VEINTE AÑOS DEL NOBEL DE GARCÍA MÁRQUEZ
La identidad cultural y el espejo del otro
Veinte años después del otorgamiento del premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, el investigador francés Jacques Leenhardt relee la prensa colombiana para analizar imágenes, símbolos, señales de identidad y otredad.

 

Por Jacques Leenhardt
Traducido del francés por Hilda Becerril

A María Dolores, A Jim y a Olga.

El encuentro con el otro, el encuentro del otro. En su hermoso libro sobre La conquista de América, T. Todorov señala que la alteridad del otro, ya sea la del azteca para Cortés o la del español para Moctezuma, debe poder entrar en un sistema de diferencias no demasiado grandes, so pena de salir del campo del saber y quedar confinada, por ende, en el de lo teológico, es decir, del misterio. La dificultad radica en "ver al otro como humano y diferente a la vez"1 .
   Es verdad que el contacto entre suecos y colombianos que habrá de ocuparnos aquí no se asemeja sino remotamente al choque de culturas que fue el "descubrimiento" de América. Así y todo, la alteridad del otro sigue siendo hoy día uno de los mayores misterios para nuestra humanidad, incluso después de tantos siglos y ocasiones de contacto. De ahí que el modelo elaborado por la cultura occidental, que Todorov describe como la comprensión del otro mediante la elaboración discursiva, tienda a dar frutos, pero lentamente y a costa de un cuestionamiento de su propia identidad. Al tiempo que se reduce el límite que me separa de mi "otro" se alzan nuevas barreras en el seno mismo del "yo", como si la inquietante extrañeza nunca pudiera conjurarse del todo.
   En esta historia ahora ya secular en la que se elabora la conciencia de sí mismo de Occidente, América Latina desempeña evidentemente un papel peculiar. Hija primogénita de Europa e hija rebelde a la vez, heredera de las lenguas y costumbres del viejo continente, pero también de las lenguas y tradiciones amerindias, la América Latina de hoy vive con dificultad entre todos los modelos que la componen. Dividida culturalmente desde el interior y objeto de luchas de poder externas, se interroga a sí misma al preocuparse por el otro y manifiesta tanto más trágicamente el lugar vacío o vacilante de su identidad en cuanto le está prohibido escapar a su propia multiplicidad. De ahí esa tendencia a pensarse como "monstruo", con la ambivalencia propia de esta noción híbrida.
   Hace algunos años, un hecho bastante secundario si se le compara con la amplitud de estos interrogantes, la atribución del premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, provocó en la patria del padre de Macondo un florecimiento periodístico a la luz del cual desearía aventurar algunas observaciones.
   Sé que la crítica no suele recurrir a esta prensa, denominada "grande", en sus consideraciones sobre la literatura. Mas, por una vez, me parece que no perdemos nada con echarle un vistazo. Estamos en Bogotá, a principios de diciembre de 1982.

 

EFIGIE
Los timbres, al igual que las medallas y los billetes de banco con los que comparten esa inclinación por el retrato, tan familiar a la idea de sujeto heroico, narran a su manera tanto la forma de nuestra memoria como su contenido. Quizás algún día haya un billete de mil pesos con la efigie de García Márquez, pero lo que sí es un hecho es que "su" timbre fue presentado ante la prensa el 10 de diciembre de 1982 por el presidente de la república, Belisario Betancur, en persona. Del discurso presidencial, tal y como se retranscribió parcialmente en la prensa, retendré este primer elemento: para presentar la efigie de García Márquez, Betancur, hombre letrado, eligió a Gregorio Samsa. No a Kafka, autor de La metamorfosis, cuyas primeras líneas, como se recordará, son:
   "Al despertar Gregorio Samsa una mañana encontrose convertido en un monstruoso insecto", sino al propio Samsa, que representa en este discurso el verdadero modelo para comprender al escritor, el cual "(García Márquez) se despertó convertido en un monstruo de la imaginación y de la palabra"2
   García Márquez no es el otro Kafka, algo así como un Kafka latinoamericano; es el otro de Kafka. Al igual que Samsa, es esa alteridad en el seno del mismo que atormenta a un continente, muy lejos de ser uno de esos maestros de la literatura que se señorea heroicamente y desde todo lo alto por encima de la realidad. Desde dentro es "otro", y esto explica por qué la problemática de la alteridad, de las máscaras múltiples y los disfraces va a saturar sintomáticamente los artículos de prensa que, todos, en todos los niveles, y no sólo en las cúspides donde se situó el presidente de la república, van a afrontar por medio de este reconocimiento venido de fuera la crisis del objeto mismo de dicho reconocimiento. ¿Quién o qué se podía, se debía reconocer en la elección pronunciada por la alta autoridad sueca? ¿Cómo iba a aparecer el chiquillo de Aracataca ante el gran rey de Suecia? Preguntas que el colombiano se planteó a través de la increíble aventura de uno de esos héroes de novela, un tal Gabo. A través de él, epopeya y psicoanálisis a la vez fueron vividos por un pueblo entero arrancado a su soledad y proyectado al escenario mundial en el que todo hacía las veces de espejo.
   

RAREZAS Y BIZARRÍAS
Así que, al parecer, la identidad cuya efigie cubre la superficie del timbre no puede enunciarse sino en términos de alteridad y metamorfosis. Y es que por encima de esta realidad colombiana, latinoamericana, se cierne la mirada del otro, para quien esta realidad misma resulta incomprensible. Belisario Betancur prosigue:
    (recordé de nuevo La metamorfosis) "al leer el discurso que anteayer pronunciara nuestro escritor en la Academia Sueca, y sobre todo el catálogo de las rarezas, de las bizarrías que hacen de la historia americana y del ser americano algo cuyo conocimiento le está aún vedado a gente de otras tierras (…)".
   Betancur plantea una historia y un ser latinoamericanos, pero la identidad que les confiere es el permanecer velados y resultar incomprensibles para los habitantes de otras tierras y para los habitantes de la propia Latinoamérica: esta identidad sólo le revelará el poeta, encarnación de la monstruosidad, es decir, de la multiplicidad contradictoria hecha unidad. El monstruo de la imaginación que se despertó una mañana en Gregorio Samsa es el único que puede hablar de la identidad latinoamericana; el múltiple, la hidra, el hombre de cien cabezas es el único hombre que revelará la unidad de la identidad.
   De manera que la boca que diga la identidad debe ser exterior, poeta exiliado, monstruo desterrado, fruto aterrador de una tierra rica en prodigios. No es una casualidad que el vocabulario de los primeros viajeros europeos para describir Latinoamérica regrese con la pluma de Belisario Betancur: "rarezas y bizarrías" remite también a las Singularités de la France Antarctique autrement nommée Amérique, de F. André Thevet, del mismo modo que la "gente de otras tierras" instala el mito de un allende que antaño se impusiera con tanta fuerza en la vieja Europa. Este vocabulario es necesario para la doble comprobación de la que implícitamente parte Betancur: nuestra realidad es una monstruosidad, pero es real; sólo un monstruo de la ficción la puede revelar. Esta revelación de la monstruosidad de lo real mediante la ficción culmina con el alumbramiento de una identidad hasta entonces inalcanzable.

   A su vez, el vocabulario de la revelación, con su carga religiosa, viene a sellar la voltereta que resulta, por consiguiente, una especie de redención:
   "Los colombianos fuimos con él a conocer una parte de nosotros mismos más implacable que el hielo y más intimidante que el fuego, una verdad terrible y hermosa acerca de nosotros mismos, el desgarrón de un velo, como si fugazmente nos viéramos cara a cara, en la expresión del apóstol, y no por espejo, oscuramente (…)".
   Betancur monta un mecanismo dialéctico que opera negativamente: la gracia del talento literario concedida a Gabo hace aparecer -es decir, hace ser- ante los ojos de los colombianos una realidad de implacable monstruosidad. Le corresponde entonces una ficción adecuadamente "monstruosa", que produce en el presidente y su pueblo una revelación de índole teologal -en particular, gracias al auxilio brindado benévolamente por el apóstol Pablo-, revelación que permite acceder por fin al frente a frente, "cara a cara y no por espejo", en el que la mediación del espejo de la ficción, tan del gusto de Stendhal, cede el lugar a la asunción final de la identidad.
   Belisario Betancur no carece de recursos, ni literarios ni retóricos. En todo caso, el oído de un extranjero no puede pasar por alto en su discurso la recurrencia de esos dos nosotros mismos que puntualizan la peroración presidencial. Son bastantes, en efecto, los juegos acerca de la máscara, el monstruo y la metamorfosis; demasiadas las conmutaciones del mismo en otro y de la alteridad en identidad como para que dicho sintagma no cobre súbitamente cierto relieve. El "nos-otros mismos" es, en un sintagma insecable, a un tiempo sujeto y objeto de esta revelación literaria y filosófica, si se considera que el objeto de dicha revelación no es otro que la alteridad misma del sujeto. El sintagma "nosotros mismos" indica la dimensión colectiva de la identidad, a la vez que subraya la irreductibilidad de cualquier colectivo a la identidad, ya que el mismo "nos" es también otro (nos-otros). Esto ameritaría un serio apartado, pasando por la linguística de los pronombres, pero no es éste el lugar adecuado.


    

Volvamos entonces a la prensa ya que, por poco lingüistas que sean, los periodistas entienden perfectamente las sutilezas constitutivas del nosotros.
   Alexandra Pineda fue la enviada especial de El Espectador a la ceremonia de Estocolmo. El 11 de diciembre aparece su artículo "El Nobel Gabo piensa en "El Otro"". El tema del otro asombra desde el título, pero el lector del diario no se enterará sino 123 líneas después que El Otro es el nombre que Gabo quiere dar al periódico que pretende fundar:
   "El periódico ya tiene nombre. Se va a llamar El Otro, y la idea original no fue de García Márquez sino de Darío Arizmendi, pero Gabo la completó. La historia es así. Durante una reunión del grupo de socios, se propuso que cada uno lanzara ideas para el nombre, y entonces Darío, que es el director de El Mundo, de Medellín, sugirió que el futuro diario se llamara El Otro Mundo. "Quítale la última parte y ese es el nombre", le dijo el escritor (…)"3 .
   Así, el cariz religioso o mesiánico que habría podido tener un título como El Otro Mundo no fue retenido por García Márquez, que prefirió una formulación más abstracta, pero por lo mismo más adecuada a su proyecto. Y es que, por su concisión, El Otro induce inmediatamente el tema de la alteridad.
   El título "El Nobel Gabo piensa en "El Otro"" juega con toda intención con la ambigüedad de su formulación y ésta, a su vez, no puede sino recaer en el propio escritor. Quién piensa en el otro, ¿el Nobel o Gabo? Y el propio Gabo, ¿piensa en el otro mundo, en la otra política, en el otro de la fraternidad, o sólo -como se anuncia en el mismo artículo unos párrafos después- en el otro Nobel, esto es, en conquistar en 1983 el Nobel de la Paz? Dicho de otro modo, ¿quién piensa?, ¿y en qué? Suele decirse que el sujeto del pensamiento es uno: pienso, luego soy. Mas, ¿quién soy yo que pienso en el otro? Pregunta sobre la identidad del sujeto cognoscitivo que Alexandra Pineda no podía dejar de plantear. Por ello, a guisa de ilustración para su artículo sobre El Otro, nos ofrece una reflexión en imágenes acerca de la identidad de Gabo. Con el título "Los trajes de García Márquez en Estocolmo", nos propone cuatro fotografías del autor de Cien años de soledad. Llamemos, por ejemplo, a los sujetos de estos cuatro retratos Gabo, Gabito, Gabi y García Márquez:
    Gabo "Sin corbata… a la llegada…". Gabito "Con liquiliqui… al recibir el Nobel…". Gabi (así es como lo llamaba su maestra en la escuela. Por esta razón elegí este apelativo para su presentación más escolar), Gabi, entonces, "Con corbata… en la conferencia…". Y, finalmente, García Márquez "Con frac… en la cena real…".

 

 

   He ahí al monstruo, siempre cambiante, híbrido como todos los monstruos; otro, pues, en sí mismo. El que estos cuatro retratos del mismo vengan a ilustrar el artículo acerca de El Otro no debería sorprendernos más que la extrema importancia que cobró en la prensa colombiana el debate sobre el liquiliqui o la corbata. Si bien la multiplicidad abre la vía a una definición ontológica del ser latinoamericano, la semiótica vestimentaria indica una simbolización de los polos, norte y sur. Así, en un correo del lector, don Aristides Gómez Avilés rechaza la leyenda según la cual el liquiliqui usado para recibir el premio Nobel era un homenaje filial de García Márquez al atuendo enarbolado por su abuelo, el coronel Márquez. Y así nos narra la historia:
   "El coronel Márquez vestía impecablemente de blanco y con corbata, prenda tenida como de caballeros y muy arraigada en la Riohacha antañona, a tal punto que un distinguido comerciante salvado de un naufragio llegó a las playas de El Pájaro (La Guajira) a plena luz meridiana, sin su maletín cargado de morrocotas, sin los pantalones, sin la camisa, sin los calzoncillos y sin la franela. Pero, loado sea Dios, con la corbata colgándole del cuello. En consideración, no es posible creer que el coronel Márquez, como mi padre, fuera capaz de infringir impunemente aquella costumbre, pese a todas las estrecheces"4 .
   

Sin embargo, tampoco el liquiliqui podría ser unívoco. Si para don Aristides Gómez Avilés simboliza un descuido incompatible con la dignidad de la función del coronel -por la falta de corbata-, para Roberto Jimeno Collante la apreciación del liquiliqui se halla vinculada de manera positiva a la poesía del pasado colonial. De modo que recalca el efecto "de nostalgia poética de tiempos pasados. (…) Porque el liquiliqui es un símbolo de la época dorada en que la Pax Britannica cubría el mundo con su omnipotente manto victoriano"5 .


   Digno e indigno, el liquiliqui también sigue siendo ambivalente. Pero, a su vez, esta ambivalencia forma parte de la imagen que los colombianos se hacen de su pasado, de su cultura y de su brutal irrupción en el escenario internacional. Gabo lleva puesta encima esta ambivalencia, a tal grado que él mismo se convierte en su emblema "cuando realmente Gabo parecía un monarca, o mejor un dictador del Caribe, con su liquiliqui de lino blanco (...) (Alexandra Pineda).
   Monarca como el rey de Suecia, o dictador del Caribe como Rojas Pinilla, tal es la indestructible ambivalencia, y lo más ambivalente en todo esto es que nunca se sabe cuál de las dos opciones es la que se prefiere a final de cuentas, lo que le permite a Juan Gossaín jugar con las dos interpretaciones en un número especial de Semana.
   De hecho, la prensa en su conjunto desarrolla el paralelo del "rey" del Caribe y del rey de Suecia, comenzando por los retratos paralelos de dos hombres ilustres: Alfred Nobel, el rey de la dinamita, y Gabo, el dinamitero del lenguaje. La comparación se establece primero mediante el reconocimiento en ambos hombres de un mismo anhelo de paz. Viene luego el examen de sus respectivas cualidades de negociadores; ni uno ni otro carecen de ellas, concluye el artículo. Nos acercamos entonces a la poesía:
   "Pero el viejo Nobel era también un amante secreto, pero fiel, de la poesía".
   "En esto también García Márquez se identifica con la personalidad de Alfred Nobel".
   No obstante, las comparaciones entre hombres ilustres no pueden llevar más que a la manifestación de una diferencia, a través de la cual quedará marcada una identidad:
   "Quizá sólo un aspecto de la personalidad del escritor colombiano es completamente antagónico al talante pacifista, literario y negociante de Alfred Nobel, y es en lo que se relaciona con la vida mundana, con ese discreto pero inevitable regodearse con la gloria que hace a veces de García Márquez un verdadero rey con su corte de nobles, pajes y mendigos" (Alexandra Pineda).

   El desequilibrio que deja vislumbrar la comparación con Alfred Nobel no puede sino provocar el resurgimiento de un paralelo más ilustre con la figura de un rey de verdad: el rey de Suecia. Pero en cuanto se habla de Suecia y los suecos, una espesa niebla se levanta en las imágenes de los periodistas colombianos. Porque si bien Gabo es un personaje de la hybris, del exceso -¿acaso no pretende ganar otro Nobel en los años venideros?-, y si dicho exceso es sintomático del universo caribe, Suecia y los suecos aparecen, por el contrario, como pálidos fantasmas que se perfilan en la bruma nórdica. Víctor Manuel Ruiz habla de "los viejos y enigmáticos (…) miembros de la Academia de Estocolmo", pero continúa siendo la pluma de la enviada especial de El Espectador la que lleva el cuadro a su máxima eficacia. A propósito de los invitados suecos a las diferentes ceremonias, comenta:
   "(…) era como estar frente a una pantalla de cine (…), porque todos aquellos personajes de la desueta aristocracia sueca se apretujaban, serios y como extrañados, tan pálidos que parecían figuras de cera desempolvadas hoy para que asistieran a este rito entre ridículo y deslumbrante"6 .
   De modo que la confrontación con el rey no tuvo lugar. Sin embargo, gracias a la evocación del Museo Grévin o de Madame Tussaud, a los cuales remiten las figuras de cera de la sociedad sueca, los periodistas colombianos habrán de operar un cambio por lo demás radical. Ya no se trata solamente de la inversión de las posiciones sociales de dos individualidades, de todas maneras fuera de lo común. Es toda la aristocracia sueca, y podemos decir la vieja Europa, la que entra en el mundo paliducho y mágico de las sombras y los aparecidos.
   En efecto, no cabe duda de que las "rarezas y bizarrías" que encontramos al principio son el producto de la mirada del otro, antaño el europeo descubriendo América. García Márquez retomó el tema en su conferencia de Estocolmo, recordando los relatos maravillosos y no obstante "rigurosos" del navegante florentino Antonio Pigafetta, compañero de Magallanes. Esta experiencia de la mirada del otro alimentó -como es bien sabido- un discurso muy propagado acerca del carácter "surrealista" de la realidad latinoamericana. Así pues, si la atribución del premio Nobel no permite sobreponerse a la ambivalencia de las imágenes que uno se hace de sí mismo, permitirá, sin embargo, durante el desarrollo de la argumentación y el relato, una vuelta de la mirada, del mirado hacia el que mira.
   El título del artículo de Alexandra Pineda es "Cumbia y vallenato en el Palacio Real". Una lectura superficial esperaría, luego de esta imagen evocadora, a ver descrito el encuentro surrealista de la máquina de coser y la mesa de operaciones tan del gusto de Lautréamont. "Cumbia" y "Palacio Real" funcionan como un collage a lo Max Ernst. No obstante, la espera está mal orientada. Con este título principal se perfila un subtítulo explícito: "Todo el surrealismo" y entonces ya no se trata del surrealismo de América Latina, "real maravilloso" o "fantástico", sino de "una ceremonia insólita", que deja aparecer "contrastes macondianos" en el seno mismo de la vieja Europa, a tal grado que la periodista insiste: "Confirmamos que este país tiene mucho de surrealista y de macondiano". Esta vez es la mirada colombiana sobre la realidad del otro la que produce efectos de "real maravilloso", la que revela lo cómico y lo absurdo en el corazón mismo del templo de la seriedad europea. Sin embargo, más que una crítica del otro, hay que ver en este regreso a la liberación del ojo propio la posibilidad de arrancarse por fin a la visión del vencedor vencido, la superación dialéctica del "mamar gallo" típicamente colombiano.
   Si no hubiese decidido permanecer en un registro ligero para no embarcarlos en debates teóricos, me atrevería a decir que esto se presta a poner en tela de juicio la idea defendida por Betancur -y algunos otros desde hace lustros- según la cual la bizarría, en América Latina, es realista. Pero me limitaré a este preámbulo.

   En el borrador de su discurso de Estocolmo, reproducido en El Espectador, García Márquez desarrolla la idea de la "soledad de América Latina" como distancia cultural:
   "No obstante los progresos de la navegación, que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural".
   Todo ocurre como si la atribución del Nobel hubiera permitido, no la reducción de la distancia cultural, sino la inversión de los puntos de vista y que, por tanto, el escritor no sólo comenzó "a historiarse y a historiarnos", como decía Betancur, sino también, a través de esta mediación, a historiarles (a) los suecos.
   Pero un cambio nunca viene solo, y en esto radica la argucia dialéctica de la historia. Si Estocolmo se transforma "maravillosamente" bajo la mirada poética venida de fuera en un nuevo Macondo, Aracataca, el pueblito donde nació Gabo, se transmuta "realmente", gracias a la pluma del legislador, en un nuevo centro urbano de aspecto europeo, en un nuevo Estocolmo. En efecto, el Congreso de la República de Colombia tuvo que aprobar el siguiente proyecto de ley:

"Artículo 1°. La Nación rinde homenaje a Gabriel García Márquez, ilustre colombiano, laureado con el premio Nobel de Literatura 1982, y pone su vida como ejemplo de estudio, superación y trabajo a las futuras generaciones colombianas. "Artículo 2°. Declárese monumento nacional la casa donde nació Gabriel García Márquez, en el municipio de Aracataca (Magdalena). "Artículo 3°. De conformidad con los numerales 11, 17 y 20 del artículo 76 de la Constitución Política de Colombia, autorízase al Gobierno Nacional para planificar y desarrollar las siguientes obras de utilidad pública y de interés social en la población de Aracataca, departamento del Magdalena, así: a) Pavimentación de calles y plazas. b) Construcción de la planta de purificación del acueducto y alcantarillado. c) Electrificación urbana y rural del municipio. d) Instalación de redes telefónicas y construcción del edificio de telecomunicaciones. e) Construcción del colegio de bachillerato para educación mixta. f) Construcción del hospital regional. Parágrafo. El parque principal de Aracataca se denominará "Parque de Macondo". Artículo 4. Colcultura creará un concurso literario que se convocará anualmente para novela, ensayo y poesía, con el nombre de Gabriel García Márquez. Las bases y premios del concurso se fijarán en el decreto reglamentario de la presente ley".

   Así, de un extremo a otro de la cadena, el mismo se piensa a través del otro, Aracataca toma el rostro de Estocolmo mientras que Estocolmo toma el de Macondo, un premio Gabriel García Márquez responde haciendo eco a un premio Nobel, cada uno piensa en el otro.
   Para concluir, nos queda un acontecimiento en torno al cual la prensa se limitó a uno que otro comentario desilusionado: la intrusión de dos colombianos, un estudiante y un coronel provocativamente vestidos al descuido, en la recepción ofrecida por el rey de Suecia. ¿Desatino inevitable?
   "En fin, tal vez las únicas notas desagradables y, por cierto, de ingrata recordación, se relacionan con esta manía casi que inherente a nuestros compatriotas de violar los protocolos milenarios con el desparpajo más asombroso y una audacia que no existe, de seguro, en ninguna otra parte del mundo"7 .
    La periodista no acusa ni al coronel antioqueño, ni al estudiante Luis Niño como individuos. De alguna manera fue toda Colombia la que se ofreció en espectáculo en el seno mismo del espectáculo mayor que se daba la Colombia admirativa bajo los plafones dorados en la persona de Gabo. Una vez más, los personajes oficiales fueron duplicados por bufones; un escritor en corbata por un estudiante intérlope, "en una facha que más parecía un loco extraviado de Sibaté", un coronel en liquiliqui por un coronel en bluejeans que, para cumplir la profecía, se hizo fotografiar con el rey.
   En este último episodio, por fin, la realidad supo mostrarse a la altura de la ficción, ya que en la mirada última del otro que es el objetivo de la cámara fotográfica, el bufón que quiso elevarse a la altura del rey quedó atrapado por la literatura sueca. Lo que la mecánica fotográfica no fue capaz de fijar para la prensa colombiana, la cultura popular sueca retranscrita en los cuentos de Andersen lo lleva a cabo perfectamente. Para la mirada libre del niño que no se deja engañar: el rey está desnudo.

-París, Ehess


Notas
1. T. Todorov, La conquista de América.
2. Discurso de Belisario Betancur, Bogotá, El Espectador, 11 de diciembre de 1982, p. 9A.
3. Alexandra Pineda, Bogotá, El Espectador, 12 de diciembre de 1982, p. 10A.
4. Don Aristides Gómez Avilés, Bogotá, El Espectador, 11 de diciembre de 1982, p. 4A.
5. Roberto Jimeno Collante, Bogotá, El Espectador, 8 de diciembre de 1982, p. 3A.
6. Alexandra Pineda, op. cit., 11 de diciembre de 1982, p. 11A.
7. Ibid., 12 de diciembre de 1982, p. 10A.

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