Al inaugurar la
Cátedra de Políticas Culturales, que tiene como función de fondo poner
a pensar al país sobre el papel de la cultura en la reconstrucción de
un país asolado no sólo por la guerra de las armas sino por la violencia
del miedo y la desconfianza entre sus conciudadanos, pienso que estoy
abriendo la puerta a un proyecto que por primera vez en muchos años
no quiere ser un "gran" plan aislado, sino la articulación de muchos
y muy diversos proyectos, pues los anuda el primer Plan Nacional de
Cultura y el Observatorio de Políticas Culturales, desde los cuales
el ministerio busca convertir la cultura en un lugar estratégico para
tejer ciudadanía y hacer posible un país en el que quepamos todos los
colombianos.
PUESTA EN PERSPECTIVA:
LA AUSENCIA DE RELATO NACIONAL
Por ser la primera cátedra me corresponde en cierta manera, aunque
suene presuntuoso, poner un cimiento histórico a algo que tiene que
ver eminentemente con el presente y el futuro del país, ya que no podemos
hoy, y menos en Colombia, hablar de políticas culturales sin una renovación
radical de la cultura política, al menos de la que ha sido la cultura
política dominante. De ahí que comience mi reflexión a partir de varias
preguntas y cuestiones que nos ha planteado uno de los analistas más
lúcidos de la situación actual de Colombia, Daniel Pecaut, en una conferencia
sobre el tercer sector pronunciada el año pasado en Cartagena -y que
ha venido profundizando en sus últimos escritos-: lo que le falta al
país, más que un "mito fundacional", es un relato nacional, esto es,
un relato que posibilite a los colombianos de todas las clases, razas,
etnias y regiones, ubicar sus experiencias cotidianas en una mínima
trama compartida de duelos y de logros. Un relato que deje de colocar
las violencias en la subhistoria de las catástrofes naturales, la de
los cataclismos, o los puros revanchismos de facciones movidas por intereses
irreconciliables, y empiece a tejer el relato de una memoria común,
que como toda memoria social y cultural será una memoria conflictiva
pero anudadora. Es la gran diferencia entre la memoria artificial y
la memoria cultural, pues ésta siempre opera tensionada entre lo que
recordamos y lo que olvidamos, ya que tan significativo es lo uno como
lo otro. Colombia necesita un relato que se haga cargo de la memoria
común, aquella desde la que será posible construir un imaginario de
futuro que movilice todas las energías de construcción de este país,
hoy dedicadas en un tanto por ciento gigantesco a destruirlo.
La ausencia de relato nacional remite, en primer
lugar, a la historia de "la violencia de la representación", que es,
según Cristina Rojas -cuya tesis de doctorado ya se publicó en inglés
y la está editando actualmente Norma-, aquella violencia estructural
a partir de la cual se construyó el Estado en Colombia: un Estado en
cuyos discursos fundacionales la exclusión de los indígenas, los negros
y las mujeres fue radical. Y lo fue en la medida misma en que la diferencia
era afirmada únicamente en su irreductible y negativa alteridad. En
un seminario sobre Colombia, organizado por el Instituto de Estudios
Latinoamericanos de la Universidad de Stanford en el mes de abril, que
significativamente se tituló "Pensar en medio de la tormenta", di una
conferencia sobre "Culturas de la violencia" en la que, refiriéndome
a la noción de ciudadanía que excluyó a la mayoría de la población,
cité dos frases: una de José María Samper, en El ensayo sobre las revoluciones
políticas, de 1861, y otra de Florentino González, un moderado liberal,
candidato a la presidencia de la república en 1848. Dice José María
Samper: "La política tiene su fisiología, permítasenos la expresión,
como la tiene la humanidad y sus fenómenos, pues ellos obedecen a un
principio de lógica inflexible, lo mismo que los de la naturaleza física
(...) La democracia es el gobierno natural de estas sociedades nuestras
en las que cada grupo social obedece a las leyes de su fisiología y
su geografía". Y Florentino González escribió: "Lo que tenemos es una
democracia ilustrada, en la que la inteligencia y la propiedad dirigen
los destinos del pueblo". En otras palabras, la colombiana se representa
a sí misma como una sociedad en la que la exclusión del pueblo, o sea
las mayorías, se legitima en su carencia de inteligencia tanto como
de propiedad. Pensar nuestra cultura política implica arrancar de ahí,
de esa violencia originaria en que se funda la recortada representación
del país que cabía en sus primeras figuras de nación independiente.
En segundo lugar, la violencia de la representación
cimentó, hasta bien entrado el siglo XX, una concepción del mestizaje
como proceso de blanqueamiento de las razas inferiores, puesto que civilizar
esas razas significaba que los negros dejaran de ser negros y los indígenas
dejaran de ser indígenas. El no blanco o se transmutaba en lo más parecido
a un blanco macho o desaparecía. Y en tercer lugar, la violencia de
la representación marcó a fuego la constitución misma de los partidos
liberal y conservador. Según Cristina Rojas, ambos partidos se concibieron
a sí mismos como mutuamente excluyentes, ya que cada uno era "el doble
del otro", lo que vino a hacer imposible, a anular, el espacio común
en el que puede adquirir sentido la diferencia entre liberal y conservador.
Si cada partido era la negación del otro, no había un terreno común
que compartieran y sólo a partir del cual se diferenciaban. Cada partido
nació y durante muchos años fue la negación del otro, con lo que aquí
también la representación del otro implicaba la justificación de su
exclusión.
Hoy día, la ausencia de un relato nacional incluyente
de los ciudadanos del común, no retórica sino realmente, se expresa
en una imagen de Colombia propuesta por Pecaut, y que me resulta tan
expresiva como estremecedora: la de un país atrapado entre la retórica
vacía de los políticos y el silencio de los guerreros. Pocas imágenes
tan certeras de la complicidad y correspondencia entre las dos trampas
que moviliza la guerra. Los políticos atrapados en su habladuría, incapaces
de hacerse cargo de la complejidad de los conflictos que vive Colombia,
de la envergadura sociocultural de sus demandas y de los modos como
el país quisiera ser reconocido regional, racial y psíquicamente. Y
junto a esa inflación de la palabra política -y a más inflación, menos
valor-, junto a tanta palabra hueca, se alza el silencio de los guerreros.
Ese que manifiesta el hecho de que la inmensa mayoría de los miles de
asesinatos que aquí se producen cada año no sean reclamados, no merezcan
ser reivindicados, es decir, no tengan relato. Se tiran los cadáveres
en el campo, al borde de las carreteras, o en las avenidas urbanas,
y lo único parecido a una palabra son las marcas de la crueldad sobre
los propios cuerpos de las víctimas. Silencio tenaz de los guerreros
de un bando y de otro, y del otro también. Silencio tanto o más sintomático
que la impunidad, pues el que no exista una palabra que se haga cargo
de la muerte infligida tiene quizás una resonancia más ancha que el
hecho de que no se juzgue al asesino, ya que habla del punto al que
ha llegado la ausencia de un relato mínimo desde el que podamos dotar
de algún sentido la muerte de miles de conciudadanos.
¿Cómo responsabilizarnos entonces de nuestros
errores y nuestros fracasos, si no compartimos el discurso en que podríamos
nombrarlos? ¿Cómo compartir duelos si ni siquiera podemos llorar juntos,
que es aquel mínimo sin el cual no hay comunidad que subsista? Ahí radica
la gravedad última de una situación en la que hasta la lectura que de
ella hace la clase pensante, los intelectuales y las ciencias sociales,
en lugar de contribuir a tejer convergencias, tiende aun a fragmentar
y polarizar la sociedad, ya que no hemos logrado poner en común una
lectura en la que sea posible dirimir hasta dónde llega lo tolerable
y comienza lo intolerable. Los intelectuales no estamos proporcionando
a este país una lectura de la situación -no confundir con coyuntura-
que ayude a la gente a ubicar su cotidiana experiencia de dolor, tanto
como los retazos de sentido que alientan nuestra esperanza.
Y que el país vive un momento realmente límite,
en que el papel de las gentes de la cultura debería estar dedicado a
tejer un mínimo relato del sentir común, lo demuestran hechos como éste.
Ayer Julio Sánchez Cristo entrevistó en su programa matinal de radio
a un representante de la Coca-Cola colombiana y a un representante del
sindicato del acero de Estados Unidos. Yo sabía, por informaciones de
la cadena de televisión CNN, que hay una acusación de que varios sindicalistas
de Coca-Cola han sido perseguidos, chantajeados e incluso asesinados
por paramilitares, en complicidad con la empresa. Y quien ha hecho esa
denuncia ha sido el sindicato del acero de los Estados Unidos, uno de
los más poderosos de ese país. Cuando el periodista le preguntó al sindicalista
norteamericano "¿Y por qué un sindicato tan fuerte de Estados Unidos
se pone a pelear por unos humildes trabajadores de una planta de Coca-Cola
en Colombia?", la respuesta indignada del director del sindicato fue
"Porque de cada cinco sindicalistas que mueren asesinados en el mundo,
tres lo son en Colombia. ¿Le parece suficiente la razón?". Y me pregunto
yo: ¿qué nos va a parecer a nosotros, intelectuales, académicos, artistas,
trabajadores todos de la cultura, suficiente razón para volcar nuestro
trabajo en la articulación de discursos que tejan un relato común?
Otro de los hechos que más han gravitado sobre
la violencia de la representación que arrastra Colombia han sido sus
muy diversas formas de ensimismamiento y aislamiento. Primero, fue un
país que se confundió con la capital, y que hasta los años cincuenta
no incorporó culturalmente sino el espacio andino, detestando y desconociendo
todas aquellas otras culturas que, como las que evidenciaban las músicas
y las narrativas de la costa del Caribe o del Pacífico, sonaban lujuriosas
y pecaminosas a los hipócritas oídos de los detentadores de la cultura
y la moral oficial del país que se veía desde Bogotá. Del mismo modo
que negaba carta de modernidad a lo que no llegara a Colombia vía las
provincianas élites del altiplano. Ensimismado aislamiento que sigue
operante en muchas formas todavía pero del cual nos han sacado brutalmente
las muy colombianas redes del narcotráfico, que ha sido nuestra peculiar
manera de entrar en la escena mundial y de poner a Colombia en la economía
global. Por eso no podemos pensar lo que pasa en este país ni entender
la guerra que estamos viviendo, o estas guerras, sin ubicar el narcotráfico
en las particularidades de nuestra cultura mafiosa, esa que Alonso Salazar
describe en La parábola de Pablo y la que encuentra sus raíces tanto
en la cultura del contrabando como en cierta cultura empresarial y política
del país. Indispensable libro el de Salazar, ya que es de los pocos
que entretejiendo discursos muy diversos pone en relación muchas cosas
que parecían aisladas y dispersas, contribuyendo así a la construcción
de ese relato en que nos veamos juntos los colombianos.