ÓMAR PORRAS EN EL FESTIVAL IBEROAMERICANO:

Del barrio Patria al Théâtre de la Ville de París
 

Charla de dos creadores colombianos radicados en París: Antonio Morales, escritor, y Omar Porras, director de teatro, que con su grupo europeo Malandro, abre el VIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá.

Por Antonio Morales Riveira

Fue monaguillo ateo, atleta de avenidas, soldado hipócrita, declamador folclórico, payaso proletario en fiesticas clase media, bailarín de salsa con un estilito Nijinski, mensajero de buseta y mocasín, titiritero en el metro, saltimbanqui de torniquetes, albañil de cielos rasos podridos, viajero de trenes, amante de una polaca; lavó ollas, acompañó a ancianos a sesiones pornográficas, cuidó perros, fue actor. Pasó del barrio Patria en Bogotá a los metederos parisinos, a las barriadas mestizas. Estudió con Grotowski y se mamó. Invadió una bodega en Ginebra (Suiza) con unos pelados, con unos rapados, y se inventó una compañía de teatro que hoy es una de las más importantes de Europa.
   Se volvió director, se les midió a los clásicos, pasó de la marginalidad y el rebusque a las grandes salas de teatro del mundo. Es reconocido en Europa como el más importante director de su generación -tiene treinta y ocho años. Y hoy ha vuelto a Colombia con su versión de El Quijote, invitado con su teatro Malandro para abrir el Festival Iberoamericano de Bogotá. Con su profesión de fe por la locura, Ómar Porras ha construido un teatro que no es producto de una inteligencia premeditada. Que no tiene objetivos. Un teatro festivo, donde la tragedia se pasea sobre la alegría dejándola incólume. Un teatro vivo, profundo y divertido, como Ay Quijote, viajero de la utopía, pura substancia de amor.
   Hace 17 años, porque no había oportunidades, usted se fue de Colombia con dos mudas y un escapulario. Hoy, después de años de dificultades y marginalidad, logra un éxito contundente en toda Europa y regresa para abrir el Festival Iberoamericano de Teatro. ¿Cómo estuvo Colombia dentro de usted durante ese tiempo?
   Yo quise hacer teatro y danza pero era imposible. Los proletarios estábamos destinados al trabajo raso. Colombia es un pueblo que está en construcción. Hay algo telúrico que sacude con dolor. Lo que nos da la fuerza es que somos apasionados y apegados a nuestra tierra, esa savia llena de sabiduría. Uno es un camaleón. Para adaptarse hay que aprender los lenguajes externos e internos de las otras culturas, hasta hacerse casi transparente. Lo mío no era querer volver porque siempre estuve en Colombia. Pero sí tenía un dolor, quería compartir, construir un puente.

   ¿Entre usted y usted mismo?
Puede ser, porque yo soy pasajero. Con cierta angustia y placer puedo decir que no soy de ninguna parte. Soy del destino, más allá de la voluntad. Mi teatro es mestizo; hay un colombiano que inspira y canaliza, pero la materia son los sueños de todos. Amalgamo historias que son las mismas de cualquiera cuando se les da un pretexto. Eso crea lo bastardo, lo universal y humano. Y eso sorprende.
otado.
   ¿Cómo logró ese sincretismo en países europeos que tienen el complejo del mare nostrum, que sólo reconocen como "cultura" la suya, que a pesar de las "aperturas" de la globalización creen que aún el Mediterráneo es el mundo?
   Hay un momento secreto en la vida en el cual le dan a uno una tarea. No sé quién me la dio. Y pelear contra este medio donde todo se sabe y todo se ha hecho. Aquí están todas las cunas del pensamiento, la filosofía, las ciencias. Nos ven como aprendices -el que viene a saber- pero tenemos un saber. Somos aprendices de brujo, porque crecimos en la riqueza de nuestra cultura, con los genes llenos de magia, que es lo que nos hace mover. Cuando llegué sentí esa presión europea, esa prepotencia, y no luché, no me opuse. Me hice líquido para traspasar el muro, me impuse sin imponerme. Yo tenía adentro ese espíritu colombiano que nos asegura que cualquier cosa que cae a tierra florece. Lo mío era un fruto raro que causó curiosidad. Cinco años después, cuando hicimos Otelo y pasamos de nuestra bodega invadida al teatro de la Comedia de Ginebra, fue un hecho impactante en el medio francófono. Ver a unos punk underground manejando obras clásicas resultaba muy raro.
   Y fue entonces cuando el éxito se disparó.
   De tal modo que, más que aprendiz, el brujo era usted…
   Tal vez. Ahora que regreso siento que no se puede volver igual, no como esos que se aprenden dos o tres maromas y vienen a descrestar. Eso sí atenta contra nuestra cultura. No podemos ser sólo el exterior y olvidar nuestros valores secretos, sagrados, ancestrales, nuestras riquezas de todo tipo. Es un intangible histórico que debemos cultivar en Colombia, sin fundamentalismos. Veo en Colombia esa fluidez, esa cohesión, esa cosa dionisíaca y apolínea. No podemos destruir la rumba. Tanta magia y poesía y buena energía para luego ponernos la mesa en la cabeza…
   En 1990 usted funda en Ginebra la compañía de teatro Malandro, después de haber ocupado con unos amigos una vieja bodega. Su cuento entonces era marginal, reciclador, hacer teatro como quien recupera los materiales, los desechos de la sociedad contemporánea.

   Era material más bien robado, o basura, simplemente. Yo no dejaba de ser marginal a pesar de haber estudiado con Grotowski y en diversas escuelas francesas. Y por ser extranjero me habría tocado hacer una carrera de actorcillo que representa a porteros latinos, con todo y acento. Entonces decidí, yo mismo, poner en escena textos clásicos y contemporáneos. Me di cuenta de que el teatro que hacía tenía una carga hacia la imagen, con un desarrollo más orgánico que intelectual y sin la frontera del idioma, en consecuencia. Más tarde pasé la frontera misma del lenguaje teatral. Me hice director porque la necesidad tiene cara de perro. Me tocó quitarme de encima los métodos y encontrar un lenguaje con actores jóvenes europeos que fueran capaces de volverse mestizos.
   Malandro parece ser, más que un concepto, una formación continua, una experiencia de evolución colectiva…
   Mi trabajo es encontrar espacios libres y fértiles. Siembro diferentes semillas y el resultado es un lenguaje "políglota", no sólo en la palabra sino en todas las expresiones. Mantener la condición de extranjero desarrolla siempre eso. Permite una nueva intuición y una riqueza mayor para la creación. Y no sólo hay que encontrarla sino observarla a fondo, porque esa riqueza cambia, muta, es efímera.
   Su versión de El Quijote, además de ser una canción de amor y de utopía, de realidad e ilusión, muestra una gran rumba en movimiento...
   Soy andariego. Una cosa es el cervantismo y su culto, considerado intocable como ciertas obras universales y eso es una gran mentira. El personaje le ganó al autor y nació el quijotismo, única religión en la que creo. Fe en lo inmaterial, pero también en lo carnal, en lo que nos mueve. Soy más quijote sentándome a construir el sueño, que no protagonizándolo.
   ¿Será que usted hace de su dificultosa vida una metáfora? ¿Transforma la realidad habiéndola cambiado previamente en los sueños?
   A veces me veo en la siesta de un fauno de Debussy en la Jiménez con décima. Hay un círculo entre el destino y la acción que uno puede modificar. Uno camina en el sueño y se olvida de las verdades, cuándo fue que se durmió. Hago teatro onírico. Mi Quijote no es un personaje al que le pasan cosas sino alguien que se hace representar cosas y las representa. Busca ser espectador y cuando no puede va y provoca y se retira para ser espectador. Ese es el manejo que le di. Se hace dar en la jeta por sapo, se pone en escena. No era el guerrero a quien veíamos peleando contra otros caballeros muy escoltados. Ese poder no nos interesaba… Es el rey del sitio donde se han derramado la tinta y la sangre. Al quitarle lanza y armadura, queda su alma. El Quijote no ve en Dulcinea al ser carnal. Ve la feminidad, la tierra, la Mancha, la traza. Y en Colombia se puede seducir a esa Dulcinea sin lanza y armadura. Ese es el sueño que propongo.
   El Quijote se exilia para ir a conquistar el viento y parir nuevas criaturas. ¿Se ve usted también colgado de los deseos, de esa "dromomanía", la del dromedario que tiene que andar sin descanso?
   Yo me fui para respirar y encontré aire. El haber vivido fuera del país no me ha despegado la fe en el árbol, o en el ser humano colombiano. Ese mundo, ese universo que ven nuestros indígenas, que es un intangible histórico que debemos cultivar en Colombia sin fundamentalismos, me ha dado la fuerza para construir algo tan efímero como el teatro en un continente tan exigente y en Suiza, ¡la tierra de Calvino! Vea usted… Por un lado está el Dios dólar, y por el otro el tótem cultural latinoamericano, al que así le manden bombas no lo pueden acabar.
   La fuerza del jaguar… ¿Y cómo exorcizó las penas de ese país que había dejado? Cuando uno necesita atravesar un muro es mejor bordearlo y ese es el camino. Hay que hacerse líquido para que el muro lo absorba y pasar al otro lado. Dejé de decirme "tengo que ser reconocido en Colombia". Ahora pienso en cómo ser útil, cómo compartir lo que he hecho con los muchachos de Colombia, como cuando era mensajero de una agencia de viajes y me caminaba la avenida Boyacá esperando un pasaje que nunca llegó.
   Pero había una amargura por no poder ir antes al festival. Usted buscaba reconocimiento, que el medio teatral colombiano lo escuchara, pero a pesar de sus éxitos no había señales. ¿Qué pasó? Yo mandé muchos mensajes, porque sigo siendo mensajero. Quizás equivocados. Fanny Mikey y Ramiro Osorio habían oído hablar de mí. Cuando estuvimos en el Japón con Bodas de sangre, Atashi Susuki produjo una gran polémica al hablar de nosotros como un teatro inubicable. Eso interesó a más de uno. Habíamos tomado elementos del teatro tradicional japonés, del Katakali hindú, de la creación colectiva latinoamericana, del teatro clásico europeo, de la danza contemporánea. Y lo que surgía sólo era el mestizo, formas de representación, sólo formas, no acumulaciones. Vendimos Ay Quijote en 22 ciudades. La gente del festival oía hablar y finalmente se dio el puente. Gracias a una visita que hicimos a Colombia con René González, un gran productor europeo, todo se dio. Él dijo: "Tiene que venir a que lo vean en su país". Y listo.
   ¿Qué significa, tras su partida y todos estos años de esfuerzo, abrir el Iberoamericano?
   Un signo de confianza. Abrir el Iberoamericano como colombiano es un regalo mutuo que nos hacemos con el país. Es empezar el festival con ilusiones y quimeras, con un espectáculo que no es trágico ni pesimista. Se lo van a gozar.
   El Porras de hace 17 años era un muchacho que buscaba. Ahora usted ha encontrado lenguajes, aplausos, reconocimientos. ¿Lo cambia el éxito, regresar triunfante para el reencuentro con Colombia?
   Sí. Cambio, no me puedo quedar en el recuerdo. No sólo yo regreso; mis actores, la mayoría europeos, saben qué es Colombia. Cantan bambucos y vallenatos, se entrenan con el rigor de un guerrero para hacer cantar y bailar a un enemigo inexistente. Esto es como una columna vertebral y cada vértebra es la historia de nosotros los del grupo. Y la médula de eso la veo en el pie de mi abuelo campesino en Pacho (Cundinamarca), que nunca se puso zapato. Trabajando con tanto rigor y disciplina, levantándose al alba para darles de comer a las bestias con dolor y fe. Eso es ser quijote. La fe.
   ¿Cómo sintió el hecho de llenar durante tres semanas el Théâtre de la Ville de París?
   Para mí es un teatro simbólico donde vi a los grandes. Fue parte de mi formación cuando me colaba, me hacía invisible. Un monumento histórico arquitectónico en el corazón del corazón y monumento del teatro. Desde la oficina veía Notre Dame. París siempre fue para mí la puerta grande. Estuve con Bodas de sangre de Lorca y Las bacantes de Eurípides en el mismo teatro, pero en la sala adjunta de Montmartre. Cuando supieron que trabajaba en esta versión de El Quijote, me dijeron: "Esta vez sí le toca el gran escenario". Toda una suerte ser el primer latinoamericano que dirige en ese monumento. Es la visa para un sueño.
   Al principio del montaje de Ay Quijote, usted era en escena el propio hidalgo caballero, pero un día se dio cuenta de que un actor lo hacía mejor que usted. ¿Le produce nostalgia no estar en escena?
   No, estoy fresco. Me quité la máscara y se la di a Joan. En el teatro, como en la vida, somos actores y público, nos gusta seducir, pero ello nos enseña un rigor de humildad para saber tomar el sitio que le corresponde a uno. Sobre todo cuando es uno mismo quien debe decidir. Estoy en los actores, en la creación. Saber estar sin estar es un poder. Mover sin moverse. Siento una cierta paz, al tiempo que una melancolía, por lo hecho. Estoy pasando a otra cosa, no mayor, pero sí otra.
   Usted regresa, pero mantiene la mirada del colombiano que vive en Europa, esa mezcla de ternura y escepticismo que se desarrolla en la distancia física y en la cercanía mental. ¿Cómo ve a Colombia?
   Con dolor. En Colombia hay mucha gente que tiene las cosas y realmente no se las merece. Hay algo que nos metieron que no era nuestro: el dólar. Me hace falta mi país, pero entendí que debo seguir en Europa porque hay que preparar un terreno para el teatro colombiano. A mí me mandaron como un obrero de nuestra cultura, con una carretilla de sueños a hacer un camino para otros. No sé si esté de regreso. No, yo siempre voy…

-París, febrero de 2002

 

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