CULTURA Y GUERRA
Colombia y Estados Unidos


Por Guillermo González Uribe

Imágenes de Giovanni Clavijo

¿Cuál es la función que cumplen o deben cumplir la cultura, la academia y los medios en estos tiempos de guerra y amenazas crecientes a la democracia? Versión de la conferencia que ofreció Guillermo González Uribe a comienzos de mayo en Madison, invitado por la Universidad de Wisconsin.

 


Vengo de un país llamado Colombia, situado en la cabeza de Suramérica, con costas en el océano Pacífico y en el mar Caribe, miles de kilómetros de selva amazónica, tres cordilleras con picos nevados y volcanes, inmensas llanuras, todos los climas; habitado por 60 comunidades indígenas, más de seis millones de negros, y casi 40 millones más entre mestizos, mulatos y blancos. Colombia, además de ser uno de los países con mayor biodiversidad del planeta, hace grandes aportes a la música y al arte del mundo gracias a su riqueza cultural. En términos del lenguaje académico, es un país pluriétnico y multicultural, en el que conviven gentes laboriosas y alegres, empecinadas en sacar adelante sus proyectos. Pero allí, donde podría encontrarse un paraíso, existe una guerra infernal que crece cada día en intensidad y crueldad.

Antecedentes
Hace ya más de 50 años, el 9 de abril de 1948, fue asesinado en Bogotá el líder popular Jorge Eliécer Gaitán, quien representaba una alternativa en contraposición a la dirigencia de los partidos tradicionales, el liberal y el conservador. Su muerte ocasionó un levantamiento popular de varios días, llamado el Bogotazo, que destruyó el centro de la ciudad y agudizó el conflicto en campos y ciudades. Ese período sangriento, conocido como la Violencia, que se inició a comienzos de los años cuarenta, produjo cerca de 300 mil muertos. Vino luego el golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla, en 1953, a quien depusieron los dos partidos tradicionales en 1957; éstos acordaron repartirse el poder, elegir presidente alternativamente cada cuatro años y nombrar entre los dos el gabinete ministerial de manera milimétrica. De allí en adelante, las posibilidades de oposición política real fueron suprimidas a través del desconocimiento, el fraude y el asesinato. Pero, así mismo, las incipientes guerrillas liberales que no entregaron las armas se fueron radicalizando y dieron origen a los primeros movimientos guerrilleros comunistas.
    Exterminar a los contradictores se consolidó como práctica normal del establecimiento, y a medida que se perdía la esperanza en la posibilidad de oposición legal, la guerrilla fue creciendo en número y fuerza. A partir de los años ochenta han sido asesinados cinco candidatos presidenciales que ofrecían ser diferentes de lo existente —tres de izquierda: Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Jaime Pardo Leal, y dos salidos de las clases dirigentes: Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez—, así como también líderes campesinos y sindicales, defensores de los derechos humanos, periodistas, profesores, estudiantes y mil quinientos integrantes de la Unión Patriótica, partido nacido de un proceso de paz que fracasó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), que en la actualidad es el grupo guerrillero más fuerte del país. Las Farc tienen cerca de 25 mil integrantes, y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el otro grupo guerrillero importante, cuenta con alrededor de cinco mil miembros.
    El conflicto colombiano se complicó aún más con el auge del narcotráfico, que en los años ochenta salió a la luz pública y, junto con sectores dirigentes reaccionarios y militares, dieron origen a los grupos ilegales de derecha, que llegaron a convertirse en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), movimiento paramilitar que defiende el statu quo a sangre y fuego, y que ha realizado escabrosas masacres. Tiene cerca de quince mil hombres en armas.
    La guerra se incrementó en los años noventa a raíz del fortalecimiento económico de los actores armados del conflicto. La guerrilla consolidó su crecimiento por medio del secuestro, la extorsión y el cobro de impuestos a los narcotraficantes por dejarlos operar en zonas bajo su influencia; los paramilitares se afianzaron mediante el apoyo del narcotráfico y de sectores dirigentes, y el ejército a través de recursos gubernamentales y de la ayuda estadounidense. El ejército regular tiene 60 mil soldados profesionales y en total se calcula en 180 mil el número de sus miembros. En cuanto a militares estadounidenses, pasan ya de 500 los que hay en Colombia, y además existen docenas de mercenarios al servicio de empresas privadas estadounidenses que prestan sus servicios dentro de los programas del Plan Colombia.
    Hay que señalar que la guerra en Colombia es financiada en gran parte por Estados Unidos: de un lado, los grupos armados irregulares, guerrillas y paramilitares, reciben cuantiosos ingresos del narcotráfico —Estados Unidos es el mayor consumidor de cocaína y heroína, y mientras estas drogas sigan siendo ilegales y sean el producto que más ganancias arroje en el mercado mundial, su control es imposible— y, del otro lado, por las ayudas de la Casa Blanca al ejército regular colombiano. La escritora Susan Sontag afirmó que los países que más ayuda militar reciben de Estados Unidos son, en su orden, Israel, Egipto y Colombia. Además, cerca del 85 por ciento de las ganancias del negocio de las drogas ilegales se queda en Estados Unidos, aceitando su aparato económico, mientras el 15 por ciento restante corrompe a la sociedad y financia el baño de sangre en Colombia.
    La guerra en Colombia es cada día más cruel e inhumana. La guerrilla pierde en forma creciente su norte social, y su proceder autoritario la ha conducido al asesinato, la destrucción de pueblos enteros, el uso de carros bomba y la realización de atentados indiscriminados que afectan a la población civil, utilizando métodos semejantes a los empleados por quienes combate. La sociedad civil, que quiere negociaciones que conduzcan a una paz con justicia social, es débil, está en medio del fuego cruzado de los actores armados y sufre los ataques de un lado y de otro. Por su parte los paramilitares, muchas veces con el apoyo de las fuerzas regulares, realizan asesinatos selectivos y masacres en las que emplean métodos atroces como castrar o descuartizar a las personas con sierras eléctricas o armas blancas, buscando así crear terror y logrando el desplazamiento masivo de poblaciones enteras. Colombia tiene el deshonroso récord de contar con el 60 por ciento de los asesinatos de sindicalistas que ocurren en el mundo y es uno de los países donde hay más homicidios de periodistas. Según la Asociación de Diarios Colombianos (Andiarios), en los últimos cinco años han sido asesinados más de 40 periodistas y 30 han tenido que marchar al exilio. En cifras aproximadas, podemos hablar de 35 mil muertes violentas, más de mil secuestrados y 800 desaparecidos al año. El número de habitantes desplazados por los asesinatos masivos y las amenazas pasa de dos millones. La impunidad llega al 90 por ciento y la corrupción es pan de cada día.
    El conflicto se originó en prácticas como la intolerancia y la exclusión, ejercidas por parte de sectores dirigentes acostumbrados a manejar y saquear el país a su antojo, que no quieren ceder un ápice de poder y prefieren la guerra a permitir la democratización de la sociedad. Guerra en la que, cabe señalar, no participan los hijos de los miembros de los sectores más poderosos, sino pobres que son reclutados por los guerreros de uno u otro bando. La colombiana, en buena parte, es una clase dirigente egoísta, que no logra vislumbrar que todo iría mejor si existieran posibilidades para los otros sectores de la población. El afán de lucro es su única consideración, y el Estado no actúa de mediador sino que está al servicio de los poderosos.

 

Los medios
Los medios forman parte del conflicto; ellos han tenido un papel decisivo en la guerra que afecta al país. Han sido instrumento fundamental en la exclusión de las mayorías de los procesos democráticos y en el ocultamiento de los graves problemas y sus causantes. Los medios perdieron su función social, relacionada con la educación y la formación de ciudadanos; su norte hoy es el afán de lucro.
    La situación de los medios es cada vez peor. Cada día existen menos medios, los que subsisten dedican la mayor parte de sus espacios a informes banales, tienden a concentrarse, caen en manos de los grandes grupos económicos o mueren por asfixia económica. El investigador Ignacio Gómez señaló que en los últimos tres años han sido cerrados nueve noticieros de televisión y han perdido sus puestos de trabajo 560 periodistas1.
    La opción de los medios es por el mantenimiento de una sociedad en la que la riqueza se concentra cada vez más y más sectores de la población se empobrecen. Y como el poder de los medios sobre la población es creciente, y ellos no optan por buscar salidas negociadas al conflicto y encontrar caminos que permitan la democratización de la sociedad, buena parte de la opinión pública muestra agotamiento frente a las salidas pacíficas a la guerra.

El momento actual
El cansancio de las conversaciones de paz, que no arrojaron resultados palpables durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002); las acciones de la guerrilla, que actúa sin consideraciones humanitarias, centrando su poder en las armas y dejando a un lado el ejercicio de la política; y la labor de estratos dirigentes que promovieron a través de los medios masivos su posición en pro de radicalizar el conflicto, apoyando veladamente a los paramilitares, llevaron al agotamiento de la población frente a propuestas de paz.

    Los sectores más guerreristas de los estratos dirigentes están en su mejor momento. Álvaro Uribe Vélez, quien alcanzó la presidencia oponiéndose a la zona de despeje que se le había concedido a la guerrilla y prometiendo acabar la guerra con más guerra, casi a un año de su posesión conserva altos índices de popularidad (cerca del 70 por ciento en las encuestas), pero en la práctica sus estrategias en contra de la guerra no han dado resultados, pues la guerrilla se ha confinado a sus zonas en el campo y ha comenzado una serie de atentados en las ciudades, que se iniciaron con disparos de rockets sobre el palacio presidencial el 7 de agosto del 2002, día de la posesión de Uribe Vélez.
    Aunque el entorno internacional favorece la posición del mandatario colombiano, quien respaldó al presidente Bush en la invasión a Irak, y tanto Uribe como su vicepresidente Francisco Santos han pedido a Bush que lleve tropas a Colombia para acabar con la guerrilla y el narcotráfico, lo que ha sido hasta hoy el enfrentamiento entre el Estado y la guerrilla no augura el anunciado triunfo gubernamental sobre los insurgentes a corto o a mediano plazo. Las guerrillas colombianas llevan 40 años de lucha en zonas impenetrables, sólo conocidas por ellos —y ahora en algunas partes por los paramilitares—, por lo que no parece fácil derrotarlos allí en su terreno.
    Durante el proceso de escritura del libro Los niños de la guerra pude constatar que los militantes de los grupos ilegales provienen en su mayoría de zonas marginales, excluidas, sumidas en la miseria, donde no hay presencia del Estado y casi la única alternativa de vida que tienen los jóvenes es vincularse a un grupo armado. Por esto considero que únicamente con más guerra no se arregla el conflicto colombiano, y que las reformas sociales son indispensables para crear un ambiente diferente al de la confrontación armada como salida a esta crisis.
    Pero, desde el punto de vista social, el panorama no es prometedor. La reciente crisis económica nacional, que lleva más de cinco años, ha conducido al cierre o a la quiebra de numerosas empresas, y el índice de desempleo está cerca del 15 por ciento. En lugar de proteger a los asalariados, el gobierno acaba de hacer aprobar una contrarreforma laboral que disminuyó el pago de indemnizaciones, horas extras, dominicales y festivos, afectando mayoritariamente a trabajadores de medianos y bajos ingresos. Así mismo, se aprobó el cobro del Impuesto al Valor Agregado (IVA), sobre alimentos de primera necesidad. Y hay en curso otras iniciativas de reformas laborales, pensionales, tributarias y para el recorte de libertades individuales, además de un referendo, que contienen medidas que no favorecen a los sectores populares y se prestan para incrementar la concentración de la riqueza y la violación de los derechos humanos.

 

Entorno internacional
En su reciente visita a Colombia, Susan Sontag señaló que Estados Unidos pasó de la república al imperio, y que en la actualidad lleva a cabo un proyecto imperial radical, cuya primera fase comenzó en Irak. Agregó que en Estados Unidos hay un solo partido político, el republicano, y que los demócratas son apenas un brazo de ese partido único, pues entre ellos no hay desacuerdos de fondo. Finalmente dijo que en su país no se difunden muchos puntos de vista contrarios a la verdad oficial.
    El entorno internacional es óptimo hoy en día para regímenes de corte autoritario y fundamentalista. Estados Unidos y sus aliados buscan imponer sociedades abiertas de mercado que favorezcan los intereses de sus grandes multinacionales. Los matices, las posiciones independientes, como las asumidas por Francia y Alemania, que se distanciaron de Estados Unidos en la invasión a Irak, son criticadas y castigadas. El secretario de Defensa, Colin Powell, dijo recientemente que Francia pagará por su posición frente a la invasión a Irak.
A su vez, Condoleezza Rice, consejera para la seguridad nacional, dijo: «Nos esforzaremos para mejorar las relaciones con Alemania... pero lo haremos dejando de lado al canciller... Preferimos dejarlo por fuera» (El Tiempo, 25 de mayo del 2003, p.1-12).
    Otros países están en la mira de Estados Unidos, como Siria, Corea del Norte, Cuba y Colombia.
    El presidente Bush, representante de los intereses de los grandes grupos económicos e iluminado mesiánicamente por su fervor religioso —citado por el escritor argentino Tomás Eloy Martínez—, dijo: «Llevaré esta lucha contra el terrorismo hasta el final. En un momento dado, nosotros podríamos ser los únicos que quedáramos en pie. Eso está OK para mí. Nosotros somos América».
En tiempos en que la opinión pública, en diversas regiones del planeta, ha conducido al poder a líderes identificados con el neoliberalismo, posiciones autoritarias y salidas de fuerza para solucionar los conflictos, es importante señalar que a comienzos de los años treinta la opinión pública alemana –una de las culturas más ricas y con mayor tradición en el planeta– permitió y apoyó el surgimiento del fascismo: cabe recordar la imagen de cientos, miles de estudiantes alemanes pertenecientes a las más prestigiosas universidades del mundo, quemando libros de autores considerados impuros por el nacionalsocialismo2. Son momentos de la historia de la humanidad en los que la cresta de la opinión, por diversos motivos, está más hacia el lado del autoritarismo.
    El diario El País de España, en su edición del 23 de abril, señaló que el director de una de las principales emisoras de radio estadounidenses, luego de escuchar entre sus oyentes algunas críticas a la guerra, dijo que desde ese momento no pasaría una sola crítica más en contra de la intervención en Irak.
    La corresponsal en Nueva York del periódico colombiano El Tiempo, Claudia Sandoval, dio cuenta el pasado lunes 28 de abril que Fox News le había ganado en audiencia a CNN durante la invasión a Irak, en parte gracias a que «el canal adoptó un tono patriótico que se unió a la línea conservadora que ya lo caracterizaba».
    Lo cierto es que este es un momento de suprema gravedad para la sobrevivencia de la democracia y del pensamiento crítico en el mundo. Pese a las masivas manifestaciones en contra de la guerra realizadas en todo el planeta, las voces críticas no son tenidas en cuenta y son silenciadas cada vez más. En la entrega de los premios Oscar, el director del filme que ganó el premio al mejor documental, Michael Moore, fue abucheado al hacer críticas contra la guerra. Ya se comienza a hablar de listas negras de intelectuales y artistas que han criticado la guerra, como en la época del macartismo. Y desde hace algún tiempo, en Estados Unidos se ha comenzado a exigir a las universidades que cobren un suma adicional a los estudiantes extranjeros con el fin de financiar un nuevo servicio nacional de vigilancia, que monitorea los desplazamientos o traslados de esos mismos estudiantes. Al parecer, los que vienen no son tiempos buenos para la inteligencia, el conocimiento, la academia y los medios de comunicación.

La afirmación del presidente Bush en el sentido de que Estados Unidos no necesita amigos para hacer lo que quiera en el mundo, es la expresión del máximo poder que ha existido en la historia de la humanidad. Pero puede marcar también el punto de inflexión: la llegada a ese momento cumbre y el inicio de su decadencia, porque es difícil que alguien o un país se mantenga solo, sin amigos.
    El gobierno de Bush se ha opuesto en forma sistemática a acuerdos internacionales para preservar la vida y el planeta: el protocolo de Kyoto para el control de gases; el acuerdo para el control de las minas antipersonales; desconoció a la Corte Penal Internacional buscando paralelamente acuerdos con diferentes países para que los soldados estadounidenses que cometan crímenes no sean juzgados por la Corte, y realizó el ataque a Irak desconociendo a las Naciones Unidas. Este proceder ha llevado al rompimiento del orden internacional y a la crisis de las instituciones multilaterales creadas después de la segunda guerra mundial.

 

Labor de la cultura
Pese a la descripción dantesca de la situación colombiana y mundial, hay que volver a insistir en el papel de la cultura, de la academia, de investigadores, de creadores y de los medios de comunicación, que a través de la historia han sido los abanderados del pensamiento, la reflexión, la investigación; del imperio de la razón por encima de la fuerza.
    En el caso colombiano, es necesario destacar que existe una efervescencia cultural de artistas y movimientos culturales regionales que, pese a las múltiples dificultades, a la ausencia de recursos, a las persecuciones de que son objeto, siguen adelante en su trabajo y dan vida a espacios de creación, intercambio y comunicación. En el ámbito político, en buena parte las voces críticas que se escuchan en el congreso de la república —Gustavo Petro y Antonio Navarro, entre otros— provienen de un proceso de paz exitoso, el realizado con el grupo M-19.
    Pero así mismo hay que comprender que la guerra es apenas parte del problema, que las razones de fondo del conflicto son las mismas que sostienen la crisis de la sociedad colombiana: la corrupción de estratos dirigentes que saquean el país para su beneficio propio; la poca eficiencia de un Estado que no redistribuye sino que actúa a favor de los sectores privilegiados; la falta de conciencia y compromiso de la clase dirigente para aportar realmente a la construcción de un país más amable para todos; la falta de visión de los partidos políticos tradicionales en el sentido de reformarse a fondo para permitir una real apertura política; el recorte creciente de los programas sociales de salud, vivienda y educación, en detrimento de los sectores más empobrecidos de la población. Estos hechos dan como resultado el tener uno de los países más inequitativos del mundo, con una de las peores distribuciones del ingreso del planeta.
    Todo lo anterior debe llevar, no a la frustración o al desánimo sino, por el contrario, a reafirmar que nuestro trabajo es continuar en la labor de analizar, dar luces, abrir horizontes, contribuir a formar ciudadanos críticos, participantes, que son el soporte de la democracia y de la libertad. Hacer énfasis en que la paz no es ausencia de conflictos sino esforzarse en la solución negociada y pacífica de esos conflictos, contando para ello con la participación activa, precisamente, de los ciudadanos.
    

Tenemos que seguir trabajando en oposición al pensamiento único, a la intransigencia y al odio, buscando un mundo donde las culturas puedan convivir en paz, pues la diferencia, la diversidad y el intercambio son la base de la riqueza cultural del planeta. El jazz no existiría sin los aportes del África negra; la salsa viene de la confluencia de lo latino con lo estadounidense. Y muchos de los mejores productos de la literatura, el teatro, la pintura, la danza y las ciencias sociales, así como de las ciencias exactas, provienen precisamente del intercambio entre creadores e investigadores de distintas regiones del mundo.


    Pese a todo, soy optimista frente al desarrollo del ser humano y de sus culturas. Creo que finalmente tendrán que salir adelante el pensamiento y la diversidad. Lo otro sería la imposición de una cultura que, con el tiempo, se debilitaría al no tener diferentes fuentes de alimentación que la mantuvieran para permanecer viva.
    Es necesario hacer hincapié sobre el papel que deben cumplir en este momento, más que nunca, la academia, los creadores e intelectuales, y los medios. Hay que enfatizar en que el trabajo creativo, de investigación y de periodismo que vale la pena, es el que parte de la reflexión, la observación, el seguimiento de orígenes, raíces, antecedentes; el que mira efectos, consecuencias, causas. El que busca lenguajes innovadores, creativos. El que se propone abrir espacios a formas diversas de sentir y estar en el mundo. Y es necesario buscar que los aportes de la academia no se queden confinados al intercambio entre los pares. Lograr que los trabajos de investigación y análisis influyan en las sociedades y sirvan para su desarrollo.
    El camino que hay que seguir es difícil, está lleno de obstáculos, pero así mismo es apasionante y vale la pena persistir en él, en pos del crecimiento personal y de la construcción de sociedades más humanas y justas.

Notas
1. Ignacio Gómez, «Libertad de expresión, herida de muerte», en revista Número, edición 34, septiembre del 2002.
2. Fernando Báez, «El bibliocausto nazi», en revista Número, edición 36, marzo del 2003.

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