Nací hace
17 años en Puerto Guzmán, Putumayo. Lo que más
recuerdo de mi infancia son cosas duras. Mis padres son de bajos recursos
y por culpa de un hermano nos tocó dejar lo poco que teníamos
y salir de donde estábamos. Teníamos finca y teníamos
casa, pero mi hermano hizo una diablura: mató a una señora
y a un niño, por venganza. Tocó salir de allá,
dejar todo botado, no volver más y andar por ahí pidiendo
posada. No podíamos dejarnos ver del marido de la señora,
porque quería matar a mi mamá. Empezamos una vida nueva
en Mocoa. Yo estaba pequeña, tenía por ahí unos
siete años, si no eran menos.
Nosotros somos diez hermanos, yo soy la del
medio, la quinta. Estuve estudiando un tiempo: primero hasta segundo
de primaria, luego unas profesoras del colegio me brindaron apoyo para
que acabara de estudiar, porque mis padres no tenían cómo;
entonces hice hasta cuarto. Allá en Mocoa estuvimos de posada
donde un familiar. Luego nos tocó irnos para una finca de donde
se llevaron a mis dos hermanos mayores para la guerrilla. Los conquistaron,
los convencieron y ellos, en esa pobreza, pues se fueron; también
porque les gustaba. Y estaban conquistando a otro hermano que era muy
peque-ño, como de diez años, entonces mi papá decidió
salirse otra vez para el pueblo. Volvimos a Mocoa, donde estuve con
mi familia hasta que me tocó irme a rodar.
La situación económica era muy
mala. Mi mamá estaba fracturada, fatigosa, no sabía qué
hacer con todos esos hijos, sin poderles dar estudio, sin darles de
comer. En esos días se acabó el gas en la casa, se acabó
todo. Yo tenía nueve años y era la que salía a
buscar alimentos, y a donde los familiares a recorrer y a pedir; ahí
fue cuando me enseñé a pedir. A uno primero le da pena,
pero qué hace si los hermanos tienen hambre y la mamá
no sabe qué hacer ni tiene trabajo. Era horrible: estaban a punto
de echarnos de la casa porque no habíamos pagado arriendo. Mi
papá se fue para Puerto Leguízamo y nos dejó abandonados.
Mi mamá a veces se fatigaba y se enloquecía por ratos,
cogía y le daba duro a uno, así a la loca; de la rabia,
del desespero se desahogaba con nosotros; nos golpeaba totalmente. Un
día me echó, me dijo que nosotras dos no podíamos
vivir bajo el mismo techo, debido a que una vez...
Teníamos dificultades, porque mi papá
era muy borrachín. Él se iba a donde una amante
que tenía, pero volvía a la casa a pegarle a mi mamá,
a pegarnos a nosotros. Un día trató de abusar de mí,
y yo me estuve callada porque no podía decir nada. Llegaba a
tocar la puerta y todos teníamos que irnos de la casa; un día
yo no me fui y casi me mata, me dio pata y arrancó los cables
de la luz para darme con ellos. Siempre que volvía, nosotros
nos íbamos para donde una hermana que vivía cerca de la
casa; ella ya había conseguido marido y estaba viviendo aparte.
La situación era muy dura; entonces yo me quedé callada.
No le podía decir lo que pasó a mi mamá; ella quería
a mi papá y eso era terrible para contárselo a ella. Un
día otro de mis hermanos me dijo que me fuera para donde él.
O sea, mis hermanos vinculados a las FAFC se retiraron y se ubicaron
en Mocoa, a vivir con sus familias, y ahí se quedaron, no salen,
se mantienen guardados y la guerrilla los dejó tranquilos. Otro
hermano me dijo que me fuera para su casa, que él me ayudaba.
Yo me convencí y me fui. Él metía perica. Un día,
drogado, se metió a mi cuarto; él era enseñado,
porque ya había estado con mis hermanas, y decía que prefería
estar con las hermanas antes que cualquier otro. Ese día entró
a mi cuarto y quiso abusar de mí, pero salí corriendo,
y al otro día me fui del todo. Le conté a mi mamá,
porque a quién más le iba a contar, pero mi mamá
no me creyó; me dijo que yo era una mentirosa, que estaba inventando
chismes, que eso era imposible, y me echó de la casa. Cogí
una muda de ropa y me fui sin saber para dónde, porque para donde
mi familia no pensaba ni arrimar. Me fui para Puerto Asís.
Llegué a Puerto Asís y me senté
en el parque a llorar; tenía hambre y no tenía nada. Me
le arrimé a una señora —primero estudié cómo
iba a hacer— y le dije que mi mamá me había echado
de la casa, que no tenía nada qué hacer y que yo le trabajaba
para que me diera de comer. Me aceptó y me llevó para
su casa; ella también era pobre. Yo le cuidaba los niños
mientras ella vendía dulces en el parque. Así estuve un
tiempo hasta que ya no me gustó más; le dije que quería
hacer otra cosa, porque yo trabajaba solamente por la comida, y necesitaba
conseguir plata para comprar mi ropa. En esas un señor me dijo:
«Venga, vamos, yo le pago 200.000 pesos y me ayuda a doblar la
ropa en el almacén». Yo, confiada, me monté en su
moto —ya estaba como aprendiendo a confiar en las personas que
me decían «Vamos»; yo me iba y ya no me daba miedo
nada—, cuando me di cuenta de que ese señor, ¡mentiras!,
me estaba llevando para otra parte, me estaba sacando del pueblo y me
dijo: «Usted va a estar conmigo». A mí me dio miedo
y le pregunté: «¿Estar de qué o qué?».
Dijo: «Usted va a estar de amante conmigo y yo le pago».
Le respondí:
«Pero ¿cómo, si soy una niña?».
Yo tenía por ahí diez años,
porque a esa edad fue cuando empecé a ambular, y me dio miedo
porque yo ya había visto más, o sea, yo había visto
—es como vulgar decirlo— el cuerpo de mi papá, y
le cogí miedo a eso. Pensé «No, yo con este señor
no». Íbamos en una moto alta y yo salté, me voltié
un tobillo, pero bueno, porque ya estábamos un poco retirados
del pueblo. Me fui para una casa que estaba cerca y el señor
de ahí me brindó apoyo.
Luego me fui para Pitalito; llegué a ojos ciegos.
Yo siempre era así, de sorpresa; un día me iba sin saber
adónde ni con quién ni nada. Llegué al pueblo y
en un restaurante conseguí que me dieran la comida a cambio de
ver a un niño y hacer pequeños trabajos. Allá estuve
unos días, hasta que la señora del restaurante me dio
10.000 pesos: ¡Primera vez que cogía plata! Entonces me
fui para Neiva, yo había oído hablar de la ciudad y decidí
irme para allá. En esa época todavía uno se subía
al bus y no les cobraban a los niños. Le pregunté a varios
choferes que si pasaban por Neiva, hasta que uno me dijo que sí.
Me monté y a cada rato le preguntaba que si habíamos llegado,
hasta que me dijo: «Aquí es Neiva». Me bajé
y ahí mismo venían unos gamines. Yo llevaba una maletica
pequeña, y dice uno: «Vean esta chiquitica por aquí,
está sola y está buena». Y me pegan qué corretiada,
y yo más asustada. Por fin me metí donde unas monjitas.
Después ellas me ayudaron a ubicarme en un trabajo donde una
señora que tenía plata. Entré a ayudar con lo que
más podía: lavar loza, organizar, barrer, trapear: cosas
sencillas. A la señora le conté mi historia, entonces
le dio mucho pesar y decidió adoptarme. Me dijo que ella me cambiaba
el apellido y que me iba a ayudar en todo. Yo, feliz. Ya me iba a matricular
en el colegio, me había comprado buena ropa y ya no era empleada
sino su niña, y había contratado a una señora.
Entonces llamé a mi mamá —mi cuarto era superespecial,
tenía de todo— y me contestó llorando; yo no pude
aguantar. Dejé todo botado y me volé por la noche para
la casa. Ni me despedí. Regresé a Mocoa. Toda la noche
viajé y al otro día llegué tarde a la casa. Mi
mamá fue feliz al instante, pero al ratico ya estaba que me comía
otra vez. Al otro día me echó de nuevo. Yo le dije: «Pero,
mamá, ¿por qué me hace esto?» Entonces me
fui. Pedía y bregaba a conseguir plata o lo que fuera.
Si me daban ropa grande se la llevaba a mi mamá.
Todo lo que me pudieran dar lo recogía y se lo llevaba, pero
yo llegaba y al instante me iba. No podía durar porque sabía
que ya me iba a echar; pero entendía su situación, sabía
por qué vivía así. Además, mis hermanos
pequeños eran muy apegados a las naguas de ella; así estuvieran
aguantando hambre no salían de la casa, porque les daba miedo.
Ni siquiera salían al mercado a comprar porque se perdían.
Los más grandes estaban por fuera y las mujeres habían
conseguido marido simplemente para que las mantuviera, porque no se
sentían capaces de mantenerse solas. De los hombres, el otro
se fue a raspar amapola por allá en Santa Rosa, y yo mantenía
rodando, hasta que un día me interné a trabajar.
Fue en una fuente de soda, pero ahí no trabajaba afuera sino
adentro, ayudaba a ver los niños. Después la señora
me transformó, porque yo no tenía nada, ni senos ni nada,
y ella me colocaba brasieres de esos que tienen espuma, zapatos altísimos,
cosas así grandes; me peinaba, me maquillaba y me ponía
a atender las mesas. Ella me pagaba un porcentaje de sus ganancias,
pero tenía que aguantarme muchas cosas. Los borrachos eran muy
groseros, le decían a uno palabras y no lo respetaban. Me salí
de allí y me metí a una discoteca, pero había que
trasnochar mucho. Atendía mesas y en esas distinguí a
un señor; yo no sé ni a qué horas. A veces me pongo
a pensar: «Pero ¿a qué horas pasó todo esto
que no me di cuenta?».
Es que me han pasado unas cosas... He buscado
matarme más de una vez, pero siempre he fallado; ya no recuerdo
ni cuándo ni a qué horas. He tratado de matarme de aburrida,
de desesperada o porque creo que es la mejor solución. Y cuando
lo de mi hermano... Yo lo quería muchísimo a él,
a mi hermano el finado. Le cogí mucho cariño, porque yo
era como un poco alejada de todos. Los mantenía, los apoyaba,
pero en mi profundo no amaba de verdad a ninguno. Con mi mamá
era que yo decía: «Así me dé duro, yo estoy
al lado de ella», pero con mis hermanos casi no, porque como es
normal, los hermanos pelean mucho.
Una noche estaba en la discoteca cuando me avisaron
que habían matado a mi hermano, lo mataron diciendo que era un
sapo. Él hablaba mucho con el ejército, vivía al
lado de un batallón, por Miraflores. Él conversaba mucho
con los soldados. Llegó la guerrilla y lo mató, le mandó
unos cuantos tiros, le rellenó el cuerpo de bala. A mí
me dio mucha rabia; realmente yo siempre he tenido ese coraje, siempre
he querido como la venganza, porque me han causado mucho daño;
pero ahora ya no pienso así. Entonces yo me desesperé,
porque él era el hermano con el que había tenido más
vínculo y lo quería mucho, y eso fue muy duro, porque
también mataron a mi tío en esos días.
Lo
mató la guerrilla diciendo que era paramilitar; él era
el que manejaba la plata de Telecom, el que hizo la gestión para
montar el Telecom en Puerto Guzmán. Yo lo sentí mucho
porque mi tío era como mi papá. A mi papá nunca
le tuve ese cariño que le tuve a mi tío, que era hermano
de mi papá. Ellos son dos hermanos casados con dos hermanas,
un vínculo así muy bueno. Entonces me mantuve en la disco
pensando: «¿Qué voy a hacer para vengarme?».
Ya tenía muchas cosas acumuladas, intentos de violación,
maltrato de mi papá, rabia contra mi hermano.
Le estaba contando. En la disco distinguí
a un señor viejo, ya como de cuarenta años, que iba a
tomarse sus tragos. Yo nunca me había conseguido un novio, de
decir: «Huy, qué lindo», no. Nosotros nos hicimos
como novios y dije: «Vamos a ver si funciona». Yo tuve un
novio durante un año, cuando tenía ocho años, un
día nos peleamos por una bobada, porque nunca nos maltratábamos,
simplemente porque le dije:
«Estúpido», terminamos. Yo decía que prefería
quedarme sola que conseguir novio, porque los hombres lo hacen sufrir
mucho a uno, y yo no pensé nunca más conseguir un hombre.
Y me conseguí a ese señor; pero él se desapareció,
nunca más volví a verlo, quedé sola otra vez. Yo
no era tanto porque me gustara sino por descubrir, por saber qué
siente uno compartiendo la vida con otra persona; era como por eso.
Y éste se perdió. Por esos días un primo y otros
amigos me invitaron a una presentación de Las Diosas del Vallenato.
Yo fui, y ellos me dieron alguna bebida, me llevaron a una residencia
y abusaron de mí. Terminaron mis sueños de casarme niña,
de blanco. Dañaron mis ilusiones, me quitaron el tesoro más
grande porque era como decir: «Es la mujer intocable», que
no había sido tocada por nadie. Ya después de sentir todo
eso fue horrible. Llegué a la disco y no pude trabajar, me puse
enfermísima. Luego me dio rabia, entonces le dije a otro primo:
«¿Sabe qué? Yo ando buscando a los guerrilleros»,
y entonces él me respondió: «Yo distingo a uno».
Le dije: «Preséntemelo», y me lo presentó.
Estaba cansada de todo y dije: «Aquí
no aguanto más, me voy». El guerrillero me habló
y me dijo que allá era bueno, que a las mujeres les iba bien,
que eran las niñas consentidas. Me convenció y, como yo
iba también en busca de venganza, me fui. Llegué a un
frente y no me quisieron aceptar, dijeron que era muy pequeña,
que era una niña, que no era capaz. Yo estaba entre trece
y catorce años. Insistí pero me dijeron no, no y no. Entonces
le dije a uno: «¿Sabe qué?, deme dirección
de otros guerrilleros»; yo sabía que estaban divididos
en columnas, porque mis hermanos me habían contado. Yo sabía
la vida de ellos, en qué partes operaban unos y en qué
partes operaban otros. Entonces le dije: «A los del Caquetá
¿en dónde los puedo encontrar?», Él me contestó
que en Curillo. Llegué a ese pueblo y vi a unas personas vestidas
de camuflado. Pensé: «Huy, el ejército». Cuando
uno va con un pensamiento en la cabeza, como que a uno le da miedo,
pero no, eran los guerrilleros. Me encontré con uno que precisamente
había ingresado a mi hermana, pero al instante no lo distinguí.
Me puse a hablar con él y de pronto me dijo: «Ah, usted
es la hermana de Ana». Yo le respondí que sí. Dijo:
«Esa vieja se voló, esa vieja no aguantó, pero ¿usted
quiere ingresar?». Yo le contesté que sí y me llevaron
al campamento. Cuando llega una mujer allá es como si llegara
carne fresca, esos hombres, hummm, cansan mucho. Uno y otro dicen: «Venga
para acá, venga para acá», uff. Al otro día
me sacaron la hoja de vida, porque allá le sacan eso también;
ellos investigan quién es uno, cómo se llama, dónde
vivía, qué hacía, por qué va, qué
quiere. Allá se dan cuenta cuando uno es mandado y lo matan.
Me sacaron la hoja de vida, me cambiaron de nombre y... es difícil
cuando le cambian a uno el nombre: lo llaman y uno no distingue; ni
sabe a quién están llamando. Me dijeron: «Hey, usted,
Sofía, preséntese donde el comandante Tomás».
Me fui para donde el comandante —ni sabía pararme firme
ni nada— y le dije: «Sí, ¿me llamó?».
Él apenas alzó la cara y... ¡era el mismo señor
viejo ese, el que me había cuadrado!
Fue un susto y una alegría. Me pegó
un regaño: «¿Usted qué hace acá?»,
me dijo. «Yo nada, yo ingresé anoche —le respondí—;
y ¿usted por qué está acá? ¿Por qué
se vino sin despedirse?». Me contó que estaba ahí
desde hacía quince días, que había tenido que irse
de afán y dijo: «Listo, ya metió las patas, ya se
montó en el bus que no debía montarse, ahora aguante,
mija, resígnese a las normas y a lo que venga encima, porque
si usted no obedece, a usted la matan». Él fue claro conmigo,
me dijo así, y yo le dije: «Ah, bueno, usted que ya lleva
unos diitas más, usted me indica a mí, me enseña
lo que ha aprendido». Él dijo que sí, que me iba
a enseñar. Cuando pensé: «Pero, ¿comandante?»,
yo sabía que los comandantes no subían de días:
«¿Comandante?». Me fui para donde otro y le pregunté:
«Hola, y ese señor ¿qué? ¿Desde hace
cuánto tiempo está acá?». Dijo: «¿Tomás?
No, mija, ese ingresó desde niño, ese lleva muchos años
de estar acá, por eso es comandante». Yo dije: «Uff,
¿dónde estoy subida?». A los muchachos les daba
rabia, me miraban con ese señor y me decían: «Ranguera,
subiste como palma y vas a caer como coco». Me decían ranguera,
de subir el rango, como decir ser una gamina y cuadrarse con un presidente.
Como ya éramos novios de afuera y él estaba solo, porque
en esos días había terminado con la mujer, una socia,
nosotros seguimos así de noviecitos. Aunque allá no hay
novios, allá de una vez los hombres lo cogen a uno de amante,
no esperan nada. Pero yo estaba todavía con psicosis, y le comenté
que no quería estar con él por lo que me había
pasado, que fuéramos simplemente novios, y él se me burlaba:
«Qué novios, si acá no hay novios». Estuvimos
así casi un mes. Fue mucho tiempo, todos los días la gente
se nos burlaba. Él me respetó, pero los demás me
decían: «Si usted no está con él, la va a
dejar».
Además, yo miraba que a su lado tenía muchos respaldos:
tenía respeto, plata, nada me hacía falta, tenía
seguridad, entonces yo me entregué a él, pero al poco
tiempo el superior, el comandante máximo, nos separó,
porque cuando llega una mujer siempre la catean para ver si es flojita;
hay mujeres que se riegan por todo el campamento, y otras veces las
cogen así abusadas. A mí me humillaban y muchas veces
me cogían sola y me decían cosas como: «Usted tiene
que ser mía», y yo que no. A Tomás lo mandaron para
el pueblo y yo quedé sola un mes. De noche era horrible.
Dormía con la riata, con botas y con
todo y llegaban a tocarme, hasta que un día, llorando, fui donde
el comandante y le dije que yo no iba a aguantar más. Él
me dio la orden de que al que llegara a cansar, que le zampara un tiro,
fuera quien fuera. Me fui contenta por todo el campamento, pero yo era
para no hacerlo, y dije: «Esta noche el que me vaya a tocar se
muere. Esta noche tengo la orden; al que me toque le doy un tiro».
Fue santo remedio, nunca más me volvieron a tocar. Tomás
regresó al campamento y pidió permiso para sacarme con
él al pueblo. No duré más tiempo en el campamento,
salí rápido de allá.
Durante ese tiempo me explicaban sobre la guardia,
lo que hacían allá; eran días completos sentados
en unos palos largos, en el aula que dicen ellos, escuchando parlamentos.
Ellos le meten mucha política a uno. Mantienen metiéndole
psicosis; que si el ejército lo coge, lo viola, lo mata, lo hace
pedazos. Y dicen: «El que ingresa acá y se vuela,
pailas». Yo quería saber quién había matado
a mi hermano. Empecé a hablar como mal de él, yo decía:
«¡Huy, no!, yo tenía un hermano que era horrible,
era sapo del ejército, mantenía con ellos», y esto
y lo otro. Hasta que una vez un chino se me arrimó y me dijo:
«Hola, ¿de quién es que vos hablás?».
Le dije: «De un negrito que mataron qué días por
allá, al otro lado del río, cuando se estaba bañando».
Él dijo: «Ah, vos estás hablando de un tal Rodrigo.
A ese perro lo maté yo. Él iba contento en pantaloneta
con un tal Gustavo, iban comiendo mango y dizque a bañarse —perfectamente
igual a como me contó otro hermano—, y lo cogimos y le
disparamos; salió corriendo y le dimos un tiro en la pierna para
que se cayera, luego lo cogimos, lo hicimos cantar y le hicimos tragar
un tiro». Esas palabras me rompían el alma, pero yo hacía
fuerza; tenía mi pistola y me daban ganas de matarlo de una vez,
pero no, porque también me mataban a mí. Días después,
como allá a veces toca dormir de a dos, me tocó con él,
y yo de noche pensaba matarlo. Dormíamos juntos, comíamos
juntos. Desde ahí he tenido resistencia con el enemigo, porque
aprendí a tener valor para compartir, incluso él me daba
comida con la mano y yo comía, pero mascaba con rabia. Hasta
que un día nos separamos de columna. Yo le dije a él,
otro día que nos encontramos: «A usted ¿quién
le dio la orden de matarlo?». Me dijo: «Ah, pues Tomás».
Y yo: «¡Ay, Dios mío, compartiendo mi vida con estos
dos tipos!».
Ya sabía quiénes habían
hecho lo de mi hermano, ahora faltaba saber quién había
matado a mi tío. Me di cuenta de que eran los mismos, porque
era como una comisión de los que van a matar a las personas.
Fue horrible. A Tomás muchas veces lo intenté sacar de
allá, para cobrarme las que me hizo, pero él andaba con
diez al rabo de él, con diez guardias; a él no lo dejaban
para nada, y entonces yo le decía: «Vamos para Villa Garzón»,
lo invitaba, porque él casi no era conocido allá. Él
podía salir a la ciudad y salía conmigo hasta cerca de
Villa Garzón, pero se regresaba. Un día estuvimos casi
en la pata del pueblo, pero él la sentía, la olía
tal vez y se regresaba. Entonces me di por vencida. «No puedo
hacerle daño a este cucho porque en ninguna parte estamos solos»,
pensé. Lo bueno fue que el chino que le disparó
a mi hermano murió al poco tiempo. Lo mataron porque un día,
por ahí dándose las de muy vivo, se puso a escribir una
carta, una carta de bobadas, no sé qué diría en
la carta, pero el caso fue que lo amarraron —además era
un matón de los de primera y a los matones de primera siempre
los matan; un matón que se ha enseñado a matar muere en
su ley—, y también lo mataron. Mi corazón sonreía
porque yo decía: «Ah, también tuvo la de él»,
pero en mi profundo dije: «Pero por qué, si él sigue
órdenes; acá uno sigue órdenes». Me puse
a pensar, pero finalmente dije: «Al fin y al cabo ya están
muertos los dos, mi hermano y él».
Yo seguí viviendo con el cucho, mantenía
al lado de él, humillada porque a veces me pegaba, pero también
tenía plata y todo. Tenía plata en los bolsillos y a veces
bultos de plata que tenía que estar cuidando. Era zona de coca.
Nosotros íbamos a visitar las fincas, éramos financieros.
Estábamos encargados de conseguir la plata, las remesas de ropa
y armas. Entonces llegábamos a las fincas, mirábamos las
hectáreas que tenían, analizábamos cuántos
kilos tenían que salir y les dábamos la orden de que nosotros
vendríamos por la coca, que no se la vendieran a nadie más
y que si se la vendían a otro tenían que pagar un impuesto,
por eso conseguíamos tanta plata. Nosotros amontonábamos
la mercancía por piezas, luego la vendíamos en grandes
cantidades y nos quedaba mucha plata. Pero él me maltrataba,
me insultaba, no me dejaba nunca sola, que porque él me quería
y le daba miedo que me fuera con otra persona. Una niña con un
viejo, eso era imposible; todo el mundo se nos reía.
Un día me cansé de los maltratos.
¿Qué ganaba viviendo con todo si no tenía mi felicidad?
Decidí irme. Además, una chica lo seducía mucho,
una campesina; entonces dije: «Ah, yo me voy para el campamento»,
y me fui. Otro comandante superior quiso que yo fuera la mujer de él,
o sea como decir: «Ya no está con él, agarre
conmigo». Una noche quería obligarme a que estuviera con
él y yo no, no y no. Y ese señor me cogió una rabia,
que me hacía comer de la buena, me mandaba a trabajar duro y
no me daba las cosas que necesitaba. Y ya no estaba Tomás, porque
él se quedó en el pueblo y yo me fui para el monte. Andábamos
de noche, aguantábamos hambre, nos tocaba cargar pesadísimo,
estar toda la noche caminando. De día quietos, y caminar de noche
por charcos y en zonas que me daban miedo. Además estaba en embarazo,
y allá una mujer no puede tener bebé. Entonces dije: «Tengo
que volarme porque a mi bebé no lo dejo; me voy con mi bebé».
Me volé cuando tenía como cuatro meses y ya todos se daban
sospecha, porque yo era muy flaquita y el estómago se me estaba
notando. Utilizaba cosas anchas para que no me miraran, pero se notaba
cuando me iba a bañar, porque uno tiene que bañarse en
ropa interior, y no importa dónde esté, ni con quién
esté.
Me volé con un campesino que era amigo.
Él conocía todos esos terrenos y yo no. Era lejos y me
tocó pasar por el monte, cerca de Curillo, hasta Puerto Guzmán,
pura montaña, corriendo y corriendo. Por allá amanecí
y la guerrilla me estaba buscando: yo estaba en un charco de agua picha
y ellos alrededor caminando, buscándome, y decían: «Esa
hijuepúchica no está por aquí», me insultaban,
y yo: «Que no me encuentren, que no me encuentren», y no.
Estuvieron cerca de mí; luego me metí en una finca, donde
el señor que me estaba sacando, y llegó la guerrilla,
a recatiar la casa, y el comandante —uno que me quería
mucho— sabía que yo estaba ahí, sabía que
yo no podía hacerme una aguja, pero no dio la orden para que
requisaran; él dijo: «Muchachos, ya, vámonos».
Me salvó. Al otro día muy temprano cogí montaña,
peligrando que los encontrara de camino. Me dieron la dirección
y me dijeron: «Vaya por esta montaña, camine hasta donde
llegue a alguna casa, que por esa zona, como van en contra de la guerrilla,
la van a ayudar». Yo dije: «Claro», y llegué
allá, muerta del hambre.
Caminé todo ese día y al otro
día por la tarde fui llegando, pero porque iba corriendo; uno
asustado corre y corre y sube y baja, y mojada por allá me caí.
Iba por una palizada, iba sola, tenía hambre y por estar subiéndome
rápido me resbalé de la palizada y caí a las piedras
de abajo y me golpié. Ahí me di el golpe que me hizo venir
el aborto después. Con ese dolor me quedé al rato dormida.
Me desperté y lloré hasta que vi que venían bajando
unos píldoros —de esos plátanos maduros—entre
el agua, y yo: «Huy, qué rico». Me lancé a
cogerlos, comí maduros y luego troté hasta llegar a una
finca donde me ayudaron. Luego seguí, incluso pasé por
el lado de un campamento y más adelante ya estaban haciendo retén.
Por haber sido mujer de un comandante a uno lo siguen mucho, porque
uno tiene mucha información. Entonces llegué a otra casa
que me habían dicho, me ayudaron y me disfracé de campesina.
Cogí un bolso con plátanos y pasé por frente de
los guerrilleros; ellos estaban haciendo retén en el río
y yo pasé por el ladito; unos indiecitos que me conocían
me ayudaron, y yo les dije: «No me vayan a sapiar, estén
callados». Uno me respondió: «Tranquila, yo incluso
la acompaño».
El indiecito se fue conmigo, y yo caminaba como una viejita. Los otros
apenas gritaban: «Hey, por el otro lado van dos personas, no las
dejen pasar». Y él me decía: «Tranquila, camine
hasta el bordo y del bordo corremos hasta el otro lado». Los
guerrilleros querían pasarse en motor para donde estábamos
y nosotros corra y corra. Llegamos a una finca cerca de donde mi abuelita;
pasé por esa finca para ir a Guzmán y me quedé
al lado del río, donde vivía mi tío, y al otro
día me fui en un expreso para Mocoa. Allá estuve enferma
donde mi mamá: tuve el aborto. Nadie sabía dónde
había estado, así que les conté una historia diferente:
que yo me había juntado con un campesino y que había estado
cuidando marranos, pollos y unos hijastros; que estaba manteniendo unos
niñitos. Me inventé una historia porque mi hermano, uno
de los mayores, era paraco, paramilitar, y me cogió como a secuestrarme,
me tuvo en la casa de él y no me dejaba salir. Me insultaba y
me decía: «Boba, decime si sos guerrillera para irte a
entregar, que por vos me dan unos millones; vení, desgraciada,
decí». Hasta que un día estuve enferma, él
pagó mi medicina y se comieron mi cuento, porque había
llegado en embarazo, estaba marcada por los golpes de la huida y yo
les conté que el campesino me pegaba... Mi mamá lloraba
mucho y me pedía perdón, me decía que nunca más
me fuera de la casa, pero ya fue difícil perdonarla, porque lo
que yo había sufrido era mucho.
Yo ya tenía como unos quince años...
Sí, eso fue dos diciembres atrás. Mi mamá madrugaba
a darme sus calditos de dieta, porque en mi casa cuidan mucho a las
mujeres en embarazo o en dieta. Hasta que un día que salí
de la casa, tranquila, me encontré en el parque a un compañero
andando de civil; yo me puse contenta. Pero ellos me ubicaron y luego,
cuando yo estaba en la casa de mi mamá, fueron, me montaron en
un carro y me sacaron del pueblo. Al otro día me pasaron al otro
lado del río y me amarraron con un lazo grueso, de esos de tener
los caballos, y me sentí muy mal. Tenían
que llevarme al campamento así, esa es la norma; que cuando uno
se vuela y lo capturan, siempre tienen que amarrarlo, esté donde
esté, y sea quien sea, así sea un comandante. Entonces
ya nos fuimos para Calenturas, parte de Caquetá, y me llevaron
al campamento. Yo era una persona que me había dado a querer
mucho de esos señores, de todos los contingentes, de todos esos
comandantes y chinos, así que llegué y me soltaron, confiaron
en mí y me dejaron todo ese día y toda la noche suelta,
como para que saludara a la gente. Al otro día me mandaron a
bañar, como a las diez de la mañana, y luego a almorzar.
Pero ya sabía que me iban a volver a amarrar.
Cuando me dijeron: «Alce las manos»,
yo las alcé sin necesidad de nada más, porque a los otros
los hacen tenderse en el piso y los golpean para amarrarlos. Luego me
llevaron para el juicio, al consejo de guerra, y simplemente yo cogí
y me solté el cabello al frente de hartos; había hartísimos,
alcé la cara, y ríame y ríame, y mis lágrimas
salían. Lo único que esperaba escuchar era que me fusilaban.
Estaba cansada de ambular y de todo, pero ninguno pidió fusilamiento,
todos que fuera sancionada. Salí sancionada, y luego tuvimos
que esperar la respuesta del secretariado de las FARC, porque de los
juicios tienen que mandar reporte al secretariado. Ellos analizan, miran
si uno ha tenido errores, cómo ha sido uno, por qué llegó
allá, y ellos deciden si uno vive o muere.
Me dejaron amarrada a una cadena de cinco metros;
ese era el espacio que podía andar. Tomás volvió
al campamento,y lloraba; era un comandante y todo, pero lloraba por
mí. Me dijo: «Pero ¿por qué hizo esto?»,
y yo le conté que había estado en embarazo, que había
tenido un aborto y él lloraba y decía que él hubiera
querido que yo tuviera el bebé. Me dijo: «Ahoritica
no se sabe qué decisión tomen», y él sufría
por eso. Pero él era el que mandaba a los guardias, y como a
mí no me dejaban baño todos los días, me hacía
sacar de noche, a escondidas, para bañarme.
Yo divertía a los guardias, y a cinco
compañeros que estaban conmigo; les bailaba encima de la caleta
cuando sonaba «La Ciguapa»; les bailaba y les decía
chistes. Me reía, los hacía reír y trataba de darles
ánimo, porque ellos mantenían lloren y lloren, y les cantaba,
y se ponían contentos. Luego que los miraba contentos, me afligía,
me ponía a llorar y me tiraba al piso, me desahogaba llorando
y me ensuciaba todita y luego decía: «Pero si les doy ánimo
a ellos, ¿por qué me voy a dejar?». Entonces me
subía otra vez a la caleta y seguía riéndome. Decían:
«Esta es como bobita; se enloquece, se enmugra, baila, nos hace
reír, llora, no le paren bolas a esa loca». Trataba de
darle ánimo a los otros, porque ellos sí creían
que los iban a fusilar. Eso fue como un mes completico, de fecha a fecha,
cuando llegó el comandante, otro que no era Tomás, y me
dijo: «Quítese ese lazo», y yo: «¿Cuál
lazo?». «Quítese esa bicha, ese candado, arránquese
eso». Y yo: «Pero ¿cómo voy a partir una cadena
si yo no tengo fuerza?», pero él era chistiando, y yo le
dije: «Mejor váyase de acá, no lo queremos ver,
les estamos cogiendo rabia a todos ustedes porque nos están haciendo
sufrir» Y él dijo: «No, de verdad, quedan liberados».
A mí me mandaron a trabajar a la cordillera,
a pagar sanción, y Tomás se quedó. Él se
consiguió otra mujer, una civil, mientras yo permanecía
sola, porque guardaba la esperanza de volver con él, a pesar
de todo, pues él era mi respaldo. En la cordillera fue durísimo
trabajar, porque estaban abriendo un camino. Era en un páramo
feísimo y tocaba escalar. Lo llaman La Nevera. Estuve más
de un mes trabajando duro, como un hombre; salía con las manos
ampolladas, los pies ampollados, los cachetes todos rojos del frío
y estaba amarilla, porque allá el sol no calienta.
Cuando bajé estaban hartos frentes reunidos
Se estaban juntando porque iban a emboscar una estación de policía
que era difícil de tomar, por allá en el Caquetá,
en El Paujil. Entonces me sacaron en comisión. Yo sabía
disparar, pero que se diga defenderme en un combate, no. Había
hecho cursos pero de política, y uno de tiro, pero así
saber defenderme, no, y además yo era una niña consentida.
Ya cuando íbamos por Los Jazmines del Caquetá, una mañana
nos mandaron a una exploración, a hacer un retén en un
lado distinto del de la emboscada, para ver cómo estaba todo.
Nosotros no pusimos cuidado de nada. Éramos grupitos de a veinte
y los de veinte se dividían en de a cuatro o de a cinco, y nos
fuimos metiendo por todo ese monte hasta que llegamos a una escuela.
Allá nos pusimos a recochar y le pagamos a una señora
para que nos diera comida. Era como estar liberados, de vacaciones.
En esitas pasó un policía. Hicieron
el retén, cogieron un policía pero iban dos, y el otro
se fue y a nosotros nos llamaron por la radio pero, por estar jugando,
no recibimos el informe. Cuando al otro día fue que miramos los
camionados de guerrilla a toda, y corra a coger las cosas y a escondernos.
¡Nos metieron una regañada! Dijeron que el ejército
venía en pela, y nosotros corra, porque el camión iba
lleno. Esa noche nos quedamos en una finca, pues ya íbamos todos
cansados. Nos fuimos a dormir pero mandaron una exploración,
porque los perros estaban latan y latan, y cuando eso pasa es porque
hay gente o animales cerca. Mandaron a explorar pero el explorador salió
a tomarse una gaseosa y nosotros confiados de que él había
ido. Yo presté el turno de guardia de dos a cuatro de la mañana.
Fui y entregué la guardia, pero uno siempre con miedo porque
escuchaba ruidos, yo sentía que ya nos iban a matar, sentía
la muerte encima. Entregué sin novedades y el otro se quedó
dormido en la guardia; no escuchó nada ni pasó ninguna
información. Estábamos esperando el desayuno para salir,
pero yo estaba enferma: tenía como ocho nuches por entre las
piernas, nacidos y fiebre. La enfermera me estaba revisando cuando escuchamos
fue que pa, pa, pa. Me paré y corra a la puerta. Miré
que venían los chulos —nosotros les decimos chulos a los
soldados—. Estábamos en plena loma y cuando miramos fue
que iban subiendo como gusanos. Salí para la otra puerta y también
venían. Estábamos emboscados. No había nada que
hacer. El otro guardia estaba ahí, con la cabeza destapada a
tiros.
Lloviznaba y estaban todos los muchachos alrededor
de un palo esperando el desayuno para partir. Entonces miré que
mis compañeros iban cayendo como quebrados por pedazos; me dio
desesperación. Adentro estábamos el ranchero, haciendo
el desayuno, la enfermera, la familia y mi persona.
De pronto el ranchero cogió el fusil, salió disparando
y les quebró las piernas como a tres soldados, y los soldados
con más rabia mandaban granadas a la casa, que ya estaba destrozada,
y nosotros con tres niñitos y la mamá; ellos se metieron
debajo de la cama, y nosotros sin saber qué hacer. Cogí
el arma para disparar, pero luego pensé que no había mucho
qué hacer y que si lo hacía me podía ir peor. Boté
el arma, boté el chaleco, corrí y les grité que
no dispararan porque había niños adentro, pero no me escucharon
y siguieron mandando balas. El ranchero salió a disparar otra
vez, echó una ráfaga y lo mataron. Ya sólo quedábamos
nosotras. La casa estaba destruida, las paredes, todo. Echaban bombas,
granadas. Quedamos en un rinconcito y los tiros caían por encima,
fue como un infierno, fue como decir: «Si quedo viva, quedo loca;
si quedo viva, no recuerdo nada; si quedo viva, quedo inválida;
yo de aquí no salgo buena». Esos eran mis pensamientos
porque las balas llovían y lo único que yo hacía
era sobarme la cabeza y pensar. Mi compañera me dijo: «¡Hey!,
venga, no haga nada; venga, venga». Nos vestimos de civil, nos
quedamos allá y llegó el ejército.
Entró un soldado y dijo: «Ya llegamos,
los vamos a ayudar». Los niños se salieron de debajo de
la cama, yo cogí a un niñito y lo cargué, la enfermera
cogió a otro niñito y la mamá al tercero; nosotras
les habíamos dicho: «Digan que somos familiares suyos».
Cuando de repente ese soldado empezó fue a echarme el carretazo:
«¡Huy, mamacita!», me dijo, y que dizque dónde
estudiaba. Yo le dije que por ahí, y mi compañera dijo
que yo estudiaba en Florencia. O sea, ella decía una cosa y yo
decía otra. Ella dijo que yo era su hermana y yo que era prima.
Y yo ríame como de nervios, y la otra estaba reasustadísima.
Cuando el soldado me dijo: «Venga, nos vamos para Florencia»,
Él me dio la mano y yo no le extendí la mía, porque
estaba enllagada; entre carne viva y sangre tenía mis manos de
trabajar; mis pies estaban enllagados de las botas mojadas, mi piel
de la cara estaba quemada. Así de lejos se conoce a un guerrillero.
Él me dijo otra vez que lo acompañara a Florencia, y yo
que no. Al fin le dije: «Soy una guerrillera». Entonces
entró un cabo primero y me cacheteó, me pegó, me
tiró al piso, me pateó y dijo: «Llévense
a esta perra de acá, llévensela que la mato», y
yo ríame en el piso, de los nervios. Luego me sacaron para un
batallón y ahí ya me calmé un poco, porque un oficial
fue a hablar conmigo.
Luego me trasladaron para la corre, para la
correccional de menores de Florencia, y de ahí para la casa del
menor. Después me mandaron para Bogotá y entré
a este programa. Allí empecé a querer nuevamente mi vida.
He estado en casas en otras ciudades y le cogí aprecio a muchas
cosas; perdoné a varias personas. Se me arregló mi vida.
Tuve muchas cosas claras. Aprendí a valorar la vida, a querer
estudiar, a perdonar y lo hice con mi mamá y con otras personas.
Funcionó porque antes yo la recordaba y la quería encontrar
y cobrarme todas y ahoritica no. Sí quisiera saber de ella, pero
no quiero volver donde ella. Tampoco quiero que venga a visitarme. Yo
sé que la quiero, pero no quiero escuchar su voz, porque me haría
ir y todo comenzaría mal de nuevo. Me niego a muchas cosas, no
escucho su voz ni le escribo.
Aquí he aprendido a tener muchas cosas positivas;
perdí el miedo. Recién llegué me daba miedo hablar
con los educadores, sentía que ellos me iban a hacer daño,
pero ya aprendí a valorar todo.
Ahora pienso seguir estudiando y tengo un proyecto que estamos trabajando,
que es montar una miscelánea para sostenerme y terminar mis estudios.
Pienso terminar mis estudios y capacitarme en sistemas, estudiar luego
en la universidad, ser enfermera, o sea ascender, no pienso quedarme
en una sola cosa.