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Por Roberto Fernández
Ilustraciones de Olga Cuéllar
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Cuando el pasado
16 de octubre se abrió en Valladolid (España) el Segundo Congreso Internacional
del Español, organizado por la Real Academia Española, el Ministerio
de Cultura y el Instituto Cervantes, las instituciones encargadas de
preservar la lengua castellana tuvieron la oportunidad de escuchar el
testimonio de un escritor para quien la opción estética dentro del mundo
anglófono de los Estados Unidos consiste en retar los límites de la
lengua española. El escritor cubano-americano Roberto Fernández se dirigió
a la audiencia con una ponencia llamada "La subversión del inglés",
que leyó como parte del panel "Fronteras del español actual: sobre la
unidad y diversidad de la lengua". No deja de ser interesante esta vuelta
de tuerca, inesperada seguramente para los encargados de preservar la
pureza de la lengua de Cervantes, que los convoca a escuchar a uno de
los escritores de la nueva generación de latinos crecidos en los Estados
Unidos, para quienes el navegar entre las lenguas ha sido además de
una forma de vida y de resistencia cultural, la oportunidad para empujar
los límites supuestamente inamovibles de las lenguas con las que se
dividen y se encuentran el norte y el sur del continente americano. -Ángela
Pérez Mejía |
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Wrong
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Mima esperaba impacientemente
a su amiga, que la iba a llevar en carro, y el sudor le resbalaba de
las cejas hasta la taza de café, la tercera que tomaba. Iba hacia la
cocina cuando oyó los ronquidos del viejo Impala de Barbarita.
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Raining
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-Keith, Kicito,
ven acá. Come here!
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Abuela
me instruía cómo y dónde tallar. Seguí sus órdenes al pie de la letra,
abriendo un hueco en medio del tronco. Mientras más entusiasmado estaba
abriendo el hoyo, la capataz volvió a gritar:
-¡Quítale las ramas, quítale las ramas! Take the arms off the tree, take the arms off the tree! No la entendí y abuela, perdiendo la paciencia, me arrebató el hacha y desmembró el vegetal. Esa misma tarde el roble había quedado convertido en tabla agujereada por termitas humanas. Abuela contempló la obra satisfecha, al mismo tiempo que me daba una leve palmada en la espalda. Le sonreí una vez más mientras me deleitaba discurriendo que había salvado a las gaviotas negras de los caprichos de aquella viejecita impetuosa que aún no acababa de comprender. Durante aquel mes fuimos religiosamente a los matorrales donde, camuflageada, se desarrollaba nuestra empresa, que cada día tomaba más y más aspecto de viejo bajel. Tenía la embarcación dos compartimientos, uno para mantenerse sentado y el otro para provisiones. No poseía ningún tipo de propulsión, aunque sí tenía un falso timón. Hacia la improvisada proa, había un agujero donde colocar una pequeña asta para una bandera blanca. El exterior lo había cubierto de piedras del rin, que había sacado pacientemente de viejos vestidos, testigos de antiguas glorias, y retratos de Julio Iglesias. Todo encolado a la superficie con superglue. Esa misma tarde, la almirante inspeccionó la obra al mismo tiempo que me hacía varias preguntas claves para asesorarse de mis conocimientos náuticos. Finalmente, le respondí algo apenado que ni siquiera sabía nadar bien. Con mucha calma, abuela me dijo que fuera a la biblioteca y me agenciara una carta de navegación. |
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Hace
una semana, por primera vez, vi que llovía al revés, y sorprendido llegué
a comprender que los conejos, en realidad, no ponen huevos. Pensé en
ella y comprendí que mi hora ya se avecinaba. Se lo dije a mi nieto
y me respondió que seguramente había bebido demasiado café. Instintivamente,
fui al viejo baúl y allí encontré la ya amarillenta carta de navegación
que años atrás había utilizado para trazar la ruta que había seguido.
La comencé a estudiar afanosamente. Quería desembarcar en el mismo sitio
donde ella lo había hecho. De pronto, comprendí que las flechas que
indicaban la dirección de la corriente apuntaban hacia el noreste y
no hacia el sur, como había creído. La había leído al revés. Un hondo
pesar me recorrió el cuerpo. Entonces, me la imaginé congelada con su
vestido de luces en harapos y el parasol destelado, muriendo sola como
una vieja vikinga tropical, envuelta en un témpano de hielo frente a
las costas noruegas. |
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Sabiduría |
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-Barbarita, ¿cómo
es que estás de tícher asistan?
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