Inmaculada García Guadalupe nace en Puerto del Rosario (Islas Canarias) en 1972. Es licenciada en filología hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Colaboraciones suyas han aparecido en Cuadernos Hispanoamericanos y en la revista virtual del Instituto Cervantes.

 


1. EL PAÍS DE EL DORADO

    En una gran almadía que los muiscas hacían de troncos amarrados con juncos, según afirma Juan Rodríguez Freyle en su Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, cruzaba la laguna de Guatavita —situada en la actual sabana de Bogotá— el cacique sucesor al trono de los muiscas al que, previamente, habían desnudado y recubierto con oro en polvo. El «indio dorado» hacía su ofrenda a los dioses en mitad de la laguna, lanzando al agua los objetos de oro y esmeraldas que llevaba consigo. La balsa regresaba a tierra y entonces comenzaba una gran fiesta, con la que culminaba el proceso de investidura del nuevo guía del pueblo muisca.
    Esta mítica ceremonia dio origen a la leyenda de El Dorado y lanzó a los europeos a una frenética campaña de conquista en busca de tesoros inigualables. En realidad, los expedicionarios nunca presenciaron este ritual, lo que explica las distintas versiones que sobre éste se ofrecen en las crónicas, como la proporcionada por Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias, en la que habla de un cacique que se espolvoreaba con oro cada mañana, la de Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres, donde menciona a un rey o príncipe que realizaba ofrendas de oro y esmeraldas en un lago; la de fray Pedro Simón, quien sitúa la ceremonia en la laguna de Guatavita y en su obra Noticias historiales de las conquistas señala su origen en el suicidio de una cacica adúltera que se precipitó a la laguna a causa de su arrepentimiento, convirtiéndose luego en objeto de culto para su esposo; o la de Basilio Vicente de Oviedo, quien aportará en sus Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada la explicación más insólita a la leyenda de El Dorado: el sacrificio, una vez al año, de un joven al que los indios abrían en canal y «salaban» con oro para ofrecerlo a los dioses.
   

El Museo del Oro de Bogotá preserva la leyenda de El Dorado a través de la exuberante belleza de las piezas que componen su colección. Los orígenes de este museo se remontan a 1939 cuando, a raíz de la adquisición de un poporo quimbaya —el poporo era el recipiente que contenía la cal que permitía activar las hojas de coca—, el Banco de la República decidió fundar una entidad que preservara el valioso patrimonio arqueológico colombiano y financiar la creación de los primeros centros de investigación en los que los historiadores, los arqueólogos y los antropólogos pudieran desarrollar su labor investigadora. Fruto de estos esfuerzos es el actual Museo del Oro, cuya colección se compone de más de 33.000 piezas que nos aportan una idea cabal del esplendor y desarrollo artístico que alcanzaron estos pueblos precolombinos. En la colección del museo se diferencian claramente dos etapas: en la primera, que abarca del año 500 a.C al 1000 d.C., adquieren gran desarrollo los pueblos del suroccidente colombiano; la segunda, que arrancaría alrededor del año 1000 d.C. y se extendería hasta la llegada de los conquistadores europeos, estaría caracterizada por el predominio de los asentamientos del norte.
    Las culturas que los arqueólogos denominan Tumaco, Calima, Malagana, San Agustín, Tierradentro, Nariño, Quimbaya y Tolima, correspondientes al primer periodo, son las que comienzan a trabajar el metal sagrado, destinado a adornar a los dirigentes políticos y a servir de ofrenda a los dioses. En manos de los virtuosos orfebres, que intercambiaban modelos y técnicas, el oro adquirirá las formas más delicadas e inverosímiles: narigueras en forma de jaguar, orejeras que recrean el planear de un cóndor sobre los Andes, alfileres que muestran hombres enmascarados para un ritual, poporos que semejan un loro o un caimán, brazaletes que reproducen el movimiento sinuoso de las serpientes, pectorales que retratan las mejillas abultadas de los hombres que mascan hojas de coca, colgantes en forma de ancla cuya base semicircular representa la cola del jaguar, etc. Los asentamientos arqueológicos de San Agustín y Tierradentro, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ocupan un lugar destacado dentro del Museo del Oro al existir la reproducción de una tumba agustiniana, custodiada por la imponente figura de un ídolo de piedra con fauces de jaguar, y la de un hipogeo de Tierradentro, cámara subterránea decorada con figuras geométricas de colores rojo y negro, a la que se accede por una retorcida escalera en forma de caracol.
    Alrededor del año 1000 los pueblos mencionados o se han extinguido o han sido asimilados por otros, destacándose en la orfebrería las culturas del norte, denominadas Sinú, Tairona y Muisca. Sus estilos, diferentes entre sí, coinciden en el uso de la tumbaga, aleación de oro y cobre que otorga un particular tono cobrizo a las piezas. La delicada filigrana, propia del Sinú, da lugar a orejeras en las que descansan pájaros, caimanes o jaguares, la depurada técnica de los tairona culmina en los pectorales zoomorfos, que semejan aves o serpientes, la pericia de los orfebres muiscas se plasma en los tunjos —pequeñas figuras de forma triangular que representan seres humanos o animales, las cuales se depositaban como ofrendas en templos y demás lugares sagrados—, o en la formidable balsa muisca que testimonia la existencia del mito de El Dorado.
    El hecho de que la colección de este museo se componga, casi en su totalidad, de piezas pequeñas no se debe únicamente, como afirma William Ospina en sus Auroras de sangre, a la afición de estos pueblos por las filigranas y miniaturas sino a que las grandes piezas, expuestas por regla general en los templos, quedaron convertidas en «metal de romana» por los conquistadores. Al recorrer las múltiples estancias que conforman el museo es inevitable lamentarnos por la pérdida de los numerosos tesoros que nunca podremos contemplar, bien por haber sido ocultados a los codiciosos conquistadores, bien por haber quedado reducidos a lingotes de oro, como el del cacique Calarcá, que ordenó a sus indios pijaos enterrar todas sus riquezas antes del postrer combate con los españoles, o el del templo del Sinú, descrito por Juan de Castellanos en sus Elegías de varones ilustres, donde narra la existencia en el mismo de figuras humanas de tamaño natural, recubiertas de oro y dispuestas por parejas, que portaban hamacas repletas con las ofrendas de oro que los fieles llevaban al templo y cómo tanta belleza quedó convertida en barras de oro debido a la acción de Pedro de Heredia y de sus hombres. Actualmente siguen apareciendo fabulosas piezas, como las pertenecientes al asentamiento de Malagana, descubierto alrededor de los años ochenta en el Valle del Cauca, o como las que los guaqueros siguen desenterrando en tumbas que se encuentran en parajes inaccesibles de la cordillera y que, en su mayor parte, acaban perdiéndose en el mercado negro. Por otra parte, cabe señalar la existencia de importantes piezas que se encuentran en museos fuera del país, como el tesoro de los quimbayas —donado inexplicablemente por el Estado colombiano al español—, pequeña muestra del esplendor de las piezas que componen el Museo del Oro de Bogotá y que, hoy en día, puede admirarse en el Museo de América, situado en Madrid.

    
    2. LA FIEBRE DE EL DORADO

     Desde sus comienzos, la aventura del descubrimiento y colonización del continente americano estuvo signada por el afán de encontrar riquezas. Cristóbal Colón, que esperaba hallar en sus viajes una nueva ruta hacia el Oriente para llegar hasta las suntuosas tierras de Cathay y Cipango, descritas por Marco Polo en sus Viajes, y enriquecerse con el comercio de las especias y el oro que encontrase a su paso, fracasó en sus objetivos, lo que no impidió que otros hombres se lanzaran a la aventura de explorar el Nuevo Mundo en su afán de encontrar los esquivos tesoros.
    La conquista por parte de Hernán Cortés del imperio azteca y la hecha, años más tarde, por Francisco Pizarro del imperio inca, proporcionó a un buen número de hombres motivos más que suficientes para lanzarse a la realización de su propio sueño. La suntuosidad y belleza de los tesoros provenientes de estos reinos, así como la posibilidad de ascender en una sociedad rígidamente compartimentada —Hernán Cortés fue recompensado con el título de marqués del valle de Oaxaca, Francisco Pizarro con el de marqués de Cajamarca—, pesaron demasiado en la mente de un ejército de desposeídos que no dudó en lanzarse a una frenética carrera en busca del oro de las nuevas tierras.
    Diego de Ordás fue uno de los primeros hombres en tratar de emular el éxito de Cortés y de Pizarro. La expedición que dirigía pretendía remontar el curso del río Orinoco hasta llegar a su cabecera, basándose en la descabellada asociación, inspirada en la magia primitiva, que postulaba la existencia de oro en el Ecuador por la conexión que había entre el color del metal y el del Sol, que en esa tierra ilumina en forma esplendorosa. Los soldados sufrieron enormemente por el tremendo esfuerzo que tenían que realizar para remontar este río torrentoso y descomunal con la única fuerza de sus remos, azotados por el hambre, el clima malsano, las enfermedades que contraían, la amenaza de los caimanes y de las serpientes, los combates con los indios, etc. No obstante, esta expedición se convirtió en la precursora de la búsqueda de El Dorado. El mito surgía a raíz de la captura de un indio caribe que, ante los requerimientos de los hombres de Ordás, dio noticia de una rica región, más allá de las montañas, en la que abundaba el oro, un lugar en el que había un animal parecido a la llama y que, según dijo, se llamaba Meta. Ordás comprendió que las bajas sufridas y lo accidentado del terreno le impedían seguir avanzando, por lo que decidió regresar con el fin de organizar una nueva jornada que nunca pudo llevar a cabo, pues murió durante el viaje de regreso a España, donde esperaba entrevistarse con el rey y obtener la licencia para conquistar el Meta. A raíz de la expedición de Ordás, la idea de encontrar ese fantástico lugar se apoderó de la mente de muchos. Jerónimo Dortal fue uno de los primeros en obsesionarse con este sitio, lo que lo llevó a organizar una expedición en su busca. En 1534 comenzaba el tortuoso viaje por el Orinoco que sólo tendría fin con la muerte de Alonso de Herrera, el capitán elegido por Dortal para comandar a sus hombres, a causa de una flecha envenenada disparada por los indios.
    Casi al mismo tiempo que partía la expedición de Dortal, ocurría algo decisivo en esta historia. Sebastián de Benalcázar, uno de los capitanes de Francisco Pizarro, marchaba hacia Quito, ciudad que había servido como base de operaciones a Atahualpa, con la esperanza de hallar tesoros similares a los encontrados por Pizarro en Cuzco. A su llegada les esperaba una amarga decepción: no había ningún botín del cual apoderarse. Pero Benalcázar descubrió algo de suma importancia: uno de los indios capturados le habló de un jefe al que llamaban «dorado» por la gran cantidad de oro que poseía y cuya tribu se encontraba en una región situada al norte. A partir de ese momento el indio dorado se convirtió en El Dorado, topónimo que daba cuenta de un rico lugar que desplazó al Meta de la imaginación de los conquistadores.
    Jerónimo Dortal, que ya había sufrido el fracaso de una expedición, decidió llevar a cabo una segunda jornada en 1536, cuyo resultado no fue menos desastroso que los precedentes. Esta vez pretendía descubrir El Dorado. Dortal se vio obligado a regresar a la costa ante el amotinamiento de sus hombres que, creyéndose a las puertas del codiciado lugar, decidieron no reconocer la autoridad del gobernador. Finalmente, tras un sinfín de penalidades, los sobrevivientes del motín llegaron a Venezuela donde, poseídos por la convicción de que habían estado muy cerca de la región del oro, emplearon el resto de su vida buscando la forma de enrolarse en una nueva búsqueda de la mítica región. Georg Hohermuth, conocido como Jorge Espira por los españoles, sería el siguiente en probar fortuna en la carrera en pos de El Dorado. Su expedición, que partió desde Coro —en la actual Venezuela— en 1535, se adentró en los llanos, moviéndose entre los límites de esta zona con los Andes. De haber traspasado la cadena montañosa, Espira se habría encontrado con el rico reino muisca, pero los intentos por atravesar la ceñuda cordillera fueron vanos. Tras vagar largo tiempo por la naturaleza indómita de los llanos, las fatigadas huestes exigieron a Espira el regreso inmediato a Coro.
    

    Por estas fechas estaba a punto de producirse uno de los capítulos más apasionantes en la búsqueda de El Dorado, el protagonizado por Gonzalo Jiménez de Quesada, que estuvo toda su vida obsesionado con llegar a este rico lugar y convertirse en el marqués de El Dorado. La expedición de Jiménez de Quesada, que partió de Santa Marta en 1536, pretendía remontar el curso del río Magdalena hasta llegar a su cabecera. La intuición del conquistador lo hizo percatarse de un curioso detalle: la sal empleada por las tribus del Magdalena era marina, mientras que la que usaban las del interior tenía forma de pan. Los indios narraron al conquistador que obtenían la sal y los ponchos que llevaban de una tribu muy rica del interior y que, para llegar hasta ellos, sólo debía seguir río arriba, instrucciones que llevaron a Jiménez de Quesada hasta la actual Bogotá, territorio que, en ese momento estaba controlado por los chibchas, a los que tardó algo más de un año en someter. Fue tal la cantidad de oro y esmeraldas que encontraron los expedicionarios que sólo el tesoro de los aztecas y el de los incas superó en tamaño al obtenido en Bogotá. Entre las riquezas conseguidas cabe destacar las pertenecientes al templo de Sogamoso, donde había múltiples figuras de oro y las momias de los guerreros ilustres estaban recubiertas de adornos del preciado metal.
    Pero a Jiménez de Quesada lo aguardaba una sorpresa más que nunca podría haber previsto: la noticia que le dieron sus hombres de que se aproximaban a Bogotá dos ejércitos: uno proveniente del sur y otro que venía del este. Sin mapas, sin conocer el terreno, procedentes de lugares tan distantes como Santa Marta, Coro y Quito, guiados únicamente por los informes de los indios y por el afán de obtener oro, habían confluido en el mismo punto las expediciones de Gonzalo Jiménez de Quesada, Sebastián de Benalcázar y Nicolás Federmann. Benalcázar, tras su primer intento frustrado de obtener riquezas en Quito, decidió seguir las indicaciones del indio capturado y avanzar hacia el norte, lo que lo llevó hasta Popayán. La infructuosa búsqueda no desalentó al tenaz capitán, que continuó avanzando en la misma dirección, llegando así hasta Bogotá. No menos ambicioso que Benalcázar era el alemán Federmann, que salió de Coro en busca de ese fantástico lugar conocido como El Dorado, teniendo como única referencia las indicaciones de los indios que encontraba a su paso. El sagaz Jiménez de Quesada decidió dejar a su hermano Hernán junto con sus hombres en Bogotá y partir rumbo a España con Federmann y Benalcázar, con el fin de que el rey determinara a quién pertenecía el nuevo territorio. A su regreso a España, Federmann se vio atrapado en una red de interminables pleitos en los que los Welser le reclamaban parte de las riquezas que supuestamente había obtenido. Benalcázar, por su parte, era premiado con la gobernación de Popayán y la licencia para comerciar con la canela. En cuanto a Jiménez de Quesada, sólo se le reconocería como mariscal del Nuevo Reino de Granada —título que estaba muy por debajo de sus expectativas de convertirse en marqués— luego de diez años de acciones judiciales por medio de las cuales reclamaba sus derechos.

    Entre tanto, la búsqueda de la mítica región proseguía. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, partía desde Quito en 1540 en pos de El Dorado y de la tierra de la canela. El único éxito de su expedición fue el descubrimiento, un tanto casual, del río Amazonas por parte de Francisco de Orellana. No menos infructuosa resultó la búsqueda de Felipe von Hutten, el joven alemán que había ejercido como cronista de la aventura de Espira y que ahora organizaba su propio viaje. El regreso a Coro fue motivado por su deseo de reunir más hombres y medios con el fin de dominar el territorio de los omagua, pero nunca pudo llevar a cabo su plan porque, tras su llegada, fue decapitado. Con la muerte de Hutten finalizaban las expediciones financiadas por los alemanes.
    Quizás la mayor vorágine de sangre y demencia en la búsqueda de El Dorado correspondió al episodio protagonizado por Pedro de Ursúa y sus hombres. Al abrigo de una nueva teoría, que situaba El Dorado entre la tierra de los omagua y el Amazonas, partió esta nueva expedición en septiembre de 1560. Pronto empezaron los problemas para Ursúa: los hombres que lo acompañaban, que habían sido reclutados entre peligrosos vagabundos del Perú, se sintieron defraudados al verse en mitad de la selva en la estación de las lluvias, sin alimentos y sin poder desempeñar el papel de brillantes conquistadores que esperaban llevar a cabo. El motín estalló y los rebeldes dieron muerte a Pedro de Ursúa, designando a Fernando de Guzmán como nuevo jefe de la expedición. El instigador de la rebelión había sido, en realidad, Lope de Aguirre, hombre extremadamente cruel. Éste convenció a sus compañeros de la necesidad de construir barcos para descender por el Amazonas rumbo al Atlántico para luego adentrarse en Venezuela, atravesar los Andes y cargar sobre el Perú con el objeto de hacerse erigir como nuevo soberano del rico virreinato, desobedeciendo la autoridad real de Felipe II. La descabellada expedición sólo pudo llegar a Barquisimeto, donde Lope de Aguirre fue asesinado por sus propios hombres, cansados ya de sus crueldades y desmanes.
    Jiménez de Quesada, el fundador de Bogotá, jamás pudo entender que había encontrado el tercer tesoro en importancia en tierras americanas y siguió obsesionado con ese Dorado que ya había descubierto pero que a él se le antojaba esquivo. A sus casi 70 años, organizó una nueva expedición con el fin de encontrar la mítica región; para ello, según su plan, debía atravesar los llanos orientales, zona que en la actualidad comparten Colombia y Venezuela. La jornada fue un rotundo fracaso y sólo tras meses de hambre, enfermedades e inclemencias climáticas —un terrible calor seco en verano y unas lluvias torrenciales en invierno que anegaban el terreno y hacían imposible el desplazamiento por lagunas infestadas de mosquitos, de caimanes y de los temidos peces eléctricos conocidos como tembladores— se vio obligado a regresar a Bogotá. Pero Jiménez de Quesada no se dio por vencido y soñó con El Dorado hasta el final; cuando lo sorprendió la muerte, preparaba una nueva expedición para intentar encontrarlo.
    El mariscal del Nuevo Reino de Granada no dejó descendientes directos, por lo que legó sus numerosos bienes a su sobrina María y a su marido, Antonio de Berrío. La única condición que impuso a sus herederos fue conquistar el rico reino de El Dorado que se había escapado a sus intentos, empeño al que Antonio de Berrío dedicaría el resto de su vida. Durante quince años, a lo largo de intrépidas jornadas, buscó la esquiva región por los llanos y la Guyana —donde según las consejas se encontraba la mítica Manoa, lugar de refugio de los últimos incas, que encerraba tesoros similares a los hallados por Pizarro en el Perú—, hasta que la muerte colmó sus ansias. El testigo de la obsesión familiar sería recogido por su hijo, Fernando de Berrío, quien desde la muerte de su padre se dedicó con ahínco a buscar El Dorado por la misma zona que ya su padre había explorado. Las empresas llevadas a cabo por Fernando acabaron por arruinarlo, situación que lo llevó a cometer el delito de comerciar con extranjeros y le acarreó una sanción por parte de la corona. Cuando se dirigía a España para solicitar el indulto real, fue capturado por los piratas berberiscos y llevado a Argel, donde murió de peste. De no haber tenido este triste final, sin duda habría seguido entregado al loco empeño familiar.
   
El último de los grandes expedicionarios que partió en busca de El Dorado fue sir Walter Raleigh quien, por una macabra broma del destino —el robo que el capitán inglés George Popham hizo en un barco español de unos documentos que versaban sobre El Dorado—, tuvo noticia de la mítica región. El infortunado caballero inglés se embarcó en Londres con el propósito de organizar su propia expedición por la Guyana, lugar en el que, supuestamente, se encontraba el huidizo reino. Las grandes esperanzas que había depositado en la jornada no tardarían en diluirse ante el estrepitoso fracaso de la misma. A su regreso a Londres, Raleigh sufrió prisión por motivos políticos. Cuando salió de la cárcel, era ya un hombre de 60 años y su salud se encontraba seriamente afectada por el reuma que sufría; a pesar de ello Raleigh, obsesionado por encontrar El Dorado, volvió a la Guyana para organizar una segunda jornada, cuyo resultado no fue menos desastroso que el de la primera. A su regreso a Londres, fue decapitado por orden real bajo acusación de traición al rey.
    Luego de estas infructuosas expediciones, que llevaban a sus promotores a explorar regiones ignotas y a empeñar su capital e incluso su vida, cundió el desánimo entre los aventureros ante los desfavorables resultados que se habían obtenido, lo que explica que la búsqueda de El Dorado se centrara, desde entonces, en la laguna de Guatavita, donde supuestamente tenía lugar la ceremonia en la que los chibchas arrojaban al agua sus objetos de oro y esmeraldas. El primer intento por encontrar oro en este lago fue realizado por Antonio de Sepúlveda en 1562, quien, tras menguar el nivel del agua con un complicado sistema de drenaje, obtuvo algunos objetos de oro y esmeraldas. Intentos posteriores fracasaron hasta que en 1899 el inglés Hartley Knowles desecó la laguna, lo que le permitió hallar numerosas piezas muiscas, tales como pectorales, collares o narigueras. El mayor éxito se produjo al vaciar la laguna de Siecha, próxima a la de Guatavita, que había permanecido a salvo de las ávidas miradas. En 1856 se encontraron numerosos objetos, entre los que sobresalía una primorosa balsa de oro, de aproximadamente 10 centímetros de alto por 19 centímetros de largo, sobre la que aparecían un cacique y diez hombres más en actitud ceremonial, lo que confirmaba la existencia del mítico ritual. Esta pequeña almadía puede contemplarse hoy en el Museo del Oro de Bogotá donde, sobre un pequeño disco que semeja un lago entre las montañas, gira eternamente. Desde 1965 el gobierno colombiano prohibió que los extranjeros siguieran realizando drenajes en las lagunas, quedando como competencia exclusiva del Estado los futuros trabajos de esta índole. Actualmente, el gobierno de Colombia prepara un nuevo y definitivo drenaje de la laguna de Guatavita con el fin de desentrañar los misterios que aún puedan albergarse en el corazón de El Dorado.

    

3. LA LAGUNA DE GUATAVITA

    La visita al Museo del Oro de Bogotá culmina con un acto ritual que nos traslada a un tiempo en el que realidad y mito van de la mano; en pequeños grupos, se accede a una cámara semicircular que se encuentra sumida en la penumbra. Comienzan a oírse cantos rituales, la luz va apoderándose de la estancia, mientras múltiples objetos de oro lanzan sus destellos. Los cantos cobran fuerza, la luz se hace más intensa, el resplandor del oro nos ciega. Estamos en la laguna de Guatavita, en cuyo lecho hay tunjos, narigueras, dijes y pectorales. El cóndor vuelve a planear sobre los Andes, el hombre jaguar nos acecha, la serpiente desliza su cuerpo escamado hacia nosotros, el cacique que hace su ofrenda a los dioses. Sentimos que tanta belleza es irrepetible, inefable. Las luces comienzan a declinar, los cantos se pierden en la lejanía de las montañas, la oscuridad vuelve a adueñarse del recinto. Hemos entrado en la leyenda, en El Dorado mítico y, por un instante, hemos formado parte de la historia.

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