VALLEJO
Y MENDOZA: ANIMALES PONZOÑOSOS
Bogotá,
9 de agosto del 2003
Si un hijo le pide a su padre pan, éste no le dará una
piedra —dice el evangelista—, y si le pide pescado, no le
dará una víbora; ahora bien, si un hombre lleva una víbora
o un escorpión a su casa como mascota, lo más probable
es que emponzoñe a sus hijos o a su esposa, incluso que su veneno
le cause la muerte al padre mismo. Quienes se dedican al cultivo de
estos animales ponzoñosos saben que deben manejarse con precaución
y cuidado.
Que nadie se escandalice si Fernando Vallejo arroja las perlas a los
perros o que Mario Mendoza hinque sus colmillos sobre un hombre viejo
y enfermo. En las novelas que tanto alaban premios y periodistas, colombianos
y venezolanos, pueden verse los mismos argumentos desesperanzadores
con los que el Mefistófeles de Goethe pretendía llevarse
el alma del doctor Fausto. Por eso es corriente que Vallejo reniegue
de la literatura que le dio prestigio y prosperidad, desde su gramática
Logoi hasta la Tautología darwinista; lo que quiere mostrar este
señor es el mismo espectáculo del escándalo de
cualquier periódico amarillista. Palimpsesto de sangre, corrupción,
asesinato y estupidez con gramática, iluminado supuestamente
por el genio del escritor.
A nadie debe extrañarle tampoco la ignorancia que muestra Mendoza
sobre los iconos del pueblo y su eficacia simbólica, disfrazando
su prosa con un espíritu crítico e investigador. Mendoza
es casi igual a Vallejo, quienes los han promovido sé que después
se han encontrado con la vergüenza; personas e instituciones. Conocemos
los frutos de sus obras, nadie ignora que ellos quieren ir más
allá de la figura del artista controvertido, pero en verdad están
lejos de los tobillos de Poe, Rimbaud o Baudelaire, incluso lejos —gracias
a Dios— de cualquier estudiante de literatura.
Si ellos pretenden refugiarse en la solución de Camus al castigo
de Sísifo, me tranquiliza saber que aun a pesar de la tiranía,
la ignorancia y la desesperanza, la vida se abre paso a través
de ellas para devolverle la belleza a la belleza.
Quien necesita información busca la prensa para informarse, pero
¿porqué se les ofrece a los lectores víboras y
escorpiones? Siguiendo el consejo que dio Gabo alguna vez, la prensa
debe estar menos pendiente de la chiva y más atenta a la trascendencia
de sus noticias. Esto no debe aplicar sólo para artículos
literarios sino a todo lo que concierne a la responsabilidad de información.
Este comentario quiere estar lejos de todo dogmatismo radical, pero
no debe olvidarse que la biología ignora a Vallejo y que el público
de la prensa rechaza a Mendoza.
Diego
Alberto Caballero
COLOMBIA, AUSENTE DE LAS OLIMPIADAS
Dublín,
Irlanda, 26 de junio del 2003
¿Qué
distancia separa a Colombia de Bosnia-Herzegovina? ¿O con Irak?
¿O con Suráfrica? Sin duda, un abismo... y el apoyo de
un gobierno en permitir a sus ciudadanos con discapacidades físicas
y mentales ejercer el principal derecho de todo ser humano: el de demostrar
que están vivos.
Ellos salieron del túnel como lo hacían los titanes, como
lo hacían los hermosos y valientes gladiadores romanos. Triunfadores,
inmortales, adorados por una multitud llena de colores, llena de sonrisas,
llenas de vivas en mil idiomas y luces blancas con toques de paz, con
aire de humildad, con total entrega a un objetivo lleno de bondad.
Esta tarde todas las almas subieron hacia el cielo irlandés,
pues pocas veces he visto a ochenta mil seres humanos sonreír
en el mismo instante, derramar una lágrima tomados de las manos...
como si de un milagro se tratara.
Pensé en Colombia, pensé en la distancia que separaba
a mi antigua patria con las islas Caimán, con Macao, con Omán
o Palestina. Pensé en Colombia y mientras lo hacía ante
mis ojos se extendieron las banderas de Venezuela, Ecuador, Panamá,
Perú, Paraguay, Argentina, Bolivia, Chile, Cuba... Brasil...
todos... o casi todos, pues la bandera colombiana nunca emergió
de aquel túnel de donde nacían los vencedores.
Ellos salieron a las Olimpiadas Especiales del 2003 en Irlanda.
Lo vi desde casa. El estadio estaba a menos de diez minutos en el autobús
más cercano.
Desde la ventana se alcanzaban a oír los aplausos, los fuegos
artificiales, la voz de Nelson Mandela o el temblor suave del antiguo
y eterno rey Alí. Se escuchó la voz de Bono, se celebró
la razón de estar vivos y se levantaron los ojos a Dios para
dar gracias por habernos hecho únicos.
Debo confesar que lloré. Lo hice como nadie. Lo hice de agradecimiento,
lo hice conmovido de vivir donde vivo, lo hice con las manos sobre la
cara, viendo la pantalla, derramando lágrimas al darme cuenta
de que el camino es tan sólo un camino y que el triunfo es una
manzana que se alcanza sólo con la lucha, la fe y la perseverancia.
Todos ellos, todos los atletas que salieron por ese túnel son
los héroes del mundo en el que hoy me encuentro. Un mundo en
donde ciertas cosas valen más que otras. Un mundo en donde se
mantiene un minuto de silencio ante la muerte de alguien inocente. Un
mundo donde los ejércitos luchan y cuando terminan de hacerlo
se sientan bajo el cansancio de la guerra y establecen una tregua, un
mundo donde la masacre ya no tiene tiempo ni existencia.
Hoy me pregunto la distancia entre Irlanda y Colombia. La distancia
que separa a los atletas especiales en Colombia de participar en un
evento como éste. Sin duda la distancia no es tan sólo
la que separa a dos continentes, es la distancia que separa la cordura
de la demencia, la corrupción de la justicia social, la anestesia
mental de la indignación nacional...
Al final, me quedé esperando que saliera Colombia después
de la selección nacional de China y antes de la de Congo. Me
quedé esperando tener un segundo de dicha, de poder tener frente
a mí la bandera de Colombia y los aplausos y saludos de nuestros
niños en sillas de ruedas, nuestros nadadores ciegos o nuestros
futbolistas con síndrome de Down.
Me quedé esperando que mis ojos brillaran, me quedé esperando
que la gente supiera y que la gente del mundo comprendiera que Colombia
no era sólo guerra. Me quedé esperando que hubiéramos
descubierto la verdad de las Olimpiadas Especiales. La verdad que revela
que son ellos, los atletas especiales, los únicos que pueden
enseñarnos con su ejemplo el verdadero camino que separa a los
hombres entre la paz y la guerra.
Jean-Gabriel
Machuret
jgmachuret@hotmail.com
CANONIZAR A URIBE
Cali,
agosto del 2003
¿Reelegir
a Álvaro Uribe? Yo tengo una propuesta mucho más en consonancia
con el sentir del pueblo y de los redactores de Semana: canonicémoslo.
Él mismo admite sin ambages que es un santo varón, un
mártir del trabajo, un héroe del bien común, un
salvador de sus compatriotas dispuesto a cualquier sacrificio. Su piedad
es evidente: se dice, y él no lo desmiente, que le reza a la
Virgen del Carmen todas las noches antes de acostarse, que es devoto
de María Auxiliadora y que se siente inspirado por el Espíritu
Santo. Hasta ahora no se ha autodenominado Mesías, a pesar de
las nubes de incienso que le lanzan los entrevistadores, pero si dejara
de lado la modestia no es difícil imaginar que por lo menos se
proclamaría «prácticamente perfecto en todos los
sentidos», como Mary Poppins, aquella nana sin par exaltada por
Walt Disney.
Por supuesto, no faltará quien diga que la idea de la canonización
es un despropósito, una propuesta todavía más prematura
que la de la reelección del presidente, a menos de un año
de comenzado su primer mandato. Después de todo, hasta ahora
el Vaticano no ha elevado a los altares a nadie antes de su muerte.
Precisamente, digo yo, en este nuevo milenio ha llegado el momento de
innovar, y en vez de presentar para la devoción popular un daguerrotipo
desteñido de alguna oscura monja, les daríamos a los fieles
la oportunidad de rezarle a un ser de carne y hueso, con todo el beneficio
de las transmisiones en vivo.
Imagínense las posibilidades. En vez de aspirar a acostarse en
su cama para pedirle una gracia, como los devotos de la madre Laura
(cosa que además ahora prohibieron las autoridades eclesiásticas),
cada colombiano y colombiana que lo solicitara a presidencia por internet
podría recibir, a un costo irrisorio, un pedacito de las múltiples
ruanas y muleras que han abrazado el cuerpo del presidente, quien las
luce a la menor oportunidad. Y al lado de los gobelinos de La última
cena que adornan las salas de tantas casas modestas, podríamos
colgar una imagen digital del Último Consejo de Ministros.
Es cierto que para merecer el título de santo sería necesario,
de acuerdo con las reglamentaciones vigentes en la Santa Sede, que nuestro
primer mandatario hiciera por lo menos un milagro. Pero para un hombre
que supo descubrir en Fernando Londoño las cualidades necesarias
para desempeñarse como líder de la justicia en Colombia,
nada es imposible. Y ya hasta los mismos ministros se han convertido
en taumaturgos. Ahí está el de Protección Social,
que claramente manifestó que en menos de un año se habían
creado un millón cuatrocientos mil nuevos empleos en el país.
Vivir para ver, y oír.
Por otra parte, no es difícil pensar en qué tipo de prodigios
pedirle a san Álvaro; milagros es lo que estamos necesitando.
Podríamos, por ejemplo, rogarle que tape el hueco fiscal sin
emisiones abiertas ni camufladas; que irradie luces que hagan comprensible
para todos los ciudadanos y ciudadanas cada uno de los artículos
del referendo; que vuelva humilde al superministro; que convierta el
glifosato en abono para la tierra y en medicina para los asmáticos.
Pero tal vez lo más urgente sería que lograra que el arroz
y la yuca fueran clasificados como antibióticos o como variedades
de Viagra, ya que los medicamentos son casi lo único que todavía
no ha sido gravado con el IVA.
Podría llegar a pensarse, incluso, que más que canonizar
al presidente Uribe deberíamos declararlo de naturaleza divina,
como hacían los egipcios con sus faraones, o por lo menos descendiente
directo de la deidad. Atributos no le faltan. Para comenzar, está
en todas partes, desde Arauca hasta Cartagena, desde Pasto hasta Vichada.
Además, el presidente todo lo ve y todo lo dispone; ni el más
pequeño detalle de una emisión de Señal Colombia
se escapa a su celo. Pero tal vez proponer la apoteosis del presidente
puede resultar una pequeña exageración. Tenemos que conformarnos
con canonizarlo.
Gabriela
Castellanos
CIEN
AÑOS DE MARGUERITE YOURCENAR
Bogotá,
julio del 2003
Con
motivo del centenario del nacimiento de la escritora Marguerite Yourcenar
(1903-2003), la Embajada de Francia, el Ministerio de Cultura, la Asociación
Colombiana de Estudios Yourcenarianos (Acey), la Universidad de los
Andes, la Universidad Externado de Colombia y la Universidad Jorge Tadeo
Lozano han organizado una serie de eventos culturales y académicos
con el fin de contribuir a la difusión del pensamiento y la obra
de la autora de Memorias de Adriano.
Participan además en la organización las siguientes entidades:
Alianza Colombo-Francesa, sedes de Bogotá, Cali y Medellín;
Biblioteca Nacional de Colombia; Centro de Información André
Maurois (Ciam); Ediciones Alfaguara; Fundación Santillana; Liceo
Francés Louis Pasteur; Radiodifusora Nacional; Société
Internationale d'Études Yourcenariennes (Siey); Trust Marguerite
Yourcenar.
Queremos invitar a los lectores de Número a los siguientes eventos:
—4 de septiembre: Inauguración. Exposición fotográfica.
Lanzamiento de la primera revista en español sobre Marguerite
Yourcenar. Biblioteca Nacional, auditorio Germán Arciniegas,
6:30 p.m.
—10 de septiembre: En el marco de «Lectura sin fin»,
de la Biblioteca Nacional, lectura de Un hombre oscuro. Auditorio Aurelio
Arturo, 10 a.m. a 5 p.m.
—1º de octubre: Videoconferencia «Historia y ficción
en la obra de Marguerite Yourcenar», a cargo de Brian Gill, profesor
de la Universidad de Calgary (Canadá). Aula máxima Fabio
Lozano, Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, 4:30 a 6:30
p.m.
—7 de octubre: Conferencia «La cultura y sus transgresiones
en la obra de Marguerite Yourcenar», a cargo de Vicente Torres,
profesor de la Universidad de los Andes. Fundación Santillana,
7 p.m.
—9 de octubre: Recital de piano y lectura de fragmentos de la
obra de Marguerite Yourcenar (Teresita Gómez, Vicky Hernández
y Marc Sagaert). Auditorio del Liceo Francés, 7 p.m.
—22 de octubre: Conferencia «Marguerite Yourcenar, peregrina
y extranjera», a cargo de Vicente Torres. Teatro de la Universidad
Externado de Colombia, 11 a.m.
Por otro lado, la Universidad de los Andes, la Universidad de Bogotá
Jorge Tadeo Lozano y la Universidad Externado de Colombia ofrecen seminarios
sobre Marguerite Yourcenar durante el segundo semestre de los corrientes.
Además, diversas manifestaciones culturales en torno a la Académica
tendrán lugar en la ciudad de Cali del 24 al 26 de septiembre
(Alianza Francesa y Centro Cultural Comfandi), y en Medellín
del 24 al 26 de noviembre (Alianza Francesa).
La entrada a estos eventos es libre, con inscripción previa en
el Centro de Información André Maurois: www.ciam.org.co/reservas,
o al teléfono 6 38 15 00.
La presencia constante de la historia y el mito, así como de
la filosofía y la mística, constituyen los fundamentos
universalistas de la escritura de Marguerite Yourcenar. El vasto conocimiento
de la historia le permite a la escritora unir, a través del recurso
de la gama arquetípica que ofrece el mito, diferentes segmentos
del devenir humano; es así como Memorias de Adriano, que se desarrolla
en el siglo II de nuestra era, se revela como una lectura de los tiempos
convulsionados que sucedieron, en pleno siglo XX, a la segunda guerra
mundial, y ofrece a la vez la posibilidad de construir una cultura para
la paz en un mundo presa de la violencia y del caos.
Igualmente, la reflexión filosófica aparece en la obra
de la Dama de los Montes Desiertos como un medio privilegiado de descifrar
el mundo y la dimensión del lugar que el ser humano ocupa en
él, como lo atestigua, en Opus nigrum, la larga meditación
del médico alquimista Zenón. La lucidez que de ahí
se desprende pone frecuentemente a los personajes de Yourcenar en posiciones
contestatarias de marginalidad. En esta obra de sabiduría, la
vocación mística de las criaturas de papel yourcenarianas
está constituida por corrientes filosóficas provenientes
de los presocráticos, del estoicismo, del cinismo —entre
otras—, las cuales se funden en un profundo acuerdo con las diferentes
formas de sabiduría oriental —el hinduismo, el budismo,
el taoísmo—. Ellas irrigan gran parte de la obra y del
pensamiento yourcenarianos, cuya trascendencia es inherente a la materia,
abandonando las posturas metafísicas que ofrecen las religiones
tradicionales y la violencia que este hecho engendra. Profundamente
ecléctica, la escritura de Yourcenar no es una escritura que
excluye, es una escritura que integra.
Vicente
Torres (Ph.D)
Profesor de la Universidad de los Andes
Presidente de la Asociación Colombiana
de Estudios Yourcenarianos
EGOTECA.
DIEZ AÑOS DE NÚMERO
Hecho
insólito en Colombia
Cada
vez que ha salido uno de los 37 números de Número, mi
principal problema ha sido tratar de no leerlo. Procuro dosificarlo
con cuidado para que me dure todo el trimestre. Ustedes ya son decanos,
pero a mí en todo este tiempo nada que se me quita la maña.
Una revista cultural de la belleza y la altura de Número es un
hecho insólito en Colombia, por lo que me siento profundamente
orgulloso y honrado de haber podido participar con dos o tres granos
de arena en tan necesaria y reconfortante utopía hecha hoy realidad.
Larga vida para ella y un alborozado reconocimiento a sus abnegados
y talentosos progenitores. Diez cañonazos.
Humberto
Dorado
Un
oasis en medio del desastre
Qué
maravilla cumplir diez años ejerciendo un sueño. Pero
mucho mejor haber hecho que ese sueño sea una maravilla número
tras número, día tras día.
Número es una fiesta, un oasis en medio del desastre en que vivimos,
un oasis que permite abrevar y respirar y tomar impulso.
Pensando en todo lo que ustedes han logrado, recuerdo el último
párrafo del libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino,
que reza así:
«El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno,
es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos
los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no
sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno
y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más.
La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:
buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno,
no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio».
Mejor dicho, gracias por todo.
Alberto
Quiroga
Veinte
años no son nada
Alguien
alguna vez dijo que veinte años no son nada. Siguiendo esa lógica,
diez es la mitad de nada. Cumplir la mitad de nada es un milagro cuando
se está rodeado de todo, de todo lo que anhelo, de todo lo que
extraño, de todo lo que quiero, de todo lo que me gusta, de todo
lo que engorda, de todo lo que es pecado, de todo lo que se escribe
y se lee, de todo lo que se fuma y se bebe, de todo lo que se introduce
y es introducido (con mayor o menor acierto), de todo lo que es todo
y no deja de serlo nunca. Diez años, la mitad de nada y yo muerto
de todo por no poder estar allá.
Millones de besos.
Fernando
Vicario
Algo
bonito
La revista es una de las cosas bonitas que tiene Colombia.Que dure muchos
años.
Fernando Vallejo
Augurios
y más números
Diez
años no pasan en vano, volver a leer el editorial del primer
Número deja todo claro. En este país, en medio de la sordera
que padecemos, nadie se dejaba oír. Parece que toda participación,
cuando el mundo era posible, se olvidó; silencio maldito el sonido
del agua y no oírlo. Vivir y vegetar nos iba convirtiendo en
sordos autónomos.
Cada día que pasaba parecía no tener ningún valor
libertario, a tal punto que se volvió hegemónica la manera
de pensar, de actuar y de tratar de seguir viviendo.
Con diez años en su edición, veo que se pueden respirar
las ideas que acaban con el silencio de la distancia que habitan entre
sí las opiniones. Se respira una conjunción de entusiastas
con mucha disciplina díscola, que se fue formando Número
a Número.
Hoy, después de haber hecho la primera comunión con sus
diez años de edición, Número es una opinión
para todos.
Número puede invitar a las diatribas más desnudas del
país, convoca. Hace rato no se adoptaban posiciones de júbilo
ante el mundo, por lo que la revista tiene la gran responsabilidad de
traer canto a este estado de sordera sin utopía. Sigan dando
aire y ritmo de lucidez a este país de todos.
Posdata: Qué felicidad felicitarlos.
Carlos Mayolo
Aplausos
sonoros para Número
Como Borges con Sur, Lezama Lima con Orígenes y Octavio Paz con
Plural y Vuelta, nosotros también tenemos a Número: el
laboratorio alquímico para fabricar pócimas que concilien
reflexión con estética. Que abran el mundo a los cinco
sentidos.
En este país efímero, donde nada dura y muy pocas obras
resisten una cabal relectura, yo he mandado empastar mi colección
de Número. No se trata de un ataúd de cuero para impedir
que ella ande dispersa por el piso. No. Es que quiero volver a mirar
lo que no había visto con calma. Es que aspiro a reconstruir
lo que mi premura e impaciencia habían permitido que pasase inadvertido.
Allí está ahora, en la justa compañía de
Eco y Mito, de Correo de los Andes y algunos pocos más repertorios
amigos.
Algunos despistados sin oficio todavía buscan nuestra identidad.
No saben que cualquier persona en cualquier lugar del mundo que lea
Cien años de soledad es fatalmente colombiano. Que cualquier
espectador, en cualquier museo del mundo, que se ría con las
iglesias y las putas rotundas de Fernando Botero es antioqueño
sin remedio. No más culturólogos, por favor, que nos explican
el mestizaje de nuestra piel y el sincretismo de nuestra música.
Lo único que necesitamos son obras de arte que nos cambien el
mundo. En eso está Número y por ello me siento feliz de
soplar las diez velas invencibles de su joven madurez fructífera
y compartida.
Juan Gustavo Cobo Borda
¡Felicitaciones!
¡Me
siento muy orgullosa por esos diez años! ¡Gracias por aportarle
a este país con tanto entusiasmo y por llenarlo de esperanza,
por quitar la pereza, por ilustrarnos, por recrearnos, por hacernos
más conscientes!
Celebren con gran alegría.
Lucía González
Estorba
como las tentaciones
Revista
Número es imposible evitarla. Cuando llega, estorba como las
tentaciones, pero uno le da la bienvenida porque tiene la certeza de
haberle apostado sin reservas. Desde su portada, la tentación
palpita y seduce irremediablemente. Luego, cuando uno se entrega al
sortilegio de su palabra solidaria, de su imagen, de su textura, entonces
siente que ha atinado con el número de una lotería entrañable.
Aquella cuyo único dividendo se mide con el corazón y
se siembra en los más significativos territorios estéticos.
Y allá, desde la repisa especial en la biblioteca que se tuvo
que mandar a hacer para atesorarlos, los números de diez años
le guiñan a uno su ojo sabio.
Lina María Pérez