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JOSÉ MANUEL ARANGO LA RADICAL
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Por William Ospina
Fotografías cortesía de Guillermo E. Baena L.
DesHora, Revista de Poesía
| En memoria de José Manuel Arango, uno de los poetas colombianos contemporáneos más importantes, fallecido el 5 de abril pasado en Medellín, publicamos este ensayo de William Ospina y una selección de poemas realizada por Alberto Quiroga. El ensayo de Ospina forma parte del libro Por los países de Colombia. Ensayos sobre poetas colombianos, publicado recientemente por el Fondo Editorial Universidad Eafit, Colección Antorcha y Daga (269 pp.). |
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José Manuel Arango nació en Carmen de Viboral (Antioquia, Colombia) en 1937. Fue profesor de lógica simbólica en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Antioquia durante casi tres décadas. Cofundador y codirector de las revistas Acuarimántima, Poesía y DesHora, de Medellín. Recibió el Premio Nacional de Poesía por reconocimiento de la Universidad de Antioquia, en 1988, y el Premio a las Artes y las Letras, otorgado por la Gobernación de Antioquia. Autor de Este lugar de la noche (1973), Signos (1978), Cantiga (1987), Poemas escogidos (1988), Poemas (1991), Montañas (1995) y Poemas reunidos (1997), y traductor de Emily Dickinson (En mi flor me he escondido, 1994), Walt Withman y Williams (Tres poetas norteamericanos, 1991) y de Han-Shan (El solitario de la Montaña Fría, 1994). |
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Lo
primero que sentimos en los poemas de José Manuel Arango es una suerte
de voluntario ascetismo, "disciplina de honor" -diría Enrique Banchs-,
"silencio estoico". El tema suscitado por unos cuantos elementos, como
esas pinturas orientales en las que un trazo define un amplio espacio.
Y algo de ello hay, sin duda, pero al frecuentarlos vemos el abigarrado
universo que se anima en estos poemas tan austeros. Y no todo es cuestión
de imágenes y figuras, magias de la percepción o de la síntesis. El poeta
medita, y casi siempre meditación y descripción son una sola cosa. Podría
llenarse, como tantos poetas contemporáneos suyos, de exaltación frente
a las simetrías o las aglomeraciones o los vértigos de la ciudad considerada
como estructura física o como pesadilla mental, él toma otro camino y
dice solamente:
"esta ciudad donde no hemos vivido nuestra infancia" y la ciudad cobra una dimensión psíquica que no hallamos en la mera percepción: ya es decisivo saber qué tan inscrita está en la memoria, en un orden de afectos y remembranzas. La ciudad que mira el viajero una tarde no puede ser la misma de quien ve en cada calle la muchedumbre de sus años. Miradas tejidas de evocación y de esperanza, espacios que para uno son frecuencias enternecedoras, pueden ser para otro laberintos de hostilidad o meras espirales de azar. Abandonado al azar de las calles, el poeta cosecha sin cesar sus revelaciones: una sombra de árbol extrañamente doblegada sobre el muro, las dos ciegas que cantan con voces gastadas, un edificio en demolición, una hondonada por la que llega el rumor de la ciudad como un viento escabroso de máquinas y de multitudes. Todo se hace significativo, porque es el amor por las cosas lo que descubre su sentido y las arrebata a su mudez inhumana o divina. Y la poesía busca que todo entre en un orden de significación. Que el mundo se revele en belleza y en ritmo, que el poeta se salve a sí mismo salvando en el lenguaje la verdad que le susurran las cosas. La derrota, la soledad, la declinación, todo puede ser parte de esa misteriosa armonía. Cuando, errante por los barrios nocturnos, el poeta nos dice: "por calles que tienen nombres de batallas voy solitario y vano" cada palabra se ahonda. Porque las batallas son jornadas llenas de sentido, cargadas de heroísmos y sufrimientos. Como el poeta se siente habitante de una edad que declina, contrasta estéticamente su soledad y la vanidad de su época con esas llamaradas heroicas que ya sólo perduran en los nombres de las calles. La melancólica plenitud de esta poesía no está hecha para fingir felicidad, ni deslumbramientos, ni victorias. Es la humanidad de una mirada que no adula al lector, ni busca complicidades por el camino de la seducción o del halago, sino que establece alianzas basadas en un mutuo y tácito reconocimiento de que estamos sujetos a la misma red de belleza y de sobresalto, a la misma plenitud y a la misma miseria.
Esta poesía nada sentimental está llena de sentimientos y de sensaciones. Busca la belleza en todas partes, en la rudeza, en la desolación, en la psicología, en la fisiología. Condensa en breves construcciones verbales la vida, con toda su extrañeza, mejor que cualquier poesía meramente eufónica o simétrica: "el ojo en el hueso". Después de dar vueltas sobre la belleza de una muchacha, de una adolescente sensual y casi irresistible, termina con este viraje violento: "Los senos, lo primero que se pudre". Y nada queda allí de la poesía como encubrimiento del mundo, como fuga hacia un sistema de ilusiones consoladoras. Está vivo el lenguaje: violento, valeroso, desnudo. La poesía como José Manuel Arango la concibe, como una manera de vivir el mundo con amor y voluptuosidad pero sin trampas a la conciencia: el mundo como nos va quedando después del naufragio de tantas amenazas y de tantos paraísos: un paraíso, sí, pero peligroso y efímero, más valioso en su extrañeza y en su fugacidad que todos los viejos cielos inhumanos y eternos. El hombre que habla casi con desgano en el poema ha encontrado en una zanja el cadáver de un pichón de golondrina. Siente la necesidad romántica de deplorar, como lo harían Shelley o Keats, esa pequeña fracción del drama cósmico, ese dolor, como diría Borges, del tamaño de un pájaro. Pero algo más imperativo, que también tiene su lugar en el mundo, y que también obra por nosotros, interviene allí: "la cosita plumosa hiede, uno la arroja". Hay aquí siempre un rechazo al engaño y una casi aversión al sinsentido. Platón escribió que los poetas siempre mienten, pero no podía ignorar que son incontables los poetas cuyo principal propósito es no mentir. Pueden inventar, pueden soñar, pero no quieren jamás ser insinceros, y la insinceridad les parecería menos un mal moral que un error estético. De alguna manera en la literatura todo tiene que justificarse. Un libro injustificado, un libro en el que ni siquiera pueda creer quien lo inventó, es una vanidad pero es también una desdicha. Para José Manuel Arango la poesía es más bien "este minuto donde la radical extrañeza de todo te hiere". Nos traduce sin énfasis las experiencias del arte moderno, sus descomposiciones y sus disgregaciones: "los pájaros te lanzan a los ojos sus figuras sucesivas". Todo lo que el lenguaje técnico llamaría con nombres funcionales, él lo vincula al hilo del ritmo y de las sensaciones. A Shakespeare le parecería nada poético hacer decir a lady Ann sobre el cadáver del rey Enrique: "Mira, sobre tus heridas vierto mis lágrimas", y prefiere traducir el hecho en términos de emoción extrema y dolor: "Mira, en estas ventanas que dejan escapar tu vida, vierto el bálsamo inerte de mis pobres ojos". En su lenguaje puro y austero, José Manuel Arango sublima lo que un rudo técnico llamaría "información genética", en: "recuerdos del polvo que repite antiguas formas". Por eso la pareja de enamorados, que va contagiándose por las manos la fiebre de su amor, no es que se vea inclinada a sentir más que siempre la realidad del mundo, es que lleva: "en el peso del corazón el llamado de la tierra". Unas cosas revelan a otras, la realidad que se ofrece a la mirada puede ser sólo el efecto de cosas que ignoramos: "(la tempestad en el mar muestra de pronto las montañas)". José Manuel Arango es hoy uno de los más singulares poetas de la lengua castellana. Ha publicado Signos, Este lugar de la noche, Cantiga y Montañas, lo mismo que poderosas traducciones de Walt Whitman, de W.C. Williams, de Emily Dickinson y de Georg Trakl, en las que también prodiga su serena conjunción de emoción y de pensamiento. Ha cumplido cuarenta años de labor poética, alternada con su cátedra de lógica en la Universidad de Antioquia de Medellín, con la participación por años en la revista de poesía Acuarimántima, con su actual orientación de la revista de poesía DesHora, y con una presencia poderosa pero más tácita que visible en los círculos literarios de Colombia, donde se ha convertido sin proponérselo en maestro de una nueva generación de poetas y de traductores. De cada poema suyo volvemos con la sensación de que algo que había estado allí siempre, a la vez en las cosas y en nosotros, nos acaba de ser revelado, y no de un modo evidente, sino como una insinuación que nos ha de seguir largamente. Cuando dice, violentando nuestra tradición ornamental: "Un gallinazo vuela siguiendo la curva del río" traza sobre el río que se ahonda como un camino, otro camino para el ave negra por el cielo. Pero ante esas sinuosidades paralelas, algo en nosotros se pregunta qué es lo que va siguiendo sobre el río el ave carroñera. Y lo no dicho, lo apenas sugerido, se abre un lugar en nuestra sensibilidad. Sin que lo adivinemos plenamente, una forma, un cadáver de bestia o de humano se insinúa en la mente, y es la fuerza que mueve ese surco de palabras para mostrarnos el mundo en que vivimos. Esta poesía está hecha por un hombre que conoce el mundo, que lo ama y lo teme y sabe que a cada instante estamos en un escenario tremendo de belleza y tragedia, de grave y poderosa significación. Yo lo he visto desaprobando con vehemencia toda literatura meramente vistosa e injustificada, y es evidente que no sabría cómo transigir con una idea del arte frívola, negligente u ornamental. La vida es verdadera, y el arte saca a la luz esa verdad o al menos nos hace presentir su existencia. Por eso los poemas de amor, que abundan en su obra, no son nunca poemas seductores o sentimentales: son apasionados, leales, conmovidos, a veces dolorosos. El amor nos enfrenta a nuestras mayores posibilidades y a nuestras mayores limitaciones, puede producir mágicas fusiones: "Los que se amaron hasta el alba van por un mismo sueño". |
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Dos
poemas de amor, Ha muerto José Manuel Arango, en abril, pero la voz de sus poemas no cesa de nombrar y de hablarnos, suave y sutil, como un murmullo reflexivo y cantarino. El amor y la muerte entrelazados, amartelados, están aquí en una breve selección que sólo quiere ser homenaje. Alberto Quiroga
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