Vengo de un país llamado Colombia, situado en la cabeza de Suramérica,
con costas en el océano Pacífico y en el mar Caribe, miles
de kilómetros de selva amazónica, tres cordilleras con
picos nevados y volcanes, inmensas llanuras, todos los climas; habitado
por 60 comunidades indígenas, más de seis millones de
negros, y casi 40 millones más entre mestizos, mulatos y blancos.
Colombia, además de ser uno de los países con mayor biodiversidad
del planeta, hace grandes aportes a la música y al arte del mundo
gracias a su riqueza cultural. En términos del lenguaje académico,
es un país pluriétnico y multicultural, en el que conviven
gentes laboriosas y alegres, empecinadas en sacar adelante sus proyectos.
Pero allí, donde podría encontrarse un paraíso,
existe una guerra infernal que crece cada día en intensidad y
crueldad.
Antecedentes
Hace
ya más de 50 años, el 9 de abril de 1948, fue asesinado
en Bogotá el líder popular Jorge Eliécer Gaitán,
quien representaba una alternativa en contraposición a la dirigencia
de los partidos tradicionales, el liberal y el conservador. Su muerte
ocasionó un levantamiento popular de varios días, llamado
el Bogotazo, que destruyó el centro de la ciudad y agudizó
el conflicto en campos y ciudades. Ese período sangriento, conocido
como la Violencia, que se inició a comienzos de los años
cuarenta, produjo cerca de 300 mil muertos. Vino luego el golpe de Estado
del general Gustavo Rojas Pinilla, en 1953, a quien depusieron los dos
partidos tradicionales en 1957; éstos acordaron repartirse el
poder, elegir presidente alternativamente cada cuatro años y
nombrar entre los dos el gabinete ministerial de manera milimétrica.
De allí en adelante, las posibilidades de oposición política
real fueron suprimidas a través del desconocimiento, el fraude
y el asesinato. Pero, así mismo, las incipientes guerrillas liberales
que no entregaron las armas se fueron radicalizando y dieron origen
a los primeros movimientos guerrilleros comunistas.
Exterminar a los contradictores se consolidó
como práctica normal del establecimiento, y a medida que se perdía
la esperanza en la posibilidad de oposición legal, la guerrilla
fue creciendo en número y fuerza. A partir de los años
ochenta han sido asesinados cinco candidatos presidenciales que ofrecían
ser diferentes de lo existente —tres de izquierda: Carlos Pizarro,
Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal, y dos salidos de las clases dirigentes:
Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez—, así
como también líderes campesinos y sindicales, defensores
de los derechos humanos, periodistas, profesores, estudiantes y mil
quinientos integrantes de la Unión Patriótica, partido
nacido de un proceso de paz que fracasó con las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (Farc), que en la actualidad es el grupo
guerrillero más fuerte del país. Las Farc tienen cerca
de 25 mil integrantes, y el Ejército de Liberación Nacional
(ELN), el otro grupo guerrillero importante, cuenta con alrededor de
cinco mil miembros.
El conflicto colombiano se complicó aún
más con el auge del narcotráfico, que en los años
ochenta salió a la luz pública y, junto con sectores dirigentes
reaccionarios y militares, dieron origen a los grupos ilegales de derecha,
que llegaron a convertirse en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC),
movimiento paramilitar que defiende el statu quo a sangre y fuego, y
que ha realizado escabrosas masacres. Tiene cerca de quince mil hombres
en armas.
La guerra se incrementó en los años
noventa a raíz del fortalecimiento económico de los actores
armados del conflicto. La guerrilla consolidó su crecimiento
por medio del secuestro, la extorsión y el cobro de impuestos
a los narcotraficantes por dejarlos operar en zonas bajo su influencia;
los paramilitares se afianzaron mediante el apoyo del narcotráfico
y de sectores dirigentes, y el ejército a través de recursos
gubernamentales y de la ayuda estadounidense. El ejército regular
tiene 60 mil soldados profesionales y en total se calcula en 180 mil
el número de sus miembros. En cuanto a militares estadounidenses,
pasan ya de 500 los que hay en Colombia, y además existen docenas
de mercenarios al servicio de empresas privadas estadounidenses que
prestan sus servicios dentro de los programas del Plan Colombia.
Hay que señalar que la guerra en Colombia
es financiada en gran parte por Estados Unidos: de un lado, los grupos
armados irregulares, guerrillas y paramilitares, reciben cuantiosos
ingresos del narcotráfico —Estados Unidos es el mayor consumidor
de cocaína y heroína, y mientras estas drogas sigan siendo
ilegales y sean el producto que más ganancias arroje en el mercado
mundial, su control es imposible— y, del otro lado, por las ayudas
de la Casa Blanca al ejército regular colombiano. La escritora
Susan Sontag afirmó que los países que más ayuda
militar reciben de Estados Unidos son, en su orden, Israel, Egipto y
Colombia. Además, cerca del 85 por ciento de las ganancias del
negocio de las drogas ilegales se queda en Estados Unidos, aceitando
su aparato económico, mientras el 15 por ciento restante corrompe
a la sociedad y financia el baño de sangre en Colombia.
La guerra en Colombia es cada día más
cruel e inhumana. La guerrilla pierde en forma creciente su norte social,
y su proceder autoritario la ha conducido al asesinato, la destrucción
de pueblos enteros, el uso de carros bomba y la realización de
atentados indiscriminados que afectan a la población civil, utilizando
métodos semejantes a los empleados por quienes combate. La sociedad
civil, que quiere negociaciones que conduzcan a una paz con justicia
social, es débil, está en medio del fuego cruzado de los
actores armados y sufre los ataques de un lado y de otro. Por su parte
los paramilitares, muchas veces con el apoyo de las fuerzas regulares,
realizan asesinatos selectivos y masacres en las que emplean métodos
atroces como castrar o descuartizar a las personas con sierras eléctricas
o armas blancas, buscando así crear terror y logrando el desplazamiento
masivo de poblaciones enteras. Colombia tiene el deshonroso récord
de contar con el 60 por ciento de los asesinatos de sindicalistas que
ocurren en el mundo y es uno de los países donde hay más
homicidios de periodistas. Según la Asociación de Diarios
Colombianos (Andiarios), en los últimos cinco años han
sido asesinados más de 40 periodistas y 30 han tenido que marchar
al exilio. En cifras aproximadas, podemos hablar de 35 mil muertes violentas,
más de mil secuestrados y 800 desaparecidos al año. El
número de habitantes desplazados por los asesinatos masivos y
las amenazas pasa de dos millones. La impunidad llega al 90 por ciento
y la corrupción es pan de cada día.
El conflicto se originó en prácticas
como la intolerancia y la exclusión, ejercidas por parte de sectores
dirigentes acostumbrados a manejar y saquear el país a su antojo,
que no quieren ceder un ápice de poder y prefieren la guerra
a permitir la democratización de la sociedad. Guerra en la que,
cabe señalar, no participan los hijos de los miembros de los
sectores más poderosos, sino pobres que son reclutados por los
guerreros de uno u otro bando. La colombiana, en buena parte, es una
clase dirigente egoísta, que no logra vislumbrar que todo iría
mejor si existieran posibilidades para los otros sectores de la población.
El afán de lucro es su única consideración, y el
Estado no actúa de mediador sino que está al servicio
de los poderosos.