Aquí
siempre se ha gobernado, por acción o por omisión, contra
la gente. En Colombia en los años cincuenta se arrasó
la base democrática de la producción de café y
se permitió que los campesinos fueran expulsados a las ciudades,
mientras la zona cafetera se llenaba de latifundios. En Colombia en
los años sesenta se intentó una industrialización
pero se prohibió en la práctica todo reclamo democrático,
se hostilizó y se manipuló la organización de los
trabajadores industriales y se persiguió hasta el exterminio
las luchas de los campesinos por la tierra. En Colombia en los años
setenta se ahogaron los reclamos de los estudiantes por una educación
moderna, adecuada a la realidad de su país y que dialogara orgullosa-mente
con el mundo. Así se postergó siempre la gran revolución
de la educación que permitiera a las nuevas generaciones formarse
una idea más compleja del país al que pertenecían
y ser el nuevo puente con la realidad planetaria. En Colombia se pasó
en los años ochenta de producir café y petróleo,
a producir marihuana y cocaína para esos mercados lejanos que
siempre fueron prioritarios. En Colombia se desdeñó, por
imposición de las metrópolis y por falta de decisión
de la dirigencia, crear un mercado interno y orientar las pautas de
la producción por la satisfacción de esas mayorías.
En Colombia se llegó a creer que era posible importarlo todo
sin producir aquí riqueza alguna, como si uno pudiera adquirir
cosas sin entregar nada a cambio; se creyó que se puede tener
un país de comerciantes sin tener un país de productores,
pero eso sólo permitió que grandes industrias clandestinas
y violentas sustituyeran todo el andamiaje de la economía tradicional.
En Colombia vastas regiones no existieron nunca para el Estado, hasta
que se inventaron sus propias fuerzas paraestatales y sus propias economías
anormales. En Colombia una crisis de dirigencia y un profundo colapso
de convivencia se nos presentan hoy como una inexplicable irrupción
del mal, que sólo puede corregirse mediante una tardía
y ya imposible guerra de exterminio.
Pero lo que más me interesa señalar
es que este tipo de guerras no son nuevas aquí, aunque ciertamente
nunca habían alcanzado el grado de complejidad y la magnitud
de la presente; que este tipo de dependencia no es nuevo; que este tipo
de presencia de la política norteamericana entre nosotros no
es menos interesado que hace cien años, cuando otra guerra intestina
desbarató el país, debilitó sus instituciones y
abrió las puertas a la pérdida de una parte del territorio.
Que, sin embargo, la única manera eficaz de luchar contra la
dependencia y de protegerse de un posible zarpazo imperialista consiste
en refundar la República y en relegitimar y fortalecer a un Estado
que en este momento ha colapsado en todos los órdenes. Y que
la única manera de fortalecer ese Estado nacional es poniendo
fin a la guerra mediante una negociación patriótica en
la que todos los bandos pongan la supervivencia y la transformación
de la República por encima de cualquier otra consideración
e interés.
Nuestras guerras son complejas y son antiguas.
Hay viajeros como el filósofo mediático francés
Bernard Henri-Levy, que vienen aquí, visitan el sitio de una
masacre, hablan con un guerrillero y con un paramilitar, y simplifican
irresponsablemente este dramático y complejo conflicto declarando
que es una guerra entre un psicópata y unos mafiosos, porque
esas teorías tienen compradores en alguna parte, pero sinceramente
no nos ayudan en nada a remediar nuestros viejos males. Hay profesores
de Oxford que vienen a sosegar la conciencia de nuestros dirigentes
diciéndoles que también en Inglaterra hay pobres y hay
terratenientes, como si fuera útil postergar este urgente proceso
de dignificación ciudadana contra largas discriminaciones en
un país que no ha conquistado todavía su autonomía
mental, que no les ha impuesto unos mínimos contratos sociales
a sus Guillermos de Orange, ni ha conquistado el orgullo nacional del
que en cambio vive Inglaterra, ni ha podido modelar para cada hijo de
su patria, a partir de una bárbara cosmogonía, una poética
de la historia como tan admirablemente lo hizo Shakespeare hace cinco
siglos. Aquí hay profesores que vieron al país en una
tregua de civilidad hace treinta años y han decidido negar esta
larga cadena de guerras no resueltas y de conflictos que comprometen
las más hondas dificultades de convivencia, pensando que nuestros
problemas son los de una democracia europea.
Pero hay algunas cosas nuevas en la guerra actual.
Desde la Conquista no se sentía que nuestra historia, es decir,
nuestra guerra, estuviera tan conectada con los grandes asuntos contemporáneos.
La conquista de América fue un gran hecho histórico universal,
como lo fue la época de la Independencia, que puso estatuas de
Bolívar en el parque Central de Manhattan, junto al puente Alejandro
III de París y en las plazas de El Cairo. Pero desde entonces
nuestra historia estuvo marcada por un sentimiento de marginalidad y
de ausencia. Y como ni siquiera nos acordábamos de nosotros mismos,
no podíamos censurar el que el mundo no se acordara de nosotros.
Todas esas cosas que otros tomaban de nuestro suelo ni siquiera tenían
denominación de origen, sello de procedencia. Pero Colombia ha
vuelto a estar en el ojo del huracán del mundo contemporáneo.
En más de un sentido hemos dejado de ser periferia, aunque no
sepamos responder con claridad qué tipo de centro somos. El de
la droga es un gran problema mundial y responde a hondas inquietudes
de la civilización, aunque todavía se lo esté tratando
como un trivial asunto de policía. Pero muy pronto se abrirá
camino en el mundo un debate serio sobre el sentido profundo de esta
crisis de la cultura, y nosotros tendremos que ser protagonistas de
ese debate. Otro gran tema de nuestra realidad presente es el del tráfico
de armas y el terrorismo. En todo el mundo el terrorismo nace de la
falta de diálogos culturales, de choques entre fanatismos e intolerancias,
de las centrífugas de la exclusión. No menos importante
es el tema de la biodiversidad, de la conservación de los recursos
naturales, de un replanteamiento del sentido de la naturaleza para la
especie humana, de las demandas de agua y de oxígeno que nos
plantea el futuro, y no ignoramos que también en ese aspecto
tendremos cosas que decir. Hoy el mundo vive las consecuencias de un
choque entre la sociedad industrial y el universo natural, y una de
sus consecuencias es la amenaza de un colapso ecológico. En el
centro de nuestros conflictos está también el tema del
mestizaje, el tema de la valoración de las culturas nativas y
la vigencia de sus mitologías frente a la defensa de la naturaleza.
Tal vez no hay un solo tema crucial de la sociedad contemporánea
que no tenga vigencia y expresión en Colombia, y podemos añadir
que no los estamos viviendo como temas de reflexión y de debate
sino como urgentes conflictos de nuestra vida práctica, lo cual
nos impone la búsqueda de soluciones y de respuestas: el tema
de la diversidad étnica y geográfica, el tema del desarrollo
desigual del campo y la ciudad, el tema de la urbanización acelerada
con todos los conflictos sociales que genera, el tema de la pérdida
de tradiciones y de su improvisada sustitución por modas, el
tema del debate religioso entre formalidad y ética, el auge tardío
entre nosotros de la reforma protestante, la actitud de los jóvenes
sin horizonte enfrentados a encrucijadas de peligro y violencia, el
tema de la construcción de estados nacionales en sociedades de
gran diversidad, en estas sociedades poscoloniales, deformadas por la
exclusión y violentadas por la injusticia, el tema del choque
entre el individualismo de la sociedad de consumo y la necesidad de
sociedades coherentes, solidarias y con valores comunitarios: podemos
decir que lo que está en juego en Colombia es ya lo mismo que
está en juego en todo el mundo contemporáneo.
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Colombia
no es simplemente una sociedad en crisis, es un vasto laboratorio
de los conflictos de la época y de sus soluciones. Y todos
ellos ponen como una prioridad el deber de un país de asumir
su modernidad, de comprender que es ya uno de los nuevos centros
de la esfera, porque ahora el centro está en todas partes,
como querían Giordano Bruno y Pascal. Comprender que sin
un cambio radical de actitud, que le permita a cada ciudadano darse
cuenta de cuántas cosas esenciales, apasionantes y nuevas
se están jugando en su tierra, cuántas respuestas
urgentes para el futuro se están formulando en las encrucijadas
del conflicto, no será posible superar una larga historia
de discordia social y de debilidad nacional resuelta siempre en
guerras alrededor de cada mina de oro, de cada árbol de caucho
y de cada planta de coca. Así, el país de las guerras
antiguas, de las guerras coloniales, de las guerras de aldea, de
los conflictos tribales y medievales, se ve de pronto asediado por
la más moderna de las guerras, y está en la obligación
de interrogar profundamente la realidad en que esa guerra está
inscrita. Decidir si seguirá subordinando su destino a la
satisfacción de las necesidades, de los deseos y de los vicios
de los habitantes de las viejas metrópolis; decidir si seguirá
sacrificando su orgullo y su respeto por sí mismo a la interpretación
y la valoración que otros hagan de su destino; decidir si
va a sacrificar su naturaleza a unas pautas de desarrollo que ya
han mostrado en otras regiones del mundo su fracaso; decidir si
va a asumir sus saberes y sus conocimientos con firmeza y con dignidad. |
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