Desbarrancarse,
irse por la barranca, salirse del camino, despeñarse, dar tumbos cuesta
abajo, rodar por el abismo, matarse.
El desbarrancadero es el moridero, es el lugar en
que se sale uno de la carretera y se mata. Así el libro de Fernando
Vallejo. Un desbarrancarse en prosa, en verbo, en verso, en injurias,
en maldiciones, en insultos, en quejas, en despotricaciones, en improperios,
en contra de todo, de la madre (la loca), de las mujeres que son origen
de la vida y por tanto de tanta hijueputez, del hermano menor (Cristoloco),
de la familia, de la ciudad, del país, de los políticos, de los curas,
del papa, de la genética, del universo, de Dios, de todo lo que está
vivo y muerto porque lo que está vivo es carne de cañón, cuna de pudrición,
muerte.
¿Qué se puede decir de un libro que se desbarranca?
Nada. Hay que desbarrancarse con él y dar tumbos sin ton ni son, al
ritmo de una letanía (no por las vírgenes sino por las acumulaciones)
monocorde que se exalta y hace estallar sus fuegos de artificio, iluminando
así el horror. Nadie puede estar en contra o a favor de este libro.
Nadie puede medirlo en términos literarios. Primero, porque no se trata
de literatura, esa cosa en la que creen los literatos; y, segundo, porque
no se trata de un libro en el sentido cuadernícola de la expresión,
sino de la obra de un muerto que no pretende dar gusto ni escandalizar
sino airear sus cuentas con el mundo. ¡Y las cuentas son tétricas!
El autor está muerto y hay que creerle, porque desde
su muerte y la muerte de su hermano escribe el libro. ¿Y por qué no
creerle? ¿Quién mejor que uno sabe que uno está muerto? Que los muertos
no escriben libros no es un argumento porque aquí está El desbarrancadero
para demostrarlo. ¿Demostrar qué? Nada. Más bien mostrar, poner en evidencia,
contar, desbarrancarse, salirse de madre y arrasar con todo. ¿Por qué?
¿Por qué no?
Yendo al grano, leer el libro no incomoda. Para nada.
Al contrario. Ni siquiera produce malestar, a menos que uno sea propenso
a molestarse con las molestias de otro. Que alguien odie a su madre,
vale; que odie al papa, también; a Dios, ídem; que ame a los perros,
a las vacas, a los animales, al animal de su hermano, también vale.
De eso no se trata. Cada quien con sus odios y sus amores a cuestas.
Lo que no le van a perdonar a Vallejo es su falta de pudor en un país
en que el pudor es el único valor respetado: se puede odiar a la madre
con tal de no confesarlo en público, porque es de mal gusto confesar
que uno odia a su madre, o a su padre, o a su hermano o a cualquiera
si es del caso. No. Es un asunto de buenas maneras y de guardar las
apariencias.
Por eso Vallejo será condenado. ¡Tan atrevido! ¡Tan
sinvergüenza! ¡Tan soberbio! Tan necesario diría yo en este país de
gramáticos y leguleyos que se esmeran en el buen decir -sin tener nada
que decir- y ganar su pleito -aun en contra del derecho y la justicia.
Vallejo no pretende ganar nada, ni salvar su alma, ni guardar las apariencias,
ni demostrar lo contrario. Porque Vallejo no es un literato y empezó
a escribir no por afán de ser escritor sino porque tenía y tiene cosas
que decir y las dijo y las dice ahora.
En mi mala memoria, el tono con el que escribe Vallejo
se parece al tono con el que escribe Louis Ferdinand Céline su Viaje
al fin de la noche; no al tono de Céline en Semelwaiss en el que fustiga
a los médicos, él que era médico, ni al de De Castillo en Castillo.
No se trata de hacer una comparación literaria y poner en perspectiva
la obra de Vallejo. ¡Dios me libre! Pero al leer El desbarrancadero
no puedo dejar de sentir que en ambos escritores hay una compulsión
eléctrica y nerviosa de muy alta tensión que se transmite en la frase
corta, impulsiva, llena de interjecciones, de gritos, de exclamaciones,
de giros súbitos, de digresiones, de cambios intempestivos de humor
hasta en el breve clima de un párrafo, y poseen en común la capacidad
de desplegar una paleta de color deslumbrante, animosa, viva, compasiva
con lo más inesperado que se les atraviesa y reducirla luego hasta fijar
el vértigo en unos claroscuros tenebrosos, densos, turbulentos, despiadados,
crueles, criminales. También los emparenta la primera persona del singular,
un yo pendenciero, absoluto, castigador, que no da tregua y fustiga
a diestra y siniestra como un dios rabioso y vengativo que condena con
ira.
Esta obra de Vallejo no es una novela ni un cuento
corto, y podría decirse que es un relato de los últimos días de su hermano
Darío, pero no. El libro posee el carácter de un acta de defunción del
propio narrador y funciona como una suerte de coda a El río del tiempo.
El personaje principal -si así puede llamársele- es el narrador mismo,
que asiste incluso a su propia inmolación después de morir aferrado
a un teléfono al enterarse de la muerte de su hermano.
En la contracarátula del libro se afirma que éste
es "metáfora de la muerte". Nada más falso. La muerte reina aquí en
carne y hueso, impera oronda en cada página, en cada párrafo, en cada
línea, sin ambages, cruda como ella sola, y no hay metáfora pero sí
un tenso, hermoso y estrepitoso lirismo. -Alberto Quiroga