LA EXCEPCIÓN
Y LA REGLA
Calvino estaba convencido de que se podía obtener más
verdad de la excepción que de la regla, criterio que aplicó
a su trabajo como editor. Su método era sencillo: «Leo
lo que me parece suficiente para descubrir los tres elementos que me
sirven para establecer si un libro existe o no: ... si tiene un lenguaje...
si tiene una estructura... si muestra algo, de ser posible algo nuevo».
Con el resto, sus juicios son inapelables.
Autores desconocidos, conocidos y hasta reconocidos
remitían desde toda Italia sus originales a la casa Einaudi,
donde este hombre de poquísimas palabras dispensaba tanto consejos
paternales como observaciones temibles. No había chantaje posible,
ni por la amistad ni por la necesidad. Tiene 27 años cuando escribe:
«Veo que relacionas tus difíciles condiciones económicas
con la publicación del libro. Te aconsejo que te acostumbres
a no vincular nunca y de ninguna manera estas dos preocupaciones».
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«Le
devuelvo su manuscrito -responde en 1955- y lo espero dentro de
algunos años... años de lectura, de reflexión,
de buen trabajo».
A otro: «No entiendo nada de este
condenado libro. Tal vez sea una obra maestra, de esas que quien
desde el principio no haya entendido nada pasará por estúpido...
Pero hágame ver otra cosa que haya escrito».
A otro más: «Tú sigues
esperando una decisión sobre tus poesías. Pero mira,
debo decirte que no creo que te convenga publicarlas».
La tarea no era fácil. No sólo
por las dificultades económicas de una empresa que vivía
de lo que conseguía vender, sino también por el
momento que atravesaban la literatura y la cultura italiana de
posguerra, con instituciones frágiles, en un ambiente político
muy volátil. «Este es un momento difícil:
para quien escribe y para quienes tienen que encontrar cosas nuevas
que publicar. Todo parece envejecido y lo que no ha envejecido
es inmaduro».
Al rigor de Calvino como editor debe la
literatura del siglo XX memorables trabajos. Baste mencionar su
compilación de los Cuentos populares italianos, o su trabajo
por doce años al frente de la colección Centopagine.
Entre 1956 y 1966 junto con Vittorini publicaron los cuadernos
Il Menabó, mediante los que se observaban los cambios y
vicisitudes de la literatura italiana. Calvino participó
también en la publicación póstuma de los
poemas de Pavese y en la edición de su Diario.
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El suicidio de Pavese en 1950, tras una de sus
frecuentes crisis, fue la comidilla del momento. Pero la casi inmediata
publicación de su poemario Vendrá la muerte y tendrá
tus ojos -y esto es algo que en nuestros días resulta difícil
de entender- fue interpretada por algunos como una acción maliciosa.
En una carta fechada el 22 de junio de 1951, Calvino se encarga de despejar
dudas: Pavese había dejado el manuscrito «perfectamente
ordenado en la mesa de su despacho», con el citado título
escrito de su puño y letra. «Por consideración a
algunas personas que han tenido que ver con su vida íntima»,
advierte, «la editorial hará algunos cortes en el Diario
del poeta»: «En la vida privada de los escritores no se
va a curiosear o a fruncir la nariz, sino a estudiar y respetar un testimonio
de vida». Él preparó también el volumen correspondiente
a la poesía editada e inédita para las obras completas
de Pavese, redactando notas informativas y exegéticas. «He
mirado todos los manuscritos», escribe en 1962 a Augusto Monti,
el hombre que más influyó en la concepción literaria
y política de Pavese. «Muchas veces en estos días
habría querido hablarte o consultarte», le escribe.
La historia de la literatura puede verse también
como un proceso ininterrumpido de transmisión de afinidades,
lealtades, pasiones. Calvino culmina una porción de esa historia
de lealtades y pasiones. Pasión, en este caso, por un arte y
una literatura, en cuya esfera se debían mantener vivas la noción
y la práctica de libertad. Lealtad, a una tradición cultural
que siempre fue objeto de orgullo; también a cierta idea del
intelectual como un guía de calidad. Esto último fue particularmente
importante durante las dos décadas de fascismo, cuyos jefes proclamaban
como el depositario y heredero del genio nacional. En este clima tuvo
lugar la formulación de una «moral de compromiso»,
inculcada por Monti, en el liceo Massimo D'Azeglio, difundida por Pavese,
y de Pavese a Calvino. «Enunciar una moral de compromiso, una
libertad en la responsabilidad (...) me parece la única moral,
la única libertad posible», propone éste en una
carta de 1947.
Como se dice, Pavese, primero en la distancia,
luego en la amistad, ejerció sobre Calvino una influencia trascendental.
Su generación, enredada en el drama de la incertidumbre, «aburrida
pero por pureza y vacío a su alrededor», como dijera Calvino,
tuvo su violoncello en la poesía de Pavese. Pavese leía
primero que nadie cada cosa que escribía. Lo trató a diario
y en toda clase de situaciones. En 1960, cuando un grupo de amigos llegó
a Turín a rodar un documental sobre la ciudad del poeta, Calvino
los llevó a conocer los lugares adonde iban juntos: el Po, las
hosterías, la colina. Su primer cuento fue publicado por recomendación
de Pavese, pero un retraso lo hizo salir a la luz hasta 1946 -entre
tanto, Vittorini había publicado otro relato de Calvino en su
semanario Il Politecnico. Su vinculación a Einaudi de alguna
manera también estuvo ligada con el regreso de Pavese a Turín.
El 24 de noviembre de 1949, Pavese anotó en su Diario: «Di
consejos, desde las alturas de la edad, al joven Calvino: me disculpé
por trabajar muy bien: también yo a tu edad estaba rezagado y
en crisis. ¿Alguien me dijo estas cosas cuando yo tenía
veinticinco años?». El tiempo no pasó en vano. Afinidades,
lealtades, pasiones y también cordiales rupturas. La regla y
la excepción. En la entrevista de Carlo Bo para L'Europeo, Calvino,
con la distancia en el ceño, acepta: «Me he alejado de
aquel clima en el que Pavese era el primer lector y juez de todo lo
que escribía».
CARTAS AMERICANAS
La carrera de Calvino fue atajada por una hemorragia cerebral. Le ocurrió
el 19 de septiembre de 1985, en el mismo instante en que la Ciudad de
México era desplomada por un terremoto, mientras descansaba en
el jardín de su casa en Pineta di Roccamare. Había llegado
allí para trabajar en las seis conferencias que debía
dictar en la cátedra de las «Charles Eliot Norton Poetry
Lectures», en la Universidad de Harvard. Italia recibió
la noticia «como si un príncipe bien amado hubiese muerto».
La mañana del viernes 20 de septiembre, pocas horas antes del
funeral de Calvino, la primera tormenta del equinoccio cayó sobre
la ciudad de Roma. La descripción proviene de los recuerdos de
Gore Vidal. «Me mantuve atento a los truenos y relámpagos;
y pensé que estaba, una vez más, en la segunda guerra
mundial». Vidal llegó a Italia como parte de las tropas
expedicionarias de los Estados Unidos que reconquistaron la mítica
Roma, la casa de los césares. Vidal fue uno de los «jefes»
del primer grupo de escritores norteamericanos que arribó a Roma
inmediatamente después de la guerra. Roma pasó a ser la
capital europea por excelencia para los norteamericanos. «Después
de la primera guerra mundial los escritores y artistas norteamericanos
emigraron a París; ahora se lanzan sobre Roma», escribió
Harold Acton.
El primer «encuentro» de Vidal y
Calvino, al que ya me referí, tuvo lugar justamente en 1948,
el anno mirabilis, el exacto punto medio entre el fin de la segunda
guerra mundial y el principio de lo que ya aparecía como una
larga guerra fría. Ese mismo año, Calvino visitó
a Hemingway.
Entre norteamericanos e italianos había
deudas recíprocas. Durante la época del fascismo, los
escritores italianos volvieron el rostro, como un nadador que busca
oxígeno, hacia la literatura de los Estados Unidos. Pavese escogió
la literatura norteamericana como campo de estudio y recibió
su título de letras con una tesis sobre Walt Whitman. Entre 1930
y 1935 tradujo a Melville, Sinclair Lewis, Dos Passos y Faulkner. A
finales de la década, Pavese y un grupo de seguidores americanisti
crearon su propia América: un mítico mundo no hollado
por la bota fascista. El contacto con aquella literatura, en palabras
de Pavese, les «ofreció el primer atisbo de libertad, la
primera sospecha de que no toda la cultura del mundo terminaba con el
fascismo». De hecho, Italia fue la primera gran caja de resonancia
de la literatura estadounidense en Europa.
Calvino se nutrió con estos destellos.
«América [léase Estados Unidos] era como una gigantesca
alegoría de nuestros problemas», dijo en una conferencia
en la Universidad de Columbia, Nueva York. Para entonces, Calvino iba
en camino de convertirse en un frecuente conferenciante de universidades
norteamericanas. Entre 1959 y 1960, por casi seis meses, escribió
un Diario norteamericano salpicado de anglicismos que -valga
la palabra- le dan cierto aire snob. Este Diario -incluido por Esther
Calvino en el volumen Ermitaño en París- es en realidad
una serie de cartas con anotaciones de viaje escritas para sus amigos
y compañeros de la editorial; a través de sus contactos
con John Barth estableció relación y seguimiento de la
neovanguardia norteamericana (Donald Barthelme y Thomas Pynchon); reconoció
a Heming-way como uno de sus primeros modelos y a Poe como el autor
que más influyó en su literatura. En sus libros Cosmicómicas
y Tiempo cero hay relatos que se desarrollan en un ambiente con
evocaciones neoyorquinas. Viajando al sur y del este al oeste con una
subvención de la Fundación Ford, Calvino nunca llegó
a sentirse tan bien en Estados Unidos como en la más cosmopolita
de sus ciudades. A semejanza de Stendhal, habría querido que
en su tumba se inscribiera: «neoyorquino». Sin duda estamos
ante otro, si no el último, de la banda de los grandes americanisti.
En 1984, el mundillo
cultural estadounidense le otorgó a Calvino una distinción:
convertirlo en el primer italiano invitado a pronunciar una serie de
seis lecciones durante el año académico en Harvard. No
creo extralimitarme si digo que desde la espléndida universalidad
de sus Propuestas..., aquel era su gran tributo a su propia tradición
italiana y a su admiración por la pujante cultura estadounidense.
Calvino había completado cinco conferencias. Faltaba la sexta
que, de acuerdo con Esther Calvino, se habría referido a Bartleby,
el escribiente, de Melville. Calvino dejó el libro sin título
en italiano. «Tuvo que pensar primero el título en inglés»
-dice su esposa. Tenía la pretensión de dictar las conferencias
en inglés. Gore Vidal, quien estuvo con él en mayo de
1985, consideró esto como un gesto de valentía: aparte
de su lengua madre, Calvino hablaba perfectamente el español
y el francés, pero su inglés -dice- «era titubeante».
Una semana antes de volar a Estados Unidos sobrevino el derrame. Calvino
perdió el sentido. Pese a los esfuerzos médicos, ya no
volvió más en sí y murió.
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Al
conocer estos detalles es inevitable rememorar uno de los pasajes
del Orlando furioso de Ariosto. Sabemos por Ariosto -y por Calvino,
autor de una inmejorable narración en prosa del poema-
que las cosas que se pierden en la Tierra (la fama, las lágrimas,
los suspiros de los amantes, el tiempo desperdiciado) se encuentran
en los blancos parajes de la Luna. Allá ha ido a parar
el juicio de Orlando a causa de un amor, y ha dejado abandonado
a su rey cercado detrás de las murallas de París.
Al final del poema, el héroe Astolfo viaja hasta la Luna
en busca del juicio de Orlando, y lo encuentra, por fin, depositado
en una ampolla, más grande y pesada que las demás.
«Si la razón de los hombres se conserva aquí
arriba, quiere decir que en la Tierra no queda sino la locura»,
reflexiona Calvino... y Ariosto.
En este punto, las personalidades del
sabio Ludovico, secretario del cardenal Ippolito d'Este, y Calvino
se superponen en una cósmica disolvencia. Observando las
glorias guerreras y los dolores y penurias de la Italia del siglo
XVI, intentando coger el rabo de Ariosto, Calvino se preguntó:
«¿Quién es este poeta que sufre por lo que
el mundo es y por lo que no es y podría ser, y sin embargo
lo representa como un espectáculo multicolor y multiforme
que se ha de contemplar con irónica sabiduría?».
Respondamos: Ítalo Calvino, bien podría ser ese
su nombre.
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-San
Salvador, agosto de 1997
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