Le cruzaba la cara
una cicatriz rencorosa: como una amargura trajinada arduamente, no eran
años los que definían su rostro sino la marca de esa única herida irrestañable.
Era un leve arco que parecía dibujado a cuchillo, profundo y lleno de
odio. El paso del tiempo había tendido un puente sobre la herida, como
un dedo horizontal que silenciara una culpa.
Su nombre verdadero no importa, pero todos en el Paso
de la Patria, entre San Cosme e Itatí, lo conocían con el mote de El
Paragua, seguramente porque había nacido del otro lado del río. Tenía
fama de hombre severo e incluso cruel. No bebía, pero solía mostrarse
con una palidez de muerto, o de payaso de circo, cuando después de varios
días con sus noches salía al sol reverberante y se quedaba tieso, durante
horas, mirando el Paraná como quien mira las vastas extensiones de Dios.
Recuerdo sus ojos vidriosos, de una transparencia que delataba remotas
sangres europeas. Flaco y espigado, de bigote mandón, no se daba con
nadie y su castilla (como le dicen en Corrientes al castellano) incluía
un dominio fluido del guaraní de la frontera norte, medio abrasileñado.
Cuando me lo presentaron, una fría noche de un junio
ventoso y alborotado, recordé inmediatamente la historia de John Vincent
Moon, que refiere Borges en sus Ficciones con sugerente título: "La
forma de la espada". El Paragua buscaba comprar algún lote de tierras
no inundables por el lado de Puerto González; yo tengo amistad con casi
todos los agentes de bienes raíces de la zona. No le fue fácil encontrar
los campos que pretendía; dicen que convenció a Balbuena recurriendo
a un insólito argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz.
Y después hizo rendir esas tierras como nadie: trabajaba a la par de
los peones, y aunque no faltó el comentario acerca de no sé qué contrabandos,
también se supo ganar fama de justo y decente. Eso en Corrientes no
es poca cosa.
No fuimos amigos, pero sí vecinos cordiales. Una vez
comimos un pacú a la parrilla en Punta Iglesia; un 25 de mayo coincidimos
en un locro parroquial, cerca de la bufalera de los Taboada. Seguramente
hubo también, aunque mi memoria se empecina en ser esquiva en estas
precisiones, algún otro fugaz encuentro y un par de visitas de compromiso.
Cuando vino a verme la última vez, era de noche y desde la dudosa negrura
del crepúsculo gruesas nubes urdían una tormenta, por el lado de Yaciretá.
Algún trueno lejano le dibujó, por un instante, la desesperación en
la cara. En la instantánea luminosidad de la cicatriz vislumbré el tamaño
de una afrenta, pero todo volvió a ser noche en el acto, y como ajena.
O quizá fueron impresiones mías, menos genuinas que las que inspiraba
la tormenta.
El Paragua se paró junto a mi tranquera. Quería hablar
y no quería. Para quebrar el silencio, o para darle impulso a su lengua,
yo acudí a la menos sutil de las pasiones: el patriotismo. Dije que
la guerra de la Triple Alianza había sido una vergüenza para los vencedores
y seguía siendo un símbolo del heroísmo del pueblo paraguayo. Mi interlocutor
asintió, pero en seguida añadió, con una sonrisa leve, que él no era
paraguayo: era brasileño. De Corumbá, arriba del Pantanal. Dicho lo
cual se detuvo, alarmado por su propia confesión, como quien revela
un secreto.
Lo hice pasar al porche, y nos sentamos de espaldas
a la tormenta, que se escandalizaba de ella misma con una fantasía de
relámpagos y truenos. Yo traje una botella de caña y otra de whisky,
y las deposité sobre la mesa sin intención alguna, como quien deja una
cuenta que habrá que pagar a la mañana siguiente. Bebimos, tenaces y
en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que empezaba a
ver desenfocado. No sé qué sospecha o qué intuición o qué tedio me hizo
mentar la cicatriz. La cara de El Paragua se endureció como si hubiera
fraguado en ese instante, y por un segundo pensé que se pondría de pie
para retirarse, furioso.
Pero sólo emitió un suspiro y después habló, con voz
suave y controlada:
"Le contaré la historia de mi herida con una condición:
la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia".
A mí se me hicieron conocidas esas palabras, como
si las hubiera escuchado ya, o leído, en algún recodo de mi ya larga
vida que podía terminar en cualquier noche paceña y del modo menos glorioso.
Simplemente asentí. Esta es la historia que contó, alternando el castellano
con algo de guaraní y aun con el portugués, como se habla en la frontera.
"Lo haré aunque no es bueno hablar de cicatrices -dijo,
comenzando su letanía en un tono bajo, falsamente neutro-, porque evocarlas
es como mallonear las culpas, cazarlas como se ensarta un surubí por
la cola y no como se debe, por la vasta boca del animal. Hacia 1962,
en Concepción, yo era uno de los muchos que conspiraban contra Stroessner.
De mis compañeros de entonces, algunos sobreviven dedicados a tareas
pacíficas; otros murieron: uno en una cárcel poblada de ratas y fantasmas,
otro ante un pelotón de fusilamiento, otro más en una cama perfumada,
rico y lleno de vergüenzas. Éramos revolucionarios y, lo sospecho, románticos.
Un Paraguay democrático no sólo era para nosotros el porvenir utópico
que seguiría al intolerable presente; también era la dulce mitología
de amanecer junto al fuego, tataypype, como se dice en guaraní, y era
la inalcanzable venganza del Jaguar Azul contra los curepíes y los cambás
que habían asesinado a nuestros toros, aquellos que en otra encarnación
fueron héroes y en otras peces y montañas y el inalcanzable mar... En
un mediodía incandescente que no olvidaré, nos llegó un camarada del
Gran Chaco, de allá por Fortín Madrejón: un tal Juan Ignacio Vega.