NADA A LARGO PLAZO
La corrosión
del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el
nuevo capitalismo
Richard Sennett
Barcelona, Anagrama, 2000 (188 pp.)
EL TRABAJO COMO
ACTIVIDAD humana tuvo una atención especial en la reflexión
de una figura sólo recordada en la actualidad por quienes se
ocupan de promover la protesta social: Engels. Es conocida su reflexión
en lo que dio en llamar el papel del trabajo en la transformación
del mono en hombre, un trabajo que hoy apenas si se recuerda. En los
últimos años, el tema también ha ocupado a muchos
pensadores y estudiosos de las ciencias sociales, dado que el desarrollo
tecnológico ha provocado una fisonomía y una imagen diferente
de él.
Pero en todo caso, los estudios por lo regular
están referidos al ámbito económico o cultural
de esta actividad humana. Por el contrario, Richard Sennett (más
conocido en el mundo hispanohablante por un trabajo clásico:
Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental)
se ha ocupado no sólo de la dimensión sociológica,
sino también de las implicaciones psíquicas en la personalidad
de los hombres de la contemporaneidad.
En el texto que reseñamos, el autor aborda el sentido de extravío
que hoy provoca el trabajo y algunos rasgos que comporta en la contemporaneidad,
tales como el significado de la rutina, la flexibilidad, la ilegibilidad
de su imagen, el ámbito de los riesgos y fracasos que exige,
como también el compromiso ético y comunitario que hoy
entraña.
Sennett se plantea que en el capitalismo de
nuestra época la manera como se asume el tiempo ha provocado
un nuevo modo de ver las actividades rutinarias que comporta una actividad
laboral, pero no tanto para entender que esa concepción implica
«nuevas maneras de organizar el tiempo, y en especial el tiempo
de trabajo» (p. 20). Es lo que ha hecho que en el argot de los
ejecutivos de las empresas se abandonen algunos términos, aún
frecuentes entre nosotros, para utilizar nuevas expresiones que en principio
parecen más novedosas y atractivas. Ya no hablan de puestos de
trabajo, sino que se refieren a proyectos y campos de trabajo (p. 21).
Desde luego, ese modo de concebir el tiempo
y el trabajo está aupado por la jerga del cambio y la innovación,
como es usual en el mundo laboral que se conoce actualmente.
Todo ello se justifica con la creciente competencia
que genera el mundo globalizado y el desarrollo de nuevas tecnologías
al servicio del trabajo. Sennett lo explica así: «Un cambio
en la estructura institucional moderna ha acompañado el trabajo
a corto plazo, con contrato o circunstancial. Las empresas han intentado
eliminar capas enteras de burocracia para convertirse en organizaciones
más horizontales y flexibles. En lugar de organizaciones con
estructura piramidal, la dirección de empresas prefiere ahora
concebir las organizaciones como redes». De este modo, los trabajadores
son obligados a percibir algunos valores del viejo capitalismo de otra
manera, so pena de sucumbir ante las nuevas estructuras laborales que
se gestan».
Dice el autor, refiriéndose a valores
como la confianza y el compromiso, lo siguiente: «“Nada
a largo plazo” es el principio que corroe la confianza, la lealtad
y el compromiso mutuos. Por supuesto, la confianza puede ser algo meramente
formal, como cuando personas acuerdan hacer un trato comercial o confían
en que el otro respete las reglas del juego; pero, por lo general, las
experiencias más profundas en materia de confianza son más
informales, como cuando la gente aprende en quién puede confiar
al recibir una tarea difícil o imposible. Estos vínculos
sociales tardan en desarrollarse, y lentamente echan raíces en
las grietas de las instituciones» (pp. 22-23). Se colige, entonces,
que los vínculos que ha creado el nuevo capitalismo son débiles,
dada la naturaleza cortoplacista y el afán de rentabilidad inmediata
que anima las empresas y negocios en la actualidad. Pero esta nueva
manera de situarse en el mundo del trabajo también actúa
directamente en el temperamento y el sentido afectivo de los trabajadores.
De ahí que Sennett crea que, más que otros factores, el
sentido del tiempo causa un impacto destacado en el carácter
de las personas. Su manera de decirlo se expresa así: «Es
la dimensión temporal del nuevo capitalismo, más que la
transmisión de datos con alta tecnología, los mercados
bursátiles globales o el libre comercio, lo que más directamente
afecta a las vidas emocionales de las personas que ejercen su actividad
fuera del lugar de trabajo. Trasladado al terreno de la familia, el
lema “Nada a largo plazo” significa moverse continuamente,
no comprometerse y no sacrificarse» (p. 24). Y de todo esto se
infiere uno de los rasgos centrales que se exigen hoy en el mundo del
trabajo: la flexibilidad.
No obstante, en su temprana historia, el trabajo
en el capitalismo (el sistema económico y social mayoritario
que gobierna en el mundo) se movió en lo que podría llamarse
un tiempo detenido y repetido, es decir, las actividades eran rutinarias.
Desde luego, esa característica se puede asociar al escaso desarrollo
tecnológico en comparación con los vertiginosos cambios
de la época actual. Vista la reflexión de Sennett sobre
este particular, relaciona dos puntos de vista contrapuestos: Adam Smith
y Denis Diderot. En esa polémica, el autor parece tomar partido
por Diderot, dado que no concibe que la rutina esté asociada
necesariamente a la inmovilidad y falta de flexibilidad para asumir
los cambios del nuevo capitalismo, pero en cambio coadyuva a cierto
sentido de la solidaridad y a una formación de hábitos
y costumbres que de algún modo son positivos para la construcción
del carácter en las personas, pese a que Smith manifiesta que
para desarrollar el carácter es necesario romper la rutina (p.
39).
Por eso no es legítimo en cierto modo
justificar la flexibilidad del trabajo erosionando y violentando hábitos
que debilitan el espíritu de las personas, más cuando
«las prácticas de la flexibilidad se centran principalmente
en las fuerzas que doblegan a la gente» (p. 47).
Sennett cuestiona el sentido per se positivo
de la flexibilidad, pues no cree a ultranza en las bondades que se le
asignan y manifiesta: «Nos imaginamos estar abiertos al cambio,
ser adaptables —el ser humano es libre porque es capaz de cambiar—.
No obstante, en nuestro tiempo la nueva economía política
traiciona este deseo personal de libertad. La repugnancia a la rutina
burocrática y la búsqueda de flexibilidad han producido
nuevas estructuras de poder y control en lugar de crear las condiciones
de liberación» (p. 48). Cuestiona por eso la consecuencia
que se deriva de tomar la flexibilidad como un axioma y no se fía
de las prácticas modernas de dirección de empresas que
se sustentan en ella, pues para Sennett, el sistema de dirección
sigue siendo fragmentario, por más nódulos que tenga y
la estructura horizontal lo muestre más bondadoso que en el pasado.
Su conclusión es que la reinvención de las empresas no
puede etiquetarse en la fórmula de la flexibilidad, pero admite
que hay lugar para intervenir y revisar el modo como hoy se concibe
la organización del trabajo y las empresas.
Naturalmente, para Sennett ese no es un imperativo
mágico, dado que basándose en palabras de muchos ejecutivos
de empresas, cree que «sólo en la vida fantástica
y muy bien pagada de los consultores puede una organización grande
definir un nuevo plan comercial, reducirse y reinventarse con vistas
a adaptarse y después avanzar hasta llevar a la práctica
el nuevo plan» (p. 50), palabras que hoy conservan una actualidad
indudable cuando una y otra vez se habla de la reingeniería como
uno de los últimos milagros para salvar de la debacle a empresas
en quiebra o al borde del colapso. Por el contrario, ese prurito ha
llevado a la precariedad moral y motivacional de los trabajadores, cuando
no francamente a su despido de las empresas y a dejar en ellos la sensación
de fracasados e inútiles para la sociedad. Pero también,
a que «algunas empresas perfectamente viables son destruidas o
abandonadas, y muchos empleados capaces quedan a la deriva y no se ven
recompensados, simplemente porque la organización debe demostrarle
al mercado que es capaz de cambiar» (p. 52). Aparte de lo anterior,
hay que anotar que los trabajadores no se identifican con muchas de
las actividades que desarrollan en la empresa, en razón de que
el trato con las tecnologías modernas no lo sienten articulado
a un conjunto o a un aprendizaje del carácter.
Como corolario de lo expuesto, los trabajadores
introyectan o se les impone un sentido del riesgo que siempre los hace
ver como víctimas, pero que les hace creer que son más
valiosos en tanto estén dispuestos a asumir más riesgos
y a sobrevivir el mundo competitivo en que se desenvuelven. «Vivir
en continuo estado de vulnerabilidad es la propuesta que, tal vez sin
querer, hacen los autores de los manuales empresariales cuando celebran
el riesgo cotidiano de la empresa flexible» (p. 86). Y como correlato
tenemos que la «cultura moderna del riesgo se caracteriza porque
no moverse es sinónimo de fracaso, y la estabilidad parece casi
una muerte en vida. Por tanto, el destino importa menos que el acto
de partir. Inmensas fuerzas económicas y sociales dan forma a
la insistencia de marcharse; el desorden de las instituciones, el sistema
de producción flexible, realidades materiales que se hacen a
la mar. Quedarse quieto equivale a quedar fuera de juego» (p.
91).
En consecuencia, la ética del trabajo
se viene fundando en nuevos paradigmas. Lo paradójico es que
ésta se busca cimentar en otro evangelio engañoso pero
atractivo: el trabajo en equipo. Para el autor del texto que comentamos,
el trabajo en equipo no es más que la superficialidad degradante,
en tanto que la gratificación postergada por el trabajo pierde
su valor y todo se reduce a que en el equipo de trabajo moderno los
empleados no compiten entre sí y, lo que es más importante,
que los empleados y jefes no son antagonistas, el jefe sólo gestiona
el proceso del grupo, es un guía, un coordinador, esta última,
según Sennett, la palabra más maliciosa del nuevo léxico
de la gestión de empresas; lo que ha llevado a que un líder,
más que gobernarte, está de tu lado y el juego del poder
se vive entonces entre un equipo y otros equipos de otras empresas,
situación que a todas luces no es más que una ficción
para el autor (p. 116). El resultado es que este «juego de poder
sin autoridad hace surgir un nuevo tipo caracterológico. En lugar
del hombre llevado por las exigencias aparece el hombre irónico
(...) Una visión irónica de uno mismo es el resultado,
es la consecuencia lógica de vivir en un tiempo flexible, sin
criterios de autoridad o responsabilidad» (p. 122).
De modo, pues, que el nuevo capitalismo ha creado
un juego donde se invita a que veamos el fracaso de millones como un
mal generado por ellos mismos, no reconocerlo es una muestra de falta
de carácter. Sin embargo, «Un sentido más amplio
de comunidad, y un sentido más pleno del carácter, es
lo que necesita el número creciente de personas que, en el capitalismo
moderno, están condenadas al fracaso» (p. 142); por eso,
el individualismo extremo ha de trocarse en el «nosotros»
que debe llenar de nuevo contenido el sentido de la independencia. Sennett
lo expresa así, citando al psicólogo John Bowlby: «La
persona auténticamente independiente no demuestra ser en absoluto
tan independiente como dan por sentado los estereotipos culturales...
“Una persona sanamente independiente” es capaz de depender
de los otros cuando la ocasión lo requiere y también de
saber en quién le conviene confiar» (p. 147). Finalmente,
todo esto lleva al autor a concluir que en el capitalismo moderno «Hay
historia, pero no una narrativa compartida de dificultad y, por tanto,
no hay destino compartido. En estas condiciones, el carácter
se corroe» (p. 154).
La corrosión del carácter... tiene
la virtud de presentar las reflexiones del autor, producto de una investigación
de campo, en fuentes documentales y en entrevistas a trabajadores que
narran sus percepciones del mundo individual de sus trabajos, a la vez
que se apoya en empresas hoy consideradas líderes, en datos estadísticos
y en las fuentes literarias y teóricas que el autor ha creído
confiables para elaborar una narrativa fluida y accesible sobre el impacto
del mundo del trabajo en la contemporaneidad. Desde luego, salvando
las diferencias del mundo del trabajo en nuestro entorno con respecto
al del mundo anglo, el libro ofrece valiosas reflexiones para quienes
aún ven en el trabajo el proyecto que sustenta su diario vivir
y su porvenir. Y que aún guardan la esperanza de que el trabajo
sea una fuente de satisfacción y un punto de apoyo para la libertad,
la realización y el crecimiento moral y espiritual; una meta
que cada vez se ve más amenazada por quienes sólo ven
en el trabajo una fuente para la producción de riquezas al servicio
de unos cuantos y como un medio de envilecer la vida humana. O peor
aún, para la destrucción de la voluntad y el carácter
y para la sumisión de millones: es lo que hace hoy a muchísimas
personas muñones caminantes, sin ningún destino o meta
que alcanzar.
—David Navarro
Mejía