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Inmaculada García Guadalupe nace en Puerto del Rosario (Islas Canarias) en 1972. Es licenciada en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Colaboraciones suyas han aparecido en Cuadernos Hispanoamericanos y en la revista virtual del Instituto Cervantes. |
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En
una gran almadía que los muiscas hacían de troncos amarrados
con juncos, según afirma Juan Rodríguez Freyle en su Conquista
y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, cruzaba la laguna de Guatavita
—situada en la actual sabana de Bogotá— el cacique
sucesor al trono de los muiscas al que, previamente, habían desnudado
y recubierto con oro en polvo. El «indio dorado» hacía
su ofrenda a los dioses en mitad de la laguna, lanzando al agua los
objetos de oro y esmeraldas que llevaba consigo. La balsa regresaba
a tierra y entonces comenzaba una gran fiesta, con la que culminaba
el proceso de investidura del nuevo guía del pueblo muisca.
El Museo del Oro
de Bogotá preserva la leyenda de El Dorado a través de
la exuberante belleza de las piezas que componen su colección.
Los orígenes de este museo se remontan a 1939 cuando, a raíz
de la adquisición de un poporo quimbaya —el poporo era
el recipiente que contenía la cal que permitía activar
las hojas de coca—, el Banco de la República decidió
fundar una entidad que preservara el valioso patrimonio arqueológico
colombiano y financiar la creación de los primeros centros de
investigación en los que los historiadores, los arqueólogos
y los antropólogos pudieran desarrollar su labor investigadora.
Fruto de estos esfuerzos es el actual Museo del Oro, cuya colección
se compone de más de 33.000 piezas que nos aportan una idea cabal
del esplendor y desarrollo artístico que alcanzaron estos pueblos
precolombinos. En la colección del museo se diferencian claramente
dos etapas: en la primera, que abarca del año 500 a.C al 1000
d.C., adquieren gran desarrollo los pueblos del suroccidente colombiano;
la segunda, que arrancaría alrededor del año 1000 d.C.
y se extendería hasta la llegada de los conquistadores europeos,
estaría caracterizada por el predominio de los asentamientos
del norte. |
Desde sus comienzos, la aventura del descubrimiento y colonización
del continente americano estuvo signada por el afán de encontrar
riquezas. Cristóbal Colón, que esperaba hallar en sus viajes
una nueva ruta hacia el Oriente para llegar hasta las suntuosas tierras
de Cathay y Cipango, descritas por Marco Polo en sus Viajes, y enriquecerse
con el comercio de las especias y el oro que encontrase a su paso, fracasó
en sus objetivos, lo que no impidió que otros hombres se lanzaran
a la aventura de explorar el Nuevo Mundo en su afán de encontrar
los esquivos tesoros.
Por
estas fechas estaba a punto de producirse uno de los capítulos
más apasionantes en la búsqueda de El Dorado, el protagonizado
por Gonzalo Jiménez de Quesada, que estuvo toda su vida obsesionado
con llegar a este rico lugar y convertirse en el marqués de El
Dorado. La expedición de Jiménez de Quesada, que partió
de Santa Marta en 1536, pretendía remontar el curso del río
Magdalena hasta llegar a su cabecera. La intuición del conquistador
lo hizo percatarse de un curioso detalle: la sal empleada por las tribus
del Magdalena era marina, mientras que la que usaban las del interior
tenía forma de pan. Los indios narraron al conquistador que obtenían
la sal y los ponchos que llevaban de una tribu muy rica del interior y
que, para llegar hasta ellos, sólo debía seguir río
arriba, instrucciones que llevaron a Jiménez de Quesada hasta la
actual Bogotá, territorio que, en ese momento estaba controlado
por los chibchas, a los que tardó algo más de un año
en someter. Fue tal la cantidad de oro y esmeraldas que encontraron los
expedicionarios que sólo el tesoro de los aztecas y el de los incas
superó en tamaño al obtenido en Bogotá. Entre las
riquezas conseguidas cabe destacar las pertenecientes al templo de Sogamoso,
donde había múltiples figuras de oro y las momias de los
guerreros ilustres estaban recubiertas de adornos del preciado metal.
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Entre
tanto, la búsqueda de la mítica región proseguía.
Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, partía desde Quito en 1540
en pos de El Dorado y de la tierra de la canela. El único éxito
de su expedición fue el descubrimiento, un tanto casual, del río
Amazonas por parte de Francisco de Orellana. No menos infructuosa resultó
la búsqueda de Felipe von Hutten, el joven alemán que había
ejercido como cronista de la aventura de Espira y que ahora organizaba
su propio viaje. El regreso a Coro fue motivado por su deseo de reunir
más hombres y medios con el fin de dominar el territorio de los
omagua, pero nunca pudo llevar a cabo su plan porque, tras su llegada,
fue decapitado. Con la muerte de Hutten finalizaban las expediciones financiadas
por los alemanes. |
3. LA LAGUNA DE GUATAVITA La visita al Museo del Oro de Bogotá culmina con un acto ritual que nos traslada a un tiempo en el que realidad y mito van de la mano; en pequeños grupos, se accede a una cámara semicircular que se encuentra sumida en la penumbra. Comienzan a oírse cantos rituales, la luz va apoderándose de la estancia, mientras múltiples objetos de oro lanzan sus destellos. Los cantos cobran fuerza, la luz se hace más intensa, el resplandor del oro nos ciega. Estamos en la laguna de Guatavita, en cuyo lecho hay tunjos, narigueras, dijes y pectorales. El cóndor vuelve a planear sobre los Andes, el hombre jaguar nos acecha, la serpiente desliza su cuerpo escamado hacia nosotros, el cacique que hace su ofrenda a los dioses. Sentimos que tanta belleza es irrepetible, inefable. Las luces comienzan a declinar, los cantos se pierden en la lejanía de las montañas, la oscuridad vuelve a adueñarse del recinto. Hemos entrado en la leyenda, en El Dorado mítico y, por un instante, hemos formado parte de la historia. |
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