Un auténtico animal literario
Noticias del extranjero
Alberto Manguel
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2001 (227 pp.)

 

Alberto Manguel, nacido en Buenos Aires en 1948, es un auténtico animal literario que sólo ahora, en Francia, en un presbiterio abandonado, podrá ver por fin reunida su biblioteca de 50.000 volúmenes. Trotamundos, ha vivido en Italia, Inglaterra, Francia, Tahití y Canadá, país del que se hizo ciudadano en 1985. Pero son los años de niño que pasó en Israel, donde su padre fue embajador de Juan Domingo Perón, y la época, en Buenos Aires, en que como asistente de la librería Pygmalien les quitaba el polvo a los libros, donde su curiosidad de lector se volvió insaciable. Jorge Luis Borges lo ascendió a lector honorario en voz alta de su ilimitada biblioteca de libros ingleses y su sangre judía le infundió esa sagacidad con que los cabalistas vuelven una y otra vez sobre los mismos versículos, tan herméticos como transparentes.
    De allí han salido, en primer lugar, dos recopilaciones claves: la Breve guía de lugares imaginarios (Madrid, Alianza Editorial, 1992), compilada en asocio con Gianni Guadalupi. Se trata del auténtico mapamundi de la utopía. De aquellos lugares que de Francis Bacon a Ítalo Calvino y de Anatole France a John Ronald Tolkien han dilatado las estrechas fronteras de nuestra mente. En este sugestivo volumen, pletórico de mapas y grabados, la erudición cumple a cabalidad su razón de ser: convertirse en un auxiliar indispensable para fabricar ficciones. Es, además, un libro que incita a complementarlo, por su cada vez mayor número de lectores. Hace falta, por ejemplo, la Santa María de Juan Carlos Onetti, fundada así por este párrafo magistral del gruñón montevideano:
   «Es fácil dibujar un mapa del lugar y un plano de Santa María, además de darle nombre; pero hay que poner una luz especial en cada casa de negocio, en cada zaguán y en cada esquina. Hay que darles una forma a las nubes bajas que derivan sobre el campanario de la iglesia y las azoteas con balaustradas cremas y rosas; hay que repartir mobiliarios disgustantes, hay que aceptar lo que se odia, hay que acarrear gente, de no se sabe dónde, para que habiten, ensucien, conmuevan, sean felices y malgasten. Y, en el juego, tengo que darles cuerpos, necesidades de amor y dinero, ambiciones disímiles y coincidentes, una fe nunca examinada en la inmortalidad y en el merecimiento de la inmortalidad; tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles» (Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres, Madrid, Revista de Occidente, 1969, pp. 157-158).
   Dios, por boca de su amanuense Juan Carlos Onetti, ha dado así origen al mundo y a las diversas máscaras que lo poblarán, inagotables: el médico Díaz Grey, Larsen, Brausen, etcétera.
   La otra recopilación de Manguel se titula Las puertas del paraíso. Antología del relato erótico (Madrid, Alianza Editorial, 1999). Balzac, Kawabata, Doris Lessing, Anaïs Nin y André Peyère de Mandiargues integran, entre otros, esta selección de 22 cuentos, sugestivos literariamente y originales, muchos de ellos, en la renovación del secular tópico, cargándola de nuevas energías. Decir lo no dicho. Asomarse a lo prohibido, descorrer la cortina de lo secularmente reprimido: la literatura es una forma de explorar nuestra piel y nuestra psique.
   Lo intenta la argentina Liliana Heker con el incesto entre madre e hija. Por su parte, la británica Ángela Carter nos revela cómo era el alma y cómo era el cuerpo de la amante de Baudelaire, la mulata Juana Duval. Y la birmana Wendy Law-Yone nos describe el recurrente enfrentamiento entre Oriente y Occidente por medio del soldado norteamericano herido e inerte al cual la muchacha oriental cuida, lava y le extrae el semen, en un compasivo ritual previo al olvido. La literatura busca cruzar así esa puerta ambigua que va del sueño a la realidad y del tacto a la vigilia imaginativa. ¿Será real el visitante que la canadiense Gloria Sawai acoge en sus páginas? Su título ya parece sugerirnos un otro mundo: «El día que estuve sentada con Jesús en la terraza y vino el viento, me abrió el kimono y él me vio los pechos».
   Robert Coover nos revela la relación que la película Casablanca emite. Ilsa y Rick Blaine son quizás lo que Ingrid Bergman y Humphrey Bogart desearon y no se atrevieron a hacer. Finalmente dos tour de force: James Baldwin recrea con delicada intensidad un encuentro gay y Harold Brodskey muestra la llegada al orgasmo, por fin, de una universitaria rica de Harvard, en dos pequeñas obras maestras de comprensión emotiva y sensibilidad adulta. El erotismo, en esa conjunción llameante de escritura reflexiva y lectura participativa, se ha convertido en inteligencia sobre nosotros mismos. El gozo y disfrute. Renueva, además, nuestros consabidos puntos de referencia (D.H. Lawrence, Henry Miller, Georges Bataille), dándonos un panorama fresco de la ficción actual. La poesía de la pasión nos abre literalmente las puertas del paraíso. Puertas de asombro, de perturbación inquietante y de miradas que no se limitan a lo consabido. Estos 22 textos también trazan una nueva carta de navegación: aquella con que los cuerpos se orientan, en los cinco continentes, en pos de esa dicha tan plena como evasiva que sólo la ficción es capaz de fijar en su ambigüedad siempre subversiva.
   Luego de su apasionada y erudita Una historia de la lectura (Bogotá, Norma, 1999), que merece un ensayo exhaustivo, se publica ahora en español su novela Noticias del extranjero. El lector por excelencia condesciende a los riesgos de la escritura. ¿Cuál es el resultado? Un texto desconcertadamente tranquilo. La historia de un padre que ama y ve crecer a su hija y se ve obligado a revelarle la forma como él, capitán retirado del ejército francés, contribuyó a la represión en la Argentina. Por tal motivo su madre entra en una catatónica mudez de animal gordo y vegetativo y consintió, de alguna manera, en morir, en una explosión de fuego redentor, perpetrado por un grupo de izquierda amigo de la muchacha de la casa.
   Vengan así, en Canadá, los desmanes de esa sucia guerra, con sus irrupciones brutales, sus torturas y sus desaparecidos. Con las incancelables memorias que no olvidarán nunca y que ni siquiera con estos juicios tardíos, con estas ejecuciones por mano propia, encontrarán alivio.

   En la novela se analiza la relación perturbadora entre el mal y la inocencia. Entre esa madre vivaz que en Argelia, París o Buenos Aires acumula las imágenes fotográficas que constituyen su vida, y a la vez nos va dando, en la enamorada pasividad con que aguarda a su amado capitán, siempre en misiones que parecen tan anodina-mente burocráticas como las que Hannah Arendt describió con el título que afrenta a nuestro siglo, La banalidad del mal, atisbos estremecedores de una violencia fría y, en últimas, casi impersonal.
   La novela se nos va dando así, a través de la voz de dos mujeres, hija y madre, con el incisivo rigor cuestionador con que la niña descubre el mundo y con la plácida remembranza con que una mujer revive las escenas cruciales de su existir.
   Detrás de todo ello alienta un entramado de debates teológicos, figuras claves de la historia contemporánea (De Gaulle, Perón, Evita y López Rega), y el sorprendernos todavía al saber cómo el rostro de tal capitán exterminador fue dibujado por Cocteau y apreciaba intensamente un grabado de Durero.
   Antoine Berence encarna así las trágicas dualidades de un orden que para subsistir se ha vuelto represivo y mutilador, que ha convertido la tortura en algo «ordenado, distante, meticuloso» (p. 224) que lo llevará, inexorablemente, a vivir en una esquizofrenia permanente. Por un lado arte, cultura, sensibilidad artística, aparente apacible vida hogareña; por el otro, los fantasmas hirvientes del horror y la violencia, transitoriamente sumergidos, pero que retornarán en el no rotundo de la hija, rechazando de plano todo ese falso deber ser que a lo largo de la historia, en Argelia como en Argentina, castró, ahogó, mutiló y cercenó, buscando ajustar a la preconcebida idea de una Arcadia utópica, un mundo ideal y por ende irrealizable. Son las exigencias de los hombres y mujeres individuales, cada día, las que terminarán por moldear el futuro. No los delirios mesiánicos con que los dictadores latinoamericanos inventaron antes la globalización ordenando asesinar ministros en Washington o generales en Buenos Aires para acabar con proyectos de reforma social en Santiago de Chile.
   Esta convivencia de error y dulzura que el libro modula con supremo equilibrio está acompañada, además, por otras virtudes. El lograr compaginar dentro de esta relación central padre-hija, sol y astro que refleja su luz, un bien tejido marco de alusiones culturales, de Masaccio a Andre Breton, de Victor Hugo a Chateubriand o Renan, que contrasta con la brutalidad afrentosa con que el propio protagonista desenmascara a sus cómplices y al mundo en que ejerció tan inicuo oficio:
   «Los militares eran una manada de ignorantes chapuceros, pero los guerrilleros también. Reclutas de escuela secundaria, Clive, que peleaban contra los campesinos con ideales de clase alta. Pequeños ejércitos de boy scouts contra idiotas de pueblo uniformados» (p. 75).
   Argelia, Indochina, Argentina. El doctor Bencherif: «Su ocupación consistía en arrancarles a las mujeres argelinas los niños bastardos de soldados franceses» (p. 102). Algo que también hemos visto, con recurrente simetría, en la Bosnia de hoy en día. En tantos puntos negros de un planeta aquejado por los fanatismos de todo tipo y las matanzas étnicas, sin misericordia alguna, llámese Europa, África, Asia, América, Oceanía.
   «La tragedia es que no hay soluciones. Nosotros estamos acá, los colons están acá, los árabes están acá, al igual que la tierra y la arena están acá. Incluso si nos fuéramos no cambiaría nada. Otros ofrecerían otras versiones de la realidad. Y seguiría habiendo niños de ocho años revisando la basura junto con los gatos» (p. 112).
   La incomprensión entre árabes y europeos que llevaría a considerar a Albert Camus como sólo «ese pretencioso periodista de Orán», se reirá con el capitán Casares (¿qué diría Bioy de semejante bestia con su mismo apellido?) a cuya esposa, en la Argentina, «Una vez él la había atrapado leyendo un libro de poemas del poeta comunista Neruda y le había prendido fuego a toda la biblioteca» (p. 175). Aquí y allá, en el viejo como en el Nuevo Mundo, en la civilización como en la barbarie, la misma recurrente animalidad obtusa. Y la necesidad de superar esas sangrientas incongruencias con el relámpago revelador del humor o con la desatada capacidad con que el lenguaje vence la lógica y nos trae el hálito refrescante de los sueños recreados en estatus nascendi: una jocosa fiesta diplomática donde los animales, ¡horror!, hablan como hombres. O el veloz vértigo creativo con que Marianne, la madre, con sus amigos del grupo de teatro, hace patente la capacidad reveladora del lenguaje libre de toda restricción, y fluyendo con plena autonomía. El arte vence la mordaza de la mudez y nos otorga un atisbo de humanidad. Las palabras que se internan dubitativas, dulces y piadosas, para tratar de cercar lo indecible y permitirnos habitar en esa comarca donde instinto, emoción y sentimiento, comienzan a forjar un nuevo lenguaje. El lenguaje con que este lector voraz, Manuel, encontró su secreta palabra, casi incomunicable pero cada día más necesaria:
   «Lo que no entiendo es cómo puede hacerse. ¿Cómo alguien realmente puede sostener a un ser humano vivo en las manos y deliberadamente causar dolor a ese ser. Quiero decir, elegir con deliberación un instrumento para cortarlo, amoratarlo, quemarlo, dedicarse con deliberación a pensar métodos que lo dañen, guiar los pensamientos hacia la carne. Quiero decir, si se ha abrazado a otra persona, otra mano extraordinaria con sus hermosos dedos o una cabeza, si una vez se ha tenido una cabeza contra el hombro, con el pelo y los ojos y la lengua, ¿cómo alguien puede deliberadamente hacer que sangre? ¿Cómo se la puede lastimar? ¿Cómo?» (pp. 198-199).

- Juan Gustavo Cobo Borda


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