Por Diego García Moreno
Imágenes de Sergio García Moreno

En este texto, escrito para el foro Colombia, paz y
democracia, organizado por el Center for Latino Research de
Paul University (Chicago), en abril pasado, el realizador
Diego García, uno de los más importantes documentalistas
colombianos, habla sobre su país y su obra.

 


SECUENCIA NÚMERO 1
COLOMBIA CON Y SIN SENTIDO
EXTERIOR DÍA Y NOCHE

Gran parte del trabajo cinematográfico documental que he realizado está incluido en una trilogía que se define por la palabra Colombia: Colombia elemental. Colombia horizontal. Colombia con-sentido.
    Y espero realizar, en un día no muy lejano, Colombia vertical.
    Todo este cuento nació un día en que, hastiado de sentirme representado por imágenes de una Colombia reducida a la guerra y el narcotráfico, me hice muchas preguntas del estilo ¿Quién soy? ¿Qué es lo que más me gusta? ¿Cuáles son mis pasiones? ¿Qué detesto? ¿Qué admiro? ¿Qué tenemos de común aquellos que aceptamos llamarnos colombianos y cuáles son nuestras diferencias? Como cineasta, trabajador de la imagen en movimiento y el sonido, quería encontrar temas que modificaran -entiéndase ampliaran- la lectura de lo que somos. No se trataba de negar toda esa sobredosis de imágenes y titulares de destrozos, bombas, muertos que recorrían el mundo y se convertían en parte integral de nuestra cotidianidad, al igual que hoy. No. Era algo diferente. Sentía que había que regresar a imágenes inspiradas en preguntas esenciales que a lo mejor podrían ayudar a descifrar, a entender la historia que ha permitido llegar a estos abominables conflictos que vivimos.
    En resumen, quise irrumpir en esa curiosa denominación, "identidad de un país", para tratar de desentrañarla, de comprenderla... de comprendernos, de comprenderme. Había que agrandar el campo de visión sobre Colombia para poder salir del infame cliché al que habíamos llegado. Y no era generar una "buena imagen" como la oficialidad pretende, sino llegar a una "justa imagen", aquella que no esconde los contrastes de la realidad sino que valora y al tiempo desenmascara lo bello y lo infame de nuestra condición humana.
    Fue entonces cuando en un acto de amor irónico confesé que lo que más me gustaba era La arepa y partí hacia Medellín en un período de desgarradora violencia -a principios de los años noventa-, a realizar un documental sobre el único elemento del que se podía estar seguro de que nadie dudaría de su importancia en la esencia del pueblo paisa. Ahí nació Colombia elemental. Tenía enfrente la primera metáfora que me daba la licencia de entrar en la vida cotidiana de mis coterráneos y a través de ella entender, o al menos intuir, su religiosidad, su orgullo, sus pasiones, sus convicciones radicales, su extremismo, su encerramiento.
    El trabajo se complementó con otro documental llamado El trompo, un juguete fascinante que es común a todas las culturas y que en el país se practica en todas las regiones. Se trataba de utilizar como elemento narrativo un objeto que encerraba las leyes físicas del movimiento universal y que en su forma más generalizada de jugarlo, lanzándolo con una piola, un amigo artista de Palmira había encontrado una propuesta de paz: "... envolver con un hilo este trozo de madera pesado provisto de un clavo y lanzarlo con toda la fuerza del cuerpo, pero no contra nadie, no como un arma cortopunzante, sino hacerlo bailar en el aire, recibirlo en la pita y formar fascinantes figuras con él". Utilizar toda la violencia que la naturaleza y el cuerpo pueden generar para volverla arte, para hacerla danzar en el espacio sobre un hilo. La lúdica como un arma para lograr la paz hacía parte de la propuesta popular y nos ilustraba la capacidad de dicha y creatividad de nuestra gente.
    Para redondear la serie de Colombia elemental vino luego La corbata. Quería hacerle una película a Bogotá, la capital, la ciudad que en ese entonces se asociaba básicamente con el poder, la corrupción y la burocracia. Construí entonces un agridulce homenaje utilizando otra metáfora: esa curiosa prenda de vestir que simboliza en apariencia simplemente la elegancia, pero que esconde y arrastra un enorme halo de hipocresía y los principios de un comportamiento social adecuado a una digna sociedad clasista. A través de una buena clase en un aula primaria de la ciudad, un ingenuo pero bien intencionado profesor nos enseña por qué debemos utilizar la corbata si queremos triunfar en la vida.
    Posteriormente apareció Colombia horizontal. Un recorrido panorámico por todo el país, haciendo énfasis en su diversidad. Las diferencias esenciales se delatan en el lecho. En la manera de construir y vivir el objeto en el que soñamos y amamos, convalecemos, reposamos y morimos. Intenté acostar a todos los profesionales y constructores de lechos que pude para conversar con ese tono profundo y misterioso que nos regala la posición horizontal. Todos en el suelo o todos en la cama. El mundo precolombino, representado por La hamaca y La estera, se codea con La cama colonizadora traída por Occidente y con la dura Acera, donde los conflictos actuales, el desplazamiento, la pérdida del lecho y del valor del propio cuerpo obligan a buscar el reposo en un territorio de nadie. Y todo rodeado por la sombra de la muerte. Las sagradas tumbas de los indígenas se convierten en una esperanza y un ejemplo de vida ante la terrible banalización a la que se ha llegado con la comercialización de El ataúd como resultado de la creciente sobredosis de muerte.

Tuve el honor de estar presente, durante los años 1997 y 1998, en los encuentros nacionales de cultura de la Expedición Crea, a los que asistieron artistas representantes de la mayor parte de las comunidades de las zonas norte -Atlántico-, occidente -Pacífico-, oriente -Orinoco-, sur -Amazonas- y centro -andina. Este evento se organizó a través del Ministerio de Cultura y contó con un masivo apoyo civil y popular, algo nunca visto en Colombia. Realicé por encargo un documental sobre cada uno de esos encuentros y luego me propuse armar, a partir de esa enorme e inimaginable multiplicidad de imágenes, sin respetar lugar ni origen, un solo cuerpo, una visión de autor sobre el conjunto de artistas que aceptaron mostrar su sabiduría en el escenario, como parte de un solo país. Me puse en la tarea de analizar la gestual de todas esas comunidades, ya fuesen indígenas, blancos o negros, citadinos o campesinos, y empatarla como si fueran una sola entidad llamada Colombia. Utilicé como guía los sentidos que Occidente nos enseñó como verdad única, pero le agregué otros que forman parte de otra sabiduría emparentada con lo ancestral. Entonces aparecieron el Tacto, la Vista, el sentido del Color, el Oído, el sentido del Ritmo independiente del anterior, el Gusto, y por supuesto el sentido del Tiempo, el sentido del Espacio, y la Conciencia. Decidí convertir todo eso en un cuerpo, fabricar un sancocho a la manera propia de nuestra cocina, aspirar su aroma y presentarla como alimento visual para ver qué efecto producía al ser digerida.

    
La gran riqueza de Colombia consiste en que es un país de muchas realidades, un país de muchas culturas. En Colombia con-sentido se hace evidente. Y la gran tragedia de Colombia es el desconocimiento de esa diversidad. Un desconocimiento que ha generado intolerancia, irrespeto. Su propia ignorancia ha abonado el terreno del conflicto. Se filma para descubrir, para pensar, para gozar y sufrir, para dejar constancia, memoria. En
algunos casos se filma para ensalzar los grandes acontecimientos y, en otros, para darles importancia a las cosas que parecen banales. Mi trabajo ha consistido en darles importancia a gentes y temas para los que las imágenes parece que también hubieran sido negadas. Para que los cantos que no se escuchan puedan ser oídos. Para que las cosas pequeñas de la vida sean tenidas en cuenta.
    Hoy estamos lejos de Colombia y hablando de ella. La distancia provoca reflexiones. A distancia observo las imágenes que he grabado de mi país. Por fortuna, no se parecen a un noticiero. A distancia reflexiono sobre el país que arrastro en casetes, sobre el sinnúmero de personas que durante veinte años de trabajo he grabado. Desde los bailarines de tango en el barrio Manrique, en Medellín, hasta el bailarín de flamenco paisa que zapatea en la sacristía de Notre Dame, en París. Y me emociono y siento nostalgia y tristeza. Todos ellos son parte de un país en guerra. Los personajes de los casetes a lo mejor son ya puramente imágenes, recuerdos. A lo mejor cayeron en un ataque de los unos o de los otros. A lo mejor tuvieron que dejar su tierra y abandonar sus vestidos, sus brazaletes, sus instrumentos musicales al lado de sus ollas y tenedores. Esa guerra duele también porque, aparte de traer muerte, para muchos ni sus muertes se podrán acompañar con sus cantos y rituales fúnebres. Ellos también habrán desaparecido. Y la tragedia no es colombiana sino universal.
    Ojalá que esta pequeña recopilación de imágenes sirva de algo en la valoración de esa diversidad que conjuga la palabra y ayude, unida al gran esfuerzo de muchos otros, a terminar con ese calamitoso desangre que nos ha acompañado desde que nacimos.

 

SECUENCIA NÚMERO 2
ANÉCDOTAS DE RODAJE
EXTERIOR ATARDECER
A finales de los años noventa, grabando mi película Colombia horizontal, fui a Tuchín, situado en el resguardo de San Andrés de Sotavento (Córdoba). Un artesano, con lágrimas en los ojos, me contó que en la región ya nadie hablaba su lengua zenú. Se quitó el sombrero "vueltiao" que llevaba puesto y me enseñó las inscripciones.
    «Mire estos dibujitos que nosotros hacemos con iraca. Son los únicos signos de la lengua que pudimos guardar, pues ya hace como veinte años que nadie la sabe hablar». Su lengua había desaparecido como efecto de la prohibición que los señores gamonales de las inmensas y fértiles fincas de la región del Sinú habían impuesto a sus peones durante siglos. «Aquí ya sólo se habla español».
    En la misma época fui a grabar un encuentro nacional de cultura de la ya mencionada Expedición Crea en el Caquetá. Entre los invitados se encontraba el grupo de danzas de la comunidad coreguaje, pero no se hizo presente. Decidí ir a buscar a sus miembros para que nos explicaran su decisión. Encontré clandestinamente a tres de sus líderes en un hotelucho de Florencia. Quince días antes, ocho de sus integrantes habían sido asesinados. Recientemente habían llegado grupos paramilitares a la región. La comunidad había quedado en medio de un fuego cruzado entre los llamados "actores del conflicto" y la unidad de la comunidad se había quebrado. Los convencimos de salir de su silencio y denunciar ante la comunidad internacional la nueva masacre.
    En otra oportunidad, viajé al Guainía en busca de artesanos que me mostraran el proceso de fabricación de la hamaca de la palma de moriche. Después de mucho recorrer en vano la región, me topé en un playón del río Inírida con una comunidad curripaca que venía de un encuentro evangélico en un pueblo vecino de Venezuela. "No, hombre -me dijo el capitán del grupo-; ahora todos compramos colchón. Hamacas sólo cargamos éstas, que son de fábrica". Para que lo entendiera, me puso un ejemplo: "Nosotros antes navegábamos a remo, ahora todos tenemos motor".
    

   
 

Otra anécdota para terminar con los cuentecitos. En 1987, un amigo realizador me invitó a editarle su documental, llamado Chaparral. Se trataba de una investigación donde el hilo conductor era el porqué a finales de los años cincuenta se componía tanto corrido al estilo mexicano en el Tolima. Entre los asombrosos resultados de la investigación de este cineasta antropólogo se encuentra la triste evidencia de que durante la Violencia se asesinó a un sinnúmero de artistas populares, que varias danzas y expresiones locales que no se habían grabado en formato alguno desaparecieron porque simplemente no había quién las enseñara y que la música de moda en la radio, los corridos mexicanos, se fue adaptando poco a poco a los relatos de las gestas bandoleras que ocurrían en la región. Lo triste es que este documental fue censurado por la dirección de Colcultura, al considerar que el país no estaba preparado para digerir ese tipo de información.
    

    En Colombia pocas personas saben que en su país, Colombia, perdón por repetir su nombre, en ese paraíso natural del que tanto se precian y desconocen, hay sesenta y cuatro lenguas indígenas vivas -¿no serán sesenta y cinco?- y se calcula que durante el siglo XX desaparecieron unas veinte... Todavía no sabemos si en dos años que han transcurrido del nuevo milenio, la lista de defunciones ha aumentado.

    Tal vez al contar estas anécdotas pueda intuirse el sentido del trabajo documental que desde hace veinte años he venido realizando: descubrir, narrar y pensar a Colombia. Repito que desde que nací el país está en guerra y durante años aprendimos, o nos enseñaron, a no reconocerlo. Ni al país ni a sus conflictos. Los valores culturales que se enseñaban apuntaban más a descubrir la cultura pretendidamente "universal" que a reconocer los valores de "lo nuestro". ¿No será acaso el desconocimiento que tenemos del país una de las causas para su desmoronamiento?
    ¿Y qué diríamos del desconocimiento que el mundo tiene de ese país?
    Colombia es, ante el mundo, un cliché desastroso de terror y muerte. La única imagen posible de armar proviene de los desastres que generan sus conflictos, aunque se sabe muy poco de su origen y su desarrollo. Y esa imagen actual ha hecho olvidar que es un país que, aparte de sus propios defectos, es un territorio riquísimo que ha sido saqueado por la sed de dorados desde el momento en que se tuvo conocimiento de su existencia. Bailar, morir, jugar, comer, cantar, llorar, dormir, vestir, reír, sufrir… Estos son verbos que he tratado de convertir en imágenes en el intento de descifrar qué es Colombia.

 

SECUENCIA 3
EL AMOR Y EL EXILIO
INTERIOR NOCHE
    

La película documental Colombia horizontal comienza con una foto de mi esposa preñada, desnuda, acompañada por una voz en off que dice:
    "Después de recorrer muchos países y lechos de este mundo, convencí a mi esposa de que el mejor sitio para que naciera nuestro hijo era Colombia...".

    Corría el año de 1994 y se decía que Colombia estaba peor que nunca, una frase que repetidamente escucho desde que nací. Mi esposa americana aceptó aquella fundamental invitación porque por encima de todas las informaciones que recibía a través de los medios de comunicación, creía en la fuerza vital de un país que había conocido en su juventud y sentía que mis argumentos estaban cargados de fe y convicción en el destino de mi tierra natal. Yo la invitaba a parir el fruto de nuestro amor en un país hermoso, donde la naturaleza parecía un regalo que el universo se hiciera a sí mismo y donde la diversidad de lo humano se encontraba en todo su esplendor. No era una visión simplemente idílica la que le presentaba, pues a pesar de haber vivido en el extranjero por muchos años, continuamente lo visitaba para filmar y estaba al tanto de sus conflictos y terribles condiciones sociales. Pero sentía que esos problemas eran también una razón para estar allí, para concentrar nuestros conocimientos profesionales en la tarea de ayudar a conocerlos y descifrarlos, para trabajar por su solución. Colombia era un país donde nuestro hijo tendría enfrente una poderosa dosis de magia y realidad para entender la condición humana, por dura que fuese, sin caer en el engaño del paraíso artificial que el primer mundo fabricaba a través de la desinformación y la casi imperceptible succión de la energía y riqueza del llamado tercer mundo. Era un país donde aprendería a gozar y a sufrir, enfrentado al fenomenal reto de aprender a valorar la multiplicidad de la vida que Colombia le ofrecía.


    Tomás, nuestro hijo, nació en Bogotá en mayo de 1995, pero en noviembre del año 2000 viajó con su madre a Chicago en busca de una vida lejos de la guerra que se había declarado, del terror cotidiano que mi esposa ya no podía soportar más, al tiempo que consideraba que no era la compañía apropiada para la salud mental de un niño. Mi familia se convirtió en un número más de la enorme cifra de colombianos que huyen a diario del país en busca de un territorio que les permita vivir en paz. Y desde entonces para mí la tierra se ha vuelto un extraño lodo fangoso en el que no hallo el apoyo necesario para respirar con firmeza, donde me debato día tras día entre el estar aquí o allá, a sabiendas de que cualquier decisión es una mutilación de un elemento esencial en la vida, el entierro de una ilusión, la muerte de otra pequeña sabiduría que el amor había querido alimentar.

 

Diego García Moreno. Director colombiano nacido en Medellín. Cursó estudios en la École Louis Lumière de París. Sus trabajos más representativos son los documentales Las castañuelas de Notre Dame (2001), La canoa de la vida (2000), Colombia con-sentido (2000), Colombia horizontal (1998), Colombia elemental (El trompo, La arepa y La corbata, 1992-1995). En ficción ha realizado Balada del mar no visto (1994) y Haciendo maletas (2000). Fue investigador del Institut National de l'Audiovisuel de Francia y fundador de Alados, Corporación Colombiana de Documentalistas.

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