Todos
los países de nuestro continente tienen, entre sus desgracias comunes,
el hábito de vivir la política como una actividad subterránea. Nada
decente se da en esa práctica a la luz del día; todo es nocturno y todo
se trama en el subsuelo, como la corrupción tan inherente al ejercicio
de la Cosa Pública. Para no ir más lejos, el suscrito procede de un
país donde la política es tan nefasta que incluso corrompió al narcotráfico.
Y aun así, y a pesar del descrédito de la palabra compromiso, durante
décadas se le ha exigido al escritor, al intelectual, al artista, tomar
partido.
En este sentido, y como parte del homenaje al autor
de El reino milenario, invoco de nuevo la memoria de Robert Musil. En
1935 se celebró en París el Congreso Internacional de Escritores para
la Defensa de la Cultura. En una sesión de la que también formaban parte
Julien Benda, André Gide, Edward Morgan Forster y André Malraux, Musil
escandalizó a sus colegas al leer su conferencia: "Lo que puedo decir
aquí y ahora sobre el tema -dijo- tiene un carácter apolítico. Desde
siempre me mantuve lejos de la política porque no tengo ese talento.
Nunca entendí ni entiendo la máxima de que la política es algo que a
todos nos interesa. La higiene también nos interesa a todos, pero nunca
sentí la necesidad de escribir sobre ella, porque tengo tan poco talento
para ser un teórico de la higiene como para ser geólogo o magnate financiero...".
La ira del auditorio iba en aumento y alcanzó su clímax cuando el orador
expresó en voz alta su opinión sobre una de las exigencias de la época,
aquella que le pedía al intelectual su alineamiento con una u otra causa.
Musil hizo entonces gala de una lucidez insultante: "Los partidos políticos
-dijo- existen sólo por miedo a las ideas ajenas, por eso se protegen
entre sí y cuidan las ideas que han heredado. No viven para cumplir
lo que prometen, sino para destruir las promesas de los otros". Por
puro milagro Musil se salvó de ser linchado, aunque sus ideas estaban
a tono no sólo con su posición ante las ideologías sino también con
ese espíritu de elevada ironía que preside las arduas sesiones a que
se dedican los auspiciadores de la Acción Paralela. Y algo de ese mismo
espíritu campea en los largos debates de quienes en Crónica de la intervención
preparan el Festival Mundial de la Juventud, certamen que, como en la
efemérides de la novela de Musil, se realiza paralelamente al desastre
histórico. En ambos casos, estos juegos intelectuales no sobreviven
ni a la Gran Guerra y consiguiente desaparición del Imperio Austrohúngaro
ni tampoco a la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.
Lo curioso de la intervención de Musil es que en la misma mesa se encontraba
Julien Benda, quien apenas ocho años atrás, en su célebre panfleto La
traición de los intelectuales, había escrito en tono similar: "Nuestro
siglo habrá sido propiamente el siglo de la organización intelectual
de los odios políticos. Será uno de los grandes títulos en la historia
moral de la humanidad". Y ya sabemos, tras los acontecimientos que se
precipitaron en Europa y el mundo a partir de 1936, cuál fue la suerte
de los intelectuales que en lugar de transformar mediante el arte la
terrible situación que les correspondió vivir se contaminaron de historia
y al tomar rápido partido comprometieron no sólo la ecuanimidad de sus
obras sino también la seguridad de sus vidas.
Pero volvamos a la realidad que incita a su abolición.
El clima transgresor de los años sesenta no se agota en Crónica de la
intervención. Quien dijo que el arte no es más que la exposición de
un tema y sus variaciones tiene en García Ponce su ejemplo más válido
y fecundo. Tras cada nuevo libro el tejido anecdótico se amplía y la
perversión se perfecciona, al tiempo que los hechos y el ámbito donde
suceden afinan sus coordenadas. Desde hace muchos años, tal vez desde
Imagen primera y, sobre todo, La noche, la escritura de García Ponce
pinta el lienzo nada discreto de esa moral de la transgresión y alcanza
hitos notables en novelas como De ánima e Inmaculada o los placeres
de la inocencia.
Pero si la obra de García Ponce sintoniza con el
espíritu de una época en la que sentó las bases de toda su producción
futura, también esa es la década en la que el hombre que se esconde
tras la escritura dejó una impronta entre quienes tuvieron el privilegio
de conocerlo. Basta leer el libro Personas, lugares y anexas, publicado
exactamente treinta años después de su Autobiografía, para comprobar
la generosa filiación sentimental que el autor guarda de sus contemporáneos.
En 1966, en las páginas postreras de sus primeras memorias, el escritor
recuerda a su más temprano amigo, a quien conoció en la Mérida casi
fantástica de su infancia cuando cursaba su cuarto año de primaria.
Con ese niño, el futuro escritor se dedicaba a narrar al alimón historias
imaginarias o a deformar o prolongar las novelas que leían. Esa amistad,
ungida por cierta afinidad religiosa, marcó, como dice el autor adulto,
"el principio de mi relación con los demás". A tenor de la lectura de
la obra de García Ponce, resulta imposible imaginarlo vestido de boy-scout.
Como tampoco cabe imaginar uniformados de tal guisa a Jorge Ibargüengoitia
y a Manuel Felguérez. Sólo se les puede ver como a tres perversos cadetes,
émulos de los alumnos de la Academia donde el joven Törless comenzó
a acariciar la idea de abolir la realidad. Unidos por la complicidad,
esa relación perduraría siempre, confirmando la sentencia que el autor
forja sobre la infancia en su libro Imágenes y visiones: "Los niños
nunca son inocentes más que para la mirada de sus padres y demás admiradores
de su rebuscada ingenuidad...".
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La carta
Pero ya es hora de que el autor del panegírico entre
en el relato. Jalisco no sólo no se raja sino que impone respeto y por
ello, como el personaje del corrido, para empezar a cantar pido permiso
primero. Siempre creí, querido Juan, que lo grave de los homenajes no
es recibirlos sino merecerlos. Sobre todo para alguien que, como tú, has
acumulado un grueso prontuario como transgresor. Y al hacer tu semblanza
me convierto en tu cómplice. Debería decir que me confieso tu cómplice,
pues desde hace exactamente treinta y cinco años te he visto tramitar
tus gozosas fechorías, primero desde la cálida clandestinidad de la lectura
y luego como amigo. Muchas veces he revivido una historia que hoy hago
pública. A finales de 1966 viajaste a Bogotá para participar en un Congreso
de Escritores que, según tú, se inventó Marta Traba para conseguir marido.
Marta Traba era en aquella época la joven, hermosa y encima recién divorciada
directora de Extensión Cultural de la Universidad Nacional de Colombia
y allí, entre el atento auditorio que atiborraba el Aula Magna de la Facultad
de Derecho, ese aprendiz de jurista que entonces era yo escuchó tu intervención
en una mesa redonda en la que también participaron Ángel Rama, Salvador
Garmendia y la propia Marta Traba. Eran los tiempos fastuosos del Boom
de la narrativa latinoamericana y, también, del todavía no cuestionado
proceso de la Revolución Cubana. América Latina había entrado con paso
firme en el mundo contemporáneo y todo lo que contribuyera a conformar
la imagen sociocultural de nuestro continente era bien recibido por quienes
rechazábamos la frase con que Paul Nizan daba inicio a su libro Aden Arabie,
rescatado por Jean-Paul Sartre precisamente en ese 1966. Quienes estábamos
ebrios de entusiasmo histórico creíamos que sólo un precoz resentido podía
haber escrito: "Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que
es la edad más hermosa de la vida". Creíamos todo lo contrario y teníamos
motivos para celebrar esa edad. Pero la invocación de Nizan no es aquí
gratuita. Él, mejor que nadie, simboliza la escisión del intelectual de
nuestro siglo: el hombre que llevado por el compromiso se contagia de
ideología y muere. Y el hombre que erotizado por las pasiones se convierte
en el mejor intérprete de Epicuro. Antes que Marcuse escribiera su libro,
Nizan quería agotar el principio del placer pero fue abolido por el principio
de la realidad. De forma muy bella lo dijo: "Hasta que los hombres no
sean completos y libres, soñarán durante la noche". Y tras esa bogotana
mesa redonda de 1966, algunos de quienes estuvimos presentes comenzamos
a ser conscientes de nuestros sueños nocturnos y quisimos pasar a la prosa
del día nuestras obsesiones. Creo que ese día, querido Juan, comenzó nuestra
correspondencia.
Cartas y libros iban y venían desde Bogotá o Barcelona
o donde fuera, hasta que por fin, una noche de 1989, por los días en que
el Muro de Berlín se cayó llevándose consigo nuestros últimos prejuicios,
el Adelantado Hernán Lara Zavala me guió hasta tu casa de Alberto Zamora,
en Coyoacán, y entonces, lo que antes era amistad literaria se convirtió
en complicidad humana. Allí, al amparo de todas las indiscreciones posibles,
mientras tú agotabas la cultura del Danubio, que fluía martini tras martini,
y Lara Zavala y yo reducíamos notoriamente tus reservas de whisky, nos
regodeamos en el placer canalla del chisme literario. Creo que la infidencia
es un magnífico género literario que desgraciadamente está condenado a
permanecer inédito. De lo contrario, sería un género que nunca sobreviviría
a la integridad física del autor. Y desde entonces, año tras año, he visitado
tu bello país y siempre ha habido lugar para una de esas veladas delincuenciales
que algunas veces se prolongaron hasta el amanecer. En una de esas ocasiones,
que súbitamente se tiñó de nostalgia, evocaste a una tribu de artistas
y escritores a quienes habías conocido en 1960 en Barranquilla: Álvaro
Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Marta Traba y, de forma un poco nebulosa
a causa del alcohol ingerido, a un joven escritor llamado Gabriel García
Márquez. Eran los habitantes de La Cueva y en tu Autobiografía de 1966,
aunque ya los conocías, no hablas de ellos. En esas primeras memorias
la única referencia que haces de un escritor colombiano es José Eustasio
Rivera, cuando narras cómo tu padre se perdió "durante cuatro o cinco
años devorado por la selva como el héroe de La vorágine, dedicado en ella
a servir al imperialismo vendiéndole chicle y a la nación vendiéndole
durmientes para trazar nuevas líneas férreas". Treinta años después conviertes
tu libro Personas, lugares y anexas en un entrañable homenaje a tus amigos,
muchos de ellos, como los colombianos, aureolados por la tragedia. Nunca
sospeché que el destino me impondría la penosa misión de escribir la necrológica
de Marta Traba, Ángel Rama y Jorge Ibargüengoitia para el diario El País,
de Madrid, tras el fatídico accidente del avión de Avianca cerca del aeropuerto
de Barajas. Recordé en esa nota la circunstancia en la que conocí a los
escritores que tú celebras en tus memorias y algunos de los cuales vivían
en Barcelona. Debes saber ahora que en las veladas que Marta Traba presidía
en su apartamento del número 332 de la Avenida Diagonal, casi en la esquina
de la Sagrada Familia, siempre tenías un lugar muy especial en las evocaciones.
Recuerdo en particular la tarde de junio de 1982 cuando le entregué el
ejemplar de la revista Quimera, donde apareció la primera reseña que se
publicó sobre Crónica de la intervención, y entonces Marta Traba salió
al paso de mi entusiasmo esgrimiendo otra primicia: "Me parece bien que
hayas escrito tan largo y bonito sobre esa novela. Yo, en cambio, tuve
que escuchar, en la voz de "emulsión de Scott" de una de las mujeres de
García Ponce, la lectura del primer capítulo de ese libro que corrompió
mis oídos". Nadie es perfecto. Y me pregunté cuál habría sido su reacción
si hubiera leído tu novela De ánima. A nombre de la amistad, Marta Traba
sugirió en Las ceremonias del verano una sugestiva invitación: "La vida
debe ser una constante celebración secreta". Y esa celebración, querido
Juan, se ha convertido en imperativo para todos quienes, con derecho o
sin él, literatura o amistad mediante, formamos parte de tu conciliábulo.

Juan García
Ponce con sus hijos Juan y Mercedes
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El
sentido de la honestidad me obliga a confesarte ahora una historia
cuyas incidencias me persiguen desde hace exactamente diecisiete
años, y que ni siquiera con ayuda etílica me he atrevido a contarte
antes. Para darme ánimo echo mano de una frase tomada del Libro
VIII de la Ética a Nicómaco, cuyo tema, como es sabido, es la amistad.
Dice allí el filósofo: "La amistad es una asociación, y lo que uno
es para sí mismo lo es para su amigo. Ahora bien, lo que uno ama
en sí mismo es sentir que se existe, y se complace en la misma idea
respecto del amigo". Y ahí va mi historia.
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Una
noche del verano de 1984, en un cocktail muy animado, una muchacha de unos
veinte años y muy atractiva me abordó y con toda la franqueza de que son
capaces las catalanas me dijo a quemarropa que yo le caía muy gordo pero
que, en cambio, le había gustado mucho mi última novela. Le agradecí muy
sinceramente su franqueza pero ella optó por el lado de la apología. Su
satisfacción como lectora y la mía como autor corrieron parejas con una
buena profusión de vino Sangre de Toro y al final de la noche, como decían
antaño las señoras, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Nos vimos con frecuencia
durante varias semanas más pero algo terminó por ponerme en estado de alerta.
Ella quería que imitáramos lo que hacían los personajes de la novela pero
ante sus iniciativas yo no salía de mi asombro, pues jamás había escrito
secuencias tan sicalípticas. No obstante, ya metido en gastos, decidí seguirle
la corriente y hacer lo que me pedía: escribir cada uno un diario por separado
y luego llevar a la práctica juntos lo que cada uno en lo más sucio de su
imaginación había forjado. Confieso que esta actitud me resultó no sólo
grata sino fecundísima en ardides y ardores. Y todo habría llegado a límites
extraordinarios si no hubiera sido por el gato. "Ahora le toca el turno
al gato", me dijo una noche. Y yo quedé fulminado por el asombro. ¿Cómo
involucrar en nuestro comercio íntimo a un gato cuando ni siquiera soy capaz
de controlar a una mujer? Se lo dije y ella se rió, aunque el asunto no
iba a durar mucho, pues una cosa es hacer reír a la amante y otra que la
amante se ría de uno. En resumidas cuentas, me negué a meter un gato en
mi cama y acto seguido la muchacha me apostrofó y me tildó de farsante.
Supe que algo andaba mal en el guión y entonces se me ocurrió preguntarle
cuál era esa novela mía que tanto le había gustado a pesar de yo caerle
tan gordo. "De ánima", dijo como si fuera la cosa más natural del mundo.
Supe entonces que durante ese tórrido verano había construido el amor sobre
un equívoco pero ya era demasiado tarde para aclarar la situación. Yo no
escribí De ánima pero me la gocé. Ha sido la usurpación más involuntaria
y sensual de mi vida y te lo agradezco, querido Juan. Sencillamente ocupé
tu lugar e hice las cosas lo mejor que pude. Tú escribiste la historia de
Paloma y Gilberto y la muchacha y yo nos pusimos en el lugar de tus personajes.
Y todo iba bien hasta que el gato reclamó su lugar en la ceremonia. Viví
a fondo todo eso y cobré en especie tus derechos de autor. Y ni modos de
devolverte ese favor con la misma moneda. Lo único que se me ocurrió fue
cambiarme de barrio, pues cuando la muchacha descubriera el infundio lo
más probable es que me demandara por violación o algo así. Pero tengo la
conciencia tranquila, ya que mi pasión fue necesaria para que se cumplieran
tus escrituras.
Todo esto viene a cuento, querido Juan, porque las decenas
de triángulos sentimentales y adulterios de tus cuentos y novelas son algo
más que infidelidad crónica entre las parejas. Pienso, con la mano en el
corazón, que esas gozosas triangulaciones no son más que una generosa forma
de extender el círculo de tus amistades. Pues como enseñan las matemáticas,
dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí. Y eso es adulterio.
Rilke advirtió que todo adulterio es una historia entre dos personas consumada
en una tercera. En otras palabras, toda relación con un tercero no es más
que la culminación del amor en la propia pareja. El peor enemigo de esta
saludable costumbre es el virus de la moral. Una moral que siempre es ajena
y que, por lo mismo, está contaminada por la envidia, los celos o el resentimiento.
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García Ponce, el pintor Gabriel Macotela. Yani Pecanins y
el pintor Manuel Marín
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Querido Juan: frente
a las miserias y al dolor del mundo, has esgrimido esa máxima forma de alegría
que es la imaginación hecha escritura. Nuestros ojos leen lo que tus ojos
han convertido en oraciones, frases, sentencias, y en nuestra memoria de
lectores grabamos esos sueños dictados por tu persistencia, por tu infinito
coraje, por ese ejemplar magisterio en que has convertido "las huellas de
la voz". En todo, tanto en lo jubiloso y dolorosamente humano, como en lo
lúcido y rigurosamente intelectual, has confirmado con tu singular experiencia
que no hay estética sin ética. Pero esa singularidad va más allá de los
estrictos ámbitos de un estilo y un orbe narrativo propios. Tu prosa, que
ha logrado conciliar desde sus inicios el aliento de la reflexión con la
euforia expositiva de tus relatos, es inconfundible desde los párrafos tempranos
de Imagen primera hasta Pasado presente y la gozosa picardía de tus Cinco
mujeres. Ávido bebedor de las más exquisitas tradiciones, has conseguido
construir gracias a los dictados de tu sensibilidad una peculiar bibliografía.
No la bibliografía de tus obras de creación, que de por sí conforma un anaquel
exótico en la literatura contemporánea, sino la bibliografía de tu permanente
lectura, integrada por esos autores que has convertido en tu familia espiritual
y a quienes consultas una y otra vez, sin agotarlos nunca. Recurrencia es
tal vez la palabra que mejor define tanto tu obra de ficción como tu biblioteca
de consulta. Recurrencia en los temas que abordas y que multiplicas con
nuevas variaciones, libro tras libro; recurrencia también en las diferentes
opiniones que nos ofreces, una y otra vez, como resultado de tus charlas
íntimas con Musil y Klossowski, con Nabokov y Bataille, con Tanizaki y Heimito
von Doderer, con Balthus y Paul Klee. Y esa recurrencia jamás nos fatiga;
al contrario, siempre nos estimula y enriquece.
Llego al final de esta carta de batalla escrita al amparo
de la admiración y el respeto. Quiero sólo reiterarte lo que de alguna forma
has sabido siempre. Creo que la amistad es el único espacio del alma donde
una sola persona se vuelve multitud gracias a esa forma de devoción que
es la complicidad. Desde ese espacio, querido Juan García Ponce, quiero
ahora, en tu compañía y en tu honor, brindar por esa otra forma de absoluta
entrega que es el arte. Porque sólo el arte en sus múltiples manifestaciones
nos salva de la degradación con que a diario nos golpea la realidad. Y por
ello, dispuestos una vez más a abolir la realidad, abjuramos de sus fastos
y engaños y optamos por la escritura, pues la escritura es la continuación
del amor por otros medios. Salud. |