el affaire  Mutis-Poniatowska
 
Julio César Londoño, cuentista y ensayista, escribió este texto sobre la relación Mutis-Poniatowsca; un reportaje hecho con un 50% de ficción, un 40% de investigación bibliográfica y el resto de entrevista personal.

Por Julio César Londoño
Fotomontajes de Carlos Buitrago

Al principio, el chisme no me interesó mucho. Que hubiera o no habido "algo" entre el escritor colombiano Álvaro Mutis y la periodista mexicana Elena Poniatowska en los tiempos en que el escritor estuvo encerrado en la cárcel de Lecumberri, en Ciudad de México, era algo que me tenía sin cuidado. Primero, porque no conocía a la condesa, y segundo, porque Mutis no es mi tipo. Encuentro muy discreta su obra, y temo no ser el único que se aburre con sus libros. La prueba está en que nadie se sabe de memoria un verso suyo, y en que, pese a los premios y a la buena prensa, ninguna de sus novelas se ha vendido bien (el mediano éxito de Ilona llega con la lluvia le debe mucho al efecto de "arrastre" que la versión cinematográfica produjo sobre las ventas del libro). Como diría Cortázar si pudiera: "Aunque no ha podido conectar un buen knockout, se está ganando la inmortalidad por puntos".
   Nadie niega que a Mutis le sobra oficio, pero le faltan ideas. Tiene mundo, oído, erudición, sensibilidad, pero le falta la sal de la vida: inteligencia. Toda su obra gira en torno a dos obsesiones: que la vida no tiene sentido, es una; la otra es tan nebulosa que debe citarse textualmente: "La experiencia me ha enseñado que la única ley que puede regir la conducta del hombre es una ley de origen divino que trasciende la condición religiosa. Esta es la monarquía" (¿!). De no ser porque la ha repetido tantas veces, uno pensaría que se trata de una boutade.
   Con la segunda no se puede hacer nada, y con la primera ya se hizo mucho. Toda la literatura existencialista bosteza sobre el postulado del sinsentido de la vida.
    "Pero Álvaro es un gran tipo -dicen todos-: divertido, afable, buen conversador". Lo dudo. La experiencia me ha enseñado que los que viven rodeados de gatos no son gente de fiar.
   No somos íntimos -cosa que ya habrá adivinado el lector- y apenas lo conozco pero, a juzgar por sus entrevistas, es un tipo pesado. Maqroll por aquí, Maqroll por allá. Mutis es el antónimo de Borges. Si al argentino le preguntaban "¿A qué horas escribe?", respondía: "A las mismas de Paul Groussac: cuando tengo a alguien a mano para dictarle... Milton decía que cualquier hora era buena. Claro, como también era ciego...". Gentleman hasta la médula, se las ingeniaba para no hablar de sí mismo. Por eso sus entrevistas resultaban siendo, siempre, un tour por todas las literaturas.
   En cambio, si le preguntan a Mutis "¿Cómo se imagina usted a Ulises?", responderá: "Un gran hombre, sin duda, un símbolo del ingenio y de la voluntad, un navegante de un extraordinario parecido con Maqroll...", y no habrá quien lo pare.
   De la condesa Poniatowska sólo sabía que había nacido en París en los años treinta en el hogar de un noble polaco y una mexicana de apellidos distinguidos. El noble y su familia viajaron a México en 1942 huyendo de la plaga nazi, y años después Elena Poniatowska se naturalizó mexicana y se dedicó al periodismo. Yo había leído algunos reportajes suyos -muy buenos, por cierto- escritos para Excélsior, y el guión de una radionovela en el que campeaban la pobreza y el dolor; parecía escrito a dos manos entre Charles Dickens y Mariano Azuela. Pero hasta ahí. Sufro de la convicción de que la literatura es asunto de hombres. Y media francesa. De modo que por ninguna de las dos puntas me interesó el "rollo" Mutis-Poniatowsca.
   A Elena la conocí en 1960 o 1961, en una de las fiestas que daba Carlos Fuentes para celebrar las frecuentes ausencias de sus padres, unos viejos ricos que no paraban en casa. Estaban todos: Arturo Ripstein, Octavio Paz, Marijosé, Álvaro Mutis, Jaime Labastida, Edmundo Valadez, Armando Manzanero, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis. Había también un hombre elegante y dipsómano que resultó ser el embajador de Venezuela. Fuentes lo soportaba porque tenía unas amigas guapísimas, aunque ambiguas, equidistantes del modelaje y los masajes, que revoloteaban por toda la casa poniendo una nota pagana en ese concilio de monjes de clausura.
   De pronto alguien, seguro una mujer, le preguntó a Paz si ese era el momento más feliz de su vida (el hombre acababa de recibir un premio importante y jugoso). Paz contestó que pos sí, que era un momento grato pero que no podía asegurar que fuera el más dichoso porque en su vida había habido muchos momentos felices -de composición, de amor, de amistad, de familia, de simple lectura- que eran incomparables entre sí.
   Arreola me codeó: "Octavito puede que sea disparejo con la pluma -susurró-, pero platicando es un maestro, ¿verdad?". Entonces llegó una mujercita menuda que fue recibida por todos con mucha calidez. Tenía una blusa blanca de manga sisa, cuello alto y bordados en hojarrota, un cinturón ancho, rojo, falda a la rodilla -negra, ceñida- y zapatos cerrados de tacón afilado y del mismo color del cinturón. Cuando se sentó, cruzó las piernas y abrió la boca, entendí la razón del cálido recibimiento: era Elena Poniatowska, el conjunto piernas-culo-rostro-cerebro mejor balanceado de México, D.F.

PROUST ENTRE DOS FUEGOS

Había sólo una persona en la fiesta más sedienta que el embajador: Marijosé, la última conquista de Paz (chaparro y todo, Paz tenía fama de estar muy bien dotado y su éxito con las mujeres era mayor que el del mismísimo Fuentes). Era una joven rubia, exuberante y un tanto atolondrada. Al principio estuvo muy silenciosa pero a la tercera copa empezó a reír a destiempo, a preguntar quién era Proust, a flirtear con el embajador y a renegar de "estas fiestas donde hablan de gente que uno no conoce", mientras Octavio le imploraba "No tomes más, mi amor", y todos nos pusimos incómodos, excepto Arreola, quien la encontraba "rechula", hasta que Elena salió al quite y, poniendo didácticamente su mano sobre el muslo de Marijosé, le explicó que "Marcel Proust fue un señor francés, rico e hipocondriaco, que se pasó la vida entera en una habitación insonorizada, en un lecho que fue escritorio, camilla de enfermo y -salvo uno que otro desliz heterosexual- escenario de sus retozos con jóvenes vividores del lugar. Murió dejando una novela de cinco mil páginas que los señores encuentran muy profunda; en realidad Proust no dice nada, Mari, pero lo dice de una manera insuperable".    
   Mutis, que ama a Proust y se sabe de memoria y en francés las cinco mil páginas, recitó con su bien timbrada voz la primera página de un ensayo límpido y concreto, "La muerte de las catedrales":
   "Supongamos por un momento que se ha extinguido el catolicismo desde hace siglos, que se han perdido las tradiciones de su culto. Sólo subsisten las catedrales, secularizadas y mudas, monumentos hoy ininteligibles de una creencia olvidada. Un día llegan unos sabios a reconstituir las ceremonias que allí se celebraban en otro tiempo, para las que se erigieron esas catedrales y sin las cuales no se encontraba en ellas más que una letra muerta, y un concurso de artistas, seducidos por el sueño de devolver momentáneamente la vida a esos grandes navíos encallados, rehacen por una hora el escenario del misterioso drama que allí se representaba en medio de cantos y perfumes...".
   Cuando Álvaro llegó a la parte en que Proust explica con piadosa poesía los símbolos de la liturgia cristiana, ya estábamos ebrios de metáforas sacras y celebrábamos las mejores frases como si fueran goles de la selección nacional (divulgado masivamente, este ensayo haría más por la propagación del catolicismo que 150 horas de vuelo del papa).
   En el momento pensé que la cosa no pasaba de ser "un pulso" entre intelectuales. Ahora, evaluando retrospectivamente los sucesos de esa noche, comprendo que se trataba de las primeras escaramuzas entre dos enamorados.
   El caso es que la fiesta volvió a encarrilarse. Elena aprovechó el alboroto para arrastrar a Marijosé a una de las alcobas del segundo piso, y reapareció sola poco después: "Marijosé les ruega que la excusen. Va a descansar. Está un tris mareada". Duquesa es duquesa.


   Desde esa noche el caso Mutis-Poniatowska empezó a intrigarme. Los círculos sociales e intelectuales de la ciudad también andaban al acecho. No era para menos: que una condesa ande en malos pasos con un expresidiario no es un plato que se vea todos los días.
   La cosa venía de atrás, según el novelista colombiano Fernando Vallejo -la tercera lengua más peligrosa de América, después de Andy Warhol y Truman Capote-, concretamente desde 1959, cuando Mutis estuvo en la cárcel de Lecumberri purgando un desfalco.
   -La condesita lo visitaba todos los domingos, viejo -me dice Fernando con sus mejillas chapeadas y sus ojitos ladinos-. Quería hacer una crónica de la vida de la cárcel, decía. ¿No creés que con una o dos visitas habría bastado? Imagináte el cuadro: el pimpollito metiéndose, arreglada y fragante, al nido de un gavilán sometido a largos meses de abstinencia, ¿ah? Y ambos culiprontos. Ambos insolentemente bellos...
   Estuve de acuerdo con que la combinación de dandy acuartelado y condesa intelectual era explosiva pero, objeté, el adjetivo "culipronta" era excesivo para una mujer de su clase.
   -Hasta donde yo sé -reflexionó Fernando-, la clase no es incompatible con la lascivia.
   -Quizás -acepté-, pero ten en cuenta que las mujeres son reticentes por naturaleza.
    El hombre me miró con compasión.
    -¿Cuál creés vos que sea el porcentaje de hombres infieles? -preguntó-. Poné un número.
    -95% -dije para ver a dónde quería llegar.
    -¿Y con quién creés que se revuelca ese 95%? ¡Pues con el 95% de las morrongas esas, hombre!
   Mirá, viejo, la cosa es sencilla: toda mujer nace con un número finito de noes en su laringe. El truco consiste en agotárselos. Entonces escucharás el anhelado sí, o verás dibujarse en su rostro un mohín pícaro y equivalente. Eso lo sabe hasta un marica.
    Me sentí apabullado por esa aritmética sin resquicios del novelista, y pasamos a otra cosa.

EL REENCUENTRO

A Elena la volví a ver en la Feria del Libro de Francfort de 1982 (para la fecha, yo ya había leído, morbosa y vanamente, casi toda su obra: ni rastro de Mutis). Estaba almorzando sola en el restaurante donde nos alojábamos los latinoamericanos. La saludé. "Recuerdo su rostro pero no el cómo ni el cuándo", me dijo con la sonrisa tranquila de quien ha pasado por el mismo trance muchas veces, y me señaló una silla frente a ella. Le hice un recuento pormenorizado de la fiesta de México, omitiendo apenas lo que mejor recordaba: su maldita manera de cruzar las piernas, superada tan sólo por la forma como las descruza Sharon Stone en Bajos instintos, ese milisegundo donde algo herboso y dorado encandila para siempre, desde el vértice goloso de la diva, la retina del espectador.


   -Fue una fiesta feliz -dijo Elena devolviéndome a la realidad-. Celebrábamos un premio de Octavio, ¿no? ¡Ah, el triunfo de un amigo es una de las gracias de la vida! Tal vez porque sentimos que algo nuestro triunfa con él, ¿no le parece?     Mientras ella atacaba el postre con felina parsimonia, le dije que encontraba ecos rulfianos en sus escritos: la misma manera coloquial de narrar; el mismo lenguaje engañosamente popular; el mismo traslape del mundo de los vivos y el mundo de los muertos. "Todos salimos del poncho de Rulfo", aceptó con resignación parafraseando el famoso Capote de Gogol, de Dostoievski, y dejando entrever, con un principio de ofuscación, que no era la primera vez que le señalaban esa influencia.
   Se veía magnífica así, con ese mechón rebelde en la frente, una chispa de ira en los ojos y una chispa de helado en los labios.
   Calculé que a ningún periodista le molesta que lo comparen con los maestros del Nuevo Periodismo, y le dije que sus diálogos me gustaban más que los de Hemingway, el abuelo del género, y que había en sus reportajes algo que me recordaba las mejores observaciones psicológicas de Capote y de Wolfe. Sonrió ruborizada. "Usted es un halagador", se defendió, y se lanzó a hablar del periodismo norteamericano con una propiedad que me asustó. "Son cínicos. Vigorosos. Precisos. Agudos. Sabidos. Eclécticos. Cinematográficos. Les ayuda, claro, esa constelación de monstruos que tienen a mano para entrevistar. Lo único que me molesta es su prurito de escandalizar. Es pueril".
   Por puro instinto de conversación le dije que A sangre fría era el único libro mal escrito de Capote. Por toda respuesta levantó su vaso de agua y brindó: "Me quita un peso de encima. Nunca he podido terminar de leerlo. ¡Y Dios sabe cuántas veces lo he intentado...! Bueno, hay que reconocer que los diálogos de los asesinos son espeluznantes. Queda uno con la impresión de que el autor no es solamente un teórico del asesinato. ¿Cree usted que Capote haya...?".
   -Creo que la "gente de bien" somos, todos, asesinos frustrados -dije para ayudarla a terminar la frase.
   Esta complicidad nos relajó y hablamos con soltura de la feria, de los libros y de los discos que habíamos comprado, de los alemanes, de la ciudad; de todo menos de Mutis. Me falta ese desparpajo que les sobra a los periodistas.
   Y comencé a obsesionarme. Desde pequeño he sido un devoto del voyeurismo, esa arte geométrica que consiste en encontrar la recta que una tres puntos: el ojo, la rendija y ella (mi madre era modista. En las tardes la casa se llenaba de vecinas espléndidas que despejaban la mesa del comedor y se entregaban a la práctica de esa geometría glamorosa de la que nunca supo nada Euclides -el sesgo, la sisa, el zigzag, los curvígrafos, la tiza, el metro, el arte de empatar las piezas tratando de no estropear mucho los estampados- mientras parloteaban incansables, con la boca llena de alfileres, ajenas a las angustias del niño que jugaba carritos debajo de la mesa -la boca seca, las pupilas dilatadas y el corazón a punto de estallar-. Pero me desvío. Volvamos a la pesquisa).
   Al regreso de Francfort leí toda la obra de Mutis, "hoja por hoja y diente por diente", buscando lo que no había podido encontrar en la de Elena Poniatowska. Y como los ojos ven lo que quieren ver, la encontré en cada página. Vi sus zarcillos en los lóbulos de las orejas de Ana la cretense; vi su pelo minucioso ondeando en los recuerdos del hombre de la gavia; vi su voz serena partir el corazón del gaviero en el aeropuerto de Amsterdam; vi sus labios húmedos y trémulos en el rostro de Ilona Garbowsca; vi su lengua articular obscenidades en un hotelucho de Sumatra; vi sus ropas en el cuerpo de una hetaira de Chipre; vi su naricita oliendo el pecho umbroso de Maqroll; en una callejuela oscura, vi los encajes de sus calzones estrujados por los dedos apremiantes de un oscuro estibador; vi sus pechos cimbrar bajo las arremetidas salvajes del Estratega; vi su rostro sepultado en la almohada en una eternidad de doloroso placer; vi los signos rojos que sus uñas almendradas dejaron en la espalda de un hombre sin rostro; vi su cabeza echada hacia atrás, tenso el cuello, nítidos los ángulos del maxilar; vi el insoportable perfil de sus nalgas en el marco de la ventana en un crepúsculo amazónico; vi sus ojos azules atisbando lejanías en el muelle de Buenaventura... Elena era un arquetipo cuyo espectro estaba en todas partes y su sustancia en ninguna.

UN GOLPE DE SUERTE

Un día, buscando en vano un libro de Edward Morgan Forster en las pantallas de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá, digité sin esperanza, casi mecánicamente, las letras de su nombre. Y fue la luz. Allí estaba, en caracteres brillantes, "Escritor colombiano encarcelado en México", por Elena Poniatowska. Reportaje. Diario La Calle, Bogotá, enero 22/60. Un minuto después estaba leyendo los microfilmes del periódico en una moviola. La condesa había hecho una crónica sobre Mutis, encarcelado en México por haber desfalcado la compañía petrolera Esso (cosa que será crimen, mas no pecado). Escribe en tercera persona pero el entusiasmo la traiciona. Su pluma vuela, excitada. Escuchémosla.

"Las risas se oyen hasta el paseo de la Reforma. Álvaro Mutis, el poeta colombiano, hace su célebre imitación de Pablo Neruda. Recién llegado de Colombia, todos lo han recibido como al Mesías. Es el salvador de las fiestas. Baile que te baile, de coctel en coctel, seduce a la duquesa de Altamira, a la marquesa de Villamarcilla... Así como fluye el champaña, fluyen las historias de Álvaro Mutis y sus carcajadas que levantan cualquier reunión como las burbujas al champaña. Junto a él nada es plano; y nada le gusta tanto a una mujer como sentirse espuma. Mutis cuenta chistes, está al corriente tanto de los últimos movimientos literarios como de las tendencias pictóricas más modernas. Habla de Goethe, de Brigitte Bardot y de las misas negras. Y sobre todo se ríe de oreja a oreja, hasta quedar exhausto. Declama en francés y dice adivinanzas en slang. Tiene una reserva de viajes verdaderamente inagotable. A los europeos les habla de Siam, a los suramericanos de Europa y a los "debutantes" les relata aventuras soñadas en la corte de Luis XIV. Fiel lector de extrañas revistas (el Crapouillot que cuenta entre sus números uno dedicado a "L'érotisme chez les papes" o algo así como "El erotismo en las comunidades coptas del siglo XVI"), posee lujosísimas y muy raras ediciones limitadas. Con Octavio Paz se pasa conversando la noche entera acerca de las relaciones entre la mística y el porvenir del hombre. También a Paz lo seduce. No dejará de hacerlo jamás. Tiene con qué. Cosmopolita, viajado, culto, sensible, bondadoso, mundano, encantador, es el rey. Nada se le atora. Su charme derrite. Álvaro Mutis parte plaza. Cruza los salones con la gallardía que lo caracteriza y sus dientes son rompevientos, rompeolas, rompelabios y, claro, rompecorazones..."1 .
   Después de leer el reportaje no me quedó ninguna duda sobre el color de los pensamientos que despertaba Mutis en la condesa. Pero seguí hurgando -¡los voyeuristas somos así, siempre queremos más y más!- hasta que una persona cuyo nombre debo callar me enseñó un pequeño tesoro: las cartas que el poeta le envió a la condesa desde la cárcel de Lecumberri. Elena se las había dado a guardar años atrás, cuando no se decidía a quemarlas y le daba temor conservarlas. Digo pequeño tesoro porque son las cartas de un caballero, es decir, decepcionantes: sosas, superficiales, discretas.
   Hay, sí, un crescendo de vocativos. Del "usted" y del "señora" iniciales, Mutis pasa al "tú", al "ti" y al "Elena" en el intervalo de unos meses. La carta del 11 de julio de 1959 empieza con "Mi querida Hélène" y, luego de reprocharle su silencio con suavidad, como quien sabe que no tiene derecho de exigir mucho, se entusiasma con la perspectiva de una visita que la condesa le había anunciado para hacerle una entrevista: "Me encanta lo de la entrevista, te aseguro que más por el placer de verte y de respirar un poco el aire de tu libertad que vas a traer prendido a tu ropa y a tus palabras y gestos".
   A veces jugaban rudo: "Si tuvieras cinco centímetros más de estatura -le escribe Mutis- hasta los ángeles bajarían a la novelería" (en realidad estaba furioso porque ella había ido a visitarlo acompañada de Luis Buñuel. Y aunque pasaron una tarde casi agradable, al final todo se arruinó porque a él le pareció que, al marcharse, Elena caminaba muy cerca de Buñuel, como en esos primeros metros del romance donde las manos aún no se atreven pero ya la fuerza gravitacional del amor ha empezado su trabajo y hace que los brazos se rocen). Elena tragó grueso, asimiló el golpe y no dijo nada. Con la perfidia propia del bello género, esperó a que el poeta estuviera en su peor momento para decirle que no le gustaban sus cartas, que eran "muy literarias" y que él "era mejor conversado que leído" (en México, y en una época en que todos querían parecerse a Rulfo, ser "muy literario" era descalificador. Equivalía a retórico, ampuloso, postizo). Mutis sonrió y le dijo que lo consideraba un elogio, pero luego, cuando ella se marchó, contó las letras de los graffitti de la celda: 4.523. Ni una más, ni una menos.
Ella tampoco estaba muy segura de sí. En el capítulo de las Cartas titulado "Yesterday", escribe: "Prefiero al Álvaro Mutis de hoy. Parece mentira, pero así es. No es que me agrade verlo en la cárcel, pero sus recientes experiencias, por más dolorosas que hayan sido, lo han transformado para bien".
   Sí, el mismo Mutis en alguna parte habla de no sé qué beneficios de su encierro, como quien agradece al cáncer su reconciliación con las dietas, pero no creo que hable en serio. En cambio la condesa sí. Debió ser dura la competencia en los salones por los favores del bello Álvaro con esas vampiresas altas y suculentas.

   

UN CAMBIO EN EL TONO

Pasada la tormenta, la carta del 17 de octubre termina con un indiscreto "Para ti un abrazo muy grande y casi todo el corazón de tu poeta: Álvaro" (en realidad ya todo su corazón pertenecía a la condesa, pero no podía decírselo a una mujer que sólo le había entregado una pequeña fracción del suyo). Luego, quizá para despistar, "Muchos recuerdos para Alberto" (Alberto era el esposo de Elena).

El 10 de noviembre empieza Mutis a escribirle en serio: "He pensado mucho en ti, en tu libro y, en general, en tu vida. Yo creo que la amistad es un preocuparse por las personas continuamente, sin miedo ya a pecar de indiscreto o indelicado. Por eso he pensado en ti. Dijiste que vendrías el martes para continuar tu renseignement sobre la vida de la cárcel. Supongo que algo debió atravesarse". Más adelante, en la misma carta, el poeta saca las uñas: "A los 18 me casé y comencé a luchar por la vida, con mucha suerte, sí, pero también con mucha angustia. Mi vida sentimental ha sido un largo fracaso y... bueno, no voy ahora, a las doce y media de la noche y desde esta horrible noche de Lecumberri, a contarte mi vida y a llorar en tu hombro". De pronto se percata de que es muy obvio, y vade retro: "Perdóname por pisar el terreno de las confesiones personales, tan resbaloso siempre y tan falso por la utilidad que tiene para ablandar "corazones solitarios" -que bien sé que ese no es tu caso, ça va sans dire- pero no por eso deja de ser menos impertinente". En el mismo mes aparece al fin, sin precisión de fecha, una carta reveladora: "Miércoles. Noviembre. Helena querida: como te fuiste después de haber inventado una supuesta situación de enfriamiento entre los dos, y como tengo tanto tiempo libre, voy a aprovecharlo para charlar un poco contigo. La verdad es que en estas últimas semanas mis cosas han andado bastante mal por todos lados y yo mismo he pasado -y estoy pasando- por un momento de transición bastante crítico y de general inseguridad y tal vez esto te haya hecho sentirme un poco lejano y, a veces, tal vez no todo lo cordial y amistoso que debo ser y soy contigo. Ahora que me has dejado pensando largamente, he llegado a ver claro que no sé cómo hubiera aguantado estos últimos seis meses tan duros sin tu apoyo y tu amistad tan probados y constantes y que ya a la altura de mis treinta y seis inviernos no suelen esperarse ni hallarse fácilmente".
A pesar del lóbrego tono de la carta, es fácil adivinar lo exultante que debió estar Mutis al escribirla. ¡Al fin la condesita le hacía reproches! Luego el poeta le cuenta que lo visitó el escultor colombiano Ramírez Villamizar, y su entusiasta aprobación de los vestidos que se habían hecho para una obra de teatro que el poeta dirigía, con cobijas, sábanas y colchas remendadas. El final de la carta es inusualmente directo:
"¿Cuándo vienes? Que sea pronto, y sin acompañantes que interfieran. Aquí te espero como espera uno cuando niño que vuelva el Ángel de la Guarda que ha huido por una mala acción que se hizo". Mutis pone toda la carne en el asador.
   
   La volví a ver hace poco en un congreso de escritores en Lima. Esta vez fue ella la que apareció, de repente, ante mi mesa. Aunque ya no se cocinaba en dos aguas, permanecía esbelta y casi victoriosa sobre el tiempo. Estaba feliz de descubrir Lima. Le parecía una ciudad hechizada. "¡Es más bella que Cartagena! ¡Qué Antigua!", casi gritaba. Como el congreso estaba finalizando y yo aún no hacía la tarea para el periódico que me había enviado a cubrir el evento, le pedí una entrevista. "Soy toda suya", me dijo con esa inocencia que ellas saben poner mientras sacan, debajo de la mesa, el puñal del liguero.
    -¿Usted cree en Dios?
   -Sólo los días pares.
    -¿Cómo le gustan los hombres?
    -Surtidos
    -dijo riéndose, para luego corregir-: quite eso. Era una broma.
    -¿Su opinión de la crítica?
    -El más difícil y necesario de los géneros.
    -¿El futuro de la especie humana?
    -Creo que saldremos de ésta... ¡Si Gaia no nos mata antes!
    -¿El mejor escritor mexicano?
    -Alfonso Reyes.
   -¿Por encima de Rulfo?
    -Sí. Reyes es más completo.
    -¿Octavio Paz?
    -Buen poeta. Como prosista es muy confuso.
    -¿Carlos Fuentes?
    -Más suerte que talento.
    -¿Vargas Llosa?
    -Prometía más de lo que ha dado.
    -¿García Márquez?
    -Genio.
   -¿Es una categoría literaria?
    -No. Una interjección acuñada para nombrar lo semidivino.
    -¿Borges?
    -Una revolución flemática.
    -¿Elena Poniatowsca?
    -Work in progress.
    -¿Modesta? -Es lo que nos queda a los que no somos semidivinos.
    -¿Arreola?
    -Una de las formas de la felicidad.
    -¿Un sueño?
Elena se toma su tiempo, por primera vez:
    -Una Latinoamérica precolombina.
    -¿Lo cree posible? -Usted me pidió un sueño.
   


LA LECCIÓN DE ELENA

Aproveché que estaba en librerías una segunda edición de la última novela de Mutis, Amirbar, para dejar caer su nombre en la mesa como quien no quiere la cosa. Dijo que conocía esos trabajos y los ponderó con mesura. Dije que él me parecía el paradigma del "casi", y ella puso ojos de "¿Y?". Entonces tuve que ampliar diciendo que Mutis era casi genio, casi gran novelista, casi cuentista y casi buen poeta pero que, por alguna razón que se me escapaba, sus libros me dejaban siempre la sensación de algo inconcluso, lunanco, fallido. "¿Y su estilo?", preguntó. "Siempre pone un adjetivo de más", dije por toda respuesta.
   Sin musitar palabra sacó de la cartera un librito amarillento, sin pastas, con los vértices chaflanados por un arrume de "conejos". "Es La última escala del Tram Steamer -dijo acariciándolo-. ¿Lo ha leído?".
   Ordené que retiraran los platos y me trajeran un café negro. Ella pidió una aromática de yerbabuena y empezó a leer. Aproveché para mirarla a mis anchas, para sorbérmela toda, escuchando la lectura en un segundo plano. Poco a poco Mutis fue alzando la voz, apoderándose de la tarde, y Elena pasó a ser parte de la decoración. Le rogué al mesero que pusiera dos dedos de brandy en el café.
   Estaba perplejo. Era el mismo Mutis de siempre pero esta vez el clima estaba más cerca de las atmósferas lentamente cargadas, como en Conrad, que de las enrarecidas y sórdidas locaciones de Faulkner, y la inmoralidad exhibicionista de Maqroll daba paso a las tribulaciones de un capitán de barco que se ve obligado a hacer negocios con Warda, una musulmana que ha heredado un viejo barco, el Alción, de un tío muerto recientemente. Ella es una mujer precozmente adulta; él, un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del paraíso y los rigores del infierno. Ya no pueden decirse "Tú eres lo más hermoso que me ha sucedido en la vida" o "Te querré por siempre", ni son de esos que se resignan a proponer "Envejezcamos juntos". Entonces inician un juego de fintas y excusas. Se entrevistan varias veces en los puertos que toca el Alción para hablar de fletes, itinerarios y reparaciones (Marsella, Lisboa, Helsinki, Le Havre, Madeira, Veracruz, Vancouver, Punta Arenas, Kingston, Nueva Orleáns, Recife) pero ella no puede ocultar su inteligencia ni su insoportable belleza, y él siempre ha sido, a fuer de caballero, un seductor involuntario.
   Cuando se percatan, están metidos hasta el cuello en los tremedales del amor y, aterrados, se entregan a la redacción de un contrato, tácito y antirromántico, de ausencias, de licencias y de un respeto casi supersticioso por la privacidad del otro.
   Era una original historia de amor que no estaba hecha de entregas sino de reticencias, que no giraba en torno a la posesión sino a la seducción, y en la que al fin el cálculo y la pasión firmarían un armisticio.
    El viejo barco, el Alción, es casi un personaje de carne y hueso cuyo protagonismo Herman Melville habría aplaudido.    Además, el estilo. Muy pocas veces había escuchado un lenguaje semejante, una prosa que fuera poética sin incurrir en el verso, una exaltación tan sabiamente contenida, un ritmo narrativo cuya música no desfalleciera; tanta agudeza deslizada entre líneas. Era como leer un quinto tomo de El cuarteto de Alejandría. Conmovido, agradecí en silencio ese inesperado regalo.
   Ya oscurecía cuando Elena leyó la última página. Lloviznaba contra el gran ventanal del comedor de la terraza de El Virrey. Adentro había un silencio espeso que petrificaba en los rincones a los meseros.
    -Se dice que Mutis estuvo enamorado de usted -le dije armado de un valor súbito.
    -Álvaro sólo ha amado a Álvaro.
    -¿Y usted?
    -Todas las mujeres de México soñamos alguna vez hacer mutis con Mutis -dijo con una sonrisa luminosa y traviesa.
   Pero yo me quedé serio, mirándola fijamente, encuellándola con mirada de "¿Y?".
    -Álvaro es todo un hombre -dijo.
    Habría querido verle bien los ojos en ese momento, estar más atento a las inflexiones de la voz, pero la frase había sido apenas susurrada, al tiempo que giraba la cabeza para mirar a través del ventanal la tarde que se apagaba -como ella, como las letras del casco de un barco viejo, mientras las luces de Lima se encendían allá abajo, exactas, brillantes, como si nada.

Nota 1. El texto completo del reportaje puede leerse en el libro Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska (Alfaguara, 1998), en el que lo han insertado a manera de prólogo.

Esto y mucho más encontrará en NÚMERO
Regresar a la Página Principal

Artículos en Internet
SuscripcionesEditorial  |  Número Ediciones  |  Números Anteriores

Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
Bogotá, Colombia
numero@elsitio.net.co