POSTALES DEL
CAMINO

Por Mempo Giardinelli
Fotografías de Fernando Operé

Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, 1947). Ha publicado, entre otros, Luna caliente (Premio Nacional de Novela en México, 1983), Santo oficio de la memoria (novela, VIII Premio Internacional Rómulo Gallegos, 1993; Seix Barral, 1997), El país de las maravillas y Los argentinos en el fin del milenio (ensayo, Planeta, 1998) y Puro erotismo, cuentos, Ediciones Lom, 1999). Los presentes textos son parte del libro Final de novela en Patagonia, con el que acaba de ganar el premio Grandes Viajeros de Iberia y Ediciones B de Barcelona.

POLICÍAS EN LOS GLACIARES
Desde El Calafate, Santa Cruz

Mientras caminaba sobre el glaciar Perito Moreno, pensaba en las posibilidades turísticas de este país privilegiado que tiene -entre sus muchas maravillas- las cataratas del Iguazú en el norte, una docena de glaciares en el sur y esa indolencia feroz en varios millones de sus habitantes. Pensaba en el Perito Moreno y en Carlos Moyano y otros exploradores que a comienzos del siglo pasado (el veinte, digo) abrieron sendas y dibujaron cartografías, negociaron con los indios en la lengua de éstos y fueron capaces, como Francisco Moreno, de «donar para las generaciones futuras» territorios riquísimos que el gobierno les había escriturado por sus descubrimientos. Pensaba en el esfuerzo y el sacrificio, esas palomas perdidas de nuestro globalizado presente, y en el día en que a estos parajes los descubran los norteamericanos. El Perito -como lo llaman- no es el más grande del conjunto de glaciares argentino-chilenos, pero sí el más fascinante. Es de todos modos gigantesco: una masa de 150 kilómetros de hielo que cae sobre el lago Argentino, con un frente de seis kilómetros de ancho y paredes de hasta 70 metros sobre las aguas y otros 200 por debajo. Pero lo más asombroso es que está vivo y su desplazamiento, aunque imperceptible, es constante: avanza más de un metro y medio por día, lo que produce los famosos rompimientos que suenan como cañonazos en la inmensidad. Y que además de belleza tienen su lado riesgoso: en cada quiebre las esquirlas de hielo pueden salir disparadas como lanzas, como gigantescas agujas asesinas -según nos dice uno de los guías-: hay que tener mucho cuidado y mantenerse a distancia. Sólo en los últimos diez años el glaciar ha matado a 34 turistas.

El paisaje todo es bellísimo: el color azul del lago, los témpanos hermosos y temibles que flotan como islas blancas al azar, los árboles que trepan por las laderas de las montañas, el silencio impecable sólo quebrado por los rompimientos del hielo y el vuelo constante de algunos cóndores allá en el cielo altísimo, componen cuadros, adonde se mire, que hasta resultan dolorosos de tan perfectos. Eso mismo hace temer la llegada del turismo grande, que modificará el medio ambiente y exigirá previsión y mucho celo en el control. Por ahora el turismo es selectivo: sólo llegan 70 mil personas por año, la mayoría argentinos o europeos como los que forman nuestro grupo: media docena de compatriotas, dos franceses, tres holandeses y dos policías belgas, gorditos y de narices rojas como tomates. Uno de ellos, cámara en mano, jura que no cree que los rompimientos sean tan peligrosos y no deja de caminar hacia los puntos de mayor riesgo para tomar fotos.

La caminata que hacemos (esa vieja actividad que la moda anglófona ahora llama trekking) es preciosa tanto por el bosque de lengas y ñires centenarios como por el lomo del glaciar. Esta es una experiencia impactante y, aunque un poco peligrosa, absolutamente irresistible. Se sube y se baja por quebradas y mesetas de hielo macizo, de azules profundos y blancos hirientes. Al terminar se cumple un simpático ritual: los guías ofrecen una botella de whisky y vasos, y se brinda con trozos de hielo extraídos del mismo glaciar.

Vamos luego a las pasarelas de la península Magallanes, que miran de frente las paredes majestuosas del Perito, y el belga descreído nuevamente se desprende y baja casi hasta la orilla para tomar fotos. Es reprendido suavemente por el guía, pero el tipo no hace caso. Ha de ser su arrojo policial lo que lo incita al peligro. Entonces, en tono amistoso y cómplice, me acerco a él y le cuento la historia de la última víctima: fue un policía japonés que traía unas cámaras enormes y quería sacar fotos de más y más cerca, y de más y más abajo, hasta que se acercó tanto que un rompimiento le clavó una aguja de hielo grande como un sable de samurái que lo partió en dos. El belga, impresionado por mi relato, me pregunta cómo lo sé y yo le digo que soy funcionario de la administración de Parques Nacionales y que tenemos registro de cada una de las tragedias. El tipo guarda su cámara por un rato y se disciplina al grupo.

De regreso, los argentinos (un par de mendocinos, un matrimonio cordobés y una parejita porteña) discuten acerca del aparente monopolio de la empresa que presta servicios en el glaciar. Son excelentes, hay que reconocerlo, pero una sola empresa los brinda todos: para ir a las pasarelas, para el uso de muelles y barcos, para caminar sobre los hielos y para navegar por el lago hasta los otros glaciares (los bellísimos Upsala, Spegazzini y Onelli) se puede contratar con cualquier agencia de viajes, de las decenas que hay en el pueblo, pero sólo una presta todos los servicios y a precios no populares: entre 60 y 130 pesos, según el itinerario.

Durante la cena, dos periodistas locales hablan de la hotelería en la península Magallanes. Es absurdo -dicen- que el parque nacional Los Glaciares se reduzca a una franja de sólo 500 metros desde la orilla del lago. De hecho, toda la península es privada y ya hay allí un hotel en conflicto; además, las voracidades inmobiliarias que se desataron han motivado cuestionamientos judiciales por parte de ecologistas de la zona. Es cierto que en El Calafate los hoteles son todavía pequeñas edificaciones familiares y no existen aún construcciones de varios pisos, pero cuando lleguen las cadenas Hilton, Meliá o equivalentes y quieran levantar 20 pisos para «ver el lago» o algo así -dudan- habrá que ver qué intendente o qué concejal se resiste. De repente caen los belgas con un mendocino que los acompaña y que de acá los llevará al Aconcagua. Vienen de cenar y nos convidan una ronda de cervezas. En seguida uno de los belgas empieza a disertar sobre la nueva Europa con Haider en Austria. No me gusta un policía que se las da de experto en política internacional. -Oiga -le digo-, ¿usted conoce la historia del policía canadiense que hablaba de las virtudes de Pinochet y otros dictadores? El tipo me mira, primero interesado. Pero luego se larga a reír, brindamos y al fin se calla la boca.

   Esto y mucho más
   encontrará en NÚMERO

   Página Principal

    Artículos en Internet

    Suscripciones

    Editorial

    Número Ediciones

    Números Anteriores


     Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
     Bogotá, Colombia
    numero@elsitio.net.co




EL QUIJOTE DE TRES LAGOS
Desde Tres Lagos, Santa Cruz

Cuando uno baja del pavimento, se tiene la sensación de que se ingresa en un territorio tan peligroso como desconocido. Vamos a remontar la carretera mítica de la Argentina, columna vertebral del sistema caminero: la ruta 40, que viene de Río Turbio y termina en La Quiaca, después de viborear a lo largo de toda la cordillera de los Andes y atravesar verticalmente el país por más de cinco mil kilómetros. De hecho nosotros hemos bajado de norte a sur a lo largo de la costa atlántica, hemos cruzado transversalmente los confines del continente y ahora nos toca remontar la Patagonia para formar la inmensa «U» imaginaria que nos devolverá al norte.

Con doble rueda de auxilio, vituallas y gasolina extra, y excitados como niños, nos mandamos por un camino de casi mil kilómetros en condiciones espantosas. Se supone que es de ripio, pero es mentira: en realidad cada metro de carretera ha sido bombardeado una hora antes de que uno llegue y la cantidad de piedras, y su tamaño, obligan a marchar a veces a paso de hombre. Sin embargo, a nadie parece importarle porque los argentinos somos así: si no se usa y no se ve, que quede todo como está y a dormir la siesta. Y por allí no pasa casi nadie. En los tres días que nos llevará hacer ese camino no veremos ni 20 vehículos.

Marchamos muy lentamente, esquivando piedra por piedra. Es imposible distraerse, pero igual se ven los campos alambrados, pero alambrados viejos, caídos, porque la mayor parte -nos han dicho- están abandonados. Son miles, millones de hectáreas en que no hay nada. O parece que no hay nada más que esos yuyos agrisados, ocres, nunca verdes. Cardones florecidos de azul o de morado, cada tanto, y de repente a lo lejos un grupo de caballos flacos, cimarrones. Con el paso de las horas vemos volar algún bicho carroñero, y también se cruzan un zorro, una liebre, ñandúes que huyen -siempre asustados y moviendo las colas como gordas en carnaval- y sucesivas manadas de guanacos cerriles. A lo largo del camino topamos también con muchos armadillos -tatuses, como se los llama en el Chaco- que ante la frenada del coche se quedan como paralizados de terror. Y en cuanto uno baja para quitarlos del camino huyen con su tranquito nervioso, entre ridículo y gracioso, y se meten bajo tierra, donde viven, aunque casi siempre -pobrecitos- dejando el culo un poco expuesto.

Lo curioso es que cada bicho aparece como a diez o veinte kilómetros del otro. Las nociones de distancia y de tiempo son extrañas aquí. En todo el primer día de marcha recorremos sólo 300 kilómetros, andando a un promedio de 30 por hora. Cruzamos apenas cuatro vehículos y nos sobrepasa uno.

La primera escala la hacemos en Tres Lagos, un minúsculo oasis en el que hubo alguna vez una estación del ACA pero que ahora alberga a dos familias, una chilena y otra argentina, que se desviven por ser amables en el desierto. Es indispensable reaprovisionarse de combustible porque no hay surtidores en varios cientos de kilómetros por delante. En eso estamos cuando llega desde el norte, en sentido contrario al nuestro, un ciclista solitario y flaquísimo que parece de película: lleva antiparras y guantes y es igualito al de la Eréndira filmada por Ruy Guerra.

Apoya la bicicleta contra el surtidor y corre hacia el baño. Deja una estela de olor rancio, a sudor muy concentrado. Cuando regresa, con la cara y el pelo mojados, el olor no se le ha ido. Huele tan mal, tan intensamente mal que marea. Ve que estoy mirando su bici, flaca como él, con dos alforjas -una a cada lado- y una especie de portaequipajes trasero con tantas cosas que llenarían el baúl de un coche pequeño. Me declaro asombrado de que con esa carga se pueda andar por esos caminos. Se ve que no me entiende y entonces lo repito en inglés. -Oh, sí, se anda muy bien -dice con desinterés, y veo que su cara está tan chupada que la boca parece simplemente un agujero sonoro-. Es la tercera que tengo. Entre Europa y África fundí dos y ésta la traigo desde México.

El tipo me impresiona. Tiene la piel llagada y es tan flaco que hasta se le ha hundido el pecho. Sus piernas parecen agujas fibrosas y las zapatillas son más grandes que los pies. Le pregunto de dónde viene y dice que de Londres: salió hace once años. Como me cuesta creerlo, le reitero la pregunta y él repite la respuesta: once años. No me resisto a invitarlo a una gaseosa helada, un café, lo que quiera. De pronto siento que las historias vienen hacia mí sin que yo las busque. Ha de ser la magia de la Patagonia, pero tengo la sensación de que en este paisaje donde todo permanece quieto, si uno se queda quieto algo pasa. Todo está como muerto, sí, pero hay una vida surgente, maravillosa y sólo se trata de prestarle atención.

Adentro hay un bar modesto, pero al menos está limpio. El tipo huele como un zorrino y de un saque se manda al gargüero casi un litro de agua mineral. Se llama Tom y aunque no los declara le calculo, de tan arrugado y magro, entre 40 y 60 años. ¿Por qué semejante viaje, Tom? Qué lo motiva, amigo: ¿el amor o el odio, la geografía, la curiosidad? ¿Cómo se siente uno después de once años de pedalear sin rumbo fijo? ¿Qué es lo que más lo ha impresionado y por qué sigue y hasta dónde? ¿Por qué no se detuvo en algún punto, por qué no se enamoró y mandó la bici al demonio? ¿Alguien lo espera en algún lado, Tom?

No responde sino con elusiones, vaguedades. Ahora veo que es igualito al Quijote de Doré y que además lo que hace es una perfecta quijotada. Pero este flaco es inglés y flemático, no hay caso, así que pierdo tiempo si insisto. Sólo conseguiré ponerme más ansioso y más torpe.

-Bueno, supongo que al menos va a escribir un libro -digo, poniéndome de pie.
-Lo pensé hace años, pero ya no me interesa.
-¿Y qué le interesa ahora, Tom?
-En bicicleta el mundo es enorme y hay mucho que ver -dice, filosóficamente-. Y ya no sé qué me interesa especialmente, pero no puedo parar. Eso es: no puedo parar.

Lo ha dicho con una sonrisa tenue, como con leve vergüenza. Como si sólo después de decirlo se hubiera dado cuenta de la inmensidad de su respuesta. El olor que despide es lo que me salva del desconcierto y me devuelve a la realidad. Afuera están el cochecito rojo y Fernando, mi socio itinerante. Hay que seguir porque a nosotros todavía nos interesan muchas cosas. Y en algún punto habremos de parar, nosotros sí, aunque sea para seguir escribiendo estos apuntes.


LA HOSTERÍA DEL FASCINANTE PEOR CAMINO DEL MUNDO
Desde Las Horquetas, Santa Cruz

Mientras conduzco por la 40 no cesa de asombrarme tanta belleza estéril. Tanta riqueza inútil en un país que es un paraíso poblado de indigentes debería conmover cualquier indiferencia. Sin embargo no puede con la argentina, blindada, soberbia. La inmensidad y el tranco lento me hacen soñar con todo lo que se podría hacer aquí. No es tan difícil ni demandaría mucho tiempo. En la Patagonia no es sólo dinero lo que falta, sino imaginación, audacia. Si yo tuviera 20 años en vez de los que tengo no dudaría en venir como pionero a estas tierras, pero hoy los chicos miran hacia otros lados, adonde señalan la tele y la cerveza. Y no es culpa de ellos sino de la dictadura, que produjo una generación de padres resentidos, y de la disolución del Estado. Por lo menos. Oh, habría tanto que hacer aquí: bastaría con abrir algunas cabezas y con un Estado más activo que grande, que desarrolle el riego por goteo y la energía eólica, y pavimente. No es excesiva la pretensión: agua hay, viento sobra y casi toda la ruta 40, por ejemplo, está preparada: sólo faltan las capas asfálticas.

Ha de ser por estas cosas que los europeos, en la Patagonia, se asombran de las maravillas pero también de nuestra desidia. Tenemos una mina de oro que no se explota.

Perdido en estas divagaciones, vemos una tortuga enorme detenida sobre la huella. Freno y por supuesto ella se esconde en su caparazón. Es un animal espectacular: debe pesar varios kilos. Discutimos qué hacer con ella, porque aunque casi no hay tráfico cualquier vehículo podría pisarla. Decidimos alejarla del camino. La alzamos entre los dos y la llevamos 50 metros desierto adentro, que es su ámbito natural. Al menos por ahora hemos demorado su vocación suicida.

Cincuenta kilómetros más adelante, hay un par de mochileros al costado de la ruta. Imposible no detenerse en estos parajes. Son dos chicos franceses que vienen de Coihaique, Chile; llevan dos días haciendo dedo. Alguien los trajo desde Bajo Caracoles y les dijo que por aquí pasaba un autobús. Pero no pasa nadie y no, no están desesperados. Nosotros vamos hacia Bajo Caracoles: ¿cómo es? Se ríen: «Vimos una persona y muuuchos perros». Advierto que es verdad: en la Patagonia hay perros sueltos por todos lados. En ciudades, pueblos y surtidores hay decenas de perros. Sólo en el estacionamiento del hotel de El Calafate había media docena. El amor canino de los santacruceños ha de ser superlativo, no más, o rodearse de perros una de sus maneras de combatir la soledad.

Los chicos, que se dirigen a El Chaltén para escalar el Fitz Roy, dicen que más adelante encontraremos un sitio donde se come una excelente tortilla de papas.

No sin asombro, al rato descubrimos que se trata de un punto que en los mapas figura como lo que fue un hotel, ahora abandonado. Se llama Las Horquetas y es un almacén de campo, modesto y destartalado, a la vera de una suave serranía y a unos 400 kilómetros de El Calafate y 500 de Esquel. Vieja pulpería de campo, es el único parador entre Tres Lagos y Bajo Caracoles.

Adentro, una joven con un niño en brazos atiende a un paisano que bebe vino tinto. Debe ser el dueño de la camioneta desvencijada que está afuera. Pedimos una tortilla -sin duda excelente- y la muchacha, que se llama Sandra, sin dejar de amamantar al niño nos cuenta que es de Temperley y vino hace tres años, desocupada y sin esperanzas. Era cortadora en un taller de costura, a 50 centavos por prenda. Pero llegaron las importaciones indiscriminadas, etcétera, etcétera, y ella era madre soltera y con dos hijos, así que se largó. En Río Gallegos conoció a Alberto, un camionero con quien tuvo este bebé, y alquilaron esta posta. Traen las mercaderías de Gobernador Gregores, en el centro de la provincia, y el agua en una cisterna. Hay un pozo de muy buena agua a doce metros, sí, pero aún no tienen dinero para comprar la bomba. Para el invierno inventaron un sistema de calefacción de leña con un enorme tambor de petróleo, y así van arreglando lentamente la casona, que estuvo cerrada muchos años. Hay teléfono, el único en cien kilómetros a la redonda, alimentado por paneles de energía solar que les puso Telefónica después de mucho insistir.

El sitio es el paradero obligado de la poquísima gente que va por esa carretera. Los muchachos de las máquinas de Vialidad, uno que otro camionero, los raros turistas que eligen este camino insólito. Siempre hay allí buena tortilla y milanesas, pan casero, gaseosas y un sinfín de licores colocados al azar del otro lado del vetusto mostrador de madera.

Los precios son modestos, como todo allí. La única habitación disponible, pobre pero limpia, cuesta cinco pesos por pasajero. Sandra va de un lado para el otro, siempre charlando y con el bebé en brazos. Es una chica dulce, amable y educada: se le ve la decencia en cada gesto. Esa pobreza digna la hace decir, con orgullo, que en estos tres años ha conseguido «no sólo sobrevivir sino progresar, aunque modestamente». Lo dice, y conmueve cómo lo dice porque en seguida enumera: los dos hijos mayores, de doce y siete años, están pupilos en la escuela agrotécnica de Gregores. «Y aquí se come todos los días y poco a poco nos arreglamos».

Después de cenar, afuera todavía hay luz diurna. Salgo a caminar y contemplo el paisaje: vacío, yermo, pata-gó-nico. Alrededor de la casa hay un gallinero vacío, un corral cubierto con el pasto seco de algún caballo que habitó el lugar, y una especie de taller con una fosa llena de cosas inservibles. El ambiente es sucio, deprimente sin remedio, y con un toque fellinesco: un viejo Unimog del ejército, o de gendar-me-ría, tiene la caja del motor abierta y una goma pinchada, pero, arriba, doce hermosos sillones de pana azul atornillados en círculo a las cuatro barandas de la caja trasera.

Al regreso, Sandra da respuesta a todo: perros y zorros se comieron las gallinas y ahora hay que traer los huevos de lejos; Alberto sabe prestar algún servicio de mecánica elemental o emparchar gomas, y el Unimog es «de unos tipos que vinieron el año pasado, un grupo de teatro ambulante, y se les descompuso. Lo dejaron ahí diciendo que volverían a buscarlo».

-Usted podría aprovechar los sillones -sugiero-. Es un crimen que se estén arruinando a la intemperie.

-No, algún día vendrán a buscar lo que es de ellos -responde Sandra-. Yo soy una persona honrada. Como las tortugas, quizá soy indefensa y si me atacan me escondo, pero no hago mal a nadie y no tomo lo que no es mío.

Me siento levemente avergonzado y pienso que en un solo día, en el peor camino del mundo, he visto dos tortugas maravillosas.


CRÓNICA DEL PENÚLTIMO NAZI DEL FIN DEL MUNDO
Desde Las Horquetas, Santa Cruz

Me quedo leyendo al abrigo del tambor de petróleo que hace de estufa. Afuera ha empezado a soplar el viento y el frío anticipa el final del verano. A última hora de la noche, como después de un bostezo, el ripio anuncia la llegada de una camioneta y poco después entra un viejo de bombachas, botas y gorra azul de marino.

Es un gaucho más bien menudo pero fornido, de ojos también azules, que frisa los 70 años. Confianzudo y saludador, entra y se acoda en el mostrador mientras pide «lo de siempre», que es un vaso de vino blanco que Sandra le sirve en silencio.

Nos enteramos en seguida de que es un viejo estanciero de la zona que está fundido -como él mismo declara- y que ahora recorre los campos en su vieja camioneta vendiendo botas y aperos, ropas y cuchillos, lo que haga falta y le encarguen. Lo acompaña un muchachito de unos quince años: su sobrino, dice, quien viste ropas de ciudad. Se ha detenido como muchas noches desde que Sandra reabrió Las Horquetas, y se ve a la legua que como buen patagónico se muere de ganas de conversar.

Me digo que todo indica que seremos testigos de una historia paradigmática de la Argentina perdida: el hombre viste ropas de estanciero de los años cincuenta o sesenta: bombachas de campo de gabardina, camisa a cuadros, chaleco de cuero y pañuelito al cuello, y un gabán que alguna vez fue fino y caro. Pelo cano engominado, bigotito, medio fanfarrón como todo petiso, juzgo en silencio que el hombre habrá tenido su pinta. Si además es cierto que su estancia está fundida, entonces estoy en presencia de la viva imagen de la decadencia estanciera argentina. Pero no intervengo y simplemente escucho lo que él habla con el pibe que lo acompaña: «Se acabaron las ovejas -dice en voz alta, como para que lo escuchemos, pues somos el único auditorio posible en mucho campo a la redonda-. Se acabó el negocio y por eso se fueron todos. A un peso el kilo de lana, cuando antes se pagaban de cuatro a seis, y sin subsidios, chau, no se puede laburar más. Claro que en los Estados Unidos y en Nueva Zelanda la lana también vale un peso, pero allá los gobiernos subsidian a los productores y no permiten que nadie se funda».

La argumentación parece razonable, es la lógica de la globalización y la he escuchado muchas veces, sobre todo por parte de los que adoran la globalización.

Pero es el tono lo que me disgusta en este hombre. El muchachito lo escucha con indiferencia: se le van los ojos hacia la tele encendida, aunque está clavada en un programa extrañamente cultural, poco idiota. Sandra se aparta de ellos y nos renueva el modesto «Toro Viejo» mientras el hombre eleva la voz para que, obviamente, lo escuchemos: «No hay nada que hacerle, los militares fueron lo único bueno, lo mejor que tuvo la Patagonia. Cuando volvieron los políticos, en este país se echó todo a perder».

Ya conozco ese tipo de argumentaciones: hace unos días en El Calafate escuché a dos suboficiales del escuadrón 42 de Gendarmería Nacional (GN), que una tarde mateaban casualmente en la puerta del hotel. Comentaron que hay unos 200 hombres en los seis destacamentos de frontera y que «la institución se está preparando para ser el cuerpo antimotines y antidisturbios del gobierno, porque -dijo uno- nosotros estamos ahora mucho mejor preparados que cualquier policía, incluso la Federal». Y no es que uno sea obvio, ni que se tengan prejuicios hacia instituciones armadas que en otros sentidos han hecho y hacen labores extraordinarias (de hecho GN está en los parques nacionales y ayuda en la preservación de la naturaleza, y muchos de sus hombres desarrollan abnegadas tareas en la frontera) pero es que resulta evidente que la ideología más podrida todavía los enferma, a tres lustros de vida democrática.

El viejo gaucho sigue hablando sobre lanas y ovejas, exportaciones y subsidios, y en seguida es obvio que estamos ante otro típico ejemplar de fascista resentido. Es la patria estanciera que apostó a la globalización y luego la globalización le pasó por encima. «Pero un día los militares van a volver a poner orden -se ilusiona en voz alta- porque esto no va a seguir así por mucho tiempo». Nosotros hemos abandonado nuestras lecturas y hacemos como que miramos la tele, esforzándonos para no caer en la provocación. Pero al ratito no más el viejo gaucho ya está elogiando a Hitler. Y no es metáfora: «Hitler levantó Alemania de las ruinas -casi grita- y la convirtió en una potencia».

Abrumado por su cretinismo, y por mi pacifismo irreductible, opté por retirarme del salón, asqueado, cuando el tipo ya se lanza a contar la historia de su abuelo y su padre alemanes, y su tío que murió en la guerra y su hermano y la madre que lo parió. Es inútil argumentar con esa gente.

Afuera miro el cielo más impresionante que he visto en mi vida: la vía láctea parece un pincelazo de pintura blanca estampado en el cielo. Digiero la rabia que siento y medito acerca de esta Patagonia inmensa y vacía que alguna vez fue rebelde, como fue trágica, pero a la que parece que le hubieran quitado las ideas, la confianza, la voluntad. Son incomprensibles tanta desidia y tanto abandono, tanta resignación y tanta frase reaccionaria dando vueltas por ahí. Y es toda una paradoja que en otros tiempos el ejército fue avanzada de progreso en estas regiones, así como motor del genocidio. Fueron pioneros, centinelas, custodios, abrieron surcos y hasta investigaron, pero también sirvieron para desplazar y aniquilar a los habitantes naturales, los indios, y para instaurar feudos gigantescos que no sirvieron absolutamente para nada. Y después empezó a hacerse carne en ellos la podredumbre ideológica del fascismo y les arruinó la cabeza a dos o tres generaciones, y a todos nos arruinó el país.

Pienso que acaso debería titular esta crónica como la del último nazi de la Patagonia, pero inmediatamente después me corrijo: en la Argentina, por desdicha, parecen ser una especie inextinguible; entre nosotros el último nazi siempre es sólo el penúltimo.


LA MARAVILLA EN EL MEDIO DE LA NADA
Desde Bajo Caracoles, Santa Cruz

A la mañana temprano volvemos a la mítica 40. Piedra sobre piedra, como se levantan las civilizaciones, aquí piedra sobre piedra es apenas el zarandeo de un cochecito rojo sangre cruzando la nada-nada. O mejor: el centro exacto de la nada, porque los pueblos más cercanos de este sitio inusitado están, uno 300 kilómetros al sur y el otro 300 al norte. Hacia el este queda la intransitable cordillera y al oeste está el mar, pero como a 500 kilómetros. Esto es el mero centro geográfico de la Patagonia y la única referencia viva es Bajo Caracoles, un caserío con un surtidor de gasolina que dejamos 40 kilómetros atrás.

Tanta pampa infinita, y esa sucesión de mesetas esparcidas como alfombras colosales, se imponen en mis pensamientos. En esa vastísima nadedad, digamos, es imposible no advertir que la riqueza de la Patagonia, en los albores del siglo XXI, ya no es ni industrial ni petrolera, ni ganadera ni portuaria, sino turística. Santa Cruz, por ejemplo, es una provincia enorme, casi tan grande como España, pero con menos de medio millón de habitantes, dispersos e incomunicados, y el turismo que aquí reciben es minúsculo. Como es infinito lo que se podría hacer aquí. De hecho es un territorio mucho más rico que lo que suele pensarse. Por ahora vienen europeos discretos y silenciosos, admirativos del tamaño y más bien cultores del recato. Pero un día vendrán los gringos del norte, aquellos con los que Menem y Di Tella adoraban tener relaciones carnales, y esto será un carnaval de dólares. Pero primero habría que prepararse. Si la 40 es una ruta desastrosa, peor es este sendero que lleva a la así llamada «Cueva de las Manos», que es un nombre mediocre y falso para la maravilla que hay allí. No sólo en términos de cueva donde hay manos y figuras pintadas en la roca por los habitantes de estas tierras hace varios miles de años, sino además por la belleza del sitio, por lo insólito que es este oasis en medio del desierto y, desde luego, por su inmenso valor turístico potencial.

Se trata de un impresionante cañón de unos 300 a 400 metros de profundidad. Una quebradura que habrá hecho dios un día que estaba completamente distraído, una falla en el terreno que no se ve desde ningún lado hasta que uno llega al borde mismo del cañón (que tiene entre 100 y 400 metros de ancho, de pared a pared, y que según los lugareños se extiende por unos 150 kilómetros de largo). Todo ahí abajo es de una belleza gorda, maciza, perfecta. Arriba está el desierto y abajo se despliega un largo y flaco oasis recorrido por un río suave, de playas de arenas blancas y hermosos sauces que aquí lloran, diría uno, de pura felicidad. Lo llaman el río Pinturas, seguramente porque en los paredones que miran hacia el norte hay centenares de pinturas rupestres: manos, ciervos, figuras y todas esas cosas que se pintaban en las rocas hace miles de años, no se sabe si para dejar señas de identidad, o si para convocar a los animales de caza o a los dioses mismos, pues no se descarta que estos sitios hayan sido centros ceremoniales. Por supuesto, nosotros bajamos hasta el mismo río y caminamos por ese ambiente cálido, un microclima tropical porque la profundidad de los cañones (lo sabe cualquiera que haya viajado al famoso y gringo cañón del Colorado) siempre es más elevada. Y el río trae y entibia aguas quién sabe de qué deshielos.

La trepada posterior nos deja de cama, por supuesto, pero todo tiene sentido cuando se ingresa en estos páramos como lo hacemos nosotros: sin asunto. O sin otro asunto que la curiosidad, y con el ánimo dispuesto a escuchar lo que la poca gente que se ve tenga ganas de contar.

Cuando regresamos arriba nos sentamos, exhaustos, a hacer una especie de picnic aunque mirando con envidia a tres paisanos que asan medio corderito. Nosotros, con gaseosas tibias y viles emparedados de ayer, ni siquiera les producimos lástima. Miro en torno y compruebo la sabiduría de la naturaleza con sus secretos: el cañón casi no se ve y la llanura, o sea la estepa, o sea la meseta gigantesca y vasta, parece tan monótona como todo ese territorio inabarcable que tiene una única elevación dominante, el cerro Chato, de unos mil metros de altitud y cuya forma es precisamente la de un cerro cortado al ras, como si el dedo de un gigante hubiese aplastado allí una mosca milenaria. Me siento eufórico, pleno. He caminado tenazmente por montañas de regulares tamaños, andado kilómetros sobre el lomo del glaciar Perito Moreno, recorrido varios bosques de lengas y ahora estoy aquí, en este lugar del mundo lejos de todo, donde no hay ni tele ni radio y el silencio resulta una bendición. Miro hacia nuestro eficaz Colorado Pérez, el cochecito que insólitamente se está portando como si fuera un 4x4, capaz de entrar pasito a paso, lentamente y con muchísimo cuidado en cuanta huella se ofrece en campos abandonados, arenales o senderos de guanacos, ovejas y ñandúes. A veces lo monto sobre alguna meseta como si yo fuera el cowboy que jugaba de niño con un caballo imaginario y él fuera ahora ese caballo imaginario, y también quisiera mirar desde arriba la inmensidad.

Vuelvo a observar, discretamente, a esos tres hombres que comen ahora ese cordero que no ha de ser de dios pero que seguro está quitándoles algunos pecados, o malos pensamientos, quién sabe, y uno de ellos me saluda y se me acerca con un hueso a medio chupar en la mano.

-Nos mira como con envidia, paisano. ¿Gusta?

-Cómo no envidiarlo, amigo. Le confieso que esta porquería -enarbolo por un segundo un pedazo de pan viejo con salame- se muere de envidia ante el corderito...

-Entonces venga y coma. A lo mejor hasta quiere escuchar de lo que se habla.

-Asegún el tema -provoco yo, imitando su estilo coloquial.

-Nuestras vidas -dice-. Qué otro tema hay en la Patagonia. Y como todos, se pone a contarme una historia que por ahora no sé si escribiré.




   Esto y mucho más
   encontrará en NÚMERO

   Página Principal

    Artículos en Internet

    Suscripciones

    Editorial

    Número Ediciones

    Números Anteriores


     Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
     Bogotá, Colombia
    numero@elsitio.net.co

EL OMINOSO AIRE DE IMPUNIDAD DE LOS ANTIGUOS
Desde Los Antiguos, Santa Cruz

Los Antiguos, sobre la cordillera de los Andes, es un pueblo rico en plantaciones de cerezas y frutillas, y paramos aquí porque hay pavimento y decidimos darles descanso a nuestros riñones. Llevamos mil kilómetros de andar entre las piedras, a los saltos, y nos place entrar en este sitio bucólico, precioso, donde unas cuatro mil almas viven al lado del imponente lago Buenos Aires, que parece un mar bravío (es el segundo lago más grande de Suramérica después del Titicaca). Sin embargo siento de inmediato un aire extraño, como si hubiera alguna mala onda en el aire. No me hago caso, y en el hotelito que nos aloja, miro distraídamente un retrato en una pared, detrás del mostrador: un muchacho sonriente, bajo el cual hay dos gruesos signos de interrogación. En el almacén en el que compramos unas vituallas vimos el mismo retrato, en la vidriera, fotocopiado. Pero estamos exhaustos, y después de una cena liviana nos vamos a dormir. Y duermo mal, como si algo inexplicable, ominoso, anduviera por las paredes. Y cuando a la mañana siguiente voy temprano a una panadería a comprar facturas, burlándome de mí mismo y de lo sugestionable que soy, el chico del cartel fotocopiado vuelve a llamarme la atención. Esta vez me acerco y, junto a la foto, leo la letra completa de Sólo le pido a Dios de León Gieco, con los versos «que la justicia no me sea indiferente» subrayados.

Pregunto, y la historia que me refieren es brutal. El pibe se llamaba Nicolás Lorenzo Sosa y el 6 de enero del año pasado cumplió 18 años. Esa noche sus amigos le organizaron una celebración con la burda consigna de «hacerlo macho». Para ello siguieron las indicaciones de unos tipos más grandes, treintones, casados, gente conocida del lugar, porque en Los Antiguos todos se conocen. Liderados por los más grandes, entre ocho o diez lo mantearon, lo cubrieron de harina, lo pasearon desnudo por todo el pueblo, y el rito de iniciación fue creciendo en intensidad y brutalidad. En un momento le ataron una tanza alrededor del pene y lo obligaron a caminar tironeándolo. Después lo dejaron atado con alambres a un árbol durante un buen rato en la fría noche. Finalmente lo llevaron a la casa de una maestra que estaba de vacaciones, en las afueras del poblado, y allí lo pintaron con esmalte sintético de colores diversos. El pobre chico se sentía desfallecer y pedía, a gritos, que se acabara la tortura, porque para entonces el festejo era pura brutalidad. Pero el bestiario nacional, cuando se desata, no acepta límites: como Nicolás Lorenzo Sosa -siempre con las manos atadas- lloraba y gritaba que le ardía demasiado la piel, uno de sus amigotes fue a buscar un bidón de nafta a la YPF del pueblo. Lo metieron en el baño de la casa y con el combustible empezaron a limpiarlo, entre risotadas y burlas, hasta que uno de los tipos encendió un cigarrillo y, por supuesto, Nicolás Lorenzo Sosa se prendió fuego, y en seguida ardió toda la casa.

El chico salió corriendo como pudo y se revolcó entre las piedras para apagar las llamas, mientras clamaba por un auxilio que nadie le prestaba. Las bestias estaban más preocupadas porque se incendiaba la casa y entonces se aplicaban a apagar aquel fuego. Nicolás Lorenzo Sosa, ayudado por uno solo de sus amigos, un chico de su edad que se habrá horrorizado de su propia participación, llegó en horrible estado al hospital del pueblo. Eran casi las dos de la mañana cuando le avisaron a su madre, Alejandra Genovesio, una maestra jardinera muy querida en el pueblo. Al amanecer una ambulancia los llevó a Pico Truncado. De ahí lo derivaron a Comodoro Rivadavia, donde agonizó durante tres días. Después lo llevaron al Instituto del Quemado, en Buenos Aires, donde falleció cuatro días después, el 13 de enero de 1999.

Cuando Alejandra regresó a Los Antiguos con el cadáver de su hijo, ninguno de los responsables mostró signo alguno de arrepentimiento. La mayoría de los amigos de Nicolás Lorenzo Sosa se borró, y el proceso que siguió ha sido -si se lo dice suavemente- cuestionable: al parecer la policía de Los Antiguos permitió que al día siguiente del incendio la casa fuera restaurada por los mismos que la quemaron, con lo que no quedaron huellas. En el sumario parece que no se tomaron en cuenta varios testimonios fundamentales y no declararon todos los participantes. El testimonio del principal testigo del horror -el chico que ayudó a Nicolás Lorenzo Sosa- fue desestimado por ser «demasiado emotivo». El de la madre, que escuchó de labios de su hijo agonizante el relato pormenorizado de los hechos, también fue desestimado «por el vínculo». Y todo terminó -al menos hasta ahora- en el viejo recurso canalla del derecho penal argentino: «falta de méritos».

El 10 de noviembre pasado, al terminar el año escolar, Matías Sosa, de doce años, hermano menor de Nicolás, como escolta de la bandera en su escuela debió asistir al discurso de uno de los asesinos de su hermano que, en nombre de una comisión de padres, disertó sobre los valores argentinos en la celebración escolar del día de la tradición.

El 13 de enero pasado, al cumplirse un año del brutal asesinato de Nicolás Lorenzo Sosa, luego de una misa se hizo una Marcha de Silencio en la placita de Los Antiguos. No hubo más de 30 personas «porque aquí tenemos mucho miedo y estamos demasiado solos y desprotegidos», me cuenta una amiga de Alejandra Genovesio. ¿Las razones del miedo? Varios de los protagonistas de aquel «festejo» eran y son empleados municipales. Y al parecer algunos de sus abogados serían los mismos que asesoraban a la intendencia hasta diciembre pasado. Y todos saben que uno de los cabecillas de la «broma que terminó en accidente» (tal la versión oficial) es un conocido ñoqui y puntero político local. Se dice también que hay algún diputado provincial que se ocupó de tapar el asunto. Y que la jueza interviniente, de la ciudad de Las Heras, ni siquiera fue a Los Antiguos y no aceptó la reconstrucción del hecho. Y se habla también del aparente noviazgo de la jueza con un alto funcionario del gobierno santacruceño. Me atiborran de habladurías, chismes de pueblo, especies de difícil comprobación, falta de pruebas, denuncias sotto voce.

Pero el miedo, ah, el miedo es legítimo, palpable.

-Mi hijo no falleció ni murió en un accidente -dice Alejandra Genovesio-. A mi hijo lo mataron. Por más que digan que no hubo intención y que se les fue de las manos, yo quiero que alguien pague por su vida.

Es la Argentina de la impunidad, también en la Patagonia. Hasta que alguien empieza a resistir. Hoy son sólo 30. Mañana serán muchos más.

-Recuerde Catamarca -le digo- y no baje los brazos. No está sola.

Me mira con sus ojos claros, aguados de llanto, infinitamente tristes.

-¿Le parece, realmente? -me interroga desde el fondo de su corazón herido.

Y yo no tengo la respuesta que quisiera. La verdad es que no la tengo.