Alberto Manguel,
nacido en Buenos Aires en 1948, es un auténtico animal literario
que sólo ahora, en Francia, en un presbiterio abandonado, podrá
ver por fin reunida su biblioteca de 50.000 volúmenes. Trotamundos,
ha vivido en Italia, Inglaterra, Francia, Tahití y Canadá,
país del que se hizo ciudadano en 1985. Pero son los años
de niño que pasó en Israel, donde su padre fue embajador
de Juan Domingo Perón, y la época, en Buenos Aires, en
que como asistente de la librería Pygmalien les quitaba el polvo
a los libros, donde su curiosidad de lector se volvió insaciable.
Jorge Luis Borges lo ascendió a lector honorario en voz alta
de su ilimitada biblioteca de libros ingleses y su sangre judía
le infundió esa sagacidad con que los cabalistas vuelven una
y otra vez sobre los mismos versículos, tan herméticos
como transparentes.
De allí han salido, en primer lugar, dos recopilaciones
claves: la Breve guía de lugares imaginarios (Madrid, Alianza
Editorial, 1992), compilada en asocio con Gianni Guadalupi. Se trata
del auténtico mapamundi de la utopía. De aquellos lugares
que de Francis Bacon a Ítalo Calvino y de Anatole France a John
Ronald Tolkien han dilatado las estrechas fronteras de nuestra mente.
En este sugestivo volumen, pletórico de mapas y grabados, la
erudición cumple a cabalidad su razón de ser: convertirse
en un auxiliar indispensable para fabricar ficciones. Es, además,
un libro que incita a complementarlo, por su cada vez mayor número
de lectores. Hace falta, por ejemplo, la Santa María de Juan
Carlos Onetti, fundada así por este párrafo magistral
del gruñón montevideano:
«Es fácil dibujar un mapa del lugar y
un plano de Santa María, además de darle nombre; pero
hay que poner una luz especial en cada casa de negocio, en cada zaguán
y en cada esquina. Hay que darles una forma a las nubes bajas que derivan
sobre el campanario de la iglesia y las azoteas con balaustradas cremas
y rosas; hay que repartir mobiliarios disgustantes, hay que aceptar
lo que se odia, hay que acarrear gente, de no se sabe dónde,
para que habiten, ensucien, conmuevan, sean felices y malgasten. Y,
en el juego, tengo que darles cuerpos, necesidades de amor y dinero,
ambiciones disímiles y coincidentes, una fe nunca examinada en
la inmortalidad y en el merecimiento de la inmortalidad; tengo que darles
capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles»
(Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres, Madrid, Revista de Occidente,
1969, pp. 157-158).
Dios, por boca de su amanuense Juan Carlos Onetti,
ha dado así origen al mundo y a las diversas máscaras
que lo poblarán, inagotables: el médico Díaz Grey,
Larsen, Brausen, etcétera.
La otra recopilación de Manguel se titula Las
puertas del paraíso. Antología del relato erótico
(Madrid, Alianza Editorial, 1999). Balzac, Kawabata, Doris Lessing,
Anaïs Nin y André Peyère de Mandiargues integran,
entre otros, esta selección de 22 cuentos, sugestivos literariamente
y originales, muchos de ellos, en la renovación del secular tópico,
cargándola de nuevas energías. Decir lo no dicho. Asomarse
a lo prohibido, descorrer la cortina de lo secularmente reprimido: la
literatura es una forma de explorar nuestra piel y nuestra psique.
Lo intenta la argentina Liliana Heker con el incesto
entre madre e hija. Por su parte, la británica Ángela
Carter nos revela cómo era el alma y cómo era el cuerpo
de la amante de Baudelaire, la mulata Juana Duval. Y la birmana Wendy
Law-Yone nos describe el recurrente enfrentamiento entre Oriente y Occidente
por medio del soldado norteamericano herido e inerte al cual la muchacha
oriental cuida, lava y le extrae el semen, en un compasivo ritual previo
al olvido. La literatura busca cruzar así esa puerta ambigua
que va del sueño a la realidad y del tacto a la vigilia imaginativa.
¿Será real el visitante que la canadiense Gloria Sawai
acoge en sus páginas? Su título ya parece sugerirnos un
otro mundo: «El día que estuve sentada con Jesús
en la terraza y vino el viento, me abrió el kimono y él
me vio los pechos».
Robert Coover nos revela la relación que la
película Casablanca emite. Ilsa y Rick Blaine son quizás
lo que Ingrid Bergman y Humphrey Bogart desearon y no se atrevieron
a hacer. Finalmente dos tour de force: James Baldwin recrea con delicada
intensidad un encuentro gay y Harold Brodskey muestra la llegada al
orgasmo, por fin, de una universitaria rica de Harvard, en dos pequeñas
obras maestras de comprensión emotiva y sensibilidad adulta.
El erotismo, en esa conjunción llameante de escritura reflexiva
y lectura participativa, se ha convertido en inteligencia sobre nosotros
mismos. El gozo y disfrute. Renueva, además, nuestros consabidos
puntos de referencia (D.H. Lawrence, Henry Miller, Georges Bataille),
dándonos un panorama fresco de la ficción actual. La poesía
de la pasión nos abre literalmente las puertas del paraíso.
Puertas de asombro, de perturbación inquietante y de miradas
que no se limitan a lo consabido. Estos 22 textos también trazan
una nueva carta de navegación: aquella con que los cuerpos se
orientan, en los cinco continentes, en pos de esa dicha tan plena como
evasiva que sólo la ficción es capaz de fijar en su ambigüedad
siempre subversiva.
Luego de su apasionada y erudita Una historia de la
lectura (Bogotá, Norma, 1999), que merece un ensayo exhaustivo,
se publica ahora en español su novela Noticias del extranjero.
El lector por excelencia condesciende a los riesgos de la escritura.
¿Cuál es el resultado? Un texto desconcertadamente tranquilo.
La historia de un padre que ama y ve crecer a su hija y se ve obligado
a revelarle la forma como él, capitán retirado del ejército
francés, contribuyó a la represión en la Argentina.
Por tal motivo su madre entra en una catatónica mudez de animal
gordo y vegetativo y consintió, de alguna manera, en morir, en
una explosión de fuego redentor, perpetrado por un grupo de izquierda
amigo de la muchacha de la casa.
Vengan así, en Canadá, los desmanes
de esa sucia guerra, con sus irrupciones brutales, sus torturas y sus
desaparecidos. Con las incancelables memorias que no olvidarán
nunca y que ni siquiera con estos juicios tardíos, con estas
ejecuciones por mano propia, encontrarán alivio.