andrés Barragán
*Publicado en inglés como Blood and Fire: La Violencia in Antioquia, Colombia, 1946-1953, Durham, Duke University Press, 2002.

 

EL EMPOBRECIMIENTO PAULATINO DE LA REALIDAD

Los príncipes nubios
Juan Bonilla
Barcelona, Seix Barral, Premio Biblioteca Breve 2003 (291 pp.)

¿Fue Woody Allen el que dijo que la realidad es un lugar donde puedes comerte un buen filete? ¿Es eso lo que queda de ella? ¿O es que de verdad nos encontramos en los últimos días, y los apocalípticos tienen razón al ver en cada esquina y actitud de la gente las señales incontestables de que nuestro paso por la Tierra se acaba? No puede ser casual que la imaginación se descabella y nos topamos a cada paso sus productos al explorar la nada a la que dejamos paso en variantes narrativas que nos llevan, en el cine, de Matrix a Abre los ojos, y en literatura a Los príncipes nubios. Porque es en ese panorama enrarecido, de intereses cruzados entre personajes que dejan de serlo para casi pisar los espacios del que lee, donde el periodista, poeta y ensayista español Juan Bonilla (Jerez, 1966) viene a elaborar su narrativa, siempre desde límites difíciles para la tarea taxonómica de los críticos.
Bonilla, cada vez más un éxito editorial con un trabajo exigente y diverso, no entra en honduras ontológicas para cuestionar la verdad en la realidad; parece preferir asaltarla, sacar partido de su maleabilidad. En su anterior novela, Nadie conoce a nadie —llevada al cine con reacciones encontradas—, Sapo, un solitario profesor de inglés en apariencia inofensivo, doblega la sosegada vida de su compañero de piso haciéndolo parte de su plan para infiltrar el devenir de Sevilla —un juego de rol con participantes que ignoran el juego y no importan más allá del papel o acción que deben cumplir—, violentarlo y someterlo, una ficción retorcida con la cual cobrar cuentas a una historia oficial no menos deteriorada. El turno ahora es para Málaga, La Paz, Buenos Aires. Esta nueva novela la hacen posible los sitios que botan y reciben inmigrantes y refugiados, las calles de la depauperación global.
En Los príncipes nubios el empobrecimiento paulatino de la realidad nos lleva, junto a su singular héroe, a un terreno esquivo donde se deforma la división entre lo objetivo y lo subjetivo. Donde la irrealidad del otro nos empuja a despreciarlo, suprimirlo o desear transformarlo a nuestro parecer. La perplejidad en que nos deja el tránsito del narrador nos acerca al esperpento ético que es nuestra sociedad hoy. No se postula amoralidad, no hay cómo: el joven desubicado que pasa de ser un artista sin fronteras (y sin convicción) de una ONG en las afueras de La Paz, a cazar hermosos desheredados para una poderosa multinacional de prostitución, no representa más que el tono en que discurre el presente, dominado por el beneficio como regla única, incluso para las relaciones interpersonales, que se producen sólo en términos funcionales.
Pese a decir «me dedico a salvar vidas», todo lo que Moisés Froissard argumenta y lleva a cabo lo hace para salvarse a sí mismo de una probable caída en la abyección, no para salvar las piezas que atrapa entre los restos de un naufragio en costas mediterráneas, entre el caos y el miedo que cunden en Buenos Aires, entre los niños que viven en un vertedero en las afueras de La Paz. La médula de su dilema —elegir uno por uno quiénes escaparán de un futuro mísero para convertirse en máquinas proveedoras de placer que funcionan con billetes— se expresa en el humor cínico con que solivianta el tono confesional de su narración y que se propone, además de una endeble justificación de su accionar, la manipulación del lector.
La tragedia actual de migrantes rodando por el mundo, echados de los confines de la prosperidad apenas desembarcan, devueltos a sus orígenes de miseria, «repatriados» muchas veces a países de los que no partieron, no es más que un telón de fondo para cuestionamientos particulares a la realidad mediática, mercantilista y vaciada de sentido. No es un impulso documental o de denuncia simple lo que sostiene la prosa de Bonilla —así tenga un pie en el ejercicio periodístico y la explotación moderna que describe sea un lunar escondido que no logramos o no queremos ver bien—, es más un afán de empujar esa realidad a la exageración, de rozar la caricatura para desacomodar al espectador en su butaca. Es su apuesta por no abandonar las fronteras donde circula el material que le importa lo que lo vuelve provocador. Fronteras entre realidad y ficción, entre literatura y periodismo, entre narrativa y poesía. Depauperación de la realidad contrarrestada con una ficción urdida firmemente.
«Y entonces los vimos aparecer. Debían ser más de treinta africanos. Se habían embadurnado de heces para que los policías que los escoltaban no pudieran agarrarlos y meterlos en el vuelo especial con que pondrían fin a su sueño de permanecer en la tierra prometida. Algunos iban apresados en grupo mediante cinta aislante. El espectáculo era aterrador y no se me ocurrió sacar la Leica para captar algún instante decisivo. La mayoría de los africanos seguía a un ronco lamento unánime que tenía algo de himno sobrecogedor y algo de plegaria de víctima insalvable. Cuando pasaron por nuestro lado, camino de la pista de la que procedíamos, tuvimos que protegernos las narices y hacer todo lo posible por reprimir el vómito. No todos los viajeros que esperaban en la sala a que emergiesen los equipajes lo consiguieron, y el suelo brillante se llenó de lunares anaranjados y nauseabundos. De vez en cuando alguno de los africanos custodiados se detenía, se arrojaba al suelo, pataleaba. Los policías de paisano se ocupaban entonces de él sin timidez: no porque hubiera presencia de extraños iban a dejar de cumplir con su tarea, así que con cuidado —aunque era imposible evitar mancillarse con las heces que cubrían al detenido— pero con contundencia, lo volvían a poner en pie; si se resistía mucho, uno sacaba una pistola y disparaba cinta aislante con la que lo convertía en una caricatura de momia. Uno de ellos, el más corpulento, a pesar de que iba totalmente envuelto en cinta aislante, consiguió escabullirse de la vigilancia que lo controlaba, alcanzó una pared contra la que empotró su cabeza: la autolesión no iba a servirle de mucho, apenas para que la inevitabilidad de su expatriación le resultara menos dolorosa. La caravana de africanos dejó entre los viajeros rescoldos de un espanto que no necesita verbalizarse. Los vimos caminar por la pista a través de la gran cristalera azulada que pone fin a la sala de recogida de equipajes. No tenían preparado un autobús para acercarlos al avión: optaron por arrimar el aparato a la terminal. De uno en uno fueron empujados por los policías. Subieron las escalerillas que concluían en las entrañas del aparato, y desaparecieron de nuestra vista».
Málaga es presa del hedor constante que dejan varios días de huelga en el sistema de disposición de basuras. Moisés ha sido enviado allí para capturar a un negro perfecto que le quitara el aliento a algún cliente del club Olimpo, un anónimo cliente con el suficiente poder para, después de verlo en la portada de una revista de reportajes, echar a andar la maquinaria que pondrá a su disposición ese hombre en particular. Lo acompaña Luzmila, mujer albanesa que él consiguió para el stock en oferta del club, pero que gracias a una ambición sin ambages, ahora es cazadora como él y fácilmente será mucho más en la rígida organización. Lo vigila a distancia La Doctora, directora de la sede de Barcelona, algo así como un súcubo en frenesí sexual sobre el hombro del joven, adicta al poder en aparente síndrome de abstinencia. Fue ella quien bautizó al hombre de la única foto que los guía como Príncipe nubio.
La escena de los negros es verídica, fue registrada incluso por el periódico para el que trabaja Bonilla. Su contundencia menguada, el avance de la costumbre ante su repetición, soltaron su necesidad fabuladora. Espera que en treinta años su novela tenga vigencia, no así esa estafa a la realidad que patrocinamos por ignorancia. La materia de esa realidad es lírica, el destino de sus protagonistas, de todos, es trágico; en el ejercicio que realiza Moisés para eximir de culpa sus acciones, la situación se torna cómica. Cómica y triste, no menos, es la desaparición de lo que conocía como su familia, tres que dejan de serlo quizá por resultar para el narrador más arquetipos que individuos, imágenes borrosas acerca de las que se hipotetiza cada vez con más desgano. Cómica la venganza que se cobra sobre su jefe, enferma casi loca por el vértigo del ascenso que divide lo que cobran sus modelos entre el costo del servicio solicitado y un porcentaje que el cliente paga adelantado por el derecho a usar su imagen, su recuerdo, en posteriores momentos de apremio.
Moisés desmenuza con soltura el arco más reciente de su existencia. Se pregunta en un punto por el superhombre de nuestros días, y se entera de que es él. Se ha operado un cambio, dándole la cara que lo acompañará en sus treintas. El dolor ajeno ya no puede dolerle. Reconoce que el número de personas como él es enorme. Dice separarse de la inicial idea nietzcheana: tiene que ser un superhombre todo el que soporta una existencia que lo niega (en trabajos insignificantes, en relaciones despobladas). Entiende más de cerca los mecanismos con los que se intenta compensar esas fallas de la realidad, algunos de sus pliegues más usados como refugio. El superhombre acepta sus circunstancias, es hasta donde puede con ellas, pero constata que son ellas más que él. Moisés abraza su pequeña victoria. Se consuela alienado, o casi. La contraseña de su e-mail pasó a ser Zaratustra y tiene una nueva cámara fotográfica para perseguir las fantasmagorías que lo embelesan, esas que parecen personas en la calle.
—Álvaro Girón

    

CONDENADO A ESCRIBIR BIEN

Prosa incompleta
Eduardo Escobar
Bogotá, Villegas Editores, 2003 (479 pp.)

Imposible imaginar otro destino para Eduardo Escobar: está condenado a escribir. Peor aún, está condenado a utilizar el látigo que Dios le dio, y por tanto a escribir bien, y a ser, según sus propias palabras, «(…) mimo de mí mismo y con el idioma que sirvo como a un vicio odiado y consentido».
Este poeta devorador de libros conoce los signos del mal que lo aqueja: «Pero el peor aspecto de la enfermedad es cuando el lector de libros decide convertirse en autor de libros él mismo. Entonces está perdido para la vida práctica, sin remedio. Y sólo queda desearle que Dios le ayude».
No parece necesario pedir a Dios que le ayude a Eduardito Escobar a escribir sus libros, ya que los hace tan bien, como lo puede comprobar el lector que se aventure en cualquiera de las 479 páginas de Prosa incompleta, última obra publicada por el poeta nadaísta, editada por Villegas Editores en su colección Ensayo.
Prosa incompleta contiene 54 ensayos breves y sustanciosos que recopila el mismo Escobar, entre los muchos que ha escrito, para regocijo de sus lectores, ya sea que lo lean desde jóvenes, o lo hayan conocido ya adulto en las páginas editoriales de El Tiempo.
El prólogo de Jaime Jaramillo Escobar, de una página, termina con un elogio insuperable: «El nadaísmo tenía que culminar con Eduardo Escobar, porque no hay sino un solo punto de llegada, que es la excelsitud. Se llega o no se llega». Ni más ni menos. Y aunque en principio parezca altisonante hay que señalar que dicha afirmación, hecha a conciencia por un gran poeta, no es baladí.
«De elevada categoría espiritual», así define el diccionario de María Moliner la calidad de excelso, y bien se ajusta la definición al espíritu con que Eduardo Escobar escribe. En un tono menor, y ya entrados en materia, me gustaría decir de manera llana que su prosa es delicada y deliciosa.
El libro tiene entre sus muchas virtudes el de poderse leer por estaciones, pues no obliga a una lectura continua, y permite además escoger tema, según el ánimo, la hora y el lugar, ya sea que nos llame la atención el título de «Genios y niguas», o prefiramos el «Cerdo de nuestro vecino», o nos dejemos tentar por algo de apariencia más cuadrada como «Talleres de poesía».
El surtido es grato, gracias a la curiosidad infatigable de Eduardo Escobar que lo ha llevado a interesarse por todo lo habido y por haber, y bien puede dedicar varias páginas a reflexionar sobre las diversas clases de culos («Hay culos bastante culos, en verdad») y los distintos tipos de bluyines («No conocen los dobleces»), o hacer la apología de su maestro Fernando González, o denigrar de Borges.
No hay tema ni pequeño ni grande para este escritor, porque cualquiera que éste sea lo aborda con empeño parejo, dispuesto a verlo en su justa y variada medida, así sea de manera injusta y desproporcionada, como cuando confiesa su desdén e insensibilidad por Borges, o equipara las aventuras de Bruce Chatwin con el vértigo de Arthur Rimbaud, o define A la busca del tiempo perdido como una epopeya del arribismo. No importa. Podemos apostar, siempre, que lo que nos dice Eduardo Escobar es directo como un jab y sin tapujos, y proviene de fuente clara, aunque esté equivocado.
Al fin y al cabo, todo escritor tiene su propio santoral y su concierto de demonios personales a los que idolatra, así como sus enconos y aversiones, pues toda pasión es desmesura, incluso, o más, entre escritores, y no porque Cendrars deteste a Rilke vamos a dejar de leer y de querer a ninguno de los dos.
Lo curioso en este caso es que Eduardo Escobar parece ir a veces en contravía de sí mismo, y siento que le es difícil conciliar el espíritu irreverente y demoledor que lo anima con el espíritu de moderación y equilibrio que lo domina. Da la impresión de que le molesta y le place escribir bien. Y se podría sugerir que dicha incomodidad lo estimula. La prosa de Eduardo Escobar es contenida y nada hace presuponer una inclinación natural a la desmesura o a un destino de incendiario. Todo lo contrario. Es más, en cada frase se notan el oficio y el culto ilustrados por la forma y el buen decir; en suma, su amor por las palabras y la letra impresa.
Me atrevo a afirmar, con perdón del poeta, que si uno leyera Prosa incompleta sin saber que Eduardo Escobar es un nadaísta, y el autor no mencionara el nombre de su generación poética, de su movimiento, sería difícil asociarlo con el nadaísmo. Al fin y al cabo, cuando Jaime Jaramillo escribe que «El nadaísmo tenía que culminar ahí con Eduardo Escobar» sugiere de algún modo que el nadaísmo no puede elevarse más allá, aun cuando Eduardo Escobar sí lo pueda.
Para terminar, va una página del libro, que es fiesta, y en la que Escobar pone el dedo en la llaga: «La oratoria florece en los concejos a la hora de decidir sobre la siembra de un papayo. En los banquetes de notables, en los sancochos de los simples mortales, el sinónimo y el antónimo bailan juntos. En las veladas de fin de año en los colegios, en la inauguración de un puente comunal de burros, en las tabernas de los bohemios, en las fiestas de grado, en los cumpleaños y reuniones de copropietarios de condominios, la lengua ostenta sus colas y sus mocos y pavonea sus colgandejos, sus faisanes, sus pavos y sus gallos. Le encantan los apóstrofes, los ditirambos, los epítetos. Las ensaladas de palabras. La ecolalia, que consiste en la repetición inútil y automática de palabras y frases. La loa insincera; la frase lapidaria; el hipérbaton; la hipérbole; el silbido del latiguillo; el trémolo que simula la indignación, la decisión y la entereza; la polisemia; las distorsiones semánticas; el paralogismo; la paronimia; las alteraciones verboestructurales; el verbigracia aunque sea traído de los cabellos; las impulsiones verbales; las verbigeraciones, que son declaraciones rápidas y vibrantes; la estereotipia, que es una repetición uniforme que no debe confundirse con la palilalia, que es la reiteración de lo mismo con distintas formulaciones; el estribillo; la glosomanía, que priva de sentido lo manifestado; la acatafasia, que se da cuando el lenguaje no coincide con el pensamiento; la logomaquia, cuando lo que se trata se pierde bajo la presión de la multitud de palabras; la floritura; la cita, que es un peón, aunque sea de un emperador; la alusión; la elusión; las preguntas hechas al vacío, que contienen su propia respuesta de través; las que no tienen alguna. La jaculatoria. La cantinela. La letanía. La cantaleta».
«En la baraja de los vicios y las malas famas que aquejan a los colombianos sobresale el prestigio de llevar todos, en el fondo, en conserva, un tribuno borracho de palabras, un vocinglero dado a los placeres de la verborrea, un poeta en escabeche. Pero al mismo tiempo parecemos destinados a mantener una relación antinatural, demasiado consciente, de protocolo, con la lengua, que experimentamos como una cosa prestada, impropia, en alquiler. Por eso hablamos con fascinación y terror reverencial mezclados, entre la inhibición y la glotonería verbal, en condiciones de inferioridad, aterrados ante la norma».
—Alberto Quiroga

   

FERNANDO VALLEJO HA MUERTO

Su muerte

Murió en Barcelona, en verano, hace unos años, pero apenas nos enteramos el año pasado. Enteramos es un eufemismo, porque casi nadie se enteró: nadie leyó y nadie reseñó el relato de su muerte. Vallejo, ese viejo escandaloso, murió en silencio.
Pero, cosa rara, se murió y siguió viéndose en el espejo. Como en el cuento de Borges, Vallejo siguió hablando con otros, siguió caminando por las calles, ya irreales, y siguió maldiciendo, aunque ya estaba muerto, para que su autor nos pudiera mostrar lo que es estar muerto. Estar muerto es no importarle ya a nadie.
Dirán los escépticos, sin embargo, que Vallejo no está muerto; qué va, ese ya se ha hecho el muerto antes y a los dos años reaparece, siempre el mismo y siempre repitiendo los mismos insultos, mejorados. Y tendrán razón. Vallejo, como la Virgen, aparece cuando le da la gana. Pero esta vez está muerto de verdad. ¿Cómo lo sé?
Lo sé porque en La rambla paralela, ese librito que nadie reseñó y a nadie le importó, Vallejo por fin perdió la palabra. Siempre había estado acostumbrado a hablar él solo, como loca vieja, sin dejar meter la cucharada a nadie. Pero ya no. Resulta que Vallejo por fin encontró quien lo callara, quien le dijera que dejara la bobada —«hombre, dejá de repetir las mismas pendejadas»— y, en fin, encontró quien lo pusiera a descansar: el otro, Fernando Vallejo, el autor, otra vez como en Borges.
¿Y cómo logró Fernando que Vallejo se callara? Pues hablando. El que habla más duro, gana. Y entonces Fernando dialoga con Vallejo en las páginas de La rambla, lo rebate, lo alienta, lo chuza, lo provoca, lo ridiculiza un poquito, y el otro, viendo que está atrapado, decide que es mejor callarse, o sea, en términos literarios, morirse.
Porque Fernando Vallejo por fin le ha quitado la palabra a ese viejo cascarrabias. Ya desde la segunda página, cuando Vallejo sale del sueño con que abre la que iba a ser su narración y se mira en el espejo, no se ve a sí mismo, ve a un «hombre que creía que estaba vivo pero no: como le acababan de decir, en efecto, estaba muerto». ¿Quién le acababa de decir que estaba muerto? Fernando, que en el sueño lo había despertado diciéndole: «Usté… ya está muerto. Vaya mírese en el espejo y verá». De ahí en adelante, y hasta la última frase, la narración gira en torno a la tercera persona del singular, ya que los muertos no hablan: «él», «el viejo» o Vallejo sólo tiene la palabra cuando el otro se la da, casi siempre para insultar a alguien, y es claro por qué el otro se la da: para demostrar que el viejo ya no es capaz de cambiar de tema. Lo cual no quiere decir que deje de ser inventivo. En éste, su canto de cisne, Vallejo lleva a la sublime perfección el arte de la altanería. Veamos.
El poeta Paz, la bestia negra de Vallejo (tal vez por haber menospreciado a su amado Barba Jacob), es definido así:
«El cagatintas comemierda de Octavio Paz, ese hombrecito envidioso, rencoroso, malo, que hablaba con voz de vieja y que al final se le ancharon las caderas y le salieron tetas de vieja».

¿Qué es la mujer?
«La mujer es una bestia ambiciosa, paridora, lúbrica. ¡No más coba! Hay que taponarle todos los orificios de entrada y de salida para que no siga haciendo el mal. Que no hablen más, que no sueñen, que no deliren, que se callen. Y que se vayan olvidando de la presidencia de Colombia porque esa no la van a oler nunca».
¿Por qué quiere Vallejo ser presidente?
«Para montar el paredón y fusilar hasta a misiá hijueputa».

¿Y qué es el Señor Caído?
«Un Cristo ensangrentado por los latigazos, con la cara de un masoquista recién salido de las manos de un sádico».
Muy bien, me dirán: Vallejo perdió la palabra, ya su autor se cansó de él, pero esas son todas muertes metafóricas, y Vallejo ya se ha muerto así otras veces, eso no tiene nada de nuevo. ¿Qué pruebas físicas hay de que Vallejo sí se murió de verdad, de que no va a salir en más novelas? Físicas, físicas, no hay, porque no hay nada físico en la literatura. Es todo sueños. Pero si lo que me piden son pruebas concretas, hay una que basta: las rectas ramblas de Barcelona son un círculo en La rambla. Toda la ciudad es un círculo, la narración misma es un círculo.
Para empezar, Vallejo sufre a través de la narración un insomnio sin tregua, y ya sabemos que la mejor imagen del insomnio es el círculo. Está también el movimiento circular de Vallejo a través de la ciudad. Como no puede dormir, no hace más que caminar: de punta a punta de las ramblas, una y otra vez y de regreso, del hotel al café, del café al hotel, va y vuelve, del pasado al presente y de regreso, del yo a él. El tercer y último círculo es la misma voz de Vallejo: siempre insulta a los mismos, con más o menos los mismos adjetivos y con la misma intención: alejar la atención de él mismo. Una y otra vez cae sobre el Papa, sobre las mujeres, sobre Paz, sobre Colombia, sobre el pueblo, en una obsesión que en mucho se parece a la imagen de un hámster dando vueltas y vueltas en su rueda sin saber que no va para ningún lado. Vallejo está atrapado, y no se da cuenta: su vida es un ir y venir en el mismo espacio físico, un ir y venir entre la nostalgia del pasado y la amargura del presente, un ir y venir repitiéndose una y otra vez. Y no se da cuenta. Él no se da cuenta, pero Fernando Vallejo sí, y es Fernando el que se lo explica, le dice que ya está bien, estás atrapado en la única trampa que no tiene salida, hombre: la muerte.

Su legado
Vallejo nació en 1985, en uno de los libros más tiernos y divertidos de la literatura en español, Los días azules, en el cual nos cuenta de su niñez con la misma nostalgia y arte que Tolstoi de la suya. Luego fue reapareciendo en siete libros más, escribió una biografía de Silva, y plagió una biografía de Barba Jacob que Fernando Vallejo había publicado en 1984 y que el viejo republicó como cosa suya en 1991. De manera que la herencia de este muerto es más bien extensa: ocho relatos autohagiográficos, como él decía, un panfleto reaccionario en contra del darwinismo, una biografía original y otra plagiada. Ah, y numerosos ensayos y entrevistas que algún día uno de sus discípulos recogerá en un libro con anotaciones.
El legado de Fernando Vallejo, que todavía no es tal porque él no se ha muerto, es más extenso: dos cortometrajes, tres largometrajes, una gramática del lenguaje literario, ocho novelas, una colección de ensayos científicos, una biografía, y otras dos novelas disfrazadas de biografías. La gente, sin embargo, el ingenuo lector que lee como ve televisión (pasivamente), cree que Fernando y Vallejo son la misma persona. ¡Qué va! Es que hay lectores muy pendejos. Son dos personas distintas. Eran, porque una ya se murió.
El muerto era un hombrecito rabioso, frentón y escaso de pelos, malacaroso, enfurruñado, de ojos rabiosos y edad estática entre los 45 y los 60, que vivía solo en un apartamento de Ciudad de México. Su única compañía era una perra negra, Bruja, que se le murió, y a la cual recordaba y lloraba constantemente, como quien reza un padrenuestro. Escribía para desahogarse y lo que escribía lo repetía en entrevistas y discursos sin cambiar una coma.
El vivo es un hombre elegante, de sien filosófica y un poco canosa, tierno, amable, de ojos tristes y 63 años de edad, que vive en un apartamento de Ciudad de México con su compañero de varios años y un canino que no se llama Bruja. Tiene muchos amigos, los cuales le reconocen innumerables virtudes, pero sobre todo la modestia y la honestidad. Escribe para pasar el tiempo, y nunca da entrevistas.
Entonces, si la cosa es tan clara, ¿por qué la gente los confunde? Primero, como ya dijimos, porque la gente es pendeja, y segundo, porque Fernando Vallejo, el vivo, es un novelista de primera.
La paradoja es ésta: Fernando Vallejo, un novelista de primera categoría, es tan convincente en sus novelas, que la gente no lo toma «seriamente» (en el sentido intelectualoide) como novelista. Es igual que con la Biblia: quedó tan bien hecha, que la gente vive convencida de que todo lo que dice ahí que pasó, pasó. Así, cuando Fernando pone a Vallejo, digamos, a matar conserjes en París, le creemos a pie juntillas, le creemos como creemos los bombazos y las muertes del noticiero diario. En otras palabras: la gente no toma las novelas de Fernando Vallejo como novelas, sino como confesiones. Creen que porque Fernando Vallejo dice «yo», se refiere a «él mismo», cuando en realidad se trata simplemente del «yo narrador», el mismo «yo» de tantos otros autores a los que nadie comete el error de identificar con su narrador. Éste tal vez sea el mayor logro a que cualquier novelista pueda aspirar: que le crean todo. Pero ¿por qué le creemos todo a Fernando Vallejo? ¿Por qué sus lectores queremos o detestamos tanto a Fernando Vallejo, el autor, sin conocerlo, sólo por sus libros? La respuesta reside, creo, más en nosotros que en él.
Vivimos (y cuando digo vivimos me refiero a los que nos damos el lujo de leer novelas en Europa y América) en el mundo del posmodernismo literario, vale decir, el mundo de la vaguedad, el abuso del prefijo y el sufijo, la delicadeza afectada, la ambigüedad deliberada, la tolerancia de cajón y la precaución en la expresión. Hay que decirlo: es un mundo, literariamente, bastante aburrido y limitado. Es un mundo en el que el extremismo en la expresión y las emociones demasiado claras no tienen cabida. Si hay dos cosas que definan la temática de la obra literaria de Fernando Vallejo son éstas. Vallejo reconoce, y el posmodernismo no, que todo ser humano tiene la necesidad intrínseca de expresar ira y odio en determinados momentos, y también reconoce que eso no se le permite impunemente a casi nadie hoy en día. La ironía es que el posmodernismo, que nos ha liberado en la expresión de lo sexual, al mismo tiempo nos ha amordazado en la expresión de algo más bajo: el odio.
Son precisamente esa necesidad y esa represión las que explotan y hacen exitosos a comediantes como Andrew Dice Clay y George Carlin, a cantantes como Eminem y a escritores como Fernando Vallejo. Ellos son los nuevos pornógrafos, los verdaderos transgresores. Me dirán que una comparación entre un rapero estadounidense homofóbico y un escritor colombiano homosexual es un oxímoron. Yo respondo que tiene que ser un oxímoron porque la comparación no depende de lo que son, sino de lo que atacan, de su enemigo común: la complacencia del burgués cultural (y burgueses somos todos) consigo mismo y con la sociedad que se le ofrece. Cuando llegan ellos, los pornógrafos, y lanzan un bombazo verbal en medio del concierto aletargante que es nuestro discurso cultural, inmediatamente hay quienes piden su cabeza, por lo que sea: por impíos, por maricas o antimaricas, por vulgares, por directos, porque nos hacen quedar mal. También hay quienes corren a apoyarlos, a comprar su producto (porque siempre hay un producto para comprar), a leonizarlos y a defenderlos, como yo, que no soy ni marica ni antimarica pero que quiero que existan los dos y que se expresen abiertamente.
Por eso Fernando Vallejo es la gran voz liberadora en la literatura contemporánea, como antes lo fue Henry Miller (a quien también le creían todo) y, antes de él, Gustave Flaubert (ídem). En un mundo literario en que los viejos se dedican a escribir memorias mediocres, a repetir las viejas tramas de incesto con la tía o a desenterrar figuras pseudohistóricas y ponerlas a caminar y hablar sospechosamente parecido a como habla el autor, y en el que los jóvenes se derriten en los jugos de su propia «originalidad» para llamar la atención fugaz del crítico del momento, la voz de Fernando Vallejo, sola en el espacio, es a la vez una provocación y un incentivo.
Una provocación a pensar, a no tragar entero, a pisotear las vacas sagradas de la historia y la cultura, porque sólo así se llega a la verdad; un incentivo a descubrir qué es lo que realmente sentimos, no lo que nos han dicho que debemos sentir, y luego, a expresarlo sin miedo.
Lo que se esconde detrás de todo esto es, a estas alturas, obvio: el secreto de la credibilidad y el éxito de Vallejo, y de artistas como él, es su personalidad. En un mundo que trata de escurrirnos hasta la última gota de originalidad y diferenciación para convertirnos en simples unidades de un grupo demográfico de mercadeo claramente definido, de gustos y prejuicios afines, la expresión repentina de una personalidad fuerte, sólida, confiada en sí misma y aparentemente independiente, es muy atrayente. No hay nada más seductor que la seguridad en sí mismo: en la cancha, en la política, en los negocios y en el arte, esto es lo que separa al líder de la manada. Y la mejor manera de demostrar seguridad en sí mismo es demostrar que a uno no le importa lo que piensen los demás: yo sé lo que soy, sé lo que pienso, y ustedes, jódanse o síganme. Es esto también lo que hará que Vallejo, el muerto, perdure después de la muerte de Fernando Vallejo, su creador.
Hay dos maneras de alcanzar la inmortalidad literaria: la primera, dejando ladrillos importantes para el estudio de los profesores (Milton, Joyce), que se encargarán de la supervivencia del autor; la segunda, dejando una imagen en la mente colectiva de la humanidad: un símbolo, un personaje. Estrictamente, no son entonces los autores los que sobreviven sino sus personajes, y el interés que éstos suscitan suscita a su vez interés en sus creadores. Los hombres que el mundo recuerda con más cariño son aquellos que crearon o fueron grandes figuras: Cervantes y su hidalgo, Rabelais y su Gargantúa, Shakespeare y su Hamlet, Voltaire y él mismo, Twain y su Huck.
Fernando Vallejo nos ha dejado un gran personaje, un personaje quijotesco y gargantuico, que odia a su madre, compone epigramas y siempre nos hace reír, un viejo llamado Vallejo. No sobrevivirán los largometrajes ni la gramática, y tal vez ni siquiera las biografías, pero sobrevivirá ese personaje, y a través de él, las novelas, y a través de las novelas, Fernando Vallejo, el hombre con los ojos más tristes de la literatura colombiana.
—Damián Rojas

    

NO SÓLO FEMINISMO

Género: femenino. Un ensayo autobiográfico
Florence Thomas
Bogotá, Aguilar, 2003 (165 pp.)

Uno de los lanzamientos más concurridos en la pasada Feria del Libro fue éste, dado que su autora está de moda.
Se trata de una brevísima autobiografía: 165 páginas, escritas por una mujer que, al llegar a los sesenta, se halla en la cresta de la ola de la fama en su país de adopción, por cuenta de sus continuas y punzantes intervenciones verbales (foros, seminarios, tertulias) y escritas (ensayos, columna quincenal en El Tiempo).
Florence recalca en el texto que no es escritora y que no quiere serlo; sin embargo, nadie le cree. La traicionan los ensayos, las columnas y los artículos que hace permanentemente, al igual que sus cuatro libros publicados y en especial su última obra, porque en ella se revela como narradora, una prueba más de las que la acreditan como escritora.
¿Novela, ensayo, autobiografía? El género literario de este libro no se puede precisar, ya que es una mélange —mezcla, para usar una palabra familiar a Florence—. Lo que sí no tiene vuelta de hoja es su propósito: la confesión. La combativa feminista hace un alto en su lucha cotidiana para darle paso a una bella y tierna confesión, que va hilando con desparpajo y sin vergüenza.
Género: femenino se lee de una, no sólo porque es un relato interesante y porque está muy bien escrito sino porque, conociendo a su autora, bien por las declaraciones públicas, por sus charlas y cursos, o bien por sus columnas, el (la) lector (a) pasa las páginas con la avidez propia de «Susanita» (la amiga de Mafalda), quien no se pierde detalle de la vida de los demás, ya que a lo largo del texto nos enteramos de casi todos los detalles, secretos, fortalezas y debilidades de la vida de Florence. Nos volvemos sus «íntimos», ni más ni menos.
Los (as) lectores (as) de Género somos los (as) receptores (as) de esa confesión emotiva y apasionada tanto de su vida pública como de su vida privada.
Escrita con su estilo directo, en ninguno de los episodios que cuenta con desenfado se pierde esa contundencia, ni siquiera en la narración del reencuentro con su primer amor, un reencuentro al que le sobran las palabras, esas palabras que se le agolpan en la cabeza, se le encaraman en los hombros y no se le bajan hasta que le salen por la boca como lenguas de fuego; y las que no dijo las guardará algunos años para escribirlas y hacerlas públicas.
Quiéralo reconocer o no, Florence es escritora y lo testifica este bello libro en que nos cuenta cómo llegó a Colombia, cómo se volvió feminista y cómo fue el reencuentro con su primer amor, treinta años después.
Son todos episodios que escribe sin antesalas, sin dibujarlos y sin buscarles antecedentes y consecuencias, pero que constituyen el testimonio de épocas vividas, ciudades amadas y continentes descubiertos. Pero, sobre todo, son la suma de acontecimientos por los que dio un cambio radical de postura ante la vida: el aprendizaje del ser mujer. Aprendizaje relativamente fácil, lo que cuesta es su práctica.
Y esa práctica, también, forma parte del libro. Todos los sinsabores, angustias, malos ratos e incomprensiones que, puestos en la balanza, se contraponen a los momentos gratos en que una mujer del común se le acerca a dar las gracias o en los que testifica con felicidad los cambios de comportamiento y de relación de sus amigas, de sus alumnas, de sus colegas, de las mujeres luchadoras. Por todo esto, esa balanza se inclina a su favor, a su lucha feminista que pregona las veinticuatro horas del día y que ha incorporado a todas sus actividades.
La presentación de Género: femenino es una de esas páginas inolvidables por la belleza, sonoridad y espontaneidad con que está escrita. Esa es la aguerrida feminista que vive, sueña, lucha y ríe en Colombia por opción y por pasión. Una mujer frentera, con sentido del humor y, por supuesto, que sigue siendo muy francesa.
Vale la pena hincarle el diente a este libro, no para pelear y contradecir planteamientos con los cuales se puede estar en desacuerdo sino para husmear en la vida de una mujer que no descansa en su militancia de género ni siquiera en los momentos amorosos, pero que sobre todo ha recorrido un largo trecho de la vida peleándose por el derecho a decir lo que piensa y por hacer visibles a las mujeres. A fe que lo ha conseguido. Por ese triunfo vale la pena leer y pensar sobre su ejemplo de vida, en este género femenino.
—Myriam Bautista González

    

PANAMÁ Y LA HISTORIA DE LA
DEPENDENCIA DE LA FUERZA DE OTROS

El país creado por Wall Street. La historia no contada de Panamá
Ovidio Díaz Espino
Bogotá, Editorial Planeta, 2003 (272 pp.)

¡Arde Panamá!
Juan David Morgan
Bogotá, El Áncora Editores, 2003 (554 pp.)

Panamá fue un departamento de la república de Colombia durante 82 años, tiempo en el cual hubo varios intentos de independencia —al menos tres— que fracasaron por la fuerza del ejército colombiano. En la época de la Colonia, Panamá no fue parte del virreinato de la Nueva Granada y su anexión a la Gran Colombia estuvo relacionada con la independencia que los panameños buscaban de España y la posibilidad de tener el apoyo del ejército que existía en Colombia.
Los dos libros con los que contamos ahora, aunque muy diferentes en su forma, se complementan para narrar parte de la historia de Panamá. Para sus autores, la actitud de Colombia con su entonces departamento fue la de un gobierno «con el criterio estrecho que en épocas ya remotas aplicaban a sus colonias las naciones europeas».
En su libro, de estilo periodístico, Díaz Espino ordena los hechos de manera cronológica y se basa en documentos históricos que cita detalladamente. El marco de su narración, como está explicito en el título, es el negocio que se hizo y enriqueció a un grupo de inversionistas norteamericanos y franceses. El autor define a los protagonistas de los hechos desde el principio y, a modo de obra de teatro, los identifica con una pequeña biografía. Son ellos Joseph Pulitzer, William Nelson Cromwell, Theodore Roosevelt, J.P. Morgan, Philippe Bunau Varilla, John Tyler Morgan, Mark Hanna, John Hay, Manuel Amador Guerrero y el general Esteban Huertas.
Es claro desde esas primeras páginas que al autor no le interesan lo sucedido en Bogotá durante ese período ni la negligencia de los gobernantes colombianos. La historia no contada de Panamá es una obra en la que se narra la determinación de los grupos económicos involucrados para hacer el negocio de su vida. Un triunfo de los hombres de Wall Street, norteamericanos y franceses, que estaban a favor de Panamá, y una derrota de los norteamericanos alineados a favor del negocio del canal por Nicaragua. En el negocio, Colombia no logró ser un obstáculo y la naciente república de Panamá menos. Paradójicamente, en toda la amplia bibliografía que cita el autor no hay ningún documento colombiano, ni oficial ni privado.
La idea que Díaz Espino da de la Colombia de ese entonces puede resumirse en la cita que hace de Bunau Varilla, en la que se muestra lo corto de miras que era el país en ese entonces. «Construida en un altiplano de los Andes a 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar, Bogotá era una de las ciudades más inaccesibles del mundo. Para llegar a la capital los viajeros tenían que remontar nueve días el río Magdalena desde Barranquilla hasta el pequeño pueblo de Honda, y luego proseguir camino a lomo de mula durante otros tres días». «Debido a su aislamiento, los ecos del mundo exterior que allí llegaban se debilitaban por la distancia», escribió Bunau Varilla. «En Bogotá, todos los asuntos extranjeros parecen ser puramente teóricos, abstractos y remotos. Generan discusiones semifilosóficas en las que el espíritu de controversia se agudiza sin consideración alguna por las realidades tangibles y sus consecuencias materiales».
El personaje principal para Díaz Espino es el abogado William Nelson Cromwell, quien hace todo el trabajo de intriga política en Estados Unidos y Francia. Este hombre de negocios representaba los intereses de la compañía francesa dueña de la concesión para la construcción del canal en el istmo, y fue contratado con el fin de vender la concesión a Estados Unidos y evitar que se construyera el canal en Nicaragua.
Por su parte, en Arde Panamá Cromwell comparte el protagonismo con el ingeniero y periodista francés Philippe Bunau Varilla. Sin embargo, el médico Manuel Amador Guerrero, uno de los próceres de la independencia de Panamá, tiene una vital importancia en la novela. El tiempo que el doctor Amador pasa en Nueva York tratando de construir la estrategia conspiradora es la historia de la pobreza de la conspiración de los panameños y la necesidad de tener líderes extranjeros para lograr su causa. Los resultados obtenidos por Panamá en las negociaciones fueron lo suficientemente precarios como para ocultar la historia durante mucho tiempo.
Toda la historia es fascinante, sin importar de qué lado se mire. En la obra de Díaz Espino impacta la claridad que tiene al describir cómo un gran negocio modificó el estado de la política internacional entre los países involucrados y cómo, de paso, dejó a Nicaragua sin ninguna posibilidad de canal interoceánico, sumida en la pobreza y con la esperanza perdida.
A diferencia de la versión periodística de Díaz Espino, el contexto histórico es muy rico en la novela de Morgan y recoge el ejemplo de Walker cuando fue dictador de Nicaragua y su asesinato posterior a manos de los propios nicaragüenses, como también la participación de extranjeros en gestas nacionalistas, poniendo como ejemplo a La Fayette en la independencia norteamericana.
Morgan dedica gran parte de la novela a recrear los escenarios de la política colombiana en Bogotá y a describir cómo el gusto por el poder y la envidia entre hombres del mismo partido pusieron en riesgo la integridad de la nación. Las discusiones entre los conservadores nacionalistas y los conservadores históricos, así como las estrategias electorales y los insultos de carácter personal, hicieron perder a sus protagonistas la visión global de la república y, de paso, el istmo de Panamá. En el curso de los años de la separación el partido conservador, victorioso luego de la guerra civil, se concentró en afianzar el poder absoluto en el gobierno central y en establecer una sola forma de pensar dentro del partido. Las diferencias entre José Manuel Marroquín y Miguel Antonio Caro están presentes en la columna vertebral del libro de Morgan, construyendo un contexto que no se puede pasar por alto. La necesidad del carácter de Caro, de sentirse como único poder real en Colombia, llevó a que el resto de los políticos colombianos no vieran más allá de esa pelea interior. Se alcanza a leer entre líneas que nuestro afamado y apreciado presidente jamás fue capaz de hacer causa común con otros colombianos de su mismo partido para sacar provecho de la posición geográfica que se tenía entonces y que ahora ya no existe. Aunque Morgan pone estos hechos en discusiones construidas gracias a la fantasía del escritor, no es difícil considerarlos veraces.
Hay un personaje que Morgan describe como el más detestable de los políticos de la historia de Colombia, el entonces senador por Panamá Juan Bautista Pérez y Soto, que pese a ser panameño fue el más vehemente y radical de los senadores nacionalistas. Era tal la inconveniencia de su ser político que Caro, a pesar de utilizarlo para lograr hundir el tratado Herrán-Hay, no soportaba la forma como hablaba, ni su presencia física. Fue el señor Pérez y Soto uno de los primeros periodistas y políticos colombianos que crearon el discurso nacionalista en contra del imperialismo yanqui. La oposición que le hizo al tratado Herrán-Hay, por el cual Estados Unidos continuaría la obra dejada por los franceses debido la quiebra de la empresa, fue la más radical de todas e iba más allá de los intereses de los conservadores nacionalistas para quedarse con el poder y obstaculizar la presidencia de Marroquín. Sugería que era mejor luchar y morir dignamente ante el imperio, antes de negociar con los yanquis. La no ratificación de dicho tratado en el Congreso colombiano se debe, siguiendo la novela de Morgan, a la férrea posición de Pérez y Soto y al apoyo que Caro y los nacionalistas le dieron al senador panameño.
En algunos pasajes de uno y otro libros parece que se excusara la torpeza colombiana debido a la ferocidad y pericia de negociantes como Cromwell y Bunau Varilla. Las ganancias que se obtuvieron a raíz de la independencia panameña, de la construcción del canal y de su puesta en operación son incalculables pero evidentes. El impulso por sacar adelante esa obra fáustica parece tener asidero en la opción del poder y del capital. Es ahí donde la figura de Theodore Roosevelt se presenta como ejemplar para la historia. Su influencia fue tal, que sólo hasta después de su muerte Estados Unidos reconoció una indemnización al Estado colombiano. Esto no fue un acto de altruismo ni mucho menos, sino una acción política y de negocios muy clara, ya que antes de este pago se había descubierto petróleo en el Magdalena Medio y para empezar el negocio un reconocimiento histórico no venía mal, para luego saber que los pozos que las compañías norteamericanas exploraron en ese entonces fueron con contratos a perpetuidad. Formas de negocio que afortunadamente ya no existen en Colombia.
La novela de Morgan tiene partes de una riqueza literaria inmensa. Mucho tiempo después de la separación, uno de los periodistas de Pulitzer, el señor Henry Hall, establece una amistad bastante tormentosa con la familia Bunau Varilla durante su retiro en París, en donde vive solo con sus recuerdos y sus frustraciones. Hall logra salir por momentos de lo que parece ser una depresión profunda, gracias un encuentro fortuito con Bunau Varilla, lo que le genera un impulso para terminar la historia de los cuarenta millones de dólares que Estados Unidos le pagó a la compañía francesa por la concesión y los trabajos realizados en Colombia. La frustración para Hall estaba relacionada con la imposibilidad de contar quién se había enriquecido, mientras que la de Bunau Varilla consistía en no poder vanagloriarse ante el pueblo panameño.
El contraste de las percepciones de la realidad de los hechos entre estos dos hombres es profundamente enriquecedor para la historia de la independencia de Panamá, y en esos momentos del libro los personajes toman todo el dramatismo de la frustración y la soledad. El resto de la novela no tiene la fuerza ni la riqueza de esos capítulos. Los relatos en París hacen sentir que la narración es propia del escritor, que ha sentido el dolor que embarga a los dos periodistas retirados, y la vida amorosa de ambos aparece con la franqueza de las historias verdaderas, en donde a pesar de que los elementos de poder dirigen las intenciones de los hombres, aparecen los refugios de la ternura y necesidad de protección.
En el libro de Díaz Espino, el malo, desagradable y arrogante de la historia es Philippe Bunau Varilla, seguido de cerca por Cromwell, mientras que para Morgan todo el desprecio cae sobre la figura de Cromwell, quien además de ser el más corrupto de los que viven en la línea del delito, aparece como un cobarde.
En ambos textos, la actitud de Bunau Varilla es la de un traidor que usó su título como ministro plenipotenciario de Panamá en Washington para negociar el tratado con Estados Unidos con el cual se enriqueció. La palabra traición está puesta al lado del nombre del ingeniero francés, como también el tratado Hay-Bunau Varilla que acompañó a Panamá casi un siglo.
Sin embargo, al final de la novela de Morgan la amistad que Henry Hall construye con los Bunau Varilla en París intenta mostrar otras facetas del francés que logran modificar un poco la idea de traidor que en Panamá se tiene de él. Mientras que con el pasar de las hojas, en los dos libros el nombre de Cromwell no consigue nada más que repudio.
El destino de cada uno de los protagonistas, luego de la independencia de Panamá, está descrito al final de la novela de Morgan, en la que el triunfo individual o la frustración puede entenderse con toda claridad.
El complemento que se da a la versión panameña en ambos textos es suficiente para creer que no sólo es una versión panameña sino un par de libros para la historia conjunta de Colombia y Panamá.
En la última página del libro de Díaz Espino se rescatan las figuras de Ómar Torrijos y de Jimmy Carter, al igual que del tratado que lleva sus nombres. Queda claro para el autor, entonces, cuál debe ser la política con la que se negocie entre los iberoamericanos y Estados Unidos.
—Pablo Zuleta

    

EL LENGUAJE TIENE LA PALABRA

Ensayos sobre filosofía y cultura en el mundo contemporáneo
Camilo García
Bogotá, Ecoe Ediciones, 2003 (245 pp.)

Los catorce ensayos que integran este libro buscan entablar un diálogo con algunas obras y sus autores, a partir de una lectura que cuestiona y se interroga a su turno sobre las preguntas que tales obras pretenden responder. El diálogo así planteado se convierte en discusión crítica con los textos, ya que la intención del autor no se asimila a la apología o la exégesis. Además de querer entender el mundo a partir de comprender algunas de las obras que buscan explicarlo, el autor aspira a mantener y continuar «ese diálogo que somos cuando ingresamos al universo simbólico de la cultura», como lo entendía Gadamer.
Los problemas que aborda el autor de estos ensayos se inscriben plenamente en el horizonte de la modernidad. Desde la emergencia del sujeto epistemológico que hace posible el descubrimiento de América, hasta la función del panóptico en la institución penitenciaria, pasando por la complicidad de poesía y pensamiento en la ampliación de los límites de la conciencia, y el análisis de varias obras artísticas y literarias, estos temas tienen un denominador común: el interés por el lenguaje como vehículo ideal para descifrar el sentido del mundo y para corregir el rumbo en los avatares de la existencia. Diálogo plural con obras y autores centrales de la cultura de Occidente en el que se repara en los silencios que reclaman pronunciamientos, o en los olvidos que acaso señalen complicidades.
Literatura, filosofía, pintura y poesía confluyen en un ensayo general de interpretación de la condición humana en el mundo contemporáneo por fuera de la órbita de los temas de moda y, antes bien, asumiendo aspectos de la vida moderna que se encuentran en el centro de los problemas que reclaman atención más urgentemente. Desde el intento audaz de descifrar la mendacidad moral del colombiano, a partir de la lectura de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hasta reclamar para el Nuevo Mundo de América el elemento integrador que posibilitó la existencia de una imagen del mundo moderno, y los correlatos del lenguaje para expresar los tormentos del alma alejada o dejada de lado por los dioses y huérfana de la fe religiosa, los ensayos aquí reunidos proponen la lucidez «en una era bajamente romántica».
A partir de una compenetración con algunas de las obras capitales de la cultura contemporánea (Teoría de la acción comunicativa, de Habermas; Vigilar y castigar, de Foucault; la pintura de Chagall o la obra narrativa de Borges, García Márquez o Martí), el autor explora los alcances y señala las limitaciones de las mismas para hablar sin reatos de Dios y de Cristo, de la cábala y de la cuestión judía, del destino de América y de Colombia, para arriesgar, en fin, asertos sobre el hombre, el tiempo, el mundo, el mito, la historia.
En el ensayo «La raíz religiosa del habla pública democrática», por ejemplo, el autor ahonda en la importancia que le confiere al lenguaje, al situar como puente entre la tradición democrática actual y la clásica ateniense la figura de Cristo, quien, según el autor, vino a revolucionar la concepción del lenguaje oral como fuente misma de la divinidad y a darle imagen humana y contingente a su mensaje. Al presentarse como portavoz de Dios padre y como Dios mismo, Cristo no sólo les habló a los más humildes sino que además los escuchó y los instó a que le hablaran, rompiendo con este gesto una tradición atávica de distanciamiento tanto del poder terrenal como del sobrenatural frente al pueblo, ya que en la tradición judía sólo el rabino tiene interrelación directa con Dios, en tanto que a partir del mensaje de Cristo todo hombre está en capacidad de relacionarse directamente con él. La misma Iglesia católica se arroga el derecho de decidir sobre el sentido de las palabras de Cristo y declara herético a todo aquel que pretende escuchar a Dios sin intermediarios de ninguna especie. No obstante proclamarse fieles a la tradición cristiana, las monarquías europeas desconocieron este derecho fundamental de los pueblos frente al poder terrenal y sobrenatural, razón por la que la burguesía instauró, en ocasiones por la violencia, el Estado de derecho para reivindicar la igualdad de los hombres ante los poderes establecidos.
El solo planteamiento de este tipo de asuntos es algo enteramente inusual en el medio filosófico colombiano, donde el tema religioso es considerado tácitamente anacrónico, vedado y asaz carente de interés, como no sea planteado como objeto de la crítica ideológica o de su enfrentamiento con el pensamiento materialista. El hecho de rastrear las raíces del habla pública democrática hasta el discurso de Cristo es notable, lúcido y temerario. De este modo, en la estructura del Estado democrático, con todas las imperfecciones que se le puedan abonar, la figura del parlamento representa el esplendor del poder de la palabra hablada, ya que allí se hace efectiva la transformación de la palabra en acción, en poder que incide en la realidad de las cosas del hombre y del mundo. De ahí también la responsabilidad del individuo en el uso y pertinencia del lenguaje y, por esta vía, en la integridad de sus propósitos.
El placer, el deseo, la función de erotismo en el mundo actual son otros temas de la cultura contemporánea que reclaman la atención de Camilo García y que constituyen aspectos soslayados por la filosofía académica. La sensibilidad, la intuición, lo no racional son, pues, asuntos abordados por el autor para hacer más complejo el elenco de temas de la modernidad y los que les dan relevancia a los ensayos de este libro. En «La función del erotismo en el mundo actual», para el caso, el autor indaga por la relación que guarda la publicidad en las sociedades de mercado, cuando los mensajes de consumo, confort y bienestar involucran como parte del cuerpo de las mercancías el cuerpo hermoso y deseable de hombres y mujeres que se ofrecen en actitud provocante, seductora, invitando al placer y despertando el deseo de poseer sexualmente esos cuerpos en el afán de consumir los productos que ofrecen. Los pensadores de la escuela de Frankfurt, quizá los primeros en explorar las características de la así llamada industria cultural, creyeron ver en este fenómeno una manifestación del fetichismo de la mercancía estudiado por Marx, una expresión de la alienación en la que la sociedad capitalista sume tanto a productores como a consumidores. Sin embargo, este juego de promesa y frustración que estimula el juego consumista alberga un alcance mucho más sutil y definido que tiene que ver más con el universo simbólico que con el ámbito de la producción y del mercado. Su alcance, al satisfacer la necesidad de placer del individuo, llega hasta validar el sistema de producción que ofrece tal producto con esta «bella» forma, que de otra manera resultaría más bien prosaica. «Los individuos aceptan —dice el autor— voluntariamente vivir en este mundo porque les proporciona, ante todo, y por encima de todo, las imágenes vivas de los objetos y los cuerpos que desean siempre para vivir. En esta experiencia de satisfacción que los seres humanos viven se halla un soporte subjetivo, tal vez el más importante, a mi juicio, de un orden económico que se extiende y se preserva como si fuera algo natural» (p. 179).
En «Poesía y filosofía: una imagen del hombre moderno», el autor busca hacer explícito desde los campos de la filosofía y de la poesía el amplio universo que se abrió en la cultura occidental con el declive de las filosofías de la conciencia. Desde la Grecia clásica, la conciencia se había erigido en la entidad que definía el ser del hombre, su esencia irreductible. Esta primacía pareció llegar a su fin con la culminación del largo periplo histórico que desemboca en la filosofía hegeliana. A partir de las críticas de Feuerbach, Marx y Nietzsche, pero sobre todo a partir de Rimbaud («Yo soy otro»), afirma el autor, la hegemonía de la conciencia dio paso a una no conciencia, indispensable para caracterizar la esencia y el sentido del hombre moderno. Poetas como Pessoa, Rilke, Celan, Huidobro, brindaron voces a esta otra realidad y celebraron un mundo hasta entonces inexplorado, al cual el psicoanálisis freudiano designó como el inconsciente, todo un continente sumergido que en buena medida sustenta a la conciencia. Filósofos como Bataille, Foucault, Deleuze, Derrida y Levinas, entre otros, exploraron esta no conciencia del hombre para descubrir lo otro y el otro exterior e independiente del ego cartesiano, piedra sillar de la filosofía de la conciencia. De tal manera que desde las vertientes de la poesía y del pensar moderno se fue poblando este territorio inexplorado del alma humana, mucho más amplio y más complejo de lo que la razón y la conciencia sospechaban. De este modo, la vida del hombre se enriqueció en amplitud y complejidad y se fundamentó su capacidad creadora, que a semejanza de la creatividad que demuestra la naturaleza al reproducirse y conservarse, pone de presente la infatigable voluntad de forma que la anima.
En «Cien años de soledad y Colombia», el autor parece haber recogido la sugerencia hecha por don Ernesto Volkening en un ensayo de interpretación temprano sobre la saga de los Buendía, cuando al final de sus «Notas al margen de Cien años de soledad» comenta que «valdría la pena escribir un ensayo en que la historia de una estirpe serviría únicamente de ejemplo propio para demostrar cómo el ímpetu sexual, suerte de rabiosa deidad fálica, primero se lanza, saliendo de su cauce matrimonial, a la conquista, inunda los predios aledaños, va cada vez más lejos en el intento de satisfacer sus insaciables apetitos, se desparrama por toda la comarca en cuyas veredas deja regados batallones de espurios; después de haber llegado al clímax de su formidable capacidad procreadora, se torna díscolo, extravagante, propenso a los fantásticos juegos del amor y, finalmente, cansado ya de sus andanzas, vuelve hacia sí mismo, ansioso de realizar en una postrera orgía incestuosa el primigenio ideal de la “familia total” que evocara el austriaco Heimito von Doderer en Los Merovingos». Pues, en efecto, el autor de los ensayos que reseñamos realiza una lectura de Cien años de soledad desde la «vitalidad natural del deseo», en donde «cada personaje encarna un modo de ser propio de la vida de esta fuerza original que impulsa y orienta». Esta fuerza ciega es la que desquicia el orden cultural, imponiendo en su lugar la naturaleza primigenia que desconoce el tabú del incesto, y en donde el deseo natural «ordena autónomamente las condiciones de su propia satisfacción». Al análisis que emprende Camilo García de la novela de García Márquez lo estructura la tríada de conceptos: la casa, la locura y el incesto. Recordemos que La casa era el nombre que García Márquez quería darle inicialmente a su novela sobre Macondo, ya que la acción transcurre en mayor medida dentro de sus predios. La locura y el incesto son por demás las grandes pasiones que guían y dominan a casi todos los varones de la familia Buendía, hasta terminar arrinconándolos en la impotencia y la muerte. La dificultad que encontramos en el desarrollo de este análisis es el intento fallido de hacer aparecer Cien años de soledad como la obra artística que desentraña el acertijo que constituye el ser colombiano. Es cierto que la transgresión de las normas que rigen la vida social y familiar es una característica de la vida nacional y que el supuesto acatamiento de las normas que da la apariencia de respeto a la ley no son más que otras facetas de la simulación. Pero anotemos que estos elementos no son privativos del colombiano. A este propósito comenta André Gide en su Diario (1889-1949): «A cada nuevo reglamento que imponen en Francia, cada ciudadano francés se cuida de saber, no cómo cumplirlo, sino cómo eludirlo. Vuelvo siempre a lo mismo: se habla de falta de organización, pero hay que hablar de falta de conciencia». El hecho de que, en apariencia, se respete más la ley en los países desarrollados que en estos «tristes trópicos» se debe en gran medida a que existe un aparato represivo más eficiente y no a que haya mayor civilidad entre sus ciudadanos. Es el temor al castigo lo que hace desistir al delincuente potencial de la acción delictiva y no la ley moral. La condición humana es indigente y se puede afirmar, sin extremismos, que no hay progreso moral ni ético del que puedan dar cuenta los tiempos que corren.
Por otra parte, Cien años de soledad es, antes que nada, una estupenda recreación poética de la cultura caribe, cultura específica de la costa atlántica colombiana y de sus confines antillanos, y no se pueden generalizar ni su cosmología ni sus mitos, sus costumbres y situaciones de vida al conjunto de la nación. La riqueza misma del lenguaje con el que García Márquez plasma la exuberancia del trópico y la desmesura de su historia son propias de la cultura caribe, que exhibe en todo un arte colorido y alucinado, sensual y bullanguero, en ocasiones, con el que suele cubrir sus muchas miserias reales. Tal vez por esto mismo, el autor del ensayo se ve precisado a introducir un acápite complementario al que intitula «La historia como transgresión», para dar cuenta de aspectos que se encuentran al margen de la novela —que competen más a la historia reciente de nuestro país—, para poder culminar la ingrata empresa de inventariar las características anómalas del colombiano.
Sin embargo, la interpretación general es válida y pone de manifiesto la versatilidad del ensayo para tratar temas por demás arduos y ambiciosos. No obstante, en el uso que hace el autor de este género literario, deploramos el lastre académico (patente en el soporte de notas del texto) que le impide volar al escritor. De ahí la gracia que ostentan los ensayos cortos sobre los de mayor extensión. Pero ésta es una observación menor frente a los sugerentes temas abordados y al rigor de su desarrollo, además del deleite de ese diálogo en que nos convertimos «cuando ingresamos al universo simbólico de la cultura».
—Ricardo Rodríguez Morales

    

TEATRO EN
BARCELONA

Tu mano en la mía...
Sobre Je prens ta main dans la mienne, de Carol Rocamora. Puesta en escena de Peter Brook (Barcelona, 5 de julio de 2003, teatro Romea)

Una nueva cita con el teatro, con el teatro de Peter Brook. Cataluña arde de calor y la cita es tarde, nueve y treinta de la noche, cuando el barrio de El Raval continúa encendido de inmigrantes, de viejos habitantes de otras calles, ahora instalados en el laberinto gris y feliz de las calles de la vieja Barcelona. El teatro Romea no nos remite a otros lugares acostumbrados para la gesta escénica del gran director (ya de origen) inglés. No estamos ante las ruinas fascinantes de su Bouffes du Nord de París. No estamos en las montañas sagradas de Gurdjeff, ni en el asilo de Vincennes, reconstruido, quizás en Londres, para su Marat-Sade de los lejanos sesenta.
Ahora, el piso en blanco y negro, ajedrez de fuego, nos guía por otras rutas hacia una sala frontal, de dos pisos, con público semicircular, que se instala muy disciplinado en las tribunas, como para una discreta y ya conocida ceremonia. Quien esto escribe no ve jóvenes. A todos les brillan, nos brillan, las calvas heladas, los cabellos plateados y leemos sin demasiados aspavientos las líneas del programa de mano. Un llamado, dos llamados, tres llamados. Sé de incumplidos que, a las nueve y veintinueve minutos de la noche, no pudieron entrar. Peor para ellos. Debieron quedarse viendo los mimos estáticos de las Ramblas, los patinadores de la fachada del Macba, las carcajadas discretas de los filipinos. Vaya uno a saber. A las nueve y treinta minutos, las luces del público parpadearon hasta desaparecer. Sobre la escena, una alfombra; sobre la alfombra, un tapete; sobre el tapete, una mesa; sobre la mesa, otro tejido oriental, y a lado y lado, tres sillas negras. Silencio. Michel Piccoli y Natasha Parry entran al espacio sagrado. Él, vestido de lino beige y blanco, no parecía Michel Piccoli. Quien esto escribe lo recuerda con mucho más pelo, mucho más travieso, en decenas de películas francesas, en los filmes de Buñuel desde La vía láctea, en La gran comilona, en La maladie de la morte, en la eterna La belle noiseuse. La persistencia del cine siempre traiciona la contundencia de la vida real. Él, Piccoli, quien ya había estado en otra visita chejoviana con Peter Brook en su apocalíptica versión de El jardín de los cerezos, era otro. Era el abuelo de Michel Piccoli. Pero el programa de mano rezaba lo contrario, qué le vamos a hacer. A su lado, de negra falda larga, lo acompañaba la esposa del director, la señora Natasha Parry, idéntica aún a su personaje de O les beaux jours!, de Beckett. Ambos portaban sendos libretos anillados a la limitada usanza de nuestra época. Ella, el pelo cogido. Él, sosteniendo en su calvicie las últimas hebras, los últimos hilos del tiempo sobre su cabeza. Atrás, una pantallita rectangular traduciría hasta el último suspiro, en catalán, de las frases de los actores. Lentamente, se fueron acomodando en sus sillas.
Ellos anuncian: cartas de Chéjov a Olga Knipper, cartas de Olga Knipper a Chéjov, más de cuatrocientas, como si ellos fueran y no fueran, como si ellos se distanciasen, como si ellos fueran los fantasmas de Chéjov y Knipper, de Piccoli y de Parry recitando a Chejov y Knipper, como si fueran Peter Brook frente a Natasha Knipper, a Olga Parry, en fin. Ellos leen los textos, los libretos anillados. «¿No se saben la letra?», se pregunta el público. Atrás, la pantallita rectangular traduce sin errores. Poco a poco, los personajes, Chejov y Knipper, los actores, Piccoli y Parry, se separan de sus guiones y evocan una y otra y otra y otra vez, de memoria. Es la memoria la que fluye. La memoria. Las cartas que van naciendo cronológicamente cuando ambos, el médico y la actriz, el dramaturgo y la amante, se conocen tras la primera lectura de La gaviota y comienzan «a tomar tu mano en la mía». Quien esto escribe traga saliva. Recuerda los ensayos, una y otra vez, guiando a sus estudiantes-actores como Treplev, como Trigorin, como Nina, como Arkadina. El terrible ménage a quatre de La mouette, de La gaviota, ahora evocada en francés. Allí, en la piel desenterrada de Piccoli y Natasha Parry, resucitan los fantasmas: ¿quién, que haya hecho, amado el teatro, alguna vez, no ha querido ser Treplev, el joven Hamlet de dieciocho años, y ha terminado, por obra del aciago destino, convertido en un Trigorin de cuarenta? ¿Quién no ha amado a Nina, quién no ha sido amado por Nina y ha terminado en las garras terminales de Arkadina, su madre de cincuenta? El que esto escribe lo sabe. El día de la representación estaba a pocas horas de cumplir 44 años y ama a Nina, clara Nina. Y se pierde en los huecos, ensimismado, de su propio recuerdo.
«Yo tomo tu mano en la mía», repite Piccoli, cuantas veces quiere. Viajes y viajes a Yalta, el fracaso de La gaviota, la lectura del Tío Vania, los telegramas que van y regresan. Los chistes a Stanislavski por su sobredosis de ruidos, la nostalgia, la evocación, las dudas. Poco a poco, Olga y Antón se acercan, deciden amarse, deciden regularizar la correspondencia. Pero hay algo que los desata, algo que en el espectador huye y que apenas adivinamos: es la enfermedad, ese algo de lo cual no se habla pero que está sobrentendido desde los inicios. El espectador debe escarbar en medio de los silencios, como en las acotaciones de las piezas de Chéjov. Stanislavski y Danchenko querían hacer dramas. Chéjov se justificaba diciendo que él tan sólo escribía comedias. Incluso dirige a la Knipper en algún momento de la historia: «Búrlate, Olga. Haz una mueca. No vayas a llorar». Ambos, los dos actores, ríen con tristeza. Evocan escenas, se ponen de pie, se sientan, cambian de sillas. Nada se transforma. La misma luz seca, el mismo decorado, los mismos trajes. De vez en cuando, Piccoli se pone un sombrero al extremo izquierdo de su espacio. Lo convierte en una caña de pescar, se acomoda la chaqueta veraniega. Nada más. El resto, words, words, words, como en Hamlet. Como en el Hamlet asfixiante que hace tres años le vio quien esto escribe al señor Brook en París, con un actor (¿jamaiquino?) perfecto y Natasha Parry como la madre de Hamlet y músicos japoneses y la troupe de los Bouffes du Nord en todo su esplendor. O les beaux jours!
La obra avanza y el estado hipnótico se acrecienta. Vienen ligeros sonidos en off, música italiana, el telégrafo, ruidillos sin importancia, un discreto cambio de luz. Los actores se mueven en puntillas, como si no quisieran despertar a nadie. Quien esto escribe recuerda: recuerda las viejas películas de Peter Brook, vistas en la Colombia de su adolescencia. Marat-Sade, con los cabellos de lino de Glenda Jackson («¡era mejor el montaje de Santiago García con Vicky Hernández!», gritaban los fundamentalistas de la época). La hermosa discreción de Moderato Cantabile, con guión de Marguerite Duras y la presencia de Jean Paul Belmondo y Jeanne Moreau. Los destinos de Gurdjeff en los Encuentros con hombres notables. Los riesgos de la versión de El señor de las moscas. Y el encuentro, en persona, con el señor Brook. ¿Año? 1978. ¿Lugar? Hotel Intercontinental de la ciudad de Cali. Entrevista a cuatro manos. Su español, débil pero fascinante. Quién iba a pensar que, años después, la cita sería permanente; el encuentro con el hombre notable, ¿total? El Mahabarata, Medida por medida, El jardín de los cerezos, La tempestad, Impresiones de peleas, Días felices, Hamlet, El vestido. Ahora, Chéjov. Tomo tu mano en la mía, Olga Knipper. Estamos ahora en la lectura de Las tres hermanas, la obra que cada vez se escribía menos, con su alud de personajes y de militares y de familiares que se esfuman. La obra con tantas apariciones que el público terminaría por confundirse. Pero no, Antón, todo está claro, no pares de escribir, ya es hora de que tu familia me acepte, ya es hora de que todos nos aceptemos: ¿qué más estamos escondiendo? Y el día del estreno de El jardín de los cerezos, a los 44 años de edad, Chéjov comenzó a derrumbarse, viejo y cansado. «¿Qué?», dijo quien esto escribe. «¿Cansado?». Es posible. Pero, «¿viejo, a los 44 años?». Eso dicen las cartas, eso repite sin titubear Michel Piccoli. Quien esto escribe trató de echar marcha atrás en el tiempo, pero ya no pudo. Era casi la medianoche y su cumpleaños estaba por venir, fatal porvenir. De nada le sirvieron los ruegos, los coqueteos adolescentes, los poemas lisonjeros, las plumas de gaviota, los vestidos de luto. Era el tiempo el que obraba sin piedad y Michel Piccoli reía, con la mirada altiva hacia el plafón de la platea, Natasha Parry contenía las lágrimas en medio de una risita de condescendencia y el mundo no le pedía concesiones a nada ni a nadie. Era la feliz contundencia de la muerte, ni más ni menos. Quien esto escribe agachó la cabeza aceptándolo todo y dejó que los textos siguieran su camino, trazaran el surco que venían trazando, destrozaran la vida que venían acabando. En ese momento, Chéjov cablegrafió a Natasha Parry y le pidió, le exigió que lo fuese a buscar. El final ya estaba cerca.
Sí. Ahora recuerda. De Yalta a otros refugios alemanes. La llegada de la actriz, sacrificándolo todo. Las lecturas vespertinas, los últimos días premonitorios. Una noche, el médico Chéjov, ahora paciente, impaciente, le pidió, le suplicó llamar a un verdadero colega: «Llama al doctor», le dijo. El doctor llegó en breves minutos, eternos. El doctor le indagó los últimos signos vitales. No había nada que hacer. Olga acercó tres copas de champaña, para hacer un brindis. Su amado Antón sonrió. Hacía tanto tiempo que no bebía champaña. Pero no bebieron. Segundos después, se quedó dormido. A la madrugada, una asfixia inmisericorde acabó con sus días. Olga lo acompañó en su muerte reciente durante varias horas, hasta que despuntó el alba. A la madrugada, un disparo la hizo saltar del borde de la cama. En realidad, se trataba del corcho de la botella de champaña que, terca, se resistió a seguir guardando el último suspiro de Antón Chéjov. Piccoli, el actor, se paró de su silla e hizo mutis por el foro. Natasha Parry, Olga Knipper, se mantuvo, viejita y solitaria, sobre la escena. Ella siguió escribiéndole cartas a Chéjov, más allá de la muerte. «Qué difícil es sentir la evidencia de tu ausencia. No puedo aceptar que no podré verte nunca más», dice, dicen, dijo que dijo. Ella sigue hablándole a la boca del escenario en una soledad profunda, hasta que Piccoli regresa de entre los muertos, del negro infame de las bambalinas y se sienta a su lado. Miran el infinito. Sonríen. Parecen el viejo Cyrano de Bergerac y su inútil amada. Parry, Olga Knipper, se conmueve. «¿Hay algo que tenga sentido, Antón?», pregunta ella. Él permanece en silencio. Luego le dice: «Mira la nieve caer, Olga». Y concluye, gélido, feliz: «¿Hay algo que tenga sentido?». Y le toma la mano. Tomo tu mano sobre la mía. Las luces caen. Oscuridad. El acabose. La ovación fue cerrada y concluyente. Quien esto escribe aplaudió furioso, ciego de la ira. Era la última vez que iba a aplaudir tanto, porque las palmas de las manos se quemaban, le dolían las axilas, los músculos de los brazos se templaban. Más adelante, los 44 años, la luz ciega del verano, las fiestas, las celebraciones. Piccoli y Natasha Parry harían cinco, seis, siete veces sus venias al viento. El público los aclamaría sin tregua, pero la vida ya era otra. Sí. El teatro, una vez más, tan efímero, había triunfado. Pero quedaba en el aire esa sensación de vacío, de espacio vacío, indefinible y etéreo, que convertía a la perfección y al caos en una sola, extensa masa de profundo silencio.
—Sandro Romero Rey.

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