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LAS
BIBLIOTECAS Y SUS CENIZAS
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Por Alberto Manuel
Traducción de Ana Cristina Mejía
Ilustraciones de Jaime Tarazona
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EL ENSAYISTA ALBERTO MANGUEL, UN ENAMORADO DEL LIBRO Y DE LA ESCRITURA, REMEMORA SU RELACIÓN CON LAS BIBLIOTECAS Y HACE UN RECORRIDO, CON PARTICULARES HISTORIAS, POR LAS BIBLIOTECAS Y SUS CENSORES. |
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Cuenta
la leyenda que cuando el conquistador Amr ibn al-As entró en Alejandría
en el año 642, le ordenó al califa 'Umar I que prendiera fuego a los
libros de la biblioteca. La leyenda ha sido puesta en duda, pero merece
citarse la respuesta apócrifa de 'Umar que hace eco de la curiosa lógica
de los quemalibros de entonces y de ahora. 'Umar accedió diciendo: "Si
el contenido de dichos libros está de acuerdo con el Libro Sagrado,
entonces son redundantes. Si no lo está, entonces son indeseables. En
cualquier caso, deben ser consumidos por las llamas". 'Umar estaba refiriéndose
a la fluidez esencial de la literatura. Ninguna biblioteca es lo que
pretende ser. Incluso con estrictas restricciones, cualquier selección
de libros será más vasta que su clasificación y todo lector inquisitivo
encontrará peligro (beneficioso o censurable) en el más seguro y vigilado
de los sitios.
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Algunas veces, por supuesto, no es suficiente la exclusión. Las bibliotecas existentes, por su propia naturaleza, parecen cuestionar la autoridad de los que están en el poder. Como depositarios de la historia o fuentes para el futuro, como guías o manuales para tiempos difíciles, como símbolos de autoridad pasada o presente, los libros de una biblioteca significan más que su contenido colectivo y han sido, desde el comienzo de la palabra escrita, amenazados con destrucción. Poco importa por qué es destruida una biblioteca: toda prohibición, represión, saqueo o robo inmediatamente da lugar a una biblioteca más poderosa, clara y durable compuesta por libros prohibidos, saqueados, reprimidos o destruidos. Pueden no estar disponibles para consulta, o existir solamente en la vaga memoria de un lector o en la aún más vaga memoria de la tradición y la leyenda, pero habrán adquirido una cierta inmortalidad a través de la censura, intencional o no, sub specie aeternitatis.
¿Existirán
siempre esas incertidumbres en las bibliotecas? Quizá no. Puede ser
que las bibliotecas virtuales burlen algunas de estas amenazas: el espacio
ya no justificará el sacrificio, pues el ciberespacio es prácticamente
infinito, y la censura ya no afectará a cada uno de los usuarios de
la biblioteca, dado que el censor, circunscrito a una administración
y a un lugar, no podrá impedir que un lector pida un texto prohibido
en una pantalla lejana de otra ciudad, lejos de las normas de censura.
Los medios electrónicos no podrán, sin embargo, burlar todas las amenazas
porque, a pesar de las apariencias, el papel y la tinta son todavía
más duraderos que las fugaces letras titilando detrás de la pantalla:
testigo de la finita duración de un disco electrónico comparado con
las frágiles y casi eternas cenizas de un papiro rescatado en Pompeya,
todavía legible diecinueve siglos después, entre láminas de vidrio en
el Museo Arqueológico de Nápoles. |
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