Era
material más bien robado, o basura, simplemente. Yo no dejaba de ser
marginal a pesar de haber estudiado con Grotowski y en diversas escuelas
francesas. Y por ser extranjero me habría tocado hacer una carrera de
actorcillo que representa a porteros latinos, con todo y acento. Entonces
decidí, yo mismo, poner en escena textos clásicos y contemporáneos.
Me di cuenta de que el teatro que hacía tenía una carga hacia la imagen,
con un desarrollo más orgánico que intelectual y sin la frontera del
idioma, en consecuencia. Más tarde pasé la frontera misma del lenguaje
teatral. Me hice director porque la necesidad tiene cara de perro. Me
tocó quitarme de encima los métodos y encontrar un lenguaje con actores
jóvenes europeos que fueran capaces de volverse mestizos.
Malandro parece ser, más que un concepto, una formación
continua, una experiencia de evolución colectiva…
Mi trabajo es encontrar espacios libres y fértiles.
Siembro diferentes semillas y el resultado es un lenguaje "políglota",
no sólo en la palabra sino en todas las expresiones. Mantener la condición
de extranjero desarrolla siempre eso. Permite una nueva intuición y
una riqueza mayor para la creación. Y no sólo hay que encontrarla sino
observarla a fondo, porque esa riqueza cambia, muta, es efímera.
Su versión de El Quijote, además de ser una canción
de amor y de utopía, de realidad e ilusión, muestra una gran rumba en
movimiento...
Soy andariego. Una cosa es el cervantismo y su culto,
considerado intocable como ciertas obras universales y eso es una gran
mentira. El personaje le ganó al autor y nació el quijotismo, única
religión en la que creo. Fe en lo inmaterial, pero también en lo carnal,
en lo que nos mueve. Soy más quijote sentándome a construir el sueño,
que no protagonizándolo.
¿Será que usted hace de su dificultosa vida una metáfora?
¿Transforma la realidad habiéndola cambiado previamente en los sueños?
A veces me veo en la siesta de un fauno de Debussy
en la Jiménez con décima. Hay un círculo entre el destino y la acción
que uno puede modificar. Uno camina en el sueño y se olvida de las verdades,
cuándo fue que se durmió. Hago teatro onírico. Mi Quijote no es un personaje
al que le pasan cosas sino alguien que se hace representar cosas y las
representa. Busca ser espectador y cuando no puede va y provoca y se
retira para ser espectador. Ese es el manejo que le di. Se hace dar
en la jeta por sapo, se pone en escena. No era el guerrero a quien veíamos
peleando contra otros caballeros muy escoltados. Ese poder no nos interesaba…
Es el rey del sitio donde se han derramado la tinta y la sangre. Al
quitarle lanza y armadura, queda su alma. El Quijote no ve en Dulcinea
al ser carnal. Ve la feminidad, la tierra, la Mancha, la traza. Y en
Colombia se puede seducir a esa Dulcinea sin lanza y armadura. Ese es
el sueño que propongo.
El Quijote se exilia para ir a conquistar el viento
y parir nuevas criaturas. ¿Se ve usted también colgado de los deseos,
de esa "dromomanía", la del dromedario que tiene que andar sin descanso?
Yo me fui para respirar y encontré aire. El haber
vivido fuera del país no me ha despegado la fe en el árbol, o en el
ser humano colombiano. Ese mundo, ese universo que ven nuestros indígenas,
que es un intangible histórico que debemos cultivar en Colombia sin
fundamentalismos, me ha dado la fuerza para construir algo tan efímero
como el teatro en un continente tan exigente y en Suiza, ¡la tierra
de Calvino! Vea usted… Por un lado está el Dios dólar, y por el otro
el tótem cultural latinoamericano, al que así le manden bombas no lo
pueden acabar.
La fuerza del jaguar… ¿Y cómo exorcizó las penas de
ese país que había dejado? Cuando uno necesita atravesar un muro es
mejor bordearlo y ese es el camino. Hay que hacerse líquido para que
el muro lo absorba y pasar al otro lado. Dejé de decirme "tengo que
ser reconocido en Colombia". Ahora pienso en cómo ser útil, cómo compartir
lo que he hecho con los muchachos de Colombia, como cuando era mensajero
de una agencia de viajes y me caminaba la avenida Boyacá esperando un
pasaje que nunca llegó.
Pero había una amargura por no poder ir antes al festival.
Usted buscaba reconocimiento, que el medio teatral colombiano lo escuchara,
pero a pesar de sus éxitos no había señales. ¿Qué pasó? Yo mandé muchos
mensajes, porque sigo siendo mensajero. Quizás equivocados. Fanny Mikey
y Ramiro Osorio habían oído hablar de mí. Cuando estuvimos en el Japón
con Bodas de sangre, Atashi Susuki produjo una gran polémica al hablar
de nosotros como un teatro inubicable. Eso interesó a más de uno. Habíamos
tomado elementos del teatro tradicional japonés, del Katakali hindú,
de la creación colectiva latinoamericana, del teatro clásico europeo,
de la danza contemporánea. Y lo que surgía sólo era el mestizo, formas
de representación, sólo formas, no acumulaciones. Vendimos Ay Quijote
en 22 ciudades. La gente del festival oía hablar y finalmente se dio
el puente. Gracias a una visita que hicimos a Colombia con René González,
un gran productor europeo, todo se dio. Él dijo: "Tiene que venir a
que lo vean en su país". Y listo.
¿Qué significa, tras su partida y todos estos años
de esfuerzo, abrir el Iberoamericano?
Un signo de confianza. Abrir el Iberoamericano como
colombiano es un regalo mutuo que nos hacemos con el país. Es empezar
el festival con ilusiones y quimeras, con un espectáculo que no es trágico
ni pesimista. Se lo van a gozar.
El Porras de hace 17 años era un muchacho que buscaba.
Ahora usted ha encontrado lenguajes, aplausos, reconocimientos. ¿Lo
cambia el éxito, regresar triunfante para el reencuentro con Colombia?
Sí. Cambio, no me puedo quedar en el recuerdo. No
sólo yo regreso; mis actores, la mayoría europeos, saben qué es Colombia.
Cantan bambucos y vallenatos, se entrenan con el rigor de un guerrero
para hacer cantar y bailar a un enemigo inexistente. Esto es como una
columna vertebral y cada vértebra es la historia de nosotros los del
grupo. Y la médula de eso la veo en el pie de mi abuelo campesino en
Pacho (Cundinamarca), que nunca se puso zapato. Trabajando con tanto
rigor y disciplina, levantándose al alba para darles de comer a las
bestias con dolor y fe. Eso es ser quijote. La fe.
¿Cómo sintió el hecho de llenar durante tres semanas
el Théâtre de la Ville de París?
Para mí es un teatro simbólico donde vi a los grandes.
Fue parte de mi formación cuando me colaba, me hacía invisible. Un monumento
histórico arquitectónico en el corazón del corazón y monumento del teatro.
Desde la oficina veía Notre Dame. París siempre fue para mí la puerta
grande. Estuve con Bodas de sangre de Lorca y Las bacantes de Eurípides
en el mismo teatro, pero en la sala adjunta de Montmartre. Cuando supieron
que trabajaba en esta versión de El Quijote, me dijeron: "Esta vez sí
le toca el gran escenario". Toda una suerte ser el primer latinoamericano
que dirige en ese monumento. Es la visa para un sueño.
Al principio del montaje de Ay Quijote, usted era
en escena el propio hidalgo caballero, pero un día se dio cuenta de
que un actor lo hacía mejor que usted. ¿Le produce nostalgia no estar
en escena?
No, estoy fresco. Me quité la máscara y se la di a
Joan. En el teatro, como en la vida, somos actores y público, nos gusta
seducir, pero ello nos enseña un rigor de humildad para saber tomar
el sitio que le corresponde a uno. Sobre todo cuando es uno mismo quien
debe decidir. Estoy en los actores, en la creación. Saber estar sin
estar es un poder. Mover sin moverse. Siento una cierta paz, al tiempo
que una melancolía, por lo hecho. Estoy pasando a otra cosa, no mayor,
pero sí otra.
Usted regresa, pero mantiene la mirada del colombiano
que vive en Europa, esa mezcla de ternura y escepticismo que se desarrolla
en la distancia física y en la cercanía mental. ¿Cómo ve a Colombia?
Con dolor. En Colombia hay mucha gente que tiene las
cosas y realmente no se las merece. Hay algo que nos metieron que no
era nuestro: el dólar. Me hace falta mi país, pero entendí que debo
seguir en Europa porque hay que preparar un terreno para el teatro colombiano.
A mí me mandaron como un obrero de nuestra cultura, con una carretilla
de sueños a hacer un camino para otros. No sé si esté de regreso. No,
yo siempre voy…
-París, febrero de 2002