La inteligencia,
como cualquier herramienta -un cuchillo, por ejemplo-, debe entenderse
como un medio para hacer algo y ser evaluada por el uso que se le da
y no por la supuesta magnitud o brillo que posee (el genio no, porque
el genio no es necesariamente inteligente). Así, por ejemplo,
quien tiene un excelente cuchillo puede utilizarlo para cortar finísimas
rebanadas de carne y darse el lujo de servir a sus amigos un carpaccio,
plato difícil de hacer en casa, precisamente por falta de buenos
cuchillos; pero también puede usarlo para enterrarlo en la espalda
de sus vecinos y acortarles su vida en el más acá. El
cuchillo es el mismo, el filo es el mismo, pero en el primer caso hablaremos
de un cocinero y en el segundo de un asesino.
En Colombia somos dados a dejarnos encandilar por
la inteligencia o supuesta inteligencia de algunas lumbreras, sin percatarnos
del uso que le han dado al don con que nacieron, ya que es evidente
que se nace con ella y no se adquiere en el transcurso de la vida por
más empeño que pongamos en ello. Son muchos los que todavía
admiran la inteligencia de Pablo Escobar y llegan a venerarlo, y logran
deslindar la herramienta, el don de la inteligencia que tenía,
de la clase de ser humano que era, y del uso que hizo de ella.
Para decirlo de otro modo, la inteligencia no disculpa,
todo lo contrario: a mayor inteligencia de alguien mayor responsabilidad
debería exigírsele por sus actos, contradiciendo así
la expresión popular que funciona más o menos de esta
manera: «Sí, Escobar es (o era) un hijueputa, ¡pero
qué berraco tan inteligente!». Y la frase «pero qué
berraco tan inteligente» suena como una absolución, un
quitador de manchas, y nos pone a admirar lo que en rigor hay que condenar.
Esto no parecen compartirlo Alfonso López Michelsen
(quien no se siente para nada responsable de la crisis en que vivimos:
«Si soy corresponsable, no me doy cuenta»), ni Enrique Santos
Calderón (para quien López Michelsen es un «colombiano
excepcional»), si nos atenemos a la lectura del libro que han
publicado juntos gracias a El Áncora Editores.
(Pongo entre paréntesis el autocomentario sobre
la gestión pública de López, así como la
opinión que éste le merece al codirector de El Tiempo,
pues no se trata aquí de evaluar sus actos y opiniones sino de
reseñar, de señalar el libro).
No parecen compartirlo, digo, porque estos dos colombianos
que tienen fama de ser inteligentes nos ofrecen un libro bobo que es
una burla perpetrada para lectores ingenuos, y ambos se comportan como
un par de irresponsables frente a sus lectores.
Enrique Santos no le hace honor a la fama de persona
inteligente que se ha ganado merecidamente, pues en este libro actúa
como un periodista negligente y poco profesional, y parece más
una devota secretaria que copiara de manera fiel las respuestas de López
sin ahondar en ellas, sin preguntar cuando tenía la obligación
de preguntar, sin jalar la pita en asuntos no muy claros, y dejara que
el entrevistado se explayara en multitud de temas sin tratar nunca de
contradecirlo, o poner en duda sus palabras. Todo lo que dice López
parece dejar muy contento al periodista y no lo pone a pensar, como
se supone que hace López cuando habla.
Para ilustrar lo anterior, valga la siguiente perla:
Santos afirma que «...otro argumento de las Farc (hablando del
desarme como condición para hacer la paz) es que las armas son
la única garantía de que no los maten, como les pasó
a muchos jefes guerrilleros liberales de los años cincuenta,
y a tantos guerrilleros desmovilizados en la última década».
Y López responde sin que le tiemble un solo pelo: «La cuestión
de que los maten es muy discutible, porque si uno ve los hechos, ¿quiénes
fueron los autores intelectuales y materiales de muchos asesinatos que
se cometieron contra antiguos guerrilleros que habían sido amnistiados
y se reintegraron a la vida civil? Yo creo que las propias guerrillas
se encuentran detrás de buena parte de esos asesinatos, por un
lado, y por el otro pienso que las muertes ocasionadas por los narcotraficantes,
como en el caso de Carlos Pizarro, el del M-19, no son imputables al
Estado colombiano». Y Santos, que es el entrevistador, ni siquiera
se inmuta con ninguna de estas palabras y, por el contrario, confirma
a continuación: «Se sabe que el ELN, por ejemplo, mandó
matar a su exdirigente amnistiado Ricardo Lara Parada, que los narcos
ordenaron el asesinato de Luis Carlos Galán y que muchos militantes
del antiguo EPL en Urabá fueron asesinados por las Farc».
Y luego, como si nada, ¡cambian de tema!
¿En qué país vive Santos Calderón?
¿Qué es lo que pretende? ¿Demostrar que el Estado,
o funcionarios del Estado, no es, o no son, responsable o responsables,
de ninguno de los asesinatos contra excombatientes de la guerrilla,
o que ningún guerrillero de las Farc que entregue sus armas corre
peligro de ser asesinado?
Tanta ingenuidad es inadmisible en alguien con tanta
cancha periodística, y tanta perversidad, en el caso de López,
era de esperar. Porque la respuesta de López es trapera -como
la mayoría de las respuestas y comentarios que hace en el libro-,
es maledicente, es pérfida, empaquetada amablemente como si fuera
un regalo, bello y seductor por fuera, pero peligroso y ponzoñoso
por dentro. De un solo tirón generaliza y por lo tanto tergiversa
toda la verdad y da por sentado, como Turbay (a quien tanto admira)
en su época, y parafraseando, que los detenidos se autotorturaban.
López logra darle a todo lo que dice un aire
de divertimento, de algo trivial y encantador, sin mucha trascendencia,
y está hablando precisamente de la realidad de un país
sumido en el horror, inundado de sangre, un país que él
ayudó a construir así, sangrante y horrible, como sin
darse cuenta, como un niño chiquito que mirara el desastre que
lo rodea y que él mismo hizo, y le dijera a su madre, pillado
con las manos en la masa, como el Calvin de la tira cómica, con
aire ingenuo, «yo no fui, fueron unos monstruos grandes y verdes
que vinieron de Marte a revolcarlo todo».
Y así es el libro página tras página. Y produce
asco.
Como cuando López cuenta, refiriéndose
a las elecciones que ganó Misael Pastrana Borrero y perdió
el general Rojas Pinilla, gracias a un fraude electoral que provocó
la indignidad y la rabia de muchos y fue la piedra de toque sobre la
que se construyó el proyecto político del M-19, que le
respondió a María Eugenia Rojas, cuando ella le dijo que
«le estaban robando el triunfo», que «mientras (él)
fuera canciller, no permitiría ningún fraude». Y
Santos comenta: «Quedó, de todos modos, la sensación
de que hubo tremendo chocorazo...», y López contesta (y
resumo para no explayar esta reseña) que muchos años después
se enteró de que sí hubo robo, y le cuenta cómo
fue el robo, y que Carlos Lleras no lo supo nunca, y que el Cabezón
Martínez, que era el gobernador de Nariño durante las
elecciones, fue el que tramó el robo, y «luego estuvo de
diplomático diez, doce, catorce años, bajo todos los gobiernos,
en Roma». Y luego, por supuesto, cambian de tema, alegremente,
como si nada importante se hubiera revelado.
¿Denunció López lo que supo cuando
lo supo? No. ¿Para qué? Ya había pasado, y ahora
lo confiesa cínicamente, como si no importara, como si la historia
fuera una burla y a él, tan inteligente, tan ameno, tan capacitado
para saborear lo que de irónico tiene la historia, cualquier
historia, le fuera deparado el destino de revelarlas a su debido tiempo,
con la distancia necesaria, y sopesarlas como lo que son, cosas triviales,
chismes de salón, divertimentos.
A quien quiera encontrar la verdad de lo que ha sucedido
en Colombia, o sobre López, o estudiar cómo se hace una
entrevista y tener una idea de lo que es el periodismo moderno, se le
recomienda abstenerse de la lectura del libro.
La verdad, no vale la pena reseñar el libro,
como libro, sino denunciarlo como un fraude, un engañabobos,
útil sólo para empalagar el ánimo del ejército
de muchachitas (de cualquier edad y de cualquier sexo) que se embriagan
con cada cosa que dice López. A los demás nos debería
poner a pensar sobre este par de inteligencias que sobresalen sobre
el mar de estupidez que anega a Colombia: si así son los inteligentes,
y así utilizan su inteligencia, ¿cómo serán
los otros? Con razón estamos como estamos.
-Alberto
Quiroga