RESEÑAS


 


UNA SUERTE DE MÁQUINAS DE ESTIMULACIÓN DEL PENSAMIENTO

Los nuevos centros de la esfera
Bogotá, Aguilar, 2002 (262 pp.)
William Ospina

La decadencia de los dragones
William Ospina
Bogotá, Alfaguara, 2002 (222 pp.)

NADIE SABE CÓMO LO ESTIRA pero lo cierto es que le alcanza. Va donde lo inviten: a dar un recital en el Japón, a leer el manuscrito inédito de un amigo suyo en México o a participar en un congreso pacifista en Caicedonia. Como nunca tiene prisa, puede conversar horas con el primer parroquiano que se tope en la esquina o la taberna, y le queda tiempo para hacer los mejores ensayos de literatura y humanidades que se hayan escrito en Colombia. Hablo de William Ospina, el hombre de Padua, Tolima, que ha decidido emprenderla contra el cristianismo, el progreso, la medicina, el periodismo, la ciencia y la publicidad, y todo con el dulce veneno de su tersa prosa.
    Para los que hacemos con mucho trabajo un libro cada que pasa un cometa, es humillante ver cómo este señor escribe libros a la menor provocación. El año pasado, por ejemplo, publicó dos. En febrero sacó Los nuevos centros de la esfera; son ocho ensayos dedicados a la reflexión sobre algunas aristas de la modernidad. En el titulado «La revolución de la alegría», afirma que la educación tiene que ser una fiesta del espíritu, o no será, y que llamar recreo a los intervalos de descanso es reconocer que las clases son una pesadez.
    En «El arado y la estrella» nos explica que el cristianismo es la suma del monoteísmo hebreo, la filosofía griega y el imperialismo romano, y que nada bueno podía salir de semejante mezcla. Allí mismo hace una síntesis muy precisa de los logros de la ciencia y de los buenos legados de Europa, quizá para confundir a quienes lo acusan de ser más americanista que Germán Arciniegas y de pretender marchar en contravía de la flecha de la historia. De los médicos alópatas occidentales, dice que son unos mercaderes que olvidaron la misión de prevenir para dedicarse al negocio de curar. Para lamentarse de la tonta prisa contemporánea, cita unos versos de Thomas Stearns Eliot: «¿Dónde está la vida que hemos perdido en sobrevivir? ¿Dónde la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información? Veinte siglos de historia humana nos separan de Dios y nos aproximan al polvo».
    Fustiga el descuido en la forma y la frivolidad en el fondo que exhiben los medios de comunicación. «Los periodistas —dice— terminan convertidos en marionetas insensibles de una farsa social, testigos sin alma del derrumbamiento de un mundo, preocupados sólo por saber quién patrocinará la transmisión de la hecatombe».
    Y ahora, apenas siete meses después, Ospina nos entrega La decadencia de los dragones, un volumen de ensayos sobre literatura. Si en Los nuevos centros de la esfera demostró que es capaz de meditar con claridad y hondura (y mala leche, todo hay que decirlo) sobre temas centrales de la especie, en este libro nos prueba que también puede ser un lector atento.
    Aquí están Shakespeare, Neruda, Chesterton, Baudelaire, Jesús, Homero, los mitos, la televisión, Borges (su caro Borges), la intersección entre la realidad y la fantasía, y el papel de la literatura en la configuración del mundo.
    Todos estos asuntos los trata con ese estilo suyo, sin una arruga, y con su olfato para encontrar asociaciones reveladoras o para descubrir ese verso tímido, perdido en la hojarasca de algún mamotreto, que pagará la sentada.
    Hay quienes disienten de Ospina, como Vargas Llosa, quien sostiene que su prosa es muy superior a sus reflexiones; y quienes creen, como Gabriel García Márquez, que estamos frente a una de las figuras más importantes del post-boom latinoamericano.
    Yo sospecho que los libros de Ospina están trazando un vasto fresco que revelará los pasadizos secretos que comunican el arte, la ciencia, la filosofía, la política y las religiones de los últimos 25 siglos, y que critica su impacto final sobre el hombre de la calle. Para mí, pues, sus libros son una suerte de máquinas de estimulación del pensamiento. Gracias,
William.
—Julio César Londoño

Nota del editor: Los nuevos centros de la esfera obtuvo el premio Casa de las Américas en la categoría de ensayo.

    

MATAN POR VER CAER

Verdugo de verdugos
Fabio Restrepo
Bogotá, Editorial Planeta Colombiana S.A., 2002 (182 pp.)

HACE MUCHOS AÑOS, cuando era joven y vivía en Medellín, caminaba con un amigo por una calle que subía hacia el barrio Buenos Aires, cuando una persona se nos atravesó en el camino y nos advirtió «no sigan por aquí muchachos que a la vuelta matan por ver caer».
    «Matan por ver caer»: la frase nos impresionó por lo tremenda, y porque de una u otra manera parecía una exageración paisa, y se quedó grabada para siempre en mi memoria.
    En esa época Medellín era todavía una ciudad de clima templado, ni caliente ni fría, que en algo le hacía el honor a la forma en que la llamaban con cariño sus habitantes «la tacita de plata», debido a la limpieza de sus calles y avenidas, a la belleza de sus antejardines y a la pulcritud con que los medellinenses cuidaban de sus casas y de su aspecto de bella villa. Existían los pobres, y los barrios pobres, pero no se conocía aún la miseria ni el horror superlativo que habrían de convertir a la ciudad en una de las más infernales y siniestras del planeta.
    El libro Verdugo de verdugos de Fabio Restrepo me ha hecho recordar la frase y medir el abismo que media entre la ciudad en que nací y me crié y la que ahora existe.
    Verdugo de verdugos es el relato que hace Fabio Restrepo de la vida de su hermano Fámel Restrepo. No es una novela, no es un cuento, no es una fábula, no es un libro de sociólogo, no es una investigación, no es un tratado, no es una tesis, no es ficción. Es simple y llanamente el relato de lo que mejor hizo Fámel Restrepo en la vida: matar asesinos.
Relato hecho por un testigo excepcional, privilegiado porque lo conocía desde chiquito, y de ñapa su más caro admirador: su hermano.
    Fabio Restrepo decidió contar la vida de su hermano porque le estorbaba por dentro, lo envenenaba, y estando en la cárcel, un día en que creyó que iba a morir asesinado, decidió escribir lo que había visto desde niño, lo que sabía de su hermano, de su héroe, y ahora su relato, sus anécdotas, sus reflexiones, se pueden comprar en cualquier librería en forma de libro y leerse como si se tuviera un puñal en el estómago.
    Un paréntesis: vale la pena aclarar que Fabio Restrepo nunca fue cómplice de los crímenes de su hermano, pues es incapaz de matar una mosca, y su espíritu burlón y perezoso lo inclina hacia la contemplación, la compasión y un humor pintoresco y delicioso, y si estuvo en la cárcel fue por haber sido involucrado en una investigación relacionada con Fámel y luego declarado inocente.
    El título lo dice todo y no dice nada. Pero afirma de manera categórica que el verdugo de los verdugos y los verdugos son de la misma calaña: verdugos. Seres que matan. Aunque los móviles de uno y otros sean distintos: el primero porque odia a los que matan y por eso los mata, y los segundos porque matan y aman matar.
    Existen muchos libros que tratan temas afines, como el de Víctor Gaviria (El muchachito que no duró demasiado) o los de Alonso Salazar (No nacimos pa´ semilla), para referirnos sólo a Medellín, o el de Guillermo González Uribe (Los niños de la guerra), o los de Alfredo Molano, pero reitero y subrayo que éste difiere por el método: no es una investigación, no es una entrevista, no es la suma de voces convertida en testimonio, no: es un relato crudo, escrito en primera persona, por alguien que fue más que un testigo presencial, pues fue protagonista de lo que nos cuenta.
    Y lo que nos cuenta es atroz, y su lectura produce repulsión, perplejidad y asombro.
    Fabio Restrepo, con gran soltura y naturalidad, nos describe primero el ambiente del barrio de invasión en que creció: un barrio de Medellín habitado por familias numerosas, en donde reina el desempleo, la falta de recursos, la ignorancia, la miseria, la violencia y el miedo.
    No existe autoridad salvo la del más fuerte, que en este caso son los atracadores y matones del barrio. Matones que actúan a la luz del día, de frente, en plena calle, y no temen atacar a sus víctimas delante de los demás. Un barrio donde hay familias en las que todos son atracadores, desde el niño de tres años que le quita paletas a los otros niños. Nadie está a salvo y nadie se atreve a hacer nada, ni denunciar los delitos y crímenes a las autoridades, porque tampoco confían ni creen en las autoridades ni en la justicia, ni el Estado ni en nada. Y Fámel, el hermano de Fabio, decide ser la justicia, y ante el asombro de Fabio, se convierte en el paladín de los desamparados, en el instrumento de venganza de los que han sido vejados, en la misma ira de dios.
    Y Fámel es implacable. No perdona. Y mata a los que matan sin tener otro credo que el de la justicia que él encarna por gracia de un destino asumido hasta sus últimas consecuencias. Y, según el libro, asume su papel de justiciero sin que le tiemble la mano y sin el menor asomo de culpa, y, si hemos de creerle, sin ánimo de lucro, sin concesiones a ninguna ideología, sin hacer parte de algún bando de derecha o de izquierda, como si lo hiciera por la pura gloria de hacerlo. Y la sangre rueda, pero lo curioso es que en el barrio lo festejan por lo que hace, y lo buscan para solucionar sus problemas.
    Y el horror se suma al horror y la pesadilla parece ser el único escenario que conocen las personas retratadas en el libro, y no tiene fin. Historias de pesadilla, como la de la mamá que desea la muerte de su hijo porque ya no soporta el infierno al que la tiene sometida; o la del hijo que azuza a su madre para que golpee a su padre que la ha golpeado toda la vida, y ella lo hace hasta matarlo y su hijo se encarga del cadáver; o la de la muchacha que por fin respira tranquila cuando matan a su marido; o la del hombre que amarró al muchacho que mató a su hija a una viga en una construcción abandonada y todas las noches lo visitaba para pegarle una puñalada de tal forma que muriera muy despacio.
    Y mientras más lee uno, menos sabe que hacer con el libro entre las manos, ni como quitarse de encima el horror de sus imágenes ni lo que nos obligan a imaginar y a pensar, pues la vida aquí no tiene ningún valor y a veces ni siquiera un precio, y la frase que oí en mi juventud revela su fatal realidad, pues algunos de los seres que aparecen en el libro de verdad matan por ver caer.
    Imposible juzgar este libro por su valor literario, aunque es evidente que Fabio Restrepo tiene un don para contar, y gracia al recrear la personalidad de las gentes que conoció, y soltura para pintar a grandes brochazos los ambientes de su barrio y de Medellín y las escenas de horror que presenció y vivió y oyó contar; aunque también es evidente que en éste, su primer libro, hay grietas en la estructura narrativa, y a veces da rienda suelta a una anécdota tras otra sin que estén vertebradas a la espina dorsal de su relato, y a veces deja entrever que no nos está contando o no puede contarnos todo lo que sabe, y que le queda muy difícil tomar distancia de su hermano, y termina por darnos, sin que tal vez él mismo lo sepa, algo de miel y maquillaje para mitigar un poco el espanto que nos produce la lectura.
    En todo caso, si alguien quiere darle una mirada al abismo, al mar de atrocidades en que nos ahogamos, debe leer este libro con el cinturón de seguridad bien puesto y la cabeza bien firme en la mano.
    P.D. No sobra agregar dos datos: que Fabio Restrepo es el actor principal y magistral del nuevo largometraje de Víctor Gaviria, Sumas y restas, película que su director espera estrenar este año; y que Víctor Gaviria está escribiendo un guión inspirado en Verdugo de verdugos.

—Alberto Quiroga

    

NADA A LARGO PLAZO

La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo
Richard Sennett
Barcelona, Anagrama, 2000 (188 pp.)

EL TRABAJO COMO ACTIVIDAD humana tuvo una atención especial en la reflexión de una figura sólo recordada en la actualidad por quienes se ocupan de promover la protesta social: Engels. Es conocida su reflexión en lo que dio en llamar el papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, un trabajo que hoy apenas si se recuerda. En los últimos años, el tema también ha ocupado a muchos pensadores y estudiosos de las ciencias sociales, dado que el desarrollo tecnológico ha provocado una fisonomía y una imagen diferente de él.
    Pero en todo caso, los estudios por lo regular están referidos al ámbito económico o cultural de esta actividad humana. Por el contrario, Richard Sennett (más conocido en el mundo hispanohablante por un trabajo clásico: Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental) se ha ocupado no sólo de la dimensión sociológica, sino también de las implicaciones psíquicas en la personalidad de los hombres de la contemporaneidad.
En el texto que reseñamos, el autor aborda el sentido de extravío que hoy provoca el trabajo y algunos rasgos que comporta en la contemporaneidad, tales como el significado de la rutina, la flexibilidad, la ilegibilidad de su imagen, el ámbito de los riesgos y fracasos que exige, como también el compromiso ético y comunitario que hoy entraña.
    Sennett se plantea que en el capitalismo de nuestra época la manera como se asume el tiempo ha provocado un nuevo modo de ver las actividades rutinarias que comporta una actividad laboral, pero no tanto para entender que esa concepción implica «nuevas maneras de organizar el tiempo, y en especial el tiempo de trabajo» (p. 20). Es lo que ha hecho que en el argot de los ejecutivos de las empresas se abandonen algunos términos, aún frecuentes entre nosotros, para utilizar nuevas expresiones que en principio parecen más novedosas y atractivas. Ya no hablan de puestos de trabajo, sino que se refieren a proyectos y campos de trabajo (p. 21).
    Desde luego, ese modo de concebir el tiempo y el trabajo está aupado por la jerga del cambio y la innovación, como es usual en el mundo laboral que se conoce actualmente.
    Todo ello se justifica con la creciente competencia que genera el mundo globalizado y el desarrollo de nuevas tecnologías al servicio del trabajo. Sennett lo explica así: «Un cambio en la estructura institucional moderna ha acompañado el trabajo a corto plazo, con contrato o circunstancial. Las empresas han intentado eliminar capas enteras de burocracia para convertirse en organizaciones más horizontales y flexibles. En lugar de organizaciones con estructura piramidal, la dirección de empresas prefiere ahora concebir las organizaciones como redes». De este modo, los trabajadores son obligados a percibir algunos valores del viejo capitalismo de otra manera, so pena de sucumbir ante las nuevas estructuras laborales que se gestan».
    Dice el autor, refiriéndose a valores como la confianza y el compromiso, lo siguiente: «“Nada a largo plazo” es el principio que corroe la confianza, la lealtad y el compromiso mutuos. Por supuesto, la confianza puede ser algo meramente formal, como cuando personas acuerdan hacer un trato comercial o confían en que el otro respete las reglas del juego; pero, por lo general, las experiencias más profundas en materia de confianza son más informales, como cuando la gente aprende en quién puede confiar al recibir una tarea difícil o imposible. Estos vínculos sociales tardan en desarrollarse, y lentamente echan raíces en las grietas de las instituciones» (pp. 22-23). Se colige, entonces, que los vínculos que ha creado el nuevo capitalismo son débiles, dada la naturaleza cortoplacista y el afán de rentabilidad inmediata que anima las empresas y negocios en la actualidad. Pero esta nueva manera de situarse en el mundo del trabajo también actúa directamente en el temperamento y el sentido afectivo de los trabajadores. De ahí que Sennett crea que, más que otros factores, el sentido del tiempo causa un impacto destacado en el carácter de las personas. Su manera de decirlo se expresa así: «Es la dimensión temporal del nuevo capitalismo, más que la transmisión de datos con alta tecnología, los mercados bursátiles globales o el libre comercio, lo que más directamente afecta a las vidas emocionales de las personas que ejercen su actividad fuera del lugar de trabajo. Trasladado al terreno de la familia, el lema “Nada a largo plazo” significa moverse continuamente, no comprometerse y no sacrificarse» (p. 24). Y de todo esto se infiere uno de los rasgos centrales que se exigen hoy en el mundo del trabajo: la flexibilidad.
    No obstante, en su temprana historia, el trabajo en el capitalismo (el sistema económico y social mayoritario que gobierna en el mundo) se movió en lo que podría llamarse un tiempo detenido y repetido, es decir, las actividades eran rutinarias. Desde luego, esa característica se puede asociar al escaso desarrollo tecnológico en comparación con los vertiginosos cambios de la época actual. Vista la reflexión de Sennett sobre este particular, relaciona dos puntos de vista contrapuestos: Adam Smith y Denis Diderot. En esa polémica, el autor parece tomar partido por Diderot, dado que no concibe que la rutina esté asociada necesariamente a la inmovilidad y falta de flexibilidad para asumir los cambios del nuevo capitalismo, pero en cambio coadyuva a cierto sentido de la solidaridad y a una formación de hábitos y costumbres que de algún modo son positivos para la construcción del carácter en las personas, pese a que Smith manifiesta que para desarrollar el carácter es necesario romper la rutina (p. 39).
    Por eso no es legítimo en cierto modo justificar la flexibilidad del trabajo erosionando y violentando hábitos que debilitan el espíritu de las personas, más cuando «las prácticas de la flexibilidad se centran principalmente en las fuerzas que doblegan a la gente» (p. 47).
    Sennett cuestiona el sentido per se positivo de la flexibilidad, pues no cree a ultranza en las bondades que se le asignan y manifiesta: «Nos imaginamos estar abiertos al cambio, ser adaptables —el ser humano es libre porque es capaz de cambiar—. No obstante, en nuestro tiempo la nueva economía política traiciona este deseo personal de libertad. La repugnancia a la rutina burocrática y la búsqueda de flexibilidad han producido nuevas estructuras de poder y control en lugar de crear las condiciones de liberación» (p. 48). Cuestiona por eso la consecuencia que se deriva de tomar la flexibilidad como un axioma y no se fía de las prácticas modernas de dirección de empresas que se sustentan en ella, pues para Sennett, el sistema de dirección sigue siendo fragmentario, por más nódulos que tenga y la estructura horizontal lo muestre más bondadoso que en el pasado. Su conclusión es que la reinvención de las empresas no puede etiquetarse en la fórmula de la flexibilidad, pero admite que hay lugar para intervenir y revisar el modo como hoy se concibe la organización del trabajo y las empresas.
    Naturalmente, para Sennett ese no es un imperativo mágico, dado que basándose en palabras de muchos ejecutivos de empresas, cree que «sólo en la vida fantástica y muy bien pagada de los consultores puede una organización grande definir un nuevo plan comercial, reducirse y reinventarse con vistas a adaptarse y después avanzar hasta llevar a la práctica el nuevo plan» (p. 50), palabras que hoy conservan una actualidad indudable cuando una y otra vez se habla de la reingeniería como uno de los últimos milagros para salvar de la debacle a empresas en quiebra o al borde del colapso. Por el contrario, ese prurito ha llevado a la precariedad moral y motivacional de los trabajadores, cuando no francamente a su despido de las empresas y a dejar en ellos la sensación de fracasados e inútiles para la sociedad. Pero también, a que «algunas empresas perfectamente viables son destruidas o abandonadas, y muchos empleados capaces quedan a la deriva y no se ven recompensados, simplemente porque la organización debe demostrarle al mercado que es capaz de cambiar» (p. 52). Aparte de lo anterior, hay que anotar que los trabajadores no se identifican con muchas de las actividades que desarrollan en la empresa, en razón de que el trato con las tecnologías modernas no lo sienten articulado a un conjunto o a un aprendizaje del carácter.
    Como corolario de lo expuesto, los trabajadores introyectan o se les impone un sentido del riesgo que siempre los hace ver como víctimas, pero que les hace creer que son más valiosos en tanto estén dispuestos a asumir más riesgos y a sobrevivir el mundo competitivo en que se desenvuelven. «Vivir en continuo estado de vulnerabilidad es la propuesta que, tal vez sin querer, hacen los autores de los manuales empresariales cuando celebran el riesgo cotidiano de la empresa flexible» (p. 86). Y como correlato tenemos que la «cultura moderna del riesgo se caracteriza porque no moverse es sinónimo de fracaso, y la estabilidad parece casi una muerte en vida. Por tanto, el destino importa menos que el acto de partir. Inmensas fuerzas económicas y sociales dan forma a la insistencia de marcharse; el desorden de las instituciones, el sistema de producción flexible, realidades materiales que se hacen a la mar. Quedarse quieto equivale a quedar fuera de juego» (p. 91).
    En consecuencia, la ética del trabajo se viene fundando en nuevos paradigmas. Lo paradójico es que ésta se busca cimentar en otro evangelio engañoso pero atractivo: el trabajo en equipo. Para el autor del texto que comentamos, el trabajo en equipo no es más que la superficialidad degradante, en tanto que la gratificación postergada por el trabajo pierde su valor y todo se reduce a que en el equipo de trabajo moderno los empleados no compiten entre sí y, lo que es más importante, que los empleados y jefes no son antagonistas, el jefe sólo gestiona el proceso del grupo, es un guía, un coordinador, esta última, según Sennett, la palabra más maliciosa del nuevo léxico de la gestión de empresas; lo que ha llevado a que un líder, más que gobernarte, está de tu lado y el juego del poder se vive entonces entre un equipo y otros equipos de otras empresas, situación que a todas luces no es más que una ficción para el autor (p. 116). El resultado es que este «juego de poder sin autoridad hace surgir un nuevo tipo caracterológico. En lugar del hombre llevado por las exigencias aparece el hombre irónico (...) Una visión irónica de uno mismo es el resultado, es la consecuencia lógica de vivir en un tiempo flexible, sin criterios de autoridad o responsabilidad» (p. 122).
    De modo, pues, que el nuevo capitalismo ha creado un juego donde se invita a que veamos el fracaso de millones como un mal generado por ellos mismos, no reconocerlo es una muestra de falta de carácter. Sin embargo, «Un sentido más amplio de comunidad, y un sentido más pleno del carácter, es lo que necesita el número creciente de personas que, en el capitalismo moderno, están condenadas al fracaso» (p. 142); por eso, el individualismo extremo ha de trocarse en el «nosotros» que debe llenar de nuevo contenido el sentido de la independencia. Sennett lo expresa así, citando al psicólogo John Bowlby: «La persona auténticamente independiente no demuestra ser en absoluto tan independiente como dan por sentado los estereotipos culturales... “Una persona sanamente independiente” es capaz de depender de los otros cuando la ocasión lo requiere y también de saber en quién le conviene confiar» (p. 147). Finalmente, todo esto lleva al autor a concluir que en el capitalismo moderno «Hay historia, pero no una narrativa compartida de dificultad y, por tanto, no hay destino compartido. En estas condiciones, el carácter se corroe» (p. 154).
    La corrosión del carácter... tiene la virtud de presentar las reflexiones del autor, producto de una investigación de campo, en fuentes documentales y en entrevistas a trabajadores que narran sus percepciones del mundo individual de sus trabajos, a la vez que se apoya en empresas hoy consideradas líderes, en datos estadísticos y en las fuentes literarias y teóricas que el autor ha creído confiables para elaborar una narrativa fluida y accesible sobre el impacto del mundo del trabajo en la contemporaneidad. Desde luego, salvando las diferencias del mundo del trabajo en nuestro entorno con respecto al del mundo anglo, el libro ofrece valiosas reflexiones para quienes aún ven en el trabajo el proyecto que sustenta su diario vivir y su porvenir. Y que aún guardan la esperanza de que el trabajo sea una fuente de satisfacción y un punto de apoyo para la libertad, la realización y el crecimiento moral y espiritual; una meta que cada vez se ve más amenazada por quienes sólo ven en el trabajo una fuente para la producción de riquezas al servicio de unos cuantos y como un medio de envilecer la vida humana. O peor aún, para la destrucción de la voluntad y el carácter y para la sumisión de millones: es lo que hace hoy a muchísimas personas muñones caminantes, sin ningún destino o meta que alcanzar.

—David Navarro Mejía

 

 

LA INTENSIDAD DE LA VIDA
Los niños de la guerra
Guillermo González Uribe
Bogotá, Editorial Planeta Colombiana, S.A., 2002 (196 pp.)
Palabras pronunciadas en la entrega del Premio Planeta de Periodismo 2002

HACE ALGÚN TIEMPO, una editorial europea decidió hacer una única exigencia a los manuscritos que consideraba para una posible publicación: que se sintiera la vida en ellos. La verdad es que mientras las filigranas del lenguaje logran atraer a un público refinado pero exiguo, todo texto en el que se sienta la intensidad de la vida logra atraer y cautivar a muchos lectores. El buen lector sabe casi instintivamente cuándo está frente a una colección de lugares comunes y de episodios estereotipados, y cuándo lo que le cuentan no pudo ser inventado por el narrador, porque tiene el sabor singular de lo real, hecho de ingredientes sorpresivos, de sobresaltos, de objetos y circunstancias nítidos y de desenlaces inesperados.
Tres veces me he estremecido igual en mi vida. Leyendo el libro La violencia en Colombia, que Germán Guzmán, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda publicaron en los años sesenta; leyendo la Crónica de una muerte anunciada, que Gabriel García Márquez publicó en 1981; y leyendo este libro. Los tres nos llevan al fondo del abismo de la condición humana, los tres nos llevan en un viaje al final de la noche; cada uno de ellos, a su manera, nos hace sentir el sabor del infierno. Los tres son necesarios, los tres forman parte de un esfuerzo desesperado de lo mejor del alma colombiana por hacer conciencia de su propia locura, de su pantano de horror; por convertir al lenguaje en un poderoso instrumento para percibir nuestra propia monstruosidad, por conquistar un conjuro contra las miserias de la guerra y contra las descomposiciones de la venganza.
    Lo primero que vemos en estos testimonios, recogidos con paciencia y sabiamente reconstruidos por Guillermo González Uribe, son seres conmovedoramente solitarios.
    Maltratados primero por sus padres, ultrajados o explotados por sus parientes, auxiliados en vano por piadosos desconocidos, estos seres nunca obtuvieron en el hogar amparo ni en la sociedad comprensión. Muy a menudo los seres que los han querido y protegido desaparecieron o fueron asesinados. Su infancia fue un laborioso aprendizaje del recelo, del miedo, de la incertidumbre y de la venganza. Ejércitos brutales se convierten en su familia, en su fraternidad, casi en su hogar, pero se exaltan también en reino de rivalidades, en nuevas fuentes de amenazas, en cárceles angustiosas. Cualquier error puede ser la perdición; cualquier ligereza, el tormento; cualquier flaqueza, la muerte.
    Lo que este libro cuenta es viejo como el mundo: padres que infaman a sus hijos, hermanos que ultrajan a sus hermanas, hombres que estrellan bebés contra los muros, hombres que enseñan a otros más jóvenes la manera más eficaz de descuartizar a un ser humano, hombres que disparan contra las ollas y los gatos de sus víctimas, esa mujer que descubre, en un pasmo de irrealidad, que está cohabitando con el hombre que mató a sus seres queridos, combates atroces narrados desde el corazón del incendio y desde el olor de la sangre, hombres que encuentran usos medicinales en la profanada carnaza de sus víctimas, niños que convierten en vesania su horror de matar. Cosas semejantes podemos encontrar en el Éxodo y en el salmo 37 del rey David, en la Ilíada y en Tito Andrónico, en las Crónicas de Indias y en las crónicas del Tercer Reich. Lo que las hace tan opresivas para mí es la certeza de que no estoy leyendo testimonios de la edad de bronce griega, embrujada por sus leyendas, ni de las guerras de Judas Macabeo, inscritas en unos códigos míticos, ni vestigios remotos de la crueldad de Roma, ni atrocidades de la conquista afantasmadas por los siglos, sino la descripción directa y vívida de nuestro presente, la narración de hechos que apadrinamos con nuestro entusiasmo o que autorizamos con nuestro silencio, una rutina de atrocidades que equivaldrán a nuestro retrato en los ojos alarmados de la posteridad.
    No es sólo la guerra lo que vemos aquí, y es por eso que estos relatos son comparables a los de muchos otros momentos de nuestra historia. Un país donde para millones de personas el Estado no orienta, donde la familia no ama ni educa, donde la sociedad no asila ni dignifica a sus hijos, cada cierto tiempo vuelve a convertir a los ejércitos feroces en el único refugio accesible para numerosas personas. Colombia no ha aprendido a ser una patria para la mayoría de sus hijos: ésta es una conclusión que ya conocíamos antes de abrir el libro, pero que después de leerlo tiene un sentido nuevo, más doloroso, más comprometedor para todos.
    Algo se sobrepone a la nitidez y la descomposición de este infierno: la evidencia de que esos niños amamantados por el odio, con los que ha sido tan avara «la leche de la ternura humana», conservan en la nuez de su ser un fondo de inocencia, de generosidad y de alegría, y merecen que una sociedad menos egoísta y menos hipócrita sepa poner en sus manos algo mejor que el metal de los fusiles y de la metralla. Casi todos ellos lo único que anhelan es un país que les dé dignidad, que les dé amor, educación, trabajo y futuro. Que un día no sean sólo diez o veinte o cien los que hayan sido arrancados a las tenazas de la guerra, sino que como lo balbuce con grandeza uno de ellos, casi describiendo la democracia verdadera, que es un horizonte respetuoso y civilizado para el conflicto: «A mí me gustaría que la guerra fuera sin armas (...) O sea, una guerra, pero no una guerra-guerra, sino como diálogo; simplemente con palabras, planteamientos, propuestas y decisiones». Es decir, el inevitable conflicto humano, pero en un escenario donde las palabras sean las únicas armas posibles. Como lo dijo con fuerza Miguel Hernández:
«Tristes guerras
si no es amor la empresa,
tristes, tristes.
Tristes armas,
si no son las palabras,
tristes, tristes.
Tristes hombres,
si no mueren de amores,
tristes, tristes».

    Sólo quiero añadir un pequeño saludo personal para el autor de este libro, y el destinatario de este premio. Guillermo González Uribe: durante casi quince años hemos compartido tantas aventuras culturales y tantas experiencias humanas que no puedo dejar de sentir este homenaje como una fiesta personal. Tú nos das cotidianamente el ejemplo de una inteligencia generosa y abierta a lo distinto, de un periodista con talento y con criterio que en el ejercicio de su profesión no olvida nunca que es un ciudadano y que es un ser humano, el ejemplo de un hombre comprometido con su tierra y con su época, que cultiva el arte de la amistad y que conoce mejor que otros el secreto para convertir los sueños en realidades. Vaya mi admiración para alguien que, en todos los medios que ha dirigido, desde El Magazín de El Espectador, pasando por la revista Gaceta de Colcultura, hasta la revista Número, que pronto cumplirá diez años de existencia, siempre ha sabido abrir las puertas a los talentos desconocidos y a las voces de la comunidad sin discriminación y sin prejuicios. Yo mismo he sido beneficiario de esa hospitalidad, y me complace decir que tengo en la amistad de Guillermo González Uribe una de las constancias y una de las alegrías de mi vida. El libro que nos reúne esta noche es duro y estremecedor, pero al mismo tiempo la labor que nos convoca es generosa y apasionada, está llena de compromiso y de fe. Tenemos que celebrar, pues, como siempre se celebra en Colombia, con la alegría de saber que hay motivos dignísimos para la fiesta y para la esperanza, pero con la gravedad de saber que más allá de la fiesta hay un país atenazado por la muerte, exigiendo nuestro compromiso y reclamando nuestro esfuerzo. Muchas gracias.

—William Ospina

 

LAS TRANSGRESIONES VÁLIDAS
Al diablo la maldita primavera
Alonso Sánchez Baute
Bogotá, Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 2003 (260 pp.)

El reconocimiento de la homosexualidad como una característica humana «normal» no existe aún en la sociedad bogotana. Parece que se percibe como una forma patológica que debe evitarse. Al menos esa es la sensación que deja la lectura del libro ganador del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2002.
    El avance que se ha logrado en las estructuras legales del país para que la expresión homosexual en cualquiera de sus formas no sea discriminada, parece que no satisface al personaje de este cuento largo.
    El premio, la publicación del libro y la creciente lectura y discusión del tema sí son un cambio drástico en el reconocimiento de este fenómeno humano profundamente complejo.
    El libro, al que se le suman el premio y el fenómeno de la creciente expresión homosexual en la ciudad, son una base real y fuerte para construir la identidad individual y colectiva de la homosexualidad dentro del medio social colombiano.
    En eso radica la mayor importancia del libro escrito por Alonso Sánchez Baute.
    La narración, en primera persona de principio a fin, tiene suficiente intensidad para que el lector siga la historia y descubra al personaje —Edwin Rodríguez Buelvas— como un homosexual muy rápido verbalmente y con una característica que lo llena de orgullo: el no dejarse de nadie.
    Esto incluye el tener conductas claramente delictivas, como no pagar el arriendo, chantajear, esconderse de los cobradores, robar sin ser descubierto y hacer trampa en los concursos de belleza.
    La fuerza del personaje es tal que llega a cansar al lector, porque a quien «oímos» es a «una loca llena de plumas», muy agresivo verbalmente, lleno de rabia, lleno de envidia, chantajista, ladrón, que además explica que esas características suyas son atributos que ha logrado construir a través de los años, mientras aprendía a defenderse de la discriminación social.
    Uno de sus oficios (oficio como trabajo) es ser «Drag Queen». Durante la explicación que da de su trabajo, establece una discusión con la «sociedad ausente» en la que intenta refutar todas las descripciones y explicaciones existentes sobre el travestismo y siente que demuestra que su explicación sobre este fenómeno de la humanidad es la única válida. Es un elemento más que lleva a ver la arrogancia y el egocentrismo que tiene este personaje.
Toda la narración conduce al lector a un mundo alrededor de él, el cual es un mundo sin relaciones afectivas duraderas, un mundo de soledad. Marginado desde la infancia y marginable por la construcción que hace de sus relaciones afectivas, intenta mostrar cómo, a pesar de que la esperanza de su vida es tener al «príncipe azul» a su lado y para siempre, la intensidad del deseo sexual lo desborda y su estabilidad afectiva siempre se desfigura.
Esta narración, pese a la distancia y el cansancio que produce el personaje, logra mostrar el mundo marginal de los homosexuales hombres con la suficiente fuerza para que el lector defina sus límites con el personaje y la lectura se continúe dentro del marco de aceptación de ese tipo de homosexualismo que encarna el libro.
    La diferencia del comportamiento social de los homosexuales está presente dentro del marco «moral» del personaje, el cual es radical y muy poco democrático. Juzga y agrede a los hombres que, teniendo gusto sexual por hombres, también lo tengan por mujeres. El que además estén casados y con hijos lo considera una vergüenza.
    Las transgresiones válidas son las que él encarna, entre éstas transgredir la identidad de género, llamándose a sí mismo como ella, definiéndose como mujer.
    Cree que este comportamiento, el cual describe como muy frecuente en Bogotá, está motivado sólo y exclusivamente por el miedo a la discriminación, que si ese miedo no existiera los hombres con comportamientos bisexuales serían muy pocos y él, el adalid del «no miedo a la discriminación», tendría muchas más oportunidades de encontrar a su «príncipe azul».
    En el final del libro se intenta mostrar, con éxito, el paradigma del «príncipe azul» como el paradigma del «paraíso perdido» de la infancia, vivido durante los largos insomnios en donde se desarrollan las fantasías celestiales y terroríficas. El insomnio es el fenómeno que acompaña a la soledad.
    Las diferentes opciones de la expresión homosexual que hay se tratan como alternativas que cada individuo ha tomado, sin hacer mayor diferencia sobre cómo se producen esas opciones; si se determinan biológicamente o no o si se determinan durante la infancia. Se refiere a la condición existente en él, una condición que siempre ha existido desde que se acuerda. Desde que tiene memoria, le gustan los hombres; prefiere jugar con muñecas, vestirse como mujer, moverse como mujer y no le gusta jugar fútbol.
    Uno de los pasajes que causan más impacto es la parte en donde se reúne con sus amigos a jugar fútbol. Explica que no jugaron como los straight (los hombres heterosexuales), que siempre están de mal genio cuando juegan, esforzándose con rabia para ganar cada pedazo del partido. No, ellos jugaron como son: pendientes de la estética, de la ropa, de la forma como corren, quiénes estaban, quiénes los vieron, riéndose y disfrutando del ejercicio sin ponerse bravos.
    Los espacios de la ciudad que los gays han conquistado se mencionan con orgullo e identidad; existen, para el personaje, un barrio gay, un supermercado gay, un parque gay, un centro comercial gay, bares gay, baños turcos gay (todos los baños turcos públicos son gay), gimnasios cuasi gay donde se encuentran para tener sexo rápido o bien para conseguir un amor duradero.
    Esa manera de describir los lugares como propios marca una tendencia a formar guetos. Pero no parece desagradarles. Es un triunfo. Es un territorio conquistado, el cual no dejarán perder.
    Sin embargo, sí pierden lugares propios. Las discotecas gay no pueden discriminar a los straight. El hecho de que se haya aceptado la expresión homosexual en gran medida y que quienes no son gays vayan a lugares gay ha cambiado las costumbres de algunos de esos lugares, cosa que al personaje le parece una invasión.
    Siente que eso ha ocurrido sólo por la moda de tener amigos o conocidos homosexuales, y que ahora en la sociedad se ha vuelto prestigioso mostrarse como una persona de mente amplia y de avanzada, y gran parte de esa imagen se logra teniendo amigos maricas.
    Es claro que el libro encarna un espacio de la vida de los homosexuales colombianos, principalmente aquellos que viven en Bogotá y que tienen posibilidades de viajar al exterior. Pero hay límites en ese personaje que no dejan ver otras formas de vida homosexual que están igualmente presentes en el país y en la ciudad.
    Este cuento largo es la primera historia que se escribe y publica en Colombia, que busca (con intención o sin ella) establecer un proceso de identidad hacia afuera del medio homosexual, cuestionando a la vez los límites de los grupos gay, la forma como se acepta la presencia homosexual en la ciudad y en el país, y pone de manifiesto todo lo que está por hacer para involucrar a los homosexuales en la sociedad y disminuir la agresión que existe de parte y parte.
    Todavía hay mucho que escribir sobre la homosexualidad. Hacer literatura alrededor de temas reales y no necesariamente biográficos es una buena forma de intentar construir sociedades más plurales.

—Pablo Zuleta González

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