EL DÍA
QUE ME QUIERAS
 
 
Por Madeline Millán
Ilustración Laboratorios Frankenstein, sobre una
fotografía de Mario Andrés Bermeo
 
Madeline Millán vive en Nueva York. Es profesora, traductora y editora de una revista de cine en Internet, Entreextremos. Ha publicado artículos en revistas de Estados Unidos, España y México. Sus trabajos inéditos se encuentran en www.home.earthlink.net/-millan1

 

Voy a tratar una definición de mi especie. No de la especie que intuyo funciona y respira, y respirará sin dudas. No de esas madres que se sientan frente a la escuela de mi hija tan contentas con sus hijos y sus mañanas otoñales. Comienzo a sentirme de la ciudad, aun cuando nunca perteneceré a ella. No pertenezco a ellos, a ellas, a las madres que imitan a sus madres, sin cambiar rutinas, aceptándoles a sus hijos pronosticar el hamburguer y los nuggets de McDonald's. Gringos perennemente gringos que no arriesgan la pata en uno de esos restaurantes de la Primera Avenida. A mi hija le decía el otro día: «Mira tu ciudad, tienes de todo: un restaurante cubano, filipino, israelí, polaco, chino, español e italiano en menos de una cuadra. ¿Adónde quieres ir?» Aunque no entienda sé que entiende, que entenderá. Desde la ciudad letrada o Alphabet City hasta la Tercera Avenida he tratado de que mi hija presencie mi fuga, la llevo continuamente a vagar conmigo explorando manjares en los distintos cafés y restaurantes del East Village. Cuando vamos a Tompkins Square Park, entramos a Stingy Lulus, o a Pick Me Up para café y dulces, a veces a Two Boots, a No bar Café, a The Devils Moon, a Life Café, al Mogador, a Java; si no al brasileño La Radio para comer yuca frita o al japonés de la 11 y la B para tomarnos una sopa y comernos algunos entremeses de algas. Los fines de semana pedimos comida hindú o entremeses vietnamitas de la calle 6, y no cocinamos sino que nos pasamos de antojitos todo el día.
     Ésta es una de esas razones misteriosas por las que he decidido no volver a mi isla, un lugar no muy distante pero muy distinto, del que todos opinan sin saber de qué hablan. No tiene nombre mi isla, es un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, la llamo adverbialmente, y la señalo con la boca, como si estuviera a la vuelta de la esquina. Por supuesto que la amo, como a mi madre, lejos y distante. Pocos saben por qué estamos aquí, cómo llegamos, cómo invadimos la ciudad, y no somos para nada agradecidos ni asimilados; no sintonizamos sino con nosotros mismos, moviendo las antenas como hormigas para descifrar el camino de aquí para allá. Yo estoy aquí porque no estoy allá, en el más allá quizá. Porque camino el universo en unas cuantas calles sin perderme perdiéndome en mi anonimidad, terriblemente bella y suicida. Sería por ese deseo de desaparecer que tampoco me miro a los espejos, no me veo. Pero soy obsesiva con los atardeceres. Nunca pude mirar el mar largas horas sin ser interceptada. Amo el mar, pero no puedo meterme en él, sólo mirarlo. Hoy mismo podría comenzar mi vida de homeless en Nueva York, y nadie repararía en preguntarme de dónde soy. Estoy segura. Mi fascinación por la ciudad crece por la noche, bordeando el East River y entrando en la ciudad por el puente FDR para tensar mi mirada en la espectacular visión de una ciudad de rascacielos y puentes suspendidos de hilos. Nadie sabe lo que pasó la noche que volvimos a ser gente. Nadie sabe qué pasa cuando Manhattan te deja ver una luna llena vista desde un rascacielos, desde un rascacielos desde donde también se ven los autos de la 42, Times Square y los rótulos de la gran manzana que han dejado a sus putas olvidadas por una nueva imagen sin putas, ni forajidos del sexo. Las luces de neón son para mí. La vida es difícil para todos. Pero no para nosotros y menos para el que se gana la vida como un artista del trapecio y del hambre.
     Un hombre trepado en uno de los edificios limpia ventanas. El ruido de los automóviles y las sirenas, así como el reggae que se filtra por sus oídos, es mejor que cualquier concierto del Lincoln y el Carnegie. Todavía no nos conocemos. Yo, para hacer más terrible la espera, pongo a Piazzolla, interpretado por Yo-Yo Ma. Por supuesto, esto es un privilegio. Mi amigo F, el director de cine metido ahora a junkie y a lanzarse con supermodelos como la Claudia, me ha dejado cuidándole unas plantitas y me ha prestado esta visión. Es un estudio chiquito, pero con ventanales gigantescos. Lea, que viene conmigo, se encarga de regarlas también; ponemos música, bailamos. Al salir le decimos chao al portero, Joe, un hombre alto, flaco y verdoso cuyos orígenes se pierden en la isla también desde hace un siglo. No conoce la isla, pero dice que volará a la Isla del Encanto para ver si realmente está encantada. Joe limpia ventanas durante el día trepado arriba, sostenido por una simple correa; se balancea, distribuye su peso -si eso es posible-, habla con los vientos y el vértigo. Conoce la ciudad de los rascacielos y la mira desde un piso 40 mientras limpia cristales. Me empieza a gustar Joe el día en que lo oigo decir que le encanta estar trepado arriba, que él ha visto las puestas de sol más hermosas, mientras los cláxones tocan una música de circo de sol que llora y explota. Me gusta su mirada roja. «Si me caigo, tal vez salgo volando». Le pido que limpie los cristales del apartamento de mi amigo, por dentro y por fuera, que yo le pago. Me dice en su espanglish: «¡No dejes las ventanas abiertas, nunca se sabe!» Lo miro de cierta manera porque sabemos que él es el único capaz de entrar por una ventana de un piso 40. Cómo me gusta mirarlo a los ojos. «Vamos, Lea», le digo a mi hija.
     Frente a la escuela de mi hija converso con Mary. Me siento extraña, con ganas de contarle de mi interés por este hombre. Pero no hay nada que me haga abrir la boca.
     Ha pasado una semana; dos veces he ido a la casa de mi amigo F a regarle sus plantitas. Pregunto por Joe y le dejo un mensaje: «Estaré el sábado a las 10 de la mañana. Por favor, contácteme para el trabajo que le pedí». Seguidamente apunto mi número. El mensaje es doble; sin haberle sido infiel aún a mi marido, siento que debe comenzar a tejer una historia. Yo sé que lo de las ventanas es real pero también ficticio. En realidad quiero mirar los ojos de Joe para ver qué de mi isla perdida hay en sus ojos. Esa es media verdad. La otra: ¿qué es la ausencia y en qué ha parado nuestra identidad?, me pregunto cuando pienso en los dos. ¿Podré volver a ver un mar de lluvia en los baños de Coamo, una noche de lluvia y luna en aguas termales aromatizadas por los árboles de azucenas e ilang-ilang, la flor del famoso diseñador dominicano Óscar de la Renta? ¿Podré enfriarme en Jajome, en sus montañas y bosquecitos de altura? Joe llega al apartamento.

    En el marco de la puerta, enmarcado por el marco de la puerta, contemplo su estatura. Es alto, delgado -muchísimo-, blanco verdoso. No exactamente blanco, más bien opaco y transparente. Pero su sonrisa está llena de vida. Es roja y con unos dientes que sólo he visto en negros. Ha venido con su hija, pues pensó que traería, como siempre, a Lea. Esto me sorprende y me ubica. Tal vez entendí mal, tal vez no le gusto y se protege con su hija. Pero su mirada me cautiva y su hija es cautivante. Tendrá si acaso seis o siete años.
     Le dice a su hija Rayén que lo espere en la sala, le saca lápices de colores y papel. Se pasea como si fuera dueño de la casa. «Comenzaremos por aquí», dice señalándome la recámara. Me mira y siento que me tiemblan las piernas. Hay cierta maldad en sus ojos. Placer. Poder. Lo sigo porque ya no me queda remedio. Con una fiera patada cierra la puerta y me aterro al tiempo que me tranquiliza saber que la niña está en la sala. En esta ciudad nunca se sabe. «Quiero besarte. Eso querías, ¿no?» Estoy aterrada porque no es normal lo que ocurre, ya que Joe es violento y tosco en el trato; de pronto me parece protagonizar una historia con un psicópata. Echo hacia atrás y observo que sus ojos son rojos y me veo dentro de ellos, pero en vez de alejarme voy acercándome, cada vez más cerca de su cara. De repente capto dos colmillos y siento que no imagino sino que realmente protagonizo un thriller. «Despacio, no hay prisa», me detiene Joe, mientras me pasa la lengua caliente por el cuello. Esas son las últimas palabras que recuerdo en la habitación que solitariamente protagonizo cuando entro en razón.
    ¿Cuánto tiempo ha pasado? Sólo media hora. Salgo a la sala. Hay algo que parece un dibujo, pero el rojo que observo en el papel ha traspasado al otro lado como un rojo en la salina, y como si fuera líquido. No logro creer lo que veo.
    Mary, mi amiga judía americana, me pide a Lea para un playdate. Le pregunto si puedo recogerla en una hora. Me dice que sí. Salgo en taxi a la 49 y octava. Llego y Joe se encuentra frente al edificio. Qué dulzura la de sus ojos. Me dice con su español agringado: «Espérame mañana en el apartamento a las nueve de la noche, te explicaré todo».
    Regreso antes de la hora a recoger a Lea. Decidimos ir a Thompkins Square Park porque hace un día estupendo y se acerca el invierno. Ya no soy la misma, estoy desganada y muy triste. Nadie sabe. Mi hija tal vez, como ciertas abejas saben cómo distinguir una flor peligrosa. Mary simplemente finge entretenerse con su hijo. El sol se ha enfriado. Por Washington Square los edificios son de cuatro o cinco pisos. Hay árboles. No logro imaginar a Joe aquí sin rascacielos. Alguien pasa y oigo que escuchan a Tom Waits. Su voz se parece a la de Joe, arrastrada después de una borrachera, de un lugar atrás en una bodega húmeda cuando la voz desaparece y aparece. Decido caminar hasta Astor Place y entro en Tower Records a comprarle varios discos. Uno de Tom Waits, otro de Leonard Cohen con mi canción Everybody knows y otro de Suzanne Vega, semicompatriota, para mañana por la noche.
    Es el día. Debí imaginarlo. Estaría nublado. Ideal para tres compositores de lluvia. En una mañana gris, en el patio de la escuela, las madres entablan una interesante conversación, esbozan sonrisas y son muy comedidas a la hora de entrarle duro a lo que dicen. El tema es las diferencias entre niñas y niños. Se habla de colegios, de los juegos favoritos, de exámenes como el ERB, que no mide inteligencia sino entrenamiento. Una madre dice que las niñas son más precoces y más adelantadas en todo hasta los doce años. A esa edad los varones se les imponen, las niñas comprenden que en términos numéricos las probabilidades de gustar son pocas y que atraer es un arte que hay que practicar. Comienzan a concentrarse en la belleza, en la forma del vestido, en la mirada, en la sonrisa, en el modo de caminar, de cruzar las piernas. Los chicos, para ganar terreno y desorientarlas más, las ignoran, casi las desprecian. Las niñas se concentran más en el arte de la conquista. Los chicos descubren que su poder emana del número de admiradoras, por lo que se invierte el juego; ellos se esfuerzan más en obtener éxito en empresas de estudio, en deportes, en conquistar y poseer. Esto explica una madre. Sin embargo, eso no me importa porque sé que soy superior a ella y, por ende, mi hija lo será. Me defiendo inútilmente porque allí estoy. Aquí estoy hace cuatro años. Igual a ellas y peor aún, ya que sé cocinar, además de trabajar por la noche. Me acuerdo de Joe. Vivo un affair con un isleño que apenas sabe español, criado entre hispanos de otra especie, qué divertido. Supongo que ya no pertenezco al otro bando, que el estar con él es una afirmación de mi inexistencia, de mi extraña nacionalidad de segunda, de mi inercia, de mi poca originalidad, de mi duplicidad, de mi fuga que busca un retorno in the Paradise Island.
    La ciudad se va oscureciendo. Desde mi ventana, los ojos ven más. Dejo a mi hija y a mi esposo comidos, mientras que yo apenas pico algo. Mi esposo sabe que quiero irme al apartamento a regar las plantas y a leer allí. Es un espacio temporal, un privilegio. Él acostará a Lea. Me subo a un taxi y le pido que tome por Park, donde se exhiben las esculturas de Botero.
    Son las ocho y Joe no llega. No puede ser, me digo. ¿Se estará burlando de mí? Cuando me doy cuenta, Joe está en la ventana. Dejo escapar un grito de sorpresa, pero él me tranquiliza con un ataque de risa; hasta su risa me suena en espanglish. «Recuerda que limpio ventanas. Acabo de terminar las tuyas». «¿Por qué crees que ves tan claro?», me dice. Es cierto. Miro las ventanas y los rascacielos y observo algo insólito: él no está reflejado en el cristal que me refleja a mí. La voz de Joe cambia de tono y se adelanta a explicarme:
    -Sí, soy lo que piensas, pero mi hija no lo sabe. Yo le consigo su alimento y ella bebe jugo de tomate que le hace su mamá. Su mamá es normal, judía y gringa. Si te enredas conmigo debes saber que yo no amo ni siquiera a mi hija, sólo la preservo. La oculto de los rayos de sol con un bloqueador PH 30 de Clinique, le compro gafas de The Gap y la pongo a dormir siestas para que la noche le resulte más larga. Su madre le enseña en la casa y, por todos estos medios, hemos logrado ocultarle su inexistencia. Su estado de muerta viva. Por lo demás, es una niña normal y feliz como la tuya.
    Yo oía a Joe en trance, sin sentir mi cuerpo ni mi corazón.
    -Entonces, si tú no amas, ¿qué haces aquí conmigo, qué quieres de mí? -pienso pero no hablo.
    -Es cierto, no amo pero tengo capacidad de selección y el deseo va por encima de todo, porque hacer el amor es la única pasión que sentimos. Esa es nuestra manera de amar -me dice pero sus palabras no se oyen. En nuestra lengua las palabras se cruzan por el aire, sin que jamás haya terceros. Habría que escribirlas para oírlas.
    -Pero, ¿vas a chuparme la sangre? -pregunto como si tuviera la novela de Bram Stoker frente a mí. No obstante, la pregunta me suena hueca, y recuerdo la escena cuando las vampiras le reclaman al conde Drácula su incapacidad para amarlas.
    -Alguna vez las amé, y mucho -se adelanta Joe, que puede leer mis pensamientos novelados.
    --Sí --eso dijo el conde Drácula en el único momento de la novela en que me pareció humano, cuando un recuerdo cruza su memoria, casi con tristeza.
    -Nosotros no sentimos tristeza, eso lo interpretaste tú; ni siquiera Stoker tuvo esa intención de la tristeza. Su personaje era como él, yo soy como ellos.
    -¿Vas a convertirme en vampira?
    -Un poco nada más, no pienso transformarte en vampiro. Un poco para no reprimirme y poder gozarte.
    -Es decir, ¿puedo estar en ambos mundos? Dime una cosa
-continúo-, ¿eres verdaderamente de la isla o de Transilvania?
    Él sonríe.
    -¿Cómo puedes sonreír si no tienes otras emociones que las pasionales?
    -Autorreflejo. Una simple reacción química que se produce cuando presenciamos un acto de estupidez. Odiamos infinitamente a la raza humana por esa razón. La inteligencia es un milagro de la especie, es algo insólito. La nacionalidad que me impones, por ejemplo, qué estupidez. Yo soy lo que soy, la nacionalidad nada tiene que ver con la sangre. Estoy por encima del tiempo y de la historia de hace un siglo, cuando nací, exactamente en 1898.
    -¿Y cómo puedes trabajar de día?
    Mientras le preguntaba esto, pensaba: «Es la tercera vez, con esta va la vencida para seguir una conversación tan idiota. Tienes la oportunidad de entrevistar, como Ann Rice, a un verdadero vampiro, cuyo oficio es además fascinante, y suenas a cliché». Él interrumpe mi autorrecriminación:
    -Voy a contestarte: funciono en el día por lo mismo que el orden social medieval dejó de ser funcional, que la sociedad industrial ha dado paso a la sociedad computarizada y después electrónica, y que la gente debe trabajar dos turnos. Hemos tenido que adaptarnos, sin excluir el hecho de que soy un vampiro caribeño; mi piel, mis ojos y mi sangre han aceptado sin traumas al sol. ¿Has visto Vampiros en La Habana? Ahí tienes un modelo.
    -Un vampiro no necesita ninguna de estas realidades -le atajo como si fuera una perita en el tema-, por qué las aplicas a ti. Todo esto es absurdo, lleno de contradicciones infinitas y vertiginosas.
    -Eso crees tú. La contradicción no existe porque su existencia prueba lo contrario, su estar en el lenguaje, en el pensamiento, en el mundo, quizá de manera más rotunda, como tú y yo que no somos nadie.
    Hay un silencio y Joe comienza a acercarse a mí y a desvestirse, mientras que yo trato de mantener la cátedra abierta.
    -¿Qué pasa cuando te quedas sin tierra?
    -¿Y no lo sabes tú, acaso? Quítate el pantalón.
    Me refería, obviamente, a la tierra de los vampiros. Acierto, supongo, con uno de los problemas fundamentales de la sociedad vampira y de nuestra tierra. El hecho es que él me domina y pone punto final a la conversación con un mandato.

    -Vas mejorando la rueda de prensa --me cacheteo imaginariamente ante mi ineficiencia. Estoy frente a un romance que supera mi imaginación y quiero defenderme con palabras, alejar lo inevitable con retórica y preocupaciones externas.
    -Los vampiros ya no tenemos tierra. Tú tampoco. Nosotros tampoco. Quítate la camisa y el brasier. Se acerca más y golpea en el meollo de nuestra tragedia nacional, dándole una vuelta al tornillo para entrar en la intimidad de los cuerpos. Recordarán que el apartamento es un estudio, aproximadamente quedan 400 metros cuadrados. Así es fácil la transformación. Yo sigo en medio de mis palabras tontas:
    -... Por otro lado, la gente es menos supersticiosa y está más informada desde que se publicara Cómo defenderse contra los vampiros, título de tratado que siguió imprimiéndose a lo largo de los países que bordeaban el mar Negro y se adentran hacia los pueblos árabes.
    -Ahora estamos aquí. Vinimos de incógnito al Nuevo Continente y nos dieron refugio en la isla de La Tortuga. En el presente, lo único que nos queda es aprovechar ciertos talentos como volar. Casi todos los vampiros de hoy día están en Nueva York y en empleos que tienen que ver con tráfico humano. Son taxistas, en su mayoría. Los aeropuertos son los mejores lugares para perdernos y hacer de las nuestras; los otros sitios son las discotecas. ¿Has visto The Hunger? Yo prefiero los rascacielos, ya que detesto las multitudes. Prefiero el aire, todos los aires. No me has preguntado lo más importante. Tú, que vives obsesionada con los espejos, el supuesto objeto para tu defensa.
    -¿Cómo sabes? -repliqué sorprendida.
    -He leído tus cuentos. Además, todo caribeño vive obsesionado con los espejos.
    -Pero si soy anónima. ¿Cómo me has leído?
    -Los vampiros somos telepáticos. Y yo he leído cada uno de tus pensamientos, los de antes y los de ahora. No hablemos más. ¿Voy a ti o vienes a mí? Escoge. Es lo mismo. La distancia es la misma. Lo inevitable no tiene origen ni punto de partida. Y fue entonces cuando las palabras comenzaron a perdérseme. Me sentía indefensa y con ganas de estarlo. Este hombre de huesos, blanco y casi transparente, comienza a acercarse y yo no grito, ni pataleo ni pongo resistencia. Me metió a su cuerpo tirándome de la camisa a los cojines de la sala. Nos poseíamos y yo sólo quería mirar sus ojos para entender por qué no podía amar un hombre que se entregaba y daba toda esa pasión como si fuera nada. Su falo lo recuerdo a cada instante. No porque fuera poderoso, rotundo, tierno, flexible y duro a la vez. No. No porque pareciera responder a mi mano, a mi boca, a mis adentros como si fuera más que ese pedazo de carne. La verdadera penetración proviene de sus ojos. Sus ojos y su falo al mismo tiempo, interpretándose en mi «alma».
    «¡La he perdido! -gimo bajito. «¿Tengo alma?» -le suplico que me aclare de una vez, porque sé que él debe saber si hay Dios. Vuelvo a repetirle muy por lo bajo: ¿Tengo al...?
    -Sí... -dice como si fuera algo irrelevante, como si quisiera callarme. Tiene los ojos cerrados, busca su placer; no me considera y yo quiero que no me considere, simplemente deseo que cruce el límite. Entonces es cuando responde a una pregunta que ya he olvidado en cuestión de segundos:
    -¡Ahora me pertenece!
    En ese momento me hinca los colmillos en un seno, me vengo, y siento un chorro de sangre en mi pecho. Comienza a chupármelo y yo, aterrada y en un éxtasis infinito, le confieso ser atea.
    -No creo en el más allá. El más allá eres tú y ahora.
    -La relación de Dios y el alma es arbitraria -contesta.
    Volvemos a una tercera ronda, y él baja a mis entrepiernas. Veo mucho más sangre, como si fuera a desangrarme; entonces trato de apartarlo de mi clítoris, pero es tarde. Me vengo con él y no sé cómo parar. El espectáculo me devuelve a la realidad:
    -Los cojines azules están rojos por la sangre.
    -Tranquila... -me dice él-. Qué te importa, bótalos.
    Me abraza y nuestra respiración se inicia por un camino aparentemente normal.
    -Por si dudas, no soy el responsable de la sangre. Te llegó la regla. «El que viene a mí por mí no se perderá» -me dice en sus sacras palabras.
    Me siento como muerta. No logro levantarme. Casi sin aire, logro verlo limpiarse la sangre de la boca. Mientras se viste, observo su pene sin erección, largo y grueso. No usa calzoncillos. Antes de que caiga al desgaire dentro del pantalón, me envía un beso y ventriloquea con su falo: «Te ves muy bella». Luego, sin abrir la ventana, se aleja. Veo a este hombre volar y alejarse por la 49. Cuando abro la ventana escucho en ese instante la Novena sinfonía de Beethoven. Entre la idea y el hecho hay un hilo transparente. Estoy desnuda, contemplando mi cuerpo en uno de los cristales, sin importarme que haya alguien mirándome con lentes o desde otra ventana. Es tanta mi confusión que voy al espejo del baño y comienzo a pintar todo mi cuerpo con mi propia sangre. Los ojos me duelen.
    Al otro día, todos me encontraron rosadita y joven, si el adjetivo todavía es útil. Los niños de la escuela de mi hija estaban más alborotados que nunca. Mi hija sigue feliz e indiferente al mundo. Feliz en el patiecito de su escuela en la Segunda Avenida con 11. Estoy muy cansada, y todo las madres blancas, como siempre, me aconsejan hacer ejercicios. Por supuesto tengo miedo, más por mi hija que por mí. Miedo de morirme del todo. Hoy es martes. Ha pasado un mes. Cada tres días voy a regar las plantas y a mirar la ciudad desde un piso 40. Un día le confieso a Joe que tendría que devolver las llaves del apartamento y que no podríamos vernos más. Eso pensaba.
    -Ven a mi casa.
    Salgo en el tren F hasta la avenida Roosevelt y luego tomo un bus que me deja frente a un cementerio. Llevo flores en las manos. Camino a veces leyendo poemas lapidarios para no llamar la atención de alguna persona. La vida para nosotros es sencilla. Sólo hablamos de poesía mortuoria y sobre el significado de la muerte, pero inevitablemente también hablamos de nuestra isla, la que él nunca ha visto y la que ahora yo recuerdo y le describo. «Algún día vamos a volar juntos hasta allá». Pero no sé a qué se refiere, a cuál de todos los «allá». Por momentos nos sentimos solos, un sentimiento que experimentan los vampiros ojerosos. Cuando eso pasa no hacemos el amor, sólo nos abrazamos mientras caminamos por debajo de cedros, eucaliptos y sauces. Los aviones que pasan bajito sobre nuestras cabezas hacia el aeropuerto Kennedy nos verán si acaso abrazados. Desde el cielo parecemos una típica pareja de enamorados.

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar a la Página Principal

Artículos en Internet SuscripcionesEditorial  |  Número Ediciones  |  Números Anteriores


Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co
.