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EL QUIJOTE DE TRES LAGOS Cuando uno baja del pavimento, se tiene la sensación de que se ingresa en un territorio tan peligroso como desconocido. Vamos a remontar la carretera mítica de la Argentina, columna vertebral del sistema caminero: la ruta 40, que viene de Río Turbio y termina en La Quiaca, después de viborear a lo largo de toda la cordillera de los Andes y atravesar verticalmente el país por más de cinco mil kilómetros. De hecho nosotros hemos bajado de norte a sur a lo largo de la costa atlántica, hemos cruzado transversalmente los confines del continente y ahora nos toca remontar la Patagonia para formar la inmensa «U» imaginaria que nos devolverá al norte. Con doble rueda de auxilio, vituallas y gasolina extra, y excitados como niños, nos mandamos por un camino de casi mil kilómetros en condiciones espantosas. Se supone que es de ripio, pero es mentira: en realidad cada metro de carretera ha sido bombardeado una hora antes de que uno llegue y la cantidad de piedras, y su tamaño, obligan a marchar a veces a paso de hombre. Sin embargo, a nadie parece importarle porque los argentinos somos así: si no se usa y no se ve, que quede todo como está y a dormir la siesta. Y por allí no pasa casi nadie. En los tres días que nos llevará hacer ese camino no veremos ni 20 vehículos. Marchamos muy lentamente, esquivando piedra por piedra. Es imposible distraerse, pero igual se ven los campos alambrados, pero alambrados viejos, caídos, porque la mayor parte -nos han dicho- están abandonados. Son miles, millones de hectáreas en que no hay nada. O parece que no hay nada más que esos yuyos agrisados, ocres, nunca verdes. Cardones florecidos de azul o de morado, cada tanto, y de repente a lo lejos un grupo de caballos flacos, cimarrones. Con el paso de las horas vemos volar algún bicho carroñero, y también se cruzan un zorro, una liebre, ñandúes que huyen -siempre asustados y moviendo las colas como gordas en carnaval- y sucesivas manadas de guanacos cerriles. A lo largo del camino topamos también con muchos armadillos -tatuses, como se los llama en el Chaco- que ante la frenada del coche se quedan como paralizados de terror. Y en cuanto uno baja para quitarlos del camino huyen con su tranquito nervioso, entre ridículo y gracioso, y se meten bajo tierra, donde viven, aunque casi siempre -pobrecitos- dejando el culo un poco expuesto. Lo curioso es que cada bicho aparece como a diez o veinte kilómetros del otro. Las nociones de distancia y de tiempo son extrañas aquí. En todo el primer día de marcha recorremos sólo 300 kilómetros, andando a un promedio de 30 por hora. Cruzamos apenas cuatro vehículos y nos sobrepasa uno. La primera escala la hacemos en Tres Lagos, un minúsculo oasis en el que hubo alguna vez una estación del ACA pero que ahora alberga a dos familias, una chilena y otra argentina, que se desviven por ser amables en el desierto. Es indispensable reaprovisionarse de combustible porque no hay surtidores en varios cientos de kilómetros por delante. En eso estamos cuando llega desde el norte, en sentido contrario al nuestro, un ciclista solitario y flaquísimo que parece de película: lleva antiparras y guantes y es igualito al de la Eréndira filmada por Ruy Guerra. Apoya la bicicleta contra el surtidor y corre hacia el baño. Deja una estela de olor rancio, a sudor muy concentrado. Cuando regresa, con la cara y el pelo mojados, el olor no se le ha ido. Huele tan mal, tan intensamente mal que marea. Ve que estoy mirando su bici, flaca como él, con dos alforjas -una a cada lado- y una especie de portaequipajes trasero con tantas cosas que llenarían el baúl de un coche pequeño. Me declaro asombrado de que con esa carga se pueda andar por esos caminos. Se ve que no me entiende y entonces lo repito en inglés. -Oh, sí, se anda muy bien -dice con desinterés, y veo que su cara está tan chupada que la boca parece simplemente un agujero sonoro-. Es la tercera que tengo. Entre Europa y África fundí dos y ésta la traigo desde México. El tipo me impresiona. Tiene la piel llagada y es tan flaco que hasta se le ha hundido el pecho. Sus piernas parecen agujas fibrosas y las zapatillas son más grandes que los pies. Le pregunto de dónde viene y dice que de Londres: salió hace once años. Como me cuesta creerlo, le reitero la pregunta y él repite la respuesta: once años. No me resisto a invitarlo a una gaseosa helada, un café, lo que quiera. De pronto siento que las historias vienen hacia mí sin que yo las busque. Ha de ser la magia de la Patagonia, pero tengo la sensación de que en este paisaje donde todo permanece quieto, si uno se queda quieto algo pasa. Todo está como muerto, sí, pero hay una vida surgente, maravillosa y sólo se trata de prestarle atención. Adentro hay un bar modesto, pero al menos está limpio. El tipo huele como un zorrino y de un saque se manda al gargüero casi un litro de agua mineral. Se llama Tom y aunque no los declara le calculo, de tan arrugado y magro, entre 40 y 60 años. ¿Por qué semejante viaje, Tom? Qué lo motiva, amigo: ¿el amor o el odio, la geografía, la curiosidad? ¿Cómo se siente uno después de once años de pedalear sin rumbo fijo? ¿Qué es lo que más lo ha impresionado y por qué sigue y hasta dónde? ¿Por qué no se detuvo en algún punto, por qué no se enamoró y mandó la bici al demonio? ¿Alguien lo espera en algún lado, Tom? No responde sino con elusiones, vaguedades. Ahora veo que es igualito al Quijote de Doré y que además lo que hace es una perfecta quijotada. Pero este flaco es inglés y flemático, no hay caso, así que pierdo tiempo si insisto. Sólo conseguiré ponerme más ansioso y más torpe. -Bueno, supongo que al menos va a escribir un libro
-digo, poniéndome de pie. Lo ha dicho con una sonrisa tenue, como con leve vergüenza. Como si sólo después de decirlo se hubiera dado cuenta de la inmensidad de su respuesta. El olor que despide es lo que me salva del desconcierto y me devuelve a la realidad. Afuera están el cochecito rojo y Fernando, mi socio itinerante. Hay que seguir porque a nosotros todavía nos interesan muchas cosas. Y en algún punto habremos de parar, nosotros sí, aunque sea para seguir escribiendo estos apuntes. |
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LA MARAVILLA EN EL MEDIO DE LA NADA A la mañana temprano volvemos a la mítica 40. Piedra sobre piedra, como se levantan las civilizaciones, aquí piedra sobre piedra es apenas el zarandeo de un cochecito rojo sangre cruzando la nada-nada. O mejor: el centro exacto de la nada, porque los pueblos más cercanos de este sitio inusitado están, uno 300 kilómetros al sur y el otro 300 al norte. Hacia el este queda la intransitable cordillera y al oeste está el mar, pero como a 500 kilómetros. Esto es el mero centro geográfico de la Patagonia y la única referencia viva es Bajo Caracoles, un caserío con un surtidor de gasolina que dejamos 40 kilómetros atrás. Tanta pampa infinita, y esa sucesión de mesetas esparcidas como alfombras colosales, se imponen en mis pensamientos. En esa vastísima nadedad, digamos, es imposible no advertir que la riqueza de la Patagonia, en los albores del siglo XXI, ya no es ni industrial ni petrolera, ni ganadera ni portuaria, sino turística. Santa Cruz, por ejemplo, es una provincia enorme, casi tan grande como España, pero con menos de medio millón de habitantes, dispersos e incomunicados, y el turismo que aquí reciben es minúsculo. Como es infinito lo que se podría hacer aquí. De hecho es un territorio mucho más rico que lo que suele pensarse. Por ahora vienen europeos discretos y silenciosos, admirativos del tamaño y más bien cultores del recato. Pero un día vendrán los gringos del norte, aquellos con los que Menem y Di Tella adoraban tener relaciones carnales, y esto será un carnaval de dólares. Pero primero habría que prepararse. Si la 40 es una ruta desastrosa, peor es este sendero que lleva a la así llamada «Cueva de las Manos», que es un nombre mediocre y falso para la maravilla que hay allí. No sólo en términos de cueva donde hay manos y figuras pintadas en la roca por los habitantes de estas tierras hace varios miles de años, sino además por la belleza del sitio, por lo insólito que es este oasis en medio del desierto y, desde luego, por su inmenso valor turístico potencial. Se trata de un impresionante cañón de unos 300 a 400 metros de profundidad. Una quebradura que habrá hecho dios un día que estaba completamente distraído, una falla en el terreno que no se ve desde ningún lado hasta que uno llega al borde mismo del cañón (que tiene entre 100 y 400 metros de ancho, de pared a pared, y que según los lugareños se extiende por unos 150 kilómetros de largo). Todo ahí abajo es de una belleza gorda, maciza, perfecta. Arriba está el desierto y abajo se despliega un largo y flaco oasis recorrido por un río suave, de playas de arenas blancas y hermosos sauces que aquí lloran, diría uno, de pura felicidad. Lo llaman el río Pinturas, seguramente porque en los paredones que miran hacia el norte hay centenares de pinturas rupestres: manos, ciervos, figuras y todas esas cosas que se pintaban en las rocas hace miles de años, no se sabe si para dejar señas de identidad, o si para convocar a los animales de caza o a los dioses mismos, pues no se descarta que estos sitios hayan sido centros ceremoniales. Por supuesto, nosotros bajamos hasta el mismo río y caminamos por ese ambiente cálido, un microclima tropical porque la profundidad de los cañones (lo sabe cualquiera que haya viajado al famoso y gringo cañón del Colorado) siempre es más elevada. Y el río trae y entibia aguas quién sabe de qué deshielos. La trepada posterior nos deja de cama, por supuesto, pero todo tiene sentido cuando se ingresa en estos páramos como lo hacemos nosotros: sin asunto. O sin otro asunto que la curiosidad, y con el ánimo dispuesto a escuchar lo que la poca gente que se ve tenga ganas de contar. Cuando regresamos arriba nos sentamos, exhaustos, a hacer una especie de picnic aunque mirando con envidia a tres paisanos que asan medio corderito. Nosotros, con gaseosas tibias y viles emparedados de ayer, ni siquiera les producimos lástima. Miro en torno y compruebo la sabiduría de la naturaleza con sus secretos: el cañón casi no se ve y la llanura, o sea la estepa, o sea la meseta gigantesca y vasta, parece tan monótona como todo ese territorio inabarcable que tiene una única elevación dominante, el cerro Chato, de unos mil metros de altitud y cuya forma es precisamente la de un cerro cortado al ras, como si el dedo de un gigante hubiese aplastado allí una mosca milenaria. Me siento eufórico, pleno. He caminado tenazmente por montañas de regulares tamaños, andado kilómetros sobre el lomo del glaciar Perito Moreno, recorrido varios bosques de lengas y ahora estoy aquí, en este lugar del mundo lejos de todo, donde no hay ni tele ni radio y el silencio resulta una bendición. Miro hacia nuestro eficaz Colorado Pérez, el cochecito que insólitamente se está portando como si fuera un 4x4, capaz de entrar pasito a paso, lentamente y con muchísimo cuidado en cuanta huella se ofrece en campos abandonados, arenales o senderos de guanacos, ovejas y ñandúes. A veces lo monto sobre alguna meseta como si yo fuera el cowboy que jugaba de niño con un caballo imaginario y él fuera ahora ese caballo imaginario, y también quisiera mirar desde arriba la inmensidad. Vuelvo a observar, discretamente, a esos tres hombres que comen ahora ese cordero que no ha de ser de dios pero que seguro está quitándoles algunos pecados, o malos pensamientos, quién sabe, y uno de ellos me saluda y se me acerca con un hueso a medio chupar en la mano. -Nos mira como con envidia, paisano. ¿Gusta? -Cómo no envidiarlo, amigo. Le confieso que esta porquería -enarbolo por un segundo un pedazo de pan viejo con salame- se muere de envidia ante el corderito... -Entonces venga y coma. A lo mejor hasta quiere escuchar de lo que se habla. -Asegún el tema -provoco yo, imitando su estilo coloquial. -Nuestras vidas -dice-. Qué otro tema hay en la Patagonia. Y como todos, se pone a contarme una historia que por ahora no sé si escribiré. |

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