NÚMERO 31

Director: GUILLERMO GONZÁLEZ URIBE
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Socios fundadores: William Ospina, poeta; Antonio Morales, periodista; Ana Cristina Mejía, traductora;
Guillermo González Uribe, periodista; Diego Amaral, diseñador; Luis Ángel Parra, editor; Liliana Tafur, periodista;
Lucas Caballero, periodista, Liliana Vélez, filósofa; Víctor Laignelet, pintor; y Carlos Duque, publicista.

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Tarifa Postal Reducida Nº 1368 de Adpostal. Vence en diciembre de 2000
ISSN 0121-7828
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Corporación Revista Número según Resolución 023 del 19 de enero de 1995.

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A PROPÓSITO DE AFGANISTÁN:
Una balada de Theodor Fontane
Colonia, Alemania, 11 de noviembre del 2001
Estimados amigos:
Klaus Bednarz, en su emisión Monitor (8.11.2001), de la primera cadena de la televisión alemana, rescató del olvido una balada de Theodor Fontane. Esta frase necesita tres aclaraciones para los lectores. La primera: Klaus Bednarz es uno de los pocos periodistas del medio televisivo que utilizan su cerebro para pensar. La segunda: Monitor es un programa de alto contenido crítico, una mirada insobornable sobre el acontecer político, no sólo -pero sí sobre todo- en Alemania. Y la tercera: con el nombre de Theodor Fontane suele asociarse el recuerdo de su Effi Briest miopemente apostrofada como la Madame Bovary alemana, y además con el nombre de Theodor Fontane se asocia también su presencia casi ubicua en la por ahora última novela de Günter Grass, Es largo cuento. Pero Theodor Fontane (1819-1898) significa mucho más.
    
Aunque comenzó tardíamente, su obra completa abarca docenas de volúmenes, destacables en especial sus inigualadas guías por la comarca de Brandeburgo, una auténtica golosina literaria. Y luego sus novelas, que le valdrían el reconocimiento de Thomas Mann, quien lo estimaba sobremanera. Y por si fuera poco, sus poemas, entre ellos las baladas que dio a la imprenta en 1861, en un libro en el que se incluye la que Klaus Bednarz ha desempolvado estos días, con tanta oportunidad como acierto, y que se titula La tragedia de Afganistán.
    
La balada está fechada en 1859 y con toda seguridad se refiere a la masacre perpetrada por los afganos contra la guarnición inglesa de Kabul en 1841. Aunque también puede tener como trasfondo histórico alguno de los muchos intentos llevados a cabo por la Compañía Británica de las Indias para convertir Afganistán en una perla más de la corona imperial de su majestad Victoria. Todos fracasaron. Como siglo y medio más tarde fracasaría la invasión soviética. Nadie, desde Alejandro Magno, ha podido enorgullecerse de haber conquistado el arisco país.

    En cualquier caso, aquí les traduzco la balada, disculpándome de antemano por no poder verter al castellano el sonsonete de sus rimas graves, las cuales van creando una atmósfera de opresión y de impotencia. Me ha parecido más importante trasladar con la menor pérdida posible lo que podríamos llamar "la historia" que el poema quiere contar. Y ella es, de por sí, tan alucinante como un cuento de Edgar Allan Poe.

 

"Silenciosa del cielo cae la nieve
cuando a Jalalabad llega el jinete.
"¿Quién va?" - "Un soldado de su majestad,
traigo noticias de Afganistán".

¡Afganistán! Lo dijo con tal voz
que media ciudad pronto lo rodeó.
Sir Robert Sale, el propio comandante,
lo ayudó a desmontar del purasangre.

Lo llevaron al cuarto de banderas,
donde el fuego ardía en la chimenea.
¡Cómo calienta el fuego, y luz por fin!
Suspiró, dio las gracias, dijo así:

"Éramos trece mil la expedición
que en Kabul el camino comenzó.
Mujeres, niños, jefes y soldados,
helados, derrotados, traicionados,

nuestro ejército entero se ha perdido,
ahí afuera vagará quien siga vivo.
Con la ayuda de un dios yo me salvé,
mirad si es que al resto salvar podéis".

La muralla sir Robert escaló,
soldados y oficiales de él en pos.
Sir Robert dijo: "Cae la nieve espesa.
Si nos buscan, así no nos encuentran,

a ciegas vagarán aun tan cercanos... Hagamos, pues, que puedan escucharnos. ¡Cantad viejas canciones de la patria!
¡Que toquen las cornetas hasta el alba!".

Así lo hicieron y no se cansaron
de pasar esa noche así cantando,
primero alegres cántigas inglesas,
después tristes baladas escocesas.

Sonaron las cornetas sin descanso,
como sólo el amor puede lograrlo,
hasta el día siguiente, un día más.
Inútil hacerlo, e inútil cantar.

Quienes debían oír, no oían nada,
la expedición estaba aniquilada.
De trece mil que eran al comenzar,
uno solo volvió de Afganistán".

    Dicen que la Biblioteca del Congreso, en Washington, lo posee absolutamente todo en materia de libros publicados en este mundo cada día más ancho y más CNN. Se me ocurre que sería una buena idea si alguien enviase desde allí, al Pentágono, la balada de Fontane. Con copia para la Casa Blanca. Y el 10 de Downing Street. Y... (suma y sigue).
Un abrazo,

-Ricardo Bada

PREMIOS A REVISTA NÚMERO
Bogotá, 6 de noviembre del 2001
   No está mal de vez en cuando hacer a un lado la modestia y darle paso al autoelogio. Y no es para menos, pues no podemos dejar de compartir con nuestros lectores las mieles de los buenos tiempos. El punto es que la revista Número y su director, Guillermo González Uribe, recibieron el pasado 7 de septiembre, en Washington, el premio Medios Lasa 2001, otorgado por Latin American Studies Association, la más grande asociación dedicada a la investigación sobre América Latina (4.800 miembros, el 70% de ellos reside en los Estados Unidos). Este galardón se otorga cada 18 meses para reconocer las contribuciones periodísticas de largo tiempo al análisis y al debate público sobre Latinoamérica, así como al periodismo de avanzada. El jurado del premio fue presidido por Doris Sommer, de la Universidad de Harvard. Miembros del Comité incluyeron a Medea Benjamin, de Global Exchange; Suzanne Bilello, del Freedom Forum; y Mary Jo Dudley, de Cornell University.
   Y como si esto fuera poco, el 12 de septiembre Número y Guillermo fueron galardonados en el Festival Internacional de Arte de Cali por su trabajo en el campo de la crítica cultural. Los dos premios son un reconocimiento a los ocho años de actividades de Número y a la trayectoria profesional de Guillermo durante los más de veinte años que lleva trasegando por los vericuetos de la cultura y del periodismo cultural, analítico e investigativo, en medios tales como el Magazín Dominical en los años ochenta y la revista Gaceta de Colcultura a comienzos de los noventa. Queremos hacer extensivo estos premios a quienes hacen posible que la revista exista: miembros de la Corporación revista Número, colaboradores, lectores, las entidades y empresas que nos acompañan, los suscriptores y lectores.
   Quienes formamos parte del equipo de Número no podemos evitar el orgullo -ese sentimiento tan injustamente difamado pero tan soterradamente expresado- que tenemos por los premios recibidos.

-Ana Cristina Mejía y Julio Arenas

PERIODISMO Y VIOLENCIA
Palabras en la entrega del premio Simón Bolívar
Bogotá, 10 de octubre del 2001
Antes que nada, permítanme decirles lo orgullosa que me siento de haber sido invitada a entregar el premio Simón Bolívar en su primera edición del siglo XXI, un siglo que comienza con tan desconcertantes augurios y en el que parece que las palabras suenan huecas ante la contundencia de los hechos.
   Y es que cualquier acontecimiento trágico suele llegar siempre acompañado de "grandes" palabras. A menudo se trata de un aluvión de palabrería histriónica o apocalíptica, retórica, gastada… En resumen, inútil ante el sufrimiento…
   Pero… aun así, y a pesar de todo, hoy nos encontramos acá en la Biblioteca Luis Ángel Arango precisamente para honrar la palabra, porque aunque aún está por ver que suceda eso que augura cierta canción de Joaquín Sabina de que "el diccionario detenga las balas", lo cierto es que la palabra sigue siendo uno de los más tesoneros antídotos contra la violencia. Es posible que en un período corto de tiempo el ruido de las ametralladoras acalle el leve rumor de los teclas de los computadores. Pero a la larga es la palabra la que prevalece.
   ¿Quién es capaz de mencionar, por ejemplo, el nombre del cruel valido que imperaba en España cuando Quevedo escribió lo de… "puesto eres sol, aprende a ser ausente", o cualquiera de sus otros versos de amor que seguirán conmoviéndonos así pasen los siglos?
   ¿Quién se acuerda hoy de que Tolstoi escribió Ana Karenina durante el autocrático régimen de Alejandro III? ¿Qué lector japonés o alemán sabe, y a cuál le importa, que García Márquez terminó El coronel no tiene quien le escriba mientras una dictadura gobernaba en Colombia?
   El paso del tiempo fortalece el testimonio de la palabra y, en cambio, desdibuja y ridiculiza el poder de los violentos.
   Porque el verbo, como las ideas, posee la virtud de crecer y germinar lentamente en la mente del lector de un buen libro o de un atinado artículo periodístico. Una idea, una palabra certera es capaz de abrir de modo mágico una nueva puerta o despertarnos la conciencia sobre algo que antes mirábamos sin ver. Este proceso suele producirse de tan sutil manera que, muchas veces, uno ni siquiera recuerda dónde leyó aquello que termina creyendo propio, para hacer verdad lo que decía un paisano de ustedes en el sentido de que "las ideas, como los trajes, no son de quien las hace sino de quien las usa".
   La palabra, la palabra certera y eficaz, es el motivo que hoy nos reúne, y no podría haber mejor premiado en esta oportunidad que alguien como Antonio Caballero, dueño de una admirable capacidad para encontrar las palabras más eficaces y las metáforas más punzantes.
   Y él también hace honor a otra vieja tradición en la cultura colombiana: la de la palabra libre.
   Me van a tener que perdonar la ignorancia, pero hasta ahora, cuando, para preparar estas líneas, he buceado un poco en la historia periodística de Colombia, desconocía hasta qué punto se ha valorado siempre aquí la libertad de expresión. Yo vengo del Uruguay, otro país que -salvo algún período de negro recuerdo- también puede mostrarse orgulloso en este aspecto. Sin embargo, lo cierto es que nosotros no tenemos, para vanagloriarnos, un episodio tan significativo como el que, según he podido leer, ocurrió aquí en Colombia en 1952, cuando fueron incendiados los periódicos liberales y los periódicos conservadores facilitaron sus talleres para que sus adversarios pudieran seguir saliendo a la calle.
   Desde entonces hasta hoy han pasado muchas cosas. Pero el periodismo colombiano, fiel a esta tradición, ha seguido oponiendo la libertad de su palabra a episodios de violencia provenientes de fuentes diversas: desde los grupos armados hasta el narcotráfico, sin que el miedo ni la sensación de impotencia hayan logrado ahogar la palabra libre. Aquí, increíblemente, cada uno escribe lo que piensa.
   Con todo, y ya que hablamos de libertad, me gustaría dejar aquí un pequeño apunte que se me ha hecho más evidente con los atentados terroristas ocurridos en los Estados Unidos. Alabamos la libertad de prensa pero pienso que esa libertad debería, hoy más que nunca, ir acompañada de reflexión, autocrítica y la necesidad de que los periodistas meditemos sobre la manera como estamos cumpliendo nuestro papel. Porque, entre otras muchas cosas, el estallido del terrorismo en Washington y Nueva York ha planteado un tema ético que me gustaría señalar. Los periodistas, sobre todo los de televisión, han descubierto la urgencia de una nueva sensibilidad frente al dolor, a la muerte, a la destrucción y a la sangre. Han sido admirables la prudencia y el respeto con que se ha manejado la información de las víctimas. En un gesto de autocontrol que el público agradece, los informadores se han abstenido de salpicar las pantallas y la páginas con la grotesca impudicia de los cuerpos desnudos y destrozados: aquí nadie se ha regodeado en el dolor ajeno.
   Yo, personalmente, aplaudo esta actitud. Pero la aplaudo para todos los muertos de todos los accidentes y todos los crímenes en todos los rincones del mundo. No acepto que haya muertos de primera y de segunda, rechazo que haya dolores más respetables que otros. Y, sin embargo, pocos días después de que los canales norteamericanos de televisión ofrecieron esta muestra de sensibilidad con sus muertos, los noticieros se llenaron, una vez más y como siempre, de imágenes terribles: ciudadanos mutilados en las calles de Cachemira, y una escena que quizá les haya impresionado tanto como a mí: la de unos padres palestinos abrazados al cadáver de su hijo con apenas las primeras señales de la adolescencia en su cuerpo, desnudo y ensangrentado.
    No puede haber una ética periodística para las víctimas de Manhattan y otra para las de Cachemira o el Medio Oriente. Ambas nos tienen que conmover por igual y ambas merecen el mismo tratamiento de consideración humana. Bien lo saben ustedes, que pertenecen a un país que ha padecido el terrorismo desde hace muchos años, aunque a veces parecería que el terrorismo que sufren los colombianos merece menos respeto y solidaridad que el que se registra en Manhattan.
   Confío en que los bárbaros atentados del 11 de septiembre sirvan para replantear no sólo la lucha contra el terrorismo, sino la manera como se cubre el terrorismo en los medios. La primera lección debe ser que todas las víctimas merecen el mismo respeto, de modo que, hasta que llegue el ansiado momento en que el diccionario en efecto detenga las balas los que trabajamos con la palabra ayudemos a igualar el dolor de los pobres con el dolor de los ricos. Ahora sólo me queda agradecerles su atención y felicitar a todos los premiados. Enhorabuena.
   

-Carmen Posadas
Escritora

DONDE DEBERÍA LATIR UN CORAZÓN
Ottawa, 5 de octubre del 2001
Todavía por este planeta, pero rogando porque empiecen a parcelar la Luna o Marte, a ver si conseguimos un rinconcito en la galaxia donde dejen vivir en paz.
   Aquí seguimos con todo el desconcierto de esta crisis mundial, de toda la falta de conciencia, del show de los estadounidenses que se toman por primera vez una cucharada de su propia sopa hecha de intervencionismo, de colonialismo, de represión. Sí, muy dura la tragedia, nadie lo niega.
   ¿Y qué de los millones de personas en Oriente Medio que no conocen otra realidad que la de sus seres queridos desaparecidos, mutilados, asesinados; sus casas quemadas, sus cultivos arrasados? Y esto sobre una base de "toodooos-loos-dííaaas"... ¿Qué de las mujeres bajo el régimen talibán, prisioneras hasta de sus vestidos, desde los cuales sólo tienen acceso a un mundo fragmentado detrás de las mallas de sus velos? ¿Qué de los millones de colombianos que mueren en una guerra que desangra al país desde hace tantos años que ya perdimos la cuenta? ¿Qué de los millones de niños que mueren de inanición en África todos los días, mientras en tres semanas se han movilizado recursos y ayuda humanitaria en dinero y en alimentos en cantidades apabullantes? ¿Por qué nadie los nombra nunca? ¿Por qué algunos no saben siquiera que existen?
   Sí; una cucharada amarga de su misma sopa; y lo mejor (o lo peor) es que viene de la mano del monstruo que ellos mismos crearon para que sembrara muerte y destrucción entre los que ahora buscan como aliados. ¡Qué asco! Y para dársela, se les metió en el rancho sin prisa y calladito; la preparó con su propia receta: la más avanzada tecnología Microsoft, entrenamiento on site, en sus propios aviones, un ataque a toda su infraestructura... con toda su infraestructura. Y bueno: ¿no es éste finalmente otro producto del capitalismo "made in USA"?
   Este ataque no es un ataque sólo a los Estados Unidos, que se han erigido como la única víctima inocente. Murieron miles de seres humanos, independientemente de su nacionalidad, su raza o su religión; y el dolor se siente igual, a pesar de que quieran ponerles bandera a las lágrimas. Es un sacudón a la humanidad toda, que nos recuerda una vez más que guerras, terrorismo, hambre, dolor, tragedia y muerte son las versiones de un solo y acérrimo enemigo del hombre: él mismo.
   Por ahora, seguiremos tratando de entender lo que no tiene sentido y de no juzgar a los que llevan bombas ensangrentadas, que siembran el terror allí donde debería latir un corazón.
   Un abrazo,

-Anna María Salvetti

ENCUENTRO FUGAZ CON NADINE GORDIMER
Berlín, 15 de octubre del 2001
La vi de espaldas. No la reconocí, pero me llamó la atención porque parecía perdida. Se hallaba en un salón lo suficientemente grande para acoger a 200 invitados: escritores de diversas nacionalidades, personajes de la cultura, la política y la economía alemana, y periodistas de varias partes del mundo que asistirían al coctel de bienvenida del Primer Festival Internacional de Literatura de Berlín.
   Caminaba lentamente y observaba el lugar. Creo que buscaba una puerta que la condujera a la sala de conferencias, de donde se alcanzaban a escuchar las voces de los organizadores. Sus pasos avanzaban sobre una alfombra mullida, mesas altas simétricamente distribuidas, vestidas pulcramente de blanco, y decenas y decenas de bombillas disfrazadas con cristales sofisticados que irradiaban una luz tenue, pero abundante, le imprimían un toque cálido a este espacio casi vacío.
   Esa mujer blanca, de mirada clara y contundente, que alberga en cada uno de los pliegues de su piel un episodio de la historia de su país; pequeña, casi frágil e indefensa, ha luchado desde los campos de la literatura en contra de las leyes del apartheid en su nación. Su corta edad no fue impedimento para que a los quince años la declararan persona no grata en Sudáfrica. Hija de un judío lituano y una judía inglesa, nació en una sociedad absolutamente dividida y creció en medio de la burguesía colonial de Johannesburgo. La reconocí. Era Nadine Gordimer.
   El salón se fue llenando lentamente, las personas rodearon las mesas y en pocos segundos el lugar se llenó. La perdí de vista. Busqué en el laberinto de mis recuerdos literarios y recuperé un ensayo suyo escrito en 1998: Manual para la vida. En aquel entonces ella era embajadora de Buena Voluntad de las Naciones Unidas para el Programa de Desarrollo y Lucha contra el Hambre y la Pobreza. En este ensayo relata los resultados de un estudio sobre el desarrollo del ser humano y el papel de la globalización, así como la creación de nuevas formas internacionales comerciales que mantengan y controlen el consumo y la publicidad.
   Mi mirada se paseó por el salón, tratando de encontrar a Nadine, al tiempo que mi memoria recorría aquel texto. La luz aumentaba de intensidad: son 145 veces más el consumo de energía por parte de los países ricos con respecto a los pobres; uno que otro asistente hablaba por celular: 47 veces más conexiones telefónicas, los meseros aparecían con bandejas llenas de salmón y dorada: siete veces más consumo de pescado; los seguía una mesera con bandejas llenas de canapés con carne de ternera, cerdo y pollo: once veces más consumo. Por suerte no escuché ni vi ningún carro, pero de todas maneras la cifra es 145 veces mayor por parte de los países más pudientes. Un aparte del informe dice: "La silueta urbana es la silueta de consumo, la cual no es ninguna casualidad".
   Los datos corresponden a 1998, pero creo que es vigente recordarlos, pues pueden servir de referente histórico aunque las cifras hoy sean más desequilibradas y la balanza mantenga todo su peso en el lugar acostumbrado.
   La descubrí en medio de un círculo pequeño de gente, pero sola. Me acerqué, la saludé, le pregunté sobre su visita a Berlín y luego le enseñé la Número 27 que llevaba en las manos. La tomó, se detuvo en la carne de la portada, pero no en la que se consume once veces más, sino en la que se asesina en Colombia ene veces más y en forma indiscriminada. La hojeó y ojeó, se la puso bajo el brazo y en un abrir y cerrar de ojos la rodearon luces, cámaras y grabadoras; también se escuchó la voz de un hombre: "No concede entrevistas". Ella desapareció.
   Su intervención fue la primera después del coctel. Leyó apartes de su última novela, Un hombre de la calle, parada en un banco para alcanzar el micrófono. La premio Nobel de literatura 1991 contó la historia de amor entre Julie e Ibrahim. Ella, una sudafricana de una familia acomodada, y él, un ilegal musulmán que proviene de un país árabe sin nombre.
   Su relato se enredó con mis pensamientos y yo escudriñaba a mi alrededor "los cuerpos que eran jaulas y dentro de ellas había algo que miraba, escuchaba, temía y extrañaba", como dice Kundera. Entre ellos había 80 escritores como Antonio Tabucchi, Charles Simic, Homero Aridijis y Antonio Skármeta, que tendrían diez días para leer sus escritos, hablar del amor, del apartheid, discutir el papel cultural en el mundo globalizado, debatir sobre el consumo y, en últimas, zambullirnos en un mar de nuevas ideas y corrientes que no dan respuesta a ninguna duda, pues como dice Nadine Gordimer el papel del escritor es hacer preguntas, no dar respuestas.
   Escuché las ovaciones para Nadine. Ella permaneció inmóvil un instante, pero con una sonrisa dibujada en el rostro. Recibió un ramo de flores y salió por una de las puertas aledañas. La sala de conferencias quedó desocupada en poco tiempo, las luces se apagaron y afuera me esperaba la Puerta de Brandeburgo, iluminada con la cuadriga mirando al Este. Entonces recordé el final de su documento: "Ojalá pueda la historia realizar e incluso traicionar nuestras esperanzas con el fin de que el próximo milenio reafirme el poder de la imaginación".

Claudia Zea

 

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