La otra forma de la espada
 

Para Josefina Delgado

Por Mempo Giardinelli
Ilustraciones de Susana Carrié

Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: como una amargura trajinada arduamente, no eran años los que definían su rostro sino la marca de esa única herida irrestañable. Era un leve arco que parecía dibujado a cuchillo, profundo y lleno de odio. El paso del tiempo había tendido un puente sobre la herida, como un dedo horizontal que silenciara una culpa.
   Su nombre verdadero no importa, pero todos en el Paso de la Patria, entre San Cosme e Itatí, lo conocían con el mote de El Paragua, seguramente porque había nacido del otro lado del río. Tenía fama de hombre severo e incluso cruel. No bebía, pero solía mostrarse con una palidez de muerto, o de payaso de circo, cuando después de varios días con sus noches salía al sol reverberante y se quedaba tieso, durante horas, mirando el Paraná como quien mira las vastas extensiones de Dios. Recuerdo sus ojos vidriosos, de una transparencia que delataba remotas sangres europeas. Flaco y espigado, de bigote mandón, no se daba con nadie y su castilla (como le dicen en Corrientes al castellano) incluía un dominio fluido del guaraní de la frontera norte, medio abrasileñado.
   Cuando me lo presentaron, una fría noche de un junio ventoso y alborotado, recordé inmediatamente la historia de John Vincent Moon, que refiere Borges en sus Ficciones con sugerente título: "La forma de la espada". El Paragua buscaba comprar algún lote de tierras no inundables por el lado de Puerto González; yo tengo amistad con casi todos los agentes de bienes raíces de la zona. No le fue fácil encontrar los campos que pretendía; dicen que convenció a Balbuena recurriendo a un insólito argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. Y después hizo rendir esas tierras como nadie: trabajaba a la par de los peones, y aunque no faltó el comentario acerca de no sé qué contrabandos, también se supo ganar fama de justo y decente. Eso en Corrientes no es poca cosa.
   No fuimos amigos, pero sí vecinos cordiales. Una vez comimos un pacú a la parrilla en Punta Iglesia; un 25 de mayo coincidimos en un locro parroquial, cerca de la bufalera de los Taboada. Seguramente hubo también, aunque mi memoria se empecina en ser esquiva en estas precisiones, algún otro fugaz encuentro y un par de visitas de compromiso. Cuando vino a verme la última vez, era de noche y desde la dudosa negrura del crepúsculo gruesas nubes urdían una tormenta, por el lado de Yaciretá. Algún trueno lejano le dibujó, por un instante, la desesperación en la cara. En la instantánea luminosidad de la cicatriz vislumbré el tamaño de una afrenta, pero todo volvió a ser noche en el acto, y como ajena. O quizá fueron impresiones mías, menos genuinas que las que inspiraba la tormenta.
   El Paragua se paró junto a mi tranquera. Quería hablar y no quería. Para quebrar el silencio, o para darle impulso a su lengua, yo acudí a la menos sutil de las pasiones: el patriotismo. Dije que la guerra de la Triple Alianza había sido una vergüenza para los vencedores y seguía siendo un símbolo del heroísmo del pueblo paraguayo. Mi interlocutor asintió, pero en seguida añadió, con una sonrisa leve, que él no era paraguayo: era brasileño. De Corumbá, arriba del Pantanal. Dicho lo cual se detuvo, alarmado por su propia confesión, como quien revela un secreto.
   Lo hice pasar al porche, y nos sentamos de espaldas a la tormenta, que se escandalizaba de ella misma con una fantasía de relámpagos y truenos. Yo traje una botella de caña y otra de whisky, y las deposité sobre la mesa sin intención alguna, como quien deja una cuenta que habrá que pagar a la mañana siguiente. Bebimos, tenaces y en silencio.
   No sé qué hora sería cuando advertí que empezaba a ver desenfocado. No sé qué sospecha o qué intuición o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara de El Paragua se endureció como si hubiera fraguado en ese instante, y por un segundo pensé que se pondría de pie para retirarse, furioso.
   Pero sólo emitió un suspiro y después habló, con voz suave y controlada:
   "Le contaré la historia de mi herida con una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia".
   A mí se me hicieron conocidas esas palabras, como si las hubiera escuchado ya, o leído, en algún recodo de mi ya larga vida que podía terminar en cualquier noche paceña y del modo menos glorioso. Simplemente asentí. Esta es la historia que contó, alternando el castellano con algo de guaraní y aun con el portugués, como se habla en la frontera.
   "Lo haré aunque no es bueno hablar de cicatrices -dijo, comenzando su letanía en un tono bajo, falsamente neutro-, porque evocarlas es como mallonear las culpas, cazarlas como se ensarta un surubí por la cola y no como se debe, por la vasta boca del animal. Hacia 1962, en Concepción, yo era uno de los muchos que conspiraban contra Stroessner. De mis compañeros de entonces, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros murieron: uno en una cárcel poblada de ratas y fantasmas, otro ante un pelotón de fusilamiento, otro más en una cama perfumada, rico y lleno de vergüenzas. Éramos revolucionarios y, lo sospecho, románticos. Un Paraguay democrático no sólo era para nosotros el porvenir utópico que seguiría al intolerable presente; también era la dulce mitología de amanecer junto al fuego, tataypype, como se dice en guaraní, y era la inalcanzable venganza del Jaguar Azul contra los curepíes y los cambás que habían asesinado a nuestros toros, aquellos que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas y el inalcanzable mar... En un mediodía incandescente que no olvidaré, nos llegó un camarada del Gran Chaco, de allá por Fortín Madrejón: un tal Juan Ignacio Vega.

   

Habrá tenido unos veinte años y era flaco y alto; frente a él se tenía la incómoda sensación de estar ante esos tipos que todo lo juzgan, porque son soberbios y vanidosos. Había leído no sé cuántos libracos de formación marxista, esos manuales que circulaban en los años sesenta, mal traducidos y peor interpretados. Le servían para clausurar todas las discusiones con sentencias sombrías, autoritarias. Las razones por las cuales podemos querer o detestar a alguien son infinitas: Vega reducía toda la historia de la humanidad a un mero conflicto económico. Y no dejaba de ser odiosa su confianza más absoluta: que la revolución estaba predestinada a triunfar. Yo una noche le dije que a los hombres cabales sólo pueden interesarles las causas perdidas. Era de noche, pero recuerdo que me miró con desprecio. Seguimos disintiendo esa y otras noches. Sus juicios me impresionaban menos que su tono siempre inapelable. El camarada Vega no discutía: sentenciaba, ardoroso y hasta colérico.
En un enfrentamiento con el ejército del régimen, al comienzo de la sublevación de Itá Enramada, nos detuvo un tiroteo. Recuerdo un paredón como de cuartel, o de cancha de fútbol, y dos soldados que desde una ventana en otra cuadra nos disparaban, precisos, como poseídos por un sordo rencor. Un compañero cayó muerto a nuestro lado y cuando le grité a Vega que nos tiráramos a la zanja al costado del camino, vi que él se quedaba petrificado, súbitamente vencido por el miedo. Lo insulté y me arrojé sobre él para voltearlo, y lo conseguí justo a tiempo para que la bala que le estaba destinada apenas le rozara el hombro. En la zanja nos abrazamos, sumergidos en el barro asqueroso, y no dejé de insultarlo para que reaccionara; pero la pasión del miedo lo paralizaba y tuve que arrastrarlo, después, cuando nuestros compañeros nos cubrieron a balazos y pudimos huir en la noche agujereada. Mientras corríamos hacia un eucaliptal la herida de Vega sangraba un poco, pero lo peor era su débil, lapidario sollozo.


   
   En aquel verano de 1962 yo me había guarecido en la quinta del doctor Zambrano. Éste, a quien jamás había visto, era funcionario en Ginebra, en no sé qué organismo internacional. La casa era amplia, de construcción colonial y evidenciaba pertenecer a una familia de abolengo, de criollos con dos o tres siglos de arraigo en el país. Tenía como un pequeño museo de armas y carruajes en la parte trasera, junto a una bien nutrida y admirable biblioteca. Libros de todo tipo usurpaban los estantes de madera de algarrobo, y entre ellos se destacaban los volúmenes de historia, los de ciencia jurídica, algunos poemarios de otros Zambranos -espiarlos y descartarlos fueron actos simultáneos- y controversiales interpretaciones de la historia del país y de sus guerras. Había también fascinantes volúmenes de mitología guaranítica, publicados en guaraní, y un precioso volumen sobre el jaguar mágico del Paraguay, el tigre americano que para los indios era Tatá ujhá (el que come o traga fuego), metáfora perfecta del poder de sus fauces. Allí conocí la leyenda según la cual fue un hombre apartado de la moral quien se convirtió en tigre, y por eso es un animal tan malo y feroz, fascinante y poderoso, y huele tan feo.
   Entramos por los fondos. Vega, con la boca reseca de tanto resoplar su pánico, murmuró sin embargo, e inesperadamente, que los acontecimientos habían sido muy interesantes. Le alcancé una taza de té y, mientras le curaba la herida, que era superficial, él balbuceó con perplejidad: "Pero te arriesgaste por mí, chamigo".

    Descarté el agradecimiento. La lucha revolucionaria me había impelido a obrar de ese modo; la prisión de un camarada herido podía comprometernos a todos.
   Al día siguiente, Vega había recuperado el aplomo. Fumó y tomó mates y me sometió a un severo interrogatorio sobre los recursos económicos con los que contábamos, las armas y los apoyos ciudadanos. Después del almuerzo cuestionó mi evaluación sobre el curso de la resistencia y dictaminó -agitando en el aire un largo cortapapeles de acero, usurpado del escritorio personal del doctor Zambrano- que la mera acción armada no tenía destino si no ampliábamos los contactos políticos y económicos en Asunción. Sus argumentos eran muy sólidos, y yo escuché con esmero sus lúcidas opiniones. Luego me hizo más preguntas sobre planes y alianzas. Al atardecer le advertí que la situación era muy grave: se escuchaban metrallas y teníamos compañeros sitiados a los que debíamos socorrer. Me calcé el revólver a la cintura y fui a buscar los fusiles al dormitorio. Cuando volví, encontré a Vega tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Aseguró que tenía fiebre y conjeturó que se le debía estar infectando la herida.
   Comprendí que su cobardía era irremediable. Le recomendé vagamente que se cuidara y me fui. Me avergonzaba el miedo de ese hombre, como si el cobarde fuera yo y no Juan Ignacio Vega. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso el miedo de uno es como si fuera el miedo de todos; por eso no es injusto que la tentación de una pareja en un jardín condicione al género humano; por eso la crucifixión de un solo judío nos salva a todos. Schopenhauer y Borges tienen razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Gabriel Casaccia y Roa Bastos eran de algún modo el miserable Juan Ignacio Vega.
   Tres días después la revuelta había sido sofocada y nosotros permanecíamos en la enorme casona de los Zambrano. No voy a referir detalle alguno de las circunstancias que nos llevaron a la derrota. El propósito que guía este relato es el de contarle la historia de esta bochornosa cicatriz. Esos tres días forman un solo día, en mi recuerdo, y apenas alcanzo a rescatar dos salidas furtivas: en una volamos la santabárbara del cuartel de fusileros; en otra ametrallamos la casa del comandante y así vengamos al menos a dos de nuestros camaradas caídos en la maldita zanja de Itá Enramada. Cada vez que yo volvía a la casa, al atardecer, mi compañero me esperaba recostado en el sofá: argüía que a causa de la herida sufría de súbitos vahídos. Lo recuerdo siempre con un libro en una mano y el filoso cortapapeles de Zambrano en la otra. Prefería los tomos más gruesos, impresionantes, y particularmente los de ciencia política o de economía. Inquiría acerca de nuestros planes: gustaba de criticarlos y hacía sugerencias dogmáticas. Profetizaba, sombrío, el ruinoso fin de nuestra causa si no entendíamos que cualquier revolución debe ser ante todo profundamente económica y social, y sólo después política. Para disimular su irreductible cobardía física, magnificaba su soberbia intelectual.
   Al cuarto día se restableció el orden de la dictadura. Tanquetas y carros de asalto patrullaban las calles y mantenían cerradas las rutas. En la última salida, al amanecer de ese día, vi soldados extrayendo cadáveres de las zanjas, y vi un par de lanchas cargadas con cuerpos que se pudrían, tenaces, en las aguas del río. Yo podía imaginar, además, los espantosos, inenarrables tormentos a que estarían sometiendo a los prisioneros, los que no habían tenido la errática fortuna de morir, o la más esquiva de guarecerse, como nosotros. Antes del mediodía volví, y Vega, en la biblioteca, hablaba en voz alta. El tono y la soledad de su voz me hicieron comprender en un instante que hablaba por teléfono. En seguida oí mi nombre; después, que yo regresaría entre las seis y las ocho; después, la indicación de que me arrestaran cuando ingresase por los fondos. Mi soberbio camarada estaba vendiéndome de la más soberbia manera. Antes de colgar, incluso exigió garantías para su seguridad personal.
   En este punto mi historia se torna confusa, imprecisable. Sé que perseguí al delator a través de toda la casona, que él conocía tan bien o mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Hasta que lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. Yo tenía, para entonces, el inexorable cortapapeles en la mano. Con ese acero le dibujé en la cara, para siempre, un arco profundo y lleno de odio. Mempo: a usted, que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio".
   Ahí se plantó. Noté que le temblaban las manos; todo él temblaba.
   -¿Y Vega? -interrogué yo, mirándolo a los ojos.
   -Cobró los dineros de Judas y huyó hacia el otro lado del río: se internó en la costa correntina.
   Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
   Aguardé en vano la continuación del relato. Al fin le rogué que prosiguiera. Él soltó un gemido y mostrándome con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina, dijo:
   -¿Acaso no me cree, o no se da cuenta de que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he contado la historia de este modo para que la oyera hasta el final. Acabo de denunciar al cobarde camarada que me amparó: yo soy Juan Ignacio Vega. Ahora desprécieme.
   

-Paso de la Patria, agosto de 1999

 

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