«La
guerra, latrocinio que sólo favorece a Wall Street»: mayor
general Butler
Estimados
amigos:
Remito este interesante documento publicado en La Jornada (México),
del 6 de febrero del 2003.
El
mayor general Smedley Butler, marine de Estados Unidos, habla sobre
la guerra. Los siguientes son extractos de un discurso presentado en
1933:
«La guerra sólo es un latrocinio. Un latrocinio que es
mejor caracterizado, creo yo, como algo que no es lo que parece a la
mayoría de la gente. Sólo un pequeño grupo interno
sabe de qué se trata. Se conduce para el beneficio de muy pocos
al costo de las masas. (...)
El problema con Estados Unidos es que cuando un dólar sólo
gana 6% aquí, se inquieta y se va al extranjero para ganar 100%.
Entonces la bandera sigue al dólar, y los soldados siguen a la
bandera. Yo no regresaría de nuevo a la guerra como lo he hecho
antes para proteger una despreciable inversión de banqueros.
(...)
Hay sólo dos cosas por las cuales deberíamos luchar: una
es la defensa de nuestros hogares y la otra es la Carta de Derechos.
La guerra por cualquier otra razón sólo es un latrocinio.
(...)
No hay un truco en la bolsa del latrocinio a la cual los militares son
ciegos. Tiene a sus “hombres del dedo” para señalar
a nuestros enemigos, a sus “hombres de músculo” para
destruir al enemigo, a sus “hombres de cerebro” para planear
los preparativos de guerra, y al “gran jefe”, el capitalismo
supernacionalista. (...)
Podría parecer raro que yo, un militar estadounidense, adopte
tal comparación. La verdad me lo obliga. Dediqué 33 años
y cuatro meses al servicio militar activo como miembro de la fuerza
militar más ágil de este país, los marine corps.
Serví en rangos comisionados desde segundo teniente hasta mayor
general. Y durante ese período dediqué la mayoría
de mi tiempo a ser un hombre de músculo de alta categoría
para el gran empresariado, para Wall Street y para los banqueros. (...)
En suma, fui un estafador, un gánster para el capitalismo. Sospechaba
que era sólo una parte del latrocinio en ese tiempo. Ahora estoy
seguro de ello. (...)
Como todos los miembros de la profesión militar, nunca tuve un
pensamiento propio hasta que dejé el servicio. Mis facultades
mentales permanecieron en animación suspendida mientras obedecía
las órdenes de los superiores. Esto es típico con todos
en el servicio militar. (...)
Ayudé a hacer seguro a México, especialmente Tampico,
para los intereses petroleros estadounidenses, en 1914. Ayudé
a hacer de Haití y Cuba lugares decentes, en donde los chicos
del National City Bank pudieran recaudar ingresos. Ayudé al saqueo
de media docena de repúblicas centroamericanas para beneficio
de Wall Street. (...)
La historia del latrocinio es larga. Ayudé a purificar a Nicaragua
para la casa banquera internacional de Brown Brothers en 1909-1912.
Traje la luz a República Dominicana para los intereses azucareros
estadounidenses, en 1916. En China, ayudé a asegurar que la Standard
Oil pudiera avanzar sin ser molestada. (...)
Durante esos años tenía, como decían los cuates
en el cuarto de atrás, un latrocinio padre. Viendo hacia atrás,
creo que le podría haber ofrecido algunas indicaciones a Al Capone.
Lo más que él logró fue operar su latrocinio en
tres distritos. Yo operé en tres continentes».
Óscar
Gómez
Carta
abierta a un amigo en los Estados Unidos
Mr.
Rolando Hinojosa*
Department of English
University of Texas, Austin
Querido
Rolando:
Me cuentas de alguien que te visita y que no había regresado
a Estados Unidos desde 1990, y de cómo te comenta sus impresiones:
«El presidente se llama otra vez Bush, la economía va otra
vez en picada, y otra vez se están ustedes preparando para una
guerra». Sería lógico deducir de esos tres argumentos
que los países, como los seres humanos, son animales que tropiezan
siempre con las mismas piedras. Pero también sería cruel.
Porque a mí no me parece que todos los estadounidenses merezcan
un Bush ni una economía en picada ni la guerra que les espera.
No todos. Pero ¿sí los suficientes?
Me conoces de sobra para saber que la salida de tono de tu ministro
de Defensa, al hablar de «la vieja Europa», la recibí
con alborozo. «Por la boca muere el pez», dice el viejo
refrán español, y aquello de que el pez gordo se come
al chico está catalogado como una verdad universal, pero lo que
muy pocos saben es que se trata del primer chiste que les cuentan a
las pirañas cuando nacen. ¡Pobre Rambosfeld! ¡Pobre
ministro de Defensa! (curiosa paradoja si se piensa que su idea fija
es el ataque), ¡desdeñar a la vieja Europa si ni siquiera
sabe cómo se deletrea la nueva!
Sea como fuere, en la vieja Europa nos preocupamos mucho por la nueva
América, que nos parece tan caduca y decrépita como el
imperio romano enfrentado a los bárbaros. Y tememos mucho por
ella, y también por nosotros, por la parte que nos tocará
en el derrumbe del nuevo imperio, aun cuando la verdad es que en esa
materia tenemos experiencia y pensamos que saldremos adelante: después
de todo sobrevivimos a los romanos, a Carlomagno, a Napoleón,
a Hitler, a Stalin... Para ustedes en cambio puede ser la primera vez,
y al menos las mujeres aseguran que siempre es dolorosa.
Pero con independencia del pesimismo obligado en estas circunstancias,
lo que más nos asombra es pensar que la cuadriga la conduce un
cobarde. Alguien que eludió ir a la guerra de Vietnam, y no precisamente
por objeción de conciencia. Alguien que el 11 de septiembre del
2001, apenas sabida la noticia del atentado contra las Torres Gemelas,
corrió a guarecerse en la primera madriguera que le indicaron,
en lugar de volar derechito a la Casa Blanca como era su deber. ¿Tan
corta es la memoria de los pueblos? ¿Sufre Alzheimer toda la
población de tu país? ¿Cómo es posible que
acepte esas maneras de John Wayne en un fantoche semejante?
Tengo la convicción, querido Rolando, de que ésta va a
ser una guerra contra Irak en la que sólo se van a ventilar intereses
de la industria petrolera y, aprovechando los trenes baratos (como diría
mi abuela), tratar de correr un tupido velo sobre escándalos
financieros que en los propios Estados Unidos —y de acuerdo con
la legislación vigente— bastarían para mandar al
inquilino de la Casa Blanca a la cárcel si hubiese el suficiente
coraje civil para denunciarlo.
Y tengo también la convicción de que, aun cuando nadie
les haya dicho a ustedes suavemente, cariñosamente, que los Estados
Unidos perdieron la guerra en Vietnam, parecería como si subliminalmente
ya lo hubiesen percibido y quisieran reivindicarse ante los dioses de
la victoria, una meretriz que cede sus favores a quien mejor se los
paga. ¿Están ustedes dispuestos a pagar el precio?
Conste, y quede muy claro, que Saddam Hussein nos parece un horror.
Pero nos lo parece, sobre todo, si nos metemos bajo la piel de los iraquíes.
Como europeo no siento ningún temor de él, ni creo que
ningún estadounidense con dos dedos de frente (debe haber estadísticas
al respecto) tenga por qué temerle a Saddam Hussein. Los iraquíes
sí, y con toda la razón del mundo. Y los iraníes,
cuando Estados Unidos apoyaron a Saddam Hussein en la primera guerra
del desierto, también. Y los kuwaitíes, cuando la embajadora
estadounidense en Bagdad aceptó sin un solo pestañeo que
Saddam Hussein invadiera Kuwait, también. Y los kurdos, cuando
Saddam Hussein los bombardeó con armas químicas y bacteriológicas
suministradas tal vez por Andorra, o Liechtenstein, también.
Pero Estados Unidos... ¿temerle a su propia criatura?
El último presidente elegido democráticamente en tu país
(es obvio que me refiero a Clinton) no era desde luego un santo, pero
la verdad es que ahora me encantaría estar escribiendo acerca
de manchas de semen en la falda de una practicante en la Casa Blanca,
y no de bombardeos en Bagdad. Allí vivió alguna vez Harún
al-Rashid y gracias a él sabemos hoy qué es lo que pensaban
Platón y Aristóteles. Explícales a tu cowboy y
a su Rambo que no se trata de dos terroristas: o sí, ¿quién
sabe?..., porque eso de pensar, ¡qué grave atentado contra
vuestra Constitución, que os garantiza el derecho a ser felices!
Cordialmente, desde Colonia, tu siempre amigo.
*
Rolando Hinojosa es uno de los más grandes escritores
estadounidenses en lengua castellana, alguien a quien su edad autoriza
a llamar patriarca de las letras chicanas. Ya quisieran muchos patriarcas
llegar a su edad con el ánimo tan juvenil.
GENERACIÓN
SANDWICH
Algunos de mi generación crecieron fumando tabaco y otras yerbas
a escondidas de sus padres, y luego siguieron haciéndolo a escondidas
de sus hijos. Llegaron tarde para aprovechar la euforia de los derechos
de los jóvenes, pero fueron muy puntuales y hasta obsesivos para
responder, frente a sus vástagos, por los reclamos de derechos
de los niños. Acudían presurosos al llamado del padre
o sucumbían impotentes ante su juicio de autoridad, y más
tarde corrieron a colmar los caprichos de los hijos y agacharon el moño
con tal de no traumarlos. Probablemente fueron los últimos en
acatar la autoridad paterna y los primeros en sucumbir a las emergentes
exigencias filiales. Si primero se sintieron culpables cuando decepcionaron
a sus progenitores, a quienes atribuyeron integridad y templanza, luego
se sintieron igual de culpables ante la nueva generación por
daños o descuidos cometidos (o que creyeron cometer) en el borrador
de la crianza.
Algunos de mi generación masticaron la caluga de la libertad
a todo trapo y la autenticidad sin concesiones, y hoy transitan entre
una difusa expectativa de realización en el trabajo, la pegajosa
pregunta por el sentido de la vida, el imperativo del ingreso a fin
de mes y la responsabilidad de aportar o sostener más de una
familia, o de apechugar muy solos y solas dentro de un hogar uniparental.
Entre los de tercera edad que merecen nuestro respeto, y los de primera
edad que privilegian sus deseos, esta generación de segunda edad
apenas pudo atisbar el horizonte ilimitado del futuro-sin-compromisos
o la anchura de un presente-sin-deudas, fuesen financieras o morales.
Llegó demasiado tarde al discurso psicologizante que autorizaba
la autoafirmación y la confrontación como parte de la
propia salud, y demasiado temprano debió responder, tartamudeando
y ahogada en vacilaciones, a los protagonistas de la generación
siguiente que con tanta naturalidad internalizaron ese mismo discurso.
Algunos de mi generación se precipitaron a la vida adulta, fueron
padres jóvenes, e improvisaron el arte de hacer una familia cuando
todavía el cuerpo tironeaba con las imágenes del motociclista
en la carretera y sin fecha de retorno, o con el abrazo prometeico a
una utopía libertaria, o con la invitación hedonista a
recrear el placer cada mañana. Algunos fueron más caraduras
y dejaron todo botado para naufragar en el alcohol o la inconsistencia.
Pero creo que la mayoría se volcó a armar el complejo
tinglado de la reproducción y su correspondiente economía:
un tinglado más frágil, más plástico pero
a la vez más enmarañado, que el que tuvo que armar la
generación de los padres de mi generación, que tenía
todo más claro, aunque no necesariamente más correcto.
Algunos de mi generación soñaron con la movilidad propia
de la independencia económica y, cuando esa independencia llegó,
la debieron adquirir al costo de postergar esa movilidad y diferirla
en una fase posterior de la vida, cada vez más cerca de la vejez
o del final. Hoy sueñan con vivir de rentas, pegarle el palo
al gato, ganarse la lotería y salir con una maleta a ruedas (porque
la espalda ya no da para mochila) a experimentar las aventuras que hace
tanto tiempo se prometieron a sí mismos. Todo esto sabiendo que
ese sueño es interpretado por la nueva generación, con
cierta cuota de razón, como películas de cuarentones tardíos
o cincuentones incipientes, anacrónicos o mal asumidos.
Algunos de mi generación quedaron atrapados entre las obsesiones
juveniles y los estragos de adultos, y realmente trataron de ser niños
buenos frente a sus padres y padres o madres buenos frente a sus niños.
Acabaron como jamón del sandwich, dando demasiadas explicaciones
hacia arriba y hacia abajo. Todavía patalean para ambos lados
exigiendo un poco de comprensión y compasión, haciéndose
la víctima para ver si al menos con este último recurso
les reconocen que incluso en sus torpezas, excesos y omisiones, nunca
faltó la buena intención.
Una generación que hizo lo que le tocó hacer por el lugar
que le tocó ocupar, se inventó demasiados acreedores del
pasado y del futuro, no tuvo mucho tiempo para repasar lo vivido, y
se muere de ganas de chicharrear menos y vestir, de una vez por todas,
su propio cuero.
Martín
Hopenhayn
Número y la Web
Soy
músico, pedagogo coral infantil y juvenil, y actualmente avanzo
en mi proyecto de una escuela de música de buena cobertura en
la ciudad. Confieso que, a pesar de haber leído varias de sus
ediciones, no conocía aún su página web. Quizás
por esta razón, y por no tener el Número 1, no había
leído aún el texto de presentación de la revista
que aparece aquí en Internet. Es hermoso, brillantemente irreverente
y utópico, y suena hoy tan oxigenante y necesario en un país
al cual se le ha impuesto ese culto a la mentira, «correcto»
y «bien educado», tan propio de una historia cuyo lazo con
la clase política bogotana —o cachaca, según el
apelativo costeño— es tan evidente. Un gran colega y amigo,
barranquillero, me afirmaba hace unos años: «En Colombia
no se puede decir la verdad. ¡Nunca, jamás! Porque... o
te matan o pierdes el puesto. ¡Todo menos la verdad!». Confrontando
esta sentencia tan desnuda y silvestre con los ensayos de William Ospina,
que he leído y que admiro, y con este prólogo, sólo
puedo sentir un aire fresco y un poco de lágrimas en los ojos.
Creo que los artistas nos sentimos un poco más acompañados
en esta aventura de querer a Colombia, de insistir en trabajar a brazo
partido con sus niños, de hacerlos volar con la guabina tolimense
o con los spirituals de Providencia, de denunciar sus mentiras perfumadas
y atroces que se esconden detrás de tanta muerte y de adivinarle,
con más conocimiento, más cariño y más generosidad,
las rosas que brotan de sus espinas, tal como dice mi querido Joan Manuel
Serrat. Gracias por su compañía. Mi deseo será
llegar a ver, en vida, ¡el Número 3000!
Santiago
Zuleta
Todos quieren dominar Internet
El
profesor de sociología de la Universidad de Berkeley (California,
Estados Unidos), Manuel Castells, dijo hace poco que, con excusas como
la pornografía infantil o el terrorismo, todos los gobiernos
buscan controlar la red. Según el principal «gurú»
español de Internet, los gobernantes tienen miedo a la libertad
que ésta proporciona.
Castells manifestó que «a todos los gobiernos del mundo,
sin excepción, les da miedo la libertad» que proporciona
Internet a sus ciudadanos para «organizarse, informarse y comunicarse
en forma autónoma». Este profesor, que ha sido miembro
también de un grupo de expertos sobre la Sociedad de la Información
de la UE y del Consejo Asesor en esta materia de la ONU, participó
en la segunda jornada del Congreso «IT4ALL» sobre Oportunidades
y retos para las regiones en la nueva sociedad de la información
que se celebra en Bilbao.
El profesor catalán explicó en un contacto informal con
los medios de comunicación, durante un receso de las jornadas,
que «los gobernantes, en general, tienen una relación ambigua
y complicada con Internet, porque Internet permite la comunicación
horizontal y difunde la información en todos los ámbitos».
«Desde siempre —dijo Castells—, el poder se ha basado
en el control de la información y de la comunicación;
por tanto, en principio a ningún gobierno le gusta Internet y
la primera obsesión de casi todas las comisiones gubernamentales
creadas sobre la red en las que he participado es cómo controlar
Internet».
Castells ha dicho: «Siempre buscan pretextos, como la pornografía
infantil, el terrorismo, etcétera, pero, en realidad, lo que
más les importa es cómo llegar a controlar la red y tener
un Internet de andar por casa; es decir, un Internet reglamentado y
definido por el gobierno en el que la comunicación se abra o
se interrumpa según las conveniencias del gobierno, etcétera».
«Por esto sabemos —añadió— que se desarrollarán
los usos de Internet en aquellas sociedades donde los gobiernos tengan
más confianza en sus ciudadanos y en las que aporten servicios
públicos por Internet que sean útiles a la población
como educación, salud o información sobre la administración».
«Todos los gobiernos, en general, hablan de desarrollar Internet,
pero muy pocos saben lo que eso representa y muy pocos se interesan
realmente por ese desarrollo —agregó—. En este sentido
los gobiernos, que tienen una incomprensión básica de
lo que es Internet, también se apuntan rápidamente a la
ideología de la modernidad que representa la red». Castells
explicó: «Queda muy mal en las estadísticas si un
país como España, que es el único país europeo
que el año pasado perdió usuarios de Internet en términos
absolutos, no desarrolla las nuevas tecnologías; eso queda feo,
no es elegante en este momento».
Lista
de correo atsyber@eListas.net
Miedo
en la Universidad Nacional
Bogotá, 3 de diciembre del 2002
Queridos
amigos:
Les envío este recuento de un estudiante de cómo se cierran
los espacios públicos de formación y ponen a nuestra juventud
ante la disyuntiva de dejarse envolver por el miedo o por la lucha.
El pasado
jueves 28 de noviembre a las nueve de la mañana se le informó
a la comunidad universitaria que la Universidad Nacional debía
ser desalojada y cerrada hasta el día 5 de diciembre. La gran
mayoría de los estudiantes y profesores acataron las órdenes
aun sin saber las razones que determinaron el desalojo y el cierre.
Sin embargo, hubo grupos de estudiantes de todas las carreras que aguardamos
dentro de la universidad a que se aclararan los motivos, ya que una
semana afecta el quehacer académico, y de cualquier tipo de organización
estudiantil. La respuesta de las directivas fue un comunicado que escuetamente
afirmó que había «serios indicios» de que
habría acciones terroristas. Además, se exponía
que el cierre era «preventivo», para evitar que la universidad
se convirtiera en escenario del conflicto armado. Tengamos en cuenta
que el viernes 22 de noviembre los organismos de seguridad reportaron
haber encontrado en el campus de la universidad un tubo de lanzamiento
de misiles y material explosivo con los cuales se habría perpetrado
un atentado contra el edificio de la fiscalía. Una tensa calma
se vivía en la universidad desde aquel viernes, y esa calma —nutrida
por el silencio sospechoso de las directivas y los cuerpos de seguridad
del Estado— se diluyó el día jueves 28.
Después de resistirnos al desalojo por más de ocho horas,
y de exigir presencia de directivas en la universidad, por fin apareció
el profesor Leopoldo Múnera, vicerrector de sede. En un tono
muy afable nos informó que la decisión de cerrar la universidad
era preventiva y que no obedecía a presiones de la fiscalía
para realizar un allanamiento u otro tipo de influencia externa. Tal
vez el profesor Múnera olía en el ambiente la intención
de los estudiantes de quedarnos acampando en la universidad protestando
contra medidas tan arbitrarias y perjudiciales. Tal vez sabía
algo más que no nos quiso decir y que prefirió reemplazar
por una frase bastante diciente: «Ustedes se quedan bajo su propia
responsabilidad».
Al día siguiente, a las 2:30 de la mañana, se vio que
3.700 efectivos de policía, DAS, Sijin y otros organismos de
control y seguridad del Estado, irrumpieron en la universidad. A las
cuatro llegaron los fiscales y procuradores, y sólo a las seis
de la mañana llegaron las directivas, quienes manifestaron no
haber sido notificadas sobre el allanamiento.
Entonces el profesor Múnera tenía razón, si nos
hubiéramos quedado, habríamos pasado una muy mala noche.
Sin embargo, quedan dos preguntas más: ¿Por qué
si el atentado fue el viernes y necesitaban la universidad desocupada,
el allanamiento no se realizó el sábado o domingo sino
que esperaron hasta el jueves? Y por otro lado, un allanamiento con
3.700 efectivos no toma siete días, entonces, ¿por qué
se cierra la universidad durante una semana completa?
Las lecturas que se han hecho a los eventos del viernes 22 (incidente
de los rockets contra la fiscalía) y a los del jueves 28 (desalojo)
son múltiples y válidas; sin embargo, mi opinión
personal se centra en el discurso del miedo. Cuando pasó lo de
los rockets, el miedo se apoderó de estudiantes, profesores y
trabajadores, quienes pensamos en una intervención militar directa
en la universidad. Hubo una intervención parcial ese día
viernes, resistencia estudiantil y una explosión que dejó
varios heridos y que, según el profesor Múnera, no fue
detonada desde la universidad —¿sería la fuerza
pública?—; no obstante, en los medios nada se dijo al respecto.
El cierre de la universidad obedeció al miedo de que la fuerza
publica entrara a la universidad y encontrara, lógicamente, resistencia
por parte de los estudiantes y de que se repitieran escenas vividas
en décadas anteriores. Fue el miedo que quedó en el aire,
cuando el profesor Múnera nos dijo «ustedes se quedan bajo
su propia responsabilidad», el que nos hizo desalojar la universidad
aquel jueves.
No es coincidencia que cierren la Universidad Nacional, la Distrital,
ataquen la Pedagógica, asesinen a un estudiante en la Industrial
de Santander y criminalicen a muchos otros líderes sindicales,
obreros y campesinos justo en la víspera de la visita de uno
de los más reconocidos agentes de guerra del mundo: Colin Powell.
El programa de seguridad democrática tiene claro que hay un amplio
sector de nuestra gente que considera a Mr. Powell una persona no grata
en nuestra tierra, y por esto arremete: el objetivo es sembrar el miedo.
En estos últimos días hemos descubierto que el miedo es
mejor ente represivo que la misma fuerza física, pues de la policía
podemos escapar, pero si llevamos el miedo en nuestra mente y corazón
no hay acción contundente que planear, ni fortín seguro
para construir un pueblo nuevo. Como estudiante siento que gentes ignorantes,
guerreristas, que tienen en sus corazones odios enconados contra enemigos
que no saben si existen, han pisado y profanado el último rincón
de tierra que aún resiste a la campaña del miedo, al único
lugar en el que la voz crítica se levanta con alegría
y esperanza: La universidad pública.
Éste es un llamado para que reflexionemos sobre el discurso del
miedo que la seguridad democrática nos plantea como forma de
convivencia o de construcción de nación.
María
Mercedes Moreno
FE
DE ERRATAS
Edición
34:
Presentamos excusas a la revista Latido, de Buenos Aires, y a su director,
Daniel Ulanovsky, pues olvidamos dar los créditos correspondientes
al publicar el artículo «Cáncer», de Patricia
Kolesnicov, ya que en Latido se publica una versión anterior
de dicho artículo y las fotos se hicieron para él.
Edición
35:
Y también excusas a Johana Moscoso, ilustradora del artículo
«A más medios... mejor comunicación», de Luis
Liévano, pues cambiamos su apellido en los créditos.