| CIÉNAGA GRANDE VIAJE AL CORAZÓN DE LA BARBARIE |
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Días después de la horrorosa masacre de la Ciénaga Grande de la Magdalena, Fernando Estrada recorrió la zona y habló con sus habitantes. Nombrar a los muertos es una forma de no olvidar las atrocidades, buscando que no se repitan.
"La
crítica de la violencia es la filosofía de su propia historia". |
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Por Fernando Estrada
Fotografías de Genaro Gómez
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Fernando Estrada. Escritor y ensayista, profesor de filosofía política de la UIS de Bucaramanga. Actualmente realiza una investigación sobre retóricas del conflicto armado en Colombia. Ha publicado los libros Filosofía, racionalidad y argumentación, y Retórica y filosofía. Escribe para la Jornada Semanal de México, Vanguardia Liberal y la revista Dialéctica de Buenos Aires. Está culminando una investigación doctoral con el departamento de filosofía de la Universidad Nacional. |
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Cuando cae la tarde, a lo lejos aún se escucha un paseo de Pachito Rada y su Conjunto; quien lo entona evoca con nostalgia la temporalidad distante, mientras en sus ojos las aguas de los manglares se reflejan grisáceas y las manos trémulas ya no muestran el vigor de tantas pescas mañaneras. Es el viejo Migue, el pescador más viejo y experimentado de la ciénaga. Allí lo encontramos, tirado sobre una vieja canoa a la orilla del manglar, con su piel teñida por miles de soles, más oscura que el pucho habano que aprieta firme sobre los labios con el único diente que le queda. "Es el último cigarro. Aquí, sentado, esperaré mi día". El humo rodea su rostro y la exuberante fragancia del tabaco se esparce, se eleva aristotélicamente llevando las almas de 50 de sus amigos pescadores masacrados por los paramilitares en la noche del 22 de noviembre. |
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Estamos en un rincón de Ciénaga Grande, en el corregimiento de Nueva Venecia, en jurisdicción del municipio de Sitio Nuevo, departamento del Magdalena. Sobre las penumbras que cobijan estos lugares todavía pasa una brisa misteriosa que guarda celosamente el número de pescadores asesinados por la caravana de la muerte. Casi todo es desolación. Los descoloridos ranchos montados sobre las aguas, separados apenas por la mirada perdida de uno que otro sobreviviente, son testigos silenciosos de la masacre. "Nos mataron las ilusiones, están matando a los pobres", dice acongojada Dolores, la mujer del viejo Migue. En la plaza de Nueva Venecia, unos perros callejeros merodean buscando algo de comer; caminan temerosos, las orejas caídas, los ojos aterrorizados, metiendo de vez en cuando la trompa dentro de un basural improvisado a un lado de la calle. El viejo Migue señala el lugar: "Aquí mataron a seis pescadores, les volaron la cabeza con metralleta". Las imágenes fueron terribles: las manos y los pies amarrados con cabuyas, las bocas pegadas sobre el polvo, sus miradas clavadas angustiosamente en cruz. "El joven de las sandalias era mi nieto Emilio, que tenía 16 años". Inclina su rostro y deposita el alma sobre las manos, mientras llora desconsoladamente. Afuera cae la noche. |
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MADRUGADA EN EL MANGLAR Una leve llovizna
se desliza sobre la ranchería. Las aguas circundan con desgano los podridos
troncos que sostienen las casas de los pescadores, en tanto que una
tortuga se asoma discretamente y luego guarda la cabeza en el protectorado
de su caparazón. Un perro callejero estira el tronco sobre las extremidades
inferiores, flexionando los músculos todavía adormecidos. Una rana parpadea,
cierra los ojos por tiempo largo y luego los abre; seguidamente salta
despacito entre la espesura de unas raíces secas. Es la madrugada. |
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AGAMENÓN Llegamos a las nueve de la mañana hasta Buena Vista, un pueblo ardiente anclado a orillas del río Magdalena. Caminamos en fila india. Primero va Migue y después Dolores, apaciguando las luciérnagas que salen al camino; luego Agamenón y yo. Cada uno lleva consigo sus presentimientos, sus recuerdos, sus penas; parece un viaje más tranquilo y seguro.
Las cuatro frases se arrastran una detrás de la otra.
A un vecino mío, Ramón González, los "paras" le hundieron en la boca un gancho de carnicería sujeto con una soga al parachoques trasero de una lancha y lo arrastraron maniatado por toda la ciénaga para que la gente lo viera y escuchara sus gritos. Luego lo degollaron y tiraron su cabeza al río. Después le abrieron el cuerpo, le sacaron todas las vísceras y arrojaron lo que ya era un desecho a la laguna. A otros once los cogieron a machete y puñal, los abrieron en canal y les echaron gasolina. Tres mujeres paramilitares participaron y disfrutaron de esta carnicería. Agamenón liberó un aullido hacia la luna; después, vino un ladrido. Un ladrido es una voz que escapa de una botella diciendo "Aquí estoy". La botella es silencio. Roto el silencio, el ladrido anuncia "Aquí estoy". La masacre desencadenó la peor catástrofe humana que se recuerde por estos lados. Sólo de Nueva Venecia salieron en desbandada 3.600 de sus 4.000 habitantes. Huyeron como alma que lleva el diablo hacia el departamento del Atlántico. En Buena Vista el tendero, el panadero, el lechero, el sastre y el que arregla las sombrillas, todos, organizaron como pudieron a sus mujeres y a sus hijos, y los mandaron hacia Barranquilla. "Ajá, y uno qué va' sabé, estos tipos no avisan y nos acaban a todo'", murmura Alejandrino, uno de los pocos jubilados que aún quedan en el pueblo. Tan sólo en Buena Vista hay 140 familias desplazadas, escasean los alimentos, los niños huérfanos lloran día y noche, falta disciplina en la entrega de los pocos víveres que llegan. Duermen amontonados, como los periódicos viejos en los basurales. La tos de Agamenón volvió a ladrar. Mockus ladró. El ladrido de los perros se oye ahora cada que llega un bote a Nueva Venecia. Son diez o quince los que se quedaron en la plaza cuando la gente se marchó. El ladrido de Agamenón presiona en la lengua y fuerza las mandíbulas a abrirse para responder "¡Aquí estoy!, llegaron las lisas". Los pescadores regresan por las noches y les arrojan lisas crudas que no tardan en devorar. Saulo ladró, vomitando el gas diabólico de una lisa que había tragado. Corzo ladró, recordando a Katia. No sabían ni tenían a dónde ir; eran como los habitantes de la ciénaga, entes sin lugar, sin espacio, sin forma ni materia... |
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DOLORES Dolores es la cuarta
mujer del viejo Migue. Lo sigue encorvada, lenta, como su sombra, cuidándolo.
Hemos llegado a una inspección de Buena Vista donde las viudas acaban
de recoger los velorios y las mesas adornadas con manteles; algunas
flores, aunque marchitas, todavía expiden ese olor mortecino de los
cadáveres. Sobre las mesas se ven algunas fotografías de jóvenes difuntos.
Reina el silencio. En un rincón alguien solloza; es Cleotilde. A su
lado, hay tres niños de dos, cinco y ocho años. Llora abrazada al cuerpo
de Dolores. |
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EN MANOS DE LOS "PARAS" Un salmo de David
recita: "En tus manos están mis tiempos". El creyente se entrega confiado,
pues sabe que pasado, presente y porvenir son tan sólo una quimera humana,
una manera de jugar que a la postre no resulta tan inteligente. En la
Ciénaga Grande, después de la masacre horripilante, los pocos pescadores
que se quedaron llegan más temprano a sus ranchos. Un pastor adventista
va predicando "Encomendémonos al Señor Jesucristo", al tiempo que las
puertas de cada casa se van cerrando. El temor sobrecoge casi todos
los lugares desde Ciénaga Grande hasta Santa Marta. Abandonados por
el gobierno a su suerte, presienten que sus vidas están en manos de
los "paras", que actúan aquí como dueños de la vida y la muerte. "Ellos
son dioses por estos lugares, actúan a su antojo", dice Agamenón.
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EL TABACO CURA LAS PENAS Cuando el viejo
Migue prende su cigarro, el rancho comienza a experimentar una suerte
de transformación metafísica. Por encima del gran escapulario colgado
sobre la madera se ve un chinchorro desteñido por el tiempo y, más allá,
la red del pescador graciosamente distante. Migue escupe sobre un rincón
una saliva amarillenta. "El tabaco quita las penas -dice-, vale más
que la eternidad prometida", y suelta una bocanada de humo que mágicamente
parece entrar en complicidad con los secretos de la ciénaga y que acentúa
aún más el olor de la nicotina acumulada sobre el mechón canoso de su
barba. Afuera reina el silencio. |
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