NÚMERO 36

Director: GUILLERMO GONZÁLEZ URIBE
Gerente - Editora: ANA CRISTINA MEJÍA
Diseño y diagramación: LEMOINE COMUNICACIÓN
Secretaria ejecutiva: MAGDA SANDOVAL
Supervisión de distribución: SANDRO VELÁSQUEZ
Suscripciones: ISABEL VILLARREAL
Mercadeo y Publicidad: LAURA OSORNO
Publicidad y suscripciones: Carrera 4 Nº 66-76 ·
Telefonos: 544 0840, 609 5089, 312 7970; Fax: 3127969
Corrección: ELKIN RIVERA
Fotocomposición: ELOGRAF LTDA.
Impresión: PANAMERICANA FORMAS E IMPRESOS S.A.

Distribución y ventas: Revista Número y Distribuidoras Unidas

*

Número agradece a todas las personas y entidades que en una u otra forma apoyan este proyecto.

*

Revista Número: Carrera 4 Nº 66-76 Telefax: [571] 312-7970 · 312-7969
Página web: www.revistanumero.com · e-mail: numero@elsitio.net.co
Bogotá, Colombia.

*

Miembros de NÚMERO: William Ospina, poeta; Antonio Morales, periodista; Ana Cristina Mejía, traductora; Guillermo González Uribe, periodista; Luis Ángel Parra, editor; Liliana Tafur, periodista;
Lucas Caballero, periodista, Liliana Vélez, filósofa; Víctor Laignelet, pintor; y Carlos Duque, publicista.

*

Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2002
ISSN 0121-7828
· Licencia del Ministerio de Gobierno Resolución: 1237-93
Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

*

© 2003 Número. Prohibida la reproducción parcial o total de los materiales de esta revista
sin autorización escrita de los editores. Número no se hace responsable por la devolución de materiales no solicitados.

*

Contactos en el exterior:
Berlín: Claudia Zea, claudiazea@gmx.de
Quito:
Roberto Rubiano Vargas, tel: [5932] 555-645, e-mail: rrubiano@uio.satnet.net
Madrid: Paco Barragán, pacobarragan@wanadoo.es
Barcelona: José Lozano, tel: [93] 219-6235, e-mail: jlozano@iua.upf.es
Nueva York: Cristina Umaña y César López, tel: [718] 392-9218, e-mail: alasdeprueb@hotmail.com
Panamá: Soraya Hoyos, e-mail: sorayahoyos@hotmail.com
Ottawa (Canadá): Anna María Salvetti, e-mail: asalvet@sympatico.ca
Italia: Mauricio García, e-mail: magamacol@yahoo.com



«La guerra, latrocinio que sólo favorece a Wall Street»: mayor general Butler

Estimados amigos:
Remito este interesante documento publicado en La Jornada (México), del 6 de febrero del 2003.

El mayor general Smedley Butler, marine de Estados Unidos, habla sobre la guerra. Los siguientes son extractos de un discurso presentado en 1933:
«La guerra sólo es un latrocinio. Un latrocinio que es mejor caracterizado, creo yo, como algo que no es lo que parece a la mayoría de la gente. Sólo un pequeño grupo interno sabe de qué se trata. Se conduce para el beneficio de muy pocos al costo de las masas. (...)
El problema con Estados Unidos es que cuando un dólar sólo gana 6% aquí, se inquieta y se va al extranjero para ganar 100%. Entonces la bandera sigue al dólar, y los soldados siguen a la bandera. Yo no regresaría de nuevo a la guerra como lo he hecho antes para proteger una despreciable inversión de banqueros. (...)
Hay sólo dos cosas por las cuales deberíamos luchar: una es la defensa de nuestros hogares y la otra es la Carta de Derechos. La guerra por cualquier otra razón sólo es un latrocinio. (...)
No hay un truco en la bolsa del latrocinio a la cual los militares son ciegos. Tiene a sus “hombres del dedo” para señalar a nuestros enemigos, a sus “hombres de músculo” para destruir al enemigo, a sus “hombres de cerebro” para planear los preparativos de guerra, y al “gran jefe”, el capitalismo supernacionalista. (...)
Podría parecer raro que yo, un militar estadounidense, adopte tal comparación. La verdad me lo obliga. Dediqué 33 años y cuatro meses al servicio militar activo como miembro de la fuerza militar más ágil de este país, los marine corps. Serví en rangos comisionados desde segundo teniente hasta mayor general. Y durante ese período dediqué la mayoría de mi tiempo a ser un hombre de músculo de alta categoría para el gran empresariado, para Wall Street y para los banqueros. (...)
En suma, fui un estafador, un gánster para el capitalismo. Sospechaba que era sólo una parte del latrocinio en ese tiempo. Ahora estoy seguro de ello. (...)
Como todos los miembros de la profesión militar, nunca tuve un pensamiento propio hasta que dejé el servicio. Mis facultades mentales permanecieron en animación suspendida mientras obedecía las órdenes de los superiores. Esto es típico con todos en el servicio militar. (...)
Ayudé a hacer seguro a México, especialmente Tampico, para los intereses petroleros estadounidenses, en 1914. Ayudé a hacer de Haití y Cuba lugares decentes, en donde los chicos del National City Bank pudieran recaudar ingresos. Ayudé al saqueo de media docena de repúblicas centroamericanas para beneficio de Wall Street. (...)
La historia del latrocinio es larga. Ayudé a purificar a Nicaragua para la casa banquera internacional de Brown Brothers en 1909-1912. Traje la luz a República Dominicana para los intereses azucareros estadounidenses, en 1916. En China, ayudé a asegurar que la Standard Oil pudiera avanzar sin ser molestada. (...)
Durante esos años tenía, como decían los cuates en el cuarto de atrás, un latrocinio padre. Viendo hacia atrás, creo que le podría haber ofrecido algunas indicaciones a Al Capone. Lo más que él logró fue operar su latrocinio en tres distritos. Yo operé en tres continentes».

Óscar Gómez

Carta abierta a un amigo en los Estados Unidos

Mr.
Rolando Hinojosa*
Department of English
University of Texas, Austin

Querido Rolando:
Me cuentas de alguien que te visita y que no había regresado a Estados Unidos desde 1990, y de cómo te comenta sus impresiones: «El presidente se llama otra vez Bush, la economía va otra vez en picada, y otra vez se están ustedes preparando para una guerra». Sería lógico deducir de esos tres argumentos que los países, como los seres humanos, son animales que tropiezan siempre con las mismas piedras. Pero también sería cruel. Porque a mí no me parece que todos los estadounidenses merezcan un Bush ni una economía en picada ni la guerra que les espera. No todos. Pero ¿sí los suficientes?
Me conoces de sobra para saber que la salida de tono de tu ministro de Defensa, al hablar de «la vieja Europa», la recibí con alborozo. «Por la boca muere el pez», dice el viejo refrán español, y aquello de que el pez gordo se come al chico está catalogado como una verdad universal, pero lo que muy pocos saben es que se trata del primer chiste que les cuentan a las pirañas cuando nacen. ¡Pobre Rambosfeld! ¡Pobre ministro de Defensa! (curiosa paradoja si se piensa que su idea fija es el ataque), ¡desdeñar a la vieja Europa si ni siquiera sabe cómo se deletrea la nueva!
Sea como fuere, en la vieja Europa nos preocupamos mucho por la nueva América, que nos parece tan caduca y decrépita como el imperio romano enfrentado a los bárbaros. Y tememos mucho por ella, y también por nosotros, por la parte que nos tocará en el derrumbe del nuevo imperio, aun cuando la verdad es que en esa materia tenemos experiencia y pensamos que saldremos adelante: después de todo sobrevivimos a los romanos, a Carlomagno, a Napoleón, a Hitler, a Stalin... Para ustedes en cambio puede ser la primera vez, y al menos las mujeres aseguran que siempre es dolorosa.
Pero con independencia del pesimismo obligado en estas circunstancias, lo que más nos asombra es pensar que la cuadriga la conduce un cobarde. Alguien que eludió ir a la guerra de Vietnam, y no precisamente por objeción de conciencia. Alguien que el 11 de septiembre del 2001, apenas sabida la noticia del atentado contra las Torres Gemelas, corrió a guarecerse en la primera madriguera que le indicaron, en lugar de volar derechito a la Casa Blanca como era su deber. ¿Tan corta es la memoria de los pueblos? ¿Sufre Alzheimer toda la población de tu país? ¿Cómo es posible que acepte esas maneras de John Wayne en un fantoche semejante?
Tengo la convicción, querido Rolando, de que ésta va a ser una guerra contra Irak en la que sólo se van a ventilar intereses de la industria petrolera y, aprovechando los trenes baratos (como diría mi abuela), tratar de correr un tupido velo sobre escándalos financieros que en los propios Estados Unidos —y de acuerdo con la legislación vigente— bastarían para mandar al inquilino de la Casa Blanca a la cárcel si hubiese el suficiente coraje civil para denunciarlo.
Y tengo también la convicción de que, aun cuando nadie les haya dicho a ustedes suavemente, cariñosamente, que los Estados Unidos perdieron la guerra en Vietnam, parecería como si subliminalmente ya lo hubiesen percibido y quisieran reivindicarse ante los dioses de la victoria, una meretriz que cede sus favores a quien mejor se los paga. ¿Están ustedes dispuestos a pagar el precio?
Conste, y quede muy claro, que Saddam Hussein nos parece un horror. Pero nos lo parece, sobre todo, si nos metemos bajo la piel de los iraquíes. Como europeo no siento ningún temor de él, ni creo que ningún estadounidense con dos dedos de frente (debe haber estadísticas al respecto) tenga por qué temerle a Saddam Hussein. Los iraquíes sí, y con toda la razón del mundo. Y los iraníes, cuando Estados Unidos apoyaron a Saddam Hussein en la primera guerra del desierto, también. Y los kuwaitíes, cuando la embajadora estadounidense en Bagdad aceptó sin un solo pestañeo que Saddam Hussein invadiera Kuwait, también. Y los kurdos, cuando Saddam Hussein los bombardeó con armas químicas y bacteriológicas suministradas tal vez por Andorra, o Liechtenstein, también. Pero Estados Unidos... ¿temerle a su propia criatura?
El último presidente elegido democráticamente en tu país (es obvio que me refiero a Clinton) no era desde luego un santo, pero la verdad es que ahora me encantaría estar escribiendo acerca de manchas de semen en la falda de una practicante en la Casa Blanca, y no de bombardeos en Bagdad. Allí vivió alguna vez Harún al-Rashid y gracias a él sabemos hoy qué es lo que pensaban Platón y Aristóteles. Explícales a tu cowboy y a su Rambo que no se trata de dos terroristas: o sí, ¿quién sabe?..., porque eso de pensar, ¡qué grave atentado contra vuestra Constitución, que os garantiza el derecho a ser felices!
Cordialmente, desde Colonia, tu siempre amigo.

* Rolando Hinojosa es uno de los más grandes escritores estadounidenses en lengua castellana, alguien a quien su edad autoriza a llamar patriarca de las letras chicanas. Ya quisieran muchos patriarcas llegar a su edad con el ánimo tan juvenil.

GENERACIÓN SANDWICH

Algunos de mi generación crecieron fumando tabaco y otras yerbas a escondidas de sus padres, y luego siguieron haciéndolo a escondidas de sus hijos. Llegaron tarde para aprovechar la euforia de los derechos de los jóvenes, pero fueron muy puntuales y hasta obsesivos para responder, frente a sus vástagos, por los reclamos de derechos de los niños. Acudían presurosos al llamado del padre o sucumbían impotentes ante su juicio de autoridad, y más tarde corrieron a colmar los caprichos de los hijos y agacharon el moño con tal de no traumarlos. Probablemente fueron los últimos en acatar la autoridad paterna y los primeros en sucumbir a las emergentes exigencias filiales. Si primero se sintieron culpables cuando decepcionaron a sus progenitores, a quienes atribuyeron integridad y templanza, luego se sintieron igual de culpables ante la nueva generación por daños o descuidos cometidos (o que creyeron cometer) en el borrador de la crianza.
Algunos de mi generación masticaron la caluga de la libertad a todo trapo y la autenticidad sin concesiones, y hoy transitan entre una difusa expectativa de realización en el trabajo, la pegajosa pregunta por el sentido de la vida, el imperativo del ingreso a fin de mes y la responsabilidad de aportar o sostener más de una familia, o de apechugar muy solos y solas dentro de un hogar uniparental. Entre los de tercera edad que merecen nuestro respeto, y los de primera edad que privilegian sus deseos, esta generación de segunda edad apenas pudo atisbar el horizonte ilimitado del futuro-sin-compromisos o la anchura de un presente-sin-deudas, fuesen financieras o morales. Llegó demasiado tarde al discurso psicologizante que autorizaba la autoafirmación y la confrontación como parte de la propia salud, y demasiado temprano debió responder, tartamudeando y ahogada en vacilaciones, a los protagonistas de la generación siguiente que con tanta naturalidad internalizaron ese mismo discurso.
Algunos de mi generación se precipitaron a la vida adulta, fueron padres jóvenes, e improvisaron el arte de hacer una familia cuando todavía el cuerpo tironeaba con las imágenes del motociclista en la carretera y sin fecha de retorno, o con el abrazo prometeico a una utopía libertaria, o con la invitación hedonista a recrear el placer cada mañana. Algunos fueron más caraduras y dejaron todo botado para naufragar en el alcohol o la inconsistencia. Pero creo que la mayoría se volcó a armar el complejo tinglado de la reproducción y su correspondiente economía: un tinglado más frágil, más plástico pero a la vez más enmarañado, que el que tuvo que armar la generación de los padres de mi generación, que tenía todo más claro, aunque no necesariamente más correcto.
Algunos de mi generación soñaron con la movilidad propia de la independencia económica y, cuando esa independencia llegó, la debieron adquirir al costo de postergar esa movilidad y diferirla en una fase posterior de la vida, cada vez más cerca de la vejez o del final. Hoy sueñan con vivir de rentas, pegarle el palo al gato, ganarse la lotería y salir con una maleta a ruedas (porque la espalda ya no da para mochila) a experimentar las aventuras que hace tanto tiempo se prometieron a sí mismos. Todo esto sabiendo que ese sueño es interpretado por la nueva generación, con cierta cuota de razón, como películas de cuarentones tardíos o cincuentones incipientes, anacrónicos o mal asumidos.
Algunos de mi generación quedaron atrapados entre las obsesiones juveniles y los estragos de adultos, y realmente trataron de ser niños buenos frente a sus padres y padres o madres buenos frente a sus niños. Acabaron como jamón del sandwich, dando demasiadas explicaciones hacia arriba y hacia abajo. Todavía patalean para ambos lados exigiendo un poco de comprensión y compasión, haciéndose la víctima para ver si al menos con este último recurso les reconocen que incluso en sus torpezas, excesos y omisiones, nunca faltó la buena intención.
Una generación que hizo lo que le tocó hacer por el lugar que le tocó ocupar, se inventó demasiados acreedores del pasado y del futuro, no tuvo mucho tiempo para repasar lo vivido, y se muere de ganas de chicharrear menos y vestir, de una vez por todas, su propio cuero.

Martín Hopenhayn

Número y la Web

Soy músico, pedagogo coral infantil y juvenil, y actualmente avanzo en mi proyecto de una escuela de música de buena cobertura en la ciudad. Confieso que, a pesar de haber leído varias de sus ediciones, no conocía aún su página web. Quizás por esta razón, y por no tener el Número 1, no había leído aún el texto de presentación de la revista que aparece aquí en Internet. Es hermoso, brillantemente irreverente y utópico, y suena hoy tan oxigenante y necesario en un país al cual se le ha impuesto ese culto a la mentira, «correcto» y «bien educado», tan propio de una historia cuyo lazo con la clase política bogotana —o cachaca, según el apelativo costeño— es tan evidente. Un gran colega y amigo, barranquillero, me afirmaba hace unos años: «En Colombia no se puede decir la verdad. ¡Nunca, jamás! Porque... o te matan o pierdes el puesto. ¡Todo menos la verdad!». Confrontando esta sentencia tan desnuda y silvestre con los ensayos de William Ospina, que he leído y que admiro, y con este prólogo, sólo puedo sentir un aire fresco y un poco de lágrimas en los ojos. Creo que los artistas nos sentimos un poco más acompañados en esta aventura de querer a Colombia, de insistir en trabajar a brazo partido con sus niños, de hacerlos volar con la guabina tolimense o con los spirituals de Providencia, de denunciar sus mentiras perfumadas y atroces que se esconden detrás de tanta muerte y de adivinarle, con más conocimiento, más cariño y más generosidad, las rosas que brotan de sus espinas, tal como dice mi querido Joan Manuel Serrat. Gracias por su compañía. Mi deseo será llegar a ver, en vida, ¡el Número 3000!

Santiago Zuleta

Todos quieren dominar Internet

El profesor de sociología de la Universidad de Berkeley (California, Estados Unidos), Manuel Castells, dijo hace poco que, con excusas como la pornografía infantil o el terrorismo, todos los gobiernos buscan controlar la red. Según el principal «gurú» español de Internet, los gobernantes tienen miedo a la libertad que ésta proporciona.
Castells manifestó que «a todos los gobiernos del mundo, sin excepción, les da miedo la libertad» que proporciona Internet a sus ciudadanos para «organizarse, informarse y comunicarse en forma autónoma». Este profesor, que ha sido miembro también de un grupo de expertos sobre la Sociedad de la Información de la UE y del Consejo Asesor en esta materia de la ONU, participó en la segunda jornada del Congreso «IT4ALL» sobre Oportunidades y retos para las regiones en la nueva sociedad de la información que se celebra en Bilbao.
El profesor catalán explicó en un contacto informal con los medios de comunicación, durante un receso de las jornadas, que «los gobernantes, en general, tienen una relación ambigua y complicada con Internet, porque Internet permite la comunicación horizontal y difunde la información en todos los ámbitos». «Desde siempre —dijo Castells—, el poder se ha basado en el control de la información y de la comunicación; por tanto, en principio a ningún gobierno le gusta Internet y la primera obsesión de casi todas las comisiones gubernamentales creadas sobre la red en las que he participado es cómo controlar Internet».
Castells ha dicho: «Siempre buscan pretextos, como la pornografía infantil, el terrorismo, etcétera, pero, en realidad, lo que más les importa es cómo llegar a controlar la red y tener un Internet de andar por casa; es decir, un Internet reglamentado y definido por el gobierno en el que la comunicación se abra o se interrumpa según las conveniencias del gobierno, etcétera». «Por esto sabemos —añadió— que se desarrollarán los usos de Internet en aquellas sociedades donde los gobiernos tengan más confianza en sus ciudadanos y en las que aporten servicios públicos por Internet que sean útiles a la población como educación, salud o información sobre la administración».
«Todos los gobiernos, en general, hablan de desarrollar Internet, pero muy pocos saben lo que eso representa y muy pocos se interesan realmente por ese desarrollo —agregó—. En este sentido los gobiernos, que tienen una incomprensión básica de lo que es Internet, también se apuntan rápidamente a la ideología de la modernidad que representa la red». Castells explicó: «Queda muy mal en las estadísticas si un país como España, que es el único país europeo que el año pasado perdió usuarios de Internet en términos absolutos, no desarrolla las nuevas tecnologías; eso queda feo, no es elegante en este momento».

Lista de correo atsyber@eListas.net

Miedo en la Universidad Nacional
Bogotá, 3 de diciembre del 2002

Queridos amigos:
Les envío este recuento de un estudiante de cómo se cierran los espacios públicos de formación y ponen a nuestra juventud ante la disyuntiva de dejarse envolver por el miedo o por la lucha.

El pasado jueves 28 de noviembre a las nueve de la mañana se le informó a la comunidad universitaria que la Universidad Nacional debía ser desalojada y cerrada hasta el día 5 de diciembre. La gran mayoría de los estudiantes y profesores acataron las órdenes aun sin saber las razones que determinaron el desalojo y el cierre.
Sin embargo, hubo grupos de estudiantes de todas las carreras que aguardamos dentro de la universidad a que se aclararan los motivos, ya que una semana afecta el quehacer académico, y de cualquier tipo de organización estudiantil. La respuesta de las directivas fue un comunicado que escuetamente afirmó que había «serios indicios» de que habría acciones terroristas. Además, se exponía que el cierre era «preventivo», para evitar que la universidad se convirtiera en escenario del conflicto armado. Tengamos en cuenta que el viernes 22 de noviembre los organismos de seguridad reportaron haber encontrado en el campus de la universidad un tubo de lanzamiento de misiles y material explosivo con los cuales se habría perpetrado un atentado contra el edificio de la fiscalía. Una tensa calma se vivía en la universidad desde aquel viernes, y esa calma —nutrida por el silencio sospechoso de las directivas y los cuerpos de seguridad del Estado— se diluyó el día jueves 28.
Después de resistirnos al desalojo por más de ocho horas, y de exigir presencia de directivas en la universidad, por fin apareció el profesor Leopoldo Múnera, vicerrector de sede. En un tono muy afable nos informó que la decisión de cerrar la universidad era preventiva y que no obedecía a presiones de la fiscalía para realizar un allanamiento u otro tipo de influencia externa. Tal vez el profesor Múnera olía en el ambiente la intención de los estudiantes de quedarnos acampando en la universidad protestando contra medidas tan arbitrarias y perjudiciales. Tal vez sabía algo más que no nos quiso decir y que prefirió reemplazar por una frase bastante diciente: «Ustedes se quedan bajo su propia responsabilidad».
Al día siguiente, a las 2:30 de la mañana, se vio que 3.700 efectivos de policía, DAS, Sijin y otros organismos de control y seguridad del Estado, irrumpieron en la universidad. A las cuatro llegaron los fiscales y procuradores, y sólo a las seis de la mañana llegaron las directivas, quienes manifestaron no haber sido notificadas sobre el allanamiento.
Entonces el profesor Múnera tenía razón, si nos hubiéramos quedado, habríamos pasado una muy mala noche. Sin embargo, quedan dos preguntas más: ¿Por qué si el atentado fue el viernes y necesitaban la universidad desocupada, el allanamiento no se realizó el sábado o domingo sino que esperaron hasta el jueves? Y por otro lado, un allanamiento con 3.700 efectivos no toma siete días, entonces, ¿por qué se cierra la universidad durante una semana completa?
Las lecturas que se han hecho a los eventos del viernes 22 (incidente de los rockets contra la fiscalía) y a los del jueves 28 (desalojo) son múltiples y válidas; sin embargo, mi opinión personal se centra en el discurso del miedo. Cuando pasó lo de los rockets, el miedo se apoderó de estudiantes, profesores y trabajadores, quienes pensamos en una intervención militar directa en la universidad. Hubo una intervención parcial ese día viernes, resistencia estudiantil y una explosión que dejó varios heridos y que, según el profesor Múnera, no fue detonada desde la universidad —¿sería la fuerza pública?—; no obstante, en los medios nada se dijo al respecto. El cierre de la universidad obedeció al miedo de que la fuerza publica entrara a la universidad y encontrara, lógicamente, resistencia por parte de los estudiantes y de que se repitieran escenas vividas en décadas anteriores. Fue el miedo que quedó en el aire, cuando el profesor Múnera nos dijo «ustedes se quedan bajo su propia responsabilidad», el que nos hizo desalojar la universidad aquel jueves.
No es coincidencia que cierren la Universidad Nacional, la Distrital, ataquen la Pedagógica, asesinen a un estudiante en la Industrial de Santander y criminalicen a muchos otros líderes sindicales, obreros y campesinos justo en la víspera de la visita de uno de los más reconocidos agentes de guerra del mundo: Colin Powell. El programa de seguridad democrática tiene claro que hay un amplio sector de nuestra gente que considera a Mr. Powell una persona no grata en nuestra tierra, y por esto arremete: el objetivo es sembrar el miedo.
En estos últimos días hemos descubierto que el miedo es mejor ente represivo que la misma fuerza física, pues de la policía podemos escapar, pero si llevamos el miedo en nuestra mente y corazón no hay acción contundente que planear, ni fortín seguro para construir un pueblo nuevo. Como estudiante siento que gentes ignorantes, guerreristas, que tienen en sus corazones odios enconados contra enemigos que no saben si existen, han pisado y profanado el último rincón de tierra que aún resiste a la campaña del miedo, al único lugar en el que la voz crítica se levanta con alegría y esperanza: La universidad pública.
Éste es un llamado para que reflexionemos sobre el discurso del miedo que la seguridad democrática nos plantea como forma de convivencia o de construcción de nación.

María Mercedes Moreno

 

FE DE ERRATAS

Edición 34:
Presentamos excusas a la revista Latido, de Buenos Aires, y a su director, Daniel Ulanovsky, pues olvidamos dar los créditos correspondientes al publicar el artículo «Cáncer», de Patricia Kolesnicov, ya que en Latido se publica una versión anterior de dicho artículo y las fotos se hicieron para él.

Edición 35:
Y también excusas a Johana Moscoso, ilustradora del artículo «A más medios... mejor comunicación», de Luis Liévano, pues cambiamos su apellido en los créditos.

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar a la Página Principal

Artículos en Internet SuscripcionesEditorial  |  Número Ediciones  |  Números Anteriores


Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co
.