|
COLOMBIA
EN EL PLANETA
(RELATO DE UN PAÍS QUE PERDIÓ LA CONFIANZA) |
Por William Ospina
|
Presentación |
|
|
| Debemos
interrogar al espíritu de la venganza que nos hizo perder esa patria. Sería
una exageración afirmar que aquí se ha borrado el tabú del asesinato, ese
tabú que debe estar escrito con fuego en el corazón humano, ya que es el
fundamento mismo de la cultura, pero cómo negar que entre nosotros se ha
debilitado? Y ya no parecen ser las religiones quienes tengan el poder de
instaurar de nuevo en las conciencias ese mito poderoso, anterior a la ley
positiva y a la sanción moral, que obra sobre los nervios casi como una
ley natural. Pero tal vez, como lo hizo la tragedia en tiempos de Sófocles
y en tiempos de Shakespeare, el arte sí pueda todavía renovar en nuestros
corazones la vigencia de esas leyes profundas, reinscribir en ellos el sentido
sagrado y el poderoso temor, convertir a los muertos en aliados invencibles
de nuestro amor por la vida, haciéndolos capaces de infundir en los criminales
el pavor frente al crimen. Hay sociedades donde los muertos no mueren del todo. En México las gentes les llevan serenatas a las tumbas, ponen en ellas platos de enchiladas y de mole poblano, celebran como un carnaval el día de difuntos y, como en esos grabados de Guadalupe Posada donde se ven esqueletos que bailan en las fiestas del mundo, viven con los muertos una mitología jubilosa, testimonio de una profunda familiaridad. Entre los antiguos romanos, los muertos se convertían en divinidades familiares, con las que se dialogaba, con cuya protección se contaba siempre. Entre nosotros, en cambio, se ha trivializado la muerte. Los muertos se fueron convirtiendo en deshechos que seres distraídos arrojan al olvido, bajo un triste rótulo de N.N. El asesinato es un arma política común, y también un instrumento siniestro de control social. Pero tal vez lo que permite que la venganza recurra al crimen para dirimir los conflictos es esa idea de que los seres humanos se borran con la muerte. Lo que impidió que los muertos de la dictadura argentina se perdieran en el olvido fue que las Madres de la Plaza de Mayo los sacaron a la calle día tras día y año tras año: es así como se demuestra que el amor es más poderoso que la muerte. Aquí es necesario despertar a los muertos, pedirles que sigan vivos en el corazón de quienes los amaron, que nos acompañen en una larga fiesta por la vida. Los Wayúu suelen atar con cintas rojas las manos y los pies de quienes han sido asesinados, para que el asesino no pueda olvidar que ha cometido un crimen. Cuando hayamos cumplido esa labor poética y mítica de despertar a los muertos, de convertirlos en aliados de la vida, cuando hayamos demostrado que no es tan fácil matar del todo a un ser humano, la venganza tendrá que inventarse otras formas de dirimir sus conflictos, y no podrá creer que se elimina una contradicción eliminando a los contradictores. Ahora bien, desde los comienzos de la cultura occidental, la poesía testimonió el secreto de los jóvenes homéricos, de todos aquellos que viven peligrosamente. En la Odisea de Homero alguien pronuncia estas palabras significativas: "Los dioses labran desdichas para que a las generaciones humanas no les falte qué cantar". Las guerras y los éxodos fueron siempre la forma más acentuada de ese vivir en peligro, pero la humanidad siempre supo extraer de ellas enseñanza, fortaleza y consuelo. Hoy en Colombia innumerables seres humanos, hombres, mujeres y niños se mueven en una frontera de riesgos, no hay colombiano que no sienta cada día en su vida el sabor del peligro, y por eso debemos interrogar nuestra relación con un espacio físico que se ha convertido progresivamente en región de zozobra. En barrios azarosos, oyendo en la noche los estampidos de las armas de colina en colina, calculando siempre qué zonas de la ciudad pueden ser visitadas, estudiando siempre los rostros de los demás en pueblos donde crece la angustia, preguntándonos qué carreteras son seguras, en qué vías hay riesgo, sobre qué poblaciones están suspendidas las nubes de la amenaza, volviendo a sentir como en los años cincuenta que viejos conocidos se van cambiando en seres condenados o en colaboradores del mal, Colombia tarda en reaccionar, en modificar su realidad cotidiana, en nombrar su heroísmo y su miedo. Es preciso que oigamos el relato de los jóvenes homéricos, de quienes han aprendido a vivir en el filo de la muerte, es necesario que también ellos, con los múltiples lenguajes del arte, se cambien de víctimas en intérpretes y transformadores de su realidad. Del mismo modo debemos contrariar la locura que hizo que década tras década el país se haya acostumbrado a vivir bajo la sombra mítica de un monstruo que se finge eterno, omnipresente y omnipotente. Ese monstruo se llamó Sangrenegra y Desquite, se llamó Fabio Vásquez y Javier Delgado, se llamó Gonzalo Rodríguez Gacha y Pablo Escobar, y aunque cíclicamente caía en poder de la justicia o bajo una lluvia de balas, mostrando que no era más que un pobre ser resentido y vengativo, sigue imperando por el miedo sobre la sociedad y, a pesar de su muerte, vuelve a alzarse una y otra vez, con otro nombre y otro discurso, creyéndose de nuevo el dueño del país, el que decide quién vive y quién muere, quién permanece en el territorio y quién se va de él. Qué hace que Colombia se haya habituado a vivir bajo la gravitación de ese monstruo inevitable siempre significativo y siempre insignificante? Tal vez lo que tiene que ser conjurado no es el monstruo particular, por el que sus propios patrocinadores y voceros terminan sintiendo terror, y al que finalmente destruyen, sino la costumbre colectiva de estar a la vez fascinados y aterrorizados con él. Como el mítico Minotauro de Creta, que exigía cada año el tributo de la sangre joven de la isla, este monstruo parece ineluctable, pero es verdadera la interpretación que hizo de él Borges en su relato Asterión: la principal necesidad del monstruo es la de desaparecer, y lo único que verdaderamente lo sostiene es el temor que la sociedad le profesa. Este es un país peligroso pero valeroso. La gran mayoría de la sociedad está compuesta por seres valientes que salen cada mañana desarmados a las calles a luchar por la vida, a trabajar y a crear. Sin embargo se ha extendido la creencia de que los valientes son los tenebrosos guerreros que necesitan andar armados hasta los dientes y que se jactan de perdonar a todos los demás el atrevimiento de existir. Nuestro gran desafío es ayudar al monstruo a desaparecer. Y para ello es fundamental cambiar nuestras ideas de la valentía y de la cobardía. Es el monstruo el que tiene miedo, es por eso que anda armado y enloquecido, y Colombia debe vivir la fiesta de reírse del monstruo, desarticularlo como a esos muñecos de carnaval de los que cada miembro de la comparsa lleva una parte y que a veces se disgregan ante los ojos regocijados de los niños. Como en otros tiempos, pero con una amplitud insospechada, la guerra ha arrojado de sus tierras a dos millones de personas del campo. Y si a ellos sumamos los cuatro millones de colombianos que viven fuera del territorio, que han sido arrojados hacia el mundo exterior en busca de trabajo, de futuro, de seguridad, sentiremos una vez más que el destierro sigue siendo el signo de esta patria precaria. Se van nuestros científicos y nuestros talentos. Y hasta una parte muy importante de nuestro arte y de nuestra literatura han sido elaborados en el exilio. En el exilio se escribió la obra de Barba Jacob y de Alvaro Mutis, de García Márquez y de Fernando Vallejo, en el exilio se ha pintado buena parte la obra de Luis Caballero y de Fernando Botero. Sin embargo, esas obras nacidas en tierras extrañas fueron tal vez las más colombianas, porque no hay mejor manera de conocerse a sí mismo que mirándose en contraste con lo que es distinto. Varios millones de colombianos van hoy por el mundo procurando entender qué planeta es éste que durante tanto tiempo era para nosotros una fábula inverosímil. Colombia fue una nación casi totalmente cerrada a los vientos de las migraciones que en cambio poblaron a la Argentina y al Brasil, que pusieron siempre en contacto a Venezuela con el resto del mundo, que hicieron de México uno de los países más hospitalarios que pueda imaginarse, que le dieron a Cuba entre tantas cosas su espléndida riqueza musical. Un día, mirando cierto libro con imágenes de la Bogotá de los años 40, un pintor español exclamó graciosamente: "Cómo son de colombianos los colombianos!". Es también ese encierro y un largo hábito de dogmatismos lo que no nos ha permitido relativizar nuestras verdades, dialogar fluidamente con lo que es distinto, reconocer nuestros secretos y nuestras destrezas. Se diría que una de las causas de nuestro conflicto es que hemos estado encerrados demasiado tiempo. Eso nos ha vuelto incapaces de vernos en lo que realmente somos, de admirarnos unos a otros por lo que tenemos de verdaderamente admirable, de corregirnos en lo que deba ser corregido. Por ello, una de las prioridades de la Colombia presente es buscarse a sí misma en un diálogo inusitado con el mundo. Si es urgente que convoquemos a los millones de refugiados internos que han vivido la barbarie presente, para que compartan con todos los demás colombianos su realidad vertiginosa y hondamente humana, también es urgente que convoquemos a los pioneros de nuestro contacto con el mundo, a esos millones de colombianos que están dispersos por el planeta, que han entrado en relación física y mental con otras tradiciones, y que desde tantos lugares de globo sabrán celebrar de nuevo la alianza con el país en que nacieron, al que llevan en sus costumbres y en su nostalgia, el país que necesita de ellos para estar verdaderamente en el mundo. Hay quien dice que frente a los desafíos y los horrores de la guerra, es poco lo que pueden hacer el arte y la cultura. Muchos pensamos que, por el contrario, en una situación como la colombiana, casi todo tienen que hacerlo la cultura y la educación, porque hasta la guerra que vivimos es consecuencia de unos choques culturales, de unos procesos históricos en los cuales nuestra nación desdeñó su singularidad y se obstinó en copiar ideas, modelos y esquemas, creyendo ingenua o malintencionadamente que para una sociedad sirven las fórmulas que han sido descubiertas e implantadas en otras. La monarquía parlamentaria inglesa, la razonable república francesa, el presidencialismo paternal mexicano, la actual fusión de arcaísmo monárquico y de audaz ultramodernismo de la sociedad española son ordenamientos surgidos de una lectura lúcida de la realidad de cada uno de esos países. Sólo de una lectura lúcida de lo que somos puede salir un orden institucional y social que sirva para administrar esta realidad y para resolver sus problemas. Y decimos que hay una nación cuando una comunidad ha llegado a articularse de un modo original. Es por eso que el arte y la literatura son los que de verdad descifran a los pueblos, porque a través de ellos esa comunidad singular expresa sus símbolos profundos, cifra en lenguajes condensados su originalidad. |
|
En
su reciente libro La novela colombiana entre la verdad y la mentira,
el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, uno de los más lúcidos testigos
literarios de la violencia colombiana, nos ha mostrado a través del
ejemplo de cuatro grandes obras, la María de Jorge Isaacs, El Moro de
José Manuel Marroquín, La Vorágine de José Eustasio Rivera, y Cien años
de soledad de García Márquez, contrastadas todas con su propia experiencia
como autor de la novela Cóndores no entierran todos los días, que el
único modo como ha sido posible contar la historia de Colombia fue a
través de un tipo de ficción que, recurriendo a la exageración y a la
imaginación, logra cifrar poderosamente lo que de otro modo sería reducido
a niebla por la pertinaz y dirigida peste del olvido. Hablando de La
vorágine sostiene que ese tipo de ficción "es la búsqueda de la verdad
a través de la utilización de la mentira novelística o de la exageración
literaria, de la conformación flagrante de la selva en personaje, de
la animación como ser vivo del verde feroz de la selva". En otra parte
señala que "desde Rivera en adelante los novelistas colombianos, y los
lectores sí que más, convertimos la novela en la única vertiente para
encontrar la conformación hacia el futuro de los episodios que hicieron
la patria y que por injustos o agresivos, por dañinos o por inconvenientes
para los dueños del poder político o del poder económico no fueron aceptados
como verdad". Hablando de la obra de García Márquez, el escritor afirma
que "probablemente ninguna otra novela colombiana describe como Cien
años la imagen de las guerras colombianas. Cargada de sátiras, rebosante
de burla, hiriendo con el verbo y asimilando con la metáfora, logra
un mosaico de coloridos agresivos de tal manera que el lector de 1967,
cuando se publicó la obra, y el de hoy o el del 2068, termina por aceptar
como verdadera esa versión entre caricaturesca y técnica, entre imaginada
y verídica de lo que ha sido una guerra en Colombia. El paso de los
años, la repetición insensata de muchas de las circunstancias, la identificación
del arquetipo en muchos personajes de la guerra de hoy, hace más creíble
la versión exagerada y quizás hasta mentirosa, y sin problemas la entroniza
como la verdad histórica". Y después de comparar estas aventuras literarias
con su propia experiencia, la experiencia de quien ha debido fabular
para llegar a las entrañas de lo real, de quien ha tenido que exagerar
para alcanzar la verdad memorable, Álvarez Gardeazábal concluye: "Esa
ha sido la verdad aunque siempre la hayamos creído la mentira. Por ello
es a los novelistas a quienes nos ha correspondido inventarla, para
que la crean". |
|
Esa
confianza, que puede traducirse en conversación entusiasta, en recuerdos
compartidos, en el amor, que sabe asumir tantas formas, en respeto,
en esa justicia generosa de la que nace el único orden duradero, en
seguridad y proteción, en trabajo respetado y digno, en verdadera compañía,
dónde encontrarla? Muy pocos colombianos se sienten hoy realmente acompañados,
salvo por las personas que les son más cercanas, y se diría que a veces
ni siquiera por ellas. Pero podemos añadir que sólo las amistades suplen
en Colombia la confianza que a menudo ni aún la familia dispensa. Y
ya que la familia, en tiempos aciagos, tiende a convertirse en algo
que se cierra sobre sí y nos enclaustra en un ámbito opuesto a lo desconocido,
a los desconocidos (que son aquí el conjunto de la sociedad), la amistad
tendría que convertirse en uno de los más importantes instrumentos de
esa búsqueda de la confianza perdida, que es una búsqueda de la patria
perdida. Es la hora de recostar las sillas en la puerta, y de empezar a contar la historia, antes de que lleguen los historiadores. |
Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar
a la Página Principal
Artículos en Internet |
Suscripciones | Editorial
| Número Ediciones | Números
Anteriores
Revista Número.
Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co