Apreciados
señores: Hoy quiero compartir con ustedes el pensamiento de un joven
escritor, Hernán Vargas Carreño, quien estuvo en Caicedonia participando
del Primer Encuentro Nacional e Internacional de Escritores por la Paz
de Colombia y es el autor de un hermoso artículo, «Diatriba contra un
diccionario», que no aguanto el deseo inmenso de compartir.
Diatriba
contra un diccionario
Si
usted consulta El Pequeño Larousse editado en Argentina, éste reza en
Allende, Salvador: «Allende se suicida el 11 de septiembre de 1973».
Si usted ha tenido referencias de un tal Pinochet, es decir, asesino,
torturador, verdugo, etc., chileno para más señas (vergüenza horrible
para tantos y tantos chilenos), católico y cristiano, confesado y comulgado
en cada misa de domingo por el obispo de Santiago, íntimo de Somoza
(quien descendió a los infiernos por el milagro de la dinamita), íntimo
de la CIA, de la DEA, de la OEA y de los generalotes Videla, Viola,
Galtieri y Bignone, quienes se alternaron el poder en Argentina desde
1971 hasta 1983 y desaparecieron con la tortura y las armas a miles
de argentinos, uruguayos, paraguayos, bolivianos, obreros, estudiantes,
artistas y hasta familiares suyos..., decía, si ha tenido esas referencias,
deténgase un momento a pensar en lo que dice el tal diccionario Larousse...
Y si usted, por ser una persona joven, no sabe o
no entiende lo que pasó en Chile y le cree al diccionario Larousse,
créale entonces también a la Biblia, que nos habla de un ingenuo primer
hombre llamado Adán y de una perversísima mujer llamada Eva; créale
al Chapulín, a la Patasola, al Patas, o en últimas créale al Fondo Monetario
Internacional y sus programas impuestos en nuestros pobres y tristes
países...
Pero si lo que usted quiere saber es por qué Salvador
Allende murió valientemente con su metralleta bien ajustada enfrentándose
hasta el último momento a esa piara de cerdos de dos patas, y que antes
de caer, eliminó a muchos enemigos...
Si quiere saber por qué Ómar Torrijos, responsable
de que el canal de Panamá volviera a ser de los panameños en el año
2000, murió en un avión que estalló en pleno vuelo y ofrendó sus pavesas
sobre el mar Caribe, sin la intervención del Espíritu Santo pero sí
de la CIA...
Si quiere saber por qué Bishop, ese negro grande
y bello, creyente y defensor fervoroso de los derechos humanos y presidente
de la isla Estado de Granada, se levantó una madrugada invadido hasta
en su cama por los marines norteamericanos, y quedó ahí asesinado junto
a sus mejores hombres y mujeres...
Si a usted, por simple curiosidad, se le ocurre indagar
por qué Jaime Roldós, presidente del Ecuador, fue también volado con
dinamita en 1982 en un avión en pleno vuelo, aquí también sin la intervención
del Espíritu Santo pero sí con el silencio anuente de la Iglesia católica,
apostólica y polaca...
Si la curiosidad carcome su cerebro, no se le ocurra
creerle a cualquier Larousse ni cosa que se le parezca...
Si usted, joven rap-tecno-metal-Internet, hijo mío,
adolescente inmerso en las propagandas, afiebrado por las hamburguesas
y las gaseosas, si usted no quiere escuchar nuestras voces, que no son
tan viejas pero que algo saben, invoque entonces a los muertos y desaparecidos
para que ellos lo confundan y lo aterroricen con tantas atrocidades;
abra, así sea poéticamente, las entrañas de esta tierra latinoamericana
para que huela lo que es el horror, aprenda a leer entre líneas y a
reconocer los larousses que pululan en cualquier parte y hasta en las
bibliotecas de nuestras casas, pero no me venga con el cuento de que
Salvador Allende se suicidó una tarde de septiembre... A otro idiota
con ese Larousse, hijo mío, joven rap-tecno-metal-Internet.
-Hernán
Vargas Carreño
Responsabilidad
de los medios
La
siguiente es una pequeña reflexión al articulo «El medio cómplice»,
de Javier Darío Restrepo, publicado en la revista Número 29. Gracias
por esta entrega tan completa sobre el papel de los medios en Colombia.
Sydney, 15 de agosto de 2001
Al
leer el artículo de Javier Darío Restrepo, no puede nadie dejar de reconocer
la verdad de la responsabilidad de los medios en la consecución de la
paz en Colombia. Es real la sensación de pensar que perdimos el país
y que sólo nos queda esperar lo que otros, en este caso los guerreristas,
quieran hacer con Colombia o salir corriendo del país, como ya hemos
hecho muchos y como muchos otros hacen día tras día. Surge sin embargo
una pregunta frente a esto: ¿perciben los dueños de los medios de comunicación
el daño a largo plazo que les causan a sus intereses económicos? Pues
analizado fríamente desde la perspectiva económica, los medios en Colombia
ganan para el corto plazo, es la idea perversa del periodismo amarillista:
lo sensacionalista, desde lo inmediato. Pero a largo plazo esto será
otra cosa, pues no es lo mismo utilizar el sensacionalismo para cubrir
noticias de farándula, por ejemplo, que para cubrir noticias que tienen
que ver con el presente y futuro de un país; lo que hoy les da ganancias
inmensas mañana se convertirá en nada, pues nada se podrá cosechar en
la guerra y la destrucción de un país. Siempre me he preguntado si los
grupos económicos que son los dueños de todo, incluyendo la conciencia
de nuestra clase política, se dan cuenta de que trabajan a pérdida para
el largo plazo, pues lo que hoy les da las ganancias mañana sólo será
parte de lo que fue Colombia; es igual en otros campos, pues el hecho
de obtener ganancias a costa de bajos salarios y recorte laboral se
convierte en pérdidas a largo plazo en la medida en que ellos mismos
y sus familias no puedan disfrutar esto en su país, y en la medida en
que ocurra una guerra ellos serán los primeros en tener que abandonar
y perder todas sus inversiones, logradas a costa de someter a otros
a vivir en el hambre y la injusticia social. Vuelve nuevamente entonces
la misma pregunta: ¿perciben ellos y el gobierno cómo bajo la irresponsabilidad
se embarca todo un país, incluyéndolos a ellos, en esa pérdida irremediable
a largo plazo, o será que lo perverso de sus ganancias económicas es
tal que nos los deja ver con claridad que en este juego irresponsable
de los medios por vender la idea de la guerra como el mejor mecanismo
y sabotear la paz, y de someter a todo un país al desempleo y al ham-bre,
todos perderemos?
-María
Isabel Agudelo
¡La
copa es nuestraaaaaa!
Julio 3 de 2001
Sumercé no quería botarle más corriente al cuento
del fútbol, pero qué va, ¡es imposible ignorarlo! Y no quería agregar
ni una palabra más sobre el temita porque, a raíz de los artículos,
uno de sus más queridos amigos, hincha de verdad verdad del Deportivo
Cali, ha empezado a mirarla con un odiecito que pa' qué, pero siempre
afecta.
Poco ha importado que Sumercé trate de explicarle
que ella no está en contra del fútbol (¡ni más faltaba!), que le parece
un deporte entretenido y agradable, y que hasta le gusta enterarse -cómo
no, si es colombiana- de todo cuanto ocurre en la cancha y fuera de
ella. Poco ha importado porque él no acepta razones de ninguna naturaleza.
Lo único que piensa es que Sumercé viene aprovechando los conocimientos
que en algún momento él mismo tuvo la desgracia de transmitirle para
rajar del fútbol, sin ton ni son, pero se equivoca. Lo que ocurre es
que, pase lo que pase (tragedias, triunfos en cualquier área, guerra
y demás), la primera gran preocupación nacional es el fútbol, y si no
me creen miren no más lo que ocurrió durante las pasadas semanas. El
tema principal, al que más tinta, saliva y energía se le ha gastado
en los últimos días es la famosa Copa América. Sí, señores, del presidente
para abajo todo el mundo está haciendo fuerza para que la dichosa «Copa
de la Paz» se quede en casa, en esta casa.
Que la casa está revuelta, pues sí, pero la copa
es la copa y nosotros, ni bobos que fuéramos, no nos vamos a dejar quitar
la sede por los inconscientes, faltos de solidaridad y de visión deportiva,
miembros de la Confederación Suramericana de Fútbol. No, señores. Que
en Medellín, Bogotá y otras partes pusieron sus buenas bombas sin que
hasta la fecha se sepa a ciencia cierta quién fue el monstruo que ordenó
semejante holocausto, es verdad, pero eso no es una razón de peso para
que pretendan arrebatarnos la sede. Que esos señores, los que manejan
la asignación de la sede de la Copa América, consideran que este país
está en guerra (vaya uno a saber de dónde sacaron ese malintencionado
y falso argumento) y que por esa ridícula razón es preferible quitarnos
la sede, no lo entiende nadie. Que las Farc secuestraron al señor Hernán
Mejía, uno de los dirigentes deportivos que más han luchado para que
la copa se dispute aquí, y que por ese detallito la Confederación Suramericana
de Fútbol resolvió retirarnos el legítimo derecho de realizar la Copa
América en nuestro pacífico país, es algo que ningún colombiano que
ame a su patria puede admitir. Y no se puede aceptar porque si hay algo
que se demostró a más no poder durante la pasada semana fue la solidaria
verraquera de este pueblo. Al señor Mejía lo secuestraron y de inmediato
todos, toditos los que tienen acceso a los medios de comunicación (locutores,
periodistas, editorialistas, columnistas, comentaristas deportivos,
políticos y demás) manifestaron su más enérgica protesta por el hecho,
exigiendo que lo devolvieran de inmediato. Merecido tiene el señor Mejía
que este devoto pueblo haya reclamado su liberación, como merecido tendrían
el resto de compatriotas y ciudadanos extranjeros que padecen un secuestro,
que este solidario pueblo demandara su liberación inmediata. Sin embargo,
como desafortunadamente para ellos su libertad no está ligada a nada
que tenga que ver con el fútbol, pues las voces se convierten en vocecitas
de familiares y amigos que con fotos y pancartas insisten en reclamar
por algo que a los dueños del balón parece importarles más bien poco:
su regreso a la libertad.
Como de su presencia entre nosotros no depende que
la Copa América se realice o no en el país, pues ¿para qué botarle tanta
corriente? Ah, la mala suerte de los soldaditos que pasaron más de tres
años secuestrados sin que se encontrara una fórmula para que recuperaran
su libertad. Sí, se trata de pura mala suerte y falta de ingenio de
las madres que tanto lucharon por su reciente liberación, porque si
a alguna de ellas se le hubiera ocurrido garantizar que a su regreso
estos servidores de la patria abandonarían las filas del ejército y
la policía para alinearse en uno de los equipos de fútbol del país,
otro gallo les habría cantado desde hace años. Porque ahí mismito Colombia
entera se habría volcado a reclamar su derecho a la libertad, arreglando
rapidito un canje, acuerdo humanitario, o lo que fuera que nos permitiera
contar de inmediato con semejantes prospectos para el balompié nacional.
Es que definitivamente, como decía el viejo Duperfay, «una cosa es con
guitarra y otra con violín».
Y ahora el asunto parece que toca con violín. Porque
nuestro recién ratificado derecho de realizar la Copa América y el hecho
de que penda sobre este ferviente pueblo la velada sugerencia de que
bueno, sí, sí se hará pero en enero o febrero, sugiere que los señores
de la Confederación Suramericana de Fútbol sospechan, vaya uno a saber
por qué, que para esa fecha el país estará en paz. Que el secuestro,
las bombas, masacres, enfrentamientos armados, en fin, esa guerra que
ellos se imaginan que existe, por aquí habrá cesado. Y de pronto están
en lo cierto, porque ante la amenaza de perder la sede de la famosa
«Copa de la Paz» este pueblo es capaz de cualquier cosa, incluso de
arreglar un conflicto que durante más de 50 años nos ha mantenido en
vilo entre la vida y la muerte. Quizás entonces logremos entender el
porqué del apasionamiento de nuestro señor presidente al agarrar a picos
el copón que simboliza la célebre Copa América. Y también Sumercé deje
de reclamar que en este país el fútbol está por encima de todo, porque
deberá admitir que gracias a esta pasión, a esta razón de vivir que
mueve a los colombianos, pudimos erradicar la corrupción y la violencia
en menos tiempo del que se toma un árbitro en sacarle la tarjeta roja
a un futbolista que del significado de «juego limpio» no sabe nada.
Faltan sólo seis meses para que aquí todo se arregle y toca mantener
las esperanzas muy, muy en alto, porque teniendo el fútbol condicionado
al rollo que vive el país es casi seguro de que, por fin, aparezca la
voluntad de arreglar las cosas y encontremos la mágica fórmula que nos
conduzca a la ansiada paz. Por eso Sumercé, llena de ilusión con el
pacífico futuro que gracias al fútbol conseguiremos, se une a la emoción
general de este pueblo que no se cansa de celebrar y grita junto a todos
sus compatriotas: «¡La copa es nuestraaaaaa!, ¡Colombia es lindaaaaaaaa,
te queremos!».
La
chispa de la vida salvó la patria
Sumercé
acababa de terminar el artículo anterior cuando sucedió lo impensable:
los dueños del balón (o sea los del billetico, Coca-Cola y demás) pusieron
el grito en el cielo ante la perspectiva de que se aplazara la Copa
América porque dizque iban a perder no sé cuántos millones de dólares
y pues, claro, todo se resolvió de inmediato. En un abrir y cerrar de
ojos la Confederación Suramericana de Fútbol descubrió que Colombia
era un modelo de país en paz y, como si nada, dio luz verde para que
la copa arrancara, el próximo miércoles 11 de julio en nuestro territorio.
¡Qué tal! Apenas el lunes 2 la había pospuesto para enero o febrero
del 2002 porque no ofrecíamos ninguna seguridad, y el miércoles 5 otro
gallo cantaba. Pero como no hay mal que por bien no venga, este sorprendente
suceso sirvió para que, por fin, Sumercé entendiera cuál es el oculto
(y cuando hace falta evidente) poder que mueve el fútbol. Sí saben a
qué me refiero, ¿verdad? Al dinero, al «vil dinero» que fue capaz de
lavar, literalmente, las conciencias de quienes argumentaban que el
estado de violencia del país impedía que la famosa Copa de la Paz se
jugara aquí y convencerlos, en un instante, de que el nuestro es un
prometedor y pacífico paraíso donde no sólo se puede sino que se debe
realizar cualquier evento deportivo.
Los
dueños del balón, o sea del billetico, que lograron concretar semejante
alquimia de la paz, por qué no nos harán el favor de explicarnos en
qué momento, entre el lunes 2 y el miércoles 3 de julio, se produjo
el milagrito que tanto esperábamos. Saber cómo se concretó la pacificación
del país es algo que sin duda ayudaría mucho a quienes, como Sumercé,
todavía no acaban de entender en qué clase de país, de mundo vive.
Sin embargo, mientras alguien se digna darnos alguna
explicación, Sumercé gustosa agrega al grito de «¡Colombia es lindaaa,
te queremos!», uno con el que seguro quienes están secuestrados, quienes
a esta hora se enfrentan en combate, quienes en este preciso instante
sufren un cerco paramilitar o guerrillero, quienes en este segundo empacan
sus tres mudas de ropita para iniciar el calvario del desplazamiento,
estarán de acuerdo: «¡Coca-Cola es la chispa de nuestras vidas!».
-Alexandra
Cardona
Un
dulce desasosiego
Bueno, no sé realmente a quién me dirijo, pero me servirá para desahogar
el dulce desasosiego que me produjo la película.
Soy un chico de Salamanca (España) al que le fascina
el cine. Siempre he dicho que el cine te permite vivir una vida entera
en hora y media de mentiras que esconden grandes verdades, y esa misma
sensación es la que he tenido con La virgen de los sicarios.
Quizá sean los nuevos rebeldes de este siglo, aquellos
que buscan la esperanza con el ánimo de no encontrarla... Aquellos que
buscan el amor con el propósito de que éste les extinga... en realidad...
Aquellos que buscan la muerte, pero con todo no deja de ser el tierno
y al mismo tiempo escalofriante reflejo de los tiempos que corren.
Cuando salí del cine, un amigo me dijo: «Demasiado
exagerada, esas cosas no ocurren». Esto refleja cómo tendemos a engañarnos
a nosotros mismos, sobre todo los que vivimos rodeados de comida, supermercados
y una cierta calma que nos permite cerrar los ojos cuando se nos presentan
imágenes desagradables.
En mi opinión la prefiero mil veces a Traffic, que
no es más creíble que lo que mi amigo me dijo al salir del cine.
En la película Seven, Kevin Spacey dice al final:
«Para que todo el mundo se dé cuenta de algo hay que darles fuerte con
un mazo. A Dios rogando y con el mazo dando...». Pues el mazo ya está
preparado y es La virgen de los sicarios. Lo que ocurre es que es un
mazo pequeñito, un mazo minoritario, pero un precioso mazo mezcla de
muchos sentimientos y culpa del mundo entero y no como nos quiere hacer
visible ese tal Soderberg: culpa de Suramérica, culpa de la falta de
dinero de Estados Unidos, pues lo tiene que invertir en armas, sobre
todo últimamente con el nuevo capítulo de la guerra de las galaxias
y los escudos antimisiles... ¡El hombre y la confianza en sí mismo!
Culpa de esa legalización de las drogas que hundiría la bolsa y, por
consiguiente, a toda esta sociedad de valores intrínsecos... Parece
mentira que alguien que ha estado enganchado en las drogas, como en
el caso del director de Traffic, trate el tema en forma tan documentalmente
engañosa, pero muy fácil de ver, sin que a uno le escuezan los ojos.
Gracias, Barbet, por La virgen de los sicarios...
Gracias, Fernando Vallejo, por tu novela.
-Desde
«El reyno del mundo»
un saludo y un abrazo de Ángel Emiliano...
Si queréis, podéis contactar conmigo
a través del correo critic@terra.es