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El
hombre apura de un golpe un corto trago de aguardiente seco de trigo y
lo pasa con un sorbo de cerveza. "Hacíamos asados con salchichas a la
orilla del lago con nuestros vecinos ocasionales, que también eran alemanes,
porque sepa usted que los que íbamos de vacaciones a Hungría éramos una
multitud de alemanes, pues nuestro dinero rendía en ese país y la pasábamos
bien. En las tardes hacíamos deporte o nos sentábamos a leer y a discutir
los enjundiosos artículos del Deutsche Zeitung, a echar partidas de ajedrez
o a jugar "Concéntrese" -el hoy llamado perversamente "Otello"- o cualquier
juego así denominado "inteligente". Por las noches íbamos a ver los espectáculos
de los gitanos, que tocan muy vivazmente el violín. O a los bailes con
polcas, valses, marchas y mazurcas diseñados para evocar íntimas alegrías
épicas y, sobre todo, divertir a los turistas. O simplemente a dormir
sobre el césped cuidadosamente cortado de la orilla del lago, bajo las
estrellas, para cargarnos de energía y de este modo poder cumplir las
metas de producción del próximo invierno con entusiasmo y eficiencia".
El señor levanta el jarro de cerveza, pero no
bebe; sus propias palabras lo entusiasman más y continúa. "Cuando entramos
a Hungría en nuestro descolorido Trabant, sí notamos que algunos soldados
estaban cortando la cerca de alambre de púas que demarcaba el corredor
fronterizo que atraviesa los campos de brezales y los cultivos. Pero supusimos
que era una labor de rutina y no le dimos un significado político. Más
tarde, en plenas vacaciones, fue cuando empezaron los rumores al respecto.
Y es que ese fue el mecanismo que movió las demás ruedas del engranaje:
el rumor. La información en el campo socialista tenía el problema de que
siempre era oficial. Lo que hacía el rumor era decir la verdad: o desvirtuaba
la información de la televisión estatal, o la confirmaba. Pero, antes
o después, era el rumor el que arrastraba la información realmente veraz.
Y el rumor en este caso contenía la más hermosa palabra del hombre en
la tierra: libertad. Y esa palabra empezó a taladrar la cabeza de los
alemanes que estábamos acampando en las orillas del lago. Cuando se lo
comenté a Ina, los dos teníamos los pies sumergidos entre el agua fangosa
de la orilla del Balaton. Le pregunté para qué querríamos nosotros la
libertad. Ina, después de pensarlo un rato, se quedó mirándome y me dijo:
-No sé... tal vez para experimentar siempre lo
que sentimos cuando metemos los pies en el agua en un día caluroso.
La respuesta de mi mujer me quedó rondando dentro
de mi vehemente, apasionado, tozudo e incontrolable cerebro el resto del
verano. Mientras tanto, el rumor se iba propagando como un ventarrón por
todo el campamento, y cuando ya estábamos al final de las vacaciones -había
entrado el mes de agosto en su segunda mitad- se concretó en la invitación
a un picnic, que se denominó entonces "paneuropeo", un evento que el barón
Otto von Habsburg propuso por insinuación de su hijo durante un fervoroso
mitin en una universidad de Budapest. La idea era organizar una especie
de verbena política en Fertörákos, a unos diez kilómetros de Soprón, cerca
de la frontera del noroeste. Y ya pensando en nuestro regreso a Berlín,
recogimos la carpa, la montamos en el techo de nuestro Trabant y acudimos
al lugar. Fue una fiesta con bailes campesinos, trajes bávaros con Lederhosen
y todo, y cerveza checa -bastante buena, pero nunca como ésta-, en un
descampado próximo a Fertörákos y a tiro de caminata de la frontera austrohúngara.
Cerca de la medianoche, la televisión interrumpió la emisión internacional
de noticias -habían matado a un líder suramericano la noche anterior-
y dio paso a un informe en húngaro que una mujer nos fue traduciendo en
vivo al alemán. Era el primer ministro de Hungría, que anunciaba que sus
fronteras estaban abiertas para los alemanes del Este. Y yo, sin pensarlo
dos veces, miré a Ina con esta mirada mía que lo pregunta todo, y la verdad,
sin saber por qué ni para qué -pues yo no tenía parientes ni amigos ni
recuerdos ni amores ni familia en Alemania Occidental- ni cómo, salí caminando
con mis dos hijos de la mano, saqué del automóvil una pequeña maleta con
nuestros haberes básicos y me fui tranquilamente en dirección al paso
fronterizo más cercano de aquel pueblo húngaro de Soprón. Recuerdo que
hacía un poco de frío cuando llegamos a un sendero donde el cruce hacia
Austria era tan sólo una cerca de malla de alambre que alguien había roto
previamente. Por pura precaución yo fui adelante, franqueé la cerca y
al descolgarme pisé tierra austríaca. Así, sin saberlo, me convertí en
el primer alemán, el primero, el primer ciudadano alemán en salir por
ese agujero de la cortina de hierro. Fue el sábado 19 de agosto de 1989".
El hombre interrumpe su relato y bebe con cierta
ansiedad un sorbo largo de cerveza.
"Al parecer, detrás de mí se propagó el rumor,
como si buscara su destino recogiendo velozmente mis pisadas y se provocó
la histórica estampida. Miles y miles cruzaron esa noche la frontera.
Y vea usted, luego pasó algo inesperado: nos montamos en un tren de refugiados
que, infortunadamente, regresó por territorio de la Alemania Oriental;
nos devolvió en contravía para seguir la ruta de Dresden, por nuestra
tierra nacional que, de pronto, se nos volvió ajena y hostil; sufrimos
mucho, temimos que el gobierno de Alemania del Este tomara represalias
contra nosotros como desertores del régimen, pero el tren, tal vez vigilado
por los ojos atónitos y expectantes de la humanidad, sólo se detuvo al
cruzar la frontera de la otra Alemania; después pude legalizar nuestros
documentos de identidad y residencia, y todas esas cosas, y luego ocurrió
lo que todos seguramente ya saben: semanas más tarde, el 9 de noviembre
de aquel año, un nuevo rumor nocturno que empezó en avalancha y terminó
en una gran celebración, tumbó el muro de Berlín... Para mí fue como si
a un prófugo que acaba de huir le demuelen la cárcel. Pero con ello le
dan un testimonio de que su evasión era justa. Dicho de esta manera, ¿me
comprende usted?".
Hay una pequeña pausa, un poco incómoda. Siento
que debo preguntarle acerca del final de su historia, pero el hombre no
me lo permite...
"Yo regresé con Ina y los dos niños a vivir en
el mismo apartamento de Berlín, volví a trabajar en la misma fábrica de
la cual ahora soy jubilado y sigo viniendo a tomar mi cerveza -a la misma
hora- a esta misma taberna, donde hace veinte años defendía con vehemencia
las victorias del sistema alemán.
Dirá usted que di una larga vuelta para regresar
al mismo punto. Parece una cosa absurda, pero no lo es.
Regresé al mismo punto, es cierto, pero cuando
lo hice, Alemania era más grande. El doble, una sola otra vez.
Ahora no estoy seguro de para qué. Hoy tenemos
la libertad de comprar más cosas... cositas, y podemos ver libremente
la televisión del mundo, pero al mismo tiempo somos casi cuatro veces
más los pobres, y aún más pobres que entonces. Lo cierto es que, de vuelta
a casa, el sistema socialista no estaba ya más. Pero lo que hicimos fue
algo nuestro. De mucha gente. Y no sólo gracias a los alemanes. También
intervinieron otros, por supuesto, como los obreros polacos, los demócratas
húngaros, en fin, muchos, pero también nosotros, los veraneantes que dejamos
tirados nuestros "trabis" en las calles y caminos de Soprón. Y todos fuimos
héroes. Pero yo fui el primero. Perdóneme mi otra vez inusual entusiasmo,
pero no olvide que yo no era nadie más que un turista que salió simplemente
a acampar con su familia al Balaton para disfrutar ese verano de 1989".
Su jarro de cerveza está en el último sorbo. El señor me mira a los ojos.
Están húmedos de lágrimas.
"Le agradezco su silencio. Ahora que lo pienso
mejor, de haberlo sabido, lo volvería a hacer. ¡Prosit!".
El hombre termina su cerveza y se despide con
amabilidad. Se pone su abrigo, su sombrero de paño verde con pluma y su
bufanda. Sale de la Kleine Osttaverne. Veo su figura que cruza por delante
del ventanal del bar. Cae la nieve. Va hablando solo. Tal vez, necesariamente,
pensando. Miro el reloj. Son exactamente las siete de la noche. Por alguna
razón me acuerdo de las puntuales rutinas de Immanuel Kant. Disimulando
que el señor se ha ido sin pagar la cuenta, también se me atraviesa un
poderoso recuerdo de Juan Rulfo, pero teniendo a la mano solamente la
opción de aferrarme a sus debilidades humanas, pido otra cerveza. El aludido
líder suramericano que murió asesinado la víspera era el joven candidato
a la presidencia de Colombia, Luis Carlos Galán.
Tantos recuerdos en tropel me hacen sentarme horas
y horas a escribir estas letras, que no tengo idea si conduzcan a alguna
parte.
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