ECOS DE LA GUERRA
EN PALABRAS DE MUJER

Por Soraya Hoyos
Con la colaboración de Claudia García y Úrsula Mendoza


Imágenes de Claudia García

Reflexiones, opiniones, encuentros, conversaciones entre María Eugenia Vásquez, la Negra,
autora del libro Escrito para no morir,
y la socióloga Soraya Hoyos.


ROMPER EL SILENCIO


Milité en un grupo insurgente colombiano, el Movimiento 19 de Abril (M-19), que actuó en el país de los años setenta a los años noventa. Participé plenamente de tareas político-militares, estuve al frente de trabajos de organización de masas y en acciones armadas urbanas y rurales; viví la clandestinidad y la cárcel. Hice parte de la dirección nacional. Por más de 18 años creí que era el único camino posible para lograr un país diferente.  1

 

 María Eugenia Vásquez, la Negra, se decidió a hablar. Su voz irrumpió en el silencio de su pasado clandestino. Retomó el hilo de sus primeros diarios de infancia, pero esta vez no escondió la llave. Rompió el doble secreto: el de la mujer y el de la guerrillera.
   Yo rompí con todo al tiempo, con mi relación afectiva, con la militancia, con todo lo que había sido mi vida hasta ese momento. Tenía aproximadamente 40 años, y toda la confusión, toda la problemática interna, todo el dolor de las muertes, de las ausencias, cayeron sobre mí. Y si yo no escribo, me muero 2.
   Excluidas de la palabra y de la vida pública, las mujeres han vivido durante siglos desterradas del mundo y de sí mismas. El desgarramiento ha silenciado a muchas, pero el silencio es una máscara que oculta y que revela. Detrás se adivina un malestar, el ahogo de las voces femeninas. Por eso ahora las mujeres alzan la voz, hablan de ellas y entre ellas, e interrogan a los hombres, para que no se devuelva la pregunta que Christine Bruckner les hacía a los mitos femeninos del teatro griego: "¿Por qué no dijiste nada, Desdémona?".  
   Cuando la Negra se decidió a escribir, no pensaba en contar su historia sino la historia del M-19. Revolvió los recuerdos, los registró en papelitos. Aquí y allá, los fragmentos de su militancia política se desparramaban y se aglutinaban sin dejarse ordenar. Hasta que un día entendió que sólo su propia historia, la historia de una mujer dentro de la guerrilla, le daría la coherencia interior que les faltaba a sus recuerdos.
   Escribir fue como dibujarme en una sola hoja, como hilvanar la vida (...). Fue también una manera de romper la clandestinidad en la cual mantenía la mitad de mi historia, revelar una memoria que estaba codificada en clave de silencios y asumirme como soy 3
   "La costurera es la memoria -decía Virginia Woolf- y por cierto bien caprichosa. La memoria mete y saca su aguja, de arriba abajo, de acá para allá. Ignoramos lo que viene en seguida, lo que vendrá después" 4 . Al romper con la militancia, María Eugenia sentía que una explosión interna la dispersaba por el universo. Recomponerse por dentro, unir de nuevo los pedazos de una mujer rota por el dolor y las muertes, sólo era posible desde la escritura.
   De una cosa que no fui consciente sino hasta que terminé el libro, fue de cómo utilizar mi historia para contar la historia de la organización me iba a fortalecer tanto como mujer y me iba a dar la posibilidad de construir una identidad distinta de la que construí a partir de mi militancia; y además, de cómo todo ese proceso me iba haciendo sentir más cómoda... como si por fin hubiera encontrado el lugar donde estar en la vida. Escribir fue un ejercicio nacido desde el fondo de mi entraña. Yo necesitaba reorganizarme para poder vivir.
   Cuando se busca hacia adentro, hay un retorno a la existencia, en un juego de lagunas y recuerdos. La Negra había perdido a su hijo, a sus compañeros de lucha, a varios amores, a demasiados amigos. La pérdida de su hijo no fue sino la síntesis de todas las pérdidas y de todas las muertes que se agazapaban en su alma. Estaba agonizante, inmersa en el desasosiego que dejan los duelos postergados y el abandono de la militancia. La escritura y la palabra le devolvieron la vida. Por eso su texto está poblado de silencios, de pausas que se prolongan hasta el lugar de lo no dicho. Su escritura reposa en las ausencias y sus palabras recubren los vacíos.

PUDOR Y TRANSGRESIÓN

María Eugenia no se siente escritora. Escribió el libro para ella y para un círculo cerrado de amigos. Cuando supo que se publicaría, sufrió una crisis al pensar que su vida personal podría ser manoseada por otros. Sus temores hablan del pudor ante la intimidad y la palabra.
   ¿Acaso los hombres escriben la historia y las mujeres sus historias de vida? Quienes sostienen que los hombres no escriben desde la subjetividad olvidan que durante siglos la cultura ha revestido de objetividad su palabra subjetiva. Si fuera cierto que existe un color femenino que impregna la escritura, ese color no estaría teñido de subjetividad sino de cierta timidez para arriesgarse a decir. Aún hoy, María Eugenia duda sobre una segunda edición. No sabe si su vida merece ser contada y leída.
   ¿Cómo se explica que una mujer que ha sido transgresora desde que nació, sienta de repente esa cohibición? ¿Hay un abandono del impulso transgresor? Cartas, diarios, poemas, confesiones, pinturas, esculturas de miles de mujeres se han quedado para siempre en la sombra por causa de esa renuncia. ¿Por qué tanto pudor para decir "somos creadoras, somos parte de la historia"?
   Porque toda la vida nos dijeron: "De esas cosas no se habla". Nuestras formas de expresar y de narrar los sentimientos han sido poco apreciadas y socialmente sancionadas. Siempre nos han dicho: "Eso no se lo cuentes a nadie más, guárdatelo, ¿para qué contar tantas intimidades?"... O "Trágate tus lágrimas y llora con la almohada, porque es ridículo que te pongas a llorar aquí en una reunión política, que tú te pongas a llorar porque acaban de matar a tu compañero". Entonces ¿cómo no vamos a tener pudor? ¿Cómo no tenerlo si hemos sido tres veces invisibles? Invisibles por ser mujeres, por ser clandestinas y por estar contando cosas íntimas. ¿Cómo podría yo ser más segura si he estado bajo 30 capas de tierra, si de lo que yo hablo y lo que yo soy ha sido tan soterrado y tan oculto?".
   Otras mujeres, al igual que María Eugenia Vásquez 5 , se han lanzado a escribir impulsadas más por su experiencia como guerrilleras o como mujeres que han participado activamente en política, que por la escritura misma. Sin esa participación en la vida pública, tal vez nunca hubieran empuñado la pluma. Escribir sobre sí mismas, para muchas, sigue siendo un acto transgresor, porque al hacer de su vida el hilo de la narración, nombran lo secreto y lo prohibido. Cuando las mujeres se ponen a hablar, solas o en corrillo, suelen internarse en los terrenos que la moral social vigila con más celo: la sexualidad, la maternidad, los sentimientos amorosos... todos ellos asentados en el cuerpo femenino.

POLVO ERES...

En Escrito para no morir, a cada asalto guerrillero le sigue un asalto al corazón. Las experiencias sexuales apaciguan los dolores y avivan las pasiones. No son el centro del relato pero lo intensifican. Se cuelan entre dos combates, en medio de una toma, de los escondites y de las fugas.
   -Negra, ¿por qué los hombres no cuentan sus polvos y las mujeres sí?
   -Porque nosotras los contamos de una manera distinta. Nosotras no los contamos con afanes heroicos. Yo no hablo de mis polvos para que me condecoren, hablo de ellos porque eso significa hacerse preguntas acerca de las relaciones entre hombres y mujeres. Lo hago con el absoluto convencimiento de que a muchos no les gusta que yo hable de eso, pero también porque quiero mostrar cómo jugué unos roles tan tradicionales creyendo transgredirlos.
   Para quienes no reciben bien las anécdotas sexuales escritas con nombres propios, el libro podría ser tildado de exhibicionista. En la vida de la Negra los amantes van y vienen, están de paso, nada los ataja. Brotan en cualquier parte y con perfecta naturalidad.
   Un amigo me dijo que contara menos polvos. Yo le respondí: "Tú eres un censor, no cuento ni un polvo menos porque los que están ahí son los que tienen que estar". ¿Qué tal si los cuento todos? No acabo ni en tres tomos.
   Los amores se viven, se sufren y se acaban. Amores irresponsables los llaman algunos, porque se viven sin futuro. En medio de la guerra, la muerte es la única certeza, y no hay promesa de eternidad ni en el amor ni en la vida.
   Ellos me deseaban a mí, y yo sentía que si eso era lo que querían, pues bueno, se lo daba, aunque yo quería otras cosas. ¿Qué quería yo? ¿Qué quería yo del flaco Bateman, por ejemplo? Quería sus cuentos, sus reflexiones posteriores al polvo. A mí eso me encantaba: su afecto, su corpulencia acogedora, y cómo echaba la carreta después. Pero en ese entonces yo fui para otros, yo fui para la organización, yo fui para los hombres que me amaron, tuve hijos para otros. Fui para consuelo y para satisfacción del guerrero. Y lo di por solidaridad, claro que sí. Porque fui para el deseo de otros. Fui para la guerra y para el sacrificio, estuve dispuesta a morir en aras de una necesidad colectiva. Casi que mi límite corporal desaparecía en función de lo que era necesario para la organización, por eso nunca me negué a nada. Y todavía trato de construirme en mi autonomía, porque yo ahora quiero ser para mí.
   Las contradicciones se agolpan al hablar de la sexualidad. El cuerpo en femenino es un cuerpo para otros, pero también es un poder. Del relato de la Negra va quedando extrañamente una idea colectiva de los hombres. Uno tras otro, los hombres desfilan por su vida. En una organización con mayorías masculinas, ella elige, busca su placer y cambia de pareja a voluntad.

   

A todos los hombres que he amado, los he amado de manera intensa cuando fue su momento. Entonces esa forma de amar mía por supuesto que les produce inseguridad a los hombres, por un pasado tan poblado de recuerdos y por mi manera de no darle demasiada importancia al amor, y de poder decir: "Yo te quiero mucho, pero hasta luego porque tengo cosas más importantes que hacer".
    En el terreno de la intimidad, los hombres aparecen en conjunto y la mujer se convierte en individuo. Como en el ideal griego del guerrero, el cuerpo del hombre es un bien público que se pone al servicio de un pueblo. El instrumento de su honor es un abstracto que no le pertenece y que la guerra pone en juego. Así, la belleza masculina sólo alcanza su apogeo con la "hermosa muerte" del guerrero.


   Mientras milité, mi identidad fue una identidad colectiva. Era individuo en cuanto pertenecía a un colectivo. Ese sentido de cuerpo era el cuerpo colectivo, el cuerpo guerrillero, el cuerpo armado. Durante todo el tiempo de la militancia, me sentía cuerpo conjunto. Pero además hay todo un entrenamiento para que tu cuerpo se asuma con el arma, para hacerla parte indiscutible de ti misma. El día que la dejas, sientes como si te hubieran cortado una mano.
   Frente al cuerpo abstracto del guerrero, el cuerpo femenino está dotado de una materialidad que transpira sensualidad y misterio. Y aunque pueda convertirse en un asunto público -por el escándalo de su belleza, a Helena de Troya la acusaron de llevar a dos pueblos a la guerra-, la mujer posee un cuerpo que la promesa del placer exalta como un cuerpo individual.
   Sin embargo, hay unos momentos en que mi cuerpo sentía la vida en la medida en que estaba haciendo el amor. Entonces, era yo misma y el amor era la vida.
   En el espacio de la intimidad, los hombres conforman un colectivo por encima del cual se eleva la mujer en su individualidad. Cuerpo para el combate y cuerpo para el placer: en la imagen de la guerrillera, la fusión de la mujer y del guerrero destila una fuerza arrolladora. Aun dispuestas a morir en el combate como hombres, las guerrilleras no renuncian a gozar de sus cuerpos de mujeres. En la encrucijada simbólica de la cama y de la guerra, lo femenino y lo masculino se mezclan.

   En la medida en que podía escoger del grupo al que yo quería y darme el lujo de decir éste sí, éste no, o estos dos al tiempo, lo que yo quiera, gané en autonomía. Pero después de terminado el libro y pasados los años, me digo: ¿Y entonces mi propuesta es que las mujeres podamos tener la libertad de escogencia grupal que tienen los varones, y podamos decir: sí, yo tuve 50 amantes? ¿O la propuesta es otra? ¿Es construir diferentes formas de relacionarse en la sexualidad, y de poner la sexualidad con respecto al resto de la vida y en la vida, en una apuesta distinta de la que planteé dentro de la guerrilla? Posiblemente sí es otra la propuesta, pero yo no la he encontrado todavía. Entonces, lo que sentí que había sido mi gran conquista en el terreno de la sexualidad, porque logré tener tantos maridos y amantes como cualquier varón, y más que muchos varones, ¿era tal conquista o era mi adaptación al mundo masculino? ¿O era mi manera de decirles: "Caballeros, soy tan capaz como ustedes"? Porque ese fue el desafío de la guerra para nosotras las mujeres: "Señores, somos tan capaces de estar en su mundo como ustedes". Pero ¿construimos propuestas realmente nuevas, y esas propuestas tuvieron un lugar dentro de las organizaciones guerrilleras?
   Estas reflexiones sobre la vida de una mujer en la guerrilla, desencadenadas por el proceso de la escritura, despiertan interrogantes sobre la coherencia del discurso en la experiencia guerrillera.
   -¿Tú crees que ha sido más subversivo escribir el libro que militar en la guerrilla?
    -No sé si ha sido más subversivo, pero ahora soy más yo. Antes era ellos, durante mucho tiempo de mi vida fui ellos, hasta el punto de obligarme a vivir por ellos. Creo que hoy vivo más por mí misma, así a veces me sepa a mierda la vida. He construido mi individualidad, y la he construido a partir de la escritura, no de otra cosa; de escribir y de hablar.
   -Y el amor, entonces, ¿qué significó?
    -El amor simplemente me ayudó a vivir, y fue secundario porque el eje de mi vida era la revolución. Y hoy en día continúa así: el amor no es mi proyecto de vida, aunque sobre el amor no existe la última palabra, ni se ha vertido la última lágrima. Pero, para mí, el amor es un embuste que uno se inventa para vivir mejor.
   Con la franqueza de la Negra, los afectos van ganando en belleza lo que pierden en mentira. El amor será un embeleco, pero en su libro es también la fuerza de la vida.

"LA FUGA DOPO COITO"

Las contradicciones más fuertes de las mujeres en la guerrilla se ponen en evidencia frente a la maternidad. En la mayor parte de los casos, la viven como una renuncia y no como una conquista. Si deciden no ser madres es porque el compromiso político lo impide. En el retorno a la vida civil se preguntan si la maternidad puede ser un proyecto que las llene de nuevos motivos.
   En las mujeres, la carga que nos llena de culpa es la carga de pensarnos fundamental y esencialmente como madres.
   
   

   Es una carga cultural que llevamos a cuestas, muy difícil de liberar. Tendríamos que preguntarnos por qué, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, muchas compañeras decidieron tener hijos, construir una familia... porque era algo que no habían hecho, como si la realización de las mujeres estuviese en el acto de procrear. Y resulta que, en muchísimos casos, tuvieron los hijos y siguieron sintiéndose incompletas, porque es otra cosa lo que les hace falta. Lo que les hace falta es la esencia, el sentido de la vida.
   Han tenido amantes, amores, deseos compartidos, y ahora tienen hijos, pero sienten que se les escapa la vida. Como un péndulo que no oscila hacia su centro sino siempre a los costados, se alejan de sí. Y en ese fluir siempre hacia los otros, se va formando un vacío.
  
   

   "Las mujeres que tenían hijos asumieron solas la reconstrucción de sus familias afectadas por la guerra, la mayoría porque quedaron viudas o porque sus compañeros buscaron otras esposas para los nuevos tiempos. Doble duelo: la pérdida del colectivo y del compañero, en un momento de confusión y adversidad" 6.
    Un hilo muy fino se teje entre el abandono de los hombres y el desencadenamiento de las guerras. El pintor chileno Roberto Matta lo llama la "fuga dopo coito", la huida emprendida después del acto sexual por causa de un pánico ancestral a las mujeres que es, a la vez, espanto ante el encierro y ante la pérdida de la energía vital: "La función del hombre es fecundante y, por decirlo así, termina allí. La función de la mujer, en cambio, es educadora, es disciplinadora, es formativa, en casi todas las especies tiene que acompañar el crecimiento. Y me parece que el hombre, después de fecundar, siente como que la mujer se lo quisiera robar, que lo quisiera retener cerca de ella; ahora bien, esto le da una especie de claustrofobia y quiere escaparse, arrancarse de esta situación, e inventa subterfugios para irse. (...) La cosa guerrera probablemente se podría entender como una especie de pretexto de fuga sexual, como algo surgido de la vergüenza del macho frente a ese rol casi insignificante en la germinación, el rol secundario del fecundario: un rol, en cierta manera, efímero, porque él participa en la generación de la especie únicamente escupiéndole al huevo" 7
   Esta versión despiadada del papel de los hombres en la procreación traza una línea de continuidad entre el temor a la feminidad y la pulsión destructiva, cuyo puente es una sexualidad exenta de ternura. Esa línea invisible se evidencia en afirmaciones como la del general Francisco José Pedraza cuando declara: "El orgasmo de paras es cuando asesinan" 8 .

   El mundo actual reclama a gritos nuevas líneas de fuga. Los testimonios de las mujeres guerrilleras así lo demuestran cuando señalan que, en la relación con los hijos, una espada de acero separa a hombres y mujeres. Para los hombres es más fácil, dicen ellas, porque no se espera que estén al lado de los hijos. Aunque éstos se preguntan por la ausencia de sus padres, pronto los convierten en héroes porque se fueron a la guerra. Sin embargo, la lucha por un ideal de justicia o por una transformación política no les basta para justificar el porqué, durante tantos años, sus madres no estuvieron con ellos.
   Matta, de nuevo, nos sugiere un camino: "... Si se sigue pensando sin la lógica femenina que nos falta, el problema no se resolverá jamás. Nos falta una manera de pensar las cosas, en la cual se revele cuán absurdo es todo esto, y esa es la contribución del punto de vista femenino, es decir, el pensamiento del poeta, del artista y de la mujer". Tal vez la gran transformación del nuevo siglo no sea la emancipación de las mujeres sino la feminización del pensamiento masculino, la inauguración de una nueva perspectiva en la mirada de hombres y mujeres cuyo punto de fuga sea la relación de los varones con sus hijos.
   También es una transformación de nosotras en nuestra manera de plantear la maternidad. Tenemos que hacer nuevas propuestas de maternidad, volverlas a pensar, y negociar, con los hombres y con los hijos. En este momento, no basta la buena voluntad, ni de nosotras las mujeres, ni de los hombres por ser papás diferentes.

"LAS BOTAS ME TALLABAN"

Las mujeres guerrilleras se metieron al monte a luchar con los hombres por una sociedad más justa. Ocuparon el mundo viril de la guerra, lo conocieron y también lo padecieron.
   Para ellas, penetrar en un mundo eminentemente masculino como el de los ejércitos significó un proceso de adaptación que llevó a modificar sus referentes de identidad para desempeñarse con éxito y sobrevivir en un mundo de varones, dirigido casi exclusivamente por varones, y aceptar los retos de competir con ellos en su propio terreno y ser valoradas por cualidades propias de la masculinidad: el coraje, la audacia, la dureza, el don de mando, la voluntad y el arrojo 9.

   Esa fusión de hombre y de mujer, que encarnan las mujeres guerreras, pone de nuevo en entredicho la lógica binaria que, en la división de los sexos, sólo percibe la oposición de dos universos adversos. Tal vez la curiosidad por la vida de las guerrilleras no obedece tanto a un franco interés por conocer el universo de las mujeres como a esa irresistible atracción que ejerce la entrada de las mujeres en el territorio masculino de la guerra... ¿Una penetración a la inversa?
   En su mayoría, los mandos éramos mujeres. Los muchachos nos decían "Las Doñas". No fue fácil ganarse su respeto, pues de cierto modo subestimaban a las mujeres en el campo político y militar. Debíamos demostrarles incesantemente que podíamos hacer todo cuanto exigíamos de ellos y más. Ganamos fama de duras y de autoritarias, pero era una forma de imponernos a los varones 10.
   Al hablar con firmeza, cambiar de voz, endurecer el cuerpo, acatar o dar órdenes, pisar fuerte, las mujeres eran evaluadas según su capacidad de comportarse como hombres. Es innegable que en la guerra, como en otras lides, las mujeres se virilizan para ganar autoridad. En la mujer guerrera, la masculinidad gana en complejidad lo que la feminidad pierde en sustancia.    
   La escuela militar nos adiestró para el combate. Templó la voluntad, nos acostumbró a la presión psicológica, desarrolló habilidades tácticas sobre el terreno, nos dotó de herramientas para calcular dimensiones a simple vista, ordenó los procedimientos operativos para el cumplimiento de una misión (...). Pero, además de eso, afianzó nuestra moral combativa con argumentos ideológicos. Teníamos claro el porqué de nuestra lucha, el empleo de las armas al servicio de la política. Cultivó valores indispensables en la batalla (...). También discutimos asuntos éticos con respecto al ejército. Pero nadie nos dijo qué hacer con los sentimientos de asombro y de dolor frente a la destrucción causada por uno mismo, nadie nos contó que la maquinaria de la guerra avería el alma, que en algunos momentos es mejor morir que sobrevivir con una carga tan pesada. Nadie dijo nada...11 .
   Tal vez el desencanto de las excombatientes nos habla hoy de una relación que se erosionó por falta de reciprocidad. Ellas aprendieron de los hombres, pero ¿cómo se dejaron influenciar los guerreros de la feminidad?
   -¿Qué te llevó a abandonar la militancia, qué generó la crisis?
    -En sus inicios, el M-19 construyó una nueva forma de hacer política con la que me sentía a gusto; había una mayor frescura, yo sentía que nos comunicábamos con la gente y que interpretábamos el sentir de muchos colombianos y colombianas que no habían sido tenidos en cuenta. En la medida en que esa comunicación se va rompiendo por las dinámicas militares que amplifican el tronar de las armas y se destacan más las acciones como las emboscadas o la toma de cuarteles, que dejan una cantidad de muertos; cuando ya los golpes militares son lo fundamental y uno se pone el uniforme militar como una camisa de fuerza, se va jodiendo la política. La crisis es producto de no encontrar mi lugar dentro de unas estructuras que cada vez se militarizaban más, porque aunque dentro de las botas me sentí cómoda en un momento determinado, lo asumí y me metí a fondo en los operativos militares, llegó un momento en que las botas me tallaron y me pregunté: "Bueno, ¿cuál es mi lugar dentro de esta organización que cada vez tiene más aprecio por lo militar?" Cada vez me sentí más al margen, menos cómoda. A esa sensación se sumó el dolor y decidí partir en busca de otras cosas, lo que fuera... No sabía bien qué quería... pero allí ya no encontraba mi lugar.
  
   "Dejar el camino de la guerra y aventurarse a construir un presente de paz, indiscutiblemente, fue una decisión acertada. Renunciar a las armas no fue un problema, el problema fue que el país y la sociedad que recibieron a esos hombres y mujeres no eran muy diferentes de los que incentivaron su vocación insurgente. Nadie. Ni el país, ni la gente de los bandos hasta el momento enfrentados, comprendieron a cabalidad las implicaciones de un cambio tan profundo" 12 .

 -¿Quiénes llevaron al Eme por ese camino de la militarización? ¿El cambio responde a los relevos en el mando, a unos dirigentes que cada vez son más de corte militar que político?
    -No, esas son las dinámicas de la guerra, simplemente eso. No depende de uno u otro hombre... Que desapareció el flaco Bateman, le tocó a Iván Marino, o luego a Fayad, o a Pizarro. Los hombres y las mujeres nos vamos metiendo en esa dinámica de la guerra hasta que nos devora o nos muele.
   María Eugenia abandonó la militancia un año antes de la entrega de armas del M-19. Han pasado doce años desde entonces y la violencia en el país se ha recrudecido. Las dinámicas destructivas de la guerra nos han precipitado en un abismo sin fondo, mientras que los discursos de paz se hunden con nosotros.

Y LOS HOMBRES, ¿DÓNDE ESTÁN?

En el debate sobre las mujeres y la guerra, los grandes ausentes son los hombres; seguimos hablando entre nosotras. Y aunque, como dice la Negra, la sospecha feminista continúe siendo profundamente subversiva, el silencio de los hombres frente a los reclamos femeninos profundiza los abismos.
   Lo más interesante es que ninguno de los dirigentes del M-19 se ha pronunciado sobre el libro. Les he pedido su opinión, los he increpado, les he dicho: "Bueno, ¿por qué no me cuentan cómo les ha parecido?" No han dicho ni mu. Y no sé a qué obedece ese silencio.
   ¿Será que estamos haciendo las preguntas de una manera tan sesgada que no hay espacios para ellos? ¿Dónde vamos a reconstruir espacios de encuentro, sobre todo en territorios masculinos como el de la política y la guerra?
   Estas preguntas todavía les causan mucho escozor a los hombres porque lo que están cuestionando es cómo ellos han construido este mundo, con nosotras adentro y a la vez sin valorarnos. Y hablo de guerrilleros, de dirigentes, de quienes firmaron la paz; hablo, incluso, de los militares. Esos sectores todavía son muy duros cuando se les interroga, porque toda pregunta que desestabilice el poder es una pregunta incómoda. Y es incómoda incluso para nosotras las mujeres, porque nos obliga a pensarnos de manera distinta.
   Tendremos que reflexionar en colectivo, hombres y mujeres, para saber si los últimos 40 años de historia colombiana han transformado nuestra visión masculina de la guerra. Apelemos por última vez a Matta, para no finalizar esta conversación entre mujeres sin que resuene el eco de alguna voz masculina: tendremos que "pensar en lo que falta, comprender que el sentido de lo contrario o adverso viene de que te falta un pedazo. Ahora, ese pedazo que te falta, es el pensamiento del cuerpo femenino. Para pensar el mundo como especie, hay que pensarlo juntos" 13 .


Notas

 1. María Eugenia Vásquez, "La vida se escribe en borrador y se corrige a diario. Efectos del conflicto armado en mujeres     excombatientes". Taller Género, Conflicto y la Construcción de la Paz Sostenible. Mimeo, Bogotá, mayo de 2000.
 2. Salvo que se indique otra cosa, todos los textos en itálica corresponden a las reflexiones de María Eugenia Vásquez     recogidas en entrevista personal.
 3. María Eugenia Vásquez, Escrito para no morir. Bitácora de una militancia, Premios Nacionales de Cultura     1998.Testimonio, Bogotá, Ministerio de Cultura, septiembre del 2000, p. 21.
 4. Virginia Woolf, Orlando, Editorial Sudamericana, 1999.
 5. En Colombia, también Vera Grabe publicó recientemente su testimonio sobre el M-19, Razones de vida.
 6. María Eugenia Vásquez, "La vida se escribe en borrador...", op. cit.
 7. Eduardo Carrasco Pirard, "Conversación con Matta: de las armas, de la cultura y de las mujeres", en Ediciones de las     Mujeres, Nº 28, Santiago, Isis Internacional, 1999.
 8. El Espectador, 17 de abril de 2001.
 9. María Eugenia Vásquez, "La vida se escribe en borrador...", op. cit.
10. María Eugenia Vásquez, Escrito para no morir, op. cit., p. 340.
11. Ibíd., pp. 223-224.
12. María Eugenia Vásquez, "La vida se escribe en borrador...", op. cit.
13. Eduardo Carrasco Pirard, "Entrevista con Matta...", op. cit. E

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