En
el marco de la puerta, enmarcado por el marco de la puerta, contemplo
su estatura. Es alto, delgado -muchísimo-, blanco verdoso. No
exactamente blanco, más bien opaco y transparente. Pero su sonrisa
está llena de vida. Es roja y con unos dientes que sólo
he visto en negros. Ha venido con su hija, pues pensó que traería,
como siempre, a Lea. Esto me sorprende y me ubica. Tal vez entendí
mal, tal vez no le gusto y se protege con su hija. Pero su mirada me
cautiva y su hija es cautivante. Tendrá si acaso seis o siete
años.
Le dice a su hija Rayén que lo espere
en la sala, le saca lápices de colores y papel. Se pasea como
si fuera dueño de la casa. «Comenzaremos por aquí»,
dice señalándome la recámara. Me mira y siento
que me tiemblan las piernas. Hay cierta maldad en sus ojos. Placer.
Poder. Lo sigo porque ya no me queda remedio. Con una fiera patada cierra
la puerta y me aterro al tiempo que me tranquiliza saber que la niña
está en la sala. En esta ciudad nunca se sabe. «Quiero
besarte. Eso querías, ¿no?» Estoy aterrada porque
no es normal lo que ocurre, ya que Joe es violento y tosco en el trato;
de pronto me parece protagonizar una historia con un psicópata.
Echo hacia atrás y observo que sus ojos son rojos y me veo dentro
de ellos, pero en vez de alejarme voy acercándome, cada vez más
cerca de su cara. De repente capto dos colmillos y siento que no imagino
sino que realmente protagonizo un thriller. «Despacio, no hay
prisa», me detiene Joe, mientras me pasa la lengua caliente por
el cuello. Esas son las últimas palabras que recuerdo en la habitación
que solitariamente protagonizo cuando entro en razón.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Sólo
media hora. Salgo a la sala. Hay algo que parece un dibujo, pero el
rojo que observo en el papel ha traspasado al otro lado como un rojo
en la salina, y como si fuera líquido. No logro creer lo que
veo.
Mary, mi amiga judía americana, me pide
a Lea para un playdate. Le pregunto si puedo recogerla en una hora.
Me dice que sí. Salgo en taxi a la 49 y octava. Llego y Joe se
encuentra frente al edificio. Qué dulzura la de sus ojos. Me
dice con su español agringado: «Espérame mañana
en el apartamento a las nueve de la noche, te explicaré todo».
Regreso antes de la hora a recoger a Lea. Decidimos
ir a Thompkins Square Park porque hace un día estupendo y se
acerca el invierno. Ya no soy la misma, estoy desganada y muy triste.
Nadie sabe. Mi hija tal vez, como ciertas abejas saben cómo distinguir
una flor peligrosa. Mary simplemente finge entretenerse con su hijo.
El sol se ha enfriado. Por Washington Square los edificios son de cuatro
o cinco pisos. Hay árboles. No logro imaginar a Joe aquí
sin rascacielos. Alguien pasa y oigo que escuchan a Tom Waits. Su voz
se parece a la de Joe, arrastrada después de una borrachera,
de un lugar atrás en una bodega húmeda cuando la voz desaparece
y aparece. Decido caminar hasta Astor Place y entro en Tower Records
a comprarle varios discos. Uno de Tom Waits, otro de Leonard Cohen con
mi canción Everybody knows y otro de Suzanne Vega, semicompatriota,
para mañana por la noche.
Es el día. Debí imaginarlo. Estaría
nublado. Ideal para tres compositores de lluvia. En una mañana
gris, en el patio de la escuela, las madres entablan una interesante
conversación, esbozan sonrisas y son muy comedidas a la hora
de entrarle duro a lo que dicen. El tema es las diferencias entre niñas
y niños. Se habla de colegios, de los juegos favoritos, de exámenes
como el ERB, que no mide inteligencia sino entrenamiento. Una madre
dice que las niñas son más precoces y más adelantadas
en todo hasta los doce años. A esa edad los varones se les imponen,
las niñas comprenden que en términos numéricos
las probabilidades de gustar son pocas y que atraer es un arte que hay
que practicar. Comienzan a concentrarse en la belleza, en la forma del
vestido, en la mirada, en la sonrisa, en el modo de caminar, de cruzar
las piernas. Los chicos, para ganar terreno y desorientarlas más,
las ignoran, casi las desprecian. Las niñas se concentran más
en el arte de la conquista. Los chicos descubren que su poder emana
del número de admiradoras, por lo que se invierte el juego; ellos
se esfuerzan más en obtener éxito en empresas de estudio,
en deportes, en conquistar y poseer. Esto explica una madre. Sin embargo,
eso no me importa porque sé que soy superior a ella y, por ende,
mi hija lo será. Me defiendo inútilmente porque allí
estoy. Aquí estoy hace cuatro años. Igual a ellas y peor
aún, ya que sé cocinar, además de trabajar por
la noche. Me acuerdo de Joe. Vivo un affair con un isleño que
apenas sabe español, criado entre hispanos de otra especie, qué
divertido. Supongo que ya no pertenezco al otro bando, que el estar
con él es una afirmación de mi inexistencia, de mi extraña
nacionalidad de segunda, de mi inercia, de mi poca originalidad, de
mi duplicidad, de mi fuga que busca un retorno in the Paradise Island.
La ciudad se va oscureciendo. Desde mi ventana,
los ojos ven más. Dejo a mi hija y a mi esposo comidos, mientras
que yo apenas pico algo. Mi esposo sabe que quiero irme al apartamento
a regar las plantas y a leer allí. Es un espacio temporal, un
privilegio. Él acostará a Lea. Me subo a un taxi y le
pido que tome por Park, donde se exhiben las esculturas de Botero.
Son las ocho y Joe no llega. No puede ser, me
digo. ¿Se estará burlando de mí? Cuando me doy
cuenta, Joe está en la ventana. Dejo escapar un grito de sorpresa,
pero él me tranquiliza con un ataque de risa; hasta su risa me
suena en espanglish. «Recuerda que limpio ventanas. Acabo de terminar
las tuyas». «¿Por qué crees que ves tan claro?»,
me dice. Es cierto. Miro las ventanas y los rascacielos y observo algo
insólito: él no está reflejado en el cristal que
me refleja a mí. La voz de Joe cambia de tono y se adelanta a
explicarme:
-Sí, soy lo que piensas, pero mi hija
no lo sabe. Yo le consigo su alimento y ella bebe jugo de tomate que
le hace su mamá. Su mamá es normal, judía y gringa.
Si te enredas conmigo debes saber que yo no amo ni siquiera a mi hija,
sólo la preservo. La oculto de los rayos de sol con un bloqueador
PH 30 de Clinique, le compro gafas de The Gap y la pongo a dormir siestas
para que la noche le resulte más larga. Su madre le enseña
en la casa y, por todos estos medios, hemos logrado ocultarle su inexistencia.
Su estado de muerta viva. Por lo demás, es una niña normal
y feliz como la tuya.
Yo oía a Joe en trance, sin sentir mi
cuerpo ni mi corazón.
-Entonces, si tú no amas, ¿qué
haces aquí conmigo, qué quieres de mí? -pienso
pero no hablo.
-Es cierto, no amo pero tengo capacidad de selección
y el deseo va por encima de todo, porque hacer el amor es la única
pasión que sentimos. Esa es nuestra manera de amar -me dice pero
sus palabras no se oyen. En nuestra lengua las palabras se cruzan por
el aire, sin que jamás haya terceros. Habría que escribirlas
para oírlas.
-Pero, ¿vas a chuparme la sangre? -pregunto
como si tuviera la novela de Bram Stoker frente a mí. No obstante,
la pregunta me suena hueca, y recuerdo la escena cuando las vampiras
le reclaman al conde Drácula su incapacidad para amarlas.
-Alguna vez las amé, y mucho -se adelanta
Joe, que puede leer mis pensamientos novelados.
--Sí --eso dijo el conde Drácula
en el único momento de la novela en que me pareció humano,
cuando un recuerdo cruza su memoria, casi con tristeza.
-Nosotros no sentimos tristeza, eso lo interpretaste
tú; ni siquiera Stoker tuvo esa intención de la tristeza.
Su personaje era como él, yo soy como ellos.
-¿Vas a convertirme en vampira?
-Un poco nada más, no pienso transformarte
en vampiro. Un poco para no reprimirme y poder gozarte.
-Es decir, ¿puedo estar en ambos mundos?
Dime una cosa
-continúo-, ¿eres verdaderamente de la isla o de Transilvania?
Él sonríe.
-¿Cómo puedes sonreír si
no tienes otras emociones que las pasionales?
-Autorreflejo. Una simple reacción química
que se produce cuando presenciamos un acto de estupidez. Odiamos infinitamente
a la raza humana por esa razón. La inteligencia es un milagro
de la especie, es algo insólito. La nacionalidad que me impones,
por ejemplo, qué estupidez. Yo soy lo que soy, la nacionalidad
nada tiene que ver con la sangre. Estoy por encima del tiempo y de la
historia de hace un siglo, cuando nací, exactamente en 1898.
-¿Y cómo puedes trabajar de día?
Mientras le preguntaba esto, pensaba: «Es
la tercera vez, con esta va la vencida para seguir una conversación
tan idiota. Tienes la oportunidad de entrevistar, como Ann Rice, a un
verdadero vampiro, cuyo oficio es además fascinante, y suenas
a cliché». Él interrumpe mi autorrecriminación:
-Voy a contestarte: funciono en el día
por lo mismo que el orden social medieval dejó de ser funcional,
que la sociedad industrial ha dado paso a la sociedad computarizada
y después electrónica, y que la gente debe trabajar dos
turnos. Hemos tenido que adaptarnos, sin excluir el hecho de que soy
un vampiro caribeño; mi piel, mis ojos y mi sangre han aceptado
sin traumas al sol. ¿Has visto Vampiros en La Habana? Ahí
tienes un modelo.
-Un vampiro no necesita ninguna de estas realidades
-le atajo como si fuera una perita en el tema-, por qué las aplicas
a ti. Todo esto es absurdo, lleno de contradicciones infinitas y vertiginosas.
-Eso crees tú. La contradicción
no existe porque su existencia prueba lo contrario, su estar en el lenguaje,
en el pensamiento, en el mundo, quizá de manera más rotunda,
como tú y yo que no somos nadie.
Hay un silencio y Joe comienza a acercarse a
mí y a desvestirse, mientras que yo trato de mantener la cátedra
abierta.
-¿Qué pasa cuando te quedas sin
tierra?
-¿Y no lo sabes tú, acaso? Quítate
el pantalón.
Me refería, obviamente, a la tierra de
los vampiros. Acierto, supongo, con uno de los problemas fundamentales
de la sociedad vampira y de nuestra tierra. El hecho es que él
me domina y pone punto final a la conversación con un mandato.