VISIONES DE PARÍS
(Otras iluminaciones)
A LOS AMIGOS DE ALLÁ
"Hay, madre, un sitio en el mundo que se llama París.
Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande"
.
-César Vallejo .

Por Pablo Montoya
Ilustraciones tomadas del libro Paris... Toujours, París, Éditions Alpina, 1954.

1

Belleville es mi cuerpo escindido. Camino sus calles y mis ojos son rasgados. De excitadas pupilas verdes. Negros como obsidiana. Con el fulgor del uranio distante. En Belleville escucho una lengua de jotas ásperas. Y vano es mencionar los viajes de Flaubert, Delacroix y Gide. Porque ellos, acaso, no penetraron la esencia de la arena y las almas forjadas en puñales de aljibe. En cambio, muchachos de cejas espesas, adolescentes velos color del dátil, cruzaron el mar para llegar a este cruce de esquinas donde Alí grita, ama y escupe. Belleville dice el letrero del metro. Y de sus escalas sale Jorge delirando en el español de Chiquinquirá. Menciona un dolor que se remonta, más que a cinco siglos, a revoluciones fracasadas. Los comuneros. Los bolivarianos. Los bananeros. Los gaitanistas. Los de la Unión Patriótica. Los elenos. Jorge marihuanero que recita a Rimbaud y sufre con los poemas aquejados de adjetivos. Ambos, sabiendo que en la perdición está el hallazgo, miramos las aguas del canal Saint-Martin. Y él descubre en las ondas secretos que abrazan a Galia con Bachué. Y un íntimo rostro ululante que es el suyo. El mío. El de todos. Ve los susurros de una ciudad que se refleja. Catedrales sumergidas. Museos sumergidos. Panteones sumergidos. Libertades sumergidas. Y mientras llora el humo de su bareto cae en la plaza de la République. Y se enreda en el olivo. En las palabras de mármol cagadas por palomas ubicuas. Luego, es la noche repleta de pasos que regresan a las piezas de una antigua servidumbre. Luego, pasos. Sólo pasos en Belleville. Solitarios y sin nombre.

2

Busco la calle. El árbol que guardó tu último sueño. Pero no hay cuerda. Tampoco ningún resplandor. Termino, sin embargo, encontrando otros fantasmas. Y el aire se llena de hojas frías porque es enero. Y un dulce olor a hachís llena las vías del Forum des Halles. Pregunto a los jóvenes que escuchan himnos rastafari si te han visto. Me dicen que sí. Que todavía estás balanceándote sobre alguna canción de organillero. Pobre de ti, Nerval. Tus andanzas de clínicas a hospitales. Llenos de alucinadas notas tus bolsillos raídos. Siguiendo el eco de una tonada de Valois. Reducido a fotografías en bibliotecas. Y a esa frase que cubre de bruma una calle de París que atravieso ahora: "El sueño es una segunda vida".

3

Ese muchacho que habla solo y mueve su cabeza intermitente. No hay pared carcelaria ni muro psiquiátrico que la detenga. Tal vez el viento de este agosto calcinado. Triste tótem tambaleante sobre la calle de Rivoli. En la mano, una botella de Vittel semivacía. Mientras te reproduces en muchachas de esbeltas piernas que ruedan en patines. Tienen tus mismos gestos. A pesar de que mascan chicle y en audífonos de filigrana escuchan el jadeo repetido de un grupo tecno. Y tus mismos ojos. Esos que pones cuando miras al unicornio en el diseño de la alfombra. Yo, al verte por primera vez, era un estudiante pendenciero. Frecuentaba el vino y las canciones de la fortuna. Y la peste parecía un rumor que todo lo abrazaba. ¿Recuerdas ese mes de agosto, llamado como el que hoy nombra a París? Porque no hay tiempo. Y si hay es tan sólo una exhalación de nuestro delirio. Las calles se llenaron de cadáveres. Elevadas hogueras surgieron al lado del río. Máscaras del terror que no asustaban a la muerte. Muerte despernancada. Muerte despeinada y hambrienta. Pero a la que le gustaba danzar alrededor de teas y se envolvía feliz en sus lenguas rojizas. En medio del miedo, nuestros cuerpos copulaban, una y otra vez, en los rincones de esas moradas en penumbra. La peste. Ambos la sobrevivimos. Y no hay encuentro más nostálgico que éste que te trae a ti, detenida en el tapiz de Cluny. Y me trae a mí, deambulando por las cercanías del Louvre. Incapaz de mover la cabeza a una orden mía. Pero te reconozco en las patinadoras. Con el mismo deseo que tuve cuando la ciudad era ecuménico barro. Y en sopas de cebollas y ajos saciaba mi hambre. Y leía a Averroes a escondidas en las posadas del barrio estudiantil. Y un hombre sin edad -¿era un ángel quizás?- extendía sus dedos en el órgano de la iglesia. ¿Sí recuerdas? Yo aprovechaba entonces para tocar tus senos. Y olía tu piel como si estuviera oliendo el incienso. Y miraba tus ojos que algo de bestia fabulosa siguen teniendo todavía.

4

En la línea Porte d'Orleans-Porte de Clignancourt viajo con los misterios del Eleusis en el bolsillo. Pero tengo la certeza de que otro oscuro secreto me acompaña. El vagón rueda y yo no encuentro a quién decir mi descubrimiento. Sólo aseadores nocturnos. Vigilantes con perros embozados. Y una chispa que hace grafitos en las paredes subterráneas. Noches atrás me había sumergido en los túneles. Algo de atmósfera menguante se adhirió a mis primeros pasos. Bajo un tiempo que fue desapareciendo, empecé a discernir los ángulos del extravío. Y supe que en toda iluminación artificial se vislumbran los rasgos de algún dios. Pero yo sentía lejanos a los dioses. Casi muertos. Como si hubieran desaparecido. El de Galilea, por ejemplo, estaba con su túnica deshilachada, la mirada imperturbable, en el cruce de las correspondencias de Strasbourg-Saint-Denis. Yo ni siquiera había reparado en su silencio de polvo. Ni en su cara cubierta de manchas por la diabetes. Ni en la mano flaca que a cada momento tomaba la jeringa para inyectarse. Pero un niño dijo a su madre, señalándolo: "¡Mira, es Jesucristo!" Y yo entendí que Juan, el amigo de Medellín, el de las barbas hebraicas, también erraba por el metro. Mahoma tenía un gorro de corteza de baobab que me recordaba los tocados de los hombres de Quibdó. Sin hacer caso a los volantes repartidos por emisarios del profesor Amadou, promesas de curas milagrosas, Mahoma permanecía en Barbès-Rochechouart. Y para comer vendía clandestinamente joyas falsas y una que otra pluma abigarrada de pavo real. Sí, los dioses han muerto y sus profetas son apariciones melancólicas o variadas imágenes de la soledad. Aunque yo sabía que si era capaz de alcanzar los templos podría intuir otras verdades. Tal vez en la mezquita el sabor del té me vincularía al de las palabras de Alá. Sabía que en las naves de Saint-Eustache, Jehová me acariciaría el oído con el susurro de una campana de vidrio. Y en una máscara de Namibia era posible ocultarme de los otros y encontrar el rostro de Dios, que es invisible. Pero estoy empecinado en no subir a las calles hasta conocer el rumbo de este tren y su secreto de oráculo. Un viejo, atado a una carrilera, sometido su ombligo a un mordisqueo de ratas, me mira desde el otro lado de la ventanilla. Sus ojos de neón dicen que el destino de la carga -ese otro fuego prohibido- está allá. Y no sé si el allá son las vías de Lutecia. O un desierto. O una selva aún desprovista de pasos humanos. Sólo veo frente a mí una noche fragmentada. Una boca de hormiguero con tantas entradas y ninguna salida. El chirrido de las ruedas me invade como un grito asordinado. Veo el secreto. Residuos químicos ocultos en cajas de plomo. Y es fácil comprender que el tiempo en que rocé lo bello ha muerto. Ahora lo que sigo es la nada. Por un instante añoro el sol. Quizás esa lejana chispa. O la clave de su mensaje estampada en las paredes.

5

Persigo a Syrinx. Aunque he soñado con las flautas del mugido. Las que no imitan a los pájaros porque toda imitación es un simple cuento de Rousseau. Sino el grito de los sagrados toros. El de las mujeres rodeando los cuernos y trajeadas de sangre. Sé también que en el extremo de mi búsqueda está la primera caña. La que puede remplazar el falo y horadar a la virgen sin rostro. Diminuta, gorda, innombrable. En algún recinto, París guarda con celo esas flautas primigenias. Mientras afuera es el rumor de los aviones incesantes. Las grúas gurú encaramadas en los techos como bestias tristes. Pero para olvidar los símbolos de la intemperie yo duermo con los ojos abiertos. En el cristal de algún sueño no veo mi imagen. Sólo el carrizo de una mujer que toca el aulos. Amo su risa de piedra. Sus muslos de piedra. Su tenue sexo de piedra. Y recuerdo el sentido de mis pasos. Despierto. Salgo a las calles. A la hora en que toda lucidez está pronta a extinguirse. Pienso que si cierro los ojos todo habrá pasado. Y nada del misterio de la ciudad se me dirá. Sólo vaho será la flauta de Dafnis. Y las que revolotean heridas de fuego. Y la otra, con sonoridad de gruta, que sostiene el ciclo de las estaciones. Pero abro la mirada. Y huelo a Syrinx. La veo como una evaporación acostada en el vacío. Desciendo tras ella. Creo alcanzarla en los corredores de Saint-Michel. Lleno de vértigo, me convenzo de que en todo soplo habita un ritmo de pies contra la tierra. De repente, siento a París como si fuera una aldea paleolítica. Babeante de mito. Aturdida por un segundo en el pálpito de la perpetuidad. Y son los tambores encadenados en el viento. Hechos con la piel de animales ebrios. Rociados de semen. Acompañando sonajas donde las semillas son tersos élitros dorados. Pieles insurrectas e ilusas. Porque toda rebelión es un fracaso. Y su logro la dignidad de hacerla. O de morir guillotinado. O abaleado por fusiles. O perdido en el destierro de Cayena. Pero en París no muere nadie ahora. Salvo los viejos generales en las mansiones, roídos de medallas y genocidios. Salvo las osamentas sin voces, invadidas de sangre contaminada. Salvo algún pensador ilustre que se lanza de vez en cuando de un piso demasiado alto. Sin embargo, la caña surge. La caña-bastón. La caña-chamánica. La-caña-con-que-se-castiga-y-se-penetra. La que había sido, y aún lo es, orificio de aliento, bagueta, rascador. Syrinx, entonces, deja de ser etérea para volverse vasta de tiempo. Y yo ni siquiera puedo tomarla. Sólo la intuyo en mi sangre. Y sonrío. Con ojos desmesurados, que miran hacia adentro, sonrío.

 

6

Este es un tren rodeado de olvido. Y los que salen de la estación del Este rumbo a Verdún. Atascados de soldados e insignias con sabor a pasta de yeso. Los llenos de herrumbre. Trenes de mercancías, eso afirman, cuando en realidad transportan los cíclicos condenados al infierno. Como todos, este tren está hecho de distancias. Semejante a los trenes sin color preciso. Como las aguas de Jorge Manrique. Etéreos y al mismo tiempo longevos. Con un vaivén de vals triste que no acaba nunca. ¿Y ese único vagón de innumerables ventanillas que entra en la estación de Bérault? Desde cada una de ellas mi padre, asesinado en Bello, mira con ojos de espectro. Pero no me dice quién ha sido su verdugo. El tren que saldrá dentro de poco es ilusorio. Parecido a la luz. Esa luz que en los viajes es lo único real. Luz color de castañas podridas. Luz de limón que cae en el ojo. Luz rugosa de papel. Hecha de astillas azules. O incierta como un versículo. Este tren que me espera ahora parece inexistente. Tiene algo de aquellos que cruzan los territorios de Arreola. Pero en él hay una verdad que no tiene ningún otro. Tu inevitable partida.

7

El olor del cardamomo. Ausente de sembradíos. Ajeno a los mercaderes de la piel oliva. Como un arco iris vislumbrado. París era una muchacha insulsa y bella. Dueña de una fragancia mezcla de espanto y encanto ineludibles. Yo la había olido mucho más que palpado. Y cuando la recordaba me asía a su tez Rodin, al cuello Modigliani, a los vientres de bañistas de un Sena irrecuperable. Pero era el olor del arenque lo que flotaba en el ámbito. El de los pellejos de conejos, patos y faisanes colgados como trofeos de una naturaleza muerta. El de las tripas de cerdos tiradas en aceras. Mis ojos eran mi nariz entonces. Y no había deleite más íntimo que intuir, entre el olor de las lechugas podridas, un aroma que me hablaba del trigo y el centeno. París me extendía sus brazos de iluminaciones góticas. O a veces permitía que dejara ir mis dedos por entre sus tetas revolucionarias. Y si contaba con suerte, podía desvestirla del todo, con el afán torpe de los que han atravesado mares y se han desacostumbrado al amor. Y en un hotelucho de la calle de Vaugirard hacerla gemir. A ella tan indolente a pesar de su conciencia y su sabiduría. Por segundos me recostaba en sus nalgas blancas. Y creía oír en el aire el eco de una Gymnopedia. Cuando en verdad lo que subía de las calles eran gritos. Prolongados gritos que familias de Malí hacían para pedir entrada en las fortalezas francas. Yo deseaba hundirme de nuevo en la delicia y el olvido. Pero un olor a menstruaciones inagotables, a vómitos arrojados en los callejones, me empujaba a la otra orilla del sueño. Sin saber cómo, terminaba deambulando por los grandes mercados. Junto a quesos rancios, a toneles de vino, comerciantes de la usura, viajeros provenientes de las Antillas, tinterillos, coroneles locos y una Madame Bovary por fin dada abiertamente a las licencias, ebrios, orinaban chorros interminables. ¡Cuántas campanas sonaban entonces! ¡Cuántos tedéums se escuchaban en los coros de los templos. Y parecía no haber otra verdad más irrefutable que el derroche. Que la trata de esclavos y el hurto de reliquias asiáticas. Que el olor de la uretra y la hez acompañando las tonadas del amor y el ciclo de los nacimientos y las muertes. Pero ahora, cuando estoy aturdido de tanta diáspora y coordenada, y creo vano procurarme un centro, surge el cardamomo. Como una revelación. Impúdico. Rabiosamente adolescente. Y es la imagen de Antonio la que llega. Me mira, recostado en la yerba, por encima de los años. Las casas de La Venta a sus pies como un rebaño de grillos dormidos. Luego lo veo mirar los guayabos del modo en que se mira a los amigos. Lenta y desganadamente. Y por fin, en un momento, mi memoria se hunde en la placidez. Los dedos mansos de Antonio me dan la semilla para que aspire. Es su olor lo que ahora busco entre mis uñas. En mis ropas. En algún poema que leí hace siglos. En la palabra y en todas las palabras que mi lengua descifra. Y nada encuentro. Sólo un eco, inabarcable, que nombra la ausencia.

 

8

Estoy mirando el río cuando siento el toque en el hombro. Nos reconocemos sin dificultad. El silencio nos hermana. Su kronenbourg pasa a mis manos. Oigo el ruido del trago en su garganta. Y luego el mío. Y otra vez el suyo. Después descendemos a los muelles. Vemos niños vestidos de cobre haciendo una música que se hunde en las aguas. Vemos un par de muchachas acariciándose los senos. Vemos a un hombre recitar versos de Aurelio Arturo frente a un roble. Él me dice, cuando traduzco, que el verde del árbol y el poema tienen el mismo secreto que buscan sus cuadros. Asiento con la cabeza. Le doy un golpe amistoso en el hombro. Reparo en su gorro. En la bufanda. En la barba. En el mugriento vendaje sobre la oreja. Más tarde, cuando las calles se hacen de bruma, la ebriedad y el frío nos lanzan a su taller. Y son los cuartos de paredes amarillas. Los soles frenéticos. Las noches alucinadas pero impenetrables. El vapor de nuestras bocas. La luz del taller. La nada que es tan parecida al vapor, a nuestras bocas, a la luz. Me dice que la verdad suele vestirse de mujer. Una mujer callada que se acurruca en un rincón y llora. No sé cuántas veces repite esas palabras. Ni cuándo la mujer nos abandona. Al abrir los ojos estoy otra vez frente al río. Y él me hace un signo desde la orilla. Más allá van y vienen las filas del asombro. Llenas de sánduches, cámaras y chicles en la boca.

9

Las marchas salían de las plazas. Y la lluvia era sólo un presentimiento. Curioso me adosaba a los muros. Miraba cómo iniciaban los pasos. Poco a poco me unía a la multitud. Máscaras blancas. Pendones negros. Guadañas adornadas con claveles amarillos. Hombres cuyas ropas eran una cierta proliferación de tatuajes. Un ancla. Una estrella. Aves. Cruces. Cráneos. Penes erguidos. Y las pancartas donde sonreían los muertos amados. Ese actor de Hollywood. Aquel filósofo que había escrito sobre las cárceles. El bailarín ruso. Otro, carente de nombre, pero a quienes todos recordaban. Las sirenas sonaban en los bulevares. Parecían hiedras invisibles intentando escalar las fachadas decimonónicas. En una de esas altas piezas yo soñaba y dormía. Soñaba con antenas, cuervos, urracas desangrándose. Y dormía un sueño de vinos y solitarias masturbaciones. Desde la ventana miraba. Como el griego, veía pasar lo mismo y lo diferente. Los hombres eran guerreros aplastados por las horas. Las mujeres, diosas ultrajadas. Y veía un ejército de policías al acecho. Y otro de aseadores encargado de limpiar las calles. Hasta que, exhausto de esperar el amor, me sumía en las arterias de París como quien se sume en la amnesia. Y siempre terminaba tropezándome con las marchas. Parecían fiestas lóbregas. Cada uno cargaba allí la señal de la muerte. Guitarras estridentes cantaban un yo no lamento nada. En carrozas iban calaveras vestidas de terciopelo. Ejecutando maromas. Tirando al aire serpentinas de colores. Pelonas desnudas portaban en sus clavículas, como banderas en hilachas, solemnes preservativos. Y había senos descomunales. Pezones taladrados por el símbolo del amor, la paz y otros colmillos cariados. Globos en forma de testículos. Bombones clítoris. Varios humanos, dueños aún de alguna carne flácida, apenas podían caminar. Y lo hacían con la convicción triste de que era su última jornada ante la luz otoñal. Entonces comenzaba a llover. Una lluvia como todas las lluvias. Oliente a rosas y a linfa de asesinados. Y yo me encontraba, como ahora, en mi ventana. Atento a la marcha. Pero esta vez no saldré. Porque no tengo voz para gritar afuera. Porque sólo me alcanza la fuerza para decir que soy ese sin rostro. Para decir que soy el repetido. Para murmurar que el cielo está gris. París gris. El universo gris y los árboles se han despojado de sus hojas. Soy ese que sostiene el sobre en sus manos y lee las letras del resultado. Positivo. Ese que oye la marcha alejarse irreversible. El que ve la lluvia como si fueran gotas de sangre que caen lentas.

10

Nos hundíamos en la calle Saint-Denis. En esa calle que me recordaba las correrías de Villon. Sus ruegos. El último verso de una balada que yo solía repetir en castellano. Sus coitos que debieron ser prolíficos. Yo caminaba esa calle y respiraba su aire con la certeza de que todo es vago, ondeante y breve. Un aire cálido sin duda. Mezcla de esperma secular. De poesía universal. De soledad planetaria. De cerveza, cáñamo y pachulí. Y pensaba, mientras veía los avisos de los sexy-shop, "estoy cerca del cementerio de los Santos Inocentes. Estoy rozando con mi sombra las fosas comunes. Estoy siguiendo la algarabía de los goliardos. Estoy envuelto en las vaharadas del 68. Rodeado por todas partes de amor e inmundicias". Wong parecía adivinar mis pensamientos enredados en las épocas. Y le preguntaba a uno de los administradores de las tiendas. Tal vez era un proxeneta. O el que convencía a los clientes para que pagaran y tuvieran una ingrávida paja tailandesa. O uno de esos que habían leído a Sartre y quemado carros y roto vitrinas en el bulevar Saint-German-des-Prés. Wong pronunciaba la palabra mágica. Mayo. El administrador se reía. Se sobaba las puntas del bigote y nos hacía una verga con el dedo del corazón. Nos carcajeábamos y seguíamos avanzando en la cuerda floja de Saint-Denis. Aunque para Wong era inevitable recordar los mechudos de Washington. La primavera amorosa de San Francisco. El poder de las flores ante la boca de los misiles. Más adelante, las mujeres se recostaban en los muros como estatuas remotas. Wong se paralizó al ver a la negra. Sus mejillas estaban signadas por cuchillos o por el fuego o por la caricia implacable de aguas sagradas. Wong quiso que ella lo atravesara y lo marcara con las lenguas de su cuerpo. La negra miraba y sonreía. Una sonrisa de Zimbabwe, de dientes afilados, que hundía sus ojos de pantano en la peruana piel de Wong. Luego se perdieron tras unos corredores. Hice algo mientras esperaba. Quizás oriné junto a un árbol. Quizás presencié una trifulca de mendigos. Quizás comí una sopa vietnamita y me quemé la lengua con la yerbabuena. O tan sólo me dediqué a hojear una revista donde tres hombres rapados se penetraban mutuamente. Después apareció Wong y continuamos hundiéndonos en Saint-Denis. Calle de la discordia y el berrinche. De súbito, él se sentó en un andén. Yo creí que se había sentado en el tiempo. O que estaba borracho, que es más o menos lo mismo. Y empezó a hablar de la masacre. Wong escupía al suelo mientras yo trataba de ver el valle de Cajamarca. Al frente se configuró la comitiva del emperador. Las mujeres de cabellos negrísimos. El caminar de guerreros y sacerdotes. El rostro del indio adornado de plumas. Wong se puso a llorar cuando mencionó la pieza cubierta de oro. Las fichas del ajedrez movidas por el prisionero. El estrangulamiento en vez de la horca o de la hoguera. En fin, toda la mierda de la historia. Y yo ni siquiera le puse la mano en el hombro a Wong, que estaba nostálgico y perdido. Porque en los devaneos del amigo todo consuelo es torpe e incomprensible. Solamente le dije: "Levantémonos, pues, y hundámonos en esta calle hasta que salgamos limpios". Entonces él se incorporó y avanzamos. Avanzamos, firmes, como si nos dirigiéramos a un precipicio.

11

Repito la oración mientras camino. Creo en la noche. En la primera y en la última. En esa noche que envuelve al hombre, lo acaricia, lo besa y lo devora sin dejar rastro. Entro en la discoteca. Lobotomía 2000. Laberinto de bruma donde la música es un minotauro al que se le ha quemado el culo. Surgida del gentío, aparece la muchacha. "Hola, espejo", le digo. Hola poema. Hola vacío. Como una virgen, me sonríe. Como una diosa. O una princesa. O una puta. O una loba cuyo aliento huele a campo húmedo. A podredumbre de edificios y autopistas. A estaciones de metro. A arcos triunfales embadurnados de próceres y orines. Ella nada me responde. Pero nuestros vientres ya se rozan al ritmo de los sonidos. Al rato sudo. Ella suda. Todos sudamos. Cierro los ojos e imagino sus sobacos como negras flores hechas de saliva. Veo la discoteca levantada sobre la respiración de una boca anhelante. Los cierro todavía más, y Pigalle me parece una vulva animal, rumorosa, que exhala una savia ácida y sangrienta. No hay otro camino que seguir al toro, concluyo. Pero él es ubicuo, mínimo en sus gestos, insaciable. Pienso que si paro de danzar, caeré sin remedio en el centro de ese primer motor. De esa idea temblorosa y prístina. De esa diosa inexpugnable en su hondura y su misterio. Y entre salto y salto, más allá, veo labios de jóvenes tatuados que sonríen. Más allá, televisores con imágenes de guerras turbias y distantes. Más allá, por fin, están los baños. Hacia ellos me dirijo. Mientras meo la espuma y el deseo, oigo voces distorsionadas. Las narices aspiran el leve polvo blanco. El hachís flota como un sahumerio en medio de los kleenex. El éxtasis se disuelve en el vaso de vino. Una jeringa produce un ay que nadie escucha. Porque afuera lo que todos cantan es El preso, de Saoko. Dos tentáculos brotan de la niebla y me toman. Brazos llenos de brazaletes y anillos y más dragones, águilas, escudos y banderas. Entonces es la inmersión en el coro. Guiados por la orquesta de Fruko y sus Tesos gritamos alucinados: ay ay ay. Y ella entona: escombros en Kabul. Y nosotros: ay, ay, ay. Y ella: fusilados en Grozny. Y nosotros: ay, ay, ay. Y ella de nuevo, con ojos de araña excitada: refugiados en Kigali. Y nosotros más frenéticos: ay, ay, ay. Y ella una vez más: desplazados en Medallo. Y nuestras bocas deformadas: ay, ay, ay. Y ella aúlla por la hendija que le taja el cuerpo: masacrados en Gabarra. Hasta que comunicados entre sí, com.temporáneos en la repugnancia, nos dejamos penetrar por la risa y el dolor y la náusea. Ay, ay, ay, le digo, no me dejes. Y la muchacha me entrepierna. Me besa. Me abraza. Me hunde la mano en el pecho. Me baja los pantalones. Me succiona prolongadamente. Y luego soy lanzado a un rincón de la calle. Sin fuerzas. Encandilado por la parafernalia de Pigalle. El sol, como una retina despiadada, aparece. En el extremo del cielo, un pedazo de noche me dice algo. Pero yo no entiendo. A mi lado, un viejo le habla a un perro todavía más viejo. Y tampoco logro comprender lo que éste le contesta.

12

Crimea. Para mí era una península. Un mar opalíneo así fuera negro. Batallas. La carta de un soldado manchada de sangre. Un poema donde el pantano unánime era el mejor verso. Debía bajar en Crimea. Luego subir. Continuar en línea recta cien metros. Explicaciones dadas en medio de la nieve. ¡Como la había imaginado en las tardes luminosas del pasado! La nieve, me decía entonces, mientras un gallinazo hacía dibujos en un cielo despojado de nubes. Y yo, desde una terraza de Niquía, la creía extraterrestre más que europea. Después tenía que voltear a la izquierda. Cien metros más. Y ahí estaba la Prefectura. Enorme como una casa Usher. Límpida como una central nuclear. Llena de fantasmas anodinos y cámaras por todas partes. Pero yo no quería saber nada del capote ni del empleado de Melville. Ni mucho menos de procesos o insectos repugnantes. Sólo quería un papel con el sello y la firma. Lo había sido siempre. Extraño en el vientre de ella. Mirando con ojos espantados la luz de afuera y la penumbra de adentro. Incómodo entre los míos. Extranjero de mí mismo. Incapaz de hallar la placidez después del sexo. Imposible alcanzar el éxtasis pasado el hambre. Inútil llorar frente al abandono. Para qué lavarse las manos ocurrida la farsa. Entonces respiré profundo. Inhalé el aire de los árboles incendiados. Y había caca de gatos en el viento. Amianto. Polvo diluido. Virus diversos. Pero era el aire de París vuelto brisa. Me llené los pulmones y me metí en la fila de los inmigrantes. ¿Quería entrar adónde? No lo sé. Quizás a un paraíso de falsas libertades. O a otros infiernos. Por un momento llegué a sentirme en casa. Una casa, como todas mis moradas, construida al lado de barrancos. Después lo tomé entre los dedos. El ficho. El de más allá también lo apretaba con una mezcla de orgullo y vergüenza. Y yo le vi a éste sus muletas. Y al otro un muñón y dientes de oro. Y al tercero un ojo sin el ojo. Veníamos de Sarajevo. De Colombo. De Brazaville. De Barrancabermeja. Ahí estábamos mezclados en la fila. Diferenciados en la nostalgia y el sueño. Pero hechos un solo hombre. Un hombre despedazado. Sin tierra. Vómito del vómito. Aunque ansioso de nubes y canciones de infancia. Yo me tragué las múltiples salivas. Sentí que mi ilusión se hacía pedazos. Que en el fondo carecía de ilusión. Crimea. Derrota y naufragio. Miré hacia el techo. La cámara me guiñaba su lente. Y esperé a que me llamaran.

13

Por fin el sol. Faz del sueño que nos sostiene. Yo, espejo que lo refleja. La luz se hace huésped y morada. Olvido y memoria. Ebriedad de lo eterno. Sol mío. Máscara de la hez y anverso de lo diáfano. Sol secreto. Tomado como una bendición y una abdicación y una maldición. Sol rocío en las fuentes. Sol salivando las torres. Sol prófugo que se desliza entre los arcos centenarios. Y se vuelve brillo en tus ojos. Y tus labios se transfiguran por lenguas invisibles. Sol hecho de duda y sol respuesta. Sol del amor y la ausencia. Enredadera de sombra que sube por tus piernas. Sol quieto de lagartija. O raudo en difuminarse en tu pelo. Sol mío nuevamente. Mío y de esta ciudad que me nombra sediento de luz. Sol de cuchillos eréctiles. Sol negro de tu sexo donde entro. Sol de los dos. París hace un cerco con sus manos de alba. Y el sol, fuego sagrado, perdura un instante más entre nosotros.

14

Estoy recostado en el césped de los antiguos Campos de Marte. Sé que la memoria se ahonda en todo lecho. Es una enorme llaga. Y yo sigo siendo ese hombre que muere en medio de las multitudes. Fin de siglo y fin de milenio. Sobre guarismos y calendarios estoy suspendido y enterrado. El porvenir es ilusión, me digo. Y el pasado cruel e inmenso. Recostado sobre el verde veo la Torre. Iluminada como una espada del Grial sin secretos. Bastón que idea magias. También parada cola de gato. Tan próxima a las que edificó Sumer. Presuntuosa como las de Manhattan. Semejante a las que se hacen en la arena y cortan el viento sin abrazarlo. Mientras la miro embadurnada de luz, me sumerjo en imágenes. Grandes sueños oxidados. El ave fénix, antes espléndida en las ramas, es un pájaro desplumado entre las manos. La utopía, charcos y aguas estancadas. Pero están las risas. La embriaguez. Las palabras del amor. El ensueño de Baudelaire. El viaje de Rimbaud. Los colores de Gauguin, que es como nombrar un sueño purísimo. Ese lugar donde el hombre por fin puede dormir. Alrededor de la Torre, la muchedumbre festeja. Fin de siglo y de milenio. Inmovilizado, con la mirada abierta a los fuegos artificiales, busco el abrazo y el beso. Las montañas en los vientres. El mar en las miradas. El aliento del hermano. Sin embargo, el agua está turbia. El aire y el césped y todos los lechos parecen espejos agrietados. Bosques sin árboles. Masacres en viejas casas campesinas. Y el hombre es un animal desnudo sin amparo. Luego pasan las celebraciones y el triunfal año 2000 dibujado en el costillar de la Torre. Me levanto. Camino al lado del río. Al amanecer busco otra vez el enorme alfil ya apagado. Indago en las aguas para ver su sombra. Y son figuras en la opacidad líquida. Figuras que buscan la desembocadura lejana.

15

Antes eran las murallas. Paredes de tierra mohosa. Cerca de sus puertas barullo de comerciantes y bandidos. Atalayas de hoscos semblantes que veían en la distancia huellas de epidemias, hordas, alguna mujer ansiada, libros temidos. Imagino ese universo de casas, calles y hombres insomnes. Imagino la noche flotando alrededor de ellos como un manto de estrellas inmóviles. Qué podría ser la ciudad si no un marasmo, una agonía, un fugaz anhelo de perpetuidad. Eduardo ni siquiera me mira cuando hablo. Escucha mientras hunde su pie en el acelerador. Adelante, siempre adelante, avisos de números y letras luminosas se estrellan contra nuestros ojos. El camión es blanco. Igual a todos los camiones que recorren, infatigables, el periférico. A París habían penetrado algunos indeseables deseados. El enemigo de piel ennegrecida. Nosotros, dueños de otras lenguas, también atravesamos los muros en esa época, Eduardo. Y éramos diestros en dar con hospedajes donde el descanso era un amor de jovencitas pobres pero insaciables. Y en tardes de lluvias vislumbramos hogueras, y escuchamos a monjes enfebrecidos invitarnos a un viaje santo. Eso también fue cerca de las murallas. "Y ahora qué", pregunta Eduardo. Lo pregunta como si tuviera sueño. Se echa agua en la cara para no dormirse sobre el volante. "Ahora son estas luces veloces sobre el periférico de París, reflejo de los altos muros de ayer", respondo. Cuando pasamos al lado de las industrias miramos el humo de sus chimeneas. De repente, creo que Eduardo va a parar a un lado del periférico para dormir. Eduardo, que se la pasa repartiendo paquetes en todos los extremos de París. Que duerme poco y ahora me mira para decirme: "Tengo la impresión de que esta avenida es infinita, y no paro de recorrerla. Y los muros de que hablas siguen y son impenetrables. Y yo atravieso un túnel largo en este camión. Y después de un túnel sigue otro. Y así sucesivamente. Y París aparece entre tiniebla y tiniebla, a mi derecha o a mi izquierda, como una salvación entrevista aunque falsa". Guardamos un largo silencio de extranjeros. Un poco más adelante, Eduardo detiene el camión. Baja a orinar. Lo hace sobre las llantas. Se moja la cabeza con el agua de la botella mientras orina. Eduardo parece una manguera. Arriba de nosotros hay un puente. Los dos, como atraídos por el mismo imán, miramos. Recostado en la baranda vemos al hombre. Parece de otro tiempo y de éste. O es de éste y lo miramos desde el otro, que nos atrapa irremediable. Manotea al cielo. Dice algo incomprensible. Se lanza al vacío. No escuchamos el ruido sobre el suelo. El cuerpo queda colgando en el aire. Lo vemos en silencio oscilar como un péndulo. En seguida Eduardo, con el pelo mojado, pisa el acelerador y nos metemos otra vez en el periférico. No hablamos. El tiempo transcurre en algún lado. Lejos del camión y de nosotros. Mucho más allá de la ciudad amurallada de humo.

16

¿Sí la ves? Muda como corresponde a toda piedra. Dueña de todos los gritos y todas las oraciones. Más allá de sus agujas, el cielo o la nada. Que es donde fluctúa Dios en su silencio rotundo. Más acá nosotros, sentados en el atrio, a las dos de la madrugada. Pruebas escuetas del tiempo. Un poco inclinadas a divagar. Porque a Hugo, en este instante, le da por decir que es un privilegiado. "¿Sí la ves?", murmura de nuevo. Y convoca, frente a la fachada de la catedral, a sus ancestros que también son los míos. Conquistadores trapaceros, soldados de guerras bobas, campesinos ensimismados, carceleros, recaudadores de impuestos, sepultureros, mujeres rezanderas pero apasionadas en el breve amor de las noches de Antioquia, los infaltables mercaderes de las pócimas, los enloquecidos por el oro, los contrabandistas del aguardiente y el tabaco, ese profesor de dibujo, ese cirujano alcohólico, y tocadores de trombones, tipleros y clarinetistas. Diciéndoles me dice que ellos nos han conducido hasta aquí. Hugo, hay que decirlo, habla a veces como un poeta. Pero nunca ha escrito un verso. Y agrega, mirando las bestias y los santos del tímpano, que somos un par de perdidos. Envolatados en la hermosa y horrenda ciudad donde nadie somos, nada, sólo anónima plenitud. Y aunque nos atraigan los abismos odiamos las guerras, y a los militares y a los paramilitares y a las guerrillas. Hugo, también es cierto, sin ser historiador, es memorable. Lo que habla es digno de recordar. Pero después, minutos, horas o días después, por circunstancias varias, eso nos parece basura. La misma basura que consiste en decirnos que somos parte de un engaño o un ensalmo fugaces. Y que el único camino es la locura, la serenidad o la alegría. Hugo, luego de haber merodeado las otras, escogió la última de tales sendas. Ah, me dice, qué alegría tan hijueputa estar frente a Notre Dame. Qué alegría flotar en esta noche única, y ver a nuestros pies un reflejo del infinito. Qué alegría sentir el transcurrir del río al lado y llenarse de su exhalación de suicidios y confesiones de amor. En seguida me toma de la mano. Me lleva ante el rey. Y aconseja: "Cerrá los ojos". Siempre lo he reconocido. Hugo, de algún modo, es sabio. ¿Qué otra cosa podemos hacer frente a la estatua de Carlomagno si no cerrar los ojos y oler? Olfateo entonces. Oigo la respiración del amigo y sus palabras: "Contame, pues, a qué te huele". Y yo, que estoy tramado de noche, digo: "Huele a líquenes. A barro.

A boñiga en invierno. Huele a zumos de sexo. A axilas sin lavar. A pecueca. Huele a vino regado sobre cabelleras y vientres. A sangre y fuego incendiando pueblos. Huele a llanto de muchachas. A miaos de niños. A gangrenas de viejos. Huele a gritos en el alba. A tropel de caballos sudorosos. Huele a cuernos de ciervo sonando en valles y campiñas". Pero en este momento, Hugo sonríe. "No seás exagerado, que la música es inolora, insabora e incolora", señala. Yo le devuelvo la sonrisa. Y pienso que con este personaje uno no sabe a qué atenerse. Cuántas veces no me ha dicho que la música de Perotin le huele a cilantro. O que la de Berlioz le huele a basuco en las lomas de Robledo. O que la de Ravel es el olor de un cierto pubis querido. Y vuelve a tomarme de la mano. Bordeamos la gran mole de infamia y fe. Miramos las gárgolas desvanecidas en el aire. Tocamos los muros. Largamos los ojos por entre tanto animal y hombre abrazado y asustado. Y Hugo comenta que si hay frío en el paso de los siglos, él es nuestro y jamás de las piedras. Luego prende su última chicharra frente a un diablo mohíno. Me pasa la mano por la espalda. "¿Hacia dónde caminamos ahora?", pregunta. Y yo respondo: "Por ahí, muchacho, que cualquier sitio a esta hora es cálido en su desamparo".

17

En Luxemburgo caía la noche primero que en otras partes. Desde la ventana de la pieza veía cómo se derramaba una tinta vaporosa sobre el jardín. Después las sombras iban tragándose las calles. Yo había anhelado ver el transcurrir de la noche en Luxemburgo. Mirar sus pasos alrededor de las estatuas. Medir la huella impalpable en la superficie del lago. Lo que sucedió entonces fue simple y prodigioso. Apenas las puertas se sellaron, y los guardias desaparecieron, salí del escondite. Respiré el silencio. Como si un secreto hubiera pasado por un filtro y el resultado fuera una nada audible. La ciudad me daba así un instante de reconciliación. Me tiré sobre la arenilla. Los brazos y las piernas extendidos. Cruz o equis. Trazo geométrico adherido a la tierra para que lo descifrara, tocándolo o viéndolo u oliéndolo, la noche. Por entre el follaje de los tilos vi las estrellas. Las huidizas estrellas de París. Y me parecieron lo que habían sido siempre: luciérnagas solas buscando el amor. Por un momento creí que se desprendían de ellas. Que las hojas eran un atuendo de estrellas. Pasaban a mi lado, murmurantes. Dejando un rastro en el aire. Yo no quería verlas caer. Por eso cerré los ojos e inventé su vuelo y sus colores. Todos los itinerarios. Los del horror y la belleza. Los de la venganza y el encuentro. Los del orgullo y la vergüenza. Y el sepia. Lo ocre. El malva. Los diversos rojos de la sangre. La degradación del verde. Veía hojas mordidas por la lluvia. Acariciadas por el viento. Ajenas a pisadas de hombres. Moldes trazados por picos de gorriones. Y ellas seguían cayendo, no sólo sobre las estatuas y, más lentas todavía, sobre el lago, sino que buscaban mi cuerpo. Así que me desnudé. Me cubrí de tierra y agua para que ellas recordaran luego, en su putrefacción inevitable, algo de mi olor, igualmente descompuesto. Y pude tener la noche en mí, sentir su haz sobre mi piel cubierta de hojas. Escuchar su corazón transparente. Ver su multitud de voces. La noche. Tenue temblor incesante y mío. Pálpito del aire. Cuando abrí los ojos, la luz hacía volver las estatuas a sus andamios de piedra. Y pitos de guardias marcaban de nuevo el inicio.

18

La avenida de Flandre es un extenso recorrido hecho en la madrugada. Comienzo en Stalingrado, bajo los esqueletos metálicos del metro, y termino en algún rincón de la calle de Nantes. Al principio empecé a hacerlo creyendo que más allá de mis pasos había una sorpresa. Un puñal o una caricia. No son muchos metros. Pero a veces arranco en la infancia para terminar en este caminante que soy ahora, así me cueste reconocerlo. Y entre la evocación y la comprobación ningún hombre me roza. Alguna vez fui tan consciente de esa oscura transparencia mía que grité. Grité y el grito se estrelló en las enormes fachadas de los HLM. Grité y como un puño se devolvió contra mí el grito y me tumbó sobre una banca. En esa banca, a veces, hago sonar los huesos de los dedos de las manos. Y abro la boca para lanzar un vaho y visualizar mejor las formas de la desolación. En la infancia, como en Stalingrado, empezó todo. Las verdes mangas de Copacabana. Cuerpos desnudos bañándose en quebradas de rocas negras. Y yo, detrás de arbustos, con las manos repletas de pomas. Traspasado por el sol y un viento balsámico que habría de durar pocos días. En la infancia también sabía frotar la cintura contra ciertas ranujas formadas por la tierra. Pero en la avenida de Flandre la añoranza se vuelve aún más apartada. Otra vez, sentado en la banca, vi la paloma de una sola pata. La dejé acercarse. Yo, tan ajeno a cualquier consuelo, quise acariciarla. Pero entendí que al lado de mis pies estaba la mierda donde ella comenzó a picotear. Otra madrugada apareció la mujer. El frío era tajante. Mi hálito, pródigo en dibujar figuras. No hablé. Pero ella lo hizo, desbocada, en una lengua extraña. Sus manos eran blancas con uñas pintadas de negro. El pelo, aunque morado, surcado de canas. Los ojos, como dos fogones aterrados de poder apagarse en cualquier instante. Tenía un abrigo de manchas felinas. Supe de inmediato que bajo esa piel disecada, otra piel desnuda temblaba. Ella, de pronto, me tomó la mano y me la puso ahí. Yo sentí frío. Un hondo frío a pesar del fuego palpitante de su sexo. Murmuró un sollozo en su lengua misteriosa. Luego la vi perderse por una de esas calles, sucias y febriles, que arriban a la avenida de Flandre. Ahora doy unos pasos más para llegar a mi destino. Enciendo la luz de la pieza. Veo mi cuerpo acostarse en la cama. "Un puñal o una caricia", murmuro. Estiro la mano. Veo como si ella no fuera parte de mí. Una mano ausente que alcanza el interruptor. Y, semejante a un dios, crea la oscuridad.

19

Sin el mapa el cementerio era un lugar insípido. Aunque mujeres se adormecieran en el pasto, bronceándose, mirando desde sus gafas de sol el ramaje de árboles espléndidos. Los senderos trazaban otra geometría cuando, por diez francos, el mapa podía desplegarse en las manos. Habría sido preferible olvidar la muerte y encarar la vida con el lema de otros caminos y otras floras. Pero París seguía siendo un vasto paraje de tumbas que era necesario visitar para demostrar extrañas iniciaciones. Yo hacía la mía. En un cementerio y con un mapa. Mi amiga, con tono displicente, me había dicho: "¿Ver tumbas? Prefiero emborracharme y enfrentar mis propios muertos, que son muchos, o quedarme en casa pensando en nada y rascándome las tetas". Ella empezaba a odiar todo indicio de muerte entrometido en el paso de los días. Como si los dos, amándonos y odiándonos un poco más o un poco menos cada hora, no fuéramos prueba suficiente de que la muerte nos habitaba, minuciosa. Comencé entonces por los músicos amados. La de Chopin estaba más desolada que sus Nocturnos. Una vieja, empequeñecida por los años y el vestido negro, el rostro con base y la escasa cabellera teñida de rojo, tenía una grabadora Panasonic. Y mientras ponía la marchita rosa en la lápida, el piano escupía penurias hacia el cielo de agosto. "Agosto", me había dicho mi amiga desde el baño. "Estar con toda la luz de agosto encima en un cementerio. Qué desprestigio y qué bobada". La de Rossini tenía serpentinas y golosinas y pensé que era el homenaje digno de un payaso. La de Bizet estaba sola y así seguían terminando todas las cármenes engendradas por el desarraigo. Y a propósito de amores, al lado, como un paso obligatorio, tropecé con el monumento de Abelardo y Eloísa. Besé la reja que protegía a la pareja. No por él sino por ella. Los teólogos castrados, arrepentidos de la pasión y la pedagogía, sólo interesan a los especialistas. En cambio ella, creyente y temblorosa, enamorada desde la muerte, merecía todas las lágrimas y las canciones y los poemas y las flores. Fue Eloísa, sin duda, y no el mapa, la que me llevó a otra tumba del amor. Me apoyé en uno de esos árboles lúbricamente vivos, para ver a las tres muchachas -abuela, madre e hija-, una tras otra, acostarse sobre la estatua y restregarse contra el bultico del periodista de mármol, allí donde la vida seguía respirando con deseo. "Eso es el amor -me dije-, propio de los cementerios. Fornicar con las estatuas sin importar el tiempo y los testigos que haya afuera". Me faltaban los escritores. Ya estaba cansado y con la impresión de que me invadía algo parecido a la funebrería. A Balzac y a Michelet los reverencié en silencio, entre una multitud de japoneses que no paraban de tomarse fotos. Después, yendo hacia la de Proust, me topé con la horda de jóvenes sucios y embriagados. Los seguí porque en Père Lachaise la curiosidad es más fuerte que el olor de los crisantemos. Los vi llorar y abrazarse y cantar en coros destemplados ante la tumba de Jim Morrison. Un hombre viejo, el guía de la juventud adolorida, recogió las colillas de los cigarros, los escritos en papeles desgarrados, y los puso en el altar del muerto. Dijo una frase, acaso célebre pero que sonaba a antigualla: "Son plácidos militares quienes nos conducen al exterminio". No olvidé a Proust. La verdad es que no lo vi en una lápida tan pulcra que parecía de mentiras. Lo imaginé mejor hablando con Celeste. Riéndose con Celeste. Comiendo de la mano de Celeste. Suponiendo el mundo que fuera de su pieza se desbocaba entre la febrilidad y el fastidio hacia las grandes matanzas colectivas. Lo imaginé acariciándose las manos cansadas de escribir tanta decadencia. Añorando el sueño y el silencio y el olvido. Lo imaginé buscando un camino ya andado. En casa mi amiga aún se desperezaba. Yo me recosté a su lado para besarle los hombros. "Hueles a muerto", me dijo. Sentí que otra vez se me invitaba al amor. La desvestí con lentitud. Sabiendo que así vencíamos a la muerte. Un abrazo bastó para protegernos del vacío.

20

Se llama Los Tres Mosqueteros. La aventura del comer. O del hambre. Y la fórmula: donde traga uno, tragamos todos. Yo pienso que la dicha es comer. Hundirse en la saciedad y no imaginar los estragos de los intestinos y los otros orificios del ocio. La cola se mueve y miro. Está el que aún se viste como si fuera ir al almuédano. El muchacho de gorra en cuyas orejas retumba el escupitajo. El todavía indio. El mestizo inconfundible pero extrañamente repetido. Una negra con un niño que duerme a sus espaldas desde hace dos mil años. El que ayer hablaba el idioma de las noches blancas y emplea hoy la jerga de los chicles. Están los ancianos combatientes contra todas las tiranías, salvo la de ahora, la del comer en este presente que es el único tiempo válido. Los que escaparon de los campos de concentración y en sus bolsillos cosidos acarician, desolados, las medallas de la valentía, o la pesadilla de haber sobrevivido. También están haciendo cola para comprar leche, pollos, verduras y frutas transgénicas, los filósofos de la euforia perpetua. Los cineastas que detestan la xenofobia pero obedecen. Los ecólogos amantes de las músicas del mundo y también obedecen. Y hay princesas vomitadas por ríos sagrados. Y espías y torturados. Y otros que no tienen procedencia ni patria ni nombre. Y yo estoy entre ellos. Con un billete en la mano en donde al Principito lo corona una estrella. Acercándome a la registradora del supermercado. Mordiéndome las entrañas. Sudando de vergüenza. Sintiéndome, a la vez, histriónico e histórico.

21

Estos son algunos objetos que tengo para el museo de la memoria. Ellos hablarán de mis días en París. Patrimonio de lo sublime y lo grotesco. Un preservativo. Una malla uterina. Jeringas con sangre seca en las agujas. Revistas pornográficas. Un periódico igual a todos los periódicos. La pantalla. El teclado. Un teléfono móvil pero mudo. Una destripada lata de comida. Dentífricos. Desodorantes. Perfumes. Cremas. Pastillas para dormir. Pastillas para enflaquecer. Pastillas de sodio. Fetos en recipientes que recuerdan la letrina. Una camisa de fuerza. Un delantal de enfermero. Los barrotes de una cárcel. Un tarro con un líquido fosforescente que todo lo traspasa. Tengo también un arma del tamaño de una uña. Su voz es la espantosa máscara del silencio. El mecanismo simple. Con sólo accionarlo el museo habrá de esfumarse. Y únicamente quedará el olvido.

 

 

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