"Esa maldita paré... algún día la voy a tumbar" (bolero-son cantado por
Daniel Santos, muchos años antes).
"Sí, tenemos algunos problemas con el hecho de ser el único periódico
de distribución nacional" (Enrique Santos Calderón).
"El que busca, encuentra" (refrán popular, aplicado generalmente
por guaqueros, sicarios, detectives, arqueólogos y políticos colombianos,
con resultados frecuentemente fatales).
"Te presento a Jesús Díaz" (María Emma Mejía en el restaurante
Pierrot, de Bogotá, tres años antes).
"Te presento a Berlín" (Jesús Díaz, escritor y cineasta cubano fallecido
recientemente, en el restaurante El Parrón, de Berlín, años después).


Por Humberto Dorado Miranda
Ilustraciones de Julián De Narváez

Humberto Dorado Miranda (Bogotá, 1951). Mucha gente lo conoce por su desempeño como actor de teatro, cine y televisión. Menos personas, si bien no pocas, saben de su labor como guionista cinematográfico (Técnicas de duelo, La estrategia del caracol, Golpe de estadio, Reputado, El alma del maíz y próximamente El ciudadano Escobar, entre otras). Pero sus incursiones como escritor son lo menos difundido de todo, aunque no lo menos constante. En 1967 ganó el concurso organizado por Radio 15 (Cuentos sin recompensa); en el 2000 salió a la luz Fanny Mikey: por el placer de vivir, confesiones de camerino con Humberto Dorado; el año pasado resultó finalista en el concurso Juan Rodríguez Freyle, organizado por El Tiempo (Cuentos cortos, antología); este año se estrenó su obra de teatro Con el corazón abierto. Algunos de sus escritos se han publicado en revista Número. Actualmente se desempeña como asesor de los talleres de guión cinematográfico del Sundance Institute que organiza la Fundación Toscano de México para América Latina y prepara, junto con el traductor Joe Broderick y un destacado equipo, una versión de Hamlet para el año próximo.

Para Herr Ehses, quien no me quería,
pero que sin embargo tuvo la entereza
y el valor de defenderme en la primaria, contra toda evidencia.

 


Ese año, Peter Udo Grenzenberg decidió ir a pasar las vacaciones de verano con su familia a las orillas del lago Balaton, en Hungría, sin tener ni idea de que aquella sería la decisión más importante de su vida. "De haberlo sabido, a lo mejor no lo habría hecho...", dice el señor antes de brindar con su jarra de cerveza en la barra de la Kleine Osttaverne en el barrio de Kreutzberg, en Berlín Oriental, y beber luego tres largos tragos lentamente. Peter Udo Grenzenberg es un nombre ficticio de un personaje verdadero.
    "No use mi verdadero nombre, por favor. No por mí. Hágalo por mis hijos: a ellos les fascina contar esta historia. Les gusta presumir. Pero -me parece por lo observado- pierden mucho tiempo contándola y volviéndola a contar. Y ya estamos en otra cosa. La vida sigue. Yo, para honrar la verdad, estoy cansado de repetirla. Pero a usted se la cuento porque es extranjero y a lo mejor por allá por su tierra no la han oído. Y yo no tengo nada en contra de los extranjeros como usted, siempre y cuando quieran escuchar mi cuento.
    Primero, lo más importante: aquel año, yo me sentía particularmente orgulloso de ser alemán. Me he sentido siempre orgulloso de ser alemán, aunque en el transcurso de mi vida me he sentido en total tres veces especialmente orgulloso aunque por razones bien distintas. Me explico: primero quisimos ser el primer imperio de pura raza del mundo cuando yo era joven, después quisimos ser los primeros del mundo en el sistema socialista, y ahora la razón de mi orgullo es la Alemania unificada, porque accidentalmente fue a la que contribuí directamente aunque de manera casi involuntaria, como ya le dije. ¿Por qué?, me preguntará usted. Y le respondo: porque cuando decidí que iríamos aquel año de vacaciones a Hungría en nuestro Trabant, un automóvil de marca rusa pero fabricado en Alemania, en mi Alemania de entonces, la DDR, Alemania Democrática, RDA, o la Alemania del Este, como quiera que ustedes la llamen, yo no tenía la menor intención de hacer lo que hice. Al contrario, en la taberna, después de salir de la fábrica, una vez por semana yo era de los que defendían con vehemencia ante mis camaradas descontentos los logros de nuestro país: la RDA era una potencia dentro del campo socialista, habíamos desarrollado una industria vigorosa, teníamos los mejores deportistas, recuerde usted que en las Olimpiadas mis compatriotas rompían las marcas del mundo y ganábamos tantas medallas que solamente los Estados Unidos y la Unión Soviética nos podían superar. Es cierto que nuestra vida era sobria y modesta, pero nuestros ideales eran grandes. Teníamos grandes metas. En fin, eso lo puede usted comprobar con estadísticas. Yo mismo no seré más que una estadística. Pero teníamos ese orgullo... También es verdad que nuestros derechos eran pocos, pero créame que en ese momento no me importaba porque yo era un convencido de que ya habría tiempo para solucionar ese asunto de las libertades individuales que yo consideraba apenas una imperfección, ¿me explico? Eran una sombra, más que una mancha. Yo estaba contento de ir de vacaciones a acampar a orillas del lago. Las noches eran tibias y el agua, fresca. Y no había que pensar en nada. Sólo descansar y estar con mi familia. Tengo una mujer, Ina, y dos niños, que en ese momento tenían doce años el mayor, Karl Udo, y nueve la menor, Ina Marie. Además la comida húngara era sabrosa y barata, sobre todo el gulasch, muy bien condimentado con muchas variedades locales de páprika, delicioso con cervecita o vino de Sümeg, y uno que otro trago de Schnaps que llevábamos desde aquí. Como éste. Salud".

 

    El hombre apura de un golpe un corto trago de aguardiente seco de trigo y lo pasa con un sorbo de cerveza. "Hacíamos asados con salchichas a la orilla del lago con nuestros vecinos ocasionales, que también eran alemanes, porque sepa usted que los que íbamos de vacaciones a Hungría éramos una multitud de alemanes, pues nuestro dinero rendía en ese país y la pasábamos bien. En las tardes hacíamos deporte o nos sentábamos a leer y a discutir los enjundiosos artículos del Deutsche Zeitung, a echar partidas de ajedrez o a jugar "Concéntrese" -el hoy llamado perversamente "Otello"- o cualquier juego así denominado "inteligente". Por las noches íbamos a ver los espectáculos de los gitanos, que tocan muy vivazmente el violín. O a los bailes con polcas, valses, marchas y mazurcas diseñados para evocar íntimas alegrías épicas y, sobre todo, divertir a los turistas. O simplemente a dormir sobre el césped cuidadosamente cortado de la orilla del lago, bajo las estrellas, para cargarnos de energía y de este modo poder cumplir las metas de producción del próximo invierno con entusiasmo y eficiencia".
    El señor levanta el jarro de cerveza, pero no bebe; sus propias palabras lo entusiasman más y continúa. "Cuando entramos a Hungría en nuestro descolorido Trabant, sí notamos que algunos soldados estaban cortando la cerca de alambre de púas que demarcaba el corredor fronterizo que atraviesa los campos de brezales y los cultivos. Pero supusimos que era una labor de rutina y no le dimos un significado político. Más tarde, en plenas vacaciones, fue cuando empezaron los rumores al respecto. Y es que ese fue el mecanismo que movió las demás ruedas del engranaje: el rumor. La información en el campo socialista tenía el problema de que siempre era oficial. Lo que hacía el rumor era decir la verdad: o desvirtuaba la información de la televisión estatal, o la confirmaba. Pero, antes o después, era el rumor el que arrastraba la información realmente veraz. Y el rumor en este caso contenía la más hermosa palabra del hombre en la tierra: libertad. Y esa palabra empezó a taladrar la cabeza de los alemanes que estábamos acampando en las orillas del lago. Cuando se lo comenté a Ina, los dos teníamos los pies sumergidos entre el agua fangosa de la orilla del Balaton. Le pregunté para qué querríamos nosotros la libertad. Ina, después de pensarlo un rato, se quedó mirándome y me dijo:
    -No sé... tal vez para experimentar siempre lo que sentimos cuando metemos los pies en el agua en un día caluroso.
    La respuesta de mi mujer me quedó rondando dentro de mi vehemente, apasionado, tozudo e incontrolable cerebro el resto del verano. Mientras tanto, el rumor se iba propagando como un ventarrón por todo el campamento, y cuando ya estábamos al final de las vacaciones -había entrado el mes de agosto en su segunda mitad- se concretó en la invitación a un picnic, que se denominó entonces "paneuropeo", un evento que el barón Otto von Habsburg propuso por insinuación de su hijo durante un fervoroso mitin en una universidad de Budapest. La idea era organizar una especie de verbena política en Fertörákos, a unos diez kilómetros de Soprón, cerca de la frontera del noroeste. Y ya pensando en nuestro regreso a Berlín, recogimos la carpa, la montamos en el techo de nuestro Trabant y acudimos al lugar. Fue una fiesta con bailes campesinos, trajes bávaros con Lederhosen y todo, y cerveza checa -bastante buena, pero nunca como ésta-, en un descampado próximo a Fertörákos y a tiro de caminata de la frontera austrohúngara. Cerca de la medianoche, la televisión interrumpió la emisión internacional de noticias -habían matado a un líder suramericano la noche anterior- y dio paso a un informe en húngaro que una mujer nos fue traduciendo en vivo al alemán. Era el primer ministro de Hungría, que anunciaba que sus fronteras estaban abiertas para los alemanes del Este. Y yo, sin pensarlo dos veces, miré a Ina con esta mirada mía que lo pregunta todo, y la verdad, sin saber por qué ni para qué -pues yo no tenía parientes ni amigos ni recuerdos ni amores ni familia en Alemania Occidental- ni cómo, salí caminando con mis dos hijos de la mano, saqué del automóvil una pequeña maleta con nuestros haberes básicos y me fui tranquilamente en dirección al paso fronterizo más cercano de aquel pueblo húngaro de Soprón. Recuerdo que hacía un poco de frío cuando llegamos a un sendero donde el cruce hacia Austria era tan sólo una cerca de malla de alambre que alguien había roto previamente. Por pura precaución yo fui adelante, franqueé la cerca y al descolgarme pisé tierra austríaca. Así, sin saberlo, me convertí en el primer alemán, el primero, el primer ciudadano alemán en salir por ese agujero de la cortina de hierro. Fue el sábado 19 de agosto de 1989".
    El hombre interrumpe su relato y bebe con cierta ansiedad un sorbo largo de cerveza.
    "Al parecer, detrás de mí se propagó el rumor, como si buscara su destino recogiendo velozmente mis pisadas y se provocó la histórica estampida. Miles y miles cruzaron esa noche la frontera. Y vea usted, luego pasó algo inesperado: nos montamos en un tren de refugiados que, infortunadamente, regresó por territorio de la Alemania Oriental; nos devolvió en contravía para seguir la ruta de Dresden, por nuestra tierra nacional que, de pronto, se nos volvió ajena y hostil; sufrimos mucho, temimos que el gobierno de Alemania del Este tomara represalias contra nosotros como desertores del régimen, pero el tren, tal vez vigilado por los ojos atónitos y expectantes de la humanidad, sólo se detuvo al cruzar la frontera de la otra Alemania; después pude legalizar nuestros documentos de identidad y residencia, y todas esas cosas, y luego ocurrió lo que todos seguramente ya saben: semanas más tarde, el 9 de noviembre de aquel año, un nuevo rumor nocturno que empezó en avalancha y terminó en una gran celebración, tumbó el muro de Berlín... Para mí fue como si a un prófugo que acaba de huir le demuelen la cárcel. Pero con ello le dan un testimonio de que su evasión era justa. Dicho de esta manera, ¿me comprende usted?".
    Hay una pequeña pausa, un poco incómoda. Siento que debo preguntarle acerca del final de su historia, pero el hombre no me lo permite...
    "Yo regresé con Ina y los dos niños a vivir en el mismo apartamento de Berlín, volví a trabajar en la misma fábrica de la cual ahora soy jubilado y sigo viniendo a tomar mi cerveza -a la misma hora- a esta misma taberna, donde hace veinte años defendía con vehemencia las victorias del sistema alemán.
    Dirá usted que di una larga vuelta para regresar al mismo punto. Parece una cosa absurda, pero no lo es.
    Regresé al mismo punto, es cierto, pero cuando lo hice, Alemania era más grande. El doble, una sola otra vez.
    Ahora no estoy seguro de para qué. Hoy tenemos la libertad de comprar más cosas... cositas, y podemos ver libremente la televisión del mundo, pero al mismo tiempo somos casi cuatro veces más los pobres, y aún más pobres que entonces. Lo cierto es que, de vuelta a casa, el sistema socialista no estaba ya más. Pero lo que hicimos fue algo nuestro. De mucha gente. Y no sólo gracias a los alemanes. También intervinieron otros, por supuesto, como los obreros polacos, los demócratas húngaros, en fin, muchos, pero también nosotros, los veraneantes que dejamos tirados nuestros "trabis" en las calles y caminos de Soprón. Y todos fuimos héroes. Pero yo fui el primero. Perdóneme mi otra vez inusual entusiasmo, pero no olvide que yo no era nadie más que un turista que salió simplemente a acampar con su familia al Balaton para disfrutar ese verano de 1989". Su jarro de cerveza está en el último sorbo. El señor me mira a los ojos. Están húmedos de lágrimas.
    "Le agradezco su silencio. Ahora que lo pienso mejor, de haberlo sabido, lo volvería a hacer. ¡Prosit!".
    El hombre termina su cerveza y se despide con amabilidad. Se pone su abrigo, su sombrero de paño verde con pluma y su bufanda. Sale de la Kleine Osttaverne. Veo su figura que cruza por delante del ventanal del bar. Cae la nieve. Va hablando solo. Tal vez, necesariamente, pensando. Miro el reloj. Son exactamente las siete de la noche. Por alguna razón me acuerdo de las puntuales rutinas de Immanuel Kant. Disimulando que el señor se ha ido sin pagar la cuenta, también se me atraviesa un poderoso recuerdo de Juan Rulfo, pero teniendo a la mano solamente la opción de aferrarme a sus debilidades humanas, pido otra cerveza. El aludido líder suramericano que murió asesinado la víspera era el joven candidato a la presidencia de Colombia, Luis Carlos Galán.
    Tantos recuerdos en tropel me hacen sentarme horas y horas a escribir estas letras, que no tengo idea si conduzcan a alguna parte.

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