Un historiador
colombiano de ascendencia alemana, que desde hace años trabaja
en Estados Unidos como profesor de historia, se ve envuelto de repente
en un drama familiar. Una mañana de junio de 1998, su hermana
Ulla lo llama desde Houston para contarle que han secuestrado a su esposo
-el petrolero norteamericano Iacoppo Gambini, «Jake»-, en
el Magdalena Medio colombiano, donde operaba su empresa. Su hermana
le pide que participe como mediador en la liberación de su esposo
y de esta manera Herbert «Tico» Braun regresa a Colombia,
después de casi diez años de ausencia, a negociar el rescate
de su cuñado con la guerrilla.
Por aquel entonces Braun se encontraba trabajando
sobre el movimiento estudiantil mexicano de 1968, a la manera de como
construyó el libro Mataron a Gaitán, una especie de historia
oral en la que se superponen las distintas versiones del suceso. Por
eso puede decir que lo que en verdad rondaba su cabeza aquella mañana
de junio era el fatídico 9 de abril de 1948, hasta donde proyecta
las raíces del secuestro de Jake: «La guerrilla prosperó
porque el partido liberal les dio la espalda a sus seguidores campesinos
y porque guardó silencio cuando los conservadores empezaron a
desmantelar de manera violenta todas las formas de organización
rural y liberal». Así, la vorágine de la violencia
colombiana saca al historiador de sus asuntos académicos para
arrojarlo al ojo del huracán.
Para realizar las gestiones con los secuestradores,
la familia Gambini contrata los servicios de una agencia norteamericana
especializada en asistir a sus clientes en estos trances. El agente
encargado, Nelson, se traslada a Bogotá y asiste a Braun en los
distintos contactos que se acuerdan con los captores. La puja por el
monto de dinero y las condiciones de la entrega son temas que suscitan
el suspenso, el tedio y la frustración en una negociación
de esta naturaleza. El secuestro, la adaptación, la estadía,
la negociación, el terror, la agonía, el regreso y la
vida -como rezan los títulos de los capítulos que integran
el libro- son las distintas fases que nos introducen en la técnica
de terror del secuestro, verdadero infierno que tienen que vivir la
víctima y sus familiares en medio de la indiferencia social -por
rutinario- de este flagelo.
Para Braun, el problema de enfrentar el asunto como
negociador e historiador al mismo tiempo le plantea serios inconvenientes
en el intento de construir el discurso sobre la violencia. Por esta
razón empieza a llevar un diario de las distintas etapas por
las que atraviesa la negociación (el diario de Tico), pero para
evitar el riesgo de ser parcial va introduciendo la voz de los distintos
actores del conflicto social, con el propósito de brindar un
mapa fidedigno de la situación colombiana y de la dramática
situación del secuestro como agente de financiación de
la lucha guerrillera en nuestro país.
«Jake solía decir que nadie tenía
motivos para guardarle rencor [...] Pero esto no tenía nada que
ver con el rencor. Los guerrilleros tenían razones de sobra para
secuestrarlo. Él era patrón. Otras personas trabajaban
para él, y era gracias a su trabajo que se había enriquecido.
Tratar bien a los trabajadores no cambiaría las cosas. Esto no
significaba nada para la guerrilla. Jake era un capitalista» (del
diario de Tico).
Ya se encuentre en Charlottesville, donde reside,
o en Bogotá, adonde tiene que desplazarse para llevar a cabo
las negociaciones, el autor está leyendo permanentemente los
periódicos y revistas colombianos y norteamericanos, recortando
notas de interés y haciendo comentarios que trazan la trama de
la vida nacional. El epígrafe mismo del libro es una cita de
«Tirofijo» hablando de la montaña metafísica
que se interpone entre las gentes de la ciudad y las del monte, baluarte
de su mutuo desconocimiento y de su mutuo recelo.
Ahora bien, el texto original en inglés lleva
por título Our Guerrillas, Our Sidewalks. A Journey into the
Violence of Colombia (1994) (Nuestras guerrillas, nuestros andenes.
Un viaje a la violencia de Colombia). Guerrilla y andenes; qué
curiosa relación, pero también qué reveladora afinidad
de fenómenos que nos hablan de un país donde no se puede
transitar libremente, ni aun en las mismas ciudades que tanto se afanan
por definirse como territorios de la democracia, en donde tanto el compromiso
como la desidia ciudadanos son los responsables en gran medida del estado
de los andenes y de la fisonomía, el ritmo y el espíritu
de la ciudad y del país en general.
El padre de Braun había venido a Colombia a
trabajar como administrador de la ferretería de otro alemán,
y de él seguramente escuchó el hijo aquel dicho que rezaba
así: «Die Stadtlauf macht frei» («El aire de
la ciudad nos hace libres»), antiguo refrán conocido en
Hamburgo, la ciudad natal del padre de Braun y una de las primeras ciudades
libres de Europa. Pero «los alemanes decían que aquí
los andenes no estaban hechos para caminar» [...] «En alemán
se usa la palabra Bürgersteig para designar el andén. Steig:
un escalón arriba de la calle, del barro, cuidadosamente construido,
parejo y predecible. Hecho para caminar el Bürger, el "ciudadano".
La libertad de la ciudadanía, todos nosotros ciudadanos iguales
ante la ley, caminando juntos, adelantándonos cómodamente
unos a otros en nuestros andenes. Los andenes nos unen. Son un signo
de nacionalidad, incluso de civilización». [...] «Pero
en Bogotá nadie sabe con seguridad si los andenes son públicos
o privados. No somos dueños de los andenes frente a nuestras
casas o nuestros almacenes, pues le pertenecen al gobierno o a la nación.
Si el gobierno no los construye, los construimos nosotros. Es como si
consideráramos que el andén es una extensión de
nuestra casa y un reflejo de lo que somos». El andén como
espacio público prácticamente no existe entre nosotros:
parqueadero de autos, lugar para los escombros y las basuras, escenario
del comercio informal y dormitorio de indigentes donde el desnivel y
la fractura del terreno son casi siempre la regla. Su ausencia, o el
mal estado de los andenes existentes, marca la pauta de la democracia
formal que reina en Colombia: una democracia que no «anda»
por esa misma razón, porque los ciudadanos no pueden compartir
el espacio público, viéndose confinados entonces a los
espacios cerrados, privados y vigilados.
Uno de los fenómenos que depravaron radicalmente
la lucha guerrillera en el mundo entero fue la pérdida del apoyo
internacional de las potencias comunistas, que tuvo en la caída
del muro de Berlín su acto simbólico final. Pero incluso
desde antes, los ejércitos y los movimientos insurgentes se vieron
tentados a participar de los negocios ilegales para sostener sus tropas
y sus acciones. Las drogas ilícitas y el tráfico de armas
fueron el paliativo que encontraron más a la mano y así
entraron en alianzas económicas que deformaron sus ya endebles
bases ideológicas y políticas, hasta llegar a una situación
como la actual, donde el contubernio de la guerrilla con los «narcos»
ha resultado una mezcla explosiva para la sociedad colombiana. Entre
sus prioridades económicas ha estado también el secuestro
extorsivo, que ha cobrado en nuestro país una intensidad tenebrosa.
En 1998, cuando salió al mercado este libro, fueron secuestradas
más de 2.500 personas, muchas más de las mil de 1988,
año en que sucede el secuestro de «Jake». Y las cifras
siguen subiendo alarmantemente, aunque hay familias que se niegan a
notificar los plagios a las autoridades de policía. El secuestro
y la negociación de Jake Gambini pertenecen a estos últimos,
ya que la familia prefirió la asesoría privada a la intervención
de la fuerza pública en su liberación.
En la indagación que efectúa Braun sobre
los móviles del secuestro en Colombia, encuentra un punto de
apoyo en el modelo económico imperante en el país: «Capitalismo
salvaje. Eso es. Estas dos palabras lo encierran todo y me dicen todo
lo que necesito saber sobre Colombia. Es casi como una revelación.
Puedo ver cómo el mercado ha sido un desastre en Colombia, porque
ha vuelto con tal fuerza; lo puedo ver en las calles, a mi alrededor,
por todas partes... La tragedia es que "existe el capitalismo pero
sin su ética correspondiente de responsabilidad individual".
Se trata de un capitalismo salvaje... "Se trata de la libertad
de empresa sin la igualdad ciudadana"», concluye el autor
citando a Salomón Kalmanovitz. Con esto quiere desmentir un prejuicio
que han puesto a circular nuestras propias élites para quitarse
de encima toda responsabilidad en el asunto de la violencia y de las
desigualdades sociales: «Donde quiera que fuera, leyera lo que
leyera, todo me decía una y otra vez que el pueblo colombiano
es perverso, violento. Sencillamente nos decían que esa era su
forma de ser. Mi instinto siempre me dijo que eso no era así.
No podía ser». Esta reflexión parece muy pertinente
viniendo de un alemán, ellos que tienen tanto que decirnos de
expiación nacional. Pero Braun lo hace además como colombiano,
para concluir de modo tajante: «El capitalismo salvaje y los secuestros
son las dos caras de una misma moneda».
En El rescate caminamos junto a Tico Braun por las
calles de Bogotá, leemos los periódicos, escuchamos la
voz de los intelectuales, políticos, militares, narcos y escuadrones
de la muerte. Estamos junto a él durante las negociaciones con
la guerrilla, en una serie de tensas conversaciones telefónicas
tomadas en habitaciones de hotel. Vemos cara a cara a la guerrilla con
sus ideales y su desesperación de hombres y mujeres viviendo
en la soledad alejada del país, luchando durante años
con un enemigo que se esconde en las ciudades. Asistimos a la anatomía
de un secuestro en el tablero de un complejo ajedrez donde se juega
con la vida humana. La idea de la guerrilla es hacerle pagar al secuestrado
por lo menos la mitad de su patrimonio a la causa revolucionaria, como
indemnización por la plusvalía extraída en una
vida de empresa capitalista. Pero cómo se ha depravado todo en
el escaso lapso de una década. Ahora la delincuencia le vende
a la guerrilla los secuestrados que logre capturar para que ella los
negocie. Comunismo con rostro de gángster, como dijo recientemente
un corresponsal extranjero.