Anatomía de un secuestro
El rescate. Diario de una negociación con la guerrilla
Herbert Braun
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1998 (336 pp.)

 

Un historiador colombiano de ascendencia alemana, que desde hace años trabaja en Estados Unidos como profesor de historia, se ve envuelto de repente en un drama familiar. Una mañana de junio de 1998, su hermana Ulla lo llama desde Houston para contarle que han secuestrado a su esposo -el petrolero norteamericano Iacoppo Gambini, «Jake»-, en el Magdalena Medio colombiano, donde operaba su empresa. Su hermana le pide que participe como mediador en la liberación de su esposo y de esta manera Herbert «Tico» Braun regresa a Colombia, después de casi diez años de ausencia, a negociar el rescate de su cuñado con la guerrilla.
   Por aquel entonces Braun se encontraba trabajando sobre el movimiento estudiantil mexicano de 1968, a la manera de como construyó el libro Mataron a Gaitán, una especie de historia oral en la que se superponen las distintas versiones del suceso. Por eso puede decir que lo que en verdad rondaba su cabeza aquella mañana de junio era el fatídico 9 de abril de 1948, hasta donde proyecta las raíces del secuestro de Jake: «La guerrilla prosperó porque el partido liberal les dio la espalda a sus seguidores campesinos y porque guardó silencio cuando los conservadores empezaron a desmantelar de manera violenta todas las formas de organización rural y liberal». Así, la vorágine de la violencia colombiana saca al historiador de sus asuntos académicos para arrojarlo al ojo del huracán.
   Para realizar las gestiones con los secuestradores, la familia Gambini contrata los servicios de una agencia norteamericana especializada en asistir a sus clientes en estos trances. El agente encargado, Nelson, se traslada a Bogotá y asiste a Braun en los distintos contactos que se acuerdan con los captores. La puja por el monto de dinero y las condiciones de la entrega son temas que suscitan el suspenso, el tedio y la frustración en una negociación de esta naturaleza. El secuestro, la adaptación, la estadía, la negociación, el terror, la agonía, el regreso y la vida -como rezan los títulos de los capítulos que integran el libro- son las distintas fases que nos introducen en la técnica de terror del secuestro, verdadero infierno que tienen que vivir la víctima y sus familiares en medio de la indiferencia social -por rutinario- de este flagelo.
   Para Braun, el problema de enfrentar el asunto como negociador e historiador al mismo tiempo le plantea serios inconvenientes en el intento de construir el discurso sobre la violencia. Por esta razón empieza a llevar un diario de las distintas etapas por las que atraviesa la negociación (el diario de Tico), pero para evitar el riesgo de ser parcial va introduciendo la voz de los distintos actores del conflicto social, con el propósito de brindar un mapa fidedigno de la situación colombiana y de la dramática situación del secuestro como agente de financiación de la lucha guerrillera en nuestro país.
   «Jake solía decir que nadie tenía motivos para guardarle rencor [...] Pero esto no tenía nada que ver con el rencor. Los guerrilleros tenían razones de sobra para secuestrarlo. Él era patrón. Otras personas trabajaban para él, y era gracias a su trabajo que se había enriquecido. Tratar bien a los trabajadores no cambiaría las cosas. Esto no significaba nada para la guerrilla. Jake era un capitalista» (del diario de Tico).
   Ya se encuentre en Charlottesville, donde reside, o en Bogotá, adonde tiene que desplazarse para llevar a cabo las negociaciones, el autor está leyendo permanentemente los periódicos y revistas colombianos y norteamericanos, recortando notas de interés y haciendo comentarios que trazan la trama de la vida nacional. El epígrafe mismo del libro es una cita de «Tirofijo» hablando de la montaña metafísica que se interpone entre las gentes de la ciudad y las del monte, baluarte de su mutuo desconocimiento y de su mutuo recelo.
   Ahora bien, el texto original en inglés lleva por título Our Guerrillas, Our Sidewalks. A Journey into the Violence of Colombia (1994) (Nuestras guerrillas, nuestros andenes. Un viaje a la violencia de Colombia). Guerrilla y andenes; qué curiosa relación, pero también qué reveladora afinidad de fenómenos que nos hablan de un país donde no se puede transitar libremente, ni aun en las mismas ciudades que tanto se afanan por definirse como territorios de la democracia, en donde tanto el compromiso como la desidia ciudadanos son los responsables en gran medida del estado de los andenes y de la fisonomía, el ritmo y el espíritu de la ciudad y del país en general.
   El padre de Braun había venido a Colombia a trabajar como administrador de la ferretería de otro alemán, y de él seguramente escuchó el hijo aquel dicho que rezaba así: «Die Stadtlauf macht frei» («El aire de la ciudad nos hace libres»), antiguo refrán conocido en Hamburgo, la ciudad natal del padre de Braun y una de las primeras ciudades libres de Europa. Pero «los alemanes decían que aquí los andenes no estaban hechos para caminar» [...] «En alemán se usa la palabra Bürgersteig para designar el andén. Steig: un escalón arriba de la calle, del barro, cuidadosamente construido, parejo y predecible. Hecho para caminar el Bürger, el "ciudadano". La libertad de la ciudadanía, todos nosotros ciudadanos iguales ante la ley, caminando juntos, adelantándonos cómodamente unos a otros en nuestros andenes. Los andenes nos unen. Son un signo de nacionalidad, incluso de civilización». [...] «Pero en Bogotá nadie sabe con seguridad si los andenes son públicos o privados. No somos dueños de los andenes frente a nuestras casas o nuestros almacenes, pues le pertenecen al gobierno o a la nación. Si el gobierno no los construye, los construimos nosotros. Es como si consideráramos que el andén es una extensión de nuestra casa y un reflejo de lo que somos». El andén como espacio público prácticamente no existe entre nosotros: parqueadero de autos, lugar para los escombros y las basuras, escenario del comercio informal y dormitorio de indigentes donde el desnivel y la fractura del terreno son casi siempre la regla. Su ausencia, o el mal estado de los andenes existentes, marca la pauta de la democracia formal que reina en Colombia: una democracia que no «anda» por esa misma razón, porque los ciudadanos no pueden compartir el espacio público, viéndose confinados entonces a los espacios cerrados, privados y vigilados.
   Uno de los fenómenos que depravaron radicalmente la lucha guerrillera en el mundo entero fue la pérdida del apoyo internacional de las potencias comunistas, que tuvo en la caída del muro de Berlín su acto simbólico final. Pero incluso desde antes, los ejércitos y los movimientos insurgentes se vieron tentados a participar de los negocios ilegales para sostener sus tropas y sus acciones. Las drogas ilícitas y el tráfico de armas fueron el paliativo que encontraron más a la mano y así entraron en alianzas económicas que deformaron sus ya endebles bases ideológicas y políticas, hasta llegar a una situación como la actual, donde el contubernio de la guerrilla con los «narcos» ha resultado una mezcla explosiva para la sociedad colombiana. Entre sus prioridades económicas ha estado también el secuestro extorsivo, que ha cobrado en nuestro país una intensidad tenebrosa. En 1998, cuando salió al mercado este libro, fueron secuestradas más de 2.500 personas, muchas más de las mil de 1988, año en que sucede el secuestro de «Jake». Y las cifras siguen subiendo alarmantemente, aunque hay familias que se niegan a notificar los plagios a las autoridades de policía. El secuestro y la negociación de Jake Gambini pertenecen a estos últimos, ya que la familia prefirió la asesoría privada a la intervención de la fuerza pública en su liberación.
   En la indagación que efectúa Braun sobre los móviles del secuestro en Colombia, encuentra un punto de apoyo en el modelo económico imperante en el país: «Capitalismo salvaje. Eso es. Estas dos palabras lo encierran todo y me dicen todo lo que necesito saber sobre Colombia. Es casi como una revelación. Puedo ver cómo el mercado ha sido un desastre en Colombia, porque ha vuelto con tal fuerza; lo puedo ver en las calles, a mi alrededor, por todas partes... La tragedia es que "existe el capitalismo pero sin su ética correspondiente de responsabilidad individual". Se trata de un capitalismo salvaje... "Se trata de la libertad de empresa sin la igualdad ciudadana"», concluye el autor citando a Salomón Kalmanovitz. Con esto quiere desmentir un prejuicio que han puesto a circular nuestras propias élites para quitarse de encima toda responsabilidad en el asunto de la violencia y de las desigualdades sociales: «Donde quiera que fuera, leyera lo que leyera, todo me decía una y otra vez que el pueblo colombiano es perverso, violento. Sencillamente nos decían que esa era su forma de ser. Mi instinto siempre me dijo que eso no era así. No podía ser». Esta reflexión parece muy pertinente viniendo de un alemán, ellos que tienen tanto que decirnos de expiación nacional. Pero Braun lo hace además como colombiano, para concluir de modo tajante: «El capitalismo salvaje y los secuestros son las dos caras de una misma moneda».
   En El rescate caminamos junto a Tico Braun por las calles de Bogotá, leemos los periódicos, escuchamos la voz de los intelectuales, políticos, militares, narcos y escuadrones de la muerte. Estamos junto a él durante las negociaciones con la guerrilla, en una serie de tensas conversaciones telefónicas tomadas en habitaciones de hotel. Vemos cara a cara a la guerrilla con sus ideales y su desesperación de hombres y mujeres viviendo en la soledad alejada del país, luchando durante años con un enemigo que se esconde en las ciudades. Asistimos a la anatomía de un secuestro en el tablero de un complejo ajedrez donde se juega con la vida humana. La idea de la guerrilla es hacerle pagar al secuestrado por lo menos la mitad de su patrimonio a la causa revolucionaria, como indemnización por la plusvalía extraída en una vida de empresa capitalista. Pero cómo se ha depravado todo en el escaso lapso de una década. Ahora la delincuencia le vende a la guerrilla los secuestrados que logre capturar para que ella los negocie. Comunismo con rostro de gángster, como dijo recientemente un corresponsal extranjero.

   Pero las cosas marchan según su lógica perversa hasta cuando el secuestrado se rebela y empieza soterradamente una huelga de hambre que precipita las cosas. Dispuesto a dejarse morir, ya que no puede huir ni matarse, Jake Gambini pone en aprietos a sus secuestradores, a quienes no les queda otro remedio que precipitar su liberación. Si lo único que tienen para cobrar el rescate es el cuerpo de la víctima, éste se les quiere escurrir de entre las manos dejándose morir: «Sentía que usaban mi cuerpo como una mercancía. Ellos lo tienen a uno. "Si lo quieren de vuelta tienen que darnos dinero". Cuando pensaba en esto me sentía sucio. Me sentía violado. Eso está mal. Ellos parten de una base podrida. Esa gente que recibió la orden de agarrarme, ¿iba a manejar el país, o parte del país? No veo cómo pueden ser buenos para el país» (del diario de Jake).
   Se sabe que el tiempo es el principal desmoralizador de las familias de los secuestrados y el principal medio de ablande con que cuentan los secuestradores. Por esta razón la guerrilla está dispuesta a complacer hasta donde sea posible los deseos de sus víctimas para mantenerlos en buenas condiciones físicas y anímicas. A todo esto se niega el petrolero gringo, de quien recibe su familia como prueba de sobrevivencia una fotografía suya bastante demacrado. La negociación se acelera y termina arreglándose por una décima parte de lo que se pidió en un principio, tras lo cual Jake Gambini regresa a Estados Unidos y se liquida una empresa que empleaba a 300 personas.
   El libro tiene un buen ritmo, en donde se intercalan las noticias del secuestro con las observaciones que hace el autor sobre el país y el momento. La manera como se alternan las voces que van construyendo el discurso equilibran una mirada que no obstante buscar la ecuanimidad -por estar en medio del remolino-, bien puede perder esa objetividad y hacer del asunto tan sólo un drama familiar. Lo que se consigue con esto es hacer el fresco de la situación nacional sin ahorrar esfuerzos para mostrar su complejidad e indicar lo que se encuentra en juego: la soberanía nacional, la política petrolera, la inversión extranjera y las condiciones de participación del Estado y de la sociedad en los beneficios de la explotación de sus recursos naturales. Este asunto señala claramente la responsabilidad del Estado y de los sucesivos gobiernos que han tenido en sus manos el destino de la nación, por la falta de claridad para establecer las reglas del juego y en especial por la gran corrupción que hay detrás de todo ello, pues el favorecimiento de los intereses particulares por encima del interés público ha sido una constante en la historia reciente de Colombia, de la que se benefician únicamente los implicados en las partes. A todo esto se opone la guerrilla, pero la cruel paradoja que se desprende de sus actos «justicieros» es que sirven tan sólo para perpetuar una guerra sucia que lleva ya demasiado tiempo desangrando al país, con todas las nefastas consecuencias que esto trae para el desarrollo y bienestar de sus gentes.
   Con la liberación de Iacoppo Gambini se puso fin a la agonía de una familia. Sin embargo, durante la década transcurrida desde entonces, esta pesadilla ha cobrado rasgos pavorosos para las miles de personas que continúan viviendo el drama del secuestro, o de la «retención», como eufemísticamente se quiere maquillar la infamia, en aras de una vilipendiada paz. Pero, ¿hasta cuándo?

CODA FINAL
Es extraño el destino de los libros. Salen de las manos de sus autores en busca de lectores y muchos mueren en el intento o tienen que esperar mucho tiempo para encontrarlos. Este libro contó con suerte, ya que halló rápidamente un lector atento. Efectivamente, como lo señalara en una entrevista, Enrique Peñalosa conoció este libro en la edición inglesa y encontró en él «el punto de apoyo» que necesitaba para «mover el mundo». Posteriormente, desde su atalaya de la alcaldía de Bogotá, emprendió un ambicioso plan de recuperación del espacio público con el objetivo específico de mejorar la calidad de vida de los bogotanos, lo que es evidente al ver los cambios radicales que han sufrido -para bien- la ciudad y la ciudadanía en los años inmediatamente anteriores. El hecho es que muchos de los que ayer criticaban sus programas hoy alaban las realizaciones de una gestión que, en varios frentes, ha contribuido a recuperar el clima de confianza y seguridad que necesita toda comunidad para su crecimiento y progreso reales. Existen ahora en Bogotá distintos escenarios donde es posible caminar civiliza-damente. No obstante, la cruel realidad del secuestro sigue rampante en el país. Lo que no es sino otra forma de decir que el capitalismo salvaje continúa imperando en las relaciones económicas y políticas de Colombia. Sólo rompiendo esta hegemonía perversa por la vía de acometer las reformas sociales que reclama un pueblo martirizado por las violencias que aturden el entendimiento y socavan la esperanza, es posible desvertebrar la infraestructura que hace posible el secuestro como industria delictiva y que el rescate que se logre de estas acciones democráticas se haga extensivo a la sociedad en su conjunto y a su esquivo destino como nación.

-Ricardo Rodríguez Morales


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