ÁLVARO MUTIS
P R E M I O .. C E R V A N T E S

MUTIS DE VUELTA
Juan Gustavo Cobo Borda

I

¿Qué escritor colombiano puede dialogar hoy en día, con tranquilo entusiasmo, con autores tan diversos como el italiano Ungaretti, el francés Ponge, el polaco Milosz o el brasileño João Cabral de Melo Neto, además de quienes son o han sido sus amigos personales, como Octavio Paz y Gabriel García Márquez? Sin lugar a dudas el único que tiene la vasta cultura universal para traspasar lenguas y fronteras y unirse en torno a un estimulante coloquio donde la poesía y el destino de la criatura humana sobre este planeta incierto, logra unir a todos ellos, es Álvaro Mutis, nacido en 1923.
Su obra se haya traducida a veinte lenguas (inglés, francés, alemán, italiano, portugués, japonés, griego, hebreo, turco, polaco, holandés, sueco, danés...), cumpliendo así la petición de Goethe sobre una literatura mundial. Pero además su poesía, cuentos, novelas y ensayos trazan una vasta parábola de referencias que desde la Biblia, pasando por las culturas islámicas y bizantinas, hasta llegar, por ejemplo, a la figura de Simón Bolívar, esclarece en el espacio de sus páginas las complejas relaciones entre Europa y América.
   Un diálogo universal de culturas que, como lo ejemplarizan sus ensayos y notas de lectura, revela un muy preciso conocimiento de la literatura rusa, la historia francesa o la novelística norteamericana, sin soslayar por ello, en ningún momento, el papel conformador de España en la idiosincrasia americana.
   Mutis, como lo pedía Borges, es un buen cosmopolita y a la vez un latinoamericano capaz de entender, comprender y valorar, en sus creaciones, las variadas patrias que un mundo muy amplio nos brinda. Mundo visto desde una perspectiva unificadora y a la vez marginal. La que nos da un desplazado, errante por los mares del mundo, que asume sus aventuras tan peregrinas como irrisorias con una fatalidad lúcida. Su conciencia de la desesperanza es una firme toma de partido para abordar las complejas relaciones entre una naturaleza tropical y sus incontables criaturas. Ahí surge Maqroll El Gaviero. Clarividente y despojado de todo engaño, convive, además, con una sobria y elevada piedad por las ilusiones de la criatura humana, que hace de Maqroll una de las más logradas creaciones de las letras hispanoamericanas en este siglo. Para lectores de todo el mundo, se ha vuelto un ser entrañable y necesario.
   Quizás comparten con él lo que el narrador de Amirbar dice sobre el personaje: "un asentimiento a las leyes nunca escritas que rigen el destino de los hombres y una muda, fraterna solidaridad con quienes habían compartido un trecho de ese camino hecho de gozosa indiferencia ante el infortunio".
   Todo ello además se halla situado en el sugerente marco de una tierra caliente donde el esplendor y el hastío, el consuelo de la carne y la violencia del poder, la fragilidad de la memoria y el arrasador ímpetu genésico de una naturaleza bravía se conjugan para definir el terco afán del hombre en su afán de persistir. En su propósito, siempre fallido y cuestionado, de hacer más consistente su tránsito en medio de sociedades frágiles y conflictivas. De ahí que la selva, el burdel, el barco a punto de ser desguazado o la quimérica busca del oro, se nos ofrezcan como escenarios privilegiados. Allí podemos ver mejor la eclosión de las pasiones y su ineluctable agonía.
   Una conciencia muy antigua se confronta con un mundo en perpetua crisis y reelaboración. De allí han surgido las vigorosas páginas de La nieve del almirante, Ilona llega con la lluvia, La última escala del Tramp Steamer, Un bel morir, Amirbar, Abdul Bashur, soñador de navíos y los relatos y testimonios incluidos en La mansión de Araucaima y el Diario de Lecumberri. Con refinada sabiduría literaria, Mutis termina por elaborar una saga que si bien se inicia con la poesía, recopilada en la Summa de Maqroll El Gaviero, con sus entrecruzados ecos de Saint-John Perse y Pablo Neruda, nunca ha perdido el contacto con ella. Por el contrario, su ficción termina por ofrecer una postrera y sagaz imagen no sólo de Colombia y las tierras cafeteras de su infancia, que cada día pierden mayor peso específico en la economía de un país que llegó a caracterizarse por ese producto, sino que se proyecta a todo el continente americano, en reiteración de iniciativas truncas y quimeras fallidas.
   Muestra así, indirectamente, como corresponde a toda ficción válida, cuánto ha cambiado un país y cómo los valores sobre los cuales se asentaba han sido arrasados por las duras y afligentes circunstancias de una desigualdad secular y unas nuevas y ambiciosas clases sociales, ávidas de satisfacer la demanda de drogas que Estados Unidos y Europa reclaman todos los días. Pero Mutis siempre va más allá de los aparentes determinismos políticos o económicos, en un claro propósito de plantear preguntas esenciales y confrontar a sus personajes con su propia verdad trascendente. La gesta guerrera bien puede trocarse en ensimismada contemplación budista. A la plenitud no le es ajena la nada.
   Así, desde su exilio en México, Álvaro Mutis ha logrado certeras y conmovedoras recreaciones de su tierra y de la realidad americana en general, y a partir de ellas ha edificado un mundo propio que perdurará por su rigor interno y por su fidelidad a las obsesiones que lo acompañan, desde 1948, cuando publicó su primer cuaderno de poemas: La balanza, en compañía de Carlos Patiño. Sus personajes han madurado en el fuego fecundo de una larga convivencia.
   Se entrecruzan en ellos los aportes de la herencia cultural europea y occidental con los mestizajes, adulteraciones y metamorfosis que ella experimenta al llegar al Nuevo Mundo, pero su obra no es un ensayo sobre la identidad. Es un logrado espejo para mirarnos a nosotros mismos. Para huir, también, de nuestra imagen estereotipada. De nuestra identidad, en otras vidas más intensas.
   La utopía que Mutis termina por proponer es precisamente una lectura infinita, semejante a la que Joseph Conrad esbozó refiriéndose a Marcel Proust: aquella en la que el análisis se ha vuelto creador. Donde el libro no se agota en una única lectura; nos acompaña en los sucesivos cambios que jalonan nuestra vida. Por ello ya es hora de volverlo a leer, de vuelta.


II

Si bien la poesía de Mutis trae un tono desusado a la poesía hasta entonces escrita en Colombia, y esto se hace aún más singular al agruparla toda en torno a una imaginaria máscara poética -la de Maqroll El Gaviero y sus irrisorias aventuras-, una porción considerable de su obra, sobre todo en los últimos años, se enfoca hacia lo que utilizando la expresión de Valéry Larbaud podríamos llamar "dominio hispánico". Desde la Córdoba del califato omeya hasta El Escorial de Felipe II, pasando por la figura del Quijote. Ella se abre hacia una dimensión histórica muy concreta, a pesar de su vasta dimensión temporal, que contrasta, de modo notorio, con los azares casi delictivos con que Maqroll da bandazos, entre esguinces a la policía y sospechosos contrabandos de armas. Sólo que una corriente milenarista, de asumido fatalismo, termina por fundir estos hemisferios en apariencia tan disímiles.
   "Tedio y ceniza", "rutina y pesadumbre", "nada ocurre": las letanías que el poeta había salmodiado una y otra vez, rechazando las posibilidades de la poesía, en este tiempo de los asesinos que mencionaba Rimbaud, se vuelcan hacia un pasado de dominio imperial e intolerancia religiosa. Todo ello dentro de la atmósfera fúnebre de un duelo y un entierro.
   La palabra como último crespón de luto. El mismo que el arquero de los tercios de Flandes, relator de desastres, dibuja con sugestiva imprecisión. Afín, por cierto, al ejercicio de introspección con que Maqroll repasa sus peregrinajes.
   Por ello Mutis, el admirador de Napoleón o del castillo que en Vaux le Vicomte construyó Fouquet, introduce así la amarga gota de escepticismo reaccionario en los fastos de una historia que parecía regir el mundo. Nunca deja de señalar la "desleída necedad" de un presente que no sólo le resulta abominable sino peor aún: anodino. Nos trae, por boca de su personaje femenino en La última escala del Tramp Steamer (1988) esta desencantada reflexión que ya creemos haber oído, tantas veces, y que semeja encerrar estos dos mundos, en apariencia tan distantes, en un mismo círculo de eterno retorno:
"Pero si quiere que le cuente lo que voy sintiendo en Europa, le diría que es una lenta pero creciente decepción". "Es como si todo esto que ahora trato de ver y de absorber en Europa ya me fuera conocido y ya me hubiera aburrido antes".
   Ese déjà vu que une a Mutis con García Márquez en sus reflexiones sobre una historia europea que se erige como la historia por excelencia, y ante la cual los conatos de independencia de los países periféricos semejan ser siempre gestos truncos que no terminan por concretarse, depara dos resultados. La constatación de una violencia que no es propiedad exclusiva de ningún pueblo del mundo sino que todos la ejercen en determinados momentos y con intensidades afines. Y esa sensación alucinante de estar siempre repitiendo los mismos impulsos para concluir siempre en idénticas acciones baldías. Todo ello justificado por una retórica cada vez más vacua y erosionada: la del progreso.
   Sociedades marginales que repiten fatalidades previas y condenas ancestrales intentan en vano exorcizar viejas deudas. A partir de allí la cadena de venganzas resultará inexhausta. Un tumultuoso río de sadismo, degüellos y rabia que sólo la poesía de la ficción es capaz de exorcizar, dándonos a entender cómo la lección europea no consiste en conocer mejor el pasado para así no repetirlo sino en dejarlo de lado para construir nuestros propios olvidos. Ese inmenso olvido que sólo la escritura es capaz de preservar, guardar y rehacer en forma definitiva. La feliz amnesia que la imaginación engendra al cancelar lo que fue y proponer lo que todavía no existe, salvo como opción de lectura. Por ello hay que volver a Mutis, de vuelta.

III

Lo que era fasto y ceremonia en el entierro del duque de Valentinois, por ejemplo, terminará por equipararme con la dilatada agonía con que Maqroll parece sucumbir, muerto en vida, en la succionante vorágine de la selva, y es astutamente preservado como hilo resurrecto de un relato inacabable. Todos, guerreros o parias, zarinas o apátridas, concluyen en la misma inerte materia. En el desdeñoso voltear de la espalda con que las cosas nos dejan para siempre ("Historia natural de las cosas"). Esa espera permanente de "la inefable señal, la siempre esperada y siempre postergada / señal de su definitiva disolución en la nada bienhechora", como dice Mutis en su poema "Noticia del Hades", es la única que subsiste en medio de las trapacerías con que los listos se engañan pretendiendo engañarnos. Con que los reyes edifican sólidas celdas para aislarse mejor allí, en la soledad de sus rezos. Todos incapaces ya de eludir el más radical examen de conciencia y confiando apenas en la injusticia de Dios para recibir un perdón que ni aun así aliviará la llaga siempre abierta: vivir y verse vivir, al mismo tiempo.
   "La encontrada estrella de su errancia insaciable", dirá Mutis refiriéndose a su personaje, pero cuerpos y negocios, feracidad del entorno y miseria corporal, terminan por mirarse con el mismo "leve asombro" con el cual Felipe II contempla "el torpe desorden / y la fugaz necedad de las pasiones". Pero esa negativa a comulgar con ruedas de molino no se evade hacia fantasías sustitutorias ni hacía redenciones impensables. Toda está en su sitio.
   Las princesas se hallan presas en el marco de sus cuadros y el pincel de Sánchez Coello sólo registra un admirable teatro de sombras. El único acorde posible entre la naturaleza americana y la historia europea radica en la aceptación de esa diferencia tajante. Ese desencuentro reconocido, que no aliviará la rapacidad del libre mercado a las falacias de una globalización desigual sino al aceptar, a partir de la muerte ineludible, la simple, redentora fatalidad humana.
   Es allí donde el poeta debe reconocer, desde el inicio, su fracaso, sin atenuantes. Los ácidos del análisis han resultado implacables. Pero de ese mínimo extracto con que la poesía reduce los seres y los hechos a simple nada, surgen certezas irrefutables. A ellas debemos aferrarnos, reconociendo por ejemplo:
   "La nostalgia lancinante de un enigma que ha de quedar sin respuesta para siempre".
   El mismo que Gershon Scholem nos planteó al preguntar si acaso no era el propio Paraíso el que más había perdido con la expulsión del hombre.

5 de junio de 2001

 

MUTIS, POETA
Alberto Quiroga
Charla pronunciada en homenaje a Álvaro Mutis en el Ciclo de Encuentros con la Literatura de Compensar.

Quiero advertir que para esta conferencia me he concentrado en unos cuantos poemas de la obra de Mutis. La obra de Álvaro Mutis es tan rica y pródiga en poesía y son tan variados y sustanciales sus asuntos que es imposible tratar de agotar uno sólo de ellos en el breve espacio de tiempo de una charla.
   He dejado de lado los relatos góticos de Mutis, sus poemas en prosa, sus novelas, e incluso sus últimos libros de poemas y me he remontado a sus primeros libros, que fueron los primeros que leí, y he extractado de ellos unos pocos temas esenciales que aún siguen nutriendo la obra de este poeta.
   Estamos aquí reunidos para celebrar el milagro de la poesía de Álvaro Mutis, su esplendor y su miseria, la magia de su palabra lúcida y apasionada, el dulceamargo encanto de su música. Pretendo tan sólo hacer una lectura desde la propia poesía de Mutis y agradecer el que ella exista y nos ilumine y nos haga sentir el gozo de una voz y de un espíritu vivo, único. Una de las experiencias más perturbadoras que podemos tener es la de leer por primera vez a un poeta que va a acompañarnos toda la vida.
   La experiencia no suele darse muchas veces. Y no porque haya pocos buenos poetas, sino porque extrañamente sólo unas cuantas voces nos tocan el alma de manera íntima, intensa y explosiva.
   Leí por primera vez a Álvaro Mutis cuando tenía 16 años. Recuerdo el momento justo en que alguien me entregó Los trabajos perdidos para que lo leyera, la hora exacta en que prendí un cigarrillo, en mi cama, en la casa de mis padres, en Medellín, por la noche, y cogí el libro y lo abrí y leí el siguiente verso:
   "Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos".
   Inmediatamente cerré el libro. Jamás olvidaré el estremecimiento que me invadió al leer estas palabras. Un algo inexplicable había sucedido en mí. Algo había sido tocado hondamente, algo difícil de precisar pero que aún retumbaba en mi adentro.
   La muerte es esencial en la poesía de Álvaro Mutis. Es, por decirlo de alguna manera, el centro de su laberinto, su fruta más jugosa, su vórtice, su asunto más vital. La muerte y la conciencia de la muerte. Y en este poema la muerte tiene una dulzura que estremece. La muerte aquí no es la agonía del que va a fallecer, ni es el último instante de una vida, ni es un tránsito hacia otros mundos, al más allá, ni tampoco es el final de algo, sino el principio, el germen, el origen mismo de una vida.
   El poeta se habla a sí mismo o nos habla a nosotros, diciéndonos, primero, que la muerte es bienhechora, que es alguien que acoge. La muerte aquí no es ese espanto terrible que nos asusta sino un ser amable, suave, cálido, que invita a recogernos en su abrazo. Además, el poeta no nos dice que te llegue la muerte, o que llegues a la muerte con todos tus sueños intactos. No. Nos dice, casi en tono de plegaria, que por favor soñemos y que mantengamos nuestros sueños intactos, vivos, intensos, para cuando la muerte nos acoja en su seno. Quiero leer ahora todo el poema que se titula "Amén" y repasarlo con ustedes:
   Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


"Amén", el título mismo del poema nos da la clave para leerlo. Amén quiere decir "Así sea", y podríamos decir que podría traducirse "que Dios lo quiera, que ojalá, que así suceda". El poema es una oración, una plegaria, y quien ora ruega por sus sueños para que se conserven intactos hasta la muerte.

En el poema no somos nosotros quienes descubrimos a la muerte sino ella, la muerte, la que nos distingue, la que nos reconoce, la que nos hace únicos, la que nos da su aviso. Es ella la que nos abre los ojos, la que nos despierta, la que nos hace ver, la que nos inicia, la que de una u otra manera nos justifica y da razón a nuestros días

La muerte se confunde con nuestros sueños, es nuestros sueños, y es la muerte la que reconoce que ella misma fue la que "fuera dejando" sus marcas en la brecha, en el camino que hemos abierto, con ella, en la espesura de la vida.
   Quiero abrir un paréntesis para precisar que, como la música, la poesía no se puede explicar, y lo que intento no es un análisis, ni una crítica, sino una lectura desde el poema mismo. No se trata aquí de establecer una teoría literaria ni de juzgar una obra. Quisiera sólo comunicar el asombro y la maravilla que me producen estos poemas.
   Pero sigamos con la muerte, que es pródiga en la poesía de Mutis; la muerte y su moneda de uso cotidiano: el tiempo.
   Voy a leer un poema de Mutis en el que la muerte reina en todo su esplendor y en el que el poeta se ve muerto de antemano y mira su vida desde el otro lado del abismo. El poema se llama "Moirologhia" y Mutis nos hace saber en una nota de pie de página que Moirologhia es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor del féretro o la tumba del difunto.
   El poema reza así:
    Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
"Un día seré grande..." solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes del verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios! ¡Oh surto en las losas del ábside!

 

Es curioso, pero la muerte reina en el poema y al mismo tiempo está completamente ausente del poema. Está el muerto, el yerto, el detenido, el desterrado, el sosegado, el venturoso, el tranquilo desheredado de las más gratas especies, el varado entre los sabios cirios, el surto en las losas del ábside, el cadáver.
La muerte ya no tiene ningún poder sobre el difunto, ya ha terminado su tarea, ya no hay sueños, ya el tiempo se ha detenido. Sin vida es imposible la muerte, y ahora existe un estorbo, algo sin función, como abandonado animal de caravana.
El poeta, y cuando leemos el poema somos el poeta, sabe de antemano qué destino le espera, qué destino nos espera. Ninguno. Sólo la tumba y las dos fechas, una de las cuales ya conocemos. Y por eso canta su lamento. No hay quejas ni sentimentalismos. Sólo la lúcida certeza de lo ineluctable.
"Moirologhia" es un poema profundamente religioso pero el poeta no cree en la redención de la carne, no cree en el Dios de los católicos, y sabe que no hay un premio o un castigo que lo espere. Es un canto a lo vano del mundo, a la vanidad de toda vida, a la inutilidad de todo esfuerzo, y una burla contra la soberbia y el afán con que contaminamos nuestros días. Dicha certeza alimenta nuestra desesperanza. No podemos esperar nada, no hay más muerte ni más vida más allá de la vida. La vida y la muerte son una sola, son las dos caras de una misma moneda, indisolubles, y entonces ¿qué podemos hacer?
Mutis, como poeta, no puede ofrecernos ninguna respuesta. En uno de sus textos, "Cita en Samburán", en el que Alex Heyst y Mister Jones, dos personajes de una de las novelas de Conrad, Lord Jim, se encuentran, el poeta nos revela que cualquiera que sea nuestra actitud ante la muerte, nada va a cambiar, nada podemos hacer contra sus designios. Mutis ha sido un gran admirador de Conrad y lo inquietan los mismos temas de la muerte y el fracaso que obsesionaron al novelista polaco/inglés. En "Cita en Samburán", Mutis no nos cuenta lo que está a punto de suceder, un asesinato, y da por sentado que conocemos la novela y que sabemos qué va a pasar, porque no importa lo que viene después, no interesan los hechos. Lo que Mutis quiere subrayar es que para ambos, para Alex Heyst y Mister Jones, la muerte es familiar, han vivido con ella, la conocen. Pero es mejor que oigamos a Mutis relatar este encuentro:

Cita en Samburán

"Acogidos en la alta y tibia noche de Samburán, dos hombres inician un diálogo banal. Las palabras van tejiendo la gastada y cotidiana substancia de la muerte. Para Alex Heyst el asunto no es nuevo. Desde el suicidio de su padre, ocurrido cuando él era aún adolescente, su familiaridad con el tema había crecido con los años. Aprendió a ver la muerte en cada paso de sus semejantes, tras cada palabra, tras cada lugar frecuentado por los seres que cruzaron en su camino. Para Mister Jones la familiaridad había sido la misma, pero él prefirió participar de lleno en los designios de la muerte, ayudarla en su tarea, ser su mensajero, su hábil y sinuoso cómplice.
En el diálogo que se inicia en la tiniebla sin brisa de Samburán, un nuevo elemento comienza a destilar su presencia por entre las palabras familiares: es el hastío. Cada uno ha sorprendido ya, en la voz del otro, el insoportable cansancio de haber sobrevivido tanto tiempo a la total desesperanza.
Es ahora, cuando el que va a morir dice para sí: "Entonces ¿esto era? Cómo no lo supe antes, si es lo mismo de siempre. Cómo pude pensar por un momento que fuera a ser distinto".
La muerte del hombre es una sola, siempre la misma. Ni la lúcida frecuentación que le dedicara Heyst, ni la vana complicidad que le ofreciera Mister Jones, hubieran podido cambiar un ápice el monótono final de los hombres. En la alta noche sin estrellas de Samburán, la vieja perra cumple su oficio hecho de rutina y pesadumbre".
Para Mutis la muerte, la vieja perra, cumple su oficio día tras día, segundo a segundo. La pesadumbre de la muerte nos da su aviso en cada momento. Las plagas, las enfermedades, la miseria son sus más ostentosas banderas, pero no las únicas. Maqroll El Gaviero es un experto en ellas. Maqroll es el desesperanzado por excelencia. Maqroll es el ser emblemático de la poesía de Mutis y de sus relatos y novelas. Es su aliento, su espíritu, su Presencia.
Me atrevo a afirmar que sin la Presencia de Maqroll El Gaviero viviríamos más solos, más huérfanos, más desamparados.
Difícil precisar quién es Maqroll y Mutis mismo no ha podido agotar la insondable alma de El Gaviero, ni conoce aún toda su variada e intrincada vida. Sabemos, sí, que el nombre del gaviero viene de gavia, de vela, y es el marinero que en los barcos sube al palo mayor para otear, para avizorar el horizonte. Gaviero es el que vigila, el que ve más allá, el que nos avisa de los peligros, el que está pendiente, y la vida de todos en el barco depende de él.
El Gaviero, es, pues un navegante y sus dominios son las grandes aguas del océano. Recordemos que en el poema "Amén", el poeta dice que la muerte "Te abrirá los ojos a sus grandes aguas, te iniciará en su constante brisa de otro mundo". Mutis nos va dejando las marcas en la brecha para que conozcamos el destino de El Gaviero. El Gaviero debe abrir los ojos sobre las grandes aguas montado en el palo de la gavia de un velero impulsado por la brisa, por el viento. El Gaviero avizora, vigila las grandes aguas de la muerte impulsado por la constante brisa de otro mundo.
Esa misma función avizora cumple con nosotros El Gaviero en la poesía. Maqroll es quien señala la vitalidad de la muerte que hay en nosotros, nos avisa de nuestros males y nos revela el rostro de nuestra miseria.
Uno podría imaginar a Maqroll como una suerte de Rimbaud milenario que continúa errando por una Abisinia infinita que ya es todo el planeta. Rimbaud abandonó todo, hasta la poesía, a los 18 años. Dejó de escribir y se fue para Abisinia, en donde quería hacerse rico y para lograrlo, se dice que llegó incluso a traficar con armas.
No sabemos de dónde viene El Gaviero, y él mismo no sabe para dónde va, pero su errancia lo ha llevado también a traficar con armas, a montar un prostíbulo en Panamá, y la razón y el motivo de éstas y otras aventuras no son las del empresario, ni las del hombre que busca afanosamente ver coronadas sus empresas por el éxito. No. Ambos saben que la derrota existe de antemano, que están condenados para siempre.
En una de las cartas escritas por Rimbaud desde Abisinia dice una frase que bien podría haber sido pronunciada por El Gaviero: "Cada vez estoy más convencido, como los musulmanes, que lo que llega llega y eso es todo".
El desencanto, la lucidez, la conciencia de la propia miseria y del fracaso de toda vida, las enfermedades, el dolor, el horror, son consustanciales para El Gaviero y para Rimbaud. Son ellos los grandes enfermos, los desplazados, los solos, los que han sentado a la belleza en las rodillas y la han encontrado amarga y la han injuriado.
Rimbaud vivió su temporada en el infierno y enterró su imaginación y su futuro. Es evidente que Maqroll ha vivido su propia temporada en el infierno. Rimbaud reclamó para sí, en la "Temporada", su carnet de condenado. Igual ha hecho Maqroll en la obra de Mutis. No pretendo afirmar aquí que Maqroll provenga de Rimbaud, pero sí señalar que son almas gemelas. Y, en todo caso, el mismo Mutis ha declarado su genuina devoción por la obra del poeta francés.
Incluso, Mutis tiene un poema dedicado a Rimbaud, titulado "Estela para Arthur Rimbaud", en el que nos habla del poeta y utiliza una imagen que inmediatamente nos relaciona a éste con El Gaviero. En sus primeros versos el poema dice: "Señor de las arenas / recorres tus dominios y desde el mirador / de la torre más alta / parten tus órdenes / que van a perderse / en el sordo vacío / del estuario".
Si ya señalamos que gaviero es el que avizora, el que vigila el horizonte, aquí la imagen del "mirador de la torre más alta" se asocia a la del palo mayor del barco de vela, y las órdenes que imparte Rimbaud desde allí van a perderse en el sordo vacío del estuario, que claramente nos ubica en las cercanías del mar.
También vale aclarar que Maqroll no es el alter ego de Mutis, ni es Mutis disfrazado de Maqroll, y casi podríamos decir que tampoco es una invención del poeta. Maqroll tiene vida propia, independiente de la vida de Mutis. Maqroll es tan antiguo, tan inmemorial como una leyenda. Y Mutis es, por decirlo de algún modo, su albacea.
Es imposible hablar de la poesía de Mutis sin hablar de Maqroll El Gaviero, pues éste no sólo es su singular personaje, sino que es uno de los raros milagros y misterios que hay en la poesía de la lengua castellana.
Maqroll aparece por primera vez en sus poemas y años, muchos años después en sus novelas.
En la Reseña de los Hospitales de Ultramar, El Gaviero, ya viejo, nos invita a conocer sus plagas y pregona el signo de sus navegaciones.
Dejemos que Maqroll mismo nos relate sus plagas y que Mutis nos introduzca en ellas. "Los siguientes fragmentos pertenecen a un ciclo de relatos y alusiones tejidos por Maqroll El Gaviero en la vejez de sus años, cuando el tema de la enfermedad y de la muerte rondaba sus días y ocupaba buena parte de sus noches, largas de insomnio y visitadas de recuerdos.
Con el nombre de Hospitales de Ultramar cubría El Gaviero una amplia teoría de males, angustias, días en blanco en espera de nada, vergüenzas de la carne, faltas de amistad, deudas nunca pagadas, semanas de hospital en tierras desconocidas curando los efectos de largas navegaciones por aguas emponzoñadas y climas malignos, fiebres de la infancia, en fin, todos esos pasos que da el hombre usándose para la muerte, gastando sus fuerzas y bienes para llegar a la tumba y terminar encogido en la ojera de su propio desperdicio. Esos eran para él, sus Hospitales de Ultramar".

 

Las Plagas de Maqroll

"Mis Plagas", llamaba El Gaviero a las enfermedades y males que le llevaban a los Hospitales de Ultramar. He aquí algunas de las que con más frecuencia mencionaba: Un gran hambre que aplaca la fiebre y la esconde en la dulce cera de los ganglios. La incontrolable transformación del sueño en un sucederse de brillantes escamas que se ordenan para reemplazar la piel por un deseo incontenible de soledad. La desaparición de los pies como última consecuencia de su vegetal mutación en desobediente materia tranquila.
Algunas miradas, siempre las mismas, en donde la sospecha y el absoluto desinterés aparecen en igual proporción.
Un ala que sopla el viento negro de la noche en las miserias de las navegaciones y que aleja toda voluntad, todo propósito de sobrevivir al orden cerrado de los días que se acumulan como lastre sin rumbo.
La espera gratuita de una gran dicha que hierve y se prepara en la sangre, en olas sucesivas, nunca presentes y determinadas, pero evidentes en sus signos: Un irritable y constante deseo, una especial agilidad para contestar a nuestros enemigos, un apetito por carnes de caza preparadas en un intrincado dogma de especies y la obsesiva frecuencia de largos viajes en los sueños.
El ordenamiento presuroso de altas fábricas en caminos despoblados.
El castigo de un ojo detenido en su duro reproche de escualo que gasta su furia en la ronda transparente del acuario.
Un apetito fácil por ciertos dulces de maizena teñida de rosa y que evocan la palabra marianao.
La división del sueño entre la vida del colegio y ciertas frescas sepulturas".
El ritmo del poema es lento, la cadencia de la voz del poeta nos arrulla con sus males, las imágenes se suceden una tras otra, como olas que suavemente nos llevaran a playas insólitas y maravillosas. Las plagas de Maqroll son música que encanta y alivia.
Mutis es un gran poeta porque nos seduce con su soberbio lenguaje. Cada una de sus frases se va desgranando como un fruto maduro, espléndido, sensual, que nos asombra. Los males de Maqroll no producen vértigo cuando los leemos sino una infinita calma, una dulzura que envenena lentamente, una suerte de melancolía melodiosa.
En los poemas de Mutis nos dejamos llevar por el hechizo de una música sabia y diestramente ejecutada. Todo parece resbalar fácilmente como una modorra en una tarde de calor. La magia del lenguaje reina en el poema y por eso nos sentimos cómodos, apoltronados en estos hospitales de ultramar.
Es increíble que la enfermedad, el cáncer, las pústulas, las llagas, las heridas resuenen con tanta gracia en el poema, con tan pasmosa dignidad y elegancia.
El poeta parece deleitarse y deleitarnos con el horror de los enfermos. Pero la música que alienta en el poema es letal, es incisiva, y mientras lo escuchamos vamos sintiendo que dichos hospitales son el ámbito en que vivimos, que los enfermos somos todos, que cada uno de nosotros ha sido sopesado y diagnosticado de manera precisa, rigurosa, y ahora somos abiertos en canal por el escalpelo de una lengua afilada, brutal y encantadora.
Oigamos.

 

Pregón de los hospitales

¡Miren ustedes cómo es de admirar la situación privilegiada de esta gran casa de enfermos!
¡Observen el dombo de los altos árboles cuyas oscuras hojas, siempre húmedas, protegidas por un halo de plateada pelusa, dan sombra a las avenidas por donde se pasean los dolientes!
¡Escuchen el amortiguado paso de los ruidos lejanos, que dicen de la presencia de un mundo que viaja ordenadamente al desastre de los años, al olvido, al asombro desnudo del tiempo!
¡Abran bien los ojos y miren cómo la pulida uña del síntoma marca a cada uno con su signo de especial desesperanza!; sin herirlo casi, sin perturbarlo, sin moverlo de su doméstica órbita de recuerdos y penas y seres queridos, para él tan lejanos ya y tan extranjeros en su territorio de duelo.
¡Entren todos a vestir el ojoso manto de la fiebre y conocer el temblor seráfico de la anemia o la transparencia cerosa del cáncer que guarda su materia muchas noches, hasta desparramarse en la blanca mesa iluminada por un alto sol voltaico que zumba dulcemente!
¡Adelante señores!
Aquí terminan los deseos imposibles:
el amor por la hermana,
los senos de la monja,
los juegos en los sótanos,
la soledad de las construcciones,
las piernas de las comulgantes,
todo termina aquí, señores.
¡Entren, entren!
Obedientes a la pestilencia que consuela y da olvido, que purifica y concede la gracia.
¡Adelante!
Prueben
la manzana podrida del cloroformo,
el blando paso del éter,
la montera niquelada que ciñe la faz de los moribundos,
la ola granulada de los febrífugos, la engañosa delicia vegetal de los jarabes,
la sólida lanceta que libera el último coágulo, negro ya y poblado por los primeros signos de la transformación.

¡Admiren la terraza donde ventilan algunos sus males
como banderas en rehén!
¡Vengan todos
feligreses de las más altas dolencias!
¡Vengan a hacer el noviciado de la muerte, tan útil a muchos,
tan sabio en dones que infestan la tierra y la preparan!
La poesía no es, como muchos creen, una evasión de la realidad, una fantasía de uso personal. Todo lo contrario. No hay nada fantasioso en estos poemas, ni podemos hablar de que este universo surge de la imaginación del poeta. El alto sol voltaico que zumba dulcemente en el poema es tan real como el que alumbra la mesa de operaciones del quirófano. Su luz despiadada ilumina nuestra condición y la revela. El poema hurga nuestras heridas y las sondea y de una u otra manera las alivia. Estamos pero no estamos solos.
Alguien más ha visto, ha sentido. Alguien enriquece de manera sabia nuestra miseria.
Maqroll mismo se ha enriquecido con la experiencia. En uno de los primeros poemas de Mutis en que aparece Maqroll, el tono y las imágenes son muy distintas. Hay un algo delirante en la letanía, en la enumeración de la plegaria que hace Maqroll que nos remite a un universo dislocado y demente, como si Maqroll fuese aún muy joven, aunque es evidente que ya conoce su rostro y su destino. La diferencia entre este poema y los que vinieron después en la Reseña de los Hospitales de Ultramar nos da la medida del rigor con que ha crecido El Gaviero, de la magnitud de su desastre, de la hondura de su desventura.

 

Oración de Maqroll

No está aquí completa la oración de Maqroll El Gaviero. Hemos reunido sólo algunas de sus partes más salientes, cuyo uso cotidiano recomendamos a nuestros amigos como antídoto eficaz contra la incredulidad y la dicha inmotivada. Decía Maqroll El Gaviero:
¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar donde los peces copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del centinela. Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer a la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el cual rasgaban la densa felpa de deseo que los acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques y devorar los caminos de arena transitados por los incestuosos, los rezagados amantes, en las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh fecundísimo! la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas de firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada.
No olvides su rostro.
Amén.

Es curioso que en este poema El Gaviero confiese haber observado pacientemente las leyes de la manada, cuando su santo y seña ha sido siempre el del solitario, el de alguien sin par. Pero es posible que Maqroll vea en su condición la condición de todos nosotros, la de solitarios, y tampoco olvidemos que en su poema "Moirologhia" Mutis nos habla del abandonado animal de caravana, y una de las leyes de la manada es seguir el rumbo y abandonar a los que se quedan, y dejarlos rezagados para siempre.
Los títulos que Mutis les ha dado a algunos de sus primeros libros de poemas nos señalan el itinerario de su poesía y nos dan la medida precisa de su materia: Los trabajos perdidos, Los elementos del desastre, la Reseña de los Hospitales de Ultramar.
Allí no sólo están la muerte, las enfermedades y las plagas. También hay otros males, el exilio, el miedo, como también algunos bálsamos que alivian y nos dan un cierto amparo, una cierta esperanza, como la memoria, el amor y la música.
Pero en el inquieto mar de la desesperanza el amor tampoco es una redención, y el poeta lo sabe y nos lo restriega en la cara.
Hay un bello poema compuesto de tres partes llamado "Batallas hubo", en el que Mutis nos revela que el amor también está condenado por el tiempo y que de nada vale esforzarse en tan viejas hazañas. No hay una pizca de romanticismo en estos poemas sino la triste y cruda voz del que sabe, la atroz lucidez de un insomne enamorado.

 

Batallas hubo

I

Casi al amanecer, el mar morado,
llanto de las adormideras, roca viva,
pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.
Casi al amanecer, en playas de pizarra
y agudos caracoles y cortantes corolas,
batallas hubo, grandes guerras mudas
dejaron sus huellas.
Se trataba, por fin,
del amor y sus hirientes hojas,
nada nuevo.
Batallas hubo a orillas del mar
que rebota ciego y desordenado,
como un reptil preso en los cristales del alba.
Cenizas del amor en los altares del mundo,
nada nuevo.

II

De nada vale esforzarse en tan viejas hazañas,
ni alzar el gozo hasta las más altas cimas de la ola,
ni vigilar los signos que anuncian la muda invasión
nocturna y sideral que reina sobre las extensiones.
De nada vale.
Todo torna a su sitio usado y pobre
y un silencio juicioso se extiende, polvoso y denso,
sobre cada cosa, sobre cada
impulso que viene a morir contra la cerrada coraza de los días.
Las tempestades vencidas, los agitados viajes,
sólo al olvido acuden, en su hastiado dominio
se precipitan y preparan nuevas incursiones
contra la vieja piel del hombre
que espera su fin
como pastor de piedra ingenua y aguas ciegas.

III

Y hay también el tiempo que rueda interminable,
persistente, usando y cambiando,
como piedra que cae o carreta que se desboca.
El tiempo, muchacha, que te esconde en su pecho
con tus manos seguras y tu melena de legionaria
y algo de tu piel que permanece;
el tiempo, en fin, con sus armas ocultas.
Nada nuevo.

La piel tersa del poema no deja ver las desgarraduras de la carne. No hay amargura en la voz del poeta. Hay un aceptar el mundo y el amor tal como es. Nada nuevo. Lento, suave, aterciopelado, el poema va dejando oír su cadencia armoniosa que contrasta vivamente con el sordo dolor que late bajo la serena superficie del canto. No hay una queja, pero sí la resignación de alguien que sabe que el amor tampoco ha de cambiar la vieja piel del hombre y que todo torna a su sitio usado y pobre.
Hay un tono triste en estos versos, un tono en el que se evidencia el desengaño. El poeta no se engaña acerca del amor, no quiere engañarse, quiere también en este caso ver de frente las caras del amor, sin ilusión, sin maquillaje. Y lo que le queda en las manos, lo que el tiempo le deja es ese "algo de tu piel que permanece" que de una u otra manera todo lo justifica. La memoria se cuela en esa frase y precisa que no todo es del olvido, que a pesar de todo algo sigue vivo, así nos siga lastimando hondamente. Nada nuevo.
Y es precisamente el amor, en la poesía de Mutis, el que deja entrever una esperanza, el único que nos revela que acaso no todo ha sido en vano. En su "Breve poema de viaje" el poeta describe minuciosamente ese algo, imperceptible casi, que condiciona nuestro destino, esa cuerda de la cual pende delicadamente una vida.

Breve poema de viaje

Desde la plataforma del último vagón
has venido absorta en la huida del paisaje.
Si al pasar por una avenida de eucaliptos
advertiste cómo el tren parecía entrar
en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;
si llevas una blusa que abriste
a causa del calor,
dejando una parte de tus pechos descubierta;
si el tren ha ido descendiendo
hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda
detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,
que denuncia su extrema quietud
y la inutilidad de su presencia;
si sueñas en la estación final
como un gran recinto de cristales opacos
en donde los ruidos tienen
el eco desvelado de las clínicas;
si has arrojado a lo largo de la vía
la piel marchita de frutos de alba pulpa;
si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto
la huella de una humedad fugaz
lamida por los gusanos de la luz;
si el viaje persiste por días y semanas;
si nadie te habla y, adentro,
en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos,
te llaman por todos los nombres de la tierra,
si es así,
no habré esperado en vano
en el breve dintel del cloroformo
y entraré amparado por una cierta esperanza.

Hay demasiados síes en el poema como para garantizar una cierta esperanza. Pero la puerta está abierta y si es posible nombrar los síes de los cuales depende el no haber esperado en vano, es porque ellos son ciertos y existen; hacen parte de un delicado ritual que debe realizarse paso a paso para que su promesa se cumpla.
La imagen final nos remite al final de todo viaje, de toda vida, y es claro que el breve dintel del cloroformo nos ubica en el umbral de la muerte. El poeta va a entrar, va a acogerse a la muerte amparado por una cierta esperanza cuando de hecho, paradójicamente, ya no la necesita. O sí, y ni el poeta ni nosotros lo sabremos nunca. Pero hay en esta esperanza una suerte de sosiego, de tranquilidad, de valor que nos ayuda a cruzar la frontera.
Esto es evidente de manera terrible en uno de los poemas más trágicos y bellos de Mutis. En el poema, el número cuatro de Caravansary, poema compuesto de diez poemas en prosa y de una Invocación final, y que da título al libro, oímos una confesión terrible, y en dicha confesión hecha por alguien que va a morir encontramos la justificación de una vida, hallamos el amor.
Dice así:

 

IV

Soy capitán del 3° de Lanceros de la Guardia Imperial, al mando del coronel Tadeuz Lonczynski. Voy a morir a consecuencia de las heridas que recibí en una emboscada de los desertores del Cuerpo de Zapadores de Hesse. Chapoteo en mi propia sangre cada vez que trato de volverme buscando el imposible alivio al dolor de mis huesos destrozados por la metralla. Antes de que el vidrio azul de la agonía invada mis arterias y confunda mis palabras, quiero confesar aquí mi amor, mi desordenado, secreto, inmenso, delicioso, ebrio amor por la condesa Krystina Krasinska, mi hermana. Que Dios me perdone las arduas vigilias de fiebre y deseo que pasé por ella durante nuestro último verano en la casa de campo de nuestros padres en Katowicze. En todo instante he sabido guardar silencio. Ojalá se me tenga en cuenta en breve cuando comparezca ante la Presencia Ineluctable. ¡Y pensar que ella rezará por mi alma al lado de su esposo y de sus hijos!

El capitán tercero de lanceros pide perdón a Dios, pero también le pide que ojalá su silencio, su cómplice amor sin testigos sea tomado en cuenta cuando llegue frente a la Presencia que no podemos eludir. El capitán tercero de lanceros sabe que la vida se le escapa pero está orgulloso de su amor, y que en ese amor va su vida, su única justificación en este mundo. Por último, quiero leer un hermoso poema, "Sonata" (que entre otras quiere decir algo para ser sonado), en el que el poeta señala lo delicado del amor, y cómo un algo sutil puede desbaratar la magia y condenarnos a un nuevo fracaso.

Sonata

¿Sabes qué te esperaba tras esos pasos del arpa llamándote de otro tiempo, de otros días?
¿Sabes por qué un rostro, un gesto, visto desde el tren que se detiene al final del viaje, antes de perderte en la ciudad que resbala entre la niebla y la lluvia, vuelven un día a visitarte, a decirte con unos labios sin voz, la palabra que tal vez iba a salvarte?
¡A dónde has ido a plantar tus tiendas! ¿Por qué esa ancla que revuelve las profundidades ciegamente y tú nada sabes?
Una gran extensión de agua suavemente se mece en vastas regiones ofrecidas al sol de la tarde; aguas del gran río que luchan contra un mar en extremo cruel y helado, que levanta sus olas contra el cielo y va a perderlas tristemente en la lodosa sabana del delta.
Tal vez eso pueda ser.
Tal vez allí te digan algo.
O callen fieramente y nada sepas.
¿Recuerdas cuando bajó al comedor para desayunar y la viste de pronto, más niña, más lejana, más bella que nunca? También allí esperaba algo emboscado. Lo supiste por cierto sordo dolor que cierra el pecho.

Pero alguien habló.
Un sirviente dejó caer un plato.
Una risa en la mesa vecina,
algo rompió la cuerda que te sacaba del profundo pozo como a José los mercaderes.
Hablaste entonces y sólo te quedó esa tristeza que ya sabes y el dulceamargo encanto por su asombro ante el mundo, alzado al aire de cada día como un estandarte que señalara tu presencia y el sitio de tus batallas.
¿Quién eres, entonces? ¿De dónde salen de pronto esos asuntos en un puerto y ese tema que teje la viola tratando de llevarte a cierta plaza, a un silencioso y viejo parque con su estanque en donde navegan gozosos los veleros del verano? No se puede saber todo.
No todo es tuyo.
No esta vez por lo menos. Pero ya vas aprendiendo a resignarte y a dejar que otro poco tuyo se vaya al fondo definitivamente y quedes más solo aún y más extraño, como un camarero al que gritan en el desorden matinal de los hoteles, órdenes, insultos y vagas promesas, en todas las lenguas de la tierra.

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