Por Julio Arenas
Ilustraciones de Mauricio Franco

"Preveo que el hombre se resignará cada día a
empresas más atroces; pronto no habrá sino
guerreros y bandoleros; les doy este consejo:
El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar
que ya la ha cumplido, debe imponerse un
porvenir que sea irrevocable como el pasado".
Jorge Luis Borges
El jardín de los senderos que se bifurcan.

    

1 La vida, o al menos el panorama de las decisiones, parecía aclararse por fin. Isabel y yo continuaríamos alejados de Colombia quizás durante mucho tiempo, pues Barcelona nos estaba abriendo sus puertas de un modo tan generoso que nos sentíamos frente a una propuesta del destino imposible de rehusar. Por contraste, en las ciudades colombianas -según nos decía el correo- no se podía salir ni a la tienda de la esquina, a menos que la vida no tuviera sentido en ese preciso momento. Tampoco se podía ir a cine, ni caminar por La Candelaria, ni pasar el fin de semana en Choachí, ni viajar por tierra desde Cali por la vía al mar a comerse un sancocho e' ñato en la plaza de mercado del ardiente puerto de Buenaventura, para después dormir la siesta casi ahogándonos en nuestro propio charco de sudor de caldo de pescado y coco. No se podía llevar una vida así porque, según nos gritaba con voz alarmada el teléfono, los actores armados del conflicto colombiano no reconocían bandera civil alguna ni tenían tiempo para eso, ni escuchaban razones o explicaciones de ninguna índole, y si acaso las escuchaban les importaba un bledo y disparaban sin mirar. Mientras la nación se construía así, de la nada, o mejor, de la mezcla de todo, nadie estaba dispuesto a arriesgar su vida por la desmesurada pretensión de divertirse un poco más allá de lo que pudieran ofrecer el sexo doméstico y la televisión. Leíamos en esas -tantas-palabras distantes que un aire lúgubre recorría las ciudades colombianas, como si estuvieran habitadas por algo perverso y sobrenatural que poco a poco se iba devorando a nuestro país. Por el contrario, en Barcelona el mar era cada vez más azul y para forrarse la piel desnuda en arena sólo era necesario tomar el metro en Joanic y bajarse en Bogatell o en La Barceloneta. Después del sol, una cerveza helada y unos pimientos del padrón en El Vaso de Oro y luego, de regreso a casa y antes del cine o de una copa de vino en el balcón, no venía nada mal caminar despacio bajo la sombra de los árboles del Passeig Sant Joan. El verano nos tenía a su bendita merced. La gente podía hablar de capitalismo, de socialismo, de derecha o de comunismo sin que a nadie se le crispara el culo y sin que se entrevieran detrás de las palabras una apuesta por la violencia para defender las ideas y un apoyo incondicional a los grupos armados del mundo. La ETA no se asomaba en ese entonces por Cataluña y en los bares, en las plazas y en las calles, aun en medio de las acaloradas discusiones sobre fútbol, sobre Aznar, sobre la guerra civil y sobre la maldita suerte con la lotería, la vida era plácida y undívaga, como el mar. Teníamos un pequeño problema: necesitábamos -como el resto del mundo- recursos monetarios para vivir de acuerdo con lo que para nosotros significaba vivir, que no era demasiado. Así que si yo no encontraba pronto un trabajo más o menos digno cuyos réditos pudiéramos adicionar a la beca de Isabel, tendríamos que remontar de regreso el Atlántico y ver cómo nos la arreglábamos para pasear por los alrededores de Bogotá: quizás unos días de descanso en Anapoima, otros en Paipa, una semana en Jenesano, y si todo nos era propicio y el I Ching nos aconsejaba cruzar las grandes aguas, podríamos pasar también una temporada en los Llanos Orientales, o en los Farallones del Valle del Cauca, o en el Amazonas, o en el lago Calima, o en La Guajira, o en la Sierra Nevada del Cocuy, o en el parque natural de Puinaway, si es que además la suerte nos prestaba la vida apenas suficiente para regresar a casa incólumes después de nuestras peligrosas excursiones al exterior, es decir, a los cines y a los supermercados bogotanos. Por todo ello me encontraba en una de esas amables oficinas catalanas otra vez y como tantas veces esperando inmóvil como un prócer de bronce y con la mirada estúpida de las estatuas. Simplemente buscaba un trabajo, pero la vida y las cosas empezaron a oscurecerse ese mismo día desde el momento en que una especie de rumor de cantos griegos que parecían interpretar a Eurípides descendió por la escalera. Lo recuerdo bien: después de unos segundos, detrás de esas voces mediterráneas bajaron sus cuerpos en tropel y El Flaco, que era uno de esos cuerpos, suspendió su canto y con su gran boca que se llenaba de espuma al hablar escupió con claridad rotunda mi nombre y apellidos completos. El Flaco era un hombre joven, alto y desgarbado. Tenía el rostro adusto y la piel marcada por las huellas recientes del acné, y unas gruesas gafas que exageraban el tamaño de sus ojos. Con mucha calma, tal vez la misma de los verdugos, suprimió el preámbulo y me pidió seguirlo hasta la bodega, en donde escogimos entre muchas y al azar dos cajas medianas de cartón cuyo atroz contenido conocí cuando tal vez era demasiado tarde. Llegamos al estacionamiento. Al volante de un pequeño auto blanco estaba Eva, a quien por su trigueña belleza prejuzgué gitana o andaluza cuando en realidad era una catalana hija de familia gallega. Sus bisabuelos sí venían directamente de la raza mora, lo que explicaba en parte lo moro de sus grandes ojos negros, sus ademanes ondulados y su andar por la vida sin preguntar. Partimos en el Seat 91 de Eva a demasiados kilómetros por hora rumbo a Martorell. Una de las cajas iba en el baúl, otra a mi lado en el asiento trasero y mis dos colegas adelante. El paisaje pasaba frente a mis ojos a la velocidad de la frenética música de la radio, mientras El Flaco intentaba involucrarme desordenadamente en la operación y en lo que haríamos en nuestra visita a Martorell, gesticulando de una manera tan atropellada que sin previo aviso el tiempo aceleró su marcha, la sangre se hizo escasa en mi cerebro y el aire escapó de mis pulmones en dos o tres bocanadas de desaliento. Me urgía el regreso a la apacible normalidad de mi mundo quieto y en ese empeño busqué refugiarme en el zigzag del dobladillo de la minifalda de Eva, bordeando con la luz de mis ojos sus muslos redondos y oscurecidos por la sombra de sus vellos negros, y cuando ya no eran mis ojos sino mi corazón el que trashumaba el sendero la música de Queen retumbó de golpe en la boca de mi estómago: "Somos los campeones, mis amigos … seremos tu rock … maldita sea … quiero montar en mi bicicleta…". Decidí calmarme, mirar al cielo y no saltar por la ventanilla pues presentía mi caída desbocada hacia lo indefinible y aunque se tratase de mi propia muerte, o precisamente por eso, no quería perderme de nada.

Entre tanto Eva, que en sus contados silencios parecía pensar sólo en el milagro de la vida, cantaba con su bella voz de contralto las canciones de Freddie Mercury fumando uno tras otro sus Ducados y haciendo de vez en cuando pequeñas pausas para decirse a sí misma o a quien quisiera oírla que le encantaba ese trabajo, sí señor, que dentro de poco se compraría un piso en Mataró, que cambiaría el coche por uno nuevo y que se casaría con su novio del alma y se lo llevaría de luna de miel a México. Llegamos a Martorell y de inmediato quise salir corriendo, pero El Flaco me tenía encerrado en su abrazo de hierro. Todo era veloz y nada parecía propicio. La música a tope, las mil instrucciones, El Flaco y su existencia, Eva con su humareda, sus piernas, su canto, y el sol del verano castigando sin misericordia el entorno vulneraron los restos de mi caparazón, haciendo de mí un pobre ser incapaz de incidir en su más próximo futuro. El Flaco me miró fijamente y, compadecido, optó por decirme que me limitara a observarlo a él, que me aprendiera su estrategia y sus movimientos claves, que memorizara el procedimiento y que estuviera tranquilo pues todo saldría bien. Eva, por su parte, se echó al hombro una de las cajas y se despidió de nosotros. Acordamos encontrarnos en ese mismo punto a las ocho de la noche para el regreso y después de un adeu distraído nos gritó: "Me voy a por mis besos".

 

2   A las 11:30 de la mañana Martorell era un pueblo como cualquier otro, sin estatuas para el asombro ni lujos arquitectónicos ni fantasías gitanas ni ruinas romanas yaciendo bajo el ardiente pavimento del mes de julio. Sus gentes eran en su mayoría seres normales, como Joaquín, y en una cualquiera de esas calles calientes El Flaco comenzó a hacerse inolvidable para el pueblo. Con su impertérrita actitud de dueño de sí mismo rompió las cintas y abrió una de las cajas. Adentro había otras cajas pequeñas, rectangulares, negras, brillantes. Tomó cuatro, guardó tres en sus bolsillos y con la otra en la mano derecha y conmigo pegado a sus talones comenzó a recorrer las calles de Martorell. Regresaríamos al carro cada vez que agotáramos las cajitas negras. Yo había hecho lo propio: llevaba conmigo no sabía qué cosas dentro de unas cajas que había guardado por burda imitación en mis bolsillos. Percibí entonces que el pueblo trocaba en tristeza su día a nuestro paso como si una epidemia de agobio lo invadiera poco a poco, como si nos persiguiera flotando por debajo de las nubes la sombra que oscurece a los pueblos avasallados. El Flaco se les iba acercando a las desprevenidas gentes de Martorell con su falsa sonrisa de caballo y con la espuma brillando al sol entre sus dientes y en su boca abierta y con sus ojos desorbitándose detrás de los gruesos anteojos; y ellos paraban, y ellas le hablaban, y él les empezaba a contar una historia diferente cada vez, mientras con el brazo simulaba un abrazo para apoyarles sobre las espaldas la cajita negra. Jamás imaginé ver lo que de ahí en adelante vi como un cortometraje de terror repitiéndose cientos y cientos de veces frente a mis ojos morbosos y petrificados: una especie de gusano negro de unos diez centímetros de largo por uno de diámetro salía precipitosamente de cada una de las cajitas negras que El Flaco presionaba sobre las espaldas de la gente que se nos cruzaba en el camino. Era un blando y anillado cuerpo vivo recubierto de pelos rectilíneos y móviles que temblaban incesantemente. En lugar de un par de ojos tenía una puntiaguda carnosidad milimétrica que hacía las veces de cuerno, o de aguijón, y por debajo de ésta dos colmillos horizontales que chocaban entre sí frente a su hocico vacilante y húmedo. El gusano, si así puedo llamar al monstruobicho, salía de su escondrijo de cartón balanceando lateralmente su baboso cuerpo retráctil para clavar de inmediato su mortífero aguijón en la espalda de la víctima de turno, dirigiendo sus pasos ciegos y veloces hacia adentro de la herida, hacia el núcleo de lo más cercano que estuviera vivo, empujando su cuerpo por el estrecho túnel de carne y sangre que él mismo iba cavando con su cuerno vertedor de un ácido viscoso y maloliente. Ese extraño ser -esa especie de Strepidapolius de Fontcuberta- se movía y avanzaba desesperado como si de eso dependiera su vida, aferrado a la delgada tela de verano con sus mil diminutas patas de gallina agitándose y rasgando la ya entonces rojiza piel del paseante, para luego desaparecer en un santiamén detrás de la camisa dejando a su corto paso un rastro gris, gelatinoso y triste, y un lunar nuevo en la epidermis, y un hilo de sangre bajando casi imperceptible por la espalda. Tras el ataque las gentes envejecían de inmediato. Se diría que en un segundo habían vivido cien años, o más.

Los rostros se desfiguraban congestionados pero no por no entender sino por verlo todo, absolutamente todo, el pasado y el devenir, el vertiginoso presente, el espacio íntegro y finito con sus límites, la totalidad del tiempo vital en un instante. La vida comenzaba a terminarse para todas y todos frente al resto del mundo y el fin se manifestaba anticipadamente en los rostros de cada quien. Al parecer el monstruo inoculaba el ácido en cada órgano y lo infiltraba en el torrente sanguíneo corrompiendo la humanidad por dentro. Desde afuera sólo se veía que la piel de los rostros iba derritiéndose como alquitrán fundido, como lava resbalando desde la boca de un volcán en erupción. Las narices al caer deshechas taponaban las bocas y los labios ya belfos se escurrían sobre las quijadas blandas y colgantes de las gentes de Martorell. Los ojos se hundían en las cuencas iluminados por el brillo de una tristeza inconmensurable, y un doloroso rictus de amargura impedía la palabra para siempre; la hacía torpe, innecesaria, inútil. Todo estaba dicho. No había dios ni paraíso. Para qué despedirse estando ya la vida del pueblo entero resuelta súbita y fatalmente. Así seguimos nuestra jornada, parando aquí y allá, conversando sobre el calor de la tarde y sobre las nubes que amenazaban con refrescar mientras íbamos dejando un rastro de destrucción tan grande que para mí era preferible no mirar atrás. A Eva la encontramos en una esquina.

Besaba despacio la mejilla de un hombre agradecido por la simpatía y la ternura de esa muchacha foránea de hermosos labios gruesos que al parecer sólo quería regalarle un poco de amor en esa tarde de agobio. El hombre se dejó abrazar con la docilidad de un perro viejo y en pocos segundos lo supo todo. Se sentó a morirse de tristeza en una banca sin siquiera mirar a Eva, mientras su ser recibía una pequeña dosis de la amargura más grande que con seguridad jamás sintió en su vida. A partir de entonces continuamos caminando juntos los tres y mientras ellos trabajaban yo los miraba sin poder entender, sin conocer mi lugar, sin saber nada de la vida, asombrado por la indolencia cínica de El Flaco y perplejo ante la belleza de Eva y su presencia ondulada que lo invitaba a uno a dejarse hundir inerme en los ojos bellos de la muerte. Iba transcurriendo el día y yo me sentía flotar sobre un vaho putrefacto, carentes por completo mis pies de la voluntad de parar, psíquicamente incapaz de devolverme, de salir corriendo, de gritar a voz en cuello que se ocultaran todos y todas en sus casas, que les estábamos liquidando la existencia, que la tristeza estaba invadiendo al pueblo, que llevábamos la muerte en cajitas negras, que traíamos unos bichos que se metían dentro de los cuerpos para devorarse la alegría, dejando un rastro irreparable de dolor en la piel, y una amargura letal en el alma. En todo caso no me hubieran creído… tal vez. Al caer la noche, agotadas las cajas y los cuerpos, nos dispusimos para el regreso. El Flaco tenía razón: todo había salido bien.

 

En el carro, camino a Barcelona, yo viajaba derrotado llorando en silencio el dolor de no haber hecho nada por detener la destrucción de todo un pueblo. Freddie Mercury volvió a gritar a mis espaldas y en venganza agradecí a la muerte sus designios. Cerré los ojos para irme del mundo pero aparecieron por dentro de mis párpados las imágenes de las gentes ancianas de Martorell agonizando a sus ciento treinta años, con un gusano comiéndoselas por dentro. Derrumbado, cayendo por el abismo de la vida sin sentido recosté mi cabeza contra el cristal y escapé de todo por fin, pusilánime y dormido, mientras Radio Catalunya anunciaba entre canción y canción que en Colombia las cosas iban de mal en peor, que las gentes ya ni se asomaban a las ventanas, que el mercado llegaba a las casas acarreado por mensajeros armados y enfundados en chalecos blindados y que la situación era tal que había personas -tal vez demasiadas- que no encontraban ninguna diferencia entre paramilitares y guerrilleros, y otras tantas que no veían una solución diferente de la intervención militar estadounidense para acabar con la guerrilla colombiana, como si ese fuera el fondo del problema, como si los gringos tuvieran siempre la solución, como si ellos no cobraran por cada favor, como si Vietnam y todo lo demás hubiera sido sólo una pesadilla del mundo, o un cuento de terror, y en realidad sobre la tierra no hubiera pasado nunca nada ni se hubiesen teñido de sangre para siempre tantos campos, ciudades y arrozales. Pero estábamos en Barcelona, hacía calor, y el Mediterráneo lo era casi todo. Al llegar a mi casa le conté la historia a Isabel. Le dije también que en la oficina habían distorsionado las cosas cuando presentamos al jefe el informe del grupo. Yo apenas balbuceaba porque no podía creerlo; no me cabía ni en la imaginación. Martorell ya es nuestro, decían. Hablaban de un rotundo éxito y se alegraban por eso mientras yo quería que me tragara la tierra. Cambiaron con cinismo y por completo la versión de la historia: … que los gusanos no eran gusanos sino unos cepillos que llevábamos dentro de unas cajas negras que se vendían fácilmente por llevar incorporado un dispositivo vibrador para masajear las espaldas; … que no había una epidemia de amargura, ni sombras gigantescas, ni agobio, ni labios deshechos, ni ancianos destrozados. Pero ¡cómo no!, si vi sus rostros
 
 
derritiéndose frente a mis ojos y vi cómo los suyos se iban hundiendo y vi a la muerte viva apoderándose de sus cuerpos y a ellos sucumbiendo al sol y al peso de esa insoportable tristeza; … que no era un coro griego sino un grupo de vendedores catalanes, sudacas, magrebíes y extremeños, y no era una obra de Eurípides sino una ronda de ejercicios de motivación para salir a conquistar el mundo con la más moderna estrategia de las ventas callejeras. Según ellos, yo era un demente y todo me lo estaba imaginando, hasta el olor del ácido pestilente de los gusanos de Martorell y las manchas de sangre en las franelas de verano. Recostado al pecho de Isabel no podía dejar de llorar mientras ella me acariciaba la cabeza como a un niño de cinco años que padeciese un inexplicable ataque de melancolía. Así estuvimos, detenidos, durante no sé cuánto tiempo. Ella me creía; me sabía coherente y honesto. Coincidimos en que algo terrible, algo más fuerte que nuestras posibilidades y más grande que nuestro entendimiento le estaba sucediendo al planeta Tierra sin que al parecer nadie más se percatara de ello. Probablemente se extinguiría en muy poco tiempo la especie humana y el mundo sería un lúgubre lugar habitado por gusanos espoleados por el diablo. Con todo, mientras viviéramos era necesario comer. La decisión estaba tomada: al día siguiente me iría con ellos a destruir otro pueblo.

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