
| Encuentro
de revista Número en la Feria del Libro «Los nuevos centros de la esfera y los nuevos modos de estar en el mundo» |
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Programación
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EL
RENACER DE LA CONQUISTA Por William Ospina |
En
los últimos tiempos los habitantes del globo hemos visto desaparecer
ante nuestros ojos un mundo. No me refiero sólo a la desaparición
de las torres gemelas de Nueva York, ni a la desaparición del régimen
de los talibanes en Afganistán, ni a la reciente caída del
régimen de Sadam Hussein en Irak. No me refiero solamente a la
destrucción de los antiguos budas de piedra, ni a la desaparición
de las burkas en los desiertos afganos, ni a la destrucción de
los palacios de Hussein en Tikrit y en Basora, ni al saqueo de los tesoros
milenarios del Museo de Bagdad, aunque todas esas son ciertamente desapariciones
históricas. Me refiero a la desaparición del rostro civilizado
de una cultura, a la caída de ciertas máscaras, al modo
como pierden sentido ante nuestros ojos ciertas palabras. Me refiero al
derrumbamiento del orden mental en que crecimos todos, a la crisis de
los discursos que fundaron la edad moderna, a la temible decisión
de imponer ciertos valores en el mundo a sangre y fuego, por la vía
de una fuerza bélica desmesurada. Con la misma rapidez imprevisible con que se desplomaron las torres gemelas en Nueva York habíamos visto doce años atrás el derrumbamiento de la Unión Soviética y, después, de los regímenes que gravitaban en torno suyo en la Europa Oriental. De un modo más gradual, desaparecieron las tensiones de la guerra fría, y avanzaron por el planeta de una manera entusiasta, celebradas por los políticos y hasta cantadas por súbitos filósofos, las oleadas triunfales de la economía de mercado. Viendo a Boris Yeltsin sobre un tanque dirigiendo la liberalización de Rusia y a los devotos de la Virgen María reinstaurando la democracia europea en Polonia, un prosélito del nuevo modelo hasta se animó a predicar «El fin de la historia», declaró muertas todas las viejas contradicciones y llegada la humanidad a una fase nueva, de progreso indudable y de previsible unanimidad en el orden social. Una palabra se apoderó del mundo, la palabra globalización. El mercado global, la información global, la cultura global se convirtieron en fórmulas de los gobiernos, de los medios, de las escuelas. Era el capitalismo mundial lo que se abría camino, la lógica de la sociedad de consumo, el poder de las grandes corporaciones, y no estaban en duda sus progresos, sus conquistas, sus ventajas, pero se ofrecía como el triunfo irrestricto del progreso, de la prosperidad, la muerte gradual de las naciones, la transformación del globo en una alegre morada común. Su filosofía, pregonada a través de la publicidad planetaria, propuso una sociedad de la opulencia, de la tecnificación, de la salud asegurada, de la abundante provisión de bienes materiales, un mundo inagotable para los itinerarios del turismo, una comunidad ultrainformada, un cosmos que parece diseñado por los más ingeniosos cerebros de Leo Burnett y de McCann-Erickson Corporation. Se diría que iba a cumplirse en el mundo la predicción de Baudelaire: «La tout n'est qu'ordre et beauté, luxe, calme et volupté». (Allí no hay más que orden y belleza,/ lujo, calma y voluptuosidad) y todo el pasado, y todo el mundo periférico apartado de las grandes metrópolis planetarias revelaba de pronto su retraso, su demora en supersticiones premodernas, en indumentarias locales, en economías aldeanas, en comidas típicas. No hace diez años un escritor español urgía al mundo para que apresurara la disolución de las culturas locales. ¿Para qué persistir en esos prejuicios gentilicios, en tantas formas rudimentarias y arcaicas, si el clarín ya anunciaba con claridad suficiente el comienzo del reino global, donde sólo echaríamos mano de lo que se probara confortable y antiséptico, limpio y nuevo, como les gusta a los hijos del norte de América? Hasta las religiones de esas zonas ulteriores del mundo volvieron a ser vistas con sospecha. Mucho se habían predicado la convivencia y la tolerancia. Pero ahora llegaba otro discurso: los pueblos que se demoran en economías premodernas también se atrincheran en ideas bárbaras, en religiones absurdas, en costumbres irracionales. Por algo ocultan sus cabezas con turbantes, sus rostros con velos, sus cuerpos con pinturas y tatuajes, sus ideas con metáforas, sus oraciones con mantras interminables. La sociedad de consumo estaba bastante segura de sus ventajas y bastante orgullosa de sus conquistas, para dudar de que tarde o temprano hasta los más renuentes comprenderían la indiscutible superioridad de su modelo y aceptarían participar de sus intercambios. Pero en los diez años que transcurrieron entre la caída del muro de Berlín y la caída de las torres gemelas, ese delirante optimismo se vio contrariado por evidencias curiosas. El discurso de las grandes metrópolis industriales del planeta y de sus socios en todas las regiones no cesó de predicar como fórmulas ideales para el mundo el modelo económico de libre mercado, el modelo político de la democracia representativa, un mundo saciado por la información de las grandes cadenas y embriagado por exquisitos espectáculos uncidos al carro del mercado. Pero tal vez el resto de la humanidad no pareció sumarse con la debida rapidez, con la esperada amplitud y con arrobada admiración al ideal que le predicaban. Muchos iban quedando por fuera por su propia inercia. En África, salvo por el admirable esfuerzo de los surafricanos para construir una sociedad de convivencia y de perdón, lo único que progresaba por aquellos años era el sida. Los publicistas del modelo global podían argumentar que era precisamente por la ineptitud para adherir al modelo por lo que se cebaban sobre aquellas naciones las peores desgracias. Pero aunque la gran sociedad industrial tenía en sus manos recursos suficientes para atenuar esa tragedia histórica, y demostrarle a África con hechos la generosidad y la humanidad del modelo, hubo que librar arduas batallas, y aún no se han ganado, para conseguir que los precios de las patentes de la sociedad opulenta no dejen para siempre por fuera de toda esperanza a decenas de millones de africanos afectados por el virus. Aunque los países árabes están inscritos de muchas maneras distintas en los parámetros de consumo de la sociedad industrial, hay muchas cosas en las que piensan y sienten distinto. En vano se esfuerzan algunos antropólogos por demostrar que la tentadora desnudez de las chicas occidentales en las playas de Cannes o de la Florida no es más válida culturalmente que la tendencia de las musulmanas a cubrir sus cuerpos con velos y burkas. No: para la mentalidad imperante los bikinis son progreso y las burkas son atraso, así como para los conquistadores españoles era irracional el modo como los indígenas veneraban al sol y a la luna en discos de oro y en arcos de plata cuando lo verdaderamente racional era adorar dos leños cruzados. Pero incluso los países periféricos que adhirieron con entusiasmo al modelo muy pronto descubrieron que no era tan fácil borrar las diferencias. Al cabo de una década de experimentos la Argentina se hundió en la indigencia y el caos. Venezuela optó por un disidente del modelo. Brasil escogió un gobernante poco adicto a la globalización y al confort y mucho más interesado en la prioridad de acabar con el hambre de sus conciudadanos. El modelo de la opulencia y del consumo suntuario no está diseñado por gentes que sepan de esa extraña enfermedad, el hambre. Y los críticos de la sociedad de la opulencia no han tenido que hacer mucho esfuerzo para demostrar que las ventajas del tipo de globalización que se predica sólo existen, como en el viejo mundo colonial, para las metrópolis, y para pequeñas élites ostentosas en los países que se lanzan a la conquista del modelo. |
Pero
además el mundo modelado por el gran capital venía siendo
contrariado crecientemente en las últimas décadas por una
serie de objeciones que no hubo cómo acallar. La sociedad industrial
individualista, consumista y esclava del lucro fue seriamente cuestionada
por quienes denunciaron el calentamiento global como efecto de las emisiones
de gases industriales; por quienes lanzaron advertencias ante los avances
suicidas de la deforestación planetaria; por quienes advirtieron
la amenaza creciente de la escasez de agua; por quienes denunciaron los
avances de la contaminación del agua y del aire; por quienes lanzaron
su grito de alarma ante la extinción innatural de muchas especies
animales y vegetales; por quienes advirtieron el auge escandaloso de la
industria bélica, la proliferación de sus tráficos
legales e ilegales, y hasta el mercado callejero de energía nuclear;
por quienes advirtieron que es precisamente la economía de libre
mercado sin la intervención del Estado el escenario ideal para
el advenimiento y el auge de las mafias, sobre todo de las violentas mafias
de las drogas; por quienes señalaron el tremendo peligro que entraña
cambiar alimentos con cinco mil años de seguro, en manos de la
tradición, por impredecibles alimentos modificados en su estructura
genética obedeciendo a los imperativos de lucro, enmascarados en
nobles intenciones y en dulces palabras; por quienes vieron el crecimiento
urbano desenfrenado, el ideal de la gran industria, ya que concentra a
los consumidores, como el gran depredador del planeta, el gran depravador
de los entornos naturales, un incontrolable generador de desperdicios,
y un escenario ideal para el avance de pestes aniquiladoras; por quienes
vieron en la profusión de vehículos privados que surte y
publicita la industria uno de los ejes de contaminación, de derroche
energético, de congestión urbana y de agitación neurótica;
y, finalmente, por quienes vieron en el sedentario modelo de la sociedad
de consumo la melancólica transformación del hombre homérico
en Homero Simpson. Implantado el modelo en numerosos países, los resultados fueron harto tristes. Basta leer los libros que publica cada año la casi difunta Organización de las Naciones Unidas para ver cómo de año en año se envilecen las condiciones de las grandes mayorías en el mundo, cómo van siendo postrados por el capital financiero, por la banca mundial, por la lógica perversa de los empréstitos y de la deuda externa la gran mayoría de los países; cómo se acaba la pequeña producción de los países para que todos tengan que comprar los excedentes de las economías poderosas; cómo retrocede el mundo a medida que crece la población y de qué modo, siguiendo el más nítido de los principios del capital, crecen como hermanas siamesas la concentración de la riqueza y la difusión de la miseria en el mundo, con sus secuelas de ignorancia, criminalidad y terrorismo. Personalmente creí que el delirante modelo de la sociedad opulenta, predicado de un modo irreal a una humanidad que mayoritariamente se hunde en la pobreza y en la incertidumbre, iba a persistir en su esfuerzo por seducir a la especie, por halagarla con señuelos publicitarios, por embelesarla con espectáculos, por convencerla de que la sociedad de consumo es la gran heredera del humanismo clásico, de los inventos de Leonardo da Vinci, de las elegancias de Baudelaire y de Oscar Wilde, de las ideas de Rousseau y de Montesquieu, de la inteligencia de Franklin y del patriotismo de Lincoln, de la heroicidad de los guerreros de la Ilíada y de las astucias de los marinos de la Odisea, de la sabiduría arqueológica y estética de Winckelman, del universalismo de Voltaire y de Frazier, de los mil labios de Shakespeare y de los mil rostros de Whitman, de las conquistas del pensamiento moderno y de las conquistas del derecho clásico, del ecumenismo, del cosmopolitismo, de la tolerancia, de la democracia, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, de la coexistencia pacífica, de todas esas palabras hermosas y esas ideas nobles que fueron el fundamento de la edad moderna y con las cuales, hasta hace poco, parecía aureolarse la sociedad industrial. De repente, hemos pasado todos por un curso abreviado de realidad. La negativa de los grandes poderes bélicos del planeta a escuchar los argumentos del derecho, las advertencias de las Naciones Unidas, los suspiros impotentes del Consejo de Seguridad; el modo como las bombas y los misiles han acallado el clamor de las multitudes sensibles del planeta; la manera como se nos ha demostrado cuánto vale el derecho frente a la fuerza, cuánto vale la idea de patria cuando el imperio quiere otra cosa, nos han enseñado de un modo claro, metódico, mediático, qué es hoy el derecho, qué es la justicia, qué es la libertad, qué es la democracia. Pero con la reciente guerra de Irak, que al parecer no es más que el comienzo del nuevo orden mundial, no sólo hemos asistido a un acto de violencia contra los hombres y las cosas sino a un ostentoso acto de violencia contra la inteligencia y contra el lenguaje. Cuando hace un mes los iraquíes comenzaron a tomar prisioneros entre los soldados de la coalición que invadía a Irak se oyó la voz severa del secretario Rumsfeld exigiendo que se respetaran los acuerdos de Ginebra con respecto a los prisioneros de guerra. Y no hacía un año que todos habíamos visto el trato que les dieron los estadounidenses a los prisioneros talibanes en la base de Guantánamo. Los talibanes que pagaron en especie las consecuencias del atentado de septiembre perdiendo ante sus vencedores incluso la condición humana. Pero también es una ofensa a la inteligencia que en el trono de la mayor potencia planetaria no estén ya ni el tramposo Nixon ni el rapaz Theodore Roosevelt sino el fanático y obtuso hijo de un petrolero. En su enumeración de las frases célebres del actual presidente de los Estados Unidos, el escritor Umberto Eco incluyó una muy significativa. Al parecer, en algún encuentro de gobernantes, George Bush, hablando con el entonces presidente Cardoso, del Brasil, le preguntó con curiosidad: «¿Ustedes también tienen negros?». Son tantos los comentarios que podrían hacerse sobre esa frase que más vale dejarla flotar como una lección de política contemporánea y como una muestra de las luces con que cuenta el hombre que tiene en sus manos el destino del mundo. Esto bastaría para refutar la idea de que la humanidad progresa, como basta para ello comparar a muchos mandatarios de hoy con los que gobernaban los mismos países hace cincuenta años, o comparar los periódicos de hoy con los de entonces. Pero tal vez sea suficiente con ver los noticieros de televisión. Pero sobre todo, después de unas décadas de ilusionismo, no sólo hemos visto desplomarse el orden mental en que habíamos crecido, sino que hemos visto resurgir, más arrogante, más cínico, más desdeñoso de la opinión mundial, más brutal, más codicioso, el espíritu del colonialismo que parecía haber muerto con la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam. Todo parece indicar que la guerra de Irak ha sido una maniobra comercial de una sociedad de negociantes de armas, hábilmente vendida como una campaña purificadora a un pueblo asustado por un asalto terrorista y dispuesto a creer en cualquier cosa que le garantice el retorno de la seguridad perdida. Pero no a todo el mundo le conviene reconocerlo. Este resurgimiento del colonialismo es algo particularmente odioso para nosotros, porque la América Latina es de algún modo un símbolo de la lucha contra los poderes coloniales. Cuando apenas comenzaba la colonización moderna de Asia y de África, ya nuestros patriotas estaban expulsando a los virreyes y fundando las primeras repúblicas de América. América Latina es la región pionera en el mundo de la lucha contra el colonialismo, y a nadie le duelen tanto las cosas como a quien las ha padecido. Como decía Shakespeare: «Se ríe de las cicatrices el que nunca ha tenido una herida». Uno de los hechos que más provocan rechazo del colonialismo es que no todas sus manifestaciones son visibles y exteriores. Colombia es un buen ejemplo de que no basta con expulsar a los invasores para recuperar el orgullo perdido. Viendo el poder aplastante que se ha utilizado contra Irak, uno no puede dejar de recordar el poder avasallador que se utilizó contra los pueblos nativos de América, con el mismo discurso supuestamente civilizador y con la misma acusación de barbarie que ahora esgrimen los mismos negociantes de siempre. Uno recuerda, además, que lo primero que queda desarmado con los abusos de un poder descomunal contra pueblos que tienen la desgracia de poseer alguna riqueza codiciable, que lo primero que queda anulado en ellos es el autoaprecio. La confianza en sí mismos. Todavía el elemento principal que define a nuestro país es la persistencia de sus traumas coloniales. Después de la ocupación militar de la Conquista, y de la subordinación administrativa y política de la Colonia, fuimos subyugados por los discursos de las metrópolis en nuestra primera edad republicana, y uncidos al cortejo de sus economías. A partir de cierto momento ese resabio colonial ya no se debió a la presión exterior sino que empezó a movernos hacia una actitud imitativa y subordinada. Siempre sintiéndonos rezagados ante los avances de la modernidad, y periféricos con respecto a los centros de gravedad de cada época, creciendo en la negación del mundo al que pertenecíamos, en la incapacidad de advertir nuestras originalidades frente a la historia contemporánea. Las consecuencias de los crímenes de los individuos duran décadas, pero las consecuencias de los crímenes de las naciones duran siglos. Hay personas que piensan que intentar explicar lo que pasa en estas tierras por lo que empezó a ocurrir hace cinco siglos es una necedad y un mero artificio mental. Pero lo anacrónico entre nosotros no es la explicación, es la realidad. La verdad es que lo que empezó hace cinco siglos, un genocidio acorazado con todo el monstruoso aparato militar y retórico de la Conquista, siguió siendo la realidad entre nosotros durante siglos, a pesar de los ropajes distintos de la elocuencia y de la guerra, y hoy podemos ver en tierras de Colombia escenas idénticas a las que se presentaron en el comienzo de nuestra incorporación a Occidente. Colombia está hoy llena de guerreros, de Pizarros, de Almagros, de Heredias, de Ursúas y de Aguirres. Mucho de lo que nos ocurre es resultado de esa historia cruel y clamorosa, y no encontraremos soluciones a nuestros problemas por fuera de una interrogación profunda de nuestra memoria y de nuestro territorio. Sólo de una mirada nueva sobre el pasado podremos derivar la posibilidad de otro futuro y sólo de una mirada original sobre nuestro mundo podremos entrever el orden de nuevo tipo que tenemos el deber de construir. Por eso es una lección tan grave la que nos han ofrecido los noticieros. Hemos visto volver la lógica de la conquista de América. Grandes poderes en el mundo vuelven a afirmar que se puede imponer la civilización con bombas, la libertad con el aplastamiento de los pueblos, la cultura abrumando a una ciudad llena de reliquias con misiles y disparando contra unos pobres seres que esgrimen en vano su banderita blanca. Vamos a tener que aprender a ver en nuestros defectos el oscuro espejo de nuestras virtudes, a encontrar fortaleza en muchas debilidades, a encontrar tal vez la posibilidad de un futuro justamente en esa dificultad para incorporarnos al futuro que se nos ha prescrito. Nos va a tocar invocar no la ayuda filantrópica de los que creen tener más, sino la amistad de quienes comparten nuestras circunstancias y nuestra tragedia, y pueden por tanto entendernos. Recuerdo unos versos de Barba Jacob, que no recomiendan la caridad ni la asistencia de los compasivos a los dignos de compasión, sino que dice: «Apoya tu fatiga en mi fatiga que yo mi pena apoyaré en tu pena» ¿Por qué no creer en la posibilidad de inventarnos un orden social que se nos parezca, y un modelo de asociación entre humanos que verdaderamente nos interprete? Buena parte de América Latina ha vivido siempre su destino en la forma de un texto ilustre que flota sobre ella pero que no dialoga con su realidad. El contrato social supone la sujeción de todos a una ley, pero la condición es que sea una ley válida para todos, y entre nosotros la relación con la ley está larvada por una suerte de escepticismo central. La sospecha de que la ley que impera sobre nuestras cabezas es una ley tramposa, que siempre obró con excepciones frente a ciertos poderes, que no sancionó con la misma severidad a las distintas clases sociales, a las distintas etnias, a las distintas comunidades humanas. Nuestras leyes no nacieron de nosotros. Siempre existió aquí una discordia entre la realidad y el lenguaje. Para un español la identidad entre la palabra y la cosa es algo indudable. Para un latinoamericano, como para un filósofo, entre las palabras y las cosas no hay una correspondencia plena, hay una zona de vacío, un desajuste, una demora. La lengua nació lejos y no llegó a dialogar con este mundo sino a sobreimponerse a él como se impone el sello sobre el papel oficial, con un golpe y dejando una mancha. Así las cosas no quedan bautizadas sino designadas, nombradas apenas. Y aquí vivimos siempre la fiebre de los nombramientos. Cuando se dice que fulanito ha sido nombrado, tenemos la sensación de que ha comenzado a existir. Ese nombramiento siempre supone no una confirmación de lo que ese alguien intrínsecamente es, sino una dignidad que le viene de otra parte. Es duro cargar con siglos de sujeción a unos poderes que nos nombran, nos designan, nos reparten, nos trazan nuestro destino, y que no han venido nunca a conocernos. Aquí a la gente le dolía que esos reyes que derivaron tanto poder y tanto lustre de sus territorios de ultramar no vinieran a verlos jamás. Todavía en la víspera de la emancipación, en el umbral de las rebeliones históricas, en el paladar del grito de independencia, muchos exclamaban, «Viva el rey y muera el mal gobierno». Lo que quería mucha gente no era tanto dejar de ser subordinada, ni dejar de ser súbdita, sino dejar esa condición fantasmal. Que por un instante siquiera el cuerpo y el alma del imperio coincidieran en suelo americano, como para su fortuna les ocurrió a los brasileros. América Latina ha sido siempre una réplica de Europa. Pero eso es algo que también podría decirse de los Estados Unidos. La diferencia consiste en que los elementos que exagera la réplica norteamericana no son los mismos que exagera la réplica latina. Los Estados Unidos son los herederos de la industriosidad europea, de la planificación europea, del espíritu imperial europeo. La América Latina es heredera de los escrúpulos de Europa, de las fantasías de Europa, de las discordias íntimas que han sacudido el alma de Europa. Y sería un error pensar que ello es necesariamente negativo. Han salido más cosas provechosas de las contradicciones de Europa que de su unanimismo. La contradicción es dialogadora y teatral, es capaz de duda y de filosofía, es un manantial de artes y de preguntas. La contradicción es un modelo de convivencia. Se diría que es una ironía imperdonable decir que precisamente Latinoamérica ha demostrado ser más capaz de convivencia que Norteamérica. Una ironía porque es aquí donde nos peleamos como perros y gatos, donde nos precipitamos en la delincuencia, en la miseria, en la exclusión, en la pauperización. Pero yo me veo en la obligación de afirmar que aquí vivimos como perros y gatos, porque aquí hay perros y gatos. En tanto que en Norteamérica hubo siempre la vocación de que sólo hubiera perros, y siempre se exigió que los gatos, para ser aceptados, se comportaran como perros. Ustedes me perdonarán esta analogía pecadoramente zoológica, pero la prédica de democracia de la sociedad norteamericana, tan pregonada y defendida por Walt Whitman, fue siempre, ya en la práctica, falaz. Allí, como dice el dicho, todos eran iguales, pero había unos más iguales que otros. A Louis Armstrong, cuando ya era el mejor jazzista de los Estados Unidos, todavía le tocaba comer en la cocina. Si todos los ciudadanos eran ilustres descendientes de europeos, la democracia era indiscutible. Pero a partir del momento en que había que aceptar como parte de esa democracia también a los hijos de los esclavos, también a los inmigrantes de tierras menos homogéneas, la capacidad de convivencia de esos blancos demócratas se fue haciendo más dudosa. Yo siento que nuestros países están a punto de vivir sus mayores desafíos. El mundo moderno vive por todas partes una doble situación de envanecimiento y de crisis. Las conquistas de la técnica, de la ciencia y de la industria parecen agotar las expectativas de vastos sectores de las sociedades planetarias, y no parece haber espacio en el mundo para soñar con otro orden material y mental y moral. Pero aunque la sociedad norteamericana vive su modelo de trabajo y consumo, de pasividad y espectáculo, como una suerte de Iglesia fuera de la cual no hay salvación, como la expresión inapelable e indiscutible del progreso, creo que algo ha comenzado a agrietarse en esa fe. Antes que ser los pobres los que se lanzan a la venganza, son los ricos los que están sucumbiendo a la prepotencia y al terror. Y causa escozor ver a los muchachos bien alimentados de las sociedades opulentas del planeta, avanzando con armas sofisticadas y con arsenales mortíferos contra los pueblos de la orilla. Cuando los prosélitos de un orden cualquiera empiezan a renunciar a la convicción de que la justeza de ese orden lo hará deseable para todos, cuando empiezan a desesperar por el hecho de que la gente no parezca tan entusiasta con esas promesas, cuando empiezan a gritar que hay que imponer el modelo a sangre y fuego, es porque están perdiendo su fe en él. Lo que no puede compartirse con la humanidad por los caminos de la persuasión y de la paz, lo que tiene que imponerse por la violencia, está perdiendo su fuerza civilizadora, está confesando su impotencia. Tal vez todas esas objeciones que han ido creciendo frente a las fuerzas destructivas del gran capital le están haciendo perder su confianza en sí mismo. Y ya no quiere seducirnos sino obligarnos. Pero sólo logrará que sea cada vez más urgente inventarse otra cosa. Una sociedad más natural, más sencilla, más austera, más preocupada por la creatividad que por el consumo, por el afecto que por el poder, por las canciones que por las metralletas, por la poesía que por la publicidad, por la inagotable magia de la naturaleza que por tantas cosas inútiles que produce la basura industrial. Tal vez nada nos ayude más a buscar ese camino que ver cómo se enloquece la codicia, armada hasta los dientes, hasta poner en peligro al mundo entero. |
NUESTROS
MODOS DE ESTAR EN EL MUNDO |
«Más
que frente a una crisis política de ribetes apocalípticos
nos encontramos frente a una crisis de interpretación y aprehensión
de los cambios y transformaciones del Estado y el sistema político:
crisis de interpretación por el análisis de nuevos fenómenos
mediante viejos referentes, antiguas gramáticas y tradicionales
ritos. El desorden y el caos que algunos analistas proclaman como el signo
de los tiempos se deben, en parte, a la incapacidad de reconocer un orden
diferente que surge de las entrañas de lo viejo, y a la ausencia
de códigos, señales referentes y sentidos para leer e interpretar
la nueva imagen que lo político proyecta en su conjunto». —María Teresa Uribe Hincapié |
Introducción Exclusión constituyente y ausencia del otro «Colombia
ha sido una nación casi totalmente cerrada a los vientos de las
migraciones que en cambio poblaron a la Argentina y Brasil, que pusieron
en contacto a Venezuela con el resto del mundo, que hicieron de México
uno de los países más hospitalarios, que le dieron a Cuba
su espléndida riqueza musical. En Colombia hemos estado cerrados
demasiado tiempo». |
El primer aislamiento
lo produjo una doble perversión del lenguaje: el castellano dejó
de ser para los gramáticos colombianos un medio de comunicación
entre los diversos pueblos y culturas del país, y de Hispanoamérica,
y lo convirtieron en dispositivo de fidelidad a un hispanismo-trinchera
desde el cual oponerse a los cambios culturales que estos países
experimentaban con la independencia. Por otra parte, se expropió
al común de los hablantes del uso de la lengua, de su derecho
a ella, mediante la reverencia por la escritura1 que inculcaban todas
las instituciones educativas, tanto religiosas como laicas, en su recargo
de un hirsuto moralismo sacado directamente del catecismo de Astete
y de la urbanidad de Carreño. A lo que responderán los
del común con su ladina resistencia a la minuciosidad prescriptiva
de los escritos que deslegitimaba en la práctica cotidiana aquel
pretendidamente omnímodo poder y haciendo del acatamiento de
la letra/ley no algo que correspondiera a su cumplimiento sino a su
reverencia. |
Repensar nuestra modernidad Pero también
hay quienes entre nosotros se han dedicado a pensar precisamente las
contradicciones de nuestra modernidad, como los historiadores Jorge
Orlando Melo y Marco Palacios6, los economistas Fabio Giraldo y Héctor
Lopez7, y de un modo especialmente frentero y lúcido la socióloga
e historiadora María Teresa Uribe Hincapié, cuyos trabajos
nos aportan claves precisas para vislumbrar nuestro modo de estar el
mundo sin dejar de ser nosotros. Repensar nuestra nacionalidad significa
entonces asumir la perdurabilidad de aquella exclusión constituyente
que se encuentra en el proceso mismo de gestación de Colombia
como nación, la enorme y tenaz incapacidad para pensar y ponen
juntos —o sea, en pie de igualdad— a los diversos modos
de ser colombianos que sólo la Constitución de 1991 logró
proclamar y promulgar nombrando al país plural, multiétnico
y multicultural. |
La hibridez de la contemporáneo Lo que saca a flote
esa visión híbrida de la modernidad del país es
un cambio profundo en la idea misma de nacionalidad, un cambio experimentado
como movimiento de mezclas culturales que, como las señaladas
por Colmenares a propósito del siglo XIX19, desafían tanto
las categorías como los vocabularios que permitían pensar
y nombrar lo nacional. «La escuela, la radio, luego la televisión,
la prensa nacional, la migración acelerada, las empresas, los
consumos y la publicidad, todo va creando por primera vez una unidad
vívida y simbólica colombiana para toda la población,
no sólo para sectores más o menos elitistas. Por supuesto,
la cultura “colombiana” incluye ya de todo: hasta rancheras
y tangos y patos donalds (...) Esta cultura de masas es problemática
en la medida en que los mensajes que transmite alteran radicalmente
las culturas populares y en la medida en que aparecen nuevos problemas
para la definición de lo nacional»20. Quien así
habla no es ningún especialista en comunicación de masas
sino el historiador Jorge Orlando Melo, para quien es desde la cultura
de masas desde donde puede ser pensada hoy una identidad que quiera
ser a la vez nacional y popular, ya que es en esa cultura en la que
las distancias que separaban la cultura de elite europeizante y la cultura
popular tradicional y folclórica se revelan siendo los extremos
de un continuum cultural. |
| Notas * Fragmentos del libro Nuestro malestar en la modernidad. Nación y cambio cultural en Colombia (en proceso de edición). 1. Ángel Rama, «La ciudad letrada», en R. Morse y J.E. Hardoy (comps.), Cultura urbana latinoamericana, Buenos Aires, Clacso, 1985, p. 25. 2. E. von der Walde, «El letrado y la letra en Colombia a finales del siglo XIX», Revista Iberoamericana, Vol. LXIII, 1997, p. 79. 3. Jacques Gilard, Veinte y cuarenta años de algo peor que la soledad, Bogotá, Nueva Época, 1988, p. 9. 4. J. Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, p. 82. 5. Perry Anderson, «Modernidad y revolución», en N. Casullo (comp.), El debate modernidad-posmodernidad, Buenos Aires, Punto Sur, 1989, p. 105. 6. Jorge Orlando Melo, «Algunas consideraciones globales sobre “modernidad” y “modernización” en el caso colombiano», Análisis Político, N° 10, Bogotá, 1990; del mismo autor: «Proceso de modernización en Colombia 1850-1930», Revista Universidad Nacional, sede Medellín, N° 20, 1985. Marco Palacios, «Grandes transformaciones dentro de la continuidad», en Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1994, Bogotá, Norma, 1995; del mismo autor: «Modernidad, modernización y ciencias sociales», en Parábola del liberalismo, Bogotá, Norma, 1999. 7. Fabio Giraldo y Héctor F. López, «La metamorfosis de la modernidad», en F. Viviescas y Fabio Giraldo, Colombia: el despertar de la modernidad, Bogotá, Foro,1991. 8. María Teresa Uribe Hincapié, Nación, ciudadano y soberano, Medellín, Corporación Región, 2001, p. 197. 9. Ibid, p. 173. 10. Néstor García Canclini, «Los estudios culturales de los ochenta a los noventa: perspectivas antropológicas y sociológicas en América Latina», en H. Herligauss y M. Walter (comps.), Posmodernidad en la periferia, Berlín, Langer, 1994, p. 114. 11. Marco Palacios, Parábola del liberalismo, p. 62. 12. Ibid, p. 72. 13. J.C. Rodríguez Gómez, Tiempo y ocio. Crítica de la economía del trabajo, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 1992, p. 24. 14. Fernando Cruz Kronfly, «El intelectual en la nueva Babel colombiana», en Colombia. El despertar de la modernidad, p. 391. 15. Fabio López de La Roche, Izquierdas y cultura política, Bogotá, Cinep, 1994. 16. Alonso Salazar, No nacimos pa’ semilla, Bogotá, Corporación Región - Cinep, 1990. 17. C. Uribe Celis, La mentalidad del colombiano. Cultura y sociedad en el siglo XX, Bogotá, Alborada, 1992, p.10. 18. M. Nieto, Remedios para el imperio, Bogotá, Icanh, 2000. 19. G. Colmenares, Las convenciones contra la cultura, Bogotá, Tercer Mundo, 1987. 20. Jorge Orlando Melo, «Etnia, región y nación: el fluctuante discurso de la modernidad», en Memorias del V Congreso Nacional de Antropología, Simposio sobre Identidad, Bogotá, 1989, pp. 42-43. 21. Jorge Orlando Melo, Colombia hoy, Introducción, Bogotá, Siglo XXI, 1995. 22. María Teresa Uribe Hincapié, op. cit., p. 12. 23. Antonio Gramsci, Antología, selección, traducción y notas de M. Sacristán, México, Siglo XXI, 1984; Cultura y literatura, Península, Barcelona,1977; sobre Hegemonía: Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones, México, Gustavo Gili, 1987, pp. 72-109. 24. Pierre Bourdieu, Esquisse d’une theorie de la practique, Ginebra, Droz, 1972; La distinction. Critique sociales du jugement, París, Minuit, 1979. 25. Michel de Certeau, L’invention du quotidien. L’Arts de faire, París, UGE, 1980. 26. Antonio Caballero, «El intelectual y el poder», «Magazín Dominical» de El Espectador, Bogotá, N° 444, 1991. 27. Óscar Collazos, «De la aldea global a la aldea de la tribu», «Magazín Dominical» de El Espectador, Bogotá, N° 494, 1992. 28. Rafael Gutiérrez Girardot, «Educación para la mayoría de edad», en «Magazín Dominical» de El Espectador, Bogotá, N° 251, 1988. 29. Ibid. 30. Fernando Cruz Kronfly, La sombrilla planetaria. Modernidad y posmodernidad en la cultura, Bogotá, Planeta, 1994. 31. Fernando Cruz Kronfly, La tierra que atardece. Ensayos sobre la modernidad y la contemporaneidad, Bogotá, Ariel, 1998, pp. 19 y 30. 32. Walter Benjamin, Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1982, pp. 190-192. 33. Walter Benjamin, «Tesis de filosofía de la historia», en Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1982, p. 187. |
«Emprender
la búsqueda del propio rostro» CONVERSACIÓN CON WILLIAM OSPINA Por Sophia Rodríguez Pouget |
En
sus investigaciones, usted ha abordado el tema de la exclusión
que ha sufrido América Latina en todos los ámbitos —político,
económico, cultural— pero también se refiere a un
boom latinoamericano en todo el mundo. ¿Cómo pueden producirse
simultáneamente esos dos procesos? Creo que se debe a una especie de tensión que viene desde el comienzo de la incorporación de América Latina a Occidente: por una parte, un esfuerzo por europeizarla, que se hizo desde las metrópolis, la ideología imperante y el poder, y por otra parte, un esfuerzo paralelo de los pueblos de América Latina —que no son pueblos europeos sino mestizos, porque tienen tres componentes: europeo, americano y africano— por expresar sus singularidades y por demostrar que su principal virtud era justamente la de no ser europeos sino una mezcla de Europa con otros aspectos, tradiciones, memorias, maneras de sentir y saberes sobre el mundo. En esa medida, y en un momento tan interesante como éste en que se propone el diálogo global, es ahí donde tenemos nuevas miradas y aspectos originales para proponer. Pero, hoy en día, ¿se puede hablar realmente de una influencia latina en el mundo? Sí, de hecho no es algo reciente. Desde el comienzo mismo de la Conquista y de la colonización se produjo una influencia muy grande de América Latina sobre Occidente y en general sobre el mundo. Esa influencia no se tuvo muy en cuenta entonces porque se decía que Europa nos había traído los elementos de la civilización: el lenguaje y lo fundamental del orden mental occidental. Sin embargo, fueron las riquezas de América las que produjeron las grandes transformaciones de la economía en el mundo y las que inventaron el mercado mundial. América cambió también la cosmovisión de Europa y la manera de pensar de los europeos. Sus influencias fueron muy importantes: los cambios que el genocidio mismo de América produjo sobre la conciencia humanitaria de Europa, el nacimiento del derecho humanitario, la sucesión de utopías que Europa empezó a soñar a partir de su contacto con América, obras como la de Thomas Moro hasta las de los románticos como Rousseau, incluso la incorporación de productos como la papa, el tomate, o el maíz, en la alimentación. La Declaración de los Derechos Humanos o la Revolución Francesa son inconcebibles, a la larga, sin una raíz que tiene su origen en esas meditaciones sobre la bondad natural del hombre, la igualdad entre los seres humanos y el diálogo de culturas que América había propiciado. En la actualidad hay una presencia distinta y creciente de América Latina, ya no como un hecho que viene a alterar el orden mental de una civilización, sino como un aporte original en el seno de esa civilización. A lo largo del siglo XX, la música, el arte, las literaturas de América Latina se abrieron camino en el mundo, y ya no como elementos marginales, exóticos o curiosos, sino como elementos centrales de la cultura planetaria. Las obras de García Márquez, Rulfo, Borges, o las de Fernando Botero, Orozco o Rivera, ya no son elementos pintorescos de una región llamativa del mundo, sino reflexiones centrales de la cultura contemporánea, e inauguran —en el caso de la obra de Borges, por ejemplo— las literaturas del porvenir. ¿El aporte que América Latina está haciendo a la globalización es únicamente en esos ámbitos de las artes y la cultura que usted menciona? ¿No existe un aporte de tipo científico, económico, político, o de otra índole? Pienso que los principales aportes se están haciendo en el campo de la cultura y de la reflexión como parte de la cultura. No hay hasta el momento aportes definitivos de América Latina en el campo de la economía y de la política, sin que eso signifique que no tenga un papel económico importante. Lo tuvo siempre. Sólo que las iniciativas económicas están marcadas muy poderosamente por las grandes sociedades industrializadas. Tal vez un elemento que está matizando los discursos sobre el desarrollo y la economía contemporánea es el pensamiento de la conservación del planeta, el pensamiento ambiental. Eso tiene mucho que ver con las regiones en donde existe todavía una gran biodiversidad. Así que, de una manera creciente, América Latina va a tener que aportar reflexiones y soluciones no sólo al esquema económico sino a la manera como la economía entra en juego con otros elementos de la realidad. |
En su libro Los nuevos centros de la esfera, usted se refiere
al Descubrimiento y a la Conquista de América Latina como la primera
experiencia de globalización que tuvo el mundo. Como resultado
del mestizaje y de la diversidad cultural, se dificultó el surgimiento
de una identidad común y apenas ahora, en los últimos años,
Colombia parece estar moldeando ese sentido de unidad. Hay un auge de
lo nacional, del sentido de pertenencia. Sin embargo, ¿cómo
puede afrontar un país como Colombia, al mismo tiempo, ese proceso
de definición de sí mismo, en medio de la globalización? Colombia es uno de los países de América Latina que más tardíamente emprendieron la búsqueda de su propio rostro. Otros en cambio empezaron antes, como México, que se preocupó siempre por descubrir a qué raíz pertenecía. Cuando uno observa, por ejemplo, una obra como la de Diego Rivera, comprende que la sociedad mexicana de comienzos del siglo XX ya sabía que la belleza no consistía en pintar Apolos griegos, sino en pintar mexicanos, en plasmar su propia composición humana, en descubrir la belleza del mestizaje, en «sacralizar su tipo», como diría Nietzsche. Colombia es el país que tiene menos clara su procedencia, porque al no ser mayoritariamente indígena, ni blanco, ni mulato, es el más mestizo. Por eso ha tardado más en descubrir esos orígenes y ha jugado mucho más tiempo a la ilusión de ser un país blanco, católico, europeo, a pesar de que eso no es una realidad sino un discurso. De manera que el trabajo de grandes antropólogos, como Gerardo Reichel-Dolmatoff, que nos reveló la riqueza de nuestros componentes indígenas en una labor extraordinaria de estudio e investigación con muchas comunidades, nos descubrió a un país que se creía simplemente blanco y de lengua española, cuando en realidad tenemos 60 naciones indígenas y 60 lenguas distintas sobre el territorio, todas llenas de sabiduría y de conocimientos milenarios nacidos de la observación. Es decir, que aquí hay un saber que es necesario incorporar a nuestra relación con la modernidad y con el futuro. No se trata de un retorno a unas arcadias primitivas sino de que, si no tomamos conciencia de todo ese saber acumulado por las generaciones y de esa otra parte de nuestro ser que son América y África, difícilmente aprenderemos a querernos, a convivir, a respetarnos y a hablar con orgullo desde lo que somos. Ese proceso es muy reciente, y por eso Colombia está en pleno descubrimiento de América, después de haberse creído Europa por siglos, y después de haber sido lo que yo llamo una figura que tiene el «centro afuera», porque ha tenido siempre su «centro» en la corona española, en el Vaticano, en la Revolución Francesa, en el mercantilismo inglés, y ahora parece tenerlo en los malls de Miami. Sólo hace poco descubrimos que tomar posición del territorio es lo único que nos puede garantizar no perderlo cíclicamente. Porque nosotros, cada cierto tiempo, volvemos a perder el territorio y a sentirnos náufragos en un país al que no conocemos y al que no podemos recorrer ni visitar, porque no hemos hecho el ejercicio profundo de apropiación del territorio, de lo que somos, de nuestra memoria histórica. |
¿Cuáles son los mayores obstáculos en el
proceso de construcción de la identidad? Los colombianos somos los seres más desmemoriados históricamente que pueden existir, sentimos que acabamos de aparecer en el mundo y que no tenemos que echar mano de las grandes respuestas sobre naturaleza, territorio, sociedad, familia o cultura, porque aquí toda tradición, o memoria, se mutila. Las guerras también han sido terribles en la conformación de la nación colombiana, han sido elementos destructores del hilo que nos une a las generaciones anteriores y que nos permite tener unas costumbres y tradiciones. De manera que Colombia está bajo la apariencia de un gran caos, viviendo un gran desconcierto y el descubrimiento de que hay en ella mucho más de lo que nos había enseñado la tradición. En medio de tantas dificultades eso es positivo, porque hoy en día no hay ningún colombiano que sepa a cabalidad qué es Colombia. Todos estamos en el deber de descubrirlo, de interrogarlo, y de ese gran interrogante va a nacer un nuevo discurso sobre el país que nos va a permitir convivir de otra manera. |
¿Cuál es su posición frente a la crítica
que les hace Jesús Martín-Barbero a los intelectuales colombianos
cuando afirma que, para que puedan aportar más a la construcción
de país y de continente, deberían leer no sólo a
los novelistas sino a los científicos latinoamericanos? Creo que en parte tiene razón y en parte no, en la medida en que nuestra cultura es muy compleja y se puede ver desde distintos ángulos. Pienso que algunos de los más importantes intelectuales de Colombia y de América Latina, siempre hicieron un gran esfuerzo por interrogar este territorio. Hace poco escribí el libro Auroras de sangre, que es un esfuerzo por demostrar que el primer poeta de nuestra tradición, Juan de Castellanos, era un hombre muy consciente de las dimensiones históricas del Descubrimiento, de la Conquista, y de las repercusiones que eso tendría en el futuro. Fue alguien que emprendió, de una manera consciente, la búsqueda de un mestizaje lingüístico, que trató de nombrar por primera vez en una lengua occidental la vastedad y la complejidad de la naturaleza americana, y que hizo una labor muy valiosa y adecuada a los desafíos de la época. Era necesario reconocer ese territorio, y que este mundo tuviera lugar en la lengua que íbamos a hablar. También a lo largo de los siglos, muchos intelectuales colombianos hicieron esfuerzos muy valiosos, pero no siempre comprendidos ni escuchados por la sociedad y las élites dirigentes, para que ese pensamiento surgiera y fertilizara nuestros esfuerzos de civilización. A finales del siglo XIX, Jorge Isaacs recorrió todo el país, no sólo descubriendo sus riquezas naturales, sino haciendo un esfuerzo por pensar las comunidades indígenas, estudiar sus lenguas, mitologías y tradiciones, cuando apenas nacían en el mundo la etnología y la antropología. Ese esfuerzo pionero fue negado de una manera casi brutal por los poderes de la época, que veían en él a un materialista predicador de las tesis de Darwin. Hubo una gran resistencia del poder y de las élites colombianas a recibir ese esfuerzo de pensamiento que pudo haberle ayudado al país a reconocer su complejidad y a enorgullecerse de él desde más temprano. Igualmente, en las primeras décadas del siglo XX José Eustasio Rivera recorrió las regiones de la Orinoquia y de la Amazonia, ya que formaba parte de la comisión nombrada para definir y precisar los límites con Venezuela. Él descubrió cuán apartadas estaban esas regiones tan ricas e importantes del proyecto central de nación y clamó por todos los medios para que Colombia las incorporara, pues eran inmensas y constituían la mitad más rica del país en términos de naturaleza y biodiversidad. Tampoco fue escuchado. Sin embargo, ante la negativa, Rivera decidió escribir una novela y denunciar en ella no solamente lo solitarias que estaban esas regiones con respecto al poder central colombiano, sino de qué maneras tan complejas y tan dolorosas el poder occidental se entronizaba ahí para sacrificar a la naturaleza y a los seres humanos —estoy hablando de escritores, pero podríamos encontrar similitudes en otros campos de la actividad intelectual—. Tampoco se escuchó el clamor formulado de mil maneras por un filósofo tan original como Fernando González, que hizo desde los años treinta un llamado elocuente, creador y apasionado, para que reconociéramos en el mestizaje nuestra riqueza. Los negroides es un libro lleno de propuestas sobre la necesidad de que Colombia superara sus supersticiones europeístas y tomara posesión plena de su riqueza mestiza. El pensamiento de Jorge Eliécer Gaitán, en los años cuarenta, tampoco fue incorporado al proceso de construcción del país. Tampoco las reflexiones de muchos pensadores de los años cincuenta que formularon objeciones al modelo que vivíamos e hicieron aportes desde muchos campos distintos. Se advirtió que Colombia estaba cometiendo un error gravísimo al permitir la migración masiva de campesinos hacia las ciudades, cuando no había una verdadera voluntad de industrialización del país ni los capitales suficientes para hacerlo, y que debilitar el campo y el agro, por alimentar la ilusión de una urbanización que no tenía soluciones económicas, en lugar de establecer un diálogo desde el campo y la agricultura con la modernidad, podía ser catastrófico. Ya en los años sesenta, el arte, la literatura —García Márquez y muchos autores más— estaban mostrando que nuestra belleza era justamente esa complejidad que el poder seguía negando y olvidando. La obra de Estanislao Zuleta también es un llamado de décadas a convertir la democracia —y la prédica de la democracia— no en una fórmula jurídica o académica, sino en un hecho real y en una posibilidad de oportunidades para los sectores de la población que están marginados de toda iniciativa y esperanza. De manera que los intelectuales sí han estado muy comprometidos con el país y con la búsqueda de otros caminos, pero lo que ha habido es un extraño divorcio entre las élites dirigentes y el pensamiento independiente. |
Finalmente, ¿qué es lo más «peligroso»
de la globalización para América Latina? Lo más peligroso es que no se proponga la globalización como un diálogo de culturas ni como un esfuerzo solidario por salvar el planeta y convertirlo en una morada para todos sus habitantes, sino que sea apenas la máscara de una estrategia de mercado. |
«América Latina necesita actuar en bloque» CONVERSACIÓN CON JESÚS MARTÍN-BARBERO Por Sophia Rodríguez Pouget |
¿La globalización ha implicado «exclusión»
para América Latina? Sobre todo en lo económico y por tanto en lo social. La recesión generalizada que atraviesan nuestros países nos está devolviendo a la etapa anterior a los años sesenta. Estamos retrocediendo en desigualdad social: las distancias se están agrandando, incluso en Brasil, que tiene la economía más grande de América Latina. Me parece que uno de los aspectos más difíciles de enfrentar es el hecho de que los estados nacionales están divorciándose de sus sociedades —cada vez más empobrecidas— porque su tarea es hacer de mediadores entre ellas y las reglas de juego del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM) y de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Es decir, hoy no tienen el mínimo de independencia que les permita pensar el desarrollo propio de sus países. A esto se le suma que nuestras clases políticas están menos que nunca a la altura y la envergadura de los desafíos del momento, hablan contra la globalización en forma demagógica y populista pero ni entienden las nuevas lógicas de la economía ni tienen herramientas para enfrentarlas o negociar con ellas. Y así los políticos resultan peligrosísimos —como lo fueron Fujimori en el Perú, Menem en Argentina y lo es hoy también Chávez, estancando y polarizando a Venezuela—. Cuando estos países se «liberalizaron» —en términos de neoliberalismo y la «apertura económica»—, no contaron con la mínima reciprocidad en los acuerdos que se hicieron con los países ricos y terminamos víctimas de una trampa. Vivimos una ley del embudo en donde el lado estrecho es para nosotros. Resulta absurdo, por ejemplo, que mientras Estados Unidos y Europa quieren que nuestras agriculturas se abran al comercio global, la Unión Europea (UE) le dedique más del 40% de su presupuesto anual a subsidiar a sus agricultores. ¿Cómo quieren entonces que nuestros productos compitan con precios comerciales si lo que ellos tienen son los precios más políticos del mundo? Sin esos subsidios, Argentina —por citar un caso— podría exportar muchísimo más y ubicar en Europa carne o trigo a los precios que realmente produce. Pero tampoco hay que olvidar que nuestros dirigentes tienen su buena cuota de culpa en ese desbalance, porque con el desmantelamiento de nuestras agriculturas las dejaron expuestas a unos precios totalmente tramposos. Tal vez lo hicieron creyendo que esa era una manera de desarrollar el país, pero acabaron haciéndoles el juego a los que se lo inventaron, porque resulta que ahora estamos importando lo que deberíamos estar produciendo. Para completar, los mercados internacionales siempre nos han encasillado en una especie de determinismo que nos condena a salir al mercado únicamente con nuestros productos naturales —como el café o el cobre—, cuando hoy en día el valor agregado, el conocimiento, vale miles de veces más que las materias primas. |
En el ámbito interno, nuestros países tampoco se
han preocupado por apoyar la investigación, la búsqueda
de conocimiento, ni la ciencia, para competir en ese sentido... Efectivamente. Siguen pensando que la investigación es un lujo exclusivo de los países ricos, pero no piensan que si se han hecho ricos es precisamente investigando y no solamente explotando a los otros. Uno se pregunta, por ejemplo, ¿cómo es posible que un país como Colombia —que habita dos océanos— no tenga una industria pesquera importante? Así es que no podemos culpar únicamente a la globalización. |
¿Tratados como el Alca sirven de algo en ese proceso? Pienso que así como Estados Unidos nos va a poner a competir en el Alca, es decir país a país, no tenemos salida; es más, vamos a quedar mucho peor que antes, porque no se puede hablar de libre comercio cuando la asimetría de las economías es tan brutal. Si América Latina pudiera negociar al menos en bloques, o en grupos de países, sería diferente. Pero es que hasta al Mercosur lo han desvencijado. El único caso diferente —por su macroeconomía— es Brasil, que además es el primer país en llevar a un obrero a la presidencia, y es el único que bien podría llegar a integrar el Grupo de los Ocho por su capacidad económica. Lula es uno de los primeros presidentes suramericanos en los últimos años con un fuerte proyecto latinoamericano y un plan para proponer cambios incluso en la ONU. Además, tiene claro que para conseguirlo necesita al resto de América Latina. Por eso, si Brasil logra que sus relaciones con los macroorganismos no desequilibren su economía y que sus tasas de interés se mantengan en unos niveles normales, se puede convertir realmente en el líder de América Latina frente a Estados Unidos. |
¿Sí es realmente posible una unión de los
países latinoamericanos? No veo posible una unión de los países latinoamericanos frente al Alca, pero sí podrían llegar a ciertos acuerdos para plantear políticas comunes de negociación, al menos en algunos aspectos. Existen las instituciones político-económicas —como el Grupo de Rio, por ejemplo— que aglutinan a toda América Latina, como para que pudiera pensarse en unos «mínimos» y negociar con unidad ciertos sectores de la economía de cada uno de los países. Es decir, «fortalecerse» para que cada país pueda abrir nuevos renglones y determinar de qué manera se puede manejar en beneficio propio la regulación de subsidios a la producción de nuestros países. Lo ideal sería que los países hicieran un mapa en donde determinaran en qué pueden competir y en qué no, y lo llevaran a la mesa de negociación, en vez de enfrentar cada uno solo a Estados Unidos, porque así no tienen la menor posibilidad de negociar verdaderamente. |
¿Por qué no han hecho eso todavía? Porque «divide y vencerás». Hoy en día los políticos viven de políticas inmediatistas y de las próximas elecciones. Y al no haber proyectos de nación a mediano y largo plazos, mucho menos los va a tener el continente. Además, en América Latina —como lo acaba de demostrar Chile, incluso con un presidente socialista, armando su arreglo comercial con Estados Unidos— al que le va algo bien abandona al resto. |
Latinoamérica todavía no tiene una visión
de unidad, ni un sentido de unión más solidario —o
por lo menos más estratégico— como lo tuvieron los
países de la Unión Europea... Si recordamos el proceso por el que se llegó a la Unión Europea observamos muchos aspectos distintos. Para empezar, aunque nació al día siguiente de la segunda guerra mundial y con el nombre muy poco político de la unión del carbón y del acero, sus fundadores mantuvieron siempre la idea de que estaban intentando crear una Europa política. Hoy en día la UE ya cuenta con un parlamento y una moneda en común que realiza la unión sin disolver lo particular: los símbolos de los billetes del dinero unos son comunes y otros de cada país. Y tiene una cierta comunidad social, pues los fondos de compensación han permitido que los países más pobres reciban de los más ricos fuertes subsidios que les han permitido transformar no sólo sus economías sino la calidad de vida de las mayorías en España y Grecia o Portugal. Eso no sólo implica política y economía sino cultura. Cosa que no puede compararse con lo que está pasando en un país como Ecuador, que ahora está conviviendo con dólares, lo que significa que los símbolos que están circulando en su vida cotidiana ya no son las imágenes de sus héroes sino las de Washington o Jefferson. Los estados latinoamericanos deben dejar de mirar dichos temas como asuntos que se tratan solamente en las constituciones y empezar a tomarlos en serio, pues hasta los saberes indígenas se los están robando otra vez, ahora por las trasnacionalaes de las medicinas. |
¿La responsabilidad sigue en manos de los grandes imperios
y poderes? Yo lo vería más por el lado de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y, sobre todo, la Organización Mundial de Comercio, que se crearon para ser unos reguladores en términos de reciprocidad y que, aunque no estaban directamente ligadas a la ONU, deberían haber caminado en la misma línea. Eran instituciones supranacionales, hechas para alentar un mínimo de desarrollo de todos los países. Sin embargo, muy pronto empezaron a trabajar para las grandes multinacionales y las megafusiones empresariales del mundo. Las reglas de juego en estos momentos son las que dictan estos organismos, no al servicio de los países sino de los intereses multinacionales. Por otro lado, tenemos unos gobiernos que no han sido capaces de encontrar un mínimo de equilibrio entre lo que se podía abrir a la competencia y lo que no. Por eso nos dieron una «bienvenida al futuro» tan ingenua como tramposa, al exponernos a unas reglas de juego que los otros países no cumplieron. |
Cuando menciona «los nuevos modos de estar en el mundo»,
¿se refiere a las nuevas culturas que se derivan de la globalización? En realidad, la globalización no crea nuevas culturas sino que cambia las condiciones de existencia de las que hay, porque las desarraiga y las fuerza a encontrarse con otras en una interacción que de algún modo las obliga a competir. Además, cuando hablo de la «cultura» me refiero no sólo a las artes, las letras o las tradiciones, etc., sino también a las «industrias culturales». Por ejemplo —más allá de todos los cuestionamientos que se deben hacer—, la telenovela ha sido una nueva manera en que los latinoamericanos han logrado «estar en el mundo» y que hoy estamos desperdiciando al creer que cuanto más fáciles, frívolas y baratas sean, ¡mejor! Porque es mentira. Las mejores telenovelas colombianas son las que han tenido un éxito más duradero en el exterior, y eso no quiere decir que se hicieron pensando en los rusos o en los italianos sino que se hicieron para nosotros y hablando de nuestro mundo. Son las que tuvieron mayor inversión de dinero, inteligencia y creatividad, como Café o Betty, la fea, por mencionar algunas. Pero como los criterios del mercado son los que mandan, la gente termina viendo los peores productos porque no se le dan alternativas. |
¿Los «nuevos modos», entonces, equivaldrían
a la «presencia cultural» que se puede tener en el mundo? Sí, aunque no únicamente a eso. Si Colombia quiere estar en el mundo debe comenzar por estar en América Latina. Para empezar, buena parte de los intelectuales colombianos están leyendo a los novelistas y poetas latinoamericanos, pero no están leyendo a los científicos sociales latinoamericanos —politólogos, sociólogos, antropólogos, etc.—, y por ello no están mínimamente al tanto de las investigaciones y debates que —sobre las relaciones Estado-cultura, cultura-política, cultura-economía— se hacen desde hace más de 20 años. Es imposible encontrar citas de esos estudios y debates en sus textos, mientras saltan de Platón a Heidegger, y ¡de un francés a un norteamericano! Colombia sigue sin estar en América Latina mientras la relación con los textos de los europeos esté profundamente viciada por una reverencia que imposibilita la distancia crítica. Aún se cita mucho desde la admiración y no desde una posición frente a alguien con quien se discute y se confronta. |
¿Cuáles son los retos que impone la globalización? La globalización nos replantea los modos de estar en el mundo desafiando nuestros modos de pensar y vivir las propias culturas, y también las culturas latinoamericanas. ¿Cómo es posible que lo único latinoamericano que veamos por televisión sean telenovelas? ¿Por qué no estamos viendo historia de Chile, o de Argentina, o de Perú? ¿Por qué no estamos viendo los debates culturales brasileños? ¿Por qué ni siquiera los vemos en la televisión pública? ¿Cómo queremos que haya una América Latina unida en lo económico o en lo político si ni siquiera nos preocupamos por conocernos entre países? Tal vez si nos conociéramos podríamos, por lo menos, olvidarnos de esos estereotipos tontos que tenemos unos países sobre otros. Lo que resulta incomprensible es que sepamos más de la historia de Estados Unidos que de la historia de cualquiera de los países latinoamericanos. Ese es el reto que nos plantea América Latina y el reto que le plantea el mundo: romper una relación mimética y asumir una relación mucho más conflictiva, pero capaz de asumir el pasado, su memoria, en lo que tiene de desestabilizadora presente y configuradora de horizontes de futuro. |
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