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He sido testigo
de un número de sucesos notables en los más de cuarenta
años transcurridos desde cuando empecé a entender la naturaleza
de las cosas. Cerca de la hora del perro 3,
en una noche borrascosa —creo que era el día 28 del cuarto
mes del tercer año de Angen 4—
se desató un incendio en la parte suroriental de la capital que
se extendió hacia el noroccidente. Al final, alcanzó la
Puerta de Suzaku, el Gran Recinto de Estado, la Academia y el Ministerio
de Asuntos Populares, reduciéndolos todos a cenizas durante la
noche. Su origen parece haber estado en una vivienda temporal, construida
por unos danzarines cerca de la intersección de Higuchi y Tomi-no-kôji.
Esparciéndose de un lado a otro, por los vientos erráticos,
ardió en forma de abanico abierto: estrecho en la base y ancho
en su extremo.
El humo sofocante envolvió casas distantes;
las llamas azotadas por el viento descendían a la tierra por
todos los sitios en las cercanías. El cielo, contra el horizonte,
enrojeció con las pavesas encendidas por el fiero resplandor,
mientras las llamas saltaban al tiempo sobre una y otra manzana bajo
una atmósfera espeluznante, liberándose con la fuerza
irresistible del ventarrón. A la gente, todo debió parecerle
tan irreal como un sueño en el sendero del fuego. Algunos fueron
víctimas del humo. Otros perecieron de inmediato en el abrazo
de las llamas. Otros más lograron escapar vivos, pero no pudieron
rescatar sus bienes y todos sus apreciados tesoros se convirtieron en
cenizas. ¡El valor de tales propiedades debió ser inimaginable!
El fuego reclamó las casas de dieciséis nobles mayores,
sin decir nada del incontable número de aquellos de menor importancia.
Se reportó que un tercio completo de la capital fue destruido.
Decenas de hombres y mujeres murieron. Innumerables caballos y bueyes
perecieron.
Todas las empresas del hombre son insubstanciales,
por lo que debe considerarse como un acto de la mayor insensatez el
que un hombre invierta su tesoro y se cree un problema sin fin, sólo
por construir una casa en un lugar tan peligroso como la capital.
De nuevo, alrededor del cuarto mes del cuarto
año de Jishô 5, un tifón
azotó las cercanías de la intersección de Nakamikado
y [Higashi] Kyôgoku, siguiendo luego todo el camino hasta la avenida
Rokujô. Ninguna casa, grande o pequeña, escapó de
la destrucción en un área de tres a cuatro cuadras a la
redonda de donde la ráfaga apareció con todo su ímpetu.
En algunos casos, las edificaciones enteras se desplomaron; en otros,
solamente se salvaron las vigas y los pilares. Los portones fueron arrancados
y dejados a tres o cuatro cuadras; los cercados volaron lejos y las
propiedades quedaron sin cercados. Y no necesitaría decir lo
que pasó con los objetos pequeños. Todo lo que había
en las casas saltó a los cielos; los tejados de corteza de ciprés
y las tejas se arremolinaban como hojas de invierno arrastradas por
el viento. El polvo se elevaba como el humo para enceguecer a la gente;
el terrible ojo de la tormenta se tragaba el sonido de las voces. Parecía
que hasta el pavoroso viento del infierno era menos terrible. Pero la
destrucción y los daños no sólo alcanzaron las
casas; una gran cantidad de personas sufrieron mutilaciones y heridas
durante la reconstrucción de los edificios. El viento se desplazó
hacia el sur y el sureste llevando la visita de la aflicción
a un número incalculable de gente.
Los tifones son usuales, pero ninguno otro como
éste. Quienes lo vivieron se angustiaron al pensar que se trataría
de un fenómeno extraordinario, una señal de un ser sobrenatural.
De nuevo, alrededor del sexto mes del cuarto
año de Jishô, la corte súbitamente se trasladó
a una nueva capital 6. Nadie se habría
imaginado tal cosa. Cuando se considera que han pasado más de
cuatrocientos años desde el establecimiento del actual trono
imperial durante el reinado del emperador Saga, no cabe duda de que
el tener que escoger una nueva sede ha debido obedecer a justificaciones
excepcionales. Es más que razonable el que la gente se haya sentido
intranquila y temerosa.
No obstante, los reclamos fueron vanos. El emperador,
los ministros de Estado, los nobles de mayor rango y todos los demás,
se trasladaron. Nadie permaneció en la vieja capital, así
ocupara una posición de poca importancia en la corte. Aquellos
que aspiraban a una oficina y un rango, o que dependían del favor
de sus protectores, hicieron todo lo posible para trasladarse con la
mayor prontitud; aquellos que habían perdido la oportunidad de
tener éxito en la vida, o que habían sido rechazados por
la sociedad, permanecieron atrás, hundidos en la lobreguez. Las
residencias que una vez habían estado alero con alero fueron
más y más devastadas a medida que pasaban los días.
Las casas fueron desmanteladas y puestas a flotar en el río Yado,
mientras sus antiguos sitios se convertían en campos desolados
frente a los ojos de los observadores.
En un rotundo cambio de valores, todo el mundo
apreciaba ahora los caballos y las sillas de montar, y abandonaba el
uso de los bueyes y los carruajes. Las propiedades en los circuitos
al occidente y sur del mar fueron muy apreciadas, mientras aquellas
al norte o sobre el mar oriental se consideraban indeseables.
Por esta época, algunos asuntos me llevaron
a la nueva capital, en la provincia de Settsu. El reducido espacio,
muy limitado para construir todas las calles necesarias 7,
hizo crecer rápidamente la ciudad sobre los cerros del norte,
lo mismo que hacia el sur por la pendiente que descendía al mar.
Las olas rugientes nunca cesaron su clamor; el viento marino soplaba
con particular frenesí. El palacio imperial me sorprendió
por lo inusitadamente novedoso e interesante. Situado en los cerros,
como en verdad lo estaba, me pregunté a mí mismo si la
casa de madera de la emperatriz Saimei no habría sido similar
8.
Me pregunté en dónde estaría
la gente para levantar todas las casas que se enviaban corriente abajo
cada día, en número suficientemente alto como para taponar
el río. Pero todavía quedaban muchas parcelas de tierra
desocupadas y pocas casas. La vieja capital ya estaba en ruinas; la
nueva todavía tenía que tomar forma. Sin una sola alma,
se sentía como una nube a la deriva, sin raíces. Los habitantes
originales se lamentaban por la pérdida de sus tierras; los nuevos
que llegaban se preocupaban por el yeso y la madera. En las calles,
aquellos que se movilizaban en carruajes, ahora lo hacían a caballo;
los que antes lucían vestidos cortesanos o de cacería,
ahora se vestían con trajes ordinarios. De la noche a la mañana,
las costumbres de la corte se habían transformado y las personas
se comportaban como rústicos guerreros.
He oído que tales cambios presagian disturbios
civiles, y eso fue precisamente lo que sucedió. Al paso de cada
día, la situación se hizo más inestable, las personas
perdieron más su compostura y el común de las gentes sintió
más temores. Al final, la crisis llevó a que se regresara
a la vieja capital en el invierno de ese mismo año. Pero vaya
a saberse lo que sucedió con todas las casas que se tumbaron
por doquier. Ninguna se reconstruyó en su estilo original.
Se nos ha dicho que los sabios emperadores del
pasado gobernaron con compasión. Ellos entejaron sus palacios
con cortezas de árbol y se negaron a perfilar los aleros; condonaron
los ya exiguos impuestos cuando vieron que las cocinas de la gente ordinaria
hacían menos humo que antes. La razón era simplemente
que apreciaban a su pueblo y deseaban ayudarlos. Comparar el pasado
con el presente deja ver la clase de gobierno que hoy tenemos.
Se presentó de nuevo una espantosa hambruna
(creo que sucedió durante la era Yôwa 9,
pero fue hace tanto tiempo que no estoy seguro). Las cosechas de granos
se arruinaron por varias calamidades que se sucedieron una tras otra:
sequía en la primavera y en el verano; tifones e inundaciones
en el otoño. Fue en vano que los campesinos labraran los campos
en la primavera y sembraran las plantas en el verano: no hubo cosecha
en el otoño ni el trajín del almacenamiento en el invierno.
Algunos campesinos abandonaron sus tierras y vagaron por ahí;
otros desertaron de sus casas para vivir en las montañas. Se
oró y se realizaron rituales extraordinarios, pero no se logró
nada.
La capital siempre había dependido del
campo para todas sus necesidades. Ahora, cuando nada llegaba, la gente
estaba ansiosa y fuera de sí. Con desespero ofrecían todos
sus tesoros a cualquier precio pero nadie se interesaba. Los pocos que
se empeñaban en comerciar cuidaban su oro y subían exageradamente
el precio de sus granos. Las calles estaban saturadas de mendigos y
las lamentaciones llenaban el aire.
El primero de los dos años de la hambruna
lentamente se acercaba a su fin. Pero justamente, aunque todo el mundo
anticipaba que con el nuevo año se retornaría a la normalidad,
apareció una epidemia que haría las cosas aún peores.
Como peces boqueando en un charco, el populacho hambriento se acercaba
cada día más al borde de los extremos, hasta cuando la
gente de cierta apariencia respetable, vestida con sombreros y botines
10, tuvo que mendigar de casa en casa. Estos
seres abrumados por la miseria caminaban al borde del estupor y del
colapso.
Numerosas personas perecieron de hambre en las
calles o murieron al lado de los muros entejados. Como no había
manera de deshacerse de los cuerpos, un hedor fétido llenaba
el aire y una incalculable cantidad de cadáveres hería
los ojos. Sería innecesario decir que la muerte se extendía
tan densamente en las orillas del río Kamo, que no había
espacio ni siquiera para permitir el paso de caballos y carruajes.
Con los leñadores y los demás
trabajadores ya muy debilitados para realizar las labores normales,
se desató una escasez de leña. Y aquellos que no tenían
otros medios de subsistencia, echaron abajo sus casas para venderlas
en el mercado. No obstante, la suma que así lograba recoger un
hombre era inferior a sus necesidades diarias. Resultaba doloroso encontrar
pedazos de madera cubiertos de laca roja, de oro o de plata, arrumados
en medio del resto de leños. Era obvio que las personas, desesperadas,
iban a los templos viejos a robarse las imágenes sagradas; arrancaban
los adornos de los recintos y rompían todo lo que sirviera para
hacer fuego. Por haber nacido en una época tan decadente, he
debido ser testigo de escenas tan oprobiosas como éstas.
También sucedieron cosas profundamente
tristes, como los casos de las parejas que no quisieron separarse. Aquel
que tenía el afecto más acrisolado, era seguro el primero
en morir. Y ello se debía a que él o ella anteponían
el bienestar del otro al propio, dándole a su pareja la poca
comida que encontraban. Lo mismo ocurría con los padres, que
siempre sucumbían antes que sus hijos. Algunas veces se veía
a un infante recostado y chupando del pecho de su madre, sin percatarse
de que la vida de ella había terminado. Adolorido porque tanta
gente estuviera pereciendo de esa manera, el Abate Ryûgyô
del templo de Ninnaji para tratar de ayudar a los muertos a alcanzar
la iluminación, escribió la letra sánscrita «A»
en la frente de cada cadáver que encontró 11.
Las autoridades se encargaron de llevar el registro
de las muertes ocurridas en el cuarto y quinto meses. En ese período
se contabilizaron más de 42.300 cadáveres en las calles
de las áreas situadas al sur de Ichijô, al norte de Kujô,
al occidente de Kyôgoku y al oriente de Suzaku. Por supuesto,
muchos más murieron antes y después. Y el número
no tendría límites si hubiéramos incluido las riberas
de los ríos Kamo y Shira, el sector occidental y los suburbios
alejados del centro, sin contar todas las siete provincias de Japón.
La gente dice que algo similar ocurrió
durante el reinado del emperador Sutoku, cerca de la era Chôshô
12, pero desconozco lo sucedido. No obstante,
de esta hambruna fenomenal sí he sido testigo.
Si bien recuerdo, fue más o menos en
la misma época cuando ocurrió un terrible sismo. No fue
un temblor común y corriente. Las montañas se vinieron
abajo y sepultaron los riachuelos; el mar se volcó y anegó
la tierra. El agua brotaba por entre las fisuras de la tierra; rocas
enormes se partían y rodaban sobre los valles. Los botes que
navegaban cerca de la orilla fueron levantados por las olas; los caballos
que iban por los caminos perdieron el paso. Ni un templo budista ni
una pagoda quedaron intactos en toda la vecindad de la capital. Unos
se resquebrajaron, otros se vinieron al suelo. El polvo se esparció
como el humo; la tierra que se sacudía y las casas que se derrumbaban,
retumbaban como truenos. Los que permanecieron dentro de sus casas fueron
aplastados irremediablemente; los que salieron se encontraron con la
tierra que se abría en dos. Si los hombres hubieran sido dragones
se habrían subido a las nubes, pero no habrían tenido
las alas para encumbrarse a los cielos. Fue entonces cuando tuve conciencia
de que los terremotos son la más terrible de las cosas terribles.
Entre aquellos que perecieron se encontraba
el único hijo de una familia de samuráis, un niño
de cinco o seis años que había hecho una casita bajo el
alero de una pared, donde se encontraba jugando inocentemente. De súbito
ésta cayó sobre él, sepultándolo. El cuerpo,
que quedó aplastado y del que sólo sobresalían
sus dos ojos, fue estrechado entre los brazos de sus padres que sin
control se lamentaban ante tan enorme tristeza. Me di cuenta de que
la pesadumbre por un niño puede borrar hasta la vergüenza
del más fiero guerrero, hecho entendible y digno de compasión.
El violento estrujón cesó bastante
pronto, aunque las réplicas continuaron por un tiempo. No pasó
un solo día sin que hubiera veinte o treinta temblores de una
intensidad que de ordinario habría causado consternación.
Los intervalos se extendieron hasta diez o veinte días, luego
de lo cual continuaron ocurriendo cuatro o cinco tremores diarios, o
uno cada dos o tres días. Calculo que debieron transcurrir unos
tres meses hasta cuando cesaron los sacudimientos.
De los cuatro constituyentes del universo, el
agua, el fuego y el viento causan estragos constantemente. En cambio,
la tierra casi nunca es el origen de calamidades particulares. Para
estar seguros, hubo algunos terremotos fatales en el pasado (por ejemplo,
el gran terremoto que tumbó la cabeza del Buda del templo Tôdaiji
durante la era Saikô 13), pero ninguno
puede compararse a éste. Inmediatamente después del suceso,
la gente, sin distingo, hablaba de lo insignificante que es la vida
y parecían, de alguna manera, más libres de la impureza
espiritual que de costumbre. No obstante, nadie volvió a mencionar
el asunto después de que se acumularon días y meses y
fueron pasando los años.
Todo ocurrió como lo he descrito, que
no es otra cosa que la dificultad de la vida en este mundo y así
mismo lo efímero del hombre y sus residencias. Innecesario decir
que sería en extremo difícil enumerar todas las aflicciones
que se desprenden de las circunstancias individuales y de la posición
social. Si un hombre de condición despreciable vive al lado de
una familia poderosa, no puede solazarse abiertamente cuando se le presenta
una ocasión feliz, como tampoco puede levantar su voz para lamentarse
si experimenta un duelo devastador. En todo lo que hace, no tiene libre
elección; como una golondrina que se aproxima al nido de un águila,
vive en medio del temor. El pobre que habita junto a una casa de gente
acaudalada, siempre se humilla ante sus vecinos y se atormenta con su
apariencia miserable cada vez que sale por la mañana o cuando
regresa en la tarde. Forzado a ser testigo de la envidia que sienten
su esposa, sus hijos y sus sirvientes, y a ver cómo la familia
rica lo hace a un lado con desdén, vive perturbado y permanentemente
anonadado.
Aquellos que viven en lugares aglomerados no pueden escapar de la calamidad
cuando se produce un incendio cerca, y quienes se establecen en sitios
remotos sufren con las dificultades de desplazarse de aquí para
allá y quedan expuestos a los graves riegos de los ladrones.
El hombre poderoso se consume en la codicia, y aquel que abandona la
búsqueda de un protector es menospreciado. Quien es dueño
de grandes posesiones conoce muchas preocupaciones, en tanto que el
pobre hierve de envidia.
Quien depende de las pertenencias de otros,
pertenece a aquél; el que cuida de otros, está encadenado
al afecto humano. Cuando el hombre observa las convenciones, se ve envuelto
en dificultades económicas; cuando las desprecia, la gente se
pregunta si habrá enloquecido. ¿Dónde podemos vivir,
qué podemos hacer para encontrar el más fugaz de los refugios,
la más efímera serenidad?