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EL
VIENTRE DE LA VIEJA ESFERA
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Relato
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Por Paul Desenne
Imágenes de Ronald Rodríguez Ferrer
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Segunda crónica del músico venezolano Paul Desenne sobre el París que conoció y vivió en los años ochenta. De nuevo usa el sarcasmo y el humor para hablar de una cultura de la que recibió parte de su formación y que hoy mira críticamente. |
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A París siempre
se llega tarde; lo que uno creía poder alcanzar a ver ya pasó,
siempre. Da la impresión de que algo está ocurriendo,
pero no es nada; ni partícula ni vibración. La moda es,
en la actualidad —aunque mientan diciendo que siempre lo fue—,
el corazón y la estructura de esa máquina de vacío,
el motor de esa aspiradora moral que te chupa el presente convirtiéndotelo
en prisa, en desechos. La moda es alcanzarla. Vas a París a estudiar
un peinado y al llegar allá el blower ya pasó. «¿Peinado?
¿Es que todavía tú te peinas? Aquí usamos
todos la bola en cero, cabeza rapada». |
Después
de la Gran Guerra, las carencias culturales —más que la voluntad
de seguir un derrotero— fueron las que definieron los rumbos: los
surrealistas debieron reinventar la escritura porque ya no había.
El propio Dalí tuvo que reinventar las piezas útiles del
arte académico, que se había volatilizado. Tardó
25 años en redescubrir la pintura al huevo, el arte sacro, la belleza
clásica, recombinándolos para poder echar sus cuentos correctamente
y dar un perfil convincente a sus paisajes oníricos. La escuela
de la Bauhaus parecía un kindergarten donde los huérfanos
de la destrucción iban a aprender números, letras y colores;
los cuadernitos docentes de Klee parecen un curso de pintura para niños
que descubren el papel y la pintura. Pikazo el cebollento, machista, farsante,
haciéndonos creer que su maravillosa libertad en el lienzo, conquistada
tras las más arduas elaboraciones y evoluciones desde lo académico
más rancio, era un juego infantil, se sintió aliviado con
tanto muerto a su alrededor. Ya no venían los viejos conocedores
franceses, los únicos fastidiosos que él temía, a
rodearlo de masa crítica. Ya podía pintar «como un
niño» sin que lo regañaran por comerse y hacernos
comer su propio popó. Pero no entremos en un lloriqueo como Stefan Zweig, escritor austriaco que se suicidó llegando a Brasil, después de chillar por el telonazo final que cayó sobre la vieja Europa en esa primera guerra; todo ese mundo de huérfanos reaprendiendo a gatear, garabatear y gorjear tiene cierto encanto, si apartamos los otros huérfanos que poco tiempo después vistieron camisas negras y marrones y aprendieron el saludo nazi, aquellos que Bergman diseca en El huevo de la serpiente; abramos los ojos, sigámosle la pista al sobreviviente. Pero tengamos muy presente lo que me contaba un músico extraordinario disfrazado de profesor, uno de los poquitos artistas verdaderos que vi en mi paso por el Conservatorio Superior de París: familias enteras de músicos, aquellos que habían sido la médula misma del apogeo impresionista francés, junto con todos aquellos que tenían el savoir-faire de la vida deliciosa a bajo costo, del refinamiento sin ostentación, habían desaparecido por completo en la hecatombe de la primera guerra. Fueron millones de víctimas cultísimas, de ambos bandos, masacradas por un puñado de generales empeñados en defender una colina. El balance humano final nunca se efectuó por el temor de cifrar la devastación del conocimiento. Avanzó mucho la aviación, pero desaparecieron los ángeles. Después de la guerra se sintió un vacío espeluznante en el ámbito del saber, un desplazamiento de los valores de la cultura hacia los valores de la materia y las pertenencias. La prueba de ello está en que la década que vivió el mundo a partir de 1918 es la década del auge hipermaterialista norteamericano, la explosión y el recalentamiento del reciclaje financiero, hasta la insensatez y el crac de 1929. En la historia reciente, nunca se había abierto tal brecha en el relevo generacional del conocimiento humano como el boquete que dejó la Gran Guerra, ni siquiera en la época del Terror de 1793, médula de la Revolución Francesa, gran madre del Estado moderno (¡Oh terror, base de todos los gobiernos republicanos, esencia del paredón, combustible básico del comité popular, solución del mundo concebida en la desesperación de los desposeídos!). Imagínense, pues, el mundo del «ocio decorativo burgués», como diría un comité popular, diezmado de la manera más cruel. Por selección darwiniana sobrevivieron algunos tuberculosos recluidos como Proust o Modigliani, creando un puente mágico entre el antes y el después de la destrucción; sobrevivieron los astutos o los heridos y enfermos que esquivaron la muerte en un París despoblado. De no ser por un cáncer que le carcomía las entrañas, Debussy se habría hecho matar por Francia. Apollinaire murió de neumonía un día antes de la firma del armisticio, herido en la cabeza cuando defendía a Francia en las trincheras con su rifle y sus tipografías oblicuas. Mientras tanto, Picasso y Cocteau, cobardes alegres y quizá más sensatos, tomaban Pernod con sus amantes en los cafés de Montparnasse, rumbeando en plena conflagración; sabían que el enemigo era un fantasma alimentado por una maquinaria industrial. Los que se sintieron liberados por el gran alud que tapió el viejo mundo europeo, los que sintieron alivio por la desaparición de la arquitectura con cornisa, del neogótico, del bigótico (porque todos esos viejos del siglo de Julio Verne usaban bigototes), son los Mondrian del alma. O mejor dicho, desalmados; sólo conservaron el negro y tres colores, y las líneas rectas que se cruzan a 90 grados. Sobre esas bases insignificantes y técnicas, vacías de toda mitología y de todo sentido, se construye la ciudad moderna y criminal de Le Corbusier y Mies van der Rohe, otros huérfanos sin familia humana. «Es que no tienen madre», diría sabiamente un mexicano, al ver las calles de Nueva York. Mondrian pinta el mismo cuadro patético y siniestro durante 25 años, sin una sola diagonal, a pesar de que su «obra maestra» se llame Broadway Boogie-Woogie, usando el nombre de la única avenida torcida de Manhattan. Le Corbusier repite el mismo cubículo infernal 700 mil veces; eso sí, para que lo habiten los demás, porque él vive en una cabañita bien linda en las montañas, frente a la Costa Azul. Y todavía muchos extraviados defienden el «genio» de Le Corbusier por una silla que diseñó, o adoran a Mondrian: ¡qué limpieza, qué economía! En esos años veinte se fraguan el ataúd de la ciudad, la muerte de la convivencia interfamiliar; nacen la vida mercancía, el espacio cuadrícula, el ascensor, la aspiradora del crédito masivo; se divide el tiempo, que antes era uno solo, entre ocio insulso y horror. Hay que esperar la subversión arquitectónica del vienés Hundertwasser, a partir de los años sesenta, para darles la estocada juguetona del color y del desorden visual a las especulaciones asesinas de Le Corbusier y su séquito, cuyas ciudades dormitorio sí son buenas candidatas a ser dinamitadas. |
Pero
el París de las postales siempre pretende ser aquel que en realidad
desapareció en 1917, el día en que la Gran Berta, el cañón
de pólvora más gigantesco que se haya construido, destrozó
la nave de la iglesia Saint-Germain l’Auxerrois, frente al Louvre,
disparando desde un tren-cañón alemán estacionado
en la campiña, a más de cien kilómetros. Murieron
los fieles, pero quedó intacta la fachada de la iglesia. Son mentiras
de postal; la gracia y el talento de Francia emigraron a los infiernos,
desaparecieron, escondiéndose entre los escombros; quedan la concha
vacía, el vestigio de la gracia y el talento. La destrucción
continuó después de las dos guerras, sin necesidad de utilizar
la dinamita del Führer, y lo que vino a rellenar lo que se fue «renovando»
tiene la marca de la decadencia y el mercantilismo desnudo. Miren el corazón
de París, Les Halles: hoy vergüenza universal, siniestra mezquindad
arquitectónica. Lo que era el vientre de la ciudad, el gran mercado
(vean la foto y lloren), crisol de campesinos con citadinos, ensalada
de pobres con ricos, de artistas trasnochados con verduleros madrugadores,
semillero de fiestas y de ideas, Venecia de la gastronomía en bruto
gondoleando sobre un mar centenario de aguamasa fermentada, gran remate
de quesos perfumados, paseo del pan sobaqueado, pista de patinaje sobre
lechuga en el mediodía de los poetas y los pintores, miocardio
de crema con vino y champiñones irrigando, lubricando la entrepierna
de la gran cultura francesa, hoy parece más bien un parqueadero
de desechos humanos posindustriales. Pasó Mayo del 68 y el mercado de Les Halles, verdadero centro de Francia, ojo del huracán de todas las salsas de la cultura francesa, arquetipo celestial del mercado consagrado en la ciudad-faro, es desmantelado por intereses turbios de urbanizadores y tiburones. Más vale un jugoso golpe inmobiliario que todos los mitos y tradiciones. El mercado de Les Halles es transformado en hueco profundo sin destino, como si hubiera sido objeto de un bombardeo civil, y luego convertido en un parque miserable rodeado de los ejemplos de tacañería arquitectónica más patéticos jamás vistos; los edificitos más horribles del universo, con pérgolas de hojalata y entradas de parqueadero subterráneo. Es imposible imaginar el drama y la tristeza que causó la operación en los habitantes y los trabajadores que hacían su vida en torno al sitio. La mentalidad higiénica del desinfectante nuclear Chirac y su corte de empresarios de limpieza urbana convirtió ese centro de la gastronomía universal, vestigio viviente del París de Balzac, en un mall a la francesa. Es un centro comercial de tipo americano, pero por supuesto sin la comodidad gringa del extra-large, y además hundido bajo tierra para que no se vea. Hoy, veintitantos años después de su inauguración, el tal Forum de Les Halles es un monumento a la estrechez y a la mezquindad. Entrar allí es como explorar el interior de una morcilla, esquivando grumos cartilaginosos, codazos y lluvias de caspa, en una nube de fritanga de papitas y United Olors de Veneton. Antes de su destrucción, los amplios Pavillons de Baltard formaban un gigantesco mercado en el que la marea humana podía sentir un generoso espacio perfectamente adaptado a la efervescencia del comercio, al menos con diez o doce metros de espacio techado bajo sus cerchas de hierro colado, en el más puro estilo de la era de Eiffel.
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Orden
en el reino de Francia. Ya había muerto André Malraux, el
gran novelista, apasionado, ecléctico y desordenado ministro de
Cultura. Desde el monopolio otorgado al tirano Lully por Luis XIV, que permitió que el compositor francés de origen italiano se convirtiera en jefe absoluto de todos los escenarios del reino —tiranía musical que secó a todos los demás músicos del país, prohibiendo cualquier iniciativa local, así fuera un miserable grupo en una feria de pueblo— y que obtuviera el privilegio de callar a todos sus rivales condenándolos al silencio, al exilio, o a funciones de músico íntimo de la recámara de algún cortesano, a fines del siglo XVII, no se había visto una tiranía semejante a la que instauró el patético Pierre Boulez, creador de algunas de las páginas más horribles de la música de todos los tiempos. Comparar cualquier piecita de piano de Poulenc con el adefesio marrón del Libro para cuerdas de Boulez, túnel de náuseas, círculo de tormentos sin salida, ecuación final de la fealdad pretenciosa, es como comparar una copa de fresco Beaujolais con un jarabe expectorante. Pero lo más dramático es que la comparación entre Boulez y Lully se sostiene por varios costados. El historiador musical Michel Rostain señala, en sus estudios sobre Lully y el centralismo histórico de la administración musical en Francia, que durante el mismo período reseco del monopolio de Lully, en el mosaico de principazgos y reinos en la península italiana se producían y presentaban miles de obras vocales, en un florecimiento sin par de mecenazgos y creación. En Francia no se podía presentar ni una comedia popular en un mercado de plaza sin pedirle permiso al director de la música del reino. Esa estructura fue heredada por Pierre Boulez, cuya autoridad se ejerce aún hoy simplemente por voracidad presupuestaria. No niega permisos como Lully, pero se lame el plato. El dinero y la aprobación se otorgan a su antojo, según un estricto racionalismo delirante, y no puede florecer nada que no tenga el sello de su supuesta vanguardia matemática excluyente, manejada por especialistas para un público de especialistas. Si usted trabaja en otro registro de expresión musical que no sea aprobado por la línea oficial, le toca redondearse los fines de mes tocando hasta en el metro, porque los tecnócratas también pisotearon el cabaret, el café teatro, y le niegan recursos a cualquier espacio musical que no venga cuadriculado en hoja de cálculo. El señor Boulez se declara seguidor del austero filósofo y matemático francés Blaise Pascal, del mismo siglo de Lully, que despreciaba la diversión y los placeres sensuales: la idea del disfrute le resulta desagradable. ¿Casualidad? ¿Reencarnación de un alma del siglo del Rey Sol? A sus conciertos de música de vanguardia asisten menguados grupitos de seguidores, 20 o 30 personas, pero esa escuálida asistencia no se lee como fracaso, como el fracaso que sentíamos, a pocas cuadras de allí, tocando tangos de la vieja guardia ante una sala vacía. En esa lógica de la música contemporánea, poca asistencia significa calidad y refinamiento de la vanguardia, potencia del destilado. Su organización, que es como una mafia de asalto al presupuesto cultural manejada por tres tristes tecnócratas, analizada con lucidez por jóvenes críticos franceses como Benoît Duteurtre (Réquiem para una vanguardia, París, Laffont, 1995), se chupa más del 80% del presupuesto nacional para la música, justamente por entretener a los 20 exquisitos que asisten y cobran jugosa y fielmente. La acción más nefasta de «Robespierre» Boulez está en su campaña permanente de desprestigio a las funciones rituales y ancestrales de la música, campaña muy escuchada por la élite de administradores resecos. Hace mucho tiempo que su esqueleto tecnocrático dejó de bailar, si alguna vez lo hizo, y su corazón, que bombea variables y sinusoidales, ya no siente la cosquilla de París, ciudad del amor. Más insensible que cierto general alemán… Para la fiesta inaugural del centro comercial subterráneo, adefesio que medio tapó el hueco dejado por la devastación del gran mercado de Les Halles, nos contrataron, entre otras atracciones musicales, con el grupo de tangos de Ernesto Rondó. Para esas ocasiones sí sirven los géneros inferiores de la música, los folclores, el jazz, la música popular, aquellos que algunos administradores culturales franceses que conocí llaman despectivamente «grand public», es decir, música de masas: un saco gigantesco donde se mete todo lo que no sea Mozart, Schubert o Messiaen, todo lo que no venga en partitura, todo lo que sirva para bailar o festejar, funciones menores de la cultura, géneros mantenidos al borde de la agonía presupuestaria que sobreviven casi siempre por obra y gracia de los músicos inmigrantes, africanos, gringos o latinos. Mientras estudiaba violonchelo en París tuve la oportunidad de revolcar mi instrumento en el anémico ambiente de la música no académica de Francia, en la periferia de los conservatorios. Cada combinación es para mí un capítulo, un crédito de mis estudios extramuros. Chelo con arpa llanera en el metro, que es música de cazadores recolectores de monedas, guahíbos de los túneles; chelo con acordeón de vallenato en las rumbas de los caribeños enloquecidos por el exilio y la oscuridad —ojo con el micrófono, que se me raya el chelo—; chelo con tumbadora, chelo con kemanchá de Armenia, con tambores y flauta de bambú de Guadalupe, con ud y darbuká de Argelia; chelo con bandoneón tuberculoso de exiliado porteño. Mientras mi profesor, un estalinista trasnochado, descalificaba mi inclinación por un instrumento burgués diciéndome que yo, suramericano de la élite, me podía dar ese lujo únicamente por el petróleo venezolano, poniendo en duda mi talento y mi vocación inquebrantable, yo iba descubriendo en la música de América Latina y del mundo no occidental todo lo que le faltaba a él en los registros de la expresión y la autenticidad. Lo que nunca me atreví a contestarle era que él podía darse el lujo de tocar violonchelo porque Francia vendía armas en África y plantas de energía nuclear en Irán. Lo cierto es que la barrera de prejuicios que separa la música académica de las otras, en Francia, ha condenado hasta a la propia música tradicional francesa, de cualquier clase, a un empobrecimiento y un descrédito profesional inimaginables. La verdadera función ancestral y legítima de la música ya no se transmite en los conservatorios. Pocos son los músicos académicos que conocen y actúan a partir de esa verdad que ha asesinado lentamente, en una crisis que tiene ya un siglo, la naturaleza orgánica de la formación musical, así como el vínculo entre el público y los músicos cultos.
Una mañana no apareció más el violinista. Nos tocó recortar la foto promocional del grupo, sacada en el balcón, con el cementerio de fondo, como siempre. Afortunadamente Jean-Marc estaba en un extremo del retrato, por lo que no resultó difícil expulsarlo de la foto de un tijeretazo. Era imposible que llegara a los ensayos, ya que estaba en la cárcel. La noche anterior había llevado a un amante furtivo a su cuartico sórdido donde alguna vez habíamos intentado ensayar, y lo asfixió con una bolsa plástica y un cable, entre risas y exclamaciones de macabro erotismo que los vecinos aterrorizados reportaron a la policía. Los ensayos del grupo, ahora reducido a trío, súbitamente se pusieron más dramáticos y trascendentes. Me tocó asumir el papel del asesino, sustituyendo el violín con mi violonchelo. Me puse más melódico, más dramático. ¿Será que esta música me convertirá a mí también en asesino? Estas partituras escritas ayer mismo por un argentino en su cuartico, siguiendo un guión flotante, improvisadas ideas plasmadas en el papel, líneas que yo mismo puedo modificar a mi antojo mientras las interpreto, girando en torno a las inciertas y fluctuantes melodías de un tango, a diferencia de las partituras tan distintas, inalterables como las Tablas de la Ley, de un Mozart o de un Brahms, ¿me convertirán a mí también en loco, en bohemio divagante, en forajido? Si sigo tocando esta música arrabalera, navegando en los bajos fondos al lado de estos viejos anclados en París, nunca saldré de la vida nocturna, de la miseria y del cabaret; pero si sigo al pie de la letra el destino real que me preparan los conservatorios me convertiré en un patético engranaje de la relojería polvorienta, seré pobresor de música, músico de atril, bostezaré en las clases en la espalda de mis alumnos, me dormiré en la fila de violonchelos de una sinfónica, roncando en grupo mientras un director inepto cosecha los laureles que le corresponden al compositor ya muerto, y a los siglos de trabajo, escalas, arpegios, exámenes, sudores fríos, llantos y frustraciones de todos los miembros de la orquesta… No, cantaba Rondó: «Gambeteabas la pobreza en una casa de pensión… Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado, no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás… y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado, al otario que tenés… ¡se la cargás!». |
Todos los años, Prunier recibía la amenaza del desalojo de los dueños del agrietado edificio: la alcaldía de París, siempre ávida de negocios, como pudimos apreciarlo anteriormente; esas amenazas surgían a pesar de que su casa era un centro importantísimo de la música antigua. Allí tuve la suerte de cruzarme y tocar con artistas increíbles de la talla de Christophe Coin, mi colega chelista y gambista, que se hizo aún más famoso tocando la música de la película Tous les matins du monde, sobre el compositor francés Sainte Colombe (compositor de bajo perfil, contemporáneo de Lully, por cierto; qué casualidad). Allí también tocaban y se reunían Esther Lamandier, con su arpa y su canto; Marianne Muller y su viola da gamba, y muchos otros artistas hoy célebres por sus discos maravillosos. En ese lugar se sentía hasta qué punto era difícil hacer música fuera de la esfera oficial del conservatorio de París y del cerco de la música contemporánea. Prunier no formaba parte de los luthiers convencionales, aquellos comerciantes que rodeaban el mercado cautivo de la Rue de Rome, en las cuadras aledañas al conservatorio superior de París. No gozaba del estatus de artesano constructor, a pesar de tener una amplia y activa clientela. La explicación era que sus clientes no calificaban aún para la gloria oficial. Uno de los más célebres instrumentistas y directores europeos actuales, especialista de la música antigua, el hombre que nos hizo descubrir la música de Marin Marais, de Diego de Ortiz, la música medieval española y tantas otras, el catalán Jordi Savall, durante años pasó casi inadvertido tocando casi todos los domingos en las iglesias de París. Hoy se agotan las entradas cuando se presenta en las grandes salas. Savall era casi sinónimo de sandalia, de hippie; la música antigua era como una lenta guerrilla que actuaba con su arsenal de instrumentos no convencionales rescatados de la iconografía antigua y de oscuros tratados en las bibliotecas de Europa. De repente llegó la moda a finales de los años ochenta. El público europeo se cansó de no tener alguna raíz semejante a la música étnica que llegaba de todas partes, y los exploradores de la música antigua ya habían aprendido a resucitar los fantasmas maravillosos que dormían en los archivos, alcanzando el umbral de masa crítica para formar un fenómeno musical que arrasaría con todos los esquemas. Revivieron instrumentos como el cornetto renacentista, trompetilla maravillosamente ágil y tersa en su expresión. Revivieron las violas da gamba, se encresparon los océanos de clavecines, se reunieron los coros de fantasmas que cantaban las Tenebræ de Gesualdo, o las misas de Brummell que soplaban en las mismas brisas que impulsaron las carabelas de Colón. Mi vecino Prunier, irreverente, inconforme, sin subvenciones de ningún tipo, como los músicos heroicos que rescataban contra viento y marea la expresión del mundo preindustrial, formaba parte del núcleo irreductible de verdaderos artistas, enemigos de las academias y de los burócratas seudocreadores que buscan cargos administrativos para obstaculizar a sus rivales desde las posiciones del poder, en lugar de jugársela en la arena del circo. Por fin llegó la hora de tocar en la bendita inauguración del centro comercial. Rondó no se puso el traje de gaucho, menos mal. Más de una vez lo vi reabrocharse torpemente la ancha faja de cuero con monedas plateadas en pleno espectáculo, tras una brusca inhalación antes de atacar un verso. Esta noche está de smoking. Corbata roja. ¿Será que esta noche, por fin, los franceses entenderán lo que es el tango? La puta que lo parió, ¡che!… Consuelito y Paul están listos, con sus violonchelos afinados; Óscar se ve sonriente, con su cara de judío italiano y su bandoneón recién pulido. Y el violinista logró salir de la cárcel; un peligro, ¿te das cuenta? Parece que comprobaron que estaba loco; tiene que someterse a un control en libertad condicional. Pobrecito el estrangulado, che… Los minutos antes de salir al escenario son siempre el marco de los comentarios más extraños. El músico se trata de alejar del presente mediante el chiste o el toque macabro. La idea es restarle trascendencia al evento para bajar los nervios. Pero Rondó está nervioso. Tiene meses buscando una gala decente con su nuevo grupo, meses tocando en salitas vacías, esperando la ocasión de lucirse, anhelando un resurgimiento de la moda del tango. Vamos, muchachos, llegó la hora. Métanle toda la polenta, y acuérdense: los principios y los finales. «Con Irusta, Fugasó y Demare… con Espaventa y Carlos Gardel… vos entonabas, Madrid, el tango… ¡Tango argentino, del tiempo aquel! Quiero algún día tener la suerte… de los pioneros que te nombré… poder cantar na-na-hmm-hmm, la-la-la-la, ¡La puta que lo parió, se me olvidó la leeetra, che!». Corte. Rondó saca su pañuelo rojo. Se esponja la frente enrojecida de la pena. Pero nadie se dio cuenta. El coctel sigue su curso, como si nada. Ah, ¿ya estaban actuando? Los franchutes empericados están más pendientes de la escarcha, del tintineo de las copas, del pavoneo y del saludo arrogante. La excitación mercantilista los ensordece, el fondo de tango no molesta, en realidad. Es un color, un perfume más en la sinfonía de cosquillitas, un telón para los pasabocas. Cuatro tangos más y después sigue el martiniqués con su grupo de baile. Allí sí hay cuerpos morenos sudorosos. Eso sí es excitante. El parisino se recrea con la vista del ébano desnudo. Olvídate del tango. Una tarde, casi diez años después de haber abandonado esa ciudad, regresé a visitar a Prunier en una de mis giras por Europa. Felizmente estaba todavía intacto su edificio, a pesar de una década de amenazas de desalojo. Pero un poco más abajo hacia Belleville ya habían remodelado, expulsando a los «marginales». Conservaban las fachadas del siglo XIX, reconstruyendo el interior de los edificios y también el tejido social de la zona; ya no había artistas ni africanos, esos no pueden darse el lujo de vivir en apartamentos nuevos. Bernard estaba terminando ese día la construcción de una orquesta de «trompetas marinas», un curioso instrumento de arco del siglo XVII, como un largo y estrecho contrabajo de una sola cuerda, que se toca exclusivamente con sonidos armónicos —sin pisar la cuerda—, dotado de un peculiar sistema de percusión en el puente que permite imitar el ataque seco de una trompeta. Un dinosaurio musical resucitado. Extraordinario. El flautista Luis Julio Toro, que me acompañaba ese día, quedó atónito viendo y tocando los instrumentos recién terminados, como sacados de un libro de historia. Entrar al taller de Bernard era siempre una aventura inolvidable, hasta la última ocasión que tuve de hacerlo… Un año más tarde bajé por el empedrado de la Rue des Partants, la calle del mágico taller, e irónicamente entendí el significado de aquel nombre que por años había sido un nombre más de lo cotidiano: la calle de los que parten. Llegué a la puerta del local y no había puerta, ingresé al lugar esquivando andamios y excusándome por entrar sin permiso. A los obreros argelinos y africanos que estaban respirando la nube de cemento, acarreando y apilando sacos de cal en lo que había sido el salón de las delicias musicales, no les importaban mis sentimientos. Como no tenía casco no podía permanecer allí, viendo la construcción. Ni rastro de Bernard. |
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