Cultura, medios, política y guerra
 

Análisis de la crisis nacional, buscando salidas desde los medios, los empresarios y los actores de la guerra. Texto escrito a partir de la intervención del autor en el encuentro "La cultura le declara la paz a Colombia".

Por Guillermo González Uribe

¿ La guerra es la causa de la crisis nacional, o la guerra es consecuencia de problemas estructurales del país? Es ilustrativo para el tema comenzar con una reflexión sobre un párrafo del texto "Cultura para construir la paz", que envió el Ministerio de Cultura dentro de la convocatoria al encuentro en Santa Cruz de Mompox. Dice: "Las culturas locales y regionales están amenazadas, más que por la globalización y la expansión del capital, por fenómenos nacionales como el narcotráfico y el conflicto armado...". Como toda afirmación sacada de contexto, se presta para ser manipulada, pero sirve para ilustrar algo que repiten a menudo analistas y dirigentes: que el problema del país es el conflicto armado en sí, que los problemas se originan en la guerra y se dejan por fuera las raíces del conflicto.
   Lo cierto es que sólo abordando las raíces profundas del conflicto podremos resolverlo, y que la labor de la cultura -en buena parte-, su papel en el momento actual, pasa precisamente por desentrañar los orígenes de la guerra, dado que para poderla superar es necesario saber de dónde viene, cuáles son sus causas, consecuencias y antecedentes.

LOS MEDIOS Y LA GUERRA
En su orientación, en sus contenidos y en sus figuras, los medios han sido representantes de los sectores más retardatarios de la sociedad. Hay excepciones que confirman la regla: la revista Alternativa a finales de los años setenta, el periódico El Espectador en los ochenta, la revista Cambio en los noventa, columnistas de revistas y periódicos, uno que otro programa de televisión o de radio, así como valerosos reporteros y periodistas de diferentes regiones que han arriesgado sus vidas en el ejercicio ético y profesional de su labor. Habría que resaltar también la apertura editorial del periódico El Tiempo en febrero pasado. Pero gran parte de los periodistas, columnistas y directores son figuras ligadas a la defensa del statuo quo que, consciente o inconscientemente, no cumplen un papel dinamizador ni se la juegan por cambios o reformas democráticas.
   Hay otro factor atado a esa inercia del periodismo: los medios cada día son más esclavos de la pauta publicitaria, de las mediciones del rating. Sumisos y entregados a producir contenidos ligados a la banalidad y a lo superficial, han dejado olímpicamente a un lado el trabajo de investigación, reflexión, observación, seguimiento de procesos, manejo creativo de los lenguajes.
   En momentos en que las culturas colombianas necesitan más que nunca conocerse a fondo a sí mismas y estar en interrelación con otras culturas, los medios registran mayoritariamente lo frívolo, lo intrascendente.
   Cuando es prioritario conocer orígenes, raíces, causas, consecuencias de los conflictos, los medios pasan sobre ellos con estigmatizaciones, condenando o alabando, mostrando sólo esquemas, verdades a medias, voces que hablan en un solo sentido, tergiversando.
   Los medios muestran la guerra aislada, fragmentada. Llevan a la pasividad, a la inacción. Reproducen esquemas que refuerzan la sinsalida, la intransigencia y el odio. Los noticieros de televisión son más programas de acción que de información: explosiones y sonidos de balas, que algunas veces son montajes de los medios realizados después de las acciones de guerra; bolsas negras en las que van cadáveres de seres humanos -pero no nos cuentan quiénes son, qué hacían, por qué los mataron-. Luego de esas imágenes y esos sonidos reproducidos y manipulados para impactar, no para orientar, vienen los balones de fútbol y, finalmente, tetas y culos. Eso es un noticiero de la televisión en Colombia hoy, a comienzos del siglo XXI, en un país semidestruido por la guerra, en el que apenas se salvan, por ahora, algunas de las ciudades principales, y dentro de esas ciudades, sus zonas más exclusivas.   
   Un diplomático salvadoreño decía hace algún tiempo que quienes llaman a la guerra desde Bogotá, con un vaso de whisky en las manos, no saben lo que es una guerra de verdad: barrios bombardeados, centros comerciales destruidos, colegios arrasados.

 

POSIBLES SALIDAS
El escenario es dantesco. Pero así mismo hay quienes opinan que de esta crisis, una de las más graves que afectan al planeta en estos tiempos, también pueden generarse nuevas salidas. Ser algo así como un laboratorio de ideas, experimentos y propuestas que contribuyan a encontrar soluciones a algunos de los temas candentes de la época: la crisis de la democracia, sus partidos y sus dirigentes; el pensamiento único y el neoliberalismo; el narcotráfico; la naturaleza y su destrucción; la corrupción; las más diversas formas de terrorismo, tanto de los gobiernos como de sus adversarios, y la forma de interactuar con el poder omnipresente de los Estados Unidos y con bloques en proceso de consolidación, como la Unión Europea.
   El escenario posible más positivo para el país, sus habitantes y sus medios pasa por crear conciencia en el sentido de que con la guerra casi todos perdemos y con la paz todos ganamos. La guerra conviene sólo a los que sacan provecho directo de ella.
   El escenario deseado en relación con cultura, medios y guerra es el de unos medios de comunicación críticos, activos, profundos, estéticos. Medios participativos en los que a diario esté presente la voz de diversas comunidades y de diferentes puntos de vista. De esta manera contribuyen a la formación de ciudadanos activos, interesados en el país y en sus comunidades; participantes, que analizan, crean y construyen en beneficio propio pero también común. Ciudadanos y medios que, unidos, logran formar políticos éticos que junto con comunidades, grupos organizados y actores armados pactan acuerdos y sacan adelante las reformas necesarias para que la educación y la riqueza beneficien a la mayoría de los colombianos; así se construyen las bases para un desarrollo armónico del país.
   Aunque este es un escenario al que es difícil llegar, es necesario insistir en él. Encontramos que los intereses de cada sector prevalecen sobre el interés general de la sociedad. El altruismo y el trabajo por lo social pierden cada vez más terreno en estos tiempos de privatización acelerada y recorte de programas sociales y culturales, donde el mercado y sus leyes buscan ser implantados como norma única de comportamiento.
   Aquel argumento que habla de la función social de los medios de comunicación, de su compromiso con la sociedad en el sentido de la educación, la cultura y la necesaria creación del espíritu crítico, es hoy sólo parte de una idea romántica de la que fácilmente puede burlarse un directivo de medios, o por lo menos recibirla con una sonrisa sarcástica.
   Para no quedarse en el plano de las buenas intenciones, es necesario penetrar en la dinámica de cada uno de los actores del conflicto, y de los medios, para plantear alternativas en las que vean el beneficio propio y que, de paso, sirvan a la sociedad en su conjunto. Veámoslo en cada sector.

PROPIETARIOS Y DIRECTIVOS
Hay que mostrar a los propietarios de los medios que la paz los beneficia a ellos desde el punto de vista económico. En paz, en este país la producción se multiplicaría en todo sentido: un país rico en territorio, en fuentes de agua potable, en recursos naturales del suelo, el subsuelo y los mares, y poblado por gentes imaginativas y emprendedoras. Ese país en paz es un escenario ideal para la reactivación de todo el aparato productivo y, por ende, de la pauta publicitaria -la gasolina- de los medios de comunicación, que hoy por hoy atraviesan graves problemas económicos, provenientes precisamente del recorte de esa pauta, generado por la crisis económica que en parte tiene sus raíces en la guerra.
   A los empresarios e industriales habría que recordarles que los países más desarrollados en el terreno de la producción tienen una clase media grande -Estados Unidos, los miembros de la Unión Europa, Japón- con poder adquisitivo, que precisamente es el sostén del ritmo productivo de sus industrias. Pero con una población crecientemente empobrecida, como en el caso colombiano, el consumo cae igualmente en forma progresiva y la producción tiene que andar a media marcha, al igual que los ingresos de las industrias. Es una verdad de a puño, además, que un país en guerra espanta la inversión, nacional e internacional, y que en un país en guerra nadie puede vivir tranquilo. Por tanto, a los empresarios en general, y en particular a los de los medios de comunicación, les convendría apostarle a la paz y a la creación de una sociedad más igualitaria, con mayor poder adquisitivo, en la que el capital y el poder no estén tan concentrados.
   Para llegar a ese escenario ideal, el camino más cercano y la apuesta más barata para los empresarios de los medios es abrir sus canales para permitir la democratización del país. Es permitir que se exprese en los medios la gran diversidad de culturas que tiene Colombia -cosa que nos enriquecerá a todos en los más diversos terrenos, desde la creación hasta la producción. Es orientar los medios hacia materiales que se basen en la investigación, el análisis, el manejo creativo de los lenguajes. Es crear programas que no lleven a la pasividad sino que generen dinámicas. Es que los medios busquen entre los dirigentes las voces que le apuesten a ese nuevo país, que no está a la vuelta de la esquina sino que es necesario construir, poco a poco, con la participación de muchos.
   También es necesario que los empresarios, conscientes de esta dinámica, pauten en medios y programas que trabajen por la construcción de ese nuevo escenario de país, y no sólo en los que buscan mayor rating a través de la vulgaridad, el facilismo y el maniqueísmo. Así sus productos serán identificados con propuestas serias; con un espíritu de país en desarrollo y crecimiento.

 

LOS PERIODISTAS
A los periodistas es necesario tocarles su autoestima, su realización personal. Las producciones frívolas, de consumo, banales, son desechables. De pronto pueden darles brillo momentáneo y llenar sus arcas por un tiempo. Pero el trabajo que de verdad vale la pena, el que perdura, el que los llena de orgullo, por el cual vale la pena jugársela, el que les dará prestigio permanente e ingresos estables, el que contribuirá a su crecimiento profesional, es el trabajo de fondo, el que parte de la reflexión, la observación, el seguimiento de orígenes, raíces, antecedentes; el que mira efectos, consecuencias, causas. El que trabaja lenguajes innovadores. Así presentados, estos trabajos de periodismo de investigación, literario, cultural, de fondo, verdadero periodismo o como se le quiera llamar, pueden sonar atractivos a los periodistas. Y de paso ellos contribuirían a la construcción de una sociedad mejor informada y más activa.

LOS CIUDADANOS
¿Qué es mejor: ser simples fichas de ajedrez, movidas a su antojo por el jugador, o ser el jugador que planifica y desarrolla el juego de acuerdo con sus propios criterios y conocimientos? La alternativa es entre ciudadano y consumidor. O soy un ser que tiene formación, sabe de dónde viene y para dónde va, juzga la información que recibe desde su propio criterio, toma decisiones, participa en la vida social de la comunidad y de su país, hace oír su voz y su opinión, escucha pero también habla y participa, sabe dónde está parado y escoge opciones para su vida familiar y social, o simplemente soy quien escucha pasivamente y obedece. Es necesaria la existencia de ciudadanos que además interactúen con los medios, aportándoles, criticándolos, apoyándolos, logrando tener influencia dentro de sus espacios y orientaciones.

LOS ACTORES ARMADOS
El sistema vigente es Colombia es injusto, corrupto, inequitativo y excluyente.
   La guerrilla, sin embargo, no tiene razón ni justificación para sus acciones ni su proceder. La guerrilla no hace política, porque la mira con desprecio o porque no sabe hacerla. En el caso de las Farc, desperdiciaron más de tres años de tener corresponsales de medios nacionales e internacionales en la zona de despeje para presentar acciones políticas; sólo hicieron denuncias y amenazas. Desperdiciaron tener Señal Colombia los sábados para hacer política, y en su lugar presentaron unas charlas inacabables, esquemáticas, en lenguaje dogmático, cifradas y acartonadas. Son prepotentes y a la vez ingenuos: creen que el equilibrio mundial de poder y los ataques de septiembre pasado a los Estados Unidos no afectarán la situación interna de Colombia. Continúan con el secuestro. Asesinan. Boletean a pequeños comerciantes y campesinos. Arrasan pueblos, perjudicando en su mayoría a campesinos sin capital. Vuelan puentes, torres, oleoductos y acueductos. Ponen bombas. No saben, o no quieren, hacer política por otros medios. Si realmente buscan trascender, su fuerza no puede ser sólo la fuerza de las armas que respaldan unas ideas que parecen guardar ellos herméticamente, para sí mismos.
   Las fuerzas armadas deben estar únicamente al servicio del Estado. Lo ideal para un Estado democrático es que el monopolio de las armas esté en manos de sus fuerzas regulares y que ellas actúen dentro de la Constitución y la ley protegiendo la vida y honra de todos los ciudadanos. Si el ejército colombiano no se ajusta a este proceder, y apoya el accionar de los grupos paramilitares, no será posible que muchos colombianos lo sientan como sus fuerzas armadas, e internacionalmente seguirá desprestigiado.
   Los paramilitares han tenido un crecimiento inaudito en los últimos años, al amparo de los desmanes de la guerrilla y con el apoyo de los sectores más reaccionarios de la sociedad, que pretenden perpetuarse sin importar los métodos utilizados para ello. También cuentan con el apoyo de sectores medios que los ven como protección en zonas donde la guerrilla los ha sometido a boleteo. Poderosos grupos les han prestado apoyo económico y sus medios de comunicación para limpiar su imagen, llegando a presentar a sus dirigentes como seres humanos sensibles, a los que lamentablemente les toca asesinar. Digamos que los paramilitares son los que mejor han utilizado los medios, y los medios a ellos, para justificar lo injustificable: masacres de campesinos, desplazamiento de miles y miles de personas, torturas en las que se llega a despedazar seres humanos con motosierras. Todo esto han logrado maquillarlo internamente con el apoyo o el silencio cómplice de medios de comunicación y de dirigentes de diversas esferas de la vida nacional, que incluso llegan a considerarlos los salvadores de sus privilegios, olvidando que muchas veces el monstruo termina devorando a sus creadores. Pero el repudio crece, tanto fuera como dentro del país. Y para jugar dentro de la apuesta de un país en paz, en el que quepamos todos y no sólo unos pocos, la propuesta paramilitar tendría que cesar sus desmanes y recurrir a acciones políticas pacíficas.
   Claro que no hay que olvidar que a todos los actores de la guerra, por más que los acoja una amnistía nacional, la corte penal internacional los juzgará, en tal caso, por crímenes de lesa humanidad.
   Los políticos tradicionales son en buena parte culpables directos del estado actual de las cosas. Al no actuar como servidores públicos, sino como agentes de privilegios propios o de quienes los financian, han permitido que unos pocos se beneficien de las riquezas del país y que la crisis cope todas las instancias de la vida nacional. Ellos manejan los hilos del poder apoyados en los dineros del erario y de los grupos económicos -legales o ilegales- que los apoyan. Con una parte de ellos, que logre entender la magnitud de la crisis, se trabajaría por un nuevo orden, en contravía de quienes siguen aferrados a viejas prácticas clientelistas.
   El narcotráfico y los Estados Unidos. Habría que hacer relación de otros dos actores que participan en el conflicto: el narcotráfico y los Estados Unidos, cuyo accionar está estrechamente ligado. Los ciudadanos estadounidenses son los mayores consumidores de cocaína en el planeta, Colombia es el mayor productor de cocaína, el narcotráfico financia mayoritariamente la guerra en Colombia y los Estados Unidos están invirtiendo miles de dólares en agudizar la guerra en Colombia. Mientras, no se sabe de capos estadounidenses detenidos en su país, donde se queda la gran mayoría del dinero que produce el tráfico ilegal de drogas, aceitando la banca y una economía que da muestras de recesión, la cual probablemente se desplomaría en caso de no contar con lo que produce el comercio ilegal de drogas. Dos actores del conflicto difíciles de manejar, pero que son los que financian mayoritariamente la guerra.

 

EPÍLOGO
Cultura, medios y guerra: la labor de la cultura, de investigadores y creadores pasa por analizar, dar luces, abrir horizontes, contribuir a formar ciudadanos y hacer énfasis en que la paz no es ausencia de conflictos sino esforzarse en la solución negociada y pacífica de esos conflictos, contando para ello con la participación activa, precisamente, de los ciudadanos.
   Hay que ser conscientes de que estamos en el momento de mayor crisis que ha vivido el país en mucho tiempo. Que de esa grave crisis no salimos ni con prepotencia, ni con amenazas. Que de ella salimos si logramos ponernos en el lugar del otro. Si alcanzamos la generosidad, si somos conscientes de que sólo podremos vivir mejor si los que nos rodean lo pueden hacer también. Si logramos dejar el odio, la exclusión y el resentimiento a un lado. Si aceptamos cada uno ceder un poco. Si la guerrilla se concientiza de que en el mundo actual que vivimos no es posible llegar al poder por las armas. Si la guerrilla rectifica su actitud y asume los desafíos de hacer política y entramos todos, sociedad civil, actores armados, industriales y políticos, a trabajar en forma conjunta por un país más amable. Si empresarios y dirigentes reflexionan y actúan en el sentido de redistribuir riqueza construyendo empresas más humanas, con mejores condiciones para los trabajadores; si sus productos son mejores y los dan a precios razonables; si se controla o se autocontrola la banca para que gane, pero no a partir de la usura. Si en lugar de robar al Estado, los políticos y tecnócratas lo ponen a funcionar en beneficio de todos, y no sólo en provecho propio y de sus aliados.
   Necesitamos una revolución mental y en la acción. Una revolución pacífica que posibilite una vida mejor, tanto a los poderosos que hoy viven por fuera o rodeados de rejas y guardaespaldas, siempre con el temor a cuestas, como de los sectores más deprimidos, para que tengan posibilidad de llevar una vida mejor sin necesidad de delinquir.
   El otro camino es quedarse cada uno en su posición, no ceder y enfrascarnos en una guerra fratricida con imprevisibles consecuencias para todos.

 

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