Manglares
 
Presentamos una selección de poemas del libro
inédito Manglares, de Tomás González,
escritor colombiano radicado en Nueva York.

Por Tomás González

Tomás González nació en Medellín (1950) y comenzó a escribir a principios de la década de los setenta. Ha publicado las novelas Primero estaba el mar, La historia de Horacio y Para antes del olvido, ganadora del V Premio Nacional de Novela Plaza & Janés (1987); y la colección de cuentos El Rey del Honka-Monka. Actualmente vive en Nueva York.

II
Sonido del tren sobre los rieles,
íbamos cruzando las sabanas
en plena medianoche.
Por las ventanas entraba la frescura
del viento, un acre olor a ACPM
y el resplandor de la luna.
De no haber tren, de haber estado quieto,
habríamos oído los grillos en el pasto,
los búhos en los árboles,
el murmullo del aire en la espesura.
Pero no estábamos quietos.
Rápidos.
Y entre el vagón, clac, clac,
hace veinte años,
venían pasajeros hoy disueltos
(como tales)
soñando por las sabanas del Cesar
que se iban veloces bajo el tren,
bajo los rieles,
y por el tiempo mismo de sus cuerpos.

  

 

   

 

IV
El hígado se pierde como el humo
bajo un ramalazo de viento.
Los pulmones se hacen agua, tierra,
viento.
Se pudre el corazón, abriéndose en
libélulas, avispas, matorrales.
Se desmontan los oídos.
Se destejen las mejillas.
Son devueltos los cristales, son devueltos
los calcios y las sales
mientras soles, muchos soles,
no han dejado de brillar para otras vidas.

 

1959
Gotear de los remos caño arriba,
íbamos en silencio profundo entre los mangles,
quietas nuestras vidas en medio del bullicio
de los pájaros.
La luz venía del cielo y se volvía espesa
bajando por las ramas, metiéndose en el agua,
buscando el origen de los mangles
que venían desde el lodo y tocaban
el agua con sus ramas.

 

 

XX
Poco antes del amanecer, cerca de los rieles,
los cuatreros mataron las dos vacas;
torpemente les cortaron las piernas,
que metieron en costales,
y escaparon.
Cuando la gente llegó, un gallinazo
había ya roto una barriga de un solo picotazo
del tamaño de una tapa de cerveza.
Hábiles cuchillos le dieron entonces orden al despojo;
le dieron forma al hígado,
formaron riñones trenzados y brillantes,
callo en cascadas (siempre intrincadas
y parecidas siempre a anémonas, corales);
de la sanguinolenta nada sacaron nitidez,
nombres sonoros, sacaron abundancia, arbóreos
bofes espumosos, exactitud, fiesta, belleza.
La mañana era azul,
y en el aire transparente vibraban las campanas
de la iglesia.

 


XXI
Los ancianos rusos emigrados, gorros de caucho,
movimientos sosegados,
nadan en el helado mar de Coney Island.
Cuando salen del mar, sus cuerpos viejos
no tiemblan: sólo por la lentitud sabemos
que el tiempo de la disolución ya no está lejos.
En el horizonte hay veleros; en el aire, helicópteros, aviones.
En la playa hay despojos de cangrejos.
En las piedras del tajamar se aferran los borrosos
caracoles.


 

 

XIV
El agua, de tanto llover, empezó a brotar del suelo.
Las nubes, quietas, cubrían todo con su luz de hierro.
Alrededor de raíces y cimientos
comenzaron a serpentear grietas y vértigos.
Por la carretera desierta
empezaron a rodar piedras pequeñas
que se iban brincando al precipicio.
Hubo un crujido.
Una casa se arrodilló y se fue al vacío
con todo lo demás: ganado, gritos,
naranjos que rodaban entre el fango
y piedras gigantescas que aplastaban
cafetos florecidos.
El asfalto se partió y fue sepultado
con un bullicio profundo, interminable,
que rebotó entre peñas y cañadas
e hizo sentir
a quienes todavía estaban vivos
que también era perpetuo el fin del mundo.


 

 

 


Muerte de Juan, 1977
Las gaviotas caminaban por la playa
y marcaban sus huellas en la arena.
Mar de El Darién.
Después volaban otra vez al mar,
y dejaban las huellas en la arena.
¡Con qué fuerza cayó ese año
la desgracia! Después venía el agua,
espumas, telas,
y borraba las huellas de la arena.
Atrás las palmas, los mangos, las acacias.

 

 


Zarzal
De todo lo que fue la vida en esos días,
de todo lo vivido en aquel valle
al pie de las altas cordilleras
sólo quedan las formas generales: lo demás
lo doy por ido.
Seguramente allá están las montañas,
el viento puntual
y el mismo valle.
Pero todo lo que estaba allí y que era mío
se ha deshecho, ha fluido,
como nubes ha sido reemplazado
y ya ni siquiera se puede decir que sea lejano.
Por eso hoy,
si el invierno llega otra vez con nieves
ciegas, si he bebido, si por algún motivo
me encuentro ensombrecido
llego a sentir que nunca estuve allí, que nada vi,
que las garzas, el Cauca y las acacias
no salieron nunca del pantano.



 


Primer poema
sobre un hombre enfermo y el mar

Jorge Holguín se mató (estaba solo)
con un terrible disparo de revólver en el cráneo.
Vivía allá en Miami.
Estaba enfermo y triste; ya no sentía placer
cuando miraba el mar, ya le daba lo mismo
un lento atardecer, una palmera, un viento fresco
o las velas de un pequeño velero en alta mar.




Don Roque Jaramillo
en tierra fría

Cada viernes, a caballo, subía a una finca inútil
que tenía en tierra fría:
pastos ralos, vacas secas y peludas,
matorrales y neblinas.
Resolvía en el corredor problemas de ajedrez
y bebía aguardiente lentamente
sin quitarse ni la ruana ni el sombrero.
Anochecía. El mayordomo lo acostaba.
Al día siguiente se levantaba temprano y
después de bañarse en una alberca de agua helada
comía cualquier cosa
y se sentaba otra vez a beber y a concentrarse.
Llegaba el mediodía, no almorzaba.
Llegaba el atardecer.
Cuando alfiles y reinas empezaban
a bailarle de nuevo en la retina
dejaba el ajedrez y se acomodaba en su silla de cuero
a terminar de emborracharse, a ser feliz,
a escuchar a los terneros que bramaban en la bruma
y a mirar, con ternura de borracho, las neblinas.

 


Nueva York, 1988
Sonaron a muerto las campanas
y en el sol volaron brillantes las palomas.
Un Ángel del Infierno había muerto.
Se oyeron retumbar motocicletas
y desde las ventanas las vimos pasar en doble fila
detrás del coche funerario.
Un carro de bomberos chillaba en otra parte.
Amainó el retumbe por un rato, amenazante,
la luz se puso verde,
otra vez resonó fuerte el cilindraje
y el muerto siguió yendo a que la nada,
la dulce nada, compasiva,
como el mar a los cascos de botella
le limpiara su rencor, sus impotencias,
su afición por la violencia, su aspereza,
sus probables recuerdos espantosos, su arrogancia
sombría, sus tatuajes.



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