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Julio
César Londoño, cuentista y ensayista, escribió este texto sobre la relación
Mutis-Poniatowsca; un reportaje hecho con un 50% de ficción, un 40% de
investigación bibliográfica y el resto de entrevista personal.
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Por Julio César Londoño
Fotomontajes de Carlos Buitrago
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Al principio, el
chisme no me interesó mucho. Que hubiera o no habido "algo" entre el
escritor colombiano Álvaro Mutis y la periodista mexicana Elena Poniatowska
en los tiempos en que el escritor estuvo encerrado en la cárcel de Lecumberri,
en Ciudad de México, era algo que me tenía sin cuidado. Primero, porque
no conocía a la condesa, y segundo, porque Mutis no es mi tipo. Encuentro
muy discreta su obra, y temo no ser el único que se aburre con sus libros.
La prueba está en que nadie se sabe de memoria un verso suyo, y en que,
pese a los premios y a la buena prensa, ninguna de sus novelas se ha
vendido bien (el mediano éxito de Ilona llega con la lluvia le debe
mucho al efecto de "arrastre" que la versión cinematográfica produjo
sobre las ventas del libro). Como diría Cortázar si pudiera: "Aunque
no ha podido conectar un buen knockout, se está ganando la inmortalidad
por puntos". |
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PROUST ENTRE DOS FUEGOS Había sólo una persona
en la fiesta más sedienta que el embajador: Marijosé, la última conquista
de Paz (chaparro y todo, Paz tenía fama de estar muy bien dotado y su
éxito con las mujeres era mayor que el del mismísimo Fuentes). Era una
joven rubia, exuberante y un tanto atolondrada. Al principio estuvo
muy silenciosa pero a la tercera copa empezó a reír a destiempo, a preguntar
quién era Proust, a flirtear con el embajador y a renegar de "estas
fiestas donde hablan de gente que uno no conoce", mientras Octavio le
imploraba "No tomes más, mi amor", y todos nos pusimos incómodos, excepto
Arreola, quien la encontraba "rechula", hasta que Elena salió al quite
y, poniendo didácticamente su mano sobre el muslo de Marijosé, le explicó
que "Marcel Proust fue un señor francés, rico e hipocondriaco, que se
pasó la vida entera en una habitación insonorizada, en un lecho que
fue escritorio, camilla de enfermo y -salvo uno que otro desliz heterosexual-
escenario de sus retozos con jóvenes vividores del lugar. Murió dejando
una novela de cinco mil páginas que los señores encuentran muy profunda;
en realidad Proust no dice nada, Mari, pero lo dice de una manera insuperable".
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UN GOLPE DE SUERTE Un día, buscando
en vano un libro de Edward Morgan Forster en las pantallas de la Biblioteca
Luis Ángel Arango, en Bogotá, digité sin esperanza, casi mecánicamente,
las letras de su nombre. Y fue la luz. Allí estaba, en caracteres brillantes,
"Escritor colombiano encarcelado en México", por Elena Poniatowska.
Reportaje. Diario La Calle, Bogotá, enero 22/60. Un minuto después estaba
leyendo los microfilmes del periódico en una moviola. La condesa había
hecho una crónica sobre Mutis, encarcelado en México por haber desfalcado
la compañía petrolera Esso (cosa que será crimen, mas no pecado). Escribe
en tercera persona pero el entusiasmo la traiciona. Su pluma vuela,
excitada. Escuchémosla.
Hay, sí, un crescendo de vocativos. Del "usted" y del "señora" iniciales, Mutis pasa al "tú", al "ti" y al "Elena" en el intervalo de unos meses. La carta del 11 de julio de 1959 empieza con "Mi querida Hélène" y, luego de reprocharle su silencio con suavidad, como quien sabe que no tiene derecho de exigir mucho, se entusiasma con la perspectiva de una visita que la condesa le había anunciado para hacerle una entrevista: "Me encanta lo de la entrevista, te aseguro que más por el placer de verte y de respirar un poco el aire de tu libertad que vas a traer prendido a tu ropa y a tus palabras y gestos". A veces jugaban rudo: "Si tuvieras cinco centímetros más de estatura -le escribe Mutis- hasta los ángeles bajarían a la novelería" (en realidad estaba furioso porque ella había ido a visitarlo acompañada de Luis Buñuel. Y aunque pasaron una tarde casi agradable, al final todo se arruinó porque a él le pareció que, al marcharse, Elena caminaba muy cerca de Buñuel, como en esos primeros metros del romance donde las manos aún no se atreven pero ya la fuerza gravitacional del amor ha empezado su trabajo y hace que los brazos se rocen). Elena tragó grueso, asimiló el golpe y no dijo nada. Con la perfidia propia del bello género, esperó a que el poeta estuviera en su peor momento para decirle que no le gustaban sus cartas, que eran "muy literarias" y que él "era mejor conversado que leído" (en México, y en una época en que todos querían parecerse a Rulfo, ser "muy literario" era descalificador. Equivalía a retórico, ampuloso, postizo). Mutis sonrió y le dijo que lo consideraba un elogio, pero luego, cuando ella se marchó, contó las letras de los graffitti de la celda: 4.523. Ni una más, ni una menos.
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UN CAMBIO EN EL TONO Pasada la tormenta,
la carta del 17 de octubre termina con un indiscreto "Para ti un abrazo
muy grande y casi todo el corazón de tu poeta: Álvaro" (en realidad
ya todo su corazón pertenecía a la condesa, pero no podía decírselo
a una mujer que sólo le había entregado una pequeña fracción del suyo).
Luego, quizá para despistar, "Muchos recuerdos para Alberto" (Alberto
era el esposo de Elena).
La volví a ver hace poco en un congreso de escritores en Lima. Esta vez fue ella la que apareció, de repente, ante mi mesa. Aunque ya no se cocinaba en dos aguas, permanecía esbelta y casi victoriosa sobre el tiempo. Estaba feliz de descubrir Lima. Le parecía una ciudad hechizada. "¡Es más bella que Cartagena! ¡Qué Antigua!", casi gritaba. Como el congreso estaba finalizando y yo aún no hacía la tarea para el periódico que me había enviado a cubrir el evento, le pedí una entrevista. "Soy toda suya", me dijo con esa inocencia que ellas saben poner mientras sacan, debajo de la mesa, el puñal del liguero. -¿Usted cree en Dios? -Sólo los días pares. -¿Cómo le gustan los hombres? -Surtidos -dijo riéndose, para luego corregir-: quite eso. Era una broma. -¿Su opinión de la crítica? -El más difícil y necesario de los géneros. -¿El futuro de la especie humana? -Creo que saldremos de ésta... ¡Si Gaia no nos mata antes! -¿El mejor escritor mexicano? -Alfonso Reyes. -¿Por encima de Rulfo? -Sí. Reyes es más completo. -¿Octavio Paz? -Buen poeta. Como prosista es muy confuso. -¿Carlos Fuentes? -Más suerte que talento. -¿Vargas Llosa? -Prometía más de lo que ha dado. -¿García Márquez? -Genio. -¿Es una categoría literaria? -No. Una interjección acuñada para nombrar lo semidivino. -¿Borges? -Una revolución flemática. -¿Elena Poniatowsca? -Work in progress. -¿Modesta? -Es lo que nos queda a los que no somos semidivinos. -¿Arreola? -Una de las formas de la felicidad. -¿Un sueño? Elena se toma su tiempo, por primera vez: -Una Latinoamérica precolombina. -¿Lo cree posible? -Usted me pidió un sueño.
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LA LECCIÓN DE ELENA Aproveché que estaba
en librerías una segunda edición de la última novela de Mutis, Amirbar,
para dejar caer su nombre en la mesa como quien no quiere la cosa. Dijo
que conocía esos trabajos y los ponderó con mesura. Dije que él me parecía
el paradigma del "casi", y ella puso ojos de "¿Y?". Entonces tuve que
ampliar diciendo que Mutis era casi genio, casi gran novelista, casi
cuentista y casi buen poeta pero que, por alguna razón que se me escapaba,
sus libros me dejaban siempre la sensación de algo inconcluso, lunanco,
fallido. "¿Y su estilo?", preguntó. "Siempre pone un adjetivo de más",
dije por toda respuesta. Nota 1. El texto completo del reportaje puede leerse en el libro Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska (Alfaguara, 1998), en el que lo han insertado a manera de prólogo. |
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