Las cartas del azar
La correspondencia
de Ítalo Calvino como editor

Recorrido por la vida intelectual de Calvino, con énfasis en su trabajo como editor:
sus inicios como vendedor de libros a crédito; su labor en torno a la construcción de una cultura
desde la edición, en la casa Einaudi de Turín (algo así como una ética de la cultura, de la edición,
del ser intelectual); sus irónicas respuestas a los escritores; su severa línea editorial.
Todo esto, en buena parte, desde su correspondencia como editor.

Por Miguel Huezo Mixco
Ilustraciones Julián de Narváez

Miguel Huezo Mixco nació en San Salvador. Poeta y escritor. Autor de cinco libros de poesía y dos de ensayos. Ha publicado recientemente: Comarcas (poesía, Panamá, 1999) y La perversión de la cultura (ensayos, San Salvador, 1999). Ha recibido premios y distinciones de entidades culturales de Centroamérica, Europa y Estados Unidos.

 

La frase parece mandada a hacer: «Trabajando en una editorial se le vuelve a uno el corazón de piedra». Y agrega: «Uno termina por no sentir nada, por asumir una máscara de cinismo». Confesión descarnada y directa la de Ítalo Calvino. Satisfecha también. Calvino siempre objetó que se le considerara un «editor», pero justamente desde ese trabajo contribuyó a darle un tono y una consistencia a la cultura de la Italia de posguerra, en la cual la literatura constituyó un engranaje clave.
    Para un escritor capaz de procrear paladines fantásticos, no es extraño que su propósito sea definido ya en 1947, en carta a Elio Vittorini, como conseguir «piernas y brazos nuevos (...) hacer que nos crezcan otros nuevos, tal vez renunciando a los viejos, transformándolos». Véase desde donde se vea, su papel, como autor de historias de insólitos campeones o editor de libros es, como el de Ariosto, su poeta, agregar personajes a la historia, quitarlos, agruparlos en un carrusel de ilusiones, el del mundo.
    Mucho menos conocida que su faceta de escritor, su actividad como editor fue consistente y duradera. Como miembro del equipo de la editorial Einaudi, Calvino aportó calidad a la cultura escrita de su país y de Europa. Esto se refleja en la publicación de una parte de su correspondencia1, despachada, como parte de su trabajo en Einaudi, en el período 1947-1981, entre los 24 y los 58 años de edad.
    Su primer trabajo con la editora turinesa fue como vendedor de libros a crédito, luego de lo cual pasó a ser redactor, hasta asumir un cargo directivo. Su participación en la editorial se fue reduciendo poco a poco, a medida que sus responsabilidades lo llevaron a trasladarse a París y luego a Roma, donde fijó su residencia desde finales de 1980 hasta su muerte, el 19 de septiembre de 1985.
    Las 270 cartas que constituyen el volumen muestran al exparti-sano Calvino ejerciendo una severa línea editorial, contradiciendo incluso los criterios del mismo Vittorini, el hombre que lo lanzó al mundo de las letras recién finalizada la guerra. «Debemos adoptar un criterio de aceptación más severo», le advierte en una de sus cartas del año 1954; «si cierta indulgencia es admisible en la primera experiencia, en la segunda debemos ser más exigentes». A la larga, esa severidad le permitió a la casa Einaudi construirse un merecido prestigio dentro del mundo intelectual europeo, y a Calvino cosechar la imagen de altanero y distante; una imagen que iba con su «verdadera naturaleza».
    Carlo Fruttero, uno de sus compañeros de la editorial, lo recuerda como una «sombra rubiogrís» que apenas saludaba mediante la dislocación de un hombro. «Todos sabíamos cómo era Calvino: totalmente negado para la conversación». Él mismo se miraba muy bien en ese espejo: «Me abandono finalmente a una misantropía total que corresponde plenamente a mi verdadera naturaleza», escribe Calvino en 1957. En ese momento, estaba a punto de separarse del Partido Comunista Italiano. Habían pasado doce años desde el fin de la guerra, las heridas de la insurrección en Hungría estaban frescas y los crímenes de Stalin estremecían al mundo. «Vivimos una época oscura, no hay nada que ande absolutamente bien y el único consuelo es la brevedad de la vida», escribe.
    Aunque en la mayor parte de los casos sus cartas responden a trámites obligados frente a los autores y autoras, ellas nos revelan un Calvino de una vivacidad e ironía más cercanas a los personajes de su narrativa que al rigor casi geométrico de sus ensayos: «¿Por qué escribes "la aldea era un rebaño de casas que tocaba el cielo"? ¿Por qué escribes que la chica "tenía un perfume selvático"? ¿Todavía crees en estas cosas? ¡Por Dios, si me dan ganas de romperte la cara!», responde a un desventurado.
    Estas cartas no estuvieron destinadas a la publicación. Calvino supo controlar muy bien su obra. Poco antes de morir, mientras preparaba sus célebres ponencias para la Universidad de Harvard -las que nunca llegaría a pronunciar-, Calvino no sólo tenía en jabón su libro autobio-gráfico El camino de San Giovanni; casi en secreto preparaba sus Páginas autobiográficas, halladas «listas para ir a la imprenta» después de su muerte por Esther Singer, su esposa, y publicadas con el título Ermitaño en París. La publicación de su correspondencia no parece haber entrado en sus planes. La popularidad de Calvino y su prestigio han posibilitado la exploración de su obra en un ámbito que suele ser poco interesante: el de la correspondencia «oficial».
    Como sabemos, el tiempo otorga relevancia a la correspondencia personal de escritores, escritoras, artistas a sus amantes, a sus amistades o a sus progenitores -recuérdese si no la Carta al padre de Kafka- y acostumbra mostrar aristas insólitas y apasionantes de sus vidas. Es imposible tener un retrato completo de André Gide sin haber leído su avergonzada carta a Marcel Proust. A causa de sus prejuicios, Gide rechazó el manuscrito de La búsqueda del tiempo perdido, y nunca se lo perdonó. Imprescindibles resultan también la abundante literatura epistolar de Leopardi, o las cartas de George Sand a Musset, o las de Van Gogh a su hermano, o las de Rilke a Lou Salomé, que luego formaron su Diario florentino; pero como no sean las de un estadista, cuyos despachos suelen ser causa de desastres, las cartas redactadas en un buró en horarios de oficina, escrupulosamente mecanografiadas, carecen por lo general de interés y pasión. Las de Calvino son una excepción: son la estela de su magisterio, realizado en privado ante un interlocutor cada vez. Hablando para cada uno de ellos, Calvino destila sus propias aversiones, al tiempo que construye y transmite una concepción del oficio de escritor, y la suya propia como editor en una época convulsa; oficio que ejerce con gozo, crueldad y, como se ha dicho, severidad e ironía. «El mundo está lleno de gente que quiere escribir, y tal vez incluso escribe, y tal vez incluso publica, pero son cosas hechas sólo a fuerza de voluntad y no quedará nada de ellas», le escribe a un proponente. Sus entusiasmos son más bien excepcionales. Lo sabe desde sus primeros años en la editorial: «Allí donde encuentro inteligencia integrada, alcanzo mis raros y fugaces momentos de entusiasmo». Diez años después, cuando pasa revista a su trabajo, su conclusión es casi previsible: «El oficio de editor es de los que suscitan más antipatías que simpatías».

 

EL SENDERO DE LAS ARAÑAS
¿Por qué se involucró y se mantuvo casi hasta el final de sus días en un trabajo de esta naturaleza, de pocas satisfacciones y muchas animadversiones? Existe una respuesta segura en uno de sus artículos autobiográficos: «Mi idea siempre fue participar en la construcción de un contexto cultural que respondiera a las exigencias de una Italia moderna y en la que la literatura constituyera una fuerza innovadora y el depósito de las razones más profundas». Cuando estalló la segunda guerra mundial, Calvino tenía 16 años; a los 21 se sumó como combatiente de la Resistencia italiana en las montañas aledañas a su ciudad, San Remo. Es difícil imaginarse al flaco Calvino -quien a juzgar por sus fotografías juveniles tendría la estampa de Pinocho- emboscando patrullas alemanas. Pero su caso no fue el único, sino igual al de miles de jóvenes italianos y europeos en una época atroz. Es una historia intrincada, como un sendero abierto por arañas.
    En los años treinta -Gramsci estaba preso desde el año 1926-, luego de las abyecciones cometidas por Mussolini y el Partido Fascista, se constituyó en Italia una primera generación de intelectuales en Resistencia. Entre los más caracterizados adversarios del Duce estuvieron Norberto Bobbio, Elio Vittorini y el poeta Cesare Pavese. Pavese había crecido en el ambiente de los intelectuales turineses más intransigentes al fascismo, agrupados en torno a la revista La Cultura y a la editorial Einaudi. Todos los miembros de la redacción de la revista fueron arrestados. Pavese fue confinado por un año al otro extremo del país, en la punta de la bota italiana, al poblado de Brancaleone (Calabria). Vittorini es una de las personalidades más interesantes del período. Hasta 1936 fue un intelectual profascista «de izquierda»; es decir, creía en el socialismo y en la necesidad de una renovación moral, pero desde su lealtad a las propuestas fascistas. Colaboró en las principales publicaciones fascistas del momento con notable entusiasmo, pero al estallar la guerra nos encontramos a Vittorini en Milán convertido en un conspirador, colaborando en la publicación clandestina del periódico comunista L'Unità. Los acontecimientos en su vida y la de Europa habían sido muy aleccionadores. El fracaso militar de Mussolini y la firma del armisticio con los aliados precipitaron la ocupación de Italia por parte de los alemanes. Italia estalló en una verdadera guerra civil. Un hecho simbólico lo retrata: en España, el batallón Garibaldi, integrado por voluntarios italianos al lado del bando republicano, se enfrentó en combate con las tropas de conscriptos de los ejércitos del Duce; Italia había comenzado a dirimir sus enconadas rivalidades en tierras españolas. Vittorini hizo una ardorosa propaganda contra Franco y a favor de los republicanos. Fue expulsado del partido. Su libro El clavel rojo fue pasado por la censura. Más tarde, en 1941, los censores mutilaron la Antología americana, preparada por él con más de mil páginas de cuentos y fragmentos de novelas de escritores norteamericanos. «Era un hombre -diría muchos años después un Calvino sesentón- que subordinó su propia obra a una batalla para establecer cuáles debían ser los cimientos de la cultura italiana».
    A aquella primera generación de rebeldes pronto se unió
-durante la ocupación nazi- otro grupo de disidentes más jóvenes; entre ellos se contaban el poeta Giame Pintor, quien murió en acción en 1943, e Ítalo Calvino.
Calvino había crecido en un ambiente excepcional, distinto del de la media de jóvenes italianos de su tiempo. Hijo de una pareja de científicos, adoradores de la naturaleza y librepensadores, se educó en la pequeña San Remo, en esa época una ciudad de aire cosmopolita, habitada por gente excéntrica y de gran mundo. Su padre Mario, republicano, de una familia anticlerical y masónica, anarquista kropotkiniano en su juventud y luego socialista reformista, había vivido muchos años en México. Su madre Evelina, de tradición laica, se formó -recuerda Calvino- «en la religión del deber civil y de la ciencia». Mientras dirigían una estación experimental de agricultura en las afueras de La Habana (Cuba), nació Ítalo, el mayor de dos hermanos, el 15 de octubre de 1923.

    Con la segunda guerra mundial, el ambiente de Calvino sufrió una radical transformación. El clima en el que su hermano menor y él fueron educados se enfrentó con las formas de vida promovidas por el fascismo entre la juventud, los profesionales y los intelectuales. Tras la ocupación nazi, la idea de la Resistencia prendió en el seno de los hogares. Eve-lina, antifascista radical, exhortaba a sus dos hijos a tomar las armas. Fue detenida. Ante sus ojos, la «brigada negra» por tres veces simuló el fusilamiento de su marido.
    «Durante años la política tuvo para nosotros una importancia tal vez exagerada», reconoce Calvino; pero su generación, dice, tenía por sobre todas las cosas, más que un interés teórico adquirido por los libros, una verdadera «pasión por hacer». La guerra pasó a ser tema único en los pensamientos de la sociedad italiana. Pequeños resortes -o grandes, según se vea- hacían saltar a los jóvenes al sendero de la Resistencia. «Cuando supe que el primer jefe partisano de nuestra zona, el joven médico Felice Cascione, comunista, había caído combatiendo a los alemanes en Montalto en febrero de 1944, le pedí a un amigo comunista mi ingreso en el partido».
    Desde 1944 hasta abril de 1945, Calvino se sumó al movimiento guerrillero más numeroso de Europa Occidental. Al igual que René Char en Francia, el espíritu de la Resistencia -impetuosidad, orgullo guerrero e ironía sobre las misiones autoadjudicadas- siguió gravitando en Calvino hasta sus últimos días, cuando ya era unánimemente reconocido como uno de los mayores talentos de Europa, y sus narraciones, ensayos y conferencias se traducían a todos los idiomas occidentales. «Al cabo de tantos años, debo decir que este espíritu, que permitió a los partisanos hacer las cosas maravillosas que hicieron, sigue siendo aún hoy una actitud humana sin par para moverse en la contrastada realidad del mundo». De su último día como garibaldino, un 25 de abril de 1945, el día de la Liberación, Calvino tiene ante sí el recuerdo de un paisaje y un jovencito sin trazas de héroe. El paisaje: «Había un incendio en el bosque. Recuerdo la larga fila de partisanos que baja entre los pinos calcinados». El muchacho: Calvino mismo, cojeando de un pie llagado por el roce de su bota. La gente salía a recibirlos con flores. La guerra había terminado.
    Después del 25 de abril, cuando Calvino recibió los primeros ejemplares de L'Unità de Milán pudo darse cuenta de que su vicedirector era Elio Vittorini, y que Cesare Pavese también colaboraba con artículos. Calvino se traslada a Turín. Abandona la carrera de agronomía y se inscribe en letras. Su tesis la escribe sobre Joseph Conrad. En la cuna del gran movimiento obrero, el joven expartisano se vincula como vendedor a la editorial Einaudi, llegando a ser posteriormente uno de sus directivos más influyentes. Los más diversos temperamentos y tendencias ideológicas gravitaban en torno a la casa editora fundada por Giulio Einaudi; Vittorini y Natalia Ginzburg, los principales, todos mayores que él, interesados en los problemas de su tiempo, con los ojos abiertos a lo que se hacía, se discutía y se publicaba en el resto del mundo. El trabajo de la editorial, junto al de escribir y publicar su propia obra narrativa, se convirtieron en su principal actividad y su mayor pasión. En una carta de 1964 se define como «alguien que trabaja (además de en sus propios libros) en hacer que la cultura de su tiempo tenga ese carácter y no otro».

    Es posible imaginarse que una vez terminadas la Resistencia y la guerra, en un ambiente dominado por la euforia, la tensión política y la incertidumbre -recuérdese que sólo en Italia, entre todos los países de Europa Occidental, se constituyó, si bien por unos pocos meses, un gobierno encabezado por un jefe de la Resistencia-, los escritores no sólo se volcaran a contar sus propias experiencias, sino que también sintieran que estos libros debían publicarse. Libros de testimonios personales, sobre las luchas obreras y las experiencias partisanas, menudeaban.
    Calvino mismo no pudo sustraerse a ello. Gore Vidal cuenta que en 1948 se cruzó con la primera novela de Calvino, El sendero de los nidos de araña, y pensando que se trataba de un trabajo más sobre la lucha partisana escrita por algún reciente novelista de la guerra, apenas le echó un ojo. Vidal enmendó aquel juicio años después y fue el crítico que lo «lanzó» al gran público estadounidense. En realidad, escribió, con El sendero... Calvino se había desprendido del sentimentalismo típico de la literatura de los años cuarenta. Su literatura, como la definió Calvino, se desplegaba hacia la «transfiguración fantástica». Más tarde, los héroes de sus narraciones, con las que alcanzó notoriedad, serían un vizconde partido en dos, un barón del siglo XVIII que se pasa la vida subido a los árboles, o una pacotilla de comensales que sólo consiguen comunicarse desplegando una baraja de tarot. Pero también personajes negados a la vida de las ciudades, o sumergidos en la fiebre del cemento. En todo ello Calvino reconoce una continuidad de la «tendencia épica» de la literatura de la Resistencia y especialmente de la secular tradición italiana. Su poeta es Ludovico Ariosto; Ariosto, ese que todo lo mira «a través de la ironía y la deformación fantástica».

Su trabajo como editor tampoco lo ve reñido con la moral de la Resistencia. Cuando en 1962 se le anuncia que su nombre figura entre los premiados por la «Fedeltà alla Resitenza», Calvino sugiere que el galardón se le otorgue también a Giulio Einaudi, «para coronar la actividad editorial que más ha hecho en estos quince años por mantener vivos los valores de la Resistencia en las nuevas generaciones». Ello, argumenta, le daría más significado a su propio premio: «Mi fidelidad a la Resistencia se explica también -y tal vez sobre todo- por mi trabajo en la editorial». Del muñón cercenado en la batalla, el equipo de Einaudi había conseguido nuevos brazos y nuevas piernas.

 

LA EXCEPCIÓN Y LA REGLA
Calvino estaba convencido de que se podía obtener más verdad de la excepción que de la regla, criterio que aplicó a su trabajo como editor. Su método era sencillo: «Leo lo que me parece suficiente para descubrir los tres elementos que me sirven para establecer si un libro existe o no: ... si tiene un lenguaje... si tiene una estructura... si muestra algo, de ser posible algo nuevo». Con el resto, sus juicios son inapelables.
    Autores desconocidos, conocidos y hasta reconocidos remitían desde toda Italia sus originales a la casa Einaudi, donde este hombre de poquísimas palabras dispensaba tanto consejos paternales como observaciones temibles. No había chantaje posible, ni por la amistad ni por la necesidad. Tiene 27 años cuando escribe: «Veo que relacionas tus difíciles condiciones económicas con la publicación del libro. Te aconsejo que te acostumbres a no vincular nunca y de ninguna manera estas dos preocupaciones».

  «Le devuelvo su manuscrito -responde en 1955- y lo espero dentro de algunos años... años de lectura, de reflexión, de buen trabajo».
    A otro: «No entiendo nada de este condenado libro. Tal vez sea una obra maestra, de esas que quien desde el principio no haya entendido nada pasará por estúpido... Pero hágame ver otra cosa que haya escrito».
    A otro más: «Tú sigues esperando una decisión sobre tus poesías. Pero mira, debo decirte que no creo que te convenga publicarlas».
    La tarea no era fácil. No sólo por las dificultades económicas de una empresa que vivía de lo que conseguía vender, sino también por el momento que atravesaban la literatura y la cultura italiana de posguerra, con instituciones frágiles, en un ambiente político muy volátil. «Este es un momento difícil: para quien escribe y para quienes tienen que encontrar cosas nuevas que publicar. Todo parece envejecido y lo que no ha envejecido es inmaduro».
    Al rigor de Calvino como editor debe la literatura del siglo XX memorables trabajos. Baste mencionar su compilación de los Cuentos populares italianos, o su trabajo por doce años al frente de la colección Centopagine. Entre 1956 y 1966 junto con Vittorini publicaron los cuadernos Il Menabó, mediante los que se observaban los cambios y vicisitudes de la literatura italiana. Calvino participó también en la publicación póstuma de los poemas de Pavese y en la edición de su Diario.

 
    El suicidio de Pavese en 1950, tras una de sus frecuentes crisis, fue la comidilla del momento. Pero la casi inmediata publicación de su poemario Vendrá la muerte y tendrá tus ojos -y esto es algo que en nuestros días resulta difícil de entender- fue interpretada por algunos como una acción maliciosa. En una carta fechada el 22 de junio de 1951, Calvino se encarga de despejar dudas: Pavese había dejado el manuscrito «perfectamente ordenado en la mesa de su despacho», con el citado título escrito de su puño y letra. «Por consideración a algunas personas que han tenido que ver con su vida íntima», advierte, «la editorial hará algunos cortes en el Diario del poeta»: «En la vida privada de los escritores no se va a curiosear o a fruncir la nariz, sino a estudiar y respetar un testimonio de vida». Él preparó también el volumen correspondiente a la poesía editada e inédita para las obras completas de Pavese, redactando notas informativas y exegéticas. «He mirado todos los manuscritos», escribe en 1962 a Augusto Monti, el hombre que más influyó en la concepción literaria y política de Pavese. «Muchas veces en estos días habría querido hablarte o consultarte», le escribe.
    La historia de la literatura puede verse también como un proceso ininterrumpido de transmisión de afinidades, lealtades, pasiones. Calvino culmina una porción de esa historia de lealtades y pasiones. Pasión, en este caso, por un arte y una literatura, en cuya esfera se debían mantener vivas la noción y la práctica de libertad. Lealtad, a una tradición cultural que siempre fue objeto de orgullo; también a cierta idea del intelectual como un guía de calidad. Esto último fue particularmente importante durante las dos décadas de fascismo, cuyos jefes proclamaban como el depositario y heredero del genio nacional. En este clima tuvo lugar la formulación de una «moral de compromiso», inculcada por Monti, en el liceo Massimo D'Azeglio, difundida por Pavese, y de Pavese a Calvino. «Enunciar una moral de compromiso, una libertad en la responsabilidad (...) me parece la única moral, la única libertad posible», propone éste en una carta de 1947.
    Como se dice, Pavese, primero en la distancia, luego en la amistad, ejerció sobre Calvino una influencia trascendental. Su generación, enredada en el drama de la incertidumbre, «aburrida pero por pureza y vacío a su alrededor», como dijera Calvino, tuvo su violoncello en la poesía de Pavese. Pavese leía primero que nadie cada cosa que escribía. Lo trató a diario y en toda clase de situaciones. En 1960, cuando un grupo de amigos llegó a Turín a rodar un documental sobre la ciudad del poeta, Calvino los llevó a conocer los lugares adonde iban juntos: el Po, las hosterías, la colina. Su primer cuento fue publicado por recomendación de Pavese, pero un retraso lo hizo salir a la luz hasta 1946 -entre tanto, Vittorini había publicado otro relato de Calvino en su semanario Il Politecnico. Su vinculación a Einaudi de alguna manera también estuvo ligada con el regreso de Pavese a Turín. El 24 de noviembre de 1949, Pavese anotó en su Diario: «Di consejos, desde las alturas de la edad, al joven Calvino: me disculpé por trabajar muy bien: también yo a tu edad estaba rezagado y en crisis. ¿Alguien me dijo estas cosas cuando yo tenía veinticinco años?». El tiempo no pasó en vano. Afinidades, lealtades, pasiones y también cordiales rupturas. La regla y la excepción. En la entrevista de Carlo Bo para L'Europeo, Calvino, con la distancia en el ceño, acepta: «Me he alejado de aquel clima en el que Pavese era el primer lector y juez de todo lo que escribía».

CARTAS AMERICANAS
La carrera de Calvino fue atajada por una hemorragia cerebral. Le ocurrió el 19 de septiembre de 1985, en el mismo instante en que la Ciudad de México era desplomada por un terremoto, mientras descansaba en el jardín de su casa en Pineta di Roccamare. Había llegado allí para trabajar en las seis conferencias que debía dictar en la cátedra de las «Charles Eliot Norton Poetry Lectures», en la Universidad de Harvard. Italia recibió la noticia «como si un príncipe bien amado hubiese muerto». La mañana del viernes 20 de septiembre, pocas horas antes del funeral de Calvino, la primera tormenta del equinoccio cayó sobre la ciudad de Roma. La descripción proviene de los recuerdos de Gore Vidal. «Me mantuve atento a los truenos y relámpagos; y pensé que estaba, una vez más, en la segunda guerra mundial». Vidal llegó a Italia como parte de las tropas expedicionarias de los Estados Unidos que reconquistaron la mítica Roma, la casa de los césares. Vidal fue uno de los «jefes» del primer grupo de escritores norteamericanos que arribó a Roma inmediatamente después de la guerra. Roma pasó a ser la capital europea por excelencia para los norteamericanos. «Después de la primera guerra mundial los escritores y artistas norteamericanos emigraron a París; ahora se lanzan sobre Roma», escribió Harold Acton.
    El primer «encuentro» de Vidal y Calvino, al que ya me referí, tuvo lugar justamente en 1948, el anno mirabilis, el exacto punto medio entre el fin de la segunda guerra mundial y el principio de lo que ya aparecía como una larga guerra fría. Ese mismo año, Calvino visitó a Hemingway.
     Entre norteamericanos e italianos había deudas recíprocas. Durante la época del fascismo, los escritores italianos volvieron el rostro, como un nadador que busca oxígeno, hacia la literatura de los Estados Unidos. Pavese escogió la literatura norteamericana como campo de estudio y recibió su título de letras con una tesis sobre Walt Whitman. Entre 1930 y 1935 tradujo a Melville, Sinclair Lewis, Dos Passos y Faulkner. A finales de la década, Pavese y un grupo de seguidores americanisti crearon su propia América: un mítico mundo no hollado por la bota fascista. El contacto con aquella literatura, en palabras de Pavese, les «ofreció el primer atisbo de libertad, la primera sospecha de que no toda la cultura del mundo terminaba con el fascismo». De hecho, Italia fue la primera gran caja de resonancia de la literatura estadounidense en Europa.
    Calvino se nutrió con estos destellos. «América [léase Estados Unidos] era como una gigantesca alegoría de nuestros problemas», dijo en una conferencia en la Universidad de Columbia, Nueva York. Para entonces, Calvino iba en camino de convertirse en un frecuente conferenciante de universidades norteamericanas. Entre 1959 y 1960, por casi seis meses, escribió un Diario norteamericano salpicado de anglicismos que -valga la palabra- le dan cierto aire snob. Este Diario -incluido por Esther Calvino en el volumen Ermitaño en París- es en realidad una serie de cartas con anotaciones de viaje escritas para sus amigos y compañeros de la editorial; a través de sus contactos con John Barth estableció relación y seguimiento de la neovanguardia norteamericana (Donald Barthelme y Thomas Pynchon); reconoció a Heming-way como uno de sus primeros modelos y a Poe como el autor que más influyó en su literatura. En sus libros Cosmicómicas y Tiempo cero hay relatos que se desarrollan en un ambiente con evocaciones neoyorquinas. Viajando al sur y del este al oeste con una subvención de la Fundación Ford, Calvino nunca llegó a sentirse tan bien en Estados Unidos como en la más cosmopolita de sus ciudades. A semejanza de Stendhal, habría querido que en su tumba se inscribiera: «neoyorquino». Sin duda estamos ante otro, si no el último, de la banda de los grandes americanisti.

En 1984, el mundillo cultural estadounidense le otorgó a Calvino una distinción: convertirlo en el primer italiano invitado a pronunciar una serie de seis lecciones durante el año académico en Harvard. No creo extralimitarme si digo que desde la espléndida universalidad de sus Propuestas..., aquel era su gran tributo a su propia tradición italiana y a su admiración por la pujante cultura estadounidense. Calvino había completado cinco conferencias. Faltaba la sexta que, de acuerdo con Esther Calvino, se habría referido a Bartleby, el escribiente, de Melville. Calvino dejó el libro sin título en italiano. «Tuvo que pensar primero el título en inglés»
-dice su esposa. Tenía la pretensión de dictar las conferencias en inglés. Gore Vidal, quien estuvo con él en mayo de 1985, consideró esto como un gesto de valentía: aparte de su lengua madre, Calvino hablaba perfectamente el español y el francés, pero su inglés -dice- «era titubeante». Una semana antes de volar a Estados Unidos sobrevino el derrame. Calvino perdió el sentido. Pese a los esfuerzos médicos, ya no volvió más en sí y murió.

    Al conocer estos detalles es inevitable rememorar uno de los pasajes del Orlando furioso de Ariosto. Sabemos por Ariosto -y por Calvino, autor de una inmejorable narración en prosa del poema- que las cosas que se pierden en la Tierra (la fama, las lágrimas, los suspiros de los amantes, el tiempo desperdiciado) se encuentran en los blancos parajes de la Luna. Allá ha ido a parar el juicio de Orlando a causa de un amor, y ha dejado abandonado a su rey cercado detrás de las murallas de París. Al final del poema, el héroe Astolfo viaja hasta la Luna en busca del juicio de Orlando, y lo encuentra, por fin, depositado en una ampolla, más grande y pesada que las demás. «Si la razón de los hombres se conserva aquí arriba, quiere decir que en la Tierra no queda sino la locura», reflexiona Calvino... y Ariosto.
    En este punto, las personalidades del sabio Ludovico, secretario del cardenal Ippolito d'Este, y Calvino se superponen en una cósmica disolvencia. Observando las glorias guerreras y los dolores y penurias de la Italia del siglo XVI, intentando coger el rabo de Ariosto, Calvino se preguntó: «¿Quién es este poeta que sufre por lo que el mundo es y por lo que no es y podría ser, y sin embargo lo representa como un espectáculo multicolor y multiforme que se ha de contemplar con irónica sabiduría?». Respondamos: Ítalo Calvino, bien podría ser ese su nombre.
-San Salvador, agosto de 1997


Bibliografía consultada

Calvino, Ítalo, Ermitaño en París, Madrid, Siruela, 1994. Traducción de Ángel Sánchez-Gijón.
_______, Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981), Barcelona, Tusquets, 1994. Edición de Giovanni Tesio, traducción de Aurora Bernárdez.
_______, Orlando furioso narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto, Barcelona, Muchnik, 1990. Traducido del italiano por Aurora Bernárdez y Mario Muchnik. Versos de Ariosto traducidos por Juan de la Pezzula.
_______, Por qué leer los clásicos, México, Tusquets, 1994. Traducción de Aurora Bernárdez.
_______, Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad, Barcelona, Tusquets, 1995. Traducción de Gabriela Sánchez Ferlosio.
_______, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela, 1994. Traducción de Aurora Bernárdez.
_______, The road to San Giovanni, Toronto, Vintage Canadá, 1995. Traducción al inglés de Tim Parks.
Pavese, Cesare, El oficio de vivir. El oficio de poeta, Barcelona, Bruguera, 1980. Traducción de Esther Benítez.
Vidal, Gore, «Calvino's novels».
_______, «Calvino's death».
_______, «Some memories of the Glorious Bird and earlier self». En: United States. Essays 1952-1992, Nueva York, Random House, 1993.
Wilkinson, James, La resistencia intelectual en Europa, México, Fondo de Cultura Económica, 1989. Traducción de Juan José Utrilla.


Nota
1. Ítalo Calvino, Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981), Barcelona, Tusquets, 1994. De acuerdo con los editores, el corpus de cartas de Calvino procedentes de los archivos de Einaudi superaría las cinco mil.

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