Aunque
algo de esta magnitud nunca se ha hecho en el país, y seguramente
tampoco en muchas partes, hay interesantes antecedentes que pueden ser
útiles como referencias parciales. La primera gran obra de la
violentología colombiana, La Violencia en Colombia (1962), de
Guzmán, Fals Borda y Umaña, aunque distinta en carácter
y contexto, fue muy importante para digerir la tragedia de los años
cuarenta y cincuenta. La investigación realizada por la comisión
mixta, compuesta por organismos de control y ONG, en el caso de Trujillo
llevó al histórico reconocimiento de responsabilidad estatal
por parte del gobierno del presidente Samper.
De hecho, el Estado tiene hoy una excelente
oportunidad a la mano para avanzar en el tema de la verdad, justicia
y reparación, ya que se encuentra en medio de un proceso de arreglo
con las víctimas de la Unión Patriótica ante la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la mayoría
de las cuales son víctimas de los paras con los que se inician
conversaciones.
De todas maneras, es importante reconocer que
por deseable que sea una comisión de la verdad en estos momentos
en Colombia, lo cierto es que no hay condiciones políticas muy
favorables para ella. Es probable que ni el Estado ni las AUC vayan
a estar interesados en introducir el tema en la mesa. Por ello, sólo
una fuerte presión desde la sociedad civil nacional y, sobre
todo, desde la comunidad internacional, puede introducir este elemento
fundamental.
* * * * *
Apenas
se inicia el proceso y hay más preguntas que respuestas.
Algunas son básicas: ¿con quiénes
se está negociando? De entrada se dijo que no estaban algunos
frentes claves, como el Bloque Metro, que opera en Medellín;
luego, que otros se habían marginado, como el Bloque Élmer
Cárdenas, que hace presencia en la zona fronteriza con Panamá.
Más allá de las complicaciones propias de tener unos adentro
y otros por fuera del proceso, cabe el interrogante sobre si los que
están pensando en desmovilizarse son los que consideran que ya
han logrado cierto grado de consolidación en sus regiones, mientras
quienes están en medio de fuertes disputas territoriales se quedarán
con sus armas para seguir actuando.
Otra pregunta clave tiene que ver con cómo
y con quién remplazar a las autodefensas en las zonas bajo su
control, en medio de un conflicto que continúa. La historia colombiana
no es buena al respecto: con la desmovilización del M-19, las
zonas de su influencia en el Cauca fueron ocupadas por las Farc, así
como las áreas de influencia del EPL en Urabá pasaron
primero a las Farc y luego a las autodefensas. Algunos han especulado
sobre la posibilidad de que por medio de los soldados campesinos y la
red de informantes el Estado sea capaz de «llenar el vacío»,
pero eso tiene tanto de ancho como de largo. Por otro lado, es improbable
que la guerrilla se quede quieta, como ya lo han demostrado las Farc
en varias ocasiones al incursionar en territorios que los paras ya supuestamente
habían «pacificado».
Así como las autodefensas fueron el dolor
de cabeza para las partes en el Caguán, nada raro que las Farc
sean un obstáculo mayor en la mesa con los paras. Pero la cuestión
de fondo en relación con el control territorial es si esto es
posible sin guerra sucia; y si no, quién la hará si los
paras dejan las armas.
Otro grupo de preguntas muy delicadas tiene
que ver con el tema del narcotráfico y la estrecha relación
que históricamente ha tenido con el fenómeno paramilitar.
A pesar de los esfuerzos recientes por «depurar» a las AUC
de los elementos narco, lo cierto es que eso es más fácil
decirlo que hacerlo. Según la DEA, la mayor parte de envíos
de drogas ilícitas que salen de Colombia se hacen desde el norte
del país, es decir, las zonas de mayor influencia de los paras.
El pedido de extradición por narcotráfico a Carlos Castaño
es una muestra más de que para los gringos no cabe eso de que
«antes fuimos narcos, pero ya no».
En caso de que los paras dejen realmente el
narcotráfico, ¿quién se encargaría del negocio
en sus zonas? ¿Hasta qué punto tolerará Estados
Unidos el hecho de que ciertos narcos logren limpiar su pasado haciéndose
pasar por autodefensas?
Esto nos lleva a otro de los grandes interrogantes:
el papel que cumple Estados Unidos. Durante los años de la guerra
fría, Estados Unidos promovió abiertamente la creación
de grupos de civiles armados en América Latina y el mundo como
parte de su política contrainsurgente. Pero en la última
década, el término «paramilitar» empezó
a coger otro sentido, ya que fueron éstos los grupos que tuvieron
que enfrentar y desarmar en Haití; los que cometieron la mayor
parte de las masacres en Ruanda, Bosnia y Kosovo; los que presentaron
los mayores obstáculos en el proceso de paz de Irlanda del Norte,
y los que cometieron el atentado en Oklahoma, estos últimos de
su propia nacionalidad. Por ello el 11 de septiembre de 2001, antes
de los ataques terroristas, Collin Powell venía a Bogotá
a anunciar la inclusión de las AUC, al lado de las Farc y el
ELN, en la lista de organizaciones terroristas.
Sin embargo, la política de Estados Unidos
no es homogénea y el proceso de toma de decisiones, en el que
participan muchas agencias distintas e intereses encontrados, resulta
complejo. La DEA, por ejemplo, según los informes de prensa,
parece más interesada en que se entreguen los narcos a cualquier
precio con tal de poder mostrar «resultados» en su estúpida
guerra contra las drogas, mientras el Departamento de Estado está
empeñado en tratar a todos los terroristas por igual. Para no
hablar de los miembros de la oposición demócrata en el
Congreso, que por derrotados que estén, siguen, al lado de las
ONG de derechos humanos, teniendo mucho peso. De todas maneras, por
enredado que sea su proceso interno, no cabe duda de que si hay un actor
que puede incidir de manera decisiva en el proceso con las autodefensas,
ese es Estados Unidos.
Pero las preguntas más importantes tienen
que ver con el gobierno colombiano. Preocupan las palabras recientes
del superministro, que hasta el momento no se ha retractado, según
las cuales lo que se busca es perdón y olvido, sin mención
alguna de verdad o justicia. Esto es particularmente grave en un contexto
nacional en el que se afianza una corriente política de derecha
y con unas AUC que han demostrado saber hacer política mucho
mejor que la guerrilla.
También preocupa que aún no se
conozca la agenda. Si bien todos entendemos la importancia de la discreción
en detalles, particularmente en esos primeros contactos, un proceso
tan importante requiere gran transparencia, más elementos de
análisis y un amplio debate nacional e internacional.
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Estamos, entonces, ante una nueva etapa en
la guerra y la paz en Colombia.
Hemos intentado argumentar que una verdadera «desparamilitarización»
es posible, aunque difícil, y que ésta acercaría
la posibilidad de una paz integral con la insurgencia. Pero también
hay que advertir que un proceso de «tape-tape», que legalice
estos grupos sin esclarecimiento alguno y desconozca su complejidad
histórica y estructural —como infortunadamente parece ser
el deseo de muchos hasta ahora—, une a las guerrillas, profundiza
la guerra y prolonga el desangre nacional.